viernes, 14 de noviembre de 2008

Últimas tardes en la Tierra

Hace tiempo que no escribo de ti, será el clima, que me sienta bien, o quizás las friegas con esencia de pino que me administran unas enfermeras filipinas o tailandesas (no lo tengo claro). Cuesta pensar con dolorosas erecciones. Quizás recuerdes que me iba a comer el mundo a tu lado, si te llegan ecos del pasado como las gaviotas que oigo desde mi ventana. Tú tenías otros planes, claro, yo me vi obligado a improvisar una vida sin ti. Ahora el cielo se vuelve naranja post-nuclear y tengo un vaso vacío en la mano, lo que es toda una declaración de intenciones. Le diré a la enfermera filipina (o tailandesa) que me lo llene. Nos entendemos por señas, sí, pero cómo preguntar por señas a tu interlocutora si es filipina. Tampoco importa demasiado, supongo, pero la curiosidad siempre está ahí. Qué llevarás puesto ahora, me pregunto.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Poetas por la reacción

Pedro Toledo Blanco, poeta y torero, nace en Sevilla en 1918. Miembro de una familia acomodada, recibe una educación excelente, aunque de valores ultramontanos. A la edad de diez años compone sus primeros versos: «En una mañana que no era / me desperté impasible / y sin embargo con hambre». Estos tempranos intentos poéticos no son del agrado del padre, que considera que la literatura es izquierdosa, apátrida y atea. Todo cambia cuando las madres carmelitas responsables de la educación de su hijo le hablan de Santa Teresa de Jesús. A raíz de este episodio, el pequeño Toledo escribe a modo de homenaje: «Vivo sin vivir en mí / vivo en otros que me miran pero no me ven / vivo para desmentir que existo».
La poesía japonesa y otros ámbitos de superación personal se titula la plaquette que, a los dieciséis años, reparte por las iglesias hispalenses para consternación de los feligreses, que no entienden nada. Son años de república, de revuelta en Asturias, años que forman el carácter de Pedro Toledo, que es ya un pequeño ultraderechista. «Las esquinas de las calles son para los amigos que se encuentran, no para las prostitutas», escribe en un poema. Son años también de hormonas desbocadas y primeros amores, pues Toledo se ha enamorado de Pituca, una chica que ha conocido en la iglesia. Es un amor desgraciado y frustrante que amarga a Toledo hasta el extremo de hacerle abandonar la ciudad. Desaparece sin decirle nada a nadie.
Cerca de un año después toma la alternativa en Jaén. Pedro Toledo, torero. El escándalo en la alta sociedad sevillana es mayúsculo. Su familia lo deshereda, pero a él parece no importarle. El mundo taurino aplaude la llegada del nuevo fenómeno de los ruedos. «Por cuatro duros / me juego el pellejo todas las tardes / viviendo sin vivir en mí», escribe.
Entonces estalla la Guerra Civil. Toledo corre raudo a alistarse en el bando franquista a pesar de tener una novia comunista, novia a la que enseguida denuncia a las autoridades. Ella le escribe desde la cárcel suplicándole una ayuda que él desdeñosamente le niega. Pronto es fusilada. Toledo se defenderá después aduciendo que qué sabía él del amor. «Además», añadirá, «estaba demasiado ocupado pegando tiros en el frente, yo también me enfrentaba a pelotones de fusilamiento todos los días en las trincheras».
Pedro Toledo torea con buena fortuna a la muerte. Franco entra en Madrid. Toledo decide entrar en la historia, aunque todavía no sabe cómo hacerlo. Funda una revista de poesía y tauromaquia: El minotauro. Pero escasea el papel y escasean los lectores, los españoles están más interesados en comer que en leer poemas sobre sangre y arena. Son años de carestía.
Rusia es culpable, proclama Serrano Suñer un día de verano de 1941. Alemania ha invadido la Unión Soviética e innumerables voluntarios falangistas se alistan en la División Azul, entre ellos Pedro Toledo, que ve en esto una llamada del destino. Participa en el cerco a Leningrado, que resiste al ejército nazi. Ese invierno Toledo ve la aurora boreal y, según él, a Dios en una isba. «Ningún hombre es una isba», escribe, «sino, en todo caso, una corrala que contiene multitudes vociferantes». El frío, los partisanos, el hambre, todo se une para hacer de Rusia un infierno. Los contraataques soviéticos son constantes y el ánimo de los españoles comienza a decaer, a pesar de los intentos de Pedro Toledo por mantener alta la moral. «Dejadme los T-34 a mí, que los toreo», grita en medio de la batalla, pero el humor no es suficiente para derrotar al Ejército Rojo, que poco a poco hace retroceder a los invasores. En 1943 son repatriados los soldados españoles, pero Toledo no sigue a sus camaradas. Henchido de anticomunismo, ingresa en las SS y se dispone a matar o morir por el Reich de los mil años. «Creo sinceramente que Hitler es el hombre de la Providencia», le escribe a un amigo, «aunque le haya copiado el bigote a Charlot para disimular». Desaparece en la batalla de Berlín, como un Bormann español, pero reaparece en un campo de prisioneros en Siberia. «Soy Pedro Toledo, poeta», declara a un sargento ucraniano que no le presta la menor atención.
Muere corneado por un yak al que intentaba torear para distraer a sus compañeros de cautiverio.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Writers

Se abren las puertas de la percepción y entra Arthur Miller acompañado de una rubia despampanante que responde al nombre artístico de Marilyn Monroe. ¿Ves, cariño?, dice él, las cosas son infinitas. «Pupupidú», contesta ella. En ese momento William Burroughs le vuela la tapa de los sesos a Joan Vollmer. Pero a quién se le ocurre jugar a Guillermo Tell, protesta Jack Kerouac. ¿Jugar a qué?, pregunta Burroughs, confundido. Vernon Sullivan se mira al espejo y se peina con una pistola. Mucho escritor armado veo yo aquí, dice Norman Mailer entre puñalada y puñalada a su mujer. Y todos con problemas con las mujeres, añade Ginsberg, que es homosexual. Además todos somos estadounidenses, apostilla Scott Fitzgerald dándole la medicación a Zelda. Yo no, dice Vernon Sullivan, que se quita el betún de la cara y resulta ser Boris Vian. Creo que estaba más cómodo con un negro que con un francés, responde Norman Mailer.

martes, 11 de noviembre de 2008

Una tarde de domingo

Quizás va siendo ya hora de ponerse de acuerdo con la vida. Firmar una tregua. Probar la coexistencia pacífica. No más drogas y desamor. No más malditismo. No más poemas escritos en tardes de domingo. No más literatura, por favor, no más literatura. No más cinismo: Yes, we can y todo eso. Todos los hombres son mis hermanos. Todas las mujeres son mis hermanas incestuosas. Va siendo hora quizás de probar otra cosa, nos vamos haciendo viejos.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Los fracasos tempranos

Katerina, soñé que tuvimos un encuentro inesperado. Yo te propuse que nos viéramos en un hostal del centro. Me registraré con mi nombre de escritor, te dije, que es un tipo mucho más serio que yo, tú puedes registrarte con un nombre falso. Pensaba entonces en aquello que me repetías siempre: «yo te digo que sí a todo», pero esta vez me dijiste que no, a la hora de la verdad dijiste que no. No, eso no, pero te voy a llevar al chino más cutre y auténtico de toda la ciudad, respondiste. La comida china no me gusta tanto como desnudarte, pensé yo, pero no te dije nada.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Je est un autre

Se me acerca un letón y me pide dinero. Un euro. Me cuenta que no tiene suficiente para comprar el billete de cercanías y que su hijo de cuatro años está solo en casa. Me asegura que no me está intentando engañar y para demostrármelo me dejará su pasaporte a cambio del dinero. Un pasaporte letón por un euro. Es un buen trato, pienso, una nueva identidad tan barata. Compro el pasaporte. Ahora soy más joven, nací el 24 de abril de 1984. Qué cantidad de cuatros. Me llamo Dimitri Godmanis. Me pregunto si ahora el supuesto niño de cuatro años que está solo en casa es mío o no. Llevo el Báltico en la mirada.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Literatura

Cartas a Milena. Veintiuno. Blackjack.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Tres dolores en un zapato

Esto es la vida, dice alguien. No, la vida podría ser mucho más. Más que este estajanovismo literario del fracaso. Más que una sucesión de amenazantes amaneceres y nocturnidades etílicas. Si yo quisiera emborracharme de tu cuerpo y otras frases baratas. Pero lo importante es el personaje, claro, aunque fagocite al autor, pues yo ya no sé quién soy y, lo que tiene más gracia, tampoco sé quién he dejado de ser. Escribo esto no sé si ayer, hoy o mañana. Salgo a la calle en busca de historias que contarme. Transidas de dolor, me amenazan las plañideras.

sábado, 1 de noviembre de 2008

What is matter?

Never mind. What is mind? No matter. Y otras preguntas tontas que nos hacemos, sensei. What is love? Baby, don't hurt me, don't hurt me no more. Disquisiciones de borracho, sensei. El otro día una chica me mandó una foto de su culo y yo me dije: así me gusta, basta ya de seducirme con poemas. Otra me dijo que estaba enamorada de mí, pero yo lo achaqué a esa locura femenina que les hace decir una cosa y a los cinco minutos negarla. La tercera chica de mi historia personal de los últimos días fue la de siempre, la primera, la que decidió cambiar mi vida, aunque en realidad ella no decidió nada, fui yo quien la eligió un día. No nos remontemos al principio, hablemos sólo de lo que pasó el día de autos. Estuve en su piso, que era una mezcla de diseño moderno y edificio en ruinas. Una pena todo, con lo bohemia que era, que se vestía un día de azul, otro de rojo, y llevaba bombín cuando tenía dieciséis años. La vida pequeñoburguesa, que lo deteriora todo, incluso el amor. Acabamos, no sé cómo, en una tetería hablando de literatura y de canciones de Jacques Brel que yo le susurraba al oído mientras deslizaba una mano entre sus piernas. Aquí no, me decía ella, pero dónde entonces, preguntaba yo. Siempre la cobardía, sensei, jodiéndolo todo. Si tú quieres a otra, a mí sólo quieres follarme, se quejaba ella, y yo contestaba: de qué me estás hablando, si yo no quiero a nadie.

viernes, 31 de octubre de 2008

Los paraísos artificiales

Recuerdo muy bien 1986, fue un buen año. Empezó en enero y terminó en diciembre. Duró doce meses, por tanto. Ese tiempo lo dediqué a vivir, aunque no era consciente de estar viviendo. Normalmente eres consciente de lo contrario, ya lo decía Unamuno. Y sin embargo, las madres suelen decir como crítica: «Hijo, eres un inconsciente». Qué equivocadas están, bendita sea la inconsciencia. Bien lo saben los drogadictos (ah, los paraísos artificiales, que decía Baudelaire). Aunque ellos toman el camino equivocado, pretenden llegar a la felicidad a través de la inconsciencia cuando la cosa funciona justo al revés, pero qué otra cosa podrían hacer sino intentar engañar a la vida. Tomar un atajo que no es tal, pues sólo es una carretera secundaria. La banca siempre gana, claro.

jueves, 30 de octubre de 2008

Dos dólares en un zapato

Las calles están llenas de vida y la vida, supongo, está llena de calles, sobre todo de callejones sin salida. Hace frío, la gente ha sacado los abrigos del armario, un señor calvo lleva a su hija de la mano, pero en realidad es ella la que le lleva a él. Hay crisis, pero la calle bulle de vida, las tiendas están llenas, hay que consumir. A mí me consume la fiebre de no verte, pero esto ya lo sabíamos, y llevo en crisis desde junio o quizás más. Quizás más. Me he declarado en quiebra, adiós a la transvaloración de los valores, bienvenida la bancarrota, no se puede vivir del amor, que cantaba Calamaro, no se puede vivir de la literatura, no se puede vivir en la literatura.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Ofertas de trabajo

Me gustaría contar contigo para un proyecto, un proyecto vital en común. No te voy a engañar, empezarías por abajo, pero las posibilidades de ascender son enormes. De concubina puedes llegar a madre de mis hijos. Por supuesto, se requiere fidelidad absoluta a la empresa, nada de vender los secretos (de alcoba) por ahí, nada de colaborar con la competencia, que es siempre desleal. Por otra parte, el horario es esclavista, pero el sueldo es excelente.

martes, 28 de octubre de 2008

Los mansos heredarán la pena

Soñé que estaba en un hotel con Miss Fotogenia, que era alguna chica guapa anónima. Tomábamos caipiriñas, lo que tiene mérito imaginarlo, pues no sé muy bien lo que llevan, pero, en fin, una vez soñé que hablaba italiano, así que no es tan raro. ¿No te parece que la vida es un cúmulo de despropósitos?, me preguntaba ella. A mí me sorprendió que Miss Fotogenia utilizara términos como «cúmulo» o «despropósitos», pero no era cuestión de protestar por ello, quizás era el alcohol y el clima caribeño, que sientan bien a cuerpo y mente. Llegó un camarero con una bandeja llena de guisantes y me preguntó si quería petits pois. Qué hotel más cutre, protesté yo, ¿no ofrecen caviar o champán? Señor, es para jugar al go, respondió el camarero. ¿A eso no se juega con lentejas?, iba a decir yo, pero ya se había retirado el hombre, quizás dolido por mi falta de gratitud. Apareció entonces Putin, pidió un martini con vodka (mezclado, no agitado) y me preguntó:
—¿Qué sabes de mi país?
Supuse que se trataba de un juego mental, un truco de ex agente del KGB, así que le hablé de Iván el Terrible, Pedro el Grande, Pushkin y Gogol, Dostoievski y Turgueniev (y que el primero le debía dinero al segundo), Tolstoi, Lenin, Trotski, Kamenev, Stalin, Yuri Gagarin, el osito Misha, la perestroika.
Todo eso está muy bien, pero todavía no te he visto en traje de baño, contestó él.

lunes, 27 de octubre de 2008

Escribir cuando te quemas

Y otros ejercicios literarios absolutamente inútiles. He apagado la luz hace un momento pensando en ti, con el recuerdo de tu rostro abriendo una puerta que creía cerrada. Yo no te necesito, pienso, pero qué bien me vendrías. O quizás es al revés: qué mal me vendrías, pero cuánto te necesito. No lo tengo nada claro. Tampoco entiendo por qué no consigo olvidarte, si sé perfectamente que amarte es perder la vida. Pero cuánto me gustaría perderla contigo, dilapidarla juntos a manos llenas. En tus manos encomiendo mi espíritu, que decía el otro. En tus manos encomiendo mi vida, mi cuerpo, mi agostado talento. Todos los sueños rotos en tantas noches.

domingo, 26 de octubre de 2008

Lapsos

Beber para disimular algo que ni siquiera puedes recordar. Anotar lo que ya no tiene remedio. Balbucearte excusas improvisadas. Escribir como si importara. Tararear canciones como diciendo que todo marcha bien. Hoy tampoco.

viernes, 24 de octubre de 2008

Fiebre

Salta la banca a la comba, se desmorona el mundo y poco más. Estoy en la cama con fiebre, que no es una mujer, y con Beatriz, que tampoco es una mujer, pues no existe, me la he inventado. Es un recurso, no sé si administrativo. Se llama Beatriz, pero yo tengo muy poco de Dante. Tienes más de pedante, dice ella, y me empiezo a arrepentir de haberla inventado. Pero tiene unas tetas fabulosas, seamos justos. Suena la radio, que siempre es elegante. Bueno, depende de la música, pero en este caso es buena: Till the morning comes, de Neil Young, una de las canciones más perfectas que se han hecho. I’m only waiting till the morning comes, till the morning comes, till the morning comes
Beatriz se aburre. Yo decido darle conversación. Voy a escribir otro libro. ¿De qué?, pregunta ella. De mis problemas con las mujeres, que diría Robert Crumb. Bah, qué típico, dice. Sí, productos típicos del país, contesto yo. ¿Y cómo se va a llamar?, pregunta. No sé, quizás Pero ya no más literatura. Me suena que eso ya lo has dicho antes. Sí, digo yo, soy un tipo recurrente. Ocurrente sólo a veces, apostilla ella. Oye, podrías ser más amable, ¿no? Yo no tengo la culpa, contesta, me has inventado tú, que quieres hacer humor y literatura. Eso es verdad, admito. Lo cual es poco kantiano, continúa Beatriz, que me usas como un medio, no como un fin. Vale, sí, pero es que no eres una persona de verdad, no existes, eres mi esclava, se podría decir. ¿Y qué pasa con la liberación de la mujer?, se enfada. Eso es para mujeres reales, no inventadas, respondo yo. Esto es discriminación, se queja ella. Pues denúnciame al Instituto de la Irrealidad, qué quieres que te diga.
Ella llora y dice que soy muy cruel. Son las doce de la noche. Tengo fiebre en los ojos.

jueves, 23 de octubre de 2008

La lluvia

Una pertinaz lluvia me cala hasta los huesos. Sesenta y dos kilos de poeta convertidos en un perro mojado. Un rain dog, que cantaba Tom Waits. ¿Por qué no estás con ella?, me pregunta de súbito una voz. Es el hambre, ya nos conocemos. Me alegra que me haga esa pregunta, contesto, pero las razones de mi fracaso son múltiples y de una complejidad que para qué. Para qué, vaya respuesta, ni el peor político. El hambre se me queda mirando con una sonrisa sardónica. Yo decido ignorarlo y sigo braceando en la lluvia con una dignidad envidiable.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Entresueño

Una tarde en una ciudad de un universo incomprensible. Casi es noviembre. Me estoy quitando, pienso, aunque es mentira. Recaigo a cada momento, son muchos años ya. Pasa una chica. La miro. Un vistazo a la vida que se marcha.

martes, 21 de octubre de 2008

Apunte

Esto de estar encerrado en una cabina de proyección es una metáfora de mi vida. Aunque lo de las películas hindúes no sé cómo interpretarlo.

lunes, 20 de octubre de 2008

Amores subterráneos

Todo el día mirando parquímetros, por hacerle caso a Bob Dylan. No sé si ella aprende algo de esto, pero yo no. Sin embargo, es bonito descubrir la vida con ella. Amarte es descubrir la vida, que le diría yo si me fueran las cursilerías. Debería decírselo por honestidad intelectual, pero elijo no hacerlo y de esa forma elijo por la humanidad entera, ya lo decía Sartre, aunque yo soy más de Camus, igual que más de Truffaut que de Godard. Es necesario ocultar lo que uno siente, la información es poder, muerte a los espías.

domingo, 19 de octubre de 2008

Cazadores furtivos

Viene a verme al trabajo. Es lunes. Me dice que se ha acordado de cuando representó aquí Maribel y la extraña familia. Yo también he pensado en aquello, le digo, recuerdo que al acabar la obra me pareció estar en uno de esos momentos que son decisivos en la vida y pensé: «nunca será mía». Al final, claro, ni momento decisivo ni nada, que fuiste mía, pero entonces me parecía imposible. Eso fue hace diez años, qué rápido pasa el tiempo. Nosotros, que íbamos a estar siempre juntos, pero esto último no lo digo, pues me echaría en cara que me encanta citarme, que es de un poema que escribí hace mucho.
Luego me vuelve a decir que le parece fatal que no quiera publicar Pasos de baile, pero que no importa, que ella lo hará cuando me haya muerto. Veo que das por hecho que moriré antes que tú, contesto yo, y ella se ríe. Después me recrimina una vez más que le dedique libros a otra «por un par de polvos». Sé que intenta provocarme, así que sólo contesto que fueron unos cuantos más. Podría explicarle esto y aquello, lo otro y lo demás, pero es mejor así. Para compensar, acabo contándole peripecias con otras. Todo es muy civilizado entre nosotros ahora, aunque la tensión sexual es evidente. Es raro, pero me doy cuenta de que le sigo gustando a estas alturas de la vida. Tendría que follármela sobre esta tarima de madera mientras en la sala de cine veinte personas ven una película alemana.

sábado, 18 de octubre de 2008

Estética y metafísica

—Lámeme el tatuaje.
—¿Es una parafilia?
—Que lo lamas.
—Me gusta cuando me impones disciplina nacionalsocialista.
—Pero hazme caso.
—Vale, pesada. Ya, ¿estás contenta?
—¿A qué sabe?
—A nada.
—¿No sabe a cereza?
—La verdad es que no.
—Pues debería. Al fin y al cabo, es una cereza.
—Es la representación de una cereza; las cosas no son sólo su apariencia.
—No me vengas ahora con ceci n’est pas une pipe. ¿Dónde has visto tú cerezas que no sepan a cereza?
—Pero es que no es una cereza de verdad, es un dibujo. Sabe a epidermis, a fresca piel humana. Nada más.
—Esto de los tatuajes es una estafa.

viernes, 17 de octubre de 2008

Historia heroica del fracaso

Vivo cantando, decían en una canción de Eurovisión. Yo vivo contando. Vivo para contarme. O me cuento para vivir, no lo tengo claro. Lo dejo todo lleno de frases cortas como golpes secos. Lo dejo todo perdido de frases cortas, aunque suena a mojado. Frases cortas como migas de pan para encontrar el camino de vuelta a casa. Frases cortas que se pierden, claro. Que me pierden. Tengo los bolsillos llenos de frases cortas. Pero ya no más. Ya no más literatura.

jueves, 16 de octubre de 2008

Je t'inventerai des mots insensés que tu comprendras

Yo quisiera decirte al oído palabras de amor (o guarradas, esto está por determinar) a media voz, a media tarde, cuando me apeteciera, que me siento exultante y otras cosas que por pudor no te revelo.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Maternidad

—Lo que es innegable es que las únicas lágrimas masculinas que conmueven a una mujer son las de su hijo.
—Pues cuando lo hace a las cinco de la mañana lo que me sale es gritar «joder».
—Ya, pero vas, ¿no?
—Sí.
—Seguro que si me presentara borracho y anhelante en tu portal a las cinco de la mañana no tendría el mismo éxito.

martes, 14 de octubre de 2008

Debes

Cuando rompieron, ella le pidió la cuenta.

lunes, 13 de octubre de 2008

Cinéma vérité

Estoy de proyeccionista en el festival de cine de Benalmádena. Toda la tarde viendo películas, que me suena que lo decían en una canción de Los Planetas o algo así. El que pone las películas de 35 mm es un señor mayor que me cuenta historias de la trastienda cinematográfica. Que antes las películas ardían con facilidad, que lo comprobó empíricamente haciendo una bomba con celuloide y una lata de Coca Cola. Que esto que estamos cargando pesa tanto porque son cinco mil metros de película. Yo por un momento pienso en Cinema Paradiso y me preparo para que me dé valiosas lecciones vitales, pero la verdad es que ya no tengo edad para aprender a vivir y a él sólo le apetece jubilarse. La de horas que he pasado encerrado en una cabina de proyección, me dice. Y no suena música de Ennio Morricone.

domingo, 12 de octubre de 2008

Un macrocosmos en la ciudad

Nuestro protagonista se llamaba Belvedere y salió de su casa la mañana de autos lleno de esperanza y desayuno. Era un hombre de una extensa cultura que se pasaba el día citando, citando a mujeres que nunca se presentaban a la cita o lo hacían a horas que no eran las acordadas, pues nunca se producían los tan deseados encuentros. Pero esta vez iba a ser diferente, se dijo, y se puso a esperar en el parque, en una esquina que había dibujado con tiza. Poco después una chica le preguntó si tenía hora, a lo que Belvedere contestó que no la llevaba encima, pero la tenía en casa, por si le apetecía subir. Ella se lo pensó brevemente y contestó que sí. Se dijo a sí misma que esto era una especie de intercambio de parejas a medias, ya que se había citado en el parque con un hombre que se retrasaba. Se marcharon justo a tiempo, que un vecino que paseaba al perro había denunciado a Belvedere a la policía al tomarlo por una prostituta (por lo de esperar en una esquina, aunque fuera dibujada). De haber esperado más, habrían llegado los antidisturbios y los habrían disuelto como el azúcar en el café de la mañana.
Subieron las escaleras sin decirse nada. Ella le cogió de la mano, él notó que su corazón se desbocaba como un yonqui con síndrome de abstinencia, lo cual era romántico e hípico. Ya en el piso, se sentaron en el sofá y se miraron fijamente a los ojos, como si intentaran hipnotizarse. Ella le preguntó a qué se dedicaba. Belvedere respondió que era anticuario. Yo soy sagitario, menos mal, contestó ella, que había entendido que Belvedere era antiacuario. A él le pareció que era una chica original e impredecible. No queda claro quién empezó a desnudar a quién, pero en un abrir y cerrar de cremalleras y broches estaban revolcándose en la alfombra, que era persa. Gemían como Jesucristo en la cruz, pero se lo pasaban mejor, lo que es un comentario gratuitamente blasfemo por parte del autor. Ella ya no estaba interesada en la hora, aunque esperaba que Belvedere no se corriera demasiado pronto. Por suerte, él había estudiado tantrismo por correspondencia y sabía retrasar la eyaculación durante meses, lo que era muy práctico.
En la ciudad, mientras tanto, había empezado la primavera.

sábado, 11 de octubre de 2008

Crónica

Hoy ha empezado la guerra. O quizás fue ayer. Esto se parece al comienzo de El extranjero, pero no lo es. Tal vez empezó la semana pasada. La guerra todo el tiempo, que escribiera Roger Wolfe. There is a war, que cantara Leonard Cohen. No sé qué hora es, pero no paran de caer las bombas. Así no hay quien duerma.

viernes, 10 de octubre de 2008

Octubre

Ya empieza a hacer frío. Es octubre. Se hace de noche muy pronto. Regreso a casa a pie después de aprender a encender y apagar las luces en una sala de cine. Cenaré algo, cualquier cosa, leeré un rato y luego me meteré entre las sábanas frías de soledad a hacer como que duermo. Señor, no es bueno que el hombre esté solo. ¿De qué sirve todo el judeocristianismo si uno no puede dormir acompañado? Y no me vale cualquier mujer, por si esa prostituta que acaba de salir de la nada y me hace señas la has mandado tú. No es el sexo lo que me preocupa, es el antes, el después. De acuerdo, el durante también me gusta, no te voy a engañar. Pero es bonito dormir abrazado a una mujer. Desayunar entre risas de complicidad no fingida. Echarle mermelada en el escote simplemente porque te apetece, sin ninguna explicación sensata. Hacer planes para el resto del día. Planes de dominación mundial. Yo podría escribir una novela o dos si tuviera una buena mujer, aunque eso sea un oxímoron. Una que perdiera el tiempo conmigo en vez de perderlo con otro. Una que me hablara de poesía francesa a deshoras. Podría hacer una larga lista de reivindicaciones. Es normal ser ateo en estas condiciones.

jueves, 9 de octubre de 2008

Un poco de lluvia a las seis de la tarde

Todos recuerdan mi carrera como cantante melódico. Mis éxitos. Un poco de lluvia a las seis de la tarde, que se convirtió en un himno generacional para jovencitas. Yo no escribía las canciones, aunque la gente creía que sí, en realidad lo hacía un tipo apocado, medio calvo, con gafas y dentadura equina. Un tipo sensible, con poco aguante a la bebida. De vez en cuando le pasaba alguna fan para que se diera un homenaje, pero nunca me lo agradecía. Decía que las mujeres tendrían que adorarle a él, que escribía esas canciones que conseguían emocionarlas, no a mí, que yo era un mero transmisor del mensaje. Un simple profeta de la Palabra. El papel en el que está impresa la novela. Siempre estaba con cosas así, sobre todo cuando bebía. Me caía bien, pese a todo. Hacía que me sintiera orgulloso de mi éxito, un éxito que él anhelaba y jamás tendría, pero que me facilitaba a disgusto.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Cinefilia

—Yo a ti te he visto en una película de Bergman.
—Perdona, ¿cómo dices?
—Sí, te pareces a Liv Ullmann. No, a Harriet Andersson, eso es. Podríamos vivir un bonito amor veraniego en los fiordos suecos, aunque los famosos son los noruegos, como Liv Ullmann, que es noruega y no sueca, pero nacida en Tokio. Sin embargo, nuestro amor no se acabaría como en Un verano con Monika, no, nosotros seguiríamos juntos y enamorados, aunque te volverías loca, perderías la cabeza irremisiblemente, como le pasaba a Harriet Andersson en Como en un espejo. Pero no te preocupes, yo cuidaría de ti. No me parezco a Max von Sydow, pero eso no importa.
—Yo a ti te he visto en una película de Rohmer, que hablas mucho.

martes, 7 de octubre de 2008

Not about love

A ella le pareció fatal que le dedicara el libro a otra. «No se tiran a la basura diez años de musa por un año de otra musa», me dijo. Pensé en responder que se dejara de rollos, que sólo habíamos estado juntos el veinte por ciento de esos diez años, pero para qué, si algo he aprendido es a no discutir con mujeres, es más sensato hacerse el loco. No puede entender que yo quiero una musa cercana, un «musarato» conmigo. Soy demasiado viejo para seguir persiguiendo a mujeres de otros. Ya no le encuentro la gracia. Que me persigan ellas, si quieren. O ellos para partirme las piernas. Seguro que al menos es entretenido.

lunes, 6 de octubre de 2008

Cuentos orientales

—Esto del amor es un cuento chino, Gaston.
—Como todo, Pierre.
—Un cuento chino como el rollo zen ese. ¿Y qué es el zen? Pues el vacío, como el amor.
—Pero «zen» es un nombre japonés, no chino.
—Bueno, ya, pero para nosotros, los occidentales, todos los orientales son chinos, así que mi argumento sigue siendo válido.
—Deduzco que no te acostaste con la chica de anoche.
—Deduces bien.
—¿Qué pasó?
—Ella era preciosa, yo estaba borracho. O quizás fuera al revés, pero nos gustamos. Toda la noche nos estuvimos susurrando cosas que, con el ruido que había en el bar, no entendíamos, pero que nos excitaban igualmente, puesto que nos permitía dar rienda suelta a la imaginación. Cuando el local cerró, la acompañé a su casa y durante el camino le hice ver que estaba necesitado de cariño.
—Mal hecho, las mujeres no encuentran nada atractiva la necesidad.
—Lo sé, pero yo apelaba a su instinto maternal dormido para que me consolara.
—Así que querías follártela apelando a su instinto maternal, ¿eh? Nunca me presentes a tu madre, Pierre.

domingo, 5 de octubre de 2008

Cambio de costumbres

Cambio de costumbres. Buenos hábitos. Hacer deporte. Comer sano. Acostarse temprano. ¿Ganar? Cualquier día empiezo.

sábado, 4 de octubre de 2008

Evasiones

Tendríamos que fugarnos, conducir siempre por carreteras secundarias (tú elegirías la música), usar nombres falsos. Tú serías Katerina, yo sería Andrei. O viceversa. Nos detendríamos a almorzar en la campiña; llevarías un vestido blanco que me encargaría de quitarte enseguida, porque quién quiere perder el tiempo en alimentarse cuando estás cerca. Follaríamos bajo los rayos del sol, con el peligro de insolación que conlleva. Nos cubriríamos luego con los restos de tu vestido y comeríamos con apetito. Yo haría como que grabo todos tus gestos con una cámara inexistente, pues nos tomaríamos el pelo sin mesura. Pasaría la vida inadvertidamente, como ha de ser, llevaríamos una existencia alejada de las tragedias cotidianas. Y no me haría falta ponerte un cascabel en la pierna para saberte cerca, me bastaría tu risa.

viernes, 3 de octubre de 2008

Fe

Esta vez va a salir bien, estoy seguro. Las anteriores no cuentan, eran sólo un simulacro, un entrenamiento. Esta es la buena, la de verdad. Tiene que serlo. Claro que sí. Algo me lo dice. Una esperanza ciega. Que la justicia es también ciega y se supone que es una virtud. Esto va a funcionar. Seguro. Al fin va a tener sentido todo esto.

jueves, 2 de octubre de 2008

La lluvia en Berlín no tiene nada de particular

La ciudad. Calles sucias, ruido de tráfico. Un hombre está sentado esperando el autobús. Es el BARDO.

BARDO: Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí.

APUNTADOR: Oiga, que eso es del Tenorio.

BARDO: Da igual, es un homenaje.

APUNTADOR: Pero en el libreto no viene.

BARDO: ¿Por qué oiré voces en esta fría tarde? ¿Será esquizofrenia? Padre, ¿por qué me has abandonado?

APUNTADOR: Y eso es de la Biblia.

BARDO: Callad, voces. Hablo de mi padre, que me abandonó en un orfanato. Recuerdo bien aquel día. El resto es silencio.

APUNTADOR (enfadado): ¡Y ahora Hamlet! Así no se puede trabajar, este tío se pasa el libreto por el forro. ¡Yo dimito!

BARDO (impertérrito): Sic transit gloria mundi. Suavemente, como un suspiro. Sin darte cuenta de lo que sucede.

(Entra una CHICA y se sienta junto al BARDO.)

BARDO (a la CHICA): La lluvia en Berlín no tiene nada de particular.

CHICA: Perdón, ¿cómo dice?

BARDO: La lluvia en Berlín no tiene nada de particular.

CHICA (confusa): ¿Es una contraseña? ¿Es usted un espía?

BARDO: No, soy bardo.

CHICA: ¿En el siglo XXI? (Se aparta un poco de él.) ¿Ha bebido?

BARDO: Señorita, me ofende usted.

CHICA: Perdone. No era mi intención. ¿Qué quiere decir entonces con eso de la lluvia de Berlín?

BARDO: Me pareció una forma original de romper el hielo.

CHICA: Eso tengo que admitirlo, sí. Pero da un poco de miedo.

BARDO: No se queje, la alternativa era: «cantan las ninfas desnudas versos de mi imaginación».

CHICA: Perturbador.

BARDO: Como su belleza.

CHICA: Bueno, me suelen decir que es una belleza masturbadora, así que gracias, es bonita la novedad. Siento haberle llamado borracho.

BARDO: No importa. Además, es verdad que he bebido.

CHICA: Ya decía yo. Es que se le nota.

BARDO: ¿Sí? ¿Qué más me nota? Sea sincera.

CHICA: Pues… En la cara lleva escrito que es usted español. Esa tez cetrina, ese gesto de disgusto, ese metro y setenta centímetros de mala vida.

BARDO: Es usted severa.

CHICA: Es que soy bonita, ¿no lo recuerda?

BARDO: Sí. ¿Quiere que mate por su sonrisa?

CHICA: No es necesario. Soy partidaria de la no violencia.

BARDO: Yo también.

CHICA: ¿Entonces está usted en contra de las corridas de toros?

BARDO: Por supuesto. Los taurinos son todos unos futuristas.

CHICA: No hablemos del futuro, acabamos de conocernos. Dígame, ¿a mí no se me nota nada en la cara? Aparte de que soy guapa, que ambos lo sabemos.

BARDO: Se parece usted a Lili Marleen.

CHICA: Pero si es una canción.

BARDO: Da igual, yo la miro y oigo cantar en alemán.

CHICA: Eso es porque hoy juega el Manchester contra el Bayern de Múnich y está la ciudad llena de aficionados alemanes. Mire, están cantando en ese bar.

BARDO: Qué fea es la realidad incluso cuando es ficción.

CHICA: ¿Qué?

BARDO: No, nada. Que el fútbol es una bonita afición.

CHICA: ¿En serio?

BARDO: No.

CHICA: Viene el autobús. (Se levanta.)

BARDO (sombrío): Como la muerte.

CHICA: Qué melodramático es usted. Sólo es un autobús.

BARDO: Eso es lo que quiere que pensemos. Además, no es el mío. Yo espero al tres.

CHICA: La línea tres no pasa por esta parte de la ciudad, se ha equivocado usted de parada.

BARDO: Ha sido un error del destino, entonces. ¿La volveré a ver?

CHICA: Claro, cada vez que cierre los ojos y me recuerde.

BARDO: Digo en persona.

CHICA: Es posible, seguro que el destino vuelve a equivocarse.

(Telón.)

miércoles, 1 de octubre de 2008

Las eternidades

Nena, moriré pronto, cualquier día de estos, es algo inevitable. «De esto no se muere nadie», dirás tú, «salvo Pavese y algún otro, pero Pavese era eyaculador precoz y tú no lo eres». Vale, es un buen argumento, pero digamos que muero finalmente. ¿Quién te va a escribir estas cosas por las noches? Con este donaire mío. Con estas comparaciones con grandes poetas que me saco de la manga, porque yo lo valgo, que aplaudo cuando me miro al espejo. Porque he de decirte que la vida transcurre difícil mientras tú metes falsos profetas en tu cama. Cuando sé perfectamente que te encanta leerme y preguntarte luego si el texto habla de ti o si es ficción. Y que en secreto piensas cosas como: «me gusta su forma hambrienta de mirarme». Pero yo oficialmente no pienso en ti más que para planear perversiones, no te creas. Oficialmente tampoco es que tú pienses en mí. Pero está bien, aceptamos que son tiempos hostiles. Disimulamos.

martes, 30 de septiembre de 2008

Capítulo 1500

Me decían: «oye, ¿por qué no te autopublicas? Ahora es fácil». Y yo respondía siempre que eso de publicarse uno mismo sólo lo hacían los desgraciados y Walt Whitman, y a mí no me iba lo de escribir poemas sobre Lincoln o mozos de torsos viriles. Pero se me convence fácilmente, como cuando me dicen que quede con esa chica, que me conviene, y luego resulta ser una psicópata. Aunque no me quejo, que la vida sería mucho más aburrida sin tantas decisiones equivocadas. Además, esta vez me lo sugirió la chica más bonita del mundo y yo me rindo siempre ante la belleza. En fin, que yo me celebro y me canto...



lunes, 29 de septiembre de 2008

Beautiful losers

Soy el tipo que nunca se lleva a la chica. En la ficción siempre quedo bien, con mi aire elegante de trágico antihéroe. En la vida real es otra cosa. A lo mejor la elegancia es la misma, pero sería mejor llevarse a la chica. Las victorias estéticas no sirven para la vida. Yo tuve un profesor en la universidad que repetía como un mantra: «la ética es para la vida», lo cual era una frase bastante imbécil, pues no iba a ser para la muerte, digo yo. Bueno, pues la estética no es para la vida, es para la ficción. Claro que esto es debatible, como todo, y alguien me hablará de la belleza intrínseca de las puestas de sol y los arcoíris, por ejemplo. Even damnation is poisoned with rainbows, cantaba Leonard Cohen, que no sé si era una manera de decir que todos somos bisexuales. En realidad pienso todo esto porque me sobra tiempo que perder, porque soy el subproducto de una subcultura suburbana. Subnormal, vaya.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Codas

—Lo que pasa es que ni tú ni yo sabemos vivir, por eso es mejor que estemos con alguien que sí sepa.
—Qué manera tan egoísta de pensar; lo justo sería hundirnos juntos en vez de sabotear a otros.

sábado, 27 de septiembre de 2008

La infancia

Tenía diez años cuando me casé con Beatriz. Los dos íbamos de blanco, pero no por la boda en sí, sino porque era verano y apretaba el calor. Yo llevaba una camiseta con publicidad de cerveza Heineken, ella no anunciaba nada. Mi hermano Abel hizo de improvisado sacerdote y terminó la ceremonia con un profético Alea iacta est, pues el latín que manejábamos era el que habíamos aprendido en los tebeos de Astérix. Bea y yo nos dimos un casto beso en los labios, después del cual le dije: «ya eres mi mujer». Entonces terminó el verano.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Variaciones sobre el mismo tema

Camino por una cotidianidad en la que no existes. No existes, no eres, salvo para otros, pero qué me importan a mí los otros, si el mundo desaparecerá cuando cierre los ojos por última vez. El infierno son los otros, que dijera Sartre. Yo me dedico a imaginarte detrás de este velo de Maya que es mi vida. Sólo te sueño, nada más.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Remando

Drinking rum and Coca-Cola, que cantaban las Andrew Sisters, veo la vida pasar. Y qué fea es la vida, qué mal vestida va, qué mal huele, incluso. Menos las niñas bonitas, claro, que no pagan dinero. Yo me siento barquero, pero no sé si gondolero o Caronte, que quizás también fuera gondolero, pensándolo bien. Imaginemos lo siguiente: estás en Venecia con una chica —que es preciosa, aprovechando que es una ensoñación— y decidís subir a una góndola como buenos turistas. Una vez en la góndola, descubrís que el que maneja el remo es el barquero de los muertos. Y lamentablemente no es carnaval. Surgen un par de preguntas entonces. La primera es si aceptará euros Caronte. La segunda es qué necesidad había de que la chica fuera guapa en la ensoñación, si al final se ha convertido todo en una pesadilla mitológica. A Caronte —que, por cierto, se parece a Tolstoi— no te atreves a preguntarle. Pero imaginas que te diría algo como: si hay que navegar hacia la muerte, mejor hacerlo con una chica guapa.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Carreras nocturnas

En mi calle trabajan las prostitutas más feas del mundo. Las veo cuando salgo a correr por la noche, que me lo ha recetado el médico. «Salga a correr y vea prostitutas». Bueno, lo último no lo dijo, sólo lo primero. Todas las noches recorro el barrio como una exhalación, como un atleta insomne. Al principio, los yonquis, las putas, sus clientes, todos me miraban mal. Quizás pensaban que era un policía o, ya puestos, un superhéroe, una mezcla de Batman y Flash, pues el caso es que se escondían cuando me veían venir. Ya no, ya se han acostumbrado a mi presencia. Soy un elemento más de la vida nocturna de esta parte de la ciudad. Los yonquis me aplauden, las prostitutas me jalean.

martes, 23 de septiembre de 2008

Vitalismo

Así que la vida era esto, dice ella. Pues no es gran cosa. Las vistas son lamentables, pero podemos poner unas cortinas.

lunes, 22 de septiembre de 2008

El eterno romántico

Perdona, no he podido dejar de mirarte en toda la noche. Verás, yo soy un artista, un tipo sensible de verdad, y quizás esto es lo que se conoce como síndrome de Stendhal, porque tengo palpitaciones como las señoras mayores. Es a causa de tu belleza, por supuesto. También es ella la que me hace decir tonterías, que en realidad soy un tipo bastante inteligente y muy leído. De hecho, podría hablarte de cosas que te aburrirían hasta el infinito, pero la idea era divertirte para que acabaras conmigo en la cama. Ya sé que es una mala jugada mostrar las cartas antes de tiempo, pero me enseñaron que la sinceridad era una virtud. Lo sé, me engañaron. Pero a una chica tan bonita como tú no habría que ligársela con engaños, ardides y falsas promesas de políticos populistas, sino con actos de revolucionaria honestidad, resistencia pacífica, idealismo a ultranza, hasta la derrota siempre.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Resumen

Decidió ser escritor cuando se dio cuenta de que era un paranoico que estaba todo el rato imaginando cosas.

sábado, 20 de septiembre de 2008

In beauty's disguise

Se ve obligado a disimular delante de la chica a la que quiere. Disimular lo mucho que la quiere. Ocultar que lo que siente por ella no lo había sentido nunca antes por nadie. Callarse que le gustaría tener hijos con ella, cuando antes él quería ser atracador de bancos. A veces le entran ganas de pedirle: «avísame cuando esto se termine sin remedio, que tengo mucho que decirte».

viernes, 19 de septiembre de 2008

La vida como espectáculo

El sufrimiento como arte. El autor es el toro. La vida es el torero. El público son los demás. Que prohíban la Fiesta, grita el autor, que no es Hemingway, aunque también es un hombre barbado. El público aplaude, pues una ejecución no es tan divertida si no hay lucha por parte del condenado. El torero es la vida, pero la vida es también la muerte. En realidad, se dice el autor, la vida está fuera de la plaza, en alguna parte, pero habría que salir de ella para buscarla. Aunque el público no espera eso de él, sino una bonita agonía. Una hermosa y poética muerte. Al autor, sin embargo, le cuesta encontrar la belleza del asunto.

jueves, 18 de septiembre de 2008

La vida gris (4)

Me compro un traje gris como la vida. Gris marengo. Napoleón tenía un caballo que se llamaba Marengo, por la batalla que ganó en 1800 contra los austriacos. Habría que ser como Napoleón, como defendía Raskolnikov en Crimen y castigo. Napoleón a pequeña escala. El primer paso sería asesinar a una vieja usurera, pero no conozco ninguna. Podría ir preguntando por las residencias de la tercera edad. Hola, quiero ser como Napoleón Bonaparte, ¿tienen alguna ancianita adinerada? Tal vez no sea buena idea del todo. En cualquier caso, ya me parezco algo a Napoleón, pues soy bajito y regordete como él. Quizás el gris marengo no sea tan elegante como la púrpura imperial, pero por algo se empieza.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

La vida gris (3)

Cariño, me dice mi mujer, no te olvides de comprar mi crema para las hemorroides. Y salgo a la calle pensando que yo me imaginaba otra vida, no ésta, una en la que me acostaría con mujeres hermosas que no me pedirían cremas para las hemorroides, sino, en todo caso, algo más de lubricante o bien una buena descarga de semen. Todo se estropea, pienso. También yo, que ya no soy el mismo, que estoy medio calvo y fondón. Juventud, divino tesoro, que decía Rubén Darío. Ahora soy un barrigón de ojos tristes que mira pasar a las muchachas en flor. Adónde irán, me pregunto, y enseguida me contesto: a otras vidas, a otras vidas.

martes, 16 de septiembre de 2008

La vida gris (2)

Mi mujer y yo no tenemos hijos, los dos somos estériles. A veces no puedo evitar pensar que eyacular dentro de ella es como llenar de cadáveres una fosa común. Nunca le digo nada de esto, claro, aunque tal vez ella piense cosas parecidas. Quizás tendríamos que haber adoptado. Pienso que una niña china habría alegrado nuestras vidas. Una pequeña maoísta de sonrisa revolucionaria. Mi Pequeña Timonel, la habría llamado yo, y juntos nos habríamos sentado en la cama como si fuera una nave que tuviéramos que guiar entre las olas. Mi mujer habría sido un peligroso tiburón que acecha bajo la superficie, pero nosotros siempre navegaríamos como avezados marinos hasta atracar en buen puerto. Mi niña china. Me pregunto qué vida habrá tenido. Supongo que habrá crecido en la República Popular China sin sospechar que pudo haber tenido unos padres españoles. Quizás ahora trabaja en un prostíbulo de Shanghái y se acuesta por una miseria con sucios marineros. Al final todo está relacionado.

lunes, 15 de septiembre de 2008

La vida gris

Martínez, me dice el jefe, este informe está mal. Yo asiento con docilidad, lo que es fácil después de veinte años de matrimonio, que es como decir veinte años de manicomio. Han derrotado mi espíritu, que de todos modos tampoco fue nunca demasiado luchador. No se preocupe, jefe, enseguida lo corrijo, contesto sabiéndome patéticamente servil, como un ayuda de cámara colonial. Tendría que liderar una revuelta oficinista, me digo, acabar con este colonialismo del espíritu, todos los hombres son hermanos. Tecleo en el ordenador, corrijo los errores del informe. Manifiesto Oficinista, pienso, eso tendría que estar redactando yo ahora. Guerra de guerrillas. Aguar los cafés. Sabotear las impresoras. Robar las remesas de bolígrafos y papel. Hasta la victoria siempre.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Cumpleaños

—Hola, te llamaba para decirte «feliz cumpleaños» y todo eso.
—Gracias.
—Veintisiete años ya. Qué vieja eres, ¿no te da vergüenza?
—Oye, al menos yo no cumplo treinta la semana que viene.
—Ya, pero hoy estamos hablando de ti.
—Pues igual te ríes, pero cada vez llevo peor lo de cumplir años.
—No me sorprende nada, si cuando te conocí ya estabas preocupada por arrugas y cosas así. Con dieciséis años, ya te vale. Seguro que cuando tengas cuarenta serás cómo una vieja gloria de Hollywood y no saldrás a la calle, no tendrás espejos en casa y dirás a quien esté cerca: «¡Yo era muy grande!».
—Me estás deprimiendo.
—De eso se trata, ¿qué gracia tendría cumplir años si no fuera así?
—Bueno, de todos modos gracias por felicitarme, siempre eres el primero en hacerlo.
—Lo sé, soy el que más mola. En fin, te llamo dentro de un año. Cuídate.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Taconeando

—¿Tú qué tal andas con tacones?
—Muy bien.
—¿Sí?
—Sí. ¿Quieres verme?
—Sí.
—Pero mejor desnuda, ¿no?
Se quita el vestido y el sujetador y se deja puestos el tanga, las medias y, evidentemente, los zapatos de tacón. Camina por la habitación, sale al pasillo, yo la miro atentamente. Estoy admirando el mejor culo del mundo, me digo. Luego se da la vuelta y viene hacia mí y estoy admirando las mejores tetas del mundo. Pienso durante un momento en el mito de Pigmalión, en la estatua de perfecta belleza que se convierte en mujer de carne y hueso. Entonces se detiene frente a mí y, recostada contra la pared, me dice: «ven».

viernes, 12 de septiembre de 2008

Oquedades

Cuánto me gustan las mujeres y qué poco soy capaz de amarlas. Los tipos como yo necesitamos varios corazones: uno grande para el odio, otro para las tristezas y uno pequeño para amar de vez en cuando.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Otredades

—Quizá si hubiéramos sido otros no habríamos disfrutado tanto la victoria como, siendo nosotros, hemos disfrutado la derrota. Bah, no me hagáis caso, es el vino.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Reclamaciones

—Buenos días. Venía a presentar una queja: esta crema para las estrías no me ha hecho ningún efecto.
—Nuestra publicidad no miente: la crema es efectiva en nueve de cada diez mujeres. Ha tenido usted mala suerte.
—Pues mi vecina también la ha probado y con el mismo resultado que yo. Es decir, ninguno.
—Eso es que su vecina es la que falla de otra decena.

martes, 9 de septiembre de 2008

Fiestas de cumpleaños

Septiembre llega como si nada, que cantaba Diego Vasallo. Estoy en casa de L celebrando el cumpleaños de D. Trato de mantenerme a flote en la piscina, lo que no es tan fácil cuando estás borracho y sostienes una copa en una mano. Qué estúpido sería morir ahogado en la piscina, si no soy Brian Jones. «Poeta local muere en fiesta de cumpleaños». «Le habían dado dos menciones especiales». Habría que tener siempre preparada una nota de suicidio, por si acaso. Para quedar bien.

lunes, 8 de septiembre de 2008

El kiosquero

Mi kiosco es una isla en un mar de soledad. Yo soy como Polifemo, pienso, y ella sólo viene para robarme mis ovejas, que son mis sueños, lo que es muy apropiado, pues para dormir (y, por tanto, soñar) recomiendan contar ovejas. Y me quedo mirándola con mi único ojo cuando se aleja como un esquife de frágil belleza, como Ulises en busca de una Ítaca que no soy yo.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Ana

Me tiene harta el tuerto del kiosco con tanto mirarme. Todas las mañanas es la misma historia. Yo sólo quiero comprar el periódico, nada más, pero noto que me come con los ojos. Bueno, con el ojo. Además me olisquea, lo hace ruidosamente, como un perro. Me da mucho asco. Y me dice «hola, Ana», como si fuéramos amigos o algo parecido.

sábado, 6 de septiembre de 2008

La sueca

Una vez me lo hice con un tuerto. Un tuerto español. Yo estaba tomando el sol en la playa, en Torremolinos, y lo vi de pie sobre la arena, oteando el horizonte con su único ojo, como si fuera un faro y tuviera que guiar a los barcos a buen puerto, como una historia de búlgaros tuertos que guiaban a búlgaros ciegos que me contaría más tarde. El caso es que me acerqué a él y le pregunté si era un pirata que buscaba en el horizonte su barco. No soy muy imaginativa, pero sí rubia y guapa, lo que suele funcionar casi siempre, las suecas tenemos mucho éxito en España. Temí que me contestara alguna gilipollez como «no soy pirata, pero tengo una pata de palo» mientras se tocaba la entrepierna, pero era un temor injustificado, pues me contestó muy educadamente que no, que sólo estaba pensando mientras miraba el mar, que le relajaba mucho. Eso sí, su buena educación no le supuso ningún obstáculo para darme un buen repaso visual a las tetas. Yo me pregunté por qué no llevaría un ojo de cristal en vez de ese antiestético parche. O bien una perla, por seguir con las historias de piratas. Pero no le dije nada, claro, todavía no teníamos tanta confianza, aunque mi intención ya era follármelo para poder contar luego que me lo había hecho con un tuerto. No era muy guapo que digamos, pero su exotismo era innegable.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Una mirada singular

Ana huele a pachulí, lo cual es mentira, porque vete tú a saber cómo huele el pachulí, pero queda bien. Yo la miro con mi ojo bueno, el otro lo guardo bajo un parche, lo que también es mentira, en realidad mi otro ojo está perdido en algún lugar del mundo. Bueno, en un sitio concreto del mundo, lo perdí en un bar irlandés, en una partida de dardos. No es que lo hubiera apostado, más bien fue cosa de mala puntería. En fin, yo, como decía, miro a Ana con mi ojo bueno, el otro es un horror que se parece al del viejo de El corazón delator, pues aparte de tuerto soy un tipo muy leído, aunque la verdad es que cuesta leer con un solo ojo, ya no leo tanto como antes. Yo miro a Ana, que me voy por las ramas, que huele a pachulí o no, y me pregunto si le traerá mala suerte que la mire un tuerto. ¿Y si el tuerto fuera jorobado y mientras te mira le tocas la chepa? ¿Se anulan mutuamente la mala y la buena suerte? ¿La paradoja destruye el universo? ¿Sabrá Ana a qué huele el pachulí? También Odín era tuerto, pero yo de nórdico tengo más bien poco, aunque una vez estuve con una sueca, algo es algo. En el país de los ciegos el tuerto es el rey, dicen. Claro que nunca ha habido un país de ciegos, excepto Bulgaria a principios del siglo XI, cuando fue derrotada por Bizancio, cuyo emperador no tuvo mejor idea que mandar cegar a los soldados búlgaros capturados, pero, eso sí, respetándole un ojo a un soldado de cada cien para que pudieran guiar al resto. Como reinado no es gran cosa, la verdad. Aunque vuelvo a irme por las ramas. Me gusta Ana, se puede resumir así, me gusta mirarla con el ojo que me queda, y huele muy bien, aunque no sé a qué.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Del humor en la clandestinidad

Siempre he estado solo en esto, ni siquiera mi familia entendió mi decisión. Recuerdo la bronca que me echó mi padre cuando me pilló maquillándome frente al espejo. «¿Qué coño estás haciendo?», me gritó. «Papá, quiero ser payaso», contesté yo con la cara pintada de blanco y carmín en los labios. «¿Payaso? Qué vergüenza, habría preferido que me hubieras dicho que eres marica», fue su respuesta. Y me dio una bofetada diciendo que ningún hijo suyo iba a ser el hazmerreír de los demás. A partir de entonces tuve que ocultar mis payasadas, aunque siempre llevaba en el bolsillo una nariz de payaso que me ponía cuando estaba seguro de que no me veía nadie. «Damas y caballeros, el payaso Mandolini», me decía a mí mismo, y el público imaginario aplaudía lleno de entusiasmo.
Un día estaba con mi novia en la cama, charlando después de hacer el amor, y le confesé el sueño de mi vida. Ella al principio pensó que estaba bromeando, pero al darse cuenta de que no era así se horrorizó. «Yo no pienso ser la novia de un payaso», me dijo, «¿qué va a pensar la gente de mí». «Que estás con un artista de verdad», contesté yo. Pero no sirvió de nada, fue llorando a explicarles a sus padres que su novio era un monstruo. Aquel día se acabó lo nuestro y entendí lo del payaso triste. Hice entonces lo único que se me ocurrió para levantarme el ánimo. Me puse la nariz frente al espejo y ensayé diversas muecas.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Ripios

Dicen que he muerto y quizás sea cierto. De mí sólo queda una colección de recuerdos que en primera instancia ni siquiera eran míos. Recuerdos robados, que no inventados, pues nada más propio que lo imaginado. Recuerdo los días del Liceo Italiano. Petrarca, Dante, Pavese. La primera novia, que se llamaba Violeta. Que me decía: «todos los poemas que me escribes hablan de ti, no sé qué pensar». Para compensar le escribí un breve poemario (apenas veinte poemas) titulado: Violentando a Violeta. Una chiquillada. He leído demasiado, Violeta. Estoy loco. Y no hay manera de apagar esta sed, no sé si de cordura o si de más locura. Pienso en la danza de los espíritus, en Toro Sentado asesinado como lo fue antes Caballo Loco. El deseo de ser piel roja. El mito de ser piel roja. Esta década de los noventa tan extraña. El grunge y la generación X. El año 2000, que no significa nada. Las tardes pasadas leyendo los poemas de heroína de Eduardo Haro. Goytisolo salta por la ventana un día de marzo de 1999. Palabras para Julia, pero no para él. A veces gran amor, pero no las suficientes. Pero uno ha de vivir para negarse, también se negó Rimbaud. La poesía es una alquimia que nunca encuentra la piedra filosofal. Y me digo que esto es poesía como me digo que esto es amor, aunque el amor sea cosa de otros. Pienso en el príncipe Myshkin relatando la angustia del condenado a muerte. Pienso en Nietzsche abrazando al caballo del sueño de Raskolnikov. Pienso en Arturo Belano, que desaparece en África como Rimbaud, porque el que vuelve a Europa a morir no es Rimbaud, es un impostor, alguien que ha usurpado su identidad, otro caso Martin Guerre. El martirio del héroe, que no puede decepcionar al público, ha de morir puro, no vivir corrupto como los demás. Rigaut muere cómodamente. Pavese llama a una chica, la invita a cenar, ella rechaza la invitación, luego llama a otras dos con el mismo resultado, después se suicida. El fracaso está siempre lleno de gestos irónicos. «Es como una sinfonía la música del acabamiento», dice Leopoldo María Panero en un poema. Escribir es ser un adolescente toda la vida. Noches perdidas, eso es la literatura, le dije a una chica que prefería pasar sus noches con otro. Esta nada interminable que lo es todo. Esta repetición constante de viejos pensamientos. Pero ya no más literatura.

martes, 2 de septiembre de 2008

Calor

Los pulmones se llenan de aire caliente. Aire sofocante, aunque suene contradictorio. Respirar para creer que se está vivo. Inspirar, espirar. Expirar en otro momento, todavía no. Las ventanas abiertas y el ventilador en marcha. Dormir desnudo, pero solo.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Whisky y cigarrillos

Conducía por carreteras secundarias, para evitar a la policía. No porque fuera un criminal buscado, que no lo era, sino para sentirse como uno. Le gustaba pensar que llevaba otra vida, una vida de whisky y mujerzuelas, de cigarrillos y mujerzuelas, de atracos a bancos y mujerzuelas cómplices. Conducía entre ensoñaciones criminales cuando el motor empezó a toser. Vaya calamidad, pensó, menos mal que no me persigue la policía. Pensaba ya que se iba a quedar tirado en la carretera, en una carretera secundaria por la que apenas pasaban vehículos, pero quiso el autor que a menos de dos kilómetros hubiera un pueblo, cosa que le indicó al protagonista una señal junto al camino. Su automóvil jadeaba renqueante, como si se fuera a detener en cualquier momento, pero él comenzó a jalearlo, a darle ánimos, a tocar con la bocina el himno alemán, pues se trataba de un Volkswagen. Y surtió efecto, pues pudo llegar al pueblo y preguntarle a una señora que vestía de riguroso negro si había algún taller de reparaciones cerca. Así es, contestó la anciana, que presumía de una perfecta dicción a pesar de tener la boca desprovista de dientes, el del Pajalarga, siga todo recto, no tiene pérdida. Un último esfuerzo, cariño, le dijo el protagonista del relato al coche, no a la vieja, que quedaba atrás, en el pasado. El taller parecía una funeraria para coches, se dijo cuando llegó a él. Salió a atenderle un joven con el pelo grasiento que limpiaba sus gruesas gafas con un mandil también grasiento. De haber sido una peli de Berlanga habría ido en pelotas, pero el que fuera vestido le indicó que seguía en la realidad o en una ficción distinta.
—Buenas tardes, el motor de mi coche hace ruidos —le dijo al joven.
—No se preocupe, voy a echarle un vistazo.
Mientras el joven hacía su trabajo, él se dedicó a mirar los calendarios de mujeres desnudas que cubrían las paredes del taller. Se imaginó estando con ellas, llevando una vida llena de peligros, whisky y cigarrillos. Sí, nena, tú sabes lo que me gusta, musitó y se dio cuenta de que el joven estaba a su lado, mirándole.
—Su coche tiene tuberculosis —anunció el mecánico.
—¿Tiene arreglo?
—Sí. Una pastilla de quinina en el radiador y listo.
—¿La quinina no es para la malaria?
—Es que también tiene malaria. ¿No se ha dado cuenta de que la pintura de la carrocería está amarillenta?
—Oiga, amigo, es el color de moda: rojo maoísta.
—No, hágame caso, es malaria.
—Me parece que me está timando usted.
—En cualquier taller le dirán lo mismo. Su coche está muy enfermo, pero tiene usted suerte, pues soy doctor en mecánica. Pero si se niega a que reciba tratamiento tengo aquí unos formularios que la ley le obliga a rellenar.
—No, está bien, soy alérgico a la burocracia. Salve a mi coche, es el único que tengo.
El mecánico le dijo que el trabajo le llevaría una hora, que había que ver cómo respondía el vehículo al tratamiento, así que el protagonista de la historia salió a dar una vuelta. Como había sido gimnasta en su juventud dio no una, sino varias vueltas de campana. Se aburrió pronto de esto y siguió caminando sin ostentaciones atléticas hasta que llegó a un riachuelo donde se bañaban unas chicas. Las chicas le saludaron con la mano y esta desacostumbrada simpatía le llenó de pasmo y fantasías pornográficas. Con una gran sonrisa les preguntó si les gustaba el whisky.

domingo, 31 de agosto de 2008

Una noche

Estaba en un bar (no recuerdo cuál, pues el alcohol y la orientación no se llevan demasiado bien), bailando tan tranquilamente (aunque yo no suelo bailar, pero es que había bebido), cuando se me acercó R, que se supone que es amigo de D, y me dijo: «Tío, molas un montón». Yo le di las gracias, aunque sigo sin saber si era burla, solidaridad alcohólica, homosexualidad o qué.

sábado, 30 de agosto de 2008

El circo

—Papá, papá, ¿me llevas al circo?
—¿Al circo? Si eso está demodé. ¿No prefieres ir al cine y ver la nueva de Batman?
—No, yo quiero ir al circo, a ver sufrir a los artistas. ¿Los tienen en jaulas, papá?
—¿A verlos sufrir? ¿Qué clase de circo quieres ver tú?
—Mamá dice que los artistas sufren mucho. Y en el circo hay artistas, ¿no? Artistas de circo. Pues yo quiero ver si sufren o no. Si lloran y por qué. ¿Se les puede echar cacahuetes, papá? A lo mejor sufren porque tienen hambre.
—Mira, hijo, tu madre se refería a otra cosa, ella hablaba de otros artistas, de otro arte. Pero me gusta tu manera de pensar. Porque tú a tu edad no lees a Kafka, ¿verdad?

viernes, 29 de agosto de 2008

Una llamada telefónica importante

Es una llamada telefónica importante, los dos nos damos cuenta y nos cuesta disimular que estamos nerviosos. Ella me dice: «¿Sabes? Hoy Silvia le ha dicho a mi madre que nunca había visto a un chico mirarme como tú lo haces». «Sí, disimulo fatal, ya lo sé», contesto yo, y me viene a la cabeza lo que pasó un par de días antes, cuando empezaron las jornadas sobre Luis Buñuel y estábamos solos esperando que comenzara la primera conferencia. Estábamos tonteando, lo que últimamente es una costumbre, tonteando de una forma muy física, como si estuviéramos pensando en empujarnos contra la pared y comernos la boca. Entonces aparecieron de la nada, se materializaron, unas amigas de su novio. Porque sí, tiene novio, esto es así. Una de ellas casi la llamó al orden, pronunciando su nombre en un gritito y mirándola con los ojos muy abiertos, escandalizada por lo que estaba viendo. Nosotros enseguida nos separamos, claro, lo que nos inculpaba aún más. Luego, cuando se marcharon las amigas, me echó la culpa a mí, «que no sabes disimular la cara de "hiperenamorado"», dijo entre risas. Como si a ella no le gustara tenerme cerca, pienso yo. Después nos sentamos lejos de las amigas cotillas en el pequeño salón de actos donde se celebran las conferencias. Vida y milagros de Luis Buñuel. Un señor de Calanda dice que en pueblos como el suyo el bestialismo es bastante común y otro de los conferenciantes le pregunta si lo sabe por experiencia propia, lo que es celebrado con risas del público. El primero se defiende fatal, se ruboriza y tartamudea. Vamos, que sí lo sabe por experiencia propia, le susurro yo a ella. En un momento de la noche llegan su hermano y la novia de éste y se sientan con nosotros. Menos intimidad, pero tampoco es que estuviéramos haciendo nada. Luego, no sé por qué, le toco la mano y ella me devuelve la caricia. Y digo que no sé por qué porque ha sido un impulso totalmente repentino y nada juicioso, que estamos sentados al lado de su hermano y su cuñada en un sitio público y nosotros no somos pareja, ni siquiera amantes. No sé por qué lo he hecho, pero la respuesta es positiva (y no la esperaba del todo). Y nos acariciamos las manos durante el resto de la conferencia con el peligro de que nos pillen en cualquier momento y la pongan de puta para arriba aunque esto realmente sea bastante inocente, incluso infantil. Pero sigue siendo una traición. Es también muy erótico, aunque sean sólo nuestras manos las que se están tocando. Es por lo prohibido, me digo, y me acomodo disimuladamente la erección con la otra mano, que los vaqueros me están haciendo daño. Termina la conferencia y no decimos nada, pero nos miramos con repentina timidez mientras Roberto y Silvia (su hermano y la novia) comentan esto y aquello. «Sí, ha estado muy bien, Román Gubern es un tipo ameno, no como el hombre de Calanda, que sólo sabía hablar de su pueblo». «Te acercamos a casa», me dicen al salir, y yo acepto, vamos ella y yo en el asiento de atrás, esta vez sin tocarnos en ningún momento. Hacemos una parada frente al piso de Silvia, que tiene que recoger unas cosas. Sube Roberto con ésta. Estamos solos en el coche. Yo la miro, ella me mira, no sabemos muy bien qué decirnos, yo me siento Woody Allen en cualquiera de sus películas, pero pienso que éste sería un buen momento para besarla de una vez, que ya está bien de tanta tortura e indecisión, que hay que ponerle el broche perfecto a la noche, pero finalmente me frena el miedo, pues no sé cuánto van a tardar en regresar Roberto y Silvia. Lo cual es una excusa pésima y yo mismo me doy cuenta de ello, tarden lo que tarden me da tiempo de sobra para besarla y decirle que ya era hora, que vale que ella sea rubia y con los ojos verdes y yo moreno y con los ojos marrones, que vale que ella haya sido siempre la chica más bonita del mundo mientras que yo tuve una infancia surrealista en la que, para insultarme, los demás niños me acusaban de pertenecer a todas las etnias del planeta, pues para ellos era chino, moro, gitano, negro, indio y a saber qué más, todo a la vez, una etnicidad dudosa, un tipo raro en todo, incluso en algo así, que vale, en fin, todo lo anterior, pero que hacemos buena pareja, joder, y que quién te va a hacer reír como yo, que veo las mismas cosas que Rimbaud antes de volverse mezquino y pensar sólo en el dinero, que los otros no te van a querer como te quiero yo y no porque no lo valgas, que lo vales, sino porque ellos no son yo. Pero no le digo nada y nos limitamos a intercambiar obviedades, dos autistas en un coche, y enseguida vuelven Roberto y Silvia, reemprendemos la marcha y antes de darme cuenta ya estoy en casa y en mi habitación aprovecho para golpear la cabeza contra la pared y llamarme imbécil quizás un millón de veces. Pero esto fue el otro día, ahora estamos hablando por teléfono y la conversación orbita alrededor del tema verdaderamente importante, que es: «¿qué pasa con nosotros, cuándo va a ser?». «Así que Silvia se ha dado cuenta de la forma en que te miro, ¿qué opina tu madre?». «Pues le ha parecido adorable, además dice que eres muy guapo». «Vaya, tenía que haberle tirado los tejos a tu madre, no a ti, que no me haces ni caso». «Qué tonto eres». «¿Por qué?». «Porque me gustas, ¿cómo no te das cuenta?». «Bueno, eso es ser descreído, no necesariamente tonto». Y es bonito hacer reír a la chica a la que quieres.

jueves, 28 de agosto de 2008

Pensamientos en la playa

Chicas guapas en biquini. Ya podrían incluirme en sus sencillas vidas.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Spirit desire

Arena caliente entre los dedos de los pies. El sol en el rostro. La sal en la piel. El pelo largo con casi treinta años. Quién me lo iba a decir. Tendría que celebrar la treintena con dos chicas en la cama. Bueno, quizás pueda hacerlo cuando celebre los cuarenta. Si llegamos. Que llegaremos, no hay muchas más alternativas. Si yo me inventara mi biografía diría que fui elegido por los Boston Celtics en el draft de 1996, pero que no jugué por lesión. La rodilla y el corazón rotos. Aunque el corazón todavía lo tenía bien y nunca me he roto ninguna rodilla. Por suerte ya no me resulta extraña la desvergüenza en el mentir. De todas formas, los recuerdos que tengo parecen inventados. Una película que el paso del tiempo ha borrado. Pero casi mejor. Todos estamos ridículos en el pasado, con peinados estúpidos y ropas horrendas. Mejor no reconocernos. Eran otros, unos que apenas se nos parecían. Yo soy esto, este cuerpo frágil que dejará de ser mío para ser un recuerdo y entonces seré otro, más frágil aún. Pasarse la vida corriendo para morir de un ataque al corazón o bien de cáncer, el cuerpo que decide suicidarse a mi pesar. Pero ahora mismo el futuro parece tan lejano como el pasado. Vuelvo a meterme en el agua y me dejo mecer por las olas. Podría dejar que me arrastraran las corrientes hasta África. O quizás atravesar las Columnas de Hércules y desaparecer en el Atlántico.

martes, 26 de agosto de 2008

Un verano

Era verano. Dormía solo en el pequeño estudio de la familia de L, pero ella venía todas las mañanas a verme. Me gustaba despertarme temprano, con el amanecer, y esperar tranquilamente leyendo La insoportable levedad del ser. Cuando llegaba, enseguida nos íbamos a la cama a follar. Siempre sin condón, practicando la marcha atrás. «De todos modos, seguro que soy estéril», le decía yo, y ella se reía. En cualquier caso, tuvimos suerte y no llegamos a lamentar la inconsciencia. Pasábamos el día entero en la cama y sólo salíamos de ella para comer algo. Era una vida agradable, cómoda.

lunes, 25 de agosto de 2008

Parejas

Ella llora y él se desprecia. Él llora y ella le desprecia.

domingo, 24 de agosto de 2008

Mascaradas

Yo siempre he pensado que la vida me esperará, que estará ahí cuando me dé por regresar. Y si no regreso, tampoco importa.

sábado, 23 de agosto de 2008

La vida está en cualquier parte

Un perro ladra, yo le respondo. La vida está en cualquier parte, sólo es cuestión de encontrarla. Pero yo sé que esperará por mí, ¿qué otra cosa puede hacer? La vida sin mí no tiene sentido, repito mientras atravieso calles vacías. Ningún coche aparece de la nada para atropellarme y demostrar que estoy equivocado. Buena señal. Una prostituta me pregunta si quiero pasar un buen rato. Pues verá, señora puta, sí que me gustaría pasar un buen rato, pero me temo que usted considera imprescindible cobrarme, lo que está muy mal, es traicionar la vieja hermandad entre putas y poetas, pues yo, aquí donde me ve, melenudo y bastante borracho, soy el poeta más grande de mi generación. Ya, ya sé que las putas nunca han dejado de cobrar a los poetas excepto cuando se enamoraban de alguno y es ahí donde yo quería llegar: si a uno no le ama ni una puta, ¿qué le queda? De todos modos, no se ofenda, pero la encuentro bastante ajada, ¿no será usted la Muerte? Precisamente hace un momento estaba pensando en usted. Consideraciones acerca de la Muerte. La Muerte es una prostituta con acento del Este en una esquina de Málaga. La Muerte tenía que ser rusa, estaba claro desde el principio. Ya, ya sé que estoy borracho, pero es mejor que estar sobrio y loco. «Dasvidania» y todo eso, señora Muerte, no será esta noche, todavía me quedan cosas que decir. Todavía me quedan cosas que repetir. Un perro ladra, yo le respondo. Existimos, pese a todo.

viernes, 22 de agosto de 2008

Capítulo 1461

Llegar a casa en un estado de embriaguez absoluta y sentarse en la terraza a escuchar el sonido que producen los neumáticos de los coches (los pocos que pasan a esta hora) al deslizarse sobre el asfalto. Como quien se sienta a escuchar las olas del mar.

jueves, 21 de agosto de 2008

En directo

Señora, ¿cómo se encuentra? No es necesario que intente aparentar entereza, sabemos que sus hijos han muerto carbonizados en el accidente. Llore sin miedo, no se corte, la audiencia comprende su dolor. Piense en toda la gente que nos está viendo en este momento, millones de personas que simpatizan con usted. Mire a la cámara y cuéntenos lo que siente, el público quiere saber. Dicen que es terrible sobrevivir a los hijos, ¿usted qué opina ahora? ¿Está de acuerdo? ¿Qué habría querido decirles y nunca pudo? Es terrible que una madre entierre a sus hijos. Arroparlos con tierra. Terrible. Señora, no se ponga así, yo sólo hago mi trabajo. Ante todo está el derecho a la información.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Citas

Ella finalmente no vino,
pero llamó para avisar.
«Oye, que no», dijo.
«Vale», contesté yo.
Colgué.
Encendí la tele.
Iba a ser una tarde muy larga.

martes, 19 de agosto de 2008

La niñera

—¿Ya estabas otra vez espiando a la niñera?
—Marta, te repito que esas tetas no son normales.
—Me da lo mismo, quiero que dejes de hacerlo o tú y yo vamos a tener problemas.
—Pero si es ella, que me provoca.
—No te provoca, lo que pasa es que eres un pervertido.
—Es que está por toda la casa con sus tetas.
—¿Y qué quieres, que las deje en el armario?
—No estaría mal, así podría examinarlas detenidamente cuando saliera a dar una vuelta.
—Eres asqueroso. Si ya me lo decía mi madre, no sé por qué no le hice caso.
—No seas injusta, Marta. Aquí no estamos hablando de unas tetas corrientes, no puedes acusarme de viejo verde. Lo que tenemos aquí, y perdona mi franqueza, es el paradigma de las tetas perfectas. Pechos que desafían toda lógica y que ponen en duda la ley de la gravedad. Tetas como zepelines orgullosos que surcan los cielos de nuestras vidas.
—La verdad es que a mí también me llaman la atención. Es muy joven para haberse operado, ¿no? ¿Tú crees que unas tetas así pueden ser naturales?
—Pueden y deben. En cualquier caso, ya he quitado el pestillo del cuarto de baño. Podemos entrar cuando se esté duchando.
—Bueno, pero sólo esta vez. Por curiosidad sana.

lunes, 18 de agosto de 2008

Absolutos

Últimamente apenas me alimento. Llevo una vida frugal, como un monje zen. Desaparezco poco a poco, entre silencios.

domingo, 17 de agosto de 2008

Los paraísos tardíos

Sucede que la vida se va quedando pequeña y cuesta moverse en ella. Cómo estirar las extremidades en estas estrecheces, se pregunta uno. Y cómo librarse de este anhelo que consume hasta dejarte en los huesos, ya que nos hacemos preguntas. Porque las canciones siempre dan respuestas equivocadas, de nada sirve estar enamorado de la moda juvenil o que Sheena sea una punk rocker. Tampoco están las respuestas en la literatura; empezamos con las lecturas equivocadas, demasiadas novelas rusas. Las respuestas tendrían que estar en las mujeres, claro, pero se empeñan en exigir mi suicidio en vez de reclamar mi cuerpo. Mais non, para morir siempre hay tiempo, para el amor y sus sucedáneos hay cierta urgencia. Pues todavía me queda algo de juventud y apostura que malgastar en hacer reír a mujeres a las que quiero hacer llorar.

sábado, 16 de agosto de 2008

Cine iraní

Era una tarde más en la filmoteca. Apenas había gente, como siempre. La película era iraní. El protagonista era un periodista al que se le moría la mujer, lo que lo empujaba a un suicidio que nunca terminaba de consumar. Era un lento suicidio, como las tardes en la filmoteca. Entre suicidios inconclusos conocía a una chica, estudiante universitaria, con la que iniciaba un romance que, sin embargo, no le quitaba la idea de suicidio de la cabeza, lo que sin duda era injusto, pues la chica bien merecía una vida o dos. Ella a pesar de todo no le reprochaba que siguiera queriendo morir. Un encanto de chica. Finalmente acababan los dos sentados frente al mar, contemplando el Estrecho de Ormuz. Ella le decía: «yo te digo que sí a todo». Él, que ya no confiaba en nada ni nadie, le contestaba: «ya, pero como a los locos». Ella reía y lo besaba con ternura. Él la miraba con incredulidad y luego desviaba la vista al mar. El viento azotaba los cabellos de ambos. Fundido en negro. Títulos de crédito. En la filmoteca encendieron las luces.

viernes, 15 de agosto de 2008

Esa melodía del infortunio

Mírenme. Aquí donde me ven, yo no he sido siempre así. Yo estaba enamorado. Bueno, más o menos. Pero bien es cierto que pagué mis deudas. De juego, de amor, todas ellas. Y sin embargo me muevo por la vida como un intruso. Como un fugitivo. Como si me estuvieran buscando. Qué tontería, ¿verdad? Ya podría estar buscándome aquella rubia de allí.

jueves, 14 de agosto de 2008

La épica y la hípica

—Oye, Gaston.
—Dime, Pierre.
—¿Tú crees en Dios?
—¿Qué es eso?
—Un señor malhumorado que pretende que lo adoremos.
—¿El Presidente de la República?
—Algo así.
—No creo en él, es un tipo de mentira, con botones en lugar de ojos y sonrisa cosida a la cara. Como un oso de peluche.
—Como Teddy Roosevelt.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Recuerdo que había llegado el verano

Recuerdo que había llegado el verano. O quizás no, tal vez lo soñé. Recuerdo que ninguna chica era más guapa que tú y que la vida no parecía tan corta.

martes, 12 de agosto de 2008

Nos recuerdan los engaños

Querida Laura:

Nos recuerdan los engaños. Mi mujer, por ejemplo, lo ha hecho esta mañana, cuando me la he encontrado desayunando en la cocina. Me ha preguntado por ti, claro: si te sigo viendo, si mantengo el contacto contigo. Yo he mentido, pero no sé si muy bien, pues me miraba con sumo odio por encima de sus cereales bajos en calorías. Cariño, eso es agua pasada y agua pasada no mueve molino, le he dicho, que sabes que soy muy aficionado a los refranes, esas pequeñas perlas de sabiduría de ancianos de pueblo español. Ella me ha contestado que no son molinos, sino gigantes. No he sabido qué responder a eso, pero he pensado en tus pechos. Creo que ella también.

Un beso.

lunes, 11 de agosto de 2008

C'est la guerre

—Pierre, me han dicho que había tanques sobrevolando Montmartre y abriendo fuego contra los viandantes.
—¿No serían zepelines, Gaston?
—A mí me han dicho que tanques.
—Será un arma secreta del Káiser.
—Dicen también que sus soldados amenazan con follarse a todas las parisinas.
—Habrá que fusilar a nuestras mujeres entonces, por si acaso.
—Eso, que aprendan lo que pasa por follar con alemanes.
—Traidoras.
—Quintacolumnistas.

domingo, 10 de agosto de 2008

Empezar de nuevo

—Sí, empezar de nuevo, ¿por qué no? Yo siempre empiezo de cero. Cada día.
—Qué derrotista es usted.
—Es la costumbre, nada más.
—Y exagerado.
—Tal vez. Pero a mí me gustaría pasarme la vida exagerándole al oído, señorita.
—Ahora le ha salido el galán que lleva dentro.
—Un galán derrotista, uno que bebe en todas las fiestas hasta perder el sentido. Uno que siempre tiene una cita preparada en el bolsillo.
—Me lo imagino.
—No se lo imagine: acompáñeme esta noche.
—Lo sigue intentando a pesar del derrotismo.
—Por supuesto. Derrotista siempre, pero nunca desertor.

sábado, 9 de agosto de 2008

Dobles

Le enseñé una carta de una antigua novia. La leyó y me dijo: no te ofendas, pero se nota tu mano. ¿A qué te refieres?, pregunté. Pues que la carta la has escrito tú, ¿no?, respondió ella. Yo la miré con incredulidad y durante un momento me pregunté si no sería cierto, si quizás me había inventado una novia, una especie de Goliadkin femenino que había intentado acabar conmigo. Pues no lo sé, contesté.

viernes, 8 de agosto de 2008

Soledades

Primero se lo pedí a H. Le dije: oye, que me voy a quedar solo una semana, podrías venir a hacerme compañía, lo pasaremos bien, ya verás. De mi estado suicida no le dije nada, que estas cosas viene bien ocultarlas. Ella me dijo que le encantaría, pero que no tenía dinero para venir y que además yo la había dejado tirada anteriormente. Sí, es cierto, lo reconozco, pero yo quería verte, contesté, es que se complicó todo. Luego se lo pedí a P. No se lo habrás pedido a H antes, espero, me dijo. ¿Yo? ¿Por quién me has tomado?, mentí. Por ti, contestó ella. Mira, si me dices que no, sí se lo pediré a ella, repuse yo. Entonces me vino con excusas baratas, cada una peor que la anterior y yo me cansé y le dije que sí a todo, que ya habría otra ocasión. No se lo pedí a ninguna más, aunque acabé escribiéndole a A cosas como: Pásate una tarde por aquí, que hace mucho calor y estoy hablando con las plantas y el perro. Sin respuesta, claro. Y cocinar para uno y dormir solo y beber también solo y las mañanas atroces y las tardes terribles y las noches insomnes.

jueves, 7 de agosto de 2008

Fama

Una vez una chica me dijo: «yo me casaría contigo, pero te gastarías todo nuestro dinero en alcohol y libros». «Llevaríamos una vida sencilla», contesté. No la convencí.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Pero ya no más amor

—Don Camilo, su mujer.
—¿Qué quiere?
—Dice que el divorcio.
—No puede ser, deme el teléfono. Carmen, que me dicen que quieres el divorcio.
—Y así es.
—Será una broma.
—Sí, a ti siempre te ha costado tomarme en serio.
—No empieces con los reproches, Carmen. ¿No podemos hablarlo?
—No hay nada que hablar, ya no te quiero.
—¿Así, de repente?
—Así, de repente.
—Carmen, puedo cambiar.
—Por mí como si te haces tirabuzones.
—Eres cruel de manera gratuita.
—Pues no te acostumbres, que es lo único que te va a salir gratis; ya hablará contigo mi abogado.
—Carmen, yo…
—Adiós.
—¿Qué, jefe? ¿Se ha solucionado?
—Se va a divorciar de mí. Tiene un abogado.
—Qué putada. Yo siempre he pensado que mejor viudo que divorciado.
—¿Está sugiriendo que mate a mi mujer?
—No, hombre, no sea bruto, era una forma de hablar. Otra cosa es que su mujer tuviera un accidente, pero lo malo de los accidentes es que no se pueden prever, por eso son accidentales, claro.
—Ya.
—Si fueran esenciales ya sería otra cosa. Pero la vida sería entonces invivible. O quizás no, que entenderíamos la vida como una sucesión de catástrofes y estaríamos acostumbrados. La normalidad es una mera cuestión de costumbre.
—Eso me pasa a mí, que estoy acostumbrado a una vida con Carmen.
—Bueno, la normalidad está sobrevalorada. Aquí donde me ve, yo no soy normal.
—¿No?
—No, soy de Nebulón 7.
—¿Cómo ha dicho?
—Que no soy un simple oficinista, soy un oficinista intergaláctico. Si yo he podido acostumbrarme a la vida en la Tierra, usted podrá acostumbrarse a una vida sin Carmen. Aunque le garantizo que a Carmen la va a tener presente todos los meses en forma de pensión económica.
—Lorenzo, ¿ha bebido?
—Claro que no, don Camilo. Nunca en horas de trabajo. ¿Por qué lo dice?
—Porque eso que me está contando es una locura.
—Bueno, ya sé que no es fácil de creer, pero es que le falta perspectiva. Usted no ha nacido en Nebulón 7.
—Por suerte.
—Ya veo, está usted lleno de prejuicios. ¿Qué tiene en contra de mi pueblo?
—¿A qué pueblo se refiere? ¿A los dementes?
—Me sigue usted insultando a pesar de que le estoy apoyando en este duro trance. Porque no me negará que con toda esta charla ha dejado de pensar en su mujer.
—Claro, ahora me preocupa usted.
—Mejor eso que estar deprimido, ¿no?
—No sé, supongo.
—Pues ya está. ¿Quiere que le cuente cómo son los divorcios en mi planeta?

martes, 5 de agosto de 2008

El terror

Yo me metí en esto del terrorismo con la idea de ligar y hacer amigos, pues siempre me ha costado relacionarme con la gente. Al principio encajé muy bien, me recordaba mis tiempos de jugador de rol, salvo que esta vez no nos salíamos del papel en ningún momento. Se podría pensar que una banda terrorista es como una familia, pero nada más alejado de la realidad, lo cierto es que dentro había diversas facciones y camarillas. En un primer momento me pareció que lo mejor era juntarme con los dogmáticos, que eran los que llevaban el cotarro. Me dije que sin duda ser dogmático atraería a las mujeres guapas, pero resultó que no. Para empezar, las dogmáticas no eran lo que se dice las mujeres más atractivas del mundo, de hecho tenía problemas para diferenciarlas de los dogmáticos varones, lo cual siempre resultaba molesto para todos. Iba de malentendido en malentendido. Por otra parte, un dogmático no puede dudar en ningún momento y me miraban mal si preguntaba si no habíamos quedado demasiado pronto para mañana. Además, la facción dogmática era profundamente endogámica, por lo que no había posibilidad de intimar con alguna compañera de ideas no tan firmes.
Así que reculé, me fui con los reformistas, que estaban siempre en desacuerdo con la postura oficial, fuera la que fuera, aunque la semana anterior la hubieran presentado ellos. Este dadaísmo iba más con mi carácter, que al fin y al cabo me había hecho terrorista para conocer mujeres, lo que en palabras de mis padres era una insensatez.
En las filas reformistas conocí a Martha, que el primer día desconfió de mí por ex dogmático, o eso deduje cuando me llamó «cerdo del Aparato». Al día siguiente estuvo más amable conmigo, tanto que se despidió de mí con un suave beso en los labios, lo que consideré mi primera victoria contra el Sistema. Sin embargo, a la tarde siguiente se mostró fría y distante, como si no me conociera, pero pasadas otras veinticuatro horas volvía a mostrarse amistosa. Es ciclotímica, me dije, tendría que medicarse, pero me equivocaba, simplemente era reformista, escéptica, no podía mantener siempre la misma postura, que eso conducía al inmovilismo. Intenté adaptarme a esta situación, pero a este ritmo me iba a volver loco.
Me fui entonces con los ideólogos, que se consideraban el alma del movimiento. Pero aquí no entendía nada. ¿La represión, camarada, es monista o pluralista?, me preguntaba un barbudo. ¿Te parece que la lucha armada es una acción epistemológica?, me preguntaba luego una chica de aspecto intelectual. Yo contestaba según lo que me sonara mejor, pero por las miradas que me dedicaban estaba claro que no les convencía del todo. En resumidas cuentas, tampoco aquí conseguía ligar. En un acceso de desesperación, le pregunté a uno de los ideólogos qué era lo que había que hacer para follar aquí. Él me miró muy serio y me contestó que el sexo era una actividad dialéctica sobrevalorada. Cansado de ligar sólo en el plano teórico, abandoné a los ideólogos en busca de algo de acción y me presenté voluntario a formar parte de un comando.
Entre atentado y atentado era difícil ligar, fue lo primero que aprendí. No había tiempo, la policía nos estaba buscando, etcétera. Para colmo de males en nuestro comando sólo había una mujer y estaba casada con un compañero. Era la experta en explosivos, se quedaba en el piso franco preparando las bombas y los biberones, pues tenía un niño de corta edad. Yo fantaseaba con la posibilidad de empezar una relación clandestina con ella y así no tener que esconderme sólo de la policía y el Estado, sino también del marido de mi compañera, pero ella opinaba de forma distinta, pues me rechazaba una y otra vez.
Así estábamos cuando un día la policía derribó la puerta del piso franco. La verdad es que lo esperábamos desde hacía un par de semanas, por lo que habíamos tomado la precaución de deshacernos de todo lo que pudiera incriminarnos. La policía no encontró nada en el registro, claro, pero aun así nos llevaron a comisaría para interrogarnos. Yo adopté una actitud mansa y no protesté ante el atropello que suponía aquello. Iba con la idea de mantenerme firme en el interrogatorio, pero entre los agentes que me preguntaban esto y aquello había una policía muy guapa de la que de pronto me sentí enamorado. No pude negarle nada, empecé a hablarle de todo, le dije dónde habíamos escondido las armas y nuestros próximos objetivos. Ella me dijo que si colaboraba con la policía como «topo» podría librarme de la cárcel. Yo la miré y le pregunté si convertirme en un soplón significaría verla a menudo. Ella sonrió y dijo que sí.

lunes, 4 de agosto de 2008

Una de esas mañanas de suicidio

El café frío.
El cielo gris de la ciudad.
La mirada ausente.
Nada que hacer.

domingo, 3 de agosto de 2008

Cortejo por sms

Jueves:

Ven a mi casa, que no hay nadie. Aprovechamos para hablar de lo del libro.


Viernes:

Vente, que estoy solo. No te pases todo el día pensándolo como ayer, sólo ven.


Sábado:

Hoy tampoco vengas a mi casa, que he quedado.

sábado, 2 de agosto de 2008

Pero ya no más literatura

—En realidad yo nunca te he dicho directamente que te quiero.
—No hacía falta.
—Ya, pero es extraño. Sólo lo he sugerido. Entre líneas, que no entre las sábanas.
—Siempre lidiando con palabras.
—Sí.
—Complicando las cosas.
—Sí.
—Cuando todo puede ser bastante más sencillo.
—Sí. ¿Llevas algo bajo el vestido?
—Pensaba que no lo ibas a preguntar nunca.

viernes, 1 de agosto de 2008

Poètes

Soñé que era el hijo bastardo de Jacques Rigaut y que mi ex mujer estaba al teléfono.
—Te has vuelto a retrasar con la pensión —me dijo.
—Lo sé, es que ha sido un mes difícil.
—¿Y qué le digo a Justine?
—Dile que papá la quiere mucho.
—Sí, la quiere y deja que se muera de hambre.
—No seas injusta, sabes que si pudiera te daría el dinero.
—Podrías, si buscaras un trabajo de verdad. Si dejaras de perder el tiempo con poemas y jovencitas. La otra noche te llamé a casa y no lo cogiste. Seguro que estabas por ahí con Boris, como siempre.
—No empieces, Sabine.
—Como si no te conociera. Seguro que estuviste en algún club de jazz de mala muerte. Y tu hija viviendo como si fuera huérfana. ¿Dónde estaba su padre? Con putas, gastándose con putas el dinero de su hija. ¿Y cómo le explico yo que su padre es un putero que no piensa en nadie que no sea él?
—No hay nada que explicar, no dramatices.
—Si le pusiste Justine a tu propia hija, degenerado. ¿Qué clase de persona haría eso?
—Justine es un nombre precioso. Y Los infortunios de la virtud es un clásico de la literatura.
—Un clásico de los rompeculos, que es lo que eres. Como tu amigo Boris. ¿Y todo por qué? Porque dices que eres hijo de un poeta al que ni siquiera te pareces.
—Tengo su nariz.
—Tienes una nariz de lo más vulgar, no digas tonterías.
—Pues tú tienes la nariz de la Bruja del Oeste.
—Seré una bruja, pero al menos no soy un rompeculos. Podrías hacer como tu supuesto padre y pegarte un tiro. Cabrón.