Una vez puse en duda la profesionalidad de un repartidor (intentaba hacerme luz de gas con que había estado varias veces en mi piso para entregar el paquete que yo reclamaba) y, enfadadísimo, dijo que vendría a pegarme. «Hombre, pues muy profesional no me parece», contesté yo.
Culpabas a la esperanza como si fuera una cosa externa a ti, una enfermedad de la que te hubieras contagiado. Porque tú conocías la verdad y fue simplemente la debilidad que te aquejaba la que te hizo caer en el engaño.