¿Está el hombre solo en el universo o mal acompañado? ¿Y si Hitler hubiera sido decorador de interiores?
:::lunes, julio 13, 2009:::
A pie de página
Sí, tú serías un leitmotiv muy bonito para una vida, pero aquí sólo hay silencio.
:::domingo, julio 12, 2009:::
Extraños en un tren
Voy en tren leyendo tranquilamente cuando sube una chica guapísima que se sienta frente a mí. Bueno, no exactamente frente a mí, yo estoy sentado junto a la puerta y estoy a unos cuantos metros de la chica, pero desde aquí se la puede ver muy bien. Qué guapa es, así da gusto viajar en tren, aunque no haya quien lea. Va hablando con el novio o sucedáneo, al que sólo veo la espalda desde aquí y ya me parece demasiado. Lo que estoy leyendo es interesante, pero la chica está bastante mejor. Como ya he determinado que es guapa, empiezo a mirarle las piernas aprovechando que lleva una falda muy corta. Bonitas piernas. Hace un rato que simulo estar leyendo, soy un voyeur ilustrado. Si fuera fea, Míchel, no estudiarías sus piernas con tanta atención. Es verdad, lo admito, pero un rostro bonito es una invitación a explorar el resto: «vale, ya sabemos que eres preciosa, veamos ahora lo demás». Sé que es un argumento muy endeble, pero ahora mismo es el mejor que tengo. Además, ¿es que no has visto a la chica? La chica separa un poco las piernas. Bragas verdes. ¿Se te ocurre algo mejor que la ropa interior femenina, Míchel? Alguna cosa se me ocurre, tengo mucha imaginación. Ya, lo que pasa es que eres un pervertido y estás pensando en guarradas. Oye, ¿pero con quién te crees que estás hablando? Conmigo mismo, supongo. Vale, vale, touché. El tren gira a la izquierda y un rayo de sol ilumina brevemente la entrepierna de la chica. Quizá sean azules.
:::sábado, julio 11, 2009:::
La pereza metafísica
—Marta, no me voy a levantar de la cama hoy. —¿Y eso? —Estoy muerto. —No exageres tanto, has tenido toda la noche para descansar. —No me entiendes, digo que estoy muerto en sentido literal. —Pues yo te veo hablando y respirando. —Eso es un engaño de los sentidos, ¿no has leído a Descartes? —No digas tonterías; lo que pasa es que no quieres ir a trabajar, pero a mí no me la das con queso. —Los muertos no mienten, cariño. —Voy a llamar al médico, no te vas a librar tan fácilmente. Marta llama al médico de la familia, que acude inmediatamente acompañado de una enfermera. —¿Qué es eso de que Miguel ha muerto? —pregunta el doctor. —Eso dice él —contesta Marta. El médico ausculta a Miguel y le hace decir treinta y tres. —¿Ve, doctor? —interviene Marta—. ¿Un muerto diría treinta y tres? —Eso lo decidiré yo, que soy el médico. Apunta, Virtudes: el difunto goza de buena salud. Luego conecta unos electrodos en los pezones de Miguel y aplica pequeñas descargas a intervalos regulares. —Sólo para ver cómo responde —explica. —¿Y bien, doctor? —pregunta Marta cuando finaliza el examen. —Pues yo diría que está vivo, pero quizá un genio maligno está falseando los resultados de las pruebas. ¿No ha leído usted a Descartes? —Me están enfadando con tanto cartesianismo. —Es natural sentir enfado ante la pérdida de un ser querido —contesta el doctor. —¿Me está diciendo entonces que mi marido está muerto? —Mi obligación como médico es respetar los deseos del paciente. Si él dice que está muerto, ¿quién soy yo para defender lo contrario? —¿Entonces no hay nada que hacer? —Bueno, hay un par de opciones. —¿Cuáles? —pregunta esperanzada Marta. —Enterrarlo o incinerarlo. —¡Pero eso es una salvajada! —No, es el procedimiento normal. ¿Qué pretende hacer con un muerto? ¿Meterlo en el congelador? No es legal. —Miguel, que te van a enterrar, ¿es que no vas a decir nada? —Yo prefiero que me incineren —contesta él. —¿Pero qué dices? —Piénsalo: es mucho más práctico e higiénico. Incinerado me puedes guardar en cualquier sitio. Me puedes poner sobre el televisor, por ejemplo, presidiendo la habitación. No puedes hacer lo mismo con un ataúd, no está permitido y además el olor sería insoportable y espantaría a las visitas. Aparte de esto, si me incineran puedes destapar la urna de vez en cuando para que me dé el sol, cosa que no puedes hacer si me entierran en un cementerio. Bueno, sí puedes, pero acabas en comisaría si lo haces. Y la verdad es que prefiero dejar con hambre a los gusanos. Como ves, no hay más que ventajas.
:::viernes, julio 10, 2009:::
La pereza
Que se levanten otros de la cama, yo me quedo aquí, dijo una mañana Adolfo a Mercedes, su mujer. Ésta se llevó las manos a la cabeza, pues había sido actriz de tragedias griegas en su juventud, y replicó que eso no podía ser, que ni era constructivo ni era nada, que el movimiento se demuestra andando y que a quien madruga, Dios le ayuda. Dios hace cola para chupármela, respondió Adolfo. No, Adolfo, eso no, una cosa es la vagancia y otra, la blasfemia, dijo ella. Él se encogió de hombros y siguió acostado en la cama con la mirada fija en el techo, como si estuvieran emitiendo ahí un programa interesante Mercedes llamó de inmediato a un médico, que se presentó en la casa con una enfermera sueca que además era modelo de lencería. El doctor auscultó a Adolfo y le hizo decir treinta y tres, después de lo cual admitió que ninguna de las dos cosas servía para un diagnóstico fiable. Podría ser estrés, dictaminó, estrés o la peste negra, a saber. Insatisfecha con la opinión médica, Mercedes llamó a su vecina, que era curandera y espiritista y convocaba a los muertos en asambleas que se alargaban durante horas. La vecina espolvoreó alrededor de la cama ajo molido para expulsar a los vampiros que habitaran los poros de Adolfo y entonó una letanía en búlgaro, que es un idioma que impresiona mucho a los malos espíritus. Pero Adolfo siguió sin levantarse de la cama, aunque observaba todo lo que pasaba con creciente atención; sobre todo a la enfermera sueca, que, sentada en un rincón, hacía gestos obscenos con una naturalidad encantadora. Mercedes, ebria de impotencia, se mesó los cabellos, puso los ojos en blanco, se rasgó las vestiduras. La vecina pensó que se trataba de un caso de posesión diabólica, por lo que procedió a arrojarle a la cara excrementos de yak tibetano, algo que les da mucho asco a los demonios y, al parecer, también a Mercedes, que, viéndose cubierta de mierda, vomitó violentamente en el suelo. El doctor aprovechó la confusión reinante para conectar unos electrodos en los pezones de la enfermera sueca y empezó a aplicar pequeñas descargas a intervalos regulares. Adolfo pensó que no levantarse de la cama había sido una gran idea, pues no recordaba ninguna otra mañana tan animada.
:::jueves, julio 09, 2009:::
Amores turbios
Llamaron a la puerta. Era ella. Me dijo: he dejado a Juan. Yo disimulé la sorpresa que me causaba su visita y la invité a pasar. Se sentó en el sofá y me dijo lo que todos sabíamos: que Juan era idiota. —Ya, bueno, pero era idiota desde el primer día —dije yo. —Sí, aprovecha ahora para regodearte —contestó ella. —Oye, lo que tenemos en común tú y yo es que nos enamoramos de idiotas. —Bonita manera de llamarme idiota. —Pero si sabes que te lo digo de broma. Que yo beso donde pisas y todo eso. Si te quiero a pesar de las ladillas de campeonato que me pegaste aquella vez. —Aquello fue un accidente. —Lo sé, nunca te he acusado de premeditación. —Además, no negarás que valió la pena. Te encantó. —¿Tener ladillas? —Follarme, imbécil. —La verdad es que no me importaría repetir. ¿Tú qué opinas? —No he venido para eso. —Ya. Y de todas las personas que conoces en esta ciudad me has elegido a mí para hablar de tu ex. No cuela. A mí me parece que has venido para echar un polvo y, si eso, hablar después. —Vale, sí. Pero quería que fuera más disimuladamente. —Sí, que acabáramos en la cama sin saber cómo, pero me parece que estoy demasiado sobrio para eso. Además, nosotros no tenemos necesidad de andarnos por las ramas, ya nos conocemos lo suficiente. —Bueno, ¿pero podemos hacer como que ha sido un accidente? —Claro. Tú quítate la ropa, ya buscaremos excusas luego.
:::miércoles, julio 08, 2009:::
«Between grief and nothing»
Entre el dolor y la nada, yo me quedo con la nada. Salvo que el dolor fueras tú.
:::martes, julio 07, 2009:::
Irreverencias
—Sí, el papel de chica sumisa se le da muy bien, es uno de sus mayores encantos. Tú no sabes lo bien que sienta que te digan en la cama: haz conmigo lo que quieras. Que te den libertad absoluta. Piensas entonces: de esto hablaba Martin Luther King.
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