sábado, 9 de abril de 2011

Mala praxis

—Usted dirá —dice el psiquiatra.
—Verá, mi problema es que soy el diablo.
—¿Sí? ¿Por qué se considera mala persona?
—No, quiero decir que soy el diablo, literalmente. Satanás en carne y hueso.
—Entiendo —anota algo en su cuaderno—; ¿desde hace mucho?
—Llevo toda la eternidad siéndolo.
—Eso es mucho tiempo, yo todavía no había abierto mi consulta.
—Creo que no me está tomando en serio usted. No es que me crea el diablo, sino que lo soy. Es algo que me causa muchos problemas en mi vida diaria.
—Seguro que no resulta sencillo ser el Príncipe de las Tinieblas —dice el psiquiatra.
—Se burla usted de mí.
—Perdone, no era mi intención. Continúe. ¿Entonces siempre ha sabido que era el diablo?
—Desde pequeño. Mi madre me lo decía a menudo: «este niño parece el mismo demonio». Era sólo una forma de hablar, claro, pero había dado en el clavo. Aunque por suerte para ella, murió sin saber la verdad, sólo llegó a sospecharlo.
—Todos hemos sido rebeldes de niños, eso no nos convierte en seres demoníacos. ¿Se culpa por la muerte de su madre?
—Es que fue culpa mía.
—No sea tan duro con usted. ¿De qué murió?
—La empujé por las escaleras.
—Ah. ¿Por qué motivo?
—Para matarla.
—Pero habría algún motivo para ello, no la mataría sin más, ¿no? —insiste el psiquiatra.
—No sé qué decirle, piense que soy el mal encarnado.
—Eso sólo es una forma de justificar sus actos.
—¿Cómo dice?
—Es muy sencillo. Usted dice ser el diablo y así tiene patente de corso para actuar como le venga en gana. Es una forma de situarse por encima de toda norma moral.
—No estoy de acuerdo. Según lo veo yo, tengo que ser fiel a mi naturaleza. Además, ¿qué pasa con mi reputación?
—¿Se siente presionado socialmente?
—No exactamente. Más bien es el juicio histórico lo que me preocupa. El diablo no puede ablandarse, ¿comprende? Sería perder.
—Entiendo. Volviendo a su madre: la mató por pura maldad, ¿no es eso?
—Vi la oportunidad y la aproveché. ¿No recogería usted del suelo un billete de quinientos euros? Digamos que yo vi un billete de iniquidad.
—¿Y no tuvo problemas con la policía? ¿No descubrieron su crimen?
—No. Mentí, que es otra maldad.
—No siempre. A veces mentimos para no hacer daño, para proteger a una persona querida —matiza el psiquiatra.
—Pues entonces quizá hice el bien, que mentí para no hacerme daño, para protegerme.
—No es lo mismo y lo sabe. Pero no nos desviemos del tema: entonces la policía creyó que su madre había tenido un accidente, ¿verdad?
—No exactamente. Acusé a mi padre del crimen.
—Otra maldad, claro.
—Sí, pero poco original, ¿no le parece? Admito que ahí estuve un tanto vulgar, pero tengo que decir en mi defensa que era muy joven.
—Pensaba que llevaba toda la eternidad siendo el diablo —aduce el doctor.
—Sí, es cierto, pero yo entonces estaba recordando ser quien soy. No es fácil, se lo aseguro. Uno se levanta a veces de la cama sabiéndose Satanás pero sin tener muy claro cómo proceder ese día. Es especialmente difícil para un niño. ¿A quién le pides consejo? No vas a decirle a tu padre que eres el diablo, no lo comprendería. Te mandaría a un internado o algo así, para quitarte esas ideas satánicas a base de disciplina.
—Hábleme de los otros niños. ¿Sabían que era usted el diablo?
—Algo intuían. «Aquí huele a azufre», decían a veces en clase, pero sabían que era peligroso enfadarme.
—Así que no tuvo muchos amigos, ¿verdad?
—No me interesaba su amistad, sólo sus almas.
—¿A qué se refiere?
—Me interesaba que pecaran, que cometieran tropelías, que hicieran el mal en todas sus vertientes. Resulta complicado en según qué casos, claro. En el parvulario, por ejemplo, el nivel de crímenes que se puede conseguir no es muy alto.
—Dejemos su infancia. ¿Qué me dice del amor?
—¿El qué?
—¿Nunca se ha enamorado?
—Hubo una chica. Se llamaba Marta, era florista. Se reía como si fuera la primera persona del mundo en hacerlo.
—¿Qué sucedió?
—Me acosté con ella un par de veces y me cansé. La muy imbécil se reía como si ella hubiera inventado la risa, ¿no le parece ridículo?
—Entiendo. Permítame una pregunta: ¿qué espera obtener con terapia? ¿Para qué ha venido?
—Verá, doctor, el mal es algo muy solitario. A veces uno desea la posibilidad de contarle a alguien lo que ha hecho, lo que siente. ¿De qué vale ser alguien perverso si no se lo puedes contar a nadie? ¿De qué sirve hacer el mal si nadie reconoce tu trabajo? Porque la gente siempre culpa a la mala suerte, nadie aplaude mis esfuerzos. Yo sólo quiero algo de reconocimiento; la gente es muy desagradecida.

2 comentarios:

Microalgo dijo...

Ñó. Usted y Melpómene. Podría funcionar.

Verónica dijo...

Sí, podría funcionar, tiene labia.