—No paro de contarle a Max tu cuento de Juan Jacobo Jinete Smith.
—Cuéntale el de Feldespato y Antracita.
—No, es demasiado triste.
—Hum. Pues los de Altavoz, entonces, que hay guerras en ellos. A los niños les encantan las guerras, son todos unos futuristas.
—No quiero que sea belicista.
—Lo será si no vive la guerra durante la infancia.
—Le cuento una adaptación de ese del alma y los pantalones. Pero con nariz en vez de alma.
—Ah. Para que no crea en la trascendencia, claro.
—Eso.
miércoles, 29 de junio de 2011
martes, 28 de junio de 2011
La admiración
Es usted tan genial, ¿sabe? Le sigo desde siempre, toda mi vida, porque mi vida empezó en el momento en que conocí su obra. Si no fuera por usted, no sé qué sería de mí. Estaría muerto, supongo. O en una secta. Ah, si usted pudiera leer mis pensamientos, sentiría que soy su camarada. O más que eso: su hijo. Sí, eso es: soy su hijo secreto, su hijo artístico, pues es su arte lo que corre por mis venas. Usted me dio la vida, le repito, así que es normal que le llame padre. Y puesto que es usted mi padre, ¿no tendríamos que sentarnos a hablar de la herencia?
lunes, 27 de junio de 2011
El materialismo sentimental
—Creo que mi vecina es prostituta.
—¿Y qué?
—Que no quiero vivir junto a una prostituta.
—Pues yo en principio no tendría ningún problema.
—Ya, ya lo sé que tú no tendrías ningún problema.
—Porque tengo la mente abierta.
—Porque eres un guarro.
—¿Pero qué dices?
—Que sí, que te gustan las putas.
—Oye, perdona, pero estás muy equivocada. A mí las putas no me atraen.
—¿Por qué no?
—Por lo de tener que pagarles. Yo quiero que quien folle conmigo lo haga por gusto, no por dinero.
—Así me gusta, que me pongas los cuernos en condiciones. Con sentimientos.
—No tergiverses.
—Bromeaba. Más o menos.
—Aunque planteas un tema interesante. ¿Te parecería menos grave que te pusiera los cuernos con una puta?
—No sé. Por una parte, me parecería peor si hubiera sentimientos, cosa que con la puta queda descartado. Pero...
—¿Qué?
—Que no me gustaría que te gastaras tanto dinero en otra. Como si fuera importante para ti y tiraras la casa por la ventana por ella. No, no es justo. Los dispendios económicos han de estar justificados por los sentimientos.
—Ya veo: el materialismo es un romanticismo.
—Algo así.
—¿Y qué?
—Que no quiero vivir junto a una prostituta.
—Pues yo en principio no tendría ningún problema.
—Ya, ya lo sé que tú no tendrías ningún problema.
—Porque tengo la mente abierta.
—Porque eres un guarro.
—¿Pero qué dices?
—Que sí, que te gustan las putas.
—Oye, perdona, pero estás muy equivocada. A mí las putas no me atraen.
—¿Por qué no?
—Por lo de tener que pagarles. Yo quiero que quien folle conmigo lo haga por gusto, no por dinero.
—Así me gusta, que me pongas los cuernos en condiciones. Con sentimientos.
—No tergiverses.
—Bromeaba. Más o menos.
—Aunque planteas un tema interesante. ¿Te parecería menos grave que te pusiera los cuernos con una puta?
—No sé. Por una parte, me parecería peor si hubiera sentimientos, cosa que con la puta queda descartado. Pero...
—¿Qué?
—Que no me gustaría que te gastaras tanto dinero en otra. Como si fuera importante para ti y tiraras la casa por la ventana por ella. No, no es justo. Los dispendios económicos han de estar justificados por los sentimientos.
—Ya veo: el materialismo es un romanticismo.
—Algo así.
domingo, 26 de junio de 2011
sábado, 25 de junio de 2011
El fin
Esto sería el fin de la historia y no lo que decía Fukuyama. Descansar, por fin, entre tus brazos.
Aunque sea sólo un momento.
Aunque sea sólo un momento.
viernes, 24 de junio de 2011
La ignorancia
No, yo no sé nada de la vida, lo que ocurre es que sobre la marcha aprendo algunos trucos que dan buen resultado, pero luego siempre los olvido. Así, es como si nunca tuviera experiencia, pues tengo que aprenderlo todo de nuevo cada vez. Quizá el eterno retorno era esto.
jueves, 23 de junio de 2011
Novedades editoriales de éxito
Siete años han pasado de la trágica muerte de Peter Pettersson, el famoso autor de best-sellers, muerte que dejó a sus lectores desconsolados, en parte porque la saga que le dio el éxito quedaba inconclusa. ¿Qué pasaba con el detective Karlsson?, se preguntaba la gente. ¿Amaba Inga a Klaus aunque se acostara con Margot, su peor enemiga? Para regocijo de los lectores, y a pesar de la controversia, la editorial anuncia la inminente publicación de la nueva novela de Peter Pettersson, escrita desde el más allá. La editorial afirma que se ha utilizado a un espiritista profesional de excelentes referencias y que la novela no dejará a nadie descontento, pues se trata de un trabajo exhaustivo de ouija. Las chicas que paseaban en minifalda por el parque a pesar del frío polar, próximamente en librerías.
miércoles, 22 de junio de 2011
Tus ojos son esvásticas
Tus ojos son esvásticas (Poesía reunida del Führer de los alemanes) llega por fin a nuestras librerías, de la mano de Ediciones Guacamole. Los poemas de Hitler, descubiertos en los archivos de Moscú al derrumbarse la Unión Soviética, nos muestran la cara secreta del feroz dictador nazi. La mayor parte de la obra fue escrita durante el verano de 1944, tras el fallido atentado contra la vida de Hitler. Posiblemente fue este hecho el detonante (y nunca mejor dicho) de la febril actividad poética del Führer, que descuidaba los asuntos de la guerra para sentarse a componer poemas. Al parecer, era ésta una actividad que exasperaba a Himmler, aunque Goebbels consideraba que calmaba sus nervios. Se habló de organizar grandes lecturas de poesía en Nuremberg, pero esto nunca pudo llevarse a cabo a causa de la marcha de la guerra. Las grandes obsesiones hitlerianas están también presentes en su lírica: el antisemitismo, el espacio vital, Stalin. Pero fundamentalmente es una obra de amor dedicada a Eva Braun, por quien Hitler pareció sentir un amor rejuvenecido después de burlar a la muerte. Es a ella a quien escribe: «Tus ojos son esvásticas / refulgentes de pasión / y me pierdo en ellos / como quien se pierde en Rusia». Ya a la venta, por sólo diez euros.
martes, 21 de junio de 2011
El verano del amor
—Hoy ha empezado el verano del amor.
—¿Eso no fue cuando los hippies?
—Sí, pero esto es distinto. Viene en el periódico.
—¿No será un periódico antiguo?
—Es de hoy.
—Bueno. ¿Qué es eso del verano del amor?
—Es una iniciativa del gobierno para que aumente el consumo. Y el turismo. Y la productividad.
—¿Y cómo? ¿En qué consiste el verano del amor?
—En que es verano y hay amor.
—Me parece algo un tanto vago.
—No, no, aquí dice que una comisión de expertos ha trabajado durante meses en ello.
—Me refiero a que no es algo concreto.
—Ah. Ya, no sé. Aquí dice que se improvisarán paquetes de medidas. Porque ése es el espíritu del verano del amor.
—¿Improvisar?
—Y relajarse. Todo irá mejor si nos tomamos las cosas con calma, pues la vida nos está esperando.
—No sé yo si de verdad nos espera...
—Que sí. Está obligada legalmente a partir de hoy.
—¿Eso no fue cuando los hippies?
—Sí, pero esto es distinto. Viene en el periódico.
—¿No será un periódico antiguo?
—Es de hoy.
—Bueno. ¿Qué es eso del verano del amor?
—Es una iniciativa del gobierno para que aumente el consumo. Y el turismo. Y la productividad.
—¿Y cómo? ¿En qué consiste el verano del amor?
—En que es verano y hay amor.
—Me parece algo un tanto vago.
—No, no, aquí dice que una comisión de expertos ha trabajado durante meses en ello.
—Me refiero a que no es algo concreto.
—Ah. Ya, no sé. Aquí dice que se improvisarán paquetes de medidas. Porque ése es el espíritu del verano del amor.
—¿Improvisar?
—Y relajarse. Todo irá mejor si nos tomamos las cosas con calma, pues la vida nos está esperando.
—No sé yo si de verdad nos espera...
—Que sí. Está obligada legalmente a partir de hoy.
lunes, 20 de junio de 2011
El futuro
Porque queremos el futuro y lo queremos ya, clamaban los manifestantes. Pero entonces sería el presente, argumentaron los políticos. ¿No preferís un pasado a la carta? Un pasado mítico acorde con esta gran nación. Una bella nostalgia con la que endulzar este presente tan amargo. Porque el futuro es inalcanzable, pero podemos reescribir el pasado.
domingo, 19 de junio de 2011
Astronáutica fácil
Se había pasado todo el día pintando la pared y al terminar me dijo: «he aquí la constelación de Casiopea». Yo le pregunté si estaba segura y ella contestó que sí y que bajara las persianas. Al quedarse la habitación a oscuras, empezaron a brillar estrellas en la pared. «¿Ves? Estamos navegando por el universo: es magia», dijo ella. «Es pintura fosforescente», contesté yo. «Es astronáutica fácil», repuso ella.
sábado, 18 de junio de 2011
El amor
Podría callarme, pero le cuento la verdad. Es una apuesta. Una apuesta kantiana. Elijo lo correcto, aunque quizá no lo adecuado. Porque el amor funciona así. Aunque qué sé yo del amor (pero esto ya lo he dicho antes).
viernes, 17 de junio de 2011
Conformarse
Un amigo me hablaba del miedo a conformarse. Temía que llegara el día en que se diera cuenta de que había renunciado a muchas cosas y se había conformado. Ese terrible momento. Claro que uno tampoco puede pasarse la vida persiguiendo una quimera. Hay que lograr el equilibrio, ese precario equilibrio entre los sueños y la realidad. Negociar con la vida, ceder en algunos puntos, llegar a un acuerdo. Pero yo no sé, me puede el orgullo. Yo a la vida le presento un ultimátum y luego me marcho con mis condiciones, todas inaceptables.
jueves, 16 de junio de 2011
Un error fatal
Recibe unas flores de su novio y se emociona profundamente. «Se ha acordado de nuestro aniversario», piensa. Pero la sorpresa llega al leer la tarjeta que acompaña las flores. Su novio pretendía citar la canción Fly me to the moon y decirle: In other words, I love you, pero la florista ha cometido un error y lo que hay escrito en la tarjeta resulta ser: In other worlds, I love you. «¿Cómo que en otros mundos me quiere?», se pregunta la chica. «¿Quiere decir acaso eso que no me quiere en este mundo? ¿Y a qué otros se refiere? ¿Será mi novio de Saturno? ¿Será parte de una avanzadilla extraterrestre encargada de invadir nuestro planeta? Por lo pronto, ya ha invadido mi cuerpo. Muchas veces». Y decide romper con él de inmediato.
miércoles, 15 de junio de 2011
martes, 14 de junio de 2011
La ciudad
La ciudad es mentira, dice un hombre. Está formada por edificios que sólo existen en la imaginación, pues en verdad no hay nada. La ciudad es un truco de la imaginación, que edifica en el erial que es la realidad. Porque la realidad es invisible. Y entonces de qué sirve la realidad, pregunta otro hombre. Si no la podemos ver. Si tenemos que sustituirla con invenciones. Y encima tenemos que pagar hipotecas.
lunes, 13 de junio de 2011
El vagabundo
Hay un vagabundo allí dándole de fumar a una cucaracha. Habla con ella y le dice que sigue vivo, pero con matices. Añade que cuando era pequeño creía que los matices eran unas pastas o algo parecido. «¿Quieres un té? Sí, pero con matices». Y la cucaracha no contesta a esto; se limita a fumar en silencio mientras mira a los ojos al vagabundo.
domingo, 12 de junio de 2011
La mano
—Mi mano izquierda tiene querencia por tu culo, sí. ¿Sabes eso de que los amputados sienten a veces el miembro que han perdido? Pues creo que eso es lo que te va a pasar a ti: cuando me marche, vas a tener síndrome del miembro fantasma, vas a notar todo el rato que te falta una parte de tu cuerpo.
miércoles, 8 de junio de 2011
La mujer
Llama una mujer desnuda a la puerta y abre un hombre, que ha sido educado de esa manera. El hombre mira con perplejidad (y una erección) a la mujer, pero consigue guardar la compostura y preguntar: ¿qué desea? Esperaba que ella le respondiera que le desea a él, pero no es eso lo que contesta, sino: soy la mujer. Eso ya lo veo, piensa él, pero dice: ¿y qué quiere? Tampoco esta vez responde ella que le quiere a él, no: responde que es la idea de la mujer. ¿Cómo dice?, pregunta él. Que soy la idea de la mujer, insiste ella, ¿no estaba usted pensando en una mujer? Efectivamente, confiesa él. ¿Y no estaba desnuda?, inquiere ella. Pues sí, sí, concede, estaba desnuda; es que me gusta masturbarme, ¿sabe? Lo sé, dice ella, lo sé, pero yo no he venido para eso, sino para inspirarle. ¿No para que me masturbe?, pregunta él. Ella niega vigorosamente con la cabeza. ¿Inspirarme qué?, pregunta el hombre. ¿No escribe usted poemas?, pregunta a su vez ella. No, señorita, yo soy oficinista. ¿No es eso una forma de poesía?, pregunta la mujer. Creo que no, contesta el hombre. Vaya, pues creo que he vuelto a equivocarme de casa, se queja la mujer desnuda. ¿Y no podría quedarse un rato?, quiere saber él. Supongo que puedo quedarme unos minutos. Creo que será suficiente, contesta él. Ella, que le adivina las intenciones, dice que pueden verle sus vecinos. El hombre se encoge de hombros y se saca el pene del pantalón.
martes, 7 de junio de 2011
La errata
«Té con especies», aparece en el menú. Mira, té con jirafas, elefantes, leones... parece el arca de Noé, le digo a Sonia. Y ella sonríe, cómplice de mis tonterías.
lunes, 6 de junio de 2011
El otro mundo
Me gustan tanto tus fotos de paisajes, le dice él. Pero ella menea la cabeza y responde que no son fotos de paisajes. Luego le explica que Hemingway decía que muchas veces lo más importante en un relato es lo que no se cuenta. Con sus fotos pasa igual, afirma, pues lo importante es lo que no se ve: un cervatillo bebiendo en un río, pero fuera de campo; una familia que estaba detrás de la cámara; unos niños que harán un muñeco de nieve cuando llegue el invierno, aunque en la foto aparece un prado durante el verano; el sol en una foto nocturna; a veces, incluso la muerte. Todo lo que no se ve, pero que de algún modo estaba ahí, sólo visible para el espectador atento. La otra realidad, dice, el otro mundo. Y él guarda silencio, pues de pronto tiene algo de miedo.
domingo, 5 de junio de 2011
El dolor de cabeza
—Me duele la cabeza, Pierre.
—Tómate una aspirina, Gaston.
—Ya lo he hecho, pero nada.
—Vaya. ¿Y hace mucho que te duele?
—Dos días.
—¿Dos días? ¿Y lo dices ahora?
—No quería molestar.
—¿Y si es algo grave?
—¿Algo como qué?
—Atenea, por ejemplo.
—¿La diosa Atenea?
—¿Es que conoces alguna otra?
—No.
—Pues eso.
—¿Me vas a explicar lo de Atenea o no?
—Ah. Sí, claro. Resulta que Atenea salió de la cabeza de Zeus.
—Quieres decir que se la imaginó.
—No, no, salió de su cabeza, literalmente. Y vestida con armadura.
—¿Tener a Atenea dentro de la cabeza cuenta como posesión demoníaca?
—No creo. En todo caso, como posesión divina.
—Bueno, al grano: ¿cómo me la saco de la cabeza?
—Como a cualquier otra mujer: olvidándola, claro.
—No tiene gracia.
—Vale, vale. Pues es muy sencillo: tengo que abrirte el cráneo con un hacha.
—Me parece un poco drástico.
—Pues es un tratamiento efectivo.
—Quiero una segunda opinión.
—No sé... Quizá no se trate de Atenea, quizá es tan sólo una idea enquistada. ¿En qué has estado pensando últimamente?
—Hace tiempo que le doy vueltas al concepto «ataúdes de verano».
—Podría ser eso. ¿Has probado a plasmarlo en papel?
—No. ¿Crees que servirá?
—Vale la pena intentarlo.
—De acuerdo. Incluiré un estudio de mercado, de paso.
—Yo afilaré el hacha, por si acaso.
—Tómate una aspirina, Gaston.
—Ya lo he hecho, pero nada.
—Vaya. ¿Y hace mucho que te duele?
—Dos días.
—¿Dos días? ¿Y lo dices ahora?
—No quería molestar.
—¿Y si es algo grave?
—¿Algo como qué?
—Atenea, por ejemplo.
—¿La diosa Atenea?
—¿Es que conoces alguna otra?
—No.
—Pues eso.
—¿Me vas a explicar lo de Atenea o no?
—Ah. Sí, claro. Resulta que Atenea salió de la cabeza de Zeus.
—Quieres decir que se la imaginó.
—No, no, salió de su cabeza, literalmente. Y vestida con armadura.
—¿Tener a Atenea dentro de la cabeza cuenta como posesión demoníaca?
—No creo. En todo caso, como posesión divina.
—Bueno, al grano: ¿cómo me la saco de la cabeza?
—Como a cualquier otra mujer: olvidándola, claro.
—No tiene gracia.
—Vale, vale. Pues es muy sencillo: tengo que abrirte el cráneo con un hacha.
—Me parece un poco drástico.
—Pues es un tratamiento efectivo.
—Quiero una segunda opinión.
—No sé... Quizá no se trate de Atenea, quizá es tan sólo una idea enquistada. ¿En qué has estado pensando últimamente?
—Hace tiempo que le doy vueltas al concepto «ataúdes de verano».
—Podría ser eso. ¿Has probado a plasmarlo en papel?
—No. ¿Crees que servirá?
—Vale la pena intentarlo.
—De acuerdo. Incluiré un estudio de mercado, de paso.
—Yo afilaré el hacha, por si acaso.
sábado, 4 de junio de 2011
Esta realidad no existe
Esta realidad no existe —proclama el profesor von Klinsmann—; es una alucinación colectiva. La realidad es otra y está escondida, pero hay pistas desperdigadas por el mundo. No las puede ver cualquiera, hace falta cierto entrenamiento y, sobre todo, estar atento en todo momento. Por ejemplo, en el escote de esa señorita hay dos pistas para entender la realidad, pero hay que tener la sensibilidad adecuada.
viernes, 3 de junio de 2011
Para acabar con el teatro
jueves, 2 de junio de 2011
La dificultad de ser choni
La dificultad de ser choni es una exposición fotográfica de la Vane. En ella nos muestra el día a día de una chica suburbana frente al espejo del cuarto de baño, en diversos ángulos, siempre con el mismo gesto estoico de sacar morritos, diciéndonos de esa forma que acepta las vicisitudes del mundo: la carga de los aros gigantes en las orejas, como una tarea para Atlas; la combinación de colores imposibles; el barroquismo de ir pintada como una puerta. En el Centro de Arte Contemporáneo, hasta el sábado.
miércoles, 1 de junio de 2011
La regla
ÉL: He pensado que esta noche podría pasarme por tu casa.
ELLA: No me apetece, que estoy con la regla y sólo tengo ganas de encogerme de dolor en el sofá.
ÉL: ¿La regla?
ELLA: Sí.
ÉL: ¿En una obra de ficción?
ELLA: Oye, que yo soy una chica real.
ÉL: ¿En serio?
ELLA: ¿Quieres que te dé una bofetada real?
ÉL: Qué mal carácter.
ELLA: A ver cómo estarías tú si sangraras por los genitales.
ÉL: Estaría en el hospital, seguramente.
ELLA: Pues eso.
ELLA: No me apetece, que estoy con la regla y sólo tengo ganas de encogerme de dolor en el sofá.
ÉL: ¿La regla?
ELLA: Sí.
ÉL: ¿En una obra de ficción?
ELLA: Oye, que yo soy una chica real.
ÉL: ¿En serio?
ELLA: ¿Quieres que te dé una bofetada real?
ÉL: Qué mal carácter.
ELLA: A ver cómo estarías tú si sangraras por los genitales.
ÉL: Estaría en el hospital, seguramente.
ELLA: Pues eso.
martes, 31 de mayo de 2011
La cualidad
Pero yo sé que el amor se termina pronto, dice ella. Es como una explosión que lo arrasa todo en un momento. Y el problema es precisamente ése: que lo arrasa todo. Pero no importa, a mí se me da bien quedarme con ese momento de luz cegadora, ese momento de aterradora belleza en el que ni siquiera puedes temblar de miedo porque no hay tiempo para ello.
lunes, 30 de mayo de 2011
La causalidad
Te confundiría en cualquier parte. Porque siempre te estoy buscando, aunque estemos separados por cientos de kilómetros. Veo a una chica de espaldas y por un momento me convenzo de que eres tú. Pero no dura mucho, pues se gira y compruebo que es otra persona. Luego veo de perfil a otra chica y me vuelvo a engañar. Y así todo el rato.
domingo, 29 de mayo de 2011
La casualidad
«Tú lo que buscas es el amor, siempre», dice mi amigo. Y luego cita a Daniel Johnston: True love will find you in the end. Y en ese momento me llega un mensaje al móvil. No un par de segundos después, sino justo en ese momento, cuando termina de decir la frase. Así que digo antes de leerlo: «vaya, a ver si esto es el amor». Y resulta que lo es, pues el mensaje empieza con parte de una canción de PJ Harvey: This is love, this is love that I'm feeling. Ni ensayado.
martes, 24 de mayo de 2011
La prestidigitación
El Partido de la Magia logró un excelente resultado electoral gracias a sus interventores.
lunes, 23 de mayo de 2011
La asamblea
El problema es que aquí cada uno hace la guerra por su cuenta. «Yo quiero hablar en contra del consumo de carne», dice uno. «Hay que acabar con los ejércitos», comenta otro y luego añade que sabe que ésta es una guerra muy larga, lo que me hace decir a mí: «ah, pues si es una guerra, entonces necesitaremos los ejércitos». Una chica dice que el problema es el patriarcado y no se refiere al de Constantinopla. Una mujer se queja agriamente del maltrato animal. «Yo lo que quiero es una república», afirma un hombre. Uno de los cabecillas pregunta si estamos de acuerdo con el cambio de nombre que ha propuesto para la plaza: la plaza de la Constitución se llamará ahora la plaza de la libertad. No estamos de acuerdo. No lo estamos porque es un nombre cursi, ñoño, estúpido, de una película de Hollywood con mensaje simplón. Pero el cabecilla se lo toma mal. Vuelve a preguntar, pero no nos convence. Nada de plaza libertad, decimos. Y se retira, enfurruñado. Un rato después, tras hablar un par de personas, vuelve a tomar la palabra para abordar un tema de cierto comité, pero finaliza su exposición retomando la cuestión del nombre de la plaza, como si quisiera emular a Catón y terminar los discursos con su reivindicación particular. Y así, con estas cuestiones secundarias, el movimiento se difumina en lugar de difundirse.
domingo, 22 de mayo de 2011
La revolución
La cautela. La intimidad. El anhelo. Tu cuerpo junto al mío. Tu manera de bajar la mirada. Tu boca. Tu nariz. Tus ojos. Tu sonrisa por alguna tontería mía. Tu voz. Dormir contigo. Despertar contigo. Tomarnos el pelo por esto y lo otro. Tu piel desnuda y el estremecimiento de tu cuerpo. Tus pies enredados con los míos. Ese lunar en la nuca. Tus lágrimas y tu risa. Ese hálito de súbita esperanza.
sábado, 21 de mayo de 2011
El impulso
Y ella sonríe y estoy tentado de decirle que me gusta porque me inspira esperanza, pero controlo el impulso a tiempo y le digo sólo que es muy bonita.
viernes, 20 de mayo de 2011
La ley
El dictador dijo que la revolución era ilegal y la gente que protestaba en las calles volvió a casa.
jueves, 19 de mayo de 2011
Encuentro en una fiesta
En el pasillo que lleva al cuarto de baño me encuentro a Cecilia, que me sonríe y da dos besos. Luego me dice un par de cosas que apenas entiendo y algo que sí escucho con claridad:
—¿Recuerdas nuestras largas conversaciones por teléfono?
No sé a qué viene esa pregunta, quizá es que ha bebido tanto como yo. El caso es que huyo después de contestar:
—Sí, pero me meo.
Pero es mentira. No lo de mearme, sino lo de recordar las conversaciones. Mientras vacío la vejiga de tanta cerveza, intento recordar las conversaciones. Hace mucho de eso. Diez años, tal vez. Y sí, me suena que hablábamos mucho por teléfono. Una hora al día. Dos horas. Pero de qué. ¿De verdad teníamos tanto que decirnos? ¿Quién era aquel que ya no soy que tenía tanto que decirle a Cecilia? De qué hablamos cuando hablamos de amor, se preguntaba Carver. De qué hablábamos cuando hablábamos Cecilia y yo. De todo. De nada. Quién sabe.
—¿Recuerdas nuestras largas conversaciones por teléfono?
No sé a qué viene esa pregunta, quizá es que ha bebido tanto como yo. El caso es que huyo después de contestar:
—Sí, pero me meo.
Pero es mentira. No lo de mearme, sino lo de recordar las conversaciones. Mientras vacío la vejiga de tanta cerveza, intento recordar las conversaciones. Hace mucho de eso. Diez años, tal vez. Y sí, me suena que hablábamos mucho por teléfono. Una hora al día. Dos horas. Pero de qué. ¿De verdad teníamos tanto que decirnos? ¿Quién era aquel que ya no soy que tenía tanto que decirle a Cecilia? De qué hablamos cuando hablamos de amor, se preguntaba Carver. De qué hablábamos cuando hablábamos Cecilia y yo. De todo. De nada. Quién sabe.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Ya no
Porque estoy lleno de rencor. Por eso no puedo quererte. Porque no sé. Porque estoy roto. Porque ya me he acostumbrado a odiar.
martes, 17 de mayo de 2011
Lo único verdadero es el dolor
Le digo que lo único verdadero es el dolor y que uno se ve obligado a inventarse todo lo demás: una vida que rodee el dolor, que lo disimule. El disfraz que es todo esto. Y ella sonríe y dice que sí, que tal vez, que quizá tenga yo razón, ¿pero no sería bonito que esto también fuera cierto? Aunque fuera durante un rato, dice mientras se desnuda. Y yo asiento y murmuro algo de que el dolor es intermitente.
lunes, 16 de mayo de 2011
Zombi, tísica y japonesa
Zombi, tísica y japonesa es la nueva exposición de la artista Jude Seafish en el Centro de Arte Contemporáneo. La artista nos propone un viaje sentimental por su intimidad en fotografías de elegante decadencia: la artista cuando se mira al espejo después de una noche de poco sueño y se encuentra parecido con Pete Doherty. La infancia y el subdesarrollo físico («la gente me decía que parecía tísica», reflexiona a pie de foto). La condición de falsa extranjera, los ojos almendrados, la mirada nipona. Zombi, tísica y japonesa, hasta el 15 de junio.
domingo, 15 de mayo de 2011
Antes de los blogs
En los servicios del aeropuerto de Málaga leo un mensaje que alguien escribió con rotulador negro en la pared. Por la altura a la que está situado el texto, uno diría que el autor estaba sentado en la taza o bien era un enano. Se queja del amor, que es un engaño. Dice que puso su corazón en una empresa que sólo podía fracasar. Usa otras palabras, pero el mensaje es ése. Qué amargo es el amor, sobre todo cuando uno escribe de él mientras caga en un aeropuerto. Algo así.
sábado, 14 de mayo de 2011
Capítulo 2414
—Yo sólo soy una aventura más para ti. Te marcharás y no volverás, los dos lo sabemos perfectamente.
Cómo decirle que lo que no quiero es marcharme.
Cómo decirle que lo que no quiero es marcharme.
viernes, 13 de mayo de 2011
El último poeta búlgaro
Luboslav Petrov se define como el último poeta búlgaro, aunque en realidad sea extremeño. «Pero yo soy búlgaro por vocación», afirma. Y no cualquier búlgaro, sino búlgaro de finales de los ochenta y principios de los noventa: con mullet y bigote. Los motivos de esta identidad son también un enigma para él, enigma que intenta resolver en su poesía, pues ya en su primer poemario, Por qué soy búlgaro (Ediciones Guacamole, 2001), se preguntaba por la Bulgaria interior. Su nuevo poemario se llama La soledad es un perro solitario y es la lucha de un hombre por entender un mundo absurdo o viceversa. El autor habla de la insondable angustia de la soledad del outsider en versos como «Hay té / en la alacena / y un cuerpo / en el sofá». Porque no hay salida a todo esto, defiende apasionadamente Petrov cuando dice: «La soledad es un perro solitario / que ladra a un árbol / que no le responde / y se queda quieto / como un árbol». Ya en las mejores librerías.
jueves, 12 de mayo de 2011
El perro
Pasamos por delante de un perro que nos ladra con desgana, como obligado por las circunstancias. Como si no estuviera convencido del todo de esta parte de ser perro. Parafraseando a Lenin: Ladrar, ¿para qué? Es un perro filósofo, un perro que duda y que si ladra es porque quizá el amo esté vigilando que lleve a cabo su labor, aunque esta labor sea, es evidente, una pérdida de tiempo.
miércoles, 11 de mayo de 2011
El subsuelo literario (2)
Y el momento de sentirse Fonollosa, de pensar que uno tendría que estar en los anaqueles de las librerías y no paseando por la ciudad con las manos en los bolsillos y la mirada perdida.
martes, 10 de mayo de 2011
El subsuelo literario
—Nos interesa publicar su obra: Las marasmas cotidianas.
—Los marasmos. «Marasmas» ni siquiera es una palabra.
—Ah, sí. Es que estoy distraído.
—No sé, me parece raro que un editor se invente palabras.
—Un lapsus de nada. Como le decía, lo importante es que su novela puede tener éxito.
—Pero si son relatos.
—Bueno, bueno, ya sabe, los géneros literarios son una cosa un tanto difusa en estos tiempos. No nos encorsetemos.
—De acuerdo, no quiero ser un autor tiquismiquis. Lo importante es que quieren ustedes publicarme.
—Así es. Usted sólo tendría que aportar cinco mil euros.
—¿Cómo dice?
—Cinco mil. Euros.
—¿Pero qué sentido tiene eso?
—Entiéndalo: es usted un autor desconocido, no podemos arriesgar nuestro dinero. Ahora, si usted financia la obra...
—¿Pero cinco mil euros?
—Así es. ¿Es mucho?
—No tengo ese dinero.
—¿En serio?
—Soy escritor; todo el mundo sabe que los escritores somos pobres. Y más si somos secretos.
—Pero es una inversión. Hay que apostar para ganar.
—¿Y por qué no apuestan ustedes?
—La crisis, la situación económica actual...
—¿Y eso no me afecta a mí?
—Tal vez, pero usted es un autor desconocido, no una empresa seria y respetable como nosotros.
—Los marasmos. «Marasmas» ni siquiera es una palabra.
—Ah, sí. Es que estoy distraído.
—No sé, me parece raro que un editor se invente palabras.
—Un lapsus de nada. Como le decía, lo importante es que su novela puede tener éxito.
—Pero si son relatos.
—Bueno, bueno, ya sabe, los géneros literarios son una cosa un tanto difusa en estos tiempos. No nos encorsetemos.
—De acuerdo, no quiero ser un autor tiquismiquis. Lo importante es que quieren ustedes publicarme.
—Así es. Usted sólo tendría que aportar cinco mil euros.
—¿Cómo dice?
—Cinco mil. Euros.
—¿Pero qué sentido tiene eso?
—Entiéndalo: es usted un autor desconocido, no podemos arriesgar nuestro dinero. Ahora, si usted financia la obra...
—¿Pero cinco mil euros?
—Así es. ¿Es mucho?
—No tengo ese dinero.
—¿En serio?
—Soy escritor; todo el mundo sabe que los escritores somos pobres. Y más si somos secretos.
—Pero es una inversión. Hay que apostar para ganar.
—¿Y por qué no apuestan ustedes?
—La crisis, la situación económica actual...
—¿Y eso no me afecta a mí?
—Tal vez, pero usted es un autor desconocido, no una empresa seria y respetable como nosotros.
lunes, 9 de mayo de 2011
De lo que no se puede hablar es mejor callar
Amanece en un parque de Francia (en París, que es la única Francia que conoce el público). Un espléndido sol pintado brilla en el decorado. Hay un señor con sombrero de copa en un banco. A pesar del sombrero de copa, no es un millonario, sino un VAGABUNDO. Entra una chica: es CHARLOTTE.
CHARLOTTE: Perdone que le interrumpa la borrachera, pero está sentado en mi banco.
VAGABUNDO: No estoy borracho.
CHARLOTTE: Como quiera. Pero es mi banco.
VAGABUNDO: No, señorita. Los bancos no son de propiedad privada.
CHARLOTTE: Qué poco sabe usted de economía; no me extraña que sea vagabundo.
VAGABUNDO: Ah, no. Yo soy vagabundo por tradición familiar.
CHARLOTTE: ¿Y cómo es eso? ¿Toda su familia es vagabunda?
VAGABUNDO: No exactamente, pero ser vagabundo es una forma de desaire a la sociedad, que es tradición en mi familia. Mi padre era verdugo, que siempre está mal visto. Todo el día matando gente y no por gusto. Porque un asesino lo hace por romanticismo. Un verdugo no es más que un artesano de la muerte, mientras que un asesino es un artista. Por eso el verdugo es un incomprendido.
CHARLOTTE: No creo que sea sólo por eso.
VAGABUNDO: No, pero influye. Es algo que está ahí, en la mente, aunque no se exprese en voz alta.
CHARLOTTE: «De lo que no se puede hablar es mejor callar».
VAGABUNDO: Vaya perogrullada.
CHARLOTTE: Oiga, que es de Wittgenstein.
VAGABUNDO: ¿Así se llama usted?
CHARLOTTE: No, yo me llamo Charlotte.
VAGABUNDO: Como Chaplin.
CHARLOTTE: Casi.
VAGABUNDO: Chaplin también era vagabundo, ¿sabe?
CHARLOTTE: Sólo en las películas.
VAGABUNDO: Es verdad, qué injusticia. A mí también me gustaría ser vagabundo sólo en las películas, pero ya ve: tengo que serlo las veinticuatro horas del día.
CHARLOTTE: A mí también me gustaría que fuera vagabundo sólo en las películas. Así estaría en la pantalla en vez de en mi banco.
VAGABUNDO: Le repito que el banco no es suyo.
CHARLOTTE: Puede que no, pero tiene un inestimable valor sentimental para mí.
VAGABUNDO: ¿Y eso por qué?
CHARLOTTE: En él me enamoré.
VAGABUNDO: ¿De quién?
CHARLOTTE: De un hombre.
VAGABUNDO: ¿Y qué ocurrió?
CHARLOTTE: Pues que se me pasó el enamoramiento al levantarme del banco y marcharme a casa.
VAGABUNDO: Eso que me cuenta es muy raro.
CHARLOTTE: Lo sé, pero es la verdad. Así que a veces vuelvo al banco, a ver si siento amor de nuevo. Pero no.
VAGABUNDO: ¿No?
CHARLOTTE: No. A lo sumo, siento cierta incomodidad, sobre todo cuando llevo mucho tiempo sentada. La verdad es que es un banco bastante duro.
VAGABUNDO: Dígamelo a mí, que tengo que dormir en él.
CHARLOTTE: ¿Y nunca ha sentido usted amor en él?
VAGABUNDO: Alguna vez me he excitado, pero porque paseaba por el parque alguna mujer bonita.
CHARLOTTE: No sea guarro. A ver, déjeme sitio.
VAGABUNDO: Sí, perdone.
CHARLOTTE: Nada, no siento amor.
VAGABUNDO: Yo tengo algo de hambre.
CHARLOTTE: Pues yo también, pero no es lo mismo.
VAGABUNDO: A veces se parece.
CHARLOTTE: Sí. Pero sólo a veces.
CHARLOTTE: Perdone que le interrumpa la borrachera, pero está sentado en mi banco.
VAGABUNDO: No estoy borracho.
CHARLOTTE: Como quiera. Pero es mi banco.
VAGABUNDO: No, señorita. Los bancos no son de propiedad privada.
CHARLOTTE: Qué poco sabe usted de economía; no me extraña que sea vagabundo.
VAGABUNDO: Ah, no. Yo soy vagabundo por tradición familiar.
CHARLOTTE: ¿Y cómo es eso? ¿Toda su familia es vagabunda?
VAGABUNDO: No exactamente, pero ser vagabundo es una forma de desaire a la sociedad, que es tradición en mi familia. Mi padre era verdugo, que siempre está mal visto. Todo el día matando gente y no por gusto. Porque un asesino lo hace por romanticismo. Un verdugo no es más que un artesano de la muerte, mientras que un asesino es un artista. Por eso el verdugo es un incomprendido.
CHARLOTTE: No creo que sea sólo por eso.
VAGABUNDO: No, pero influye. Es algo que está ahí, en la mente, aunque no se exprese en voz alta.
CHARLOTTE: «De lo que no se puede hablar es mejor callar».
VAGABUNDO: Vaya perogrullada.
CHARLOTTE: Oiga, que es de Wittgenstein.
VAGABUNDO: ¿Así se llama usted?
CHARLOTTE: No, yo me llamo Charlotte.
VAGABUNDO: Como Chaplin.
CHARLOTTE: Casi.
VAGABUNDO: Chaplin también era vagabundo, ¿sabe?
CHARLOTTE: Sólo en las películas.
VAGABUNDO: Es verdad, qué injusticia. A mí también me gustaría ser vagabundo sólo en las películas, pero ya ve: tengo que serlo las veinticuatro horas del día.
CHARLOTTE: A mí también me gustaría que fuera vagabundo sólo en las películas. Así estaría en la pantalla en vez de en mi banco.
VAGABUNDO: Le repito que el banco no es suyo.
CHARLOTTE: Puede que no, pero tiene un inestimable valor sentimental para mí.
VAGABUNDO: ¿Y eso por qué?
CHARLOTTE: En él me enamoré.
VAGABUNDO: ¿De quién?
CHARLOTTE: De un hombre.
VAGABUNDO: ¿Y qué ocurrió?
CHARLOTTE: Pues que se me pasó el enamoramiento al levantarme del banco y marcharme a casa.
VAGABUNDO: Eso que me cuenta es muy raro.
CHARLOTTE: Lo sé, pero es la verdad. Así que a veces vuelvo al banco, a ver si siento amor de nuevo. Pero no.
VAGABUNDO: ¿No?
CHARLOTTE: No. A lo sumo, siento cierta incomodidad, sobre todo cuando llevo mucho tiempo sentada. La verdad es que es un banco bastante duro.
VAGABUNDO: Dígamelo a mí, que tengo que dormir en él.
CHARLOTTE: ¿Y nunca ha sentido usted amor en él?
VAGABUNDO: Alguna vez me he excitado, pero porque paseaba por el parque alguna mujer bonita.
CHARLOTTE: No sea guarro. A ver, déjeme sitio.
VAGABUNDO: Sí, perdone.
CHARLOTTE: Nada, no siento amor.
VAGABUNDO: Yo tengo algo de hambre.
CHARLOTTE: Pues yo también, pero no es lo mismo.
VAGABUNDO: A veces se parece.
CHARLOTTE: Sí. Pero sólo a veces.
domingo, 8 de mayo de 2011
De tu voz de niña y otras heridas
Qué mentiroso eres, me dice ella. ¿Por qué, cuándo te he mentido?, le pregunto yo. Y me contesta: ahora, cuando has dicho que estás muerto por dentro. Y no sé qué contestarle. Porque tengo que callarme que su dulzura puede más que yo. «De tu voz de niña y otras heridas», le he escrito antes en un billete de autobús, como recuerdo. Porque me está matando tener que irme, pero también me callo esto.
jueves, 5 de mayo de 2011
Olvidarte me ha costado la vida
«Olvidarte me ha costado la vida», le escribe a la chica, pero de pronto se lo piensa: ¿Es esto cierto? La verdad es que todavía respira; si no fuera así, no podría estar escribiendo esta carta. Pero es que no lo dice de forma literal, se justifica: es una forma de hablar, quizá algo exagerada. Lo cierto es que antes, cuando no podía olvidarla, sí que no tenía vida. Aquello era un suplicio insufrible. Por eso se dijo entonces: o la olvido o me muero. Y no puede ser que le haya costado la vida igualmente, si la idea era olvidarla para seguir viviendo. Hay que ser coherente. Además, ¿cómo puede decir que la ha olvidado cuando se ha sentado ahora a escribirle una carta? Así que coge la carta y la tira a la papelera, sintiendo que la vida le ha costado la cordura. O la locura le ha costado la vida. O vaya usted a saber.
miércoles, 4 de mayo de 2011
La ciudad
Me cuenta un amigo que será muy raro cuando vuelva a la ciudad en la que vivió tantas cosas con su ahora ex novia. Ya no será la misma ciudad, dice. Yo le contesto que eso es porque toda ciudad tiene dos realidades: la física y la sentimental. Y a esa ciudad de tu pasado ya no podrás volver, le digo. Será ahora una ciudad ajena, una ciudad nueva, aunque en alguna calle pueda asaltarte un déjà vu. Nada más que recuerdos fantasmales en una ciudad de otros. De todos modos, tú tampoco eres ya aquel del pasado.
martes, 3 de mayo de 2011
Fantasmas de los bichos
Me cuenta que no puede dormir, que se levanta de la cama y va al cuarto de baño (no dice para qué, pero imagino que para mear, no para mirarse en el espejo como una coqueta y reconocerse en el reflejo). Allí ve un bicho, un bicho que corre, como si llegara tarde a algún sitio, aunque no lleva reloj (y es que esto sólo lo hacen los conejos). Ella ante esto reacciona con decisión: tiene que matar al bicho. Porque es muy feo y la vida va a tratarlo muy mal. Es un acto de caridad, es por su bien. Eutanasia, casi. Aunque no le pregunta al bicho su opinión y decide ejecutarlo sin un juicio justo, pero también es cierto que no son horas para mantener conversaciones con insectos y no digamos ya celebrar juicios (¿dónde iba a encontrar un abogado competente?). Así que coge papel higiénico, que tampoco es cuestión de mancharse, y lo aplasta de forma expeditiva, inmisericorde. Tanto, que parece que lo ha desintegrado, pues al querer regodearse con la visión del cadáver descubre con sorpresa que no hay nada. Como si el bicho sólo hubiera existido en su imaginación o, peor aún, fuera el fantasma de un bicho que mató en el pasado y se presentara ahora para atormentarla. Pero esto no tiene sentido alguno. Si fuera el fantasma de un mamífero, sería otra cosa. El fantasma de un perro, por ejemplo. O incluso de un ratón. ¿Pero dónde se han visto fantasmas de insectos? Interrumpe sus pensamientos el bicho, que vuelve a aparecer. Le ha gustado y quiere repetir, piensa ella. Ha resucitado para morir de nuevo. Y esta vez no falla, que en el papel higiénico queda la prueba del delito. Pero sólo brevemente, pues ella comete un error: tira el papel al retrete. Como si ignorara algo que te enseñan en primero de Derecho: si no hay cuerpo, no hay asesinato. Y es cuando le digo esto que le entran las dudas. Tenía que haber pedido la autopsia, se lamenta. Porque esto es terrible: si no hay asesinato, quiere decir que no ha muerto. Metafísicamente es posible, sí, le digo yo.
lunes, 2 de mayo de 2011
El Caribe
La primera noche fuimos a cenar al bar Caribe, que estaba cerca de su piso. Cuando llegamos parecía que estaba cerrado, pues estaba a oscuras. Resultó que estaba abierto, pero había un problema con el suministro eléctrico, así que cenamos a la luz de las velas, circunstancia que aprovechó ella para subrayar que la primera noche era romántica y que era mérito suyo. Esto fue en invierno. Pasaron los meses y seguíamos prometiéndonos volver a vernos, aunque yo había dejado de creer en ello. Una noche me dijo: en el Caribe han sacado ya las mesas a la calle. Qué pena, ya no pasaremos frío en el Caribe, contesté yo. Bueno, pues pasaremos calor, respondió ella. Y jugábamos con esa ambigüedad, pero, en cualquier caso, el Caribe quedaba muy lejos de nosotros.
domingo, 1 de mayo de 2011
El exilio
Lejos de ella, entiende perfectamente que «errar» signifique tanto vagar como equivocarse.
sábado, 30 de abril de 2011
Beirut en primavera
Porque lo nuestro se parece a Stalingrado, le dice él, pero ella le rectifica, le dice que eso es falso y, además, muy típico: Stalingrado, Vietnam, Auschwitz, siempre lo mismo. No, es como Beirut en primavera, aunque es consciente de que ya no hay guerra en el Líbano. Flores entre los escombros, asegura con determinación. Y él no discute, porque uno siempre vuelve a ser quien era, a la primera oportunidad. Porque el amor no es más que pensamiento mágico, y es tan fácil creer contra toda evidencia si uno encuentra el estímulo adecuado.
viernes, 29 de abril de 2011
Los dos cafés en la estación de autobuses
Es uno de esos detalles que no se olvidan. Los dos cafés en la estación de autobuses. Porque el camarero tardaba y cuando llegó con ellos ya no quedaba casi nada para que saliera mi autobús. Y ella dijo: no importa, me tomo yo los dos. Y yo quería decir algo significativo para despedirme —aunque entonces no sabía que era la última vez que la vería—, pero ella no me dejó, se adelantó a mi intento y me dijo que me marchara ya, rápido, que se le daban fatal las despedidas. Y prácticamente me empujó hacia el autobús mientras repetía que me diera prisa, que lo iba a perder. Y así no dije nada y la dejé allí con sus dos cafés.
jueves, 28 de abril de 2011
La mente
Cuando llega a casa, descubre que no lleva encima el cuaderno en el que apunta las ideas. Se palpa cuidadosamente por todo el cuerpo, como si el cuaderno hubiera podido desplazarse desde el bolsillo de la chaqueta hasta algún lugar indeterminado de su anatomía, pero es inútil: no lo tiene. Lo ha perdido. Peor aún: se lo han robado. ¿Porque de qué manera podría haberlo perdido? No lo ha sacado en ningún momento del bolsillo, puesto que hoy no se le ha ocurrido nada que apuntar (hoy apenas ha pensado, podría decir). Así que se lo ha robado alguien, alguien que ha pensado que era la cartera y que en lugar de un botín económico se ha llevado lo más valioso que tenía: sus pensamientos. Un completo desconocido tiene acceso a sus reflexiones más íntimas, a sus ideas sobre esto y aquello. Un desconocido que quizá ahora mismo le lee la mente en el metro o en el autobús. «Alguien va por ahí con mis pensamientos», murmura. «Y con mi novia, que siempre está en ellos», añade en un acceso de celos bastante absurdo.
miércoles, 27 de abril de 2011
La paz
Volvió la paz al país, para felicidad de todos (excepto fabricantes de armas y futuristas). Altavoz fue por fin licenciado y con gran alegría regresó a casa, donde descubrió que Ernestina, su amante desde tiempos remotos, se había casado con un importador ruso y había concebido hijos y planes con él. Este hecho, admisible sólo para simpatizantes del ruso y Ernestina, azoró grandemente a Altavoz, que le echó en cara a la traidora su falta de fe, porque ella aducía que le creía muerto o proyecto de muerto (cosa que por cierto había repetido siempre el capellán de la compañía a todos los soldados). «¡Desgraciada, cómo te has atrevido a gestar los hijos de otro!», le espetó Altavoz entre los berreos de los infantes que abarrotaban la habitación. «No sólo gesto sus hijos, también gestiono su fortuna, entiéndeme», replicó ella. El ruso intervino entonces para decir algo que ninguno de los dos entendió, pues no hablaban su idioma, pero Altavoz, hombre orgulloso, le golpeó en la rótula por si acaso se trataba de un insulto, ya que no podía permitir que el honor de un valiente soldado fuera mancillado.
«¡Qué infortunio!», se dijo mientras salía de casa de su traicionera amante. «¿Ésta es mi recompensa a los sacrificios que he arrostrado por la patria? ¿Y ahora qué? Sólo se me dan bien el amor y la guerra, y ahora reinan el desamor y la paz». Meditando todo esto entró en un burdel en el que ya le conocían y que hacía descuentos a los héroes, pero sólo durante la primera semana de paz. Allí pasó una velada de ensueño con dos hermanas hispano-suizas, como la marca de automóviles, con las que practicó diversos acoplamientos sexuales con gran aprovechamiento.
A la mañana siguiente era de día, lo cual le pareció un excelente presagio. Se dirigió a casa de su buen amigo Clochard, que no había servido en el ejército debido a que era tartamudo. Clochard le abrió la puerta en pijama, puesto que le gustaba dormir hasta tarde, ya que no tenía que trabajar porque la pensión que recibía del gobierno por su invalidez era generosa.
—¡Mi buen Clochard! —dijo Altavoz abrazando a su sorprendido amigo—. Y, dime, ¿no tienes algo de vino?
Antes de que su amigo respondiera —lo que les podría llevar toda la tarde—, fue él mismo a la alacena, de la cual sacó una botella de buen burdeos que sirvió en dos vasos, pues decidió que era descortés beber en soledad el vino del anfitrión. Clochard, cariacontecido, se sentó a la mesa frente al inesperado invitado y empezó a trasegar el vino en pequeños sorbos. Altavoz, más desmedido, bebía como un cosaco y relataba sus hazañas guerreras, de las que se han escrito muchos cuentos y varias canciones francesas.
Una vez convenientemente borracho, Clochard podía hablar con normalidad, pues el alcohol le soltaba la lengua, aspecto que ocultó cuando lo llamaron a filas, aunque no por cobardía como se podría pensar, sino porque el honor militar exige que los soldados permanezcan sobrios en batalla (podría haber servido en la marina, pero no sabía nadar). Informó a Altavoz de las últimas novedades en moda urbana y, más importante aún, de que esa misma noche el conde Vantard organizaba un baile en su palacete para celebrar la llegada de la paz, «la más hermosa de las damiselas, por eso tan frecuentemente es vejada», en palabras del propio conde.
«¡La historia exige que asistamos!», exclamó Altavoz levantándose de un salto, cosa que es mejor no hacer cuando se está borracho, como rápidamente comprendió al desplomarse sobre la silla y destrozarla con su caída. Clochard, más prudente, evidenció su acuerdo limitándose a asentir, que las sillas estaban muy caras en esa época del año.
Salieron de casa al atardecer. Habían pensado coger el coche, pero pesaba demasiado para dos personas, así que finalmente decidieron ir a pie. Era una hermosa tarde de aires venecianos, pero sin canales, aunque con algún gondolero que otro en los arcenes de la carretera. Cuando llegaron al palacete del conde Vantard, profusamente decorado con motivos ferroviarios, se presentaron como «Benvenuti y señora», que Clochard con su bigote bien podía pasar por italiana. Benvenuti era el nombre del embajador italiano y se daba la circunstancia de que había fallecido el día anterior, pero al mayordomo le pareció indecoroso decirle al invitado que estaba muerto —al fin y al cabo, ésa es una tarea de la familia o los médicos—, así que los dejó pasar.
Bailaban las más hermosas damas del país en el gran salón de actos del conde Vantard. Bailaban al ritmo del vals de moda con la esperanza de cazar marido o amante de fortuna considerable. Los caballeros vestían sus mejores galas y parecían prestarse a esto que pretendían las damas, pero en secreto rumiaban la manera de acostarse con tan bellas señoritas sin comprometer en nada su situación económica o su estado civil. Era como la guerra, se dijo Altavoz, que aunque era pobre también quería descargar su fusil aquella noche en alguna trinchera. Se ajustó el monóculo, por tener un aspecto más distinguido y adinerado, y se acercó a su primer objetivo: una preciosa princesa eslava de rizos dorados que sujetaba con candor y donaire una copa de champán.
—Buenas noches, señorita. Permítame que me presente: soy Claudio Benvenuti, del Piamonte.
—¿Benvenuti? ¿Pero no había muerto?
—Me encuentro mucho mejor. Dígame, ¿no será usted por un casual la zarevna?
—Ya me gustaría, no paso de baronesa búlgara. Bueno, el barón es mi padre, pero algún día heredaré yo el título.
—Mejor, así no podrá decir que mi amor no es puro. Pues me he enamorado perdidamente de usted en el instante en que me golpeó con sus larguísimas pestañas.
—Es usted un adulador, seguro que tiene ensayada esa frase.
—Por supuesto que no, estoy en contra de Stanislavski, incluso he financiado un par de atentados contra él. Mi cortejo es del todo improvisado y, por lo tanto, sincero.
—Tendría usted que darme una estimación de su fortuna, no estoy segura de amarle todavía.
—Mi fortuna es inconmensurable, querida mía. Ahora, ¿qué le parece si nos retiramos a una habitación y contemplamos los tapices?
—Estaré encantada de hacerlo.
Entretanto, Clochard se debatía con viejos nobles polacos que encontraban irresistibles sus encantos impostados de madura italiana. «No, gracias», decía mientras se sacaba la enésima mano decrépita del escote, «estoy de luto, comprendan mi situación». «¿Y si cambiamos de situación y buscamos una más propicia, como la alcoba?», replicó un nonagenario antes de que se le cayera al suelo la dentadura, rompiéndose con gran estrépito. Entonces la Gran Duquesa de Oriente gritó «¡mis perlas!» y varios caballeros empezaron a recoger los dientes, dándoselos después a la Gran Duquesa, que los engarzó en una cadena que enseguida se puso al cuello. El nonagenario no dijo nada (su título era menor). Este revuelo lo aprovechó Clochard para salir subrepticiamente de la sala.
Altavoz, en el papel de Benvenuti, disfrutaba nuevamente de los placeres de la carne con el mismo arrojo que mostraba en el campo de batalla. La joven baronesa, que también era experta en estas lides, deleitó a nuestro héroe con algunas artimañas bien pagadas en ciertos prostíbulos asiáticos. Finalizado el acto amoroso, los contendientes comentaban la jugada cuando, sin anunciarse, entró en el cuarto el prometido de la joven búlgara, porque prometida estaba, aunque no lo había mencionado en ningún momento. El prometido no era otro que el conde Vantard, lo que era todavía peor, ya que el acto de Altavoz iba contra todas las normas de hospitalidad, excepto, quizás, las esquimales.
—¡Pero qué es esto! —gritó el conde—. Mi amada en brazos de otro. ¡En brazos de Benvenuti, nada menos! ¡Me engañas con un cadáver aprovechando la celebración de la paz! ¡Qué felonía, qué ultraje! ¿Es que no respetas nada, Katerina?
—Cariño, no es lo que parece. El embajador me estaba ayudando con el vestido, que se había atascado un broche.
—Claro, y eso requería desnudarse en la cama, ¿verdad? Y fornicar, porque eso es lo que habéis hecho, se escuchaban vuestros gritos infames sobre la música.
—He sido débil, Benvenuti me ha engañado —exclamó Katerina arrojándose a los pies del conde, espléndida en su desnudez—. Castígame, me lo merezco, azótame con la fusta en las nalgas. Soy sólo tuya.
El conde vaciló, ya que era un hombre y por tanto presa fácil para una mujer hermosa.
—Te perdono, querida, y te daré el castigo que mereces y que tanto te gusta. Pero esta ignominia hay que lavarla con sangre. Y puesto que Benvenuti se ha aprovechado de tu inocencia y de mi amabilidad, justo es que me dé la satisfacción de batirnos en duelo. Y más justo aún será que muera —otra vez— por mi mano.
Altavoz no dijo nada, pues consideró que desnudo no hay quien lo tome en serio a uno y, además, explicar que no era el difunto Benvenuti, sino un soldado recién licenciado, sólo podía empeorarlo todo más. Y como buen caballero no iba a acusar a la joven Katerina de haberle engañado con malas artes, puesto que él tampoco había sido el paradigma de la sinceridad (aunque ciertamente su fortuna era inconmensurable, que no se puede medir lo que no existe).
Se decidió que el duelo se celebraría, si es que los duelos son algo que puedan celebrarse, el primer día de primavera, para simbolizar el renacer de la vida (la del superviviente). Se mandaron telegramas a lo largo y ancho de Europa para que asistieran las más importantes personalidades, agotándose enseguida las entradas, que alcanzaron un precio altísimo en la reventa.
Altavoz se levantó de la cama el día de autos como si fuera un día cualquiera. No tenía miedo, se había enfrentado a cosas peores. Como aquella vez en la que, armándose de valor (y de granadas de mano, por si el valor no era suficiente), tomó sin ayuda de nadie un nido de ametralladoras, hazaña por la que fue condecorado, pues el Alto Mando sabe que las ametralladoras son muy agresivas cuando están anidando y cuidando a los polluelos. Se afeitó tranquilamente mientras aguardaban en otra habitación sus padrinos, que eran Clochard y una de las prostitutas hispano-suizas, como la marca de automóviles, que para amenizar la espera se dedicaba a comprobar el aguante de Clochard en el terreno sexual.
Llegaron poco antes del mediodía. La multitud se agolpaba en los graderíos levantados para la ocasión y una gran cantidad de vendedores ambulantes intentaba colocar sus productos a los turistas. Familias enteras habían decidido pasar el día en el campo y disfrutar de la naturaleza y los duelos a muerte. Con pompa y boato llegó entonces el conde Vantard, acompañado de Katerina —que rehuía la mirada de Altavoz—, sus padrinos, músicos y simpatizantes.
Altavoz y Vantard se saludaron fríamente, cogieron las pistolas y se colocaron espalda contra espalda en el punto designado para que comenzara el duelo. El público rugió de emoción, algunas mujeres se desmayaron. Los duelistas dieron sólo diez pasos, que era lo acordado, giraron sobre sí mismos y dispararon. Las pistolas eran Smith & Wesson, que en su publicidad de aquellos años decía: «nuestras balas son infalibles, sólo fallaría una entre un millón». Resultó que la bala del conde Vantard era una entre un millón y la pistola le explotó en la mano, seguida por la cabeza, que también le estalló al penetrar en ella la bala que había disparado Altavoz, que era un proyectil vulgar. El verde de la hierba se tiñó del rojo de la sangre y la gente prorrumpió en aplausos. Katerina, emocionada, corrió hacia Altavoz y, levantándose la falda, le ofreció sus nalgas desnudas. «Son tuyas, Benvenuti», le dijo. Altavoz alargó la mano y acarició la cálida y tentadora piel.
«¡Qué infortunio!», se dijo mientras salía de casa de su traicionera amante. «¿Ésta es mi recompensa a los sacrificios que he arrostrado por la patria? ¿Y ahora qué? Sólo se me dan bien el amor y la guerra, y ahora reinan el desamor y la paz». Meditando todo esto entró en un burdel en el que ya le conocían y que hacía descuentos a los héroes, pero sólo durante la primera semana de paz. Allí pasó una velada de ensueño con dos hermanas hispano-suizas, como la marca de automóviles, con las que practicó diversos acoplamientos sexuales con gran aprovechamiento.
A la mañana siguiente era de día, lo cual le pareció un excelente presagio. Se dirigió a casa de su buen amigo Clochard, que no había servido en el ejército debido a que era tartamudo. Clochard le abrió la puerta en pijama, puesto que le gustaba dormir hasta tarde, ya que no tenía que trabajar porque la pensión que recibía del gobierno por su invalidez era generosa.
—¡Mi buen Clochard! —dijo Altavoz abrazando a su sorprendido amigo—. Y, dime, ¿no tienes algo de vino?
Antes de que su amigo respondiera —lo que les podría llevar toda la tarde—, fue él mismo a la alacena, de la cual sacó una botella de buen burdeos que sirvió en dos vasos, pues decidió que era descortés beber en soledad el vino del anfitrión. Clochard, cariacontecido, se sentó a la mesa frente al inesperado invitado y empezó a trasegar el vino en pequeños sorbos. Altavoz, más desmedido, bebía como un cosaco y relataba sus hazañas guerreras, de las que se han escrito muchos cuentos y varias canciones francesas.
Una vez convenientemente borracho, Clochard podía hablar con normalidad, pues el alcohol le soltaba la lengua, aspecto que ocultó cuando lo llamaron a filas, aunque no por cobardía como se podría pensar, sino porque el honor militar exige que los soldados permanezcan sobrios en batalla (podría haber servido en la marina, pero no sabía nadar). Informó a Altavoz de las últimas novedades en moda urbana y, más importante aún, de que esa misma noche el conde Vantard organizaba un baile en su palacete para celebrar la llegada de la paz, «la más hermosa de las damiselas, por eso tan frecuentemente es vejada», en palabras del propio conde.
«¡La historia exige que asistamos!», exclamó Altavoz levantándose de un salto, cosa que es mejor no hacer cuando se está borracho, como rápidamente comprendió al desplomarse sobre la silla y destrozarla con su caída. Clochard, más prudente, evidenció su acuerdo limitándose a asentir, que las sillas estaban muy caras en esa época del año.
Salieron de casa al atardecer. Habían pensado coger el coche, pero pesaba demasiado para dos personas, así que finalmente decidieron ir a pie. Era una hermosa tarde de aires venecianos, pero sin canales, aunque con algún gondolero que otro en los arcenes de la carretera. Cuando llegaron al palacete del conde Vantard, profusamente decorado con motivos ferroviarios, se presentaron como «Benvenuti y señora», que Clochard con su bigote bien podía pasar por italiana. Benvenuti era el nombre del embajador italiano y se daba la circunstancia de que había fallecido el día anterior, pero al mayordomo le pareció indecoroso decirle al invitado que estaba muerto —al fin y al cabo, ésa es una tarea de la familia o los médicos—, así que los dejó pasar.
Bailaban las más hermosas damas del país en el gran salón de actos del conde Vantard. Bailaban al ritmo del vals de moda con la esperanza de cazar marido o amante de fortuna considerable. Los caballeros vestían sus mejores galas y parecían prestarse a esto que pretendían las damas, pero en secreto rumiaban la manera de acostarse con tan bellas señoritas sin comprometer en nada su situación económica o su estado civil. Era como la guerra, se dijo Altavoz, que aunque era pobre también quería descargar su fusil aquella noche en alguna trinchera. Se ajustó el monóculo, por tener un aspecto más distinguido y adinerado, y se acercó a su primer objetivo: una preciosa princesa eslava de rizos dorados que sujetaba con candor y donaire una copa de champán.
—Buenas noches, señorita. Permítame que me presente: soy Claudio Benvenuti, del Piamonte.
—¿Benvenuti? ¿Pero no había muerto?
—Me encuentro mucho mejor. Dígame, ¿no será usted por un casual la zarevna?
—Ya me gustaría, no paso de baronesa búlgara. Bueno, el barón es mi padre, pero algún día heredaré yo el título.
—Mejor, así no podrá decir que mi amor no es puro. Pues me he enamorado perdidamente de usted en el instante en que me golpeó con sus larguísimas pestañas.
—Es usted un adulador, seguro que tiene ensayada esa frase.
—Por supuesto que no, estoy en contra de Stanislavski, incluso he financiado un par de atentados contra él. Mi cortejo es del todo improvisado y, por lo tanto, sincero.
—Tendría usted que darme una estimación de su fortuna, no estoy segura de amarle todavía.
—Mi fortuna es inconmensurable, querida mía. Ahora, ¿qué le parece si nos retiramos a una habitación y contemplamos los tapices?
—Estaré encantada de hacerlo.
Entretanto, Clochard se debatía con viejos nobles polacos que encontraban irresistibles sus encantos impostados de madura italiana. «No, gracias», decía mientras se sacaba la enésima mano decrépita del escote, «estoy de luto, comprendan mi situación». «¿Y si cambiamos de situación y buscamos una más propicia, como la alcoba?», replicó un nonagenario antes de que se le cayera al suelo la dentadura, rompiéndose con gran estrépito. Entonces la Gran Duquesa de Oriente gritó «¡mis perlas!» y varios caballeros empezaron a recoger los dientes, dándoselos después a la Gran Duquesa, que los engarzó en una cadena que enseguida se puso al cuello. El nonagenario no dijo nada (su título era menor). Este revuelo lo aprovechó Clochard para salir subrepticiamente de la sala.
Altavoz, en el papel de Benvenuti, disfrutaba nuevamente de los placeres de la carne con el mismo arrojo que mostraba en el campo de batalla. La joven baronesa, que también era experta en estas lides, deleitó a nuestro héroe con algunas artimañas bien pagadas en ciertos prostíbulos asiáticos. Finalizado el acto amoroso, los contendientes comentaban la jugada cuando, sin anunciarse, entró en el cuarto el prometido de la joven búlgara, porque prometida estaba, aunque no lo había mencionado en ningún momento. El prometido no era otro que el conde Vantard, lo que era todavía peor, ya que el acto de Altavoz iba contra todas las normas de hospitalidad, excepto, quizás, las esquimales.
—¡Pero qué es esto! —gritó el conde—. Mi amada en brazos de otro. ¡En brazos de Benvenuti, nada menos! ¡Me engañas con un cadáver aprovechando la celebración de la paz! ¡Qué felonía, qué ultraje! ¿Es que no respetas nada, Katerina?
—Cariño, no es lo que parece. El embajador me estaba ayudando con el vestido, que se había atascado un broche.
—Claro, y eso requería desnudarse en la cama, ¿verdad? Y fornicar, porque eso es lo que habéis hecho, se escuchaban vuestros gritos infames sobre la música.
—He sido débil, Benvenuti me ha engañado —exclamó Katerina arrojándose a los pies del conde, espléndida en su desnudez—. Castígame, me lo merezco, azótame con la fusta en las nalgas. Soy sólo tuya.
El conde vaciló, ya que era un hombre y por tanto presa fácil para una mujer hermosa.
—Te perdono, querida, y te daré el castigo que mereces y que tanto te gusta. Pero esta ignominia hay que lavarla con sangre. Y puesto que Benvenuti se ha aprovechado de tu inocencia y de mi amabilidad, justo es que me dé la satisfacción de batirnos en duelo. Y más justo aún será que muera —otra vez— por mi mano.
Altavoz no dijo nada, pues consideró que desnudo no hay quien lo tome en serio a uno y, además, explicar que no era el difunto Benvenuti, sino un soldado recién licenciado, sólo podía empeorarlo todo más. Y como buen caballero no iba a acusar a la joven Katerina de haberle engañado con malas artes, puesto que él tampoco había sido el paradigma de la sinceridad (aunque ciertamente su fortuna era inconmensurable, que no se puede medir lo que no existe).
Se decidió que el duelo se celebraría, si es que los duelos son algo que puedan celebrarse, el primer día de primavera, para simbolizar el renacer de la vida (la del superviviente). Se mandaron telegramas a lo largo y ancho de Europa para que asistieran las más importantes personalidades, agotándose enseguida las entradas, que alcanzaron un precio altísimo en la reventa.
Altavoz se levantó de la cama el día de autos como si fuera un día cualquiera. No tenía miedo, se había enfrentado a cosas peores. Como aquella vez en la que, armándose de valor (y de granadas de mano, por si el valor no era suficiente), tomó sin ayuda de nadie un nido de ametralladoras, hazaña por la que fue condecorado, pues el Alto Mando sabe que las ametralladoras son muy agresivas cuando están anidando y cuidando a los polluelos. Se afeitó tranquilamente mientras aguardaban en otra habitación sus padrinos, que eran Clochard y una de las prostitutas hispano-suizas, como la marca de automóviles, que para amenizar la espera se dedicaba a comprobar el aguante de Clochard en el terreno sexual.
Llegaron poco antes del mediodía. La multitud se agolpaba en los graderíos levantados para la ocasión y una gran cantidad de vendedores ambulantes intentaba colocar sus productos a los turistas. Familias enteras habían decidido pasar el día en el campo y disfrutar de la naturaleza y los duelos a muerte. Con pompa y boato llegó entonces el conde Vantard, acompañado de Katerina —que rehuía la mirada de Altavoz—, sus padrinos, músicos y simpatizantes.
Altavoz y Vantard se saludaron fríamente, cogieron las pistolas y se colocaron espalda contra espalda en el punto designado para que comenzara el duelo. El público rugió de emoción, algunas mujeres se desmayaron. Los duelistas dieron sólo diez pasos, que era lo acordado, giraron sobre sí mismos y dispararon. Las pistolas eran Smith & Wesson, que en su publicidad de aquellos años decía: «nuestras balas son infalibles, sólo fallaría una entre un millón». Resultó que la bala del conde Vantard era una entre un millón y la pistola le explotó en la mano, seguida por la cabeza, que también le estalló al penetrar en ella la bala que había disparado Altavoz, que era un proyectil vulgar. El verde de la hierba se tiñó del rojo de la sangre y la gente prorrumpió en aplausos. Katerina, emocionada, corrió hacia Altavoz y, levantándose la falda, le ofreció sus nalgas desnudas. «Son tuyas, Benvenuti», le dijo. Altavoz alargó la mano y acarició la cálida y tentadora piel.
martes, 26 de abril de 2011
Historiadores de lo posible
Somos una nación joven, sin historia, pues no hace ni veinte años que por fin alcanzamos la independencia. Es por este motivo que se creó la Academia de la Historia Ucrónica: para investigar los acontecimientos que pudieron haber ocurrido, para tapar ese vacío, para ocupar ese lugar en la historia universal que nos fue negado por unas circunstancias adversas. Desarrollar cuál habría sido nuestro papel en la Guerra de los Treinta Años, por ejemplo. El colonialismo. La Primera Guerra Mundial. Inventar movimientos fascistas propios. Quiénes habrían sido nuestros presidentes a lo largo de los años; nuestros generales en las guerras. Hay tantas posibilidades. Todo lo que pudo haber sido, pero no fue.
lunes, 25 de abril de 2011
El miedo
—Me da miedo la gente.
—¿Por qué?
—Son seres extraños.
—¿A qué te refieres?
—No les conozco, no sé quiénes son.
—¿Y? ¿Significa eso que sean malos?
—A mí de pequeña me dijeron que no confiara en los desconocidos.
—Pero no hasta ese extremo.
—Yo creo que nunca se es lo bastante cuidadosa. Mejor prevenir que curar.
—Así que no sales a la calle.
—Sí que salgo, pero de madrugada, cuando están las calles vacías.
—Muy sano, sí.
—Y seguro.
—¿Por qué?
—Son seres extraños.
—¿A qué te refieres?
—No les conozco, no sé quiénes son.
—¿Y? ¿Significa eso que sean malos?
—A mí de pequeña me dijeron que no confiara en los desconocidos.
—Pero no hasta ese extremo.
—Yo creo que nunca se es lo bastante cuidadosa. Mejor prevenir que curar.
—Así que no sales a la calle.
—Sí que salgo, pero de madrugada, cuando están las calles vacías.
—Muy sano, sí.
—Y seguro.
domingo, 24 de abril de 2011
La dismnesia
Porque yo necesito algo eterno. Porque no confío en mis recuerdos. Porque siempre me pierdo en mis recuerdos. Porque no hay fin en mis recuerdos. Porque no hay significado en mis recuerdos. Porque estoy solo en mis recuerdos. Porque estoy sólo en mis recuerdos.
sábado, 23 de abril de 2011
Las ocasiones perdidas
Uno al final piensa que las ocasiones perdidas habrían conducido a una vida mejor que la que se tuvo en realidad, pero esto es así sólo porque la imaginación siempre deja en mal lugar a la vida.
viernes, 22 de abril de 2011
Los suelos
A las seis de la mañana, apurando el paso por las calles de Málaga. Con cuidado, que está el suelo mojado de la lluvia y puede uno resbalar. Y me acuerdo de pronto de Susana y sus críticas a los suelos de esta ciudad. Que quién ha puesto estas baldosas, decía. Que si no se mata la gente aquí cuando llueve, preguntaba. Y yo le decía que era una quejica y que nadie se fija en esas cosas.
jueves, 21 de abril de 2011
El insomnio sempiterno
Hace tiempo que es imposible dormir y parece que el tiempo se detiene. Como si la vida se estancara en el insomnio. Y la noche parece eterna, pero es un espejismo. De tanto andar en la vigilia, al final te encuentras el amanecer de frente. Y no has dormido. Pero entonces ya no importa, decides dejarlo para la noche siguiente, aunque sabes que será como la anterior. Como si todas las noches fueran la misma.
miércoles, 20 de abril de 2011
El Ministerio de la Realidad
El Ministerio de la Realidad está emplazado en un edificio existente, pues de lo contrario la oposición podría alegar que el Gobierno no es serio. En el Ministerio se encargan básicamente de problemas tridimensionales, aunque sin despreciar la cuarta dimensión en la que todos viajamos hacia el futuro (la oposición dice que de forma muy lenta). Últimamente se ha publicado en ciertos medios que algunos funcionarios se mueven por el hiperespacio, pero no es verdad: todo el mundo sabe que los funcionarios no destacan por su velocidad.
martes, 19 de abril de 2011
La ficción correcta
Las películas del Holocausto no son respetuosas con el dolor de las víctimas, decían ciertas asociaciones que pretendían que la industria del cine se autocensurase. «¿Qué es eso de sacar beneficio económico con el dolor de las víctimas?», decían, «es inmoral». Tanto presionaron que al final se salieron con la suya, pero no se detuvieron allí. Las películas bélicas también explotaban el dolor y el sufrimiento. Igual que las películas de catástrofes. Como también lo hacían las películas en las que moría alguien, pues quién no ha perdido un familiar o conocido. No, el cine no podía lucrarse con los traumas de la gente. El cine lo que tenía que hacer era trasladarnos a un mundo de fantasía donde todo era maravilloso y nada podía salir mal. Un mundo de celuloide libre de dolor. El paraíso a veinticuatro fotogramas por segundo. Y en 3D en algunas salas.
lunes, 18 de abril de 2011
El desatino manifiesto
Porque yo necesito romper la baraja. Porque no soporto este marasmo cotidiano, esta lentitud desesperante, el aburrimiento de todo esto. Prefiero quemar las naves (aunque realmente no hubiera naves). Porque nadie se despide mejor que yo. Porque no hay calma en este punto en medio de la nada. Y no sé qué solución hay. Si hubiera una forma de combinar vida y locura. Pero no puede ser, es una u otra.
domingo, 17 de abril de 2011
El destino manifiesto
No hay que fiarse de los impulsos, sobre todo cuando toda pulsión erótica esconde una pulsión de muerte. Claro que la gente normal no tiene este problema. Las personas normales no tienen que contenerse, ya vienen civilizados de casa. Yo en cambio estoy majareta y tengo que pararme a analizar si lo que quiero hacer va a alguna parte o es ese instinto suicida animándome de nuevo.
sábado, 16 de abril de 2011
La vida es ese ruido de fondo
La vida es ese ruido de fondo, le escribe a una chica, pero luego no se lo manda. Y no se lo manda porque estas cosas ella no las entiende ni las necesita. Es un problema esta imposibilidad de comunicación, piensa. Aunque todo esto es en realidad una excusa. Si no se lo manda es porque teme que le conteste: no, ese ruido de fondo eres tú.
viernes, 15 de abril de 2011
El juego romántico
Ella: Siempre pienso en ti cuando estoy triste.
Él: Me gustaría más que te acordaras de mí cuando estés cachonda.
Él: Me gustaría más que te acordaras de mí cuando estés cachonda.
jueves, 14 de abril de 2011
Y el sueño irrecuperable
Porque yo ya no me creo nada de esto, pero es lo que se me da mejor. La tragedia cotidiana. El desastre como excusa (o una excusa para el desastre). El apocalipsis sostenible. Porque la vida tenía que haber sido contigo.
miércoles, 13 de abril de 2011
Te quiero
—Te quie...
—No, no lo digas.
—¿Por qué no?
—Porque hay cosas que es mejor no decirlas.
—Ni que fuera un conjuro de magia negra.
—Ciertas frases sólo sirven para arrepentirse después. Un «te quiero» es una declaración de intenciones, no es algo baladí. Es una forma de estar en el mundo.
—Precisamente. Si es lo que siento...
—No es cuestión sólo de sentirlo. Es un compromiso que adquieres con el universo. ¿Y si mañana no me quieres? ¿De qué valdría entonces haberlo dicho? No, hay que ser fiel a la palabra dada. Si no puedes, entonces es mejor que calles.
—Pero si vosotras os desdecís continuamente.
—¿Cómo que «vosotras»?
—Ya sabes: las mujeres.
—¿Qué? Eres un machista.
—No lo soy. Además, te quiero.
—Vete a la mierda.
—No, no lo digas.
—¿Por qué no?
—Porque hay cosas que es mejor no decirlas.
—Ni que fuera un conjuro de magia negra.
—Ciertas frases sólo sirven para arrepentirse después. Un «te quiero» es una declaración de intenciones, no es algo baladí. Es una forma de estar en el mundo.
—Precisamente. Si es lo que siento...
—No es cuestión sólo de sentirlo. Es un compromiso que adquieres con el universo. ¿Y si mañana no me quieres? ¿De qué valdría entonces haberlo dicho? No, hay que ser fiel a la palabra dada. Si no puedes, entonces es mejor que calles.
—Pero si vosotras os desdecís continuamente.
—¿Cómo que «vosotras»?
—Ya sabes: las mujeres.
—¿Qué? Eres un machista.
—No lo soy. Además, te quiero.
—Vete a la mierda.
martes, 12 de abril de 2011
Del correcto erotismo
—Yo siempre me compro bragas de niña, ¿no te gustan? ¿No te parecen eróticas?
—Mira, si quisiera follarme niñas, iría a Tailandia.
—Mira, si quisiera follarme niñas, iría a Tailandia.
lunes, 11 de abril de 2011
Los mensajes intempestivos
No, no es que vaya a empezar de nuevo a perseguirte, es sólo que me dejé algunas cosas en el tintero.
domingo, 10 de abril de 2011
sábado, 9 de abril de 2011
Mala praxis
—Usted dirá —dice el psiquiatra.
—Verá, mi problema es que soy el diablo.
—¿Sí? ¿Por qué se considera mala persona?
—No, quiero decir que soy el diablo, literalmente. Satanás en carne y hueso.
—Entiendo —anota algo en su cuaderno—; ¿desde hace mucho?
—Llevo toda la eternidad siéndolo.
—Eso es mucho tiempo, yo todavía no había abierto mi consulta.
—Creo que no me está tomando en serio usted. No es que me crea el diablo, sino que lo soy. Es algo que me causa muchos problemas en mi vida diaria.
—Seguro que no resulta sencillo ser el Príncipe de las Tinieblas —dice el psiquiatra.
—Se burla usted de mí.
—Perdone, no era mi intención. Continúe. ¿Entonces siempre ha sabido que era el diablo?
—Desde pequeño. Mi madre me lo decía a menudo: «este niño parece el mismo demonio». Era sólo una forma de hablar, claro, pero había dado en el clavo. Aunque por suerte para ella, murió sin saber la verdad, sólo llegó a sospecharlo.
—Todos hemos sido rebeldes de niños, eso no nos convierte en seres demoníacos. ¿Se culpa por la muerte de su madre?
—Es que fue culpa mía.
—No sea tan duro con usted. ¿De qué murió?
—La empujé por las escaleras.
—Ah. ¿Por qué motivo?
—Para matarla.
—Pero habría algún motivo para ello, no la mataría sin más, ¿no? —insiste el psiquiatra.
—No sé qué decirle, piense que soy el mal encarnado.
—Eso sólo es una forma de justificar sus actos.
—¿Cómo dice?
—Es muy sencillo. Usted dice ser el diablo y así tiene patente de corso para actuar como le venga en gana. Es una forma de situarse por encima de toda norma moral.
—No estoy de acuerdo. Según lo veo yo, tengo que ser fiel a mi naturaleza. Además, ¿qué pasa con mi reputación?
—¿Se siente presionado socialmente?
—No exactamente. Más bien es el juicio histórico lo que me preocupa. El diablo no puede ablandarse, ¿comprende? Sería perder.
—Entiendo. Volviendo a su madre: la mató por pura maldad, ¿no es eso?
—Vi la oportunidad y la aproveché. ¿No recogería usted del suelo un billete de quinientos euros? Digamos que yo vi un billete de iniquidad.
—¿Y no tuvo problemas con la policía? ¿No descubrieron su crimen?
—No. Mentí, que es otra maldad.
—No siempre. A veces mentimos para no hacer daño, para proteger a una persona querida —matiza el psiquiatra.
—Pues entonces quizá hice el bien, que mentí para no hacerme daño, para protegerme.
—No es lo mismo y lo sabe. Pero no nos desviemos del tema: entonces la policía creyó que su madre había tenido un accidente, ¿verdad?
—No exactamente. Acusé a mi padre del crimen.
—Otra maldad, claro.
—Sí, pero poco original, ¿no le parece? Admito que ahí estuve un tanto vulgar, pero tengo que decir en mi defensa que era muy joven.
—Pensaba que llevaba toda la eternidad siendo el diablo —aduce el doctor.
—Sí, es cierto, pero yo entonces estaba recordando ser quien soy. No es fácil, se lo aseguro. Uno se levanta a veces de la cama sabiéndose Satanás pero sin tener muy claro cómo proceder ese día. Es especialmente difícil para un niño. ¿A quién le pides consejo? No vas a decirle a tu padre que eres el diablo, no lo comprendería. Te mandaría a un internado o algo así, para quitarte esas ideas satánicas a base de disciplina.
—Hábleme de los otros niños. ¿Sabían que era usted el diablo?
—Algo intuían. «Aquí huele a azufre», decían a veces en clase, pero sabían que era peligroso enfadarme.
—Así que no tuvo muchos amigos, ¿verdad?
—No me interesaba su amistad, sólo sus almas.
—¿A qué se refiere?
—Me interesaba que pecaran, que cometieran tropelías, que hicieran el mal en todas sus vertientes. Resulta complicado en según qué casos, claro. En el parvulario, por ejemplo, el nivel de crímenes que se puede conseguir no es muy alto.
—Dejemos su infancia. ¿Qué me dice del amor?
—¿El qué?
—¿Nunca se ha enamorado?
—Hubo una chica. Se llamaba Marta, era florista. Se reía como si fuera la primera persona del mundo en hacerlo.
—¿Qué sucedió?
—Me acosté con ella un par de veces y me cansé. La muy imbécil se reía como si ella hubiera inventado la risa, ¿no le parece ridículo?
—Entiendo. Permítame una pregunta: ¿qué espera obtener con terapia? ¿Para qué ha venido?
—Verá, doctor, el mal es algo muy solitario. A veces uno desea la posibilidad de contarle a alguien lo que ha hecho, lo que siente. ¿De qué vale ser alguien perverso si no se lo puedes contar a nadie? ¿De qué sirve hacer el mal si nadie reconoce tu trabajo? Porque la gente siempre culpa a la mala suerte, nadie aplaude mis esfuerzos. Yo sólo quiero algo de reconocimiento; la gente es muy desagradecida.
—Verá, mi problema es que soy el diablo.
—¿Sí? ¿Por qué se considera mala persona?
—No, quiero decir que soy el diablo, literalmente. Satanás en carne y hueso.
—Entiendo —anota algo en su cuaderno—; ¿desde hace mucho?
—Llevo toda la eternidad siéndolo.
—Eso es mucho tiempo, yo todavía no había abierto mi consulta.
—Creo que no me está tomando en serio usted. No es que me crea el diablo, sino que lo soy. Es algo que me causa muchos problemas en mi vida diaria.
—Seguro que no resulta sencillo ser el Príncipe de las Tinieblas —dice el psiquiatra.
—Se burla usted de mí.
—Perdone, no era mi intención. Continúe. ¿Entonces siempre ha sabido que era el diablo?
—Desde pequeño. Mi madre me lo decía a menudo: «este niño parece el mismo demonio». Era sólo una forma de hablar, claro, pero había dado en el clavo. Aunque por suerte para ella, murió sin saber la verdad, sólo llegó a sospecharlo.
—Todos hemos sido rebeldes de niños, eso no nos convierte en seres demoníacos. ¿Se culpa por la muerte de su madre?
—Es que fue culpa mía.
—No sea tan duro con usted. ¿De qué murió?
—La empujé por las escaleras.
—Ah. ¿Por qué motivo?
—Para matarla.
—Pero habría algún motivo para ello, no la mataría sin más, ¿no? —insiste el psiquiatra.
—No sé qué decirle, piense que soy el mal encarnado.
—Eso sólo es una forma de justificar sus actos.
—¿Cómo dice?
—Es muy sencillo. Usted dice ser el diablo y así tiene patente de corso para actuar como le venga en gana. Es una forma de situarse por encima de toda norma moral.
—No estoy de acuerdo. Según lo veo yo, tengo que ser fiel a mi naturaleza. Además, ¿qué pasa con mi reputación?
—¿Se siente presionado socialmente?
—No exactamente. Más bien es el juicio histórico lo que me preocupa. El diablo no puede ablandarse, ¿comprende? Sería perder.
—Entiendo. Volviendo a su madre: la mató por pura maldad, ¿no es eso?
—Vi la oportunidad y la aproveché. ¿No recogería usted del suelo un billete de quinientos euros? Digamos que yo vi un billete de iniquidad.
—¿Y no tuvo problemas con la policía? ¿No descubrieron su crimen?
—No. Mentí, que es otra maldad.
—No siempre. A veces mentimos para no hacer daño, para proteger a una persona querida —matiza el psiquiatra.
—Pues entonces quizá hice el bien, que mentí para no hacerme daño, para protegerme.
—No es lo mismo y lo sabe. Pero no nos desviemos del tema: entonces la policía creyó que su madre había tenido un accidente, ¿verdad?
—No exactamente. Acusé a mi padre del crimen.
—Otra maldad, claro.
—Sí, pero poco original, ¿no le parece? Admito que ahí estuve un tanto vulgar, pero tengo que decir en mi defensa que era muy joven.
—Pensaba que llevaba toda la eternidad siendo el diablo —aduce el doctor.
—Sí, es cierto, pero yo entonces estaba recordando ser quien soy. No es fácil, se lo aseguro. Uno se levanta a veces de la cama sabiéndose Satanás pero sin tener muy claro cómo proceder ese día. Es especialmente difícil para un niño. ¿A quién le pides consejo? No vas a decirle a tu padre que eres el diablo, no lo comprendería. Te mandaría a un internado o algo así, para quitarte esas ideas satánicas a base de disciplina.
—Hábleme de los otros niños. ¿Sabían que era usted el diablo?
—Algo intuían. «Aquí huele a azufre», decían a veces en clase, pero sabían que era peligroso enfadarme.
—Así que no tuvo muchos amigos, ¿verdad?
—No me interesaba su amistad, sólo sus almas.
—¿A qué se refiere?
—Me interesaba que pecaran, que cometieran tropelías, que hicieran el mal en todas sus vertientes. Resulta complicado en según qué casos, claro. En el parvulario, por ejemplo, el nivel de crímenes que se puede conseguir no es muy alto.
—Dejemos su infancia. ¿Qué me dice del amor?
—¿El qué?
—¿Nunca se ha enamorado?
—Hubo una chica. Se llamaba Marta, era florista. Se reía como si fuera la primera persona del mundo en hacerlo.
—¿Qué sucedió?
—Me acosté con ella un par de veces y me cansé. La muy imbécil se reía como si ella hubiera inventado la risa, ¿no le parece ridículo?
—Entiendo. Permítame una pregunta: ¿qué espera obtener con terapia? ¿Para qué ha venido?
—Verá, doctor, el mal es algo muy solitario. A veces uno desea la posibilidad de contarle a alguien lo que ha hecho, lo que siente. ¿De qué vale ser alguien perverso si no se lo puedes contar a nadie? ¿De qué sirve hacer el mal si nadie reconoce tu trabajo? Porque la gente siempre culpa a la mala suerte, nadie aplaude mis esfuerzos. Yo sólo quiero algo de reconocimiento; la gente es muy desagradecida.
viernes, 8 de abril de 2011
Capítulo 2380
Me acuerdo de una noche con María en la que nos paró un vagabundo en la calle, pero no estoy seguro, puede que me haya inventado esto, pues no recuerdo la conversación, ni si volvíamos a su piso o íbamos a aquel restaurante chino en el que le dio por ponerse a fumar a pesar de estar prohibido. Creo que el vagabundo le preguntó a María su nombre. Puede que también preguntara el mío. Y me parece que me invento de pronto que el vagabundo era extranjero, pero no lo sé, no tengo ni idea. Entre los detalles que pierde la memoria y los que añade la imaginación, es muy complicado recordar.
jueves, 7 de abril de 2011
La novela de moda
Rumpel Stilzchen lo ha vuelto a hacer. El joven autor, que ya deslumbró con xD xD xD, su primera novela, acaba de publicar la que puede considerarse su obra de consagración: Norman Bates, la historia de amor entre un chaval con problemas para expresar sus emociones y un bot de internet que sólo contesta cosas aleatorias. Durante noventa trepidantes páginas, el autor nos hace partícipes de un test de Turing en el que acabamos dudando de la inteligencia de todos los implicados, autor y lector incluidos. La novela de la que hablan todas las revistas de tendencias, no se la pierdan.
miércoles, 6 de abril de 2011
martes, 5 de abril de 2011
No escribir
Cada vez menos palabras. Limarlo más y más. Eliminar lo superfluo. La perfección. La antiliteratura. No escribir.
lunes, 4 de abril de 2011
Málaga me da sueño
Málaga me da sueño. Esto, claro, es una manera de decir que me aburre, pues ya me gustaría a mí que me diera sueño de forma literal. Una ciudad en la que dormir. Pero no. Málaga, en realidad, me da insomnio. O no me lo quita, al menos.
domingo, 3 de abril de 2011
Encontrarse
Siguiendo una recomendación, viajé a la India para encontrarme a mí mismo. Tuve suerte en la búsqueda, pues descubrí que vivía en Calcuta, donde un lugareño me contó que se me solía ver los jueves por la noche en el Gandhi, un bar de mala reputación. Aquel jueves por la noche me presenté en el local y, efectivamente, ahí estaba yo: tomando algo en la barra y charlando con una mujer (una prostituta, posiblemente). Henchido de emoción, me acerqué y me di un efusivo saludo. Respondí con frialdad; tantos años escondiéndome para nada.
sábado, 2 de abril de 2011
El tiempo prestado
Como si llevaras un traje que no es tuyo y se notara. El tiempo prestado, la vida prestada. La impostura. El intrusismo existencial.
viernes, 1 de abril de 2011
La espera
Un hombre sentado en un banco. Esperando, pero no a Godot, sino a la vida. ¿Cuándo pasará la vida por aquí?, se pregunta. Y pasan un chaval en bicicleta, un cura, un señor con bastón, el autobús, algún perro, etc. Pero no la vida, piensa, y se pregunta si se habrá equivocado de calle.
jueves, 31 de marzo de 2011
Hay un agujero en la pared
—Hay un agujero en la pared y por él veo mi vida entera.
—Qué práctico, ¿no? Así no necesita recordar nada, puesto que está todo en el agujero.
—Bueno, no funciona así. Yo no controlo lo que veo: me limito a mirar por el agujero y entonces sucede algo. Algo de mi vida.
—¿Pero algo interesante?
—A veces, sí. A veces veo mi infancia. En otras ocasiones, veo el cuerpo de una antigua amante. Es de lo más erótico, pues me siento voyeur de mi pasado.
—Suena bien.
—Muchas veces sólo veo negrura.
—¿El futuro? ¿La muerte?
—Creo que no. Me parece que es mi vida mientras dormía.
—Sí, tiene sentido.
—Qué práctico, ¿no? Así no necesita recordar nada, puesto que está todo en el agujero.
—Bueno, no funciona así. Yo no controlo lo que veo: me limito a mirar por el agujero y entonces sucede algo. Algo de mi vida.
—¿Pero algo interesante?
—A veces, sí. A veces veo mi infancia. En otras ocasiones, veo el cuerpo de una antigua amante. Es de lo más erótico, pues me siento voyeur de mi pasado.
—Suena bien.
—Muchas veces sólo veo negrura.
—¿El futuro? ¿La muerte?
—Creo que no. Me parece que es mi vida mientras dormía.
—Sí, tiene sentido.
miércoles, 30 de marzo de 2011
La chica de la terraza
Hay una chica sentada en la terraza. Está leyendo. Nosotros estamos en la calle, sólo a unos metros de ella, y bebemos como si no le prestáramos atención, pero en realidad la estamos mirando a cada momento. Lleva unos pantalones cortos de color rosa. Lee con cara de suma concentración, como si no consiguiéramos distraerla con nuestra conversación. No hay nada más bonito que una mujer, pienso. Y no sé qué pensarán mis amigos, pero para mí la tarde se estropea cuando me vuelvo por enésima vez y descubro que la chica finalmente ha desistido de leer bajo el sol de marzo y ha entrado en casa, cerrando tras ella la puerta de la terraza.
martes, 29 de marzo de 2011
Lenocinio
La calle (esto se consigue con una boca de incendios y un par de farolas). Entra una PUTA, que es más corto de escribir que «prostituta». Gira su bolso como si fuera el martillo de Thor. Entra un NOVELISTA.
NOVELISTA: Buenas noches, señorita.
PUTA: Buenas noches.
NOVELISTA: Perdone mi atrevimiento, ¿pero es usted una lumi?
PUTA: ¿Se sigue usando esa palabra? ¿De dónde sale usted?
NOVELISTA: Es que soy escritor, ¿sabe? Tengo querencia por el habla demodé.
PUTA: Ah. Pues está usted de suerte, sí: soy puta.
NOVELISTA: Me pareció que lo era por los movimientos que hacía con el bolso.
PUTA: Es un código milenario, como las señales de humo.
NOVELISTA: Sin duda. Me alegro de estar versado en él.
PUTA: Bien. Son cincuenta y la cama, cariño.
NOVELISTA: ¿Hace descuento por familia numerosa?
PUTA: No. De hecho, cobro un plus a grupos.
NOVELISTA: No, si sería sólo yo. Mi familia está en casa.
PUTA: Ah. ¿Entonces ni siquiera van a mirar?
NOVELISTA: Creo que eso me daría problemas.
PUTA: ¿Eres tímido? Tengo pastillas para que no te arrugues, tranquilo. Aunque eso hay que pagarlo también.
NOVELISTA: No, no es eso. No es que me ponga nervioso que me miren mientras follo, sino que mi mujer se lo tomaría mal. Y mis hijos.
PUTA: Entiendo. Será entonces un polvo clandestino, ¿no? En la intimidad, sin público que nos jalee.
NOVELISTA: De lo más íntimo, salvo por la gente que está sentada en el teatro. Como ese señor de ahí, que tiene pinta de pervertido.
Un foco se enciende e ilumina a un señor que ha venido con sus familiares a ver la obra.
PUTA: Sí que tiene cara de guarro, sí. Diría que es cliente mío y todo.
Se escuchan golpes e improperios entre el público.
NOVELISTA: Buenas noches, señorita.
PUTA: Buenas noches.
NOVELISTA: Perdone mi atrevimiento, ¿pero es usted una lumi?
PUTA: ¿Se sigue usando esa palabra? ¿De dónde sale usted?
NOVELISTA: Es que soy escritor, ¿sabe? Tengo querencia por el habla demodé.
PUTA: Ah. Pues está usted de suerte, sí: soy puta.
NOVELISTA: Me pareció que lo era por los movimientos que hacía con el bolso.
PUTA: Es un código milenario, como las señales de humo.
NOVELISTA: Sin duda. Me alegro de estar versado en él.
PUTA: Bien. Son cincuenta y la cama, cariño.
NOVELISTA: ¿Hace descuento por familia numerosa?
PUTA: No. De hecho, cobro un plus a grupos.
NOVELISTA: No, si sería sólo yo. Mi familia está en casa.
PUTA: Ah. ¿Entonces ni siquiera van a mirar?
NOVELISTA: Creo que eso me daría problemas.
PUTA: ¿Eres tímido? Tengo pastillas para que no te arrugues, tranquilo. Aunque eso hay que pagarlo también.
NOVELISTA: No, no es eso. No es que me ponga nervioso que me miren mientras follo, sino que mi mujer se lo tomaría mal. Y mis hijos.
PUTA: Entiendo. Será entonces un polvo clandestino, ¿no? En la intimidad, sin público que nos jalee.
NOVELISTA: De lo más íntimo, salvo por la gente que está sentada en el teatro. Como ese señor de ahí, que tiene pinta de pervertido.
Un foco se enciende e ilumina a un señor que ha venido con sus familiares a ver la obra.
PUTA: Sí que tiene cara de guarro, sí. Diría que es cliente mío y todo.
Se escuchan golpes e improperios entre el público.
lunes, 28 de marzo de 2011
De nuestro gobierno en el exilio
Es una carta de amor. Una muy extensa, trescientas páginas escritas en tres años, lo que nos da una media de escribirte cien veces al año. No está todo, en realidad, pero creo que está lo importante. Lo esencial, lo que conforma una historia con humor, dolor, sinceridad, reproches, arrebatos románticos y otros desmanes de tipo trasnochado. Empieza con las primeras cosas que escribí de ti cuando todavía no te conocía y bromeaba sobre amor y otros demonios. Sigue con todo aquello que decía cuando me dedicaba a disimular el amor para no ahuyentarte. Termina con lo que comenté ayer o hace un momento, aunque podría decir que esto es como una novela de Kafka y nunca termina. Porque estoy siempre pensando en ti, constantemente. Claro que nada de esta narración sucede nunca en la realidad, pues forma parte sólo del imaginario sentimental del autor. Es, definitivamente, como una novela kafkiana.
domingo, 27 de marzo de 2011
sábado, 26 de marzo de 2011
En la mirada
«¿Qué letra ve aquí?», pregunta el oculista, y el paciente responde: «una teta». El oculista menea la cabeza, aunque no está seguro de que el paciente pueda verlo, y le explica que es la letra a. Apunta a la siguiente letra y repite la pregunta, a lo que contesta el paciente: «un culo». Es la letra o, pero el oculista se limita a suspirar. «Ahora voy a hacerle una revisión ocular», le informa, «apoye la barbilla aquí y mire al frente». El paciente obedece y se coloca con cuidado para que se asome a sus ojos el oculista. Éste examina primero el ojo derecho y lo que ve le deja sin habla, pues ve a una mujer desnuda. Una mujer en la ducha, concretamente. El oculista se frota los ojos (aunque se lo desaconseja siempre a sus pacientes) y le echa un vistazo ahora al izquierdo. En éste no hay una mujer, sino dos. Juguetean en la cama, se besan, se tocan con lascivia irresistible. Cómo explicar todo esto, se pregunta el oculista. Y encima con una erección, lo que no es nada profesional.
viernes, 25 de marzo de 2011
Auschwitz en hora punta
Con nuestras cabinas para viajar en el tiempo por fin podrá usted contemplar en vivo y en directo las grandes desgracias de la humanidad. Visite los campos de exterminio. Sea espectador de la explosión atómica en Hiroshima (nuestras cabinas, además de totalmente invisibles, son a prueba de radiaciones). Estremézcase ante los estragos de la peste negra. Vea de cerca la muerte y el sufrimiento.
Recuerde que, en cumplimiento de la legalidad concerniente a los viajes en el tiempo, no nos está permitido intervenir, sólo mirar.
Recuerde que, en cumplimiento de la legalidad concerniente a los viajes en el tiempo, no nos está permitido intervenir, sólo mirar.
jueves, 24 de marzo de 2011
miércoles, 23 de marzo de 2011
Las tres de la mañana
—Y no hay manera de volver a casa.
—¿Te has perdido?
—Es una forma de hablar, una metáfora: no hay manera de volver a casa. No hay manera de volver a ti.
—Ah.
—Lo pienso en este bar en el que apuro la vida mientras oigo el canto de las sirenas en la noche. Pero no las de Ulises, sino las policiales.
—Qué exagerado eres.
—Lo digo en serio: es un barrio peligroso.
—Me refería a lo de apurar la vida.
—Pero es que es verdad. Y oigo también al pasado que llama. Gritando el nombre de otro.
—Tanto malditismo no puede ser bueno para la salud. La verdad es que se te ve bastante desmejorado.
—Y me digo que he perdido el rumbo de nuevo, que doy tumbos en esta ciudad que sin ti no me pertenece. Siempre buscando la forma de dar contigo fuera de este largo monólogo interior que es el desamor.
—Pero si estoy aquí.
—Sí, durante un rato. Pero luego te marchas y yo desconozco el camino a ti. Me perdí, dejé mi voz olvidada.
—¿Dónde? ¿En algún contestador?
—Es posible.
—Pues hablas mucho. ¿Seguro que has olvidado la voz en alguna parte?
—Hablo y bebo. Bebo para olvidar que no te tengo. Bebo para ahogar a los perros que ladran en mi corazón. Bebo para revocar el pasado, el presente, el futuro. Bebo para olvidar ser historiador de mi soledad.
—¿No tendrías que olvidar los motivos por los que bebes?
—Sí, pero no funciona. Porque es tan triste, querida, enmendar la vida en un bar y no en tu cama.
—Ah, vale. Haber empezado por ahí.
—¿Te has perdido?
—Es una forma de hablar, una metáfora: no hay manera de volver a casa. No hay manera de volver a ti.
—Ah.
—Lo pienso en este bar en el que apuro la vida mientras oigo el canto de las sirenas en la noche. Pero no las de Ulises, sino las policiales.
—Qué exagerado eres.
—Lo digo en serio: es un barrio peligroso.
—Me refería a lo de apurar la vida.
—Pero es que es verdad. Y oigo también al pasado que llama. Gritando el nombre de otro.
—Tanto malditismo no puede ser bueno para la salud. La verdad es que se te ve bastante desmejorado.
—Y me digo que he perdido el rumbo de nuevo, que doy tumbos en esta ciudad que sin ti no me pertenece. Siempre buscando la forma de dar contigo fuera de este largo monólogo interior que es el desamor.
—Pero si estoy aquí.
—Sí, durante un rato. Pero luego te marchas y yo desconozco el camino a ti. Me perdí, dejé mi voz olvidada.
—¿Dónde? ¿En algún contestador?
—Es posible.
—Pues hablas mucho. ¿Seguro que has olvidado la voz en alguna parte?
—Hablo y bebo. Bebo para olvidar que no te tengo. Bebo para ahogar a los perros que ladran en mi corazón. Bebo para revocar el pasado, el presente, el futuro. Bebo para olvidar ser historiador de mi soledad.
—¿No tendrías que olvidar los motivos por los que bebes?
—Sí, pero no funciona. Porque es tan triste, querida, enmendar la vida en un bar y no en tu cama.
—Ah, vale. Haber empezado por ahí.
martes, 22 de marzo de 2011
Las diez de la mañana
La cama vacía. Una hoja quemada en el cenicero (el tiempo). Un despertador que suena con insistencia, anunciando que ya no es ayer. Y el sabor tan amargo de estas palabras de despedida que ya no son de nadie.
lunes, 21 de marzo de 2011
El sinsentido sentimental
¿Pero cómo acercarse y decirle que eres alguien especial? «Hola, yo no soy como los otros». Cuando en realidad no sirve, porque nadie busca algo especial, aunque digan que sí. Buscan algo normal a lo que llamar especial.
domingo, 20 de marzo de 2011
La ausencia
Nunca se me quitan las ganas de ti. Por suerte, te veo en mis fantasías más depravadas. Es decir, a diario.
sábado, 19 de marzo de 2011
Esto es un recuerdo
Esto es un recuerdo, pienso mientras está sucediendo. Porque sé que es un momento importante y que volveré a él cuando todo haya pasado. Lo recordaré de vez en cuando, aunque parecerá enterrado a veces. Y es un poco como no vivirlo ahora, como ser sólo espectador. Porque es un momento que parece existir únicamente para ser recordado, como si ya estuviera escrito y yo no pudiera intervenir. Un momento que ya he perdido y que sólo podré rememorar de vez en cuando.
miércoles, 16 de marzo de 2011
martes, 15 de marzo de 2011
Una mirada a mi ombligo
Una mirada a mi ombligo, así se llama la última exposición del artista conceptual Kurt Kinder. 365 fotografías del ombligo del artista, una por cada día del año, con reflexiones como «mi ombligo como maelstrom», «mi ombligo como ojo del huracán», «mi ombligo como centro del universo». Una obra que nos enfrenta al abismo del solipsismo y hace que nos replanteemos tantas cosas. En el Centro de Arte Contemporáneo, hasta final de mes.
lunes, 14 de marzo de 2011
domingo, 13 de marzo de 2011
La imprevisión
Desnuda, me dice: «Aráñame». Y se lleva mi mano al vientre. «Y yo que me he cortado las uñas esta mañana», pienso.
sábado, 12 de marzo de 2011
El gesto herético de decir adiós
Como si el camino que lleva a ti pasara por Siberia y estas fueran mis memorias de la casa muerta. Sigo buscando nuevas formas de decir lo de siempre.
viernes, 11 de marzo de 2011
El gesto heroico de decir adiós
ÉL: Porque ya hace mucho que he renunciado al sueño.
ELLA: Pensaba que te lo quitaba yo.
ÉL: Sí.
ELLA: Entonces no has renunciado tú, déjate de orgullos.
ÉL: De acuerdo, digamos entonces que he renunciado a intentarlo. He renunciado a intentar el sueño.
ELLA: Qué bonito suena eso.
ÉL: Como mis ojeras, que las llevo como si fueran pinturas de guerra. Y los indios siempre pierden.
ELLA: ¿Estás diciendo que soy el Séptimo de Caballería?
ÉL: Ya quisiera yo, que entonces te prepararía una emboscada en Little Big Horn.
ELLA: ¿Y me rodearías y acabarías conmigo?
ÉL: Es una forma de decirlo.
ELLA: Pensaba que te lo quitaba yo.
ÉL: Sí.
ELLA: Entonces no has renunciado tú, déjate de orgullos.
ÉL: De acuerdo, digamos entonces que he renunciado a intentarlo. He renunciado a intentar el sueño.
ELLA: Qué bonito suena eso.
ÉL: Como mis ojeras, que las llevo como si fueran pinturas de guerra. Y los indios siempre pierden.
ELLA: ¿Estás diciendo que soy el Séptimo de Caballería?
ÉL: Ya quisiera yo, que entonces te prepararía una emboscada en Little Big Horn.
ELLA: ¿Y me rodearías y acabarías conmigo?
ÉL: Es una forma de decirlo.
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