—Fúgate conmigo. Viviremos de lo que nos dé la tierra.
—Odio el campo, no me asustes.
—Viviremos de lo que nos dé el mar.
—No me gusta el marisco.
—Viviremos de lo que nos dé el aire.
—Pues ahora trae mucha gripe A...
jueves, 10 de septiembre de 2009
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Los ciclistas
El padre Olegario ve pasar a los ciclistas por la calle principal del pueblo. Adónde irán, se pregunta. ¿Será la Vuelta a España? Aquí España parece infinita, incluso vista desde lo alto del campanario de la iglesia. Se imagina a un pecador pedaleando hasta el fin de los tiempos, un Sísifo ciclista, y decide incorporarlo para el sermón de mañana.
—Buenos días, padre —le dice de pronto una voz.
No es Dios, es el panadero, que está sentado en la acera. Borracho, como de costumbre.
—Ay, Alfonso. ¿No tendrías que estar horneando pan?
—Tengo una crisis de fe.
—Vente a la iglesia y me cuentas lo que te aflige.
—No soy digno de entrar, padre.
—¿Por qué no? ¿Qué has hecho?
—He estado pensando que me parezco al diablo.
—¿Pero físicamente, hijo mío?
—No, padre, en el trabajo. Piénselo. Satanás hornea almas en el infierno. Me pregunto a qué precio las vende luego.
—Desbarras.
—Bueno, dos barras de pan o una, eso no importa. Lo que me preocupa es que mi oficio es satánico y estoy condenado por emular al diablo. Cuánto pan habré horneado en mi vida. Más harina que arena en el desierto, padre. Anoche soñé que el pan se retorcía y gritaba dentro del horno.
—Es sólo pan, Alfonso.
—¿Y el simbolismo? Usted debería entenderlo mejor que nadie. Oh, no, no lo había pensado.
—¿El qué?
—Horneo el cuerpo de Cristo y luego lo vendo.
El padre Olegario se lleva la mano a la frente y menea la cabeza. Pasan unos ciclistas.
—Buenos días, padre —le dice de pronto una voz.
No es Dios, es el panadero, que está sentado en la acera. Borracho, como de costumbre.
—Ay, Alfonso. ¿No tendrías que estar horneando pan?
—Tengo una crisis de fe.
—Vente a la iglesia y me cuentas lo que te aflige.
—No soy digno de entrar, padre.
—¿Por qué no? ¿Qué has hecho?
—He estado pensando que me parezco al diablo.
—¿Pero físicamente, hijo mío?
—No, padre, en el trabajo. Piénselo. Satanás hornea almas en el infierno. Me pregunto a qué precio las vende luego.
—Desbarras.
—Bueno, dos barras de pan o una, eso no importa. Lo que me preocupa es que mi oficio es satánico y estoy condenado por emular al diablo. Cuánto pan habré horneado en mi vida. Más harina que arena en el desierto, padre. Anoche soñé que el pan se retorcía y gritaba dentro del horno.
—Es sólo pan, Alfonso.
—¿Y el simbolismo? Usted debería entenderlo mejor que nadie. Oh, no, no lo había pensado.
—¿El qué?
—Horneo el cuerpo de Cristo y luego lo vendo.
El padre Olegario se lleva la mano a la frente y menea la cabeza. Pasan unos ciclistas.
martes, 8 de septiembre de 2009
El concierto
—Tenemos una mujer a la que el diablo se le mete en el cuerpo y canta en lenguas muertas.
El público aplaude. Yo me acuerdo del Decamerón y lo de meter el diablo en el infierno, pero yo a esta señora no se lo metería, que las mujeres que se parecen a Mussolini y gesticulan como Hitler nunca me han parecido atractivas.
—Tenemos dos bailarinas que no son rusas, pero lo serían si hubieran nacido en ese país.
Más aplausos. Una bailarina es muy bonita; si ella quisiera, le dedicaría los poemas que ya no escribo. Ella bailaría para mí hasta el final del amor, que diría Leonard Cohen. Lo único que no me agrada del todo es que hiperventila en todo momento, y a mí sólo me gusta que hagan eso en la cama.
—Llegado directamente del pandemónium, tenemos un señor británico que hace spoken word que revuelve las conciencias durante siete minutos y medio.
Reverencia del ajado inglés, que recibe la ovación del público. Quizá ahí esté mi futuro, aunque yo más bien me imagino asaltando a los transeúntes para contarles que he visto las puertas de la percepción abiertas y dentro no había nada.
El público aplaude. Yo me acuerdo del Decamerón y lo de meter el diablo en el infierno, pero yo a esta señora no se lo metería, que las mujeres que se parecen a Mussolini y gesticulan como Hitler nunca me han parecido atractivas.
—Tenemos dos bailarinas que no son rusas, pero lo serían si hubieran nacido en ese país.
Más aplausos. Una bailarina es muy bonita; si ella quisiera, le dedicaría los poemas que ya no escribo. Ella bailaría para mí hasta el final del amor, que diría Leonard Cohen. Lo único que no me agrada del todo es que hiperventila en todo momento, y a mí sólo me gusta que hagan eso en la cama.
—Llegado directamente del pandemónium, tenemos un señor británico que hace spoken word que revuelve las conciencias durante siete minutos y medio.
Reverencia del ajado inglés, que recibe la ovación del público. Quizá ahí esté mi futuro, aunque yo más bien me imagino asaltando a los transeúntes para contarles que he visto las puertas de la percepción abiertas y dentro no había nada.
lunes, 7 de septiembre de 2009
Tragar o escupir
—Ahí, jugando con tu libido y con la idea de tragarse tu semen, que es algo que a los tíos os encanta.
—Pues claro, es una bella imagen.
—Creo que tú y yo en la cama nos llevaríamos fatal. Tragarse el semen es repugnante; yo lo he hecho sólo dos veces: una por amor y otra por sorpresa.
—No nos llevaríamos bien, no. Por cierto, ahora que lo pienso, las dos mujeres que he amado se tragaban mi semen con una sonrisa. A ver si no es amor lo mío, sino pura depravación.
—Los tíos sois lo peor.
—Pues claro, es una bella imagen.
—Creo que tú y yo en la cama nos llevaríamos fatal. Tragarse el semen es repugnante; yo lo he hecho sólo dos veces: una por amor y otra por sorpresa.
—No nos llevaríamos bien, no. Por cierto, ahora que lo pienso, las dos mujeres que he amado se tragaban mi semen con una sonrisa. A ver si no es amor lo mío, sino pura depravación.
—Los tíos sois lo peor.
domingo, 6 de septiembre de 2009
La herida
Me escribe para decirme que ha vuelto con él, que estaba cansada de tener que mantenerse ocupada y de caminar por la calle como si la esperase alguien.
Como es natural, me callo que yo la esperaba.
Como es natural, me callo que yo la esperaba.
sábado, 5 de septiembre de 2009
Medicina occidental
—Malditas inyecciones, lo que duelen. Recuerdo que con ocho años estaba enfermo y me tuvieron que dar una dosis de... joder, no recuerdo ahora el nombre. Míchel, ¿cómo se llama el descubrimiento más importante del siglo XX?
—¿La penicilina?
—Sí, eso. Una dosis de penicilina.
—¿Con ocho años? Vaya, tan joven y ya con sífilis.
—¿La penicilina?
—Sí, eso. Una dosis de penicilina.
—¿Con ocho años? Vaya, tan joven y ya con sífilis.
viernes, 4 de septiembre de 2009
Los años
Me encuentro en el tren a Andrea, que, como suele ser habitual, es muy guapa y muy joven. Es la primera vez que nos vemos en persona, así que se sienta a mi lado y empieza a preguntarme esto y aquello mientras me hace un retrato a lápiz. Pero esto es lo de menos. Lo importante es cuando me dice:
—Oye, ¿qué edad tienes? Espera, a ver si lo adivino. ¿Veinticuatro?
De pronto soy el hombre más feliz del mundo.
—Oye, ¿qué edad tienes? Espera, a ver si lo adivino. ¿Veinticuatro?
De pronto soy el hombre más feliz del mundo.
jueves, 3 de septiembre de 2009
Las bicicletas
Otra vez el final del verano. Pasan unas chicas en bicicleta, yo las miro aunque esté mal. Las normas están claras: no hay que mirar con lascivia a las jóvenes madres con sus bebés en brazos, ni a las chicas de quince años de cortas faldas, eso tampoco está permitido. Yo lo hago porque soy un disoluto y no tengo más patria que el deseo. Llevadme a vuestras camas, les diría, vamos a escapar de todo esto juntos, que vuelvan otros a la vida, los días y las noches podrían ser nuestros. Yo he visto que la vida no vale la pena y he escrito del amor sin tenerlo. Venid conmigo, hacedme caso. Pero las chicas ya se han marchado.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Lo primero
—La primera norma para llevar relaciones simultáneas es no tomar decisiones drásticas bajo situaciones de estrés.
—No es cierto. La primera norma es no confundir nombres.
—No es cierto. La primera norma es no confundir nombres.
martes, 1 de septiembre de 2009
Té
—Oh, té. Voy a hacerme uno.
—Es lo mejor que tienen los británicos. Junto a la disciplina inglesa, claro.
—A mí me gusta con leche.
—¿La disciplina inglesa? A mí también.
—Es lo mejor que tienen los británicos. Junto a la disciplina inglesa, claro.
—A mí me gusta con leche.
—¿La disciplina inglesa? A mí también.
lunes, 31 de agosto de 2009
domingo, 30 de agosto de 2009
La ausencia
Llama a la chica y le pide que no diga nada, que sólo escuche. Silencio al otro lado de la línea telefónica. Le explica que ya está bien, que ya es demasiado tiempo sin ella, que apenas puede recordar su cuerpo desnudo y sin embargo la sigue deseando vorazmente. Esto no está bien, no está bien, le dice con severidad. Después, cuelga.
sábado, 29 de agosto de 2009
La muerte súbita
Fallecí a las cinco de la tarde, con puntualidad británica. Mi inesperada muerte me vino fatal, pues tenía un montón de planes para esa semana, planes que dejaron de importar cuando un infarto fulminante acabó con mi vida mientras veía un documental sobre antílopes.
Fue mi mujer quien encontró el cadáver. «Antonio», dijo, como si esperase que fuera a responder, como si pensara que estaba fingiendo mi muerte para gastarle una broma. Ya me habría gustado, pero no podía mover ni un músculo, aunque por el olor estaba claro que había aflojado los esfínteres al fallecer. Cómo podía oír y oler después de muerto era un misterio para mí, pero qué sabía yo de la otra vida, claro. Mi mujer se echó a llorar y entre hipidos farfulló algo de facturas sin pagar. Siempre tan práctica.
Luego llamó a mi hija. Que tu padre se ha muerto viendo un documental de animales, le dijo. Claudia se echó a llorar también y se quejó amargamente de que ya nunca podría decirme lo mal padre que había sido.
Llamaron a un médico, que certificó mi muerte, y a un sacerdote, que dijo algunas palabras en latín sobre mi cadáver. Me pregunté si el cura tendría contactos para ir al Cielo, que estar en el sofá asistiendo a todo esto no coincidía con mi idea del Paraíso. Seguramente era un cura de tercera división, ya podría haberme tocado un obispo, ya, o un cardenal, o el Papa, que tiene línea directa con el Señor y puede reservar buenos asientos para la Eternidad.
Fue mi mujer quien encontró el cadáver. «Antonio», dijo, como si esperase que fuera a responder, como si pensara que estaba fingiendo mi muerte para gastarle una broma. Ya me habría gustado, pero no podía mover ni un músculo, aunque por el olor estaba claro que había aflojado los esfínteres al fallecer. Cómo podía oír y oler después de muerto era un misterio para mí, pero qué sabía yo de la otra vida, claro. Mi mujer se echó a llorar y entre hipidos farfulló algo de facturas sin pagar. Siempre tan práctica.
Luego llamó a mi hija. Que tu padre se ha muerto viendo un documental de animales, le dijo. Claudia se echó a llorar también y se quejó amargamente de que ya nunca podría decirme lo mal padre que había sido.
Llamaron a un médico, que certificó mi muerte, y a un sacerdote, que dijo algunas palabras en latín sobre mi cadáver. Me pregunté si el cura tendría contactos para ir al Cielo, que estar en el sofá asistiendo a todo esto no coincidía con mi idea del Paraíso. Seguramente era un cura de tercera división, ya podría haberme tocado un obispo, ya, o un cardenal, o el Papa, que tiene línea directa con el Señor y puede reservar buenos asientos para la Eternidad.
viernes, 28 de agosto de 2009
Del romanticismo
No suena ningún timbre, pero, como por ensalmo, Anselmo abre la puerta y se encuentra a un señor vestido con ropajes del XIX.
—Hola, soy el amor —dice el desconocido.
—¿Y qué quiere? —pregunta Anselmo, impasible.
—Que llames a Berta y le digas que la amas.
—¿De buenas a primeras?
—Claro, con decisión.
—¿Y si me dice que ella a mí no?
—Subes la apuesta y le recitas un poema improvisado.
—¿Y si se ríe?
—Dices que vas a insistir hasta que se rinda. Que tu amor será como la campaña de bombardeos contra la Alemania nazi. Que acabarás con su industria armamentística, sus ciudades, su red de transportes. Que no vas a ser un desconocido o un amigo más, sino que sólo aceptas la rendición incondicional.
—¿Entonces la tengo que enamorar por desgaste?
—Nada mina más la voluntad que el amor, amigo mío. Claro que puede ser la suya o la tuya, a saber.
—Hola, soy el amor —dice el desconocido.
—¿Y qué quiere? —pregunta Anselmo, impasible.
—Que llames a Berta y le digas que la amas.
—¿De buenas a primeras?
—Claro, con decisión.
—¿Y si me dice que ella a mí no?
—Subes la apuesta y le recitas un poema improvisado.
—¿Y si se ríe?
—Dices que vas a insistir hasta que se rinda. Que tu amor será como la campaña de bombardeos contra la Alemania nazi. Que acabarás con su industria armamentística, sus ciudades, su red de transportes. Que no vas a ser un desconocido o un amigo más, sino que sólo aceptas la rendición incondicional.
—¿Entonces la tengo que enamorar por desgaste?
—Nada mina más la voluntad que el amor, amigo mío. Claro que puede ser la suya o la tuya, a saber.
jueves, 27 de agosto de 2009
Follar
—No puedo seguir así.
—¿Así cómo?
—Así contigo. ¿Es que no entiendes que te quiero? Te quiero más que a mi vida.
—Eso no tiene ningún mérito, que eres un suicida.
—Qué injusta eres. No soy ningún suicida, estoy lleno de vitalidad adolescente.
—Pues nadie lo diría.
—Que sí. Soy un tío sano y deportista.
—Sanísimo, no hay más que verte. ¿Y qué deporte practicas tú, si puede saberse?
—Ninguno, pero porque tú no quieres. Podríamos practicar deportes de contacto. El magreo olímpico, por ejemplo.
—Siempre igual, todo lo acabas reduciendo al sexo.
—Si folláramos, estaría menos obsesionado.
—Eso es lo que dices ahora.
—¿Y no quieres saber lo que digo después?
—No hace falta, me lo imagino: seguro que algo referente a repetir.
—Creo que te quiero en la misma medida en que te odio.
—¿Así cómo?
—Así contigo. ¿Es que no entiendes que te quiero? Te quiero más que a mi vida.
—Eso no tiene ningún mérito, que eres un suicida.
—Qué injusta eres. No soy ningún suicida, estoy lleno de vitalidad adolescente.
—Pues nadie lo diría.
—Que sí. Soy un tío sano y deportista.
—Sanísimo, no hay más que verte. ¿Y qué deporte practicas tú, si puede saberse?
—Ninguno, pero porque tú no quieres. Podríamos practicar deportes de contacto. El magreo olímpico, por ejemplo.
—Siempre igual, todo lo acabas reduciendo al sexo.
—Si folláramos, estaría menos obsesionado.
—Eso es lo que dices ahora.
—¿Y no quieres saber lo que digo después?
—No hace falta, me lo imagino: seguro que algo referente a repetir.
—Creo que te quiero en la misma medida en que te odio.
miércoles, 26 de agosto de 2009
El humor
—Me encanta que siempre consigues tomarte con humor los reveses y sinsabores.
—Sí, imagino que los ganadores no se ríen ni la mitad que yo.
—Sí, imagino que los ganadores no se ríen ni la mitad que yo.
martes, 25 de agosto de 2009
Se ha hecho tarde
Y la vida se ha ido en escribir en silencio. Nunca será ya ese momento en el que tú y yo nos encontramos.
lunes, 24 de agosto de 2009
Moi non plus
—Greta me ha dejado.
—¿Otra vez? ¿Y ahora por qué?
—Dice que no me quiere.
—¿En serio? Ni que fuera una romántica ahora.
—Dice que hay un límite.
—De velocidad, sí. Pero esto es una relación de pareja, no conducción temeraria.
—El caso es que se ha marchado y se ha llevado con ella mi vida entera.
—¿Incluso los muebles?
—No, los muebles no. No le cabían en la maleta.
—Entonces no se lo ha llevado todo. Sólo su cuerpo perfecto y su risa de niña. Minucias.
—Gracias por recordármelo.
—Bah, te queda toda la vida para echarla de menos, dedícate ahora a no pensar en ella.
—Todo me parece tan oscuro de pronto.
—Es que se ha puesto el sol. Espera, enciendo la luz.
—Estoy solo en el mundo.
—No digas tonterías. A lo mejor tienes una novia en cada puerto y no lo sabes porque viajas poco.
—A lo mejor.
—Quizá te están esperando y lloran por las noches abrazadas a una foto tuya.
—Eso ya me parece muy exagerado. ¿Cómo van a tener una foto mía?
—Es una metáfora, pero podría ser algo literal. ¿Tú has estado en El Pireo? ¿Pues entonces cómo puedes estar seguro de que no hay chicas allí que lloran abrazadas a tus fotos?
—No sé, no me parece lógico.
—El mundo es un lugar extraño.
—¿Otra vez? ¿Y ahora por qué?
—Dice que no me quiere.
—¿En serio? Ni que fuera una romántica ahora.
—Dice que hay un límite.
—De velocidad, sí. Pero esto es una relación de pareja, no conducción temeraria.
—El caso es que se ha marchado y se ha llevado con ella mi vida entera.
—¿Incluso los muebles?
—No, los muebles no. No le cabían en la maleta.
—Entonces no se lo ha llevado todo. Sólo su cuerpo perfecto y su risa de niña. Minucias.
—Gracias por recordármelo.
—Bah, te queda toda la vida para echarla de menos, dedícate ahora a no pensar en ella.
—Todo me parece tan oscuro de pronto.
—Es que se ha puesto el sol. Espera, enciendo la luz.
—Estoy solo en el mundo.
—No digas tonterías. A lo mejor tienes una novia en cada puerto y no lo sabes porque viajas poco.
—A lo mejor.
—Quizá te están esperando y lloran por las noches abrazadas a una foto tuya.
—Eso ya me parece muy exagerado. ¿Cómo van a tener una foto mía?
—Es una metáfora, pero podría ser algo literal. ¿Tú has estado en El Pireo? ¿Pues entonces cómo puedes estar seguro de que no hay chicas allí que lloran abrazadas a tus fotos?
—No sé, no me parece lógico.
—El mundo es un lugar extraño.
domingo, 23 de agosto de 2009
1941
Stalin sonríe satisfecho al comprobar que el veneno ha surtido efecto y no queda ninguna rata en la casa. En ese momento llaman a la puerta. Será el decorador, piensa. Efectivamente. El decorador se presenta como el señor Hitler y acto seguido echa un vistazo a las habitaciones. Tiene usted aquí mucho espacio vital, señor Stalin, dice. Y eso que no ha visto usted mi patio trasero, responde el georgiano. Venga, se lo mostraré, le dice, y ambos contemplan la inmensidad siberiana. Podría aprovechar todo este terreno y construir algo, dice el alemán. Bueno, tengo varios gulags, contesta Stalin. Vuelven dentro y Stalin pregunta si tiene ya en mente la decoración para su casa. La voy a decorar con unas cuantas divisiones blindadas, piensa el señor Hitler.
sábado, 22 de agosto de 2009
Impulsos
—A mí me gusta meter las manos en sacos de lentejas, como Amélie.
Él se plantea durante un momento meterle la cabeza en uno.
Él se plantea durante un momento meterle la cabeza en uno.
viernes, 21 de agosto de 2009
El método
El señor Finisterre, famoso actor teatral, llegó a casa después de una dura jornada de ensayos, se sentó en el sofá y encendió la tele. Echaban una película de zombis: Cocoon. Después de un rato le entró miedo y apagó la tele. La muerte es algo tan horrible, dijo en la soledad de su cuarto de estar, pero no lo dijo entre dientes, sino alto y claro, proyectando la voz, pues tenía muchas tablas.
Decidió telefonear a Esther para ver si había posibilidad de follar con ella, ya que el señor Finisterre tenía una parafilia consistente en acostarse con chicas con nombre bíblico mientras les recitaba el Deuteronomio. Sin embargo, llamó antes a Strindbergman, que lo había dirigido en tantas obras.
—¿Sí? —respondió la voz del ínclito director sueco, que no era muy original al teléfono.
—Soy Finisterre. Te llamaba para consultarte una cosa.
—Es un poco tarde, iba a meterme ya en la cama.
—Precisamente de eso va. Verás, quiero meter en la cama a una chica, pero tengo problemas con mi papel.
—¿Qué?
—Entiendo que mi motivación es puramente sexual, pero no sé, estoy sin guión, sin trasfondo. ¿No podrías echarme una mano?
—Empiezo a cansarme de que me llames siempre cuando estás borracho. En fin, veamos: eres un actor que se acerca a los cuarenta y que goza de reconocimiento profesional. Sin embargo, las mujeres te asustan, y te asustan principalmente porque te aterran los contrarios. Los hombres los entiendes, te levantas todos los días siendo uno. Cuando meas, te dices: soy un hombre, tengo pene. Ser hombre es eso, básicamente. Tener polla. Las mujeres no tienen, son distintas, piensan de otra manera, no las entiendes.
—Bueno, mi intención es que Esther tenga mi polla en algún orificio suyo durante un rato.
—Sí, claro, pero es que no se tiene miedo cuando se está follando. Salvo en ciertas ocasiones.
—Vale, representaré mi miedo balbuceando un poco y sudando a mares, ¿te parece bien?
—Pero no sobreactúes.
—La duda ofende.
Decidió telefonear a Esther para ver si había posibilidad de follar con ella, ya que el señor Finisterre tenía una parafilia consistente en acostarse con chicas con nombre bíblico mientras les recitaba el Deuteronomio. Sin embargo, llamó antes a Strindbergman, que lo había dirigido en tantas obras.
—¿Sí? —respondió la voz del ínclito director sueco, que no era muy original al teléfono.
—Soy Finisterre. Te llamaba para consultarte una cosa.
—Es un poco tarde, iba a meterme ya en la cama.
—Precisamente de eso va. Verás, quiero meter en la cama a una chica, pero tengo problemas con mi papel.
—¿Qué?
—Entiendo que mi motivación es puramente sexual, pero no sé, estoy sin guión, sin trasfondo. ¿No podrías echarme una mano?
—Empiezo a cansarme de que me llames siempre cuando estás borracho. En fin, veamos: eres un actor que se acerca a los cuarenta y que goza de reconocimiento profesional. Sin embargo, las mujeres te asustan, y te asustan principalmente porque te aterran los contrarios. Los hombres los entiendes, te levantas todos los días siendo uno. Cuando meas, te dices: soy un hombre, tengo pene. Ser hombre es eso, básicamente. Tener polla. Las mujeres no tienen, son distintas, piensan de otra manera, no las entiendes.
—Bueno, mi intención es que Esther tenga mi polla en algún orificio suyo durante un rato.
—Sí, claro, pero es que no se tiene miedo cuando se está follando. Salvo en ciertas ocasiones.
—Vale, representaré mi miedo balbuceando un poco y sudando a mares, ¿te parece bien?
—Pero no sobreactúes.
—La duda ofende.
jueves, 20 de agosto de 2009
El plan
—He estado pensando en escaparme unos días a Málaga a visitarte. ¿Qué te parece?
Nena, los dos sabemos que esto terminará como las otras veces. Yo ahora me pasaré unos días ilusionado con la idea de verte, recordando tu voz, recordando tu cuerpo, pero al final me dirás que no puede ser, que te gustaría pero no puedes, y yo entonces quedaré con algún amigo para olvidarme de toda esta rabia desoladora emborrachándome y citando a poetas misóginos.
—Claro, vente.
Nena, los dos sabemos que esto terminará como las otras veces. Yo ahora me pasaré unos días ilusionado con la idea de verte, recordando tu voz, recordando tu cuerpo, pero al final me dirás que no puede ser, que te gustaría pero no puedes, y yo entonces quedaré con algún amigo para olvidarme de toda esta rabia desoladora emborrachándome y citando a poetas misóginos.
—Claro, vente.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Fiesta
Aquel verano, una asociación de suicidas antitaurinos puso en marcha su plan para acabar con los encierros que tradicionalmente se celebraban en ciudades y pueblos. Los miembros de la asociación se hacían pasar por simples corredores, pero se dejaban pillar por el toro a las primeras de cambio, lo que sin duda deslucía la fiesta. Tanta muerte escandalizó a la opinión pública, que exigió la prohibición de tan bárbara costumbre, pues no se podía permitir que nuestras calles se convirtieran en ríos de sangre, hay que pensar en el turismo, blablablá. Los ayuntamientos acabaron cediendo al clamor popular, al fin y al cabo les quedaba el lanzamiento de cabras desde el campanario.
Habiendo cumplido su objetivo, los miembros de la asociación de suicidas antitaurinos decidieron ser más ambiciosos e ingresaron en una academia de toreo.
Habiendo cumplido su objetivo, los miembros de la asociación de suicidas antitaurinos decidieron ser más ambiciosos e ingresaron en una academia de toreo.
martes, 18 de agosto de 2009
Cinéma vérité
Por la mañana, Honorato García va al buzón y encuentra el guión de su vida. Lo abre por la primera página y lee: «Por la mañana, Honorato García va al buzón y encuentra el guión de su vida. Lo abre por la primera página y lee».
—Supongo que esto es metacine —dice.
Que es la frase escrita en el guión.
—Supongo que esto es metacine —dice.
Que es la frase escrita en el guión.
lunes, 17 de agosto de 2009
Más egolatría
—Estoy preocupada porque me estoy poniendo gorda de estudiar. Bueno, no gorda, pero mis muslitos ya no son lo que eran.
—Sal a correr. O anda quince kilómetros como yo.
—Qué habilidad para la autorreferencia tienes. Si fuera un deporte, no te ganaba nadie.
—Sal a correr. O anda quince kilómetros como yo.
—Qué habilidad para la autorreferencia tienes. Si fuera un deporte, no te ganaba nadie.
domingo, 16 de agosto de 2009
La larga marcha
Casi las dos de la mañana cuando llego a la estación de autobuses y descubro que el último de la noche salió hace más de una hora. El servicio no se reanuda hasta las seis; ¿qué hacer?, que decía Lenin. No tengo dinero para un taxi, no tengo una amante a la que llamar para pasar la noche, me he peleado hace un rato con mis amigos. Sin dinero, sin amor, sin amigos, vaya panorama, macho. ¿Qué distancia habrá desde aquí a mi casa?, me pregunto. Quince, dieciséis kilómetros. Digamos que quince. No es ni media maratón, pienso cuando echo a andar.
La noche, las estrellas en el cielo, la brisa fresca en la cara. Un conejo que brinca en la maleza. Los cristales rotos que evito pisar en la oscuridad que impera al lado de la carretera. El coche que se detiene a mi altura y acto seguido acelera súbitamente. Quién me iba a decir a mí que de espaldas parezco una puta.
La noche, las estrellas en el cielo, la brisa fresca en la cara. Un conejo que brinca en la maleza. Los cristales rotos que evito pisar en la oscuridad que impera al lado de la carretera. El coche que se detiene a mi altura y acto seguido acelera súbitamente. Quién me iba a decir a mí que de espaldas parezco una puta.
sábado, 15 de agosto de 2009
Cine, cine, cine
En el cine de verano, viendo Una mujer bajo la influencia, de Cassavetes. Ante la locura de la protagonista, Adriana me dice:
—Me da miedo acabar así. ¿Tú me cuidarías?
—Imposible, no tengo paciencia suficiente. Eso lo puede hacer Peter Falk, que es un ángel —contesto, haciendo referencia a El cielo sobre Berlín, que yo soy así, ya lo sabemos.
Más adelante, le comento:
—Qué feo eso de esperar en casa a que se la manden del psiquiátrico después de medio año sin verla. Yo iría a buscarte.
—¿Entonces sí me cuidarías?
—No, pero después de seis meses sin follar contigo estaría llamando al psiquiátrico para que te soltaran ya.
—Me da miedo acabar así. ¿Tú me cuidarías?
—Imposible, no tengo paciencia suficiente. Eso lo puede hacer Peter Falk, que es un ángel —contesto, haciendo referencia a El cielo sobre Berlín, que yo soy así, ya lo sabemos.
Más adelante, le comento:
—Qué feo eso de esperar en casa a que se la manden del psiquiátrico después de medio año sin verla. Yo iría a buscarte.
—¿Entonces sí me cuidarías?
—No, pero después de seis meses sin follar contigo estaría llamando al psiquiátrico para que te soltaran ya.
viernes, 14 de agosto de 2009
jueves, 13 de agosto de 2009
Escritos fonográficos
El señor Rutherford, irlandés por correspondencia, da una conferencia en la residencia de la tercera edad Atardeceres.
—Sabrán ustedes, amigos, que la vida es un desandar constante. Se vuelve siempre al punto de partida. Se busca el futuro, pero se encuentra un pasado que no fue tal. Esto puede parecer confuso, sobre todo para los que están dormidos en la última fila, pero no lo es. Yo mismo me he pasado la vida desandando en círculos concéntricos. Hay que empezar de nuevo siempre. Como si importara, como si uno creyera en ello. Es la única manera de sobrevivir.
—Perdone, caballero, pero no me estoy enterando de nada —interrumpe un anciano.
—No se preocupe, enterarse de algo es irrelevante. Así es la vida, un constante malentendido. Yo, sin ir más lejos (que no están ustedes para andar mucho), soy un escritor secreto. He pasado años y años redactando mis Escritos fonográficos, que versan de la vida en toda su extensión (que en algunos casos no es mucha, hay quien muere joven). Y para qué, dirán ustedes y a mí no se me ocurrirá ninguna respuesta convincente. Para nada, para nadie, porque sí; éstas son las respuestas que han de escribirse con letras de oro en toda vida.
—Yo pensaba que íbamos a asistir a misa —dice una señora—. ¿Nos va a confesar después?
—Sólo si se portan bien y dejan de interrumpir. Como iba diciendo, se vive porque algo habrá que hacer. Está el suicidio, claro, dirían ustedes si estuvieran atendiendo. Pero el suicidio es algo tan trágico. Y es un engorro casi siempre. Hay quien se quita la vida en una habitación de hotel, ¿pero no es eso una desconsideración hacia la limpiadora que, incauta, entra a hacer su trabajo y se encuentra de pronto con un cadáver? Hay que pensar en los demás. Se podría aducir a esto que la vida también es una incomodidad permanente y no hay motivo para que la muerte sea diferente. Es un buen argumento, y es bueno porque lo he escrito yo.
—Oiga, no es por estropearle su conferencia —dice un viejo—, pero a nuestra edad el suicidio ya no nos interesa. La muerte nos puede llegar en cualquier momento.
—Lo sé, pero son ustedes el único público que he podido conseguir del Ayuntamiento, ya les he dicho que soy un escritor secreto y el tercermundismo literario es así. Sin embargo, puedo leerles unos poemas si lo prefieren. Pertenecen a mi primer poemario: Las flores del mar. Tuvo mucho éxito entre mis amigos.
—Sabrán ustedes, amigos, que la vida es un desandar constante. Se vuelve siempre al punto de partida. Se busca el futuro, pero se encuentra un pasado que no fue tal. Esto puede parecer confuso, sobre todo para los que están dormidos en la última fila, pero no lo es. Yo mismo me he pasado la vida desandando en círculos concéntricos. Hay que empezar de nuevo siempre. Como si importara, como si uno creyera en ello. Es la única manera de sobrevivir.
—Perdone, caballero, pero no me estoy enterando de nada —interrumpe un anciano.
—No se preocupe, enterarse de algo es irrelevante. Así es la vida, un constante malentendido. Yo, sin ir más lejos (que no están ustedes para andar mucho), soy un escritor secreto. He pasado años y años redactando mis Escritos fonográficos, que versan de la vida en toda su extensión (que en algunos casos no es mucha, hay quien muere joven). Y para qué, dirán ustedes y a mí no se me ocurrirá ninguna respuesta convincente. Para nada, para nadie, porque sí; éstas son las respuestas que han de escribirse con letras de oro en toda vida.
—Yo pensaba que íbamos a asistir a misa —dice una señora—. ¿Nos va a confesar después?
—Sólo si se portan bien y dejan de interrumpir. Como iba diciendo, se vive porque algo habrá que hacer. Está el suicidio, claro, dirían ustedes si estuvieran atendiendo. Pero el suicidio es algo tan trágico. Y es un engorro casi siempre. Hay quien se quita la vida en una habitación de hotel, ¿pero no es eso una desconsideración hacia la limpiadora que, incauta, entra a hacer su trabajo y se encuentra de pronto con un cadáver? Hay que pensar en los demás. Se podría aducir a esto que la vida también es una incomodidad permanente y no hay motivo para que la muerte sea diferente. Es un buen argumento, y es bueno porque lo he escrito yo.
—Oiga, no es por estropearle su conferencia —dice un viejo—, pero a nuestra edad el suicidio ya no nos interesa. La muerte nos puede llegar en cualquier momento.
—Lo sé, pero son ustedes el único público que he podido conseguir del Ayuntamiento, ya les he dicho que soy un escritor secreto y el tercermundismo literario es así. Sin embargo, puedo leerles unos poemas si lo prefieren. Pertenecen a mi primer poemario: Las flores del mar. Tuvo mucho éxito entre mis amigos.
miércoles, 12 de agosto de 2009
Despedidas nocturnas
Nos despedimos en una calle solitaria y echamos a andar en direcciones distintas. «Míchel», oigo que me llama de pronto. Me giro y la veo levantarse el vestido, enseñándome unas nalgas apenas cubiertas por la ropa interior. Por fin alguien me dice adiós como es debido, pienso.
martes, 11 de agosto de 2009
Paseo nocturno
He vuelto a contar el paso de los años; he vuelto a dibujar mis pasos en círculos; he vuelto a vestirme de tristeza; he vuelto a musitar tu nombre hace un rato, cuando cruzaba la calle.
lunes, 10 de agosto de 2009
La mente sucia
Con las chicas skaters. Guapísimas. Rubias. Diecisiete y dieciocho años. Después de que hablaran de los vídeos que se graba la gente patinando y que luego sube a Youtube, digo:
—Yo ahora os iba a preguntar si hay vídeos vuestros en internet, pero me ha sonado tan mal...
—Yo ahora os iba a preguntar si hay vídeos vuestros en internet, pero me ha sonado tan mal...
domingo, 9 de agosto de 2009
Dimes y diretes
—Qué vocecilla de dormido tenías, qué mono.
—Ya, es que no me sale la voz de machote cuando estoy medio grogui.
—No te sale nunca, amor.
—Ya, es que no me sale la voz de machote cuando estoy medio grogui.
—No te sale nunca, amor.
sábado, 8 de agosto de 2009
Los amantes aparentes
Esperando el ascensor, me dice que no puede vivir con este estrés, que qué pasa si alguien nos ve, que cómo justifica el quedar conmigo y ocultarlo.
—Mira —le digo yo—, si quieres sentirte culpable, yo estoy más que dispuesto, pero no tiene sentido que lo pases mal cuando no hacemos nada.
Ella me mira muy seria y contesta:
—Yo también estoy dispuesta, pero no tengo un sitio donde vernos o un horario razonable.
Yo trago saliva y opto por bromear un poco.
—Es que esto nuestro es como ser amantes, pero sin lo bueno, que es follar.
Ella me manda callar con un gesto perentorio, como si temiera que algunas de las personas que también esperan el ascensor fueran espías a sueldo de su pareja.
—Es mejor que te vayas, no me esperes —me dice con aire triste cuando se abre la puerta del ascensor y entra en él con el carrito del niño.
Yo salgo del edificio, pero me quedo en la entrada, cavilando. Qué haría un ganador, me pregunto, pero enseguida me respondo que cualquier cosa. Es el cantante, no la canción, que decía Mick Jagger. Así que me quedo porque la verdad es que la veo muy poco y tengo que aprovechar las oportunidades que se me brindan.
Me siento junto a una rampa de acceso para minusválidos y saco un libro para hacer más amena la espera. Un rato después, aparece ella y se encuentra con una imagen muy familiar, yo creo que me recuerda siempre con un libro en la mano («ya podría recordarme desnudo y entre sus piernas», pienso durante un segundo).
—Estaba convencida de que te habías marchado —dice.
—Iba a hacerlo, pero es que te veo muy poco. Además, no tengo nada que hacer esta mañana.
Ella sonríe. Le propongo que demos un rodeo para que no nos vea ningún conocido suyo. Asiente y nos vamos.
—Mira —le digo yo—, si quieres sentirte culpable, yo estoy más que dispuesto, pero no tiene sentido que lo pases mal cuando no hacemos nada.
Ella me mira muy seria y contesta:
—Yo también estoy dispuesta, pero no tengo un sitio donde vernos o un horario razonable.
Yo trago saliva y opto por bromear un poco.
—Es que esto nuestro es como ser amantes, pero sin lo bueno, que es follar.
Ella me manda callar con un gesto perentorio, como si temiera que algunas de las personas que también esperan el ascensor fueran espías a sueldo de su pareja.
—Es mejor que te vayas, no me esperes —me dice con aire triste cuando se abre la puerta del ascensor y entra en él con el carrito del niño.
Yo salgo del edificio, pero me quedo en la entrada, cavilando. Qué haría un ganador, me pregunto, pero enseguida me respondo que cualquier cosa. Es el cantante, no la canción, que decía Mick Jagger. Así que me quedo porque la verdad es que la veo muy poco y tengo que aprovechar las oportunidades que se me brindan.
Me siento junto a una rampa de acceso para minusválidos y saco un libro para hacer más amena la espera. Un rato después, aparece ella y se encuentra con una imagen muy familiar, yo creo que me recuerda siempre con un libro en la mano («ya podría recordarme desnudo y entre sus piernas», pienso durante un segundo).
—Estaba convencida de que te habías marchado —dice.
—Iba a hacerlo, pero es que te veo muy poco. Además, no tengo nada que hacer esta mañana.
Ella sonríe. Le propongo que demos un rodeo para que no nos vea ningún conocido suyo. Asiente y nos vamos.
viernes, 7 de agosto de 2009
De la posteridad
—Seguro que les mandas a otras los mismos mensajes que me envías a mí.
—No, yo nunca hago eso, no me parece elegante. Además, qué dirían mis biógrafos si descubrieran algo así.
—No, yo nunca hago eso, no me parece elegante. Además, qué dirían mis biógrafos si descubrieran algo así.
jueves, 6 de agosto de 2009
Retales
Ella sonríe y yo tiemblo. El amor es debilidad. También es follar en felicidad, que decía yo con mi sarcasmo habitual. Tantos temas que me invento al mirarla. Podría vivir siempre así. Pero no dura, enseguida se van a la vida de otro. Así que callo, no le digo lo que pienso y sigo inventándome la vida como se inventa uno el amor.
miércoles, 5 de agosto de 2009
Cuento corto
Fue un momento importante en la historia de los osos de peluche cuando por fin se rebelaron contra sus opresores infantiles. «Ningún oso de peluche es un esclavo», dijo el osito Teddy, que encabezaba la sublevación. Los niños, sin embargo, veían el asunto de otra manera y declararon que dispararían contra cualquier osito insurgente. Los ositos de peluches, lejos de amilanarse ante tales amenazas, se dieron a la fuga y tomaron posiciones en las montañas, cosa que no desanimó a los niños, ya que habían pertenecido a organizaciones juveniles parafascistas y tenían conocimientos de montañismo. Salieron tras ellos confiando en una victoria segura, lo que fue su perdición, pues en las montañas fueron devorados por osos reales que habían firmado una alianza militar con sus parientes de juguete.
martes, 4 de agosto de 2009
Capítulo 1795
—Escribes para siempre —dice ella.
—Sí —contesto yo—. Oye, ¿y por qué no follamos para siempre?
—Porque soy una mujer casada y fiel —responde entre risas.
—Siempre igual. Pensaba que eras especial; cualquier pelandusca en un bar puede rechazarme, ¿sabes?
Ella se ríe. Hacer reír a las mujeres no se me ha dado mal del todo. Recuerdo que en el instituto me dijo una vez un amigo: «eres muy divertido, tío, seguro que ligas un montón». La ingenuidad de la adolescencia. En realidad hay que hacer que sufran; una mujer infeliz es una mujer satisfecha. Claro que esto siempre lo niegan ellas. Disonancia cognitiva.
—Yo no te rechazo —contesta—. Sólo te dejo para más tarde.
—Eso suena peor. «Te tengo en el banquillo por si se me lesiona el titular». Creo que voy a fichar por otro equipo.
Vuelve a reír y responde:
—Oye, no es eso. Es que estoy triste y no sé lo que digo. Sólo trato de darle sentido a mi tristeza.
—Dale sentido conmigo.
—¿Cómo? ¿Qué hago? ¿Lo dejo todo por ti? Soy demasiado cobarde.
—La cobardía es una excusa barata. No vas a morir. A lo sumo, te follaré un poco.
De nuevo, risas. Quizá por esto siempre se acuerdan de mí cuando están tristes.
—Sí —contesto yo—. Oye, ¿y por qué no follamos para siempre?
—Porque soy una mujer casada y fiel —responde entre risas.
—Siempre igual. Pensaba que eras especial; cualquier pelandusca en un bar puede rechazarme, ¿sabes?
Ella se ríe. Hacer reír a las mujeres no se me ha dado mal del todo. Recuerdo que en el instituto me dijo una vez un amigo: «eres muy divertido, tío, seguro que ligas un montón». La ingenuidad de la adolescencia. En realidad hay que hacer que sufran; una mujer infeliz es una mujer satisfecha. Claro que esto siempre lo niegan ellas. Disonancia cognitiva.
—Yo no te rechazo —contesta—. Sólo te dejo para más tarde.
—Eso suena peor. «Te tengo en el banquillo por si se me lesiona el titular». Creo que voy a fichar por otro equipo.
Vuelve a reír y responde:
—Oye, no es eso. Es que estoy triste y no sé lo que digo. Sólo trato de darle sentido a mi tristeza.
—Dale sentido conmigo.
—¿Cómo? ¿Qué hago? ¿Lo dejo todo por ti? Soy demasiado cobarde.
—La cobardía es una excusa barata. No vas a morir. A lo sumo, te follaré un poco.
De nuevo, risas. Quizá por esto siempre se acuerdan de mí cuando están tristes.
lunes, 3 de agosto de 2009
Un cambio de vida
Sería una mañana como cualquier otra si no fuera porque despierta al lado de una mujer preciosa que parece haber llegado a su cama por arte de magia.
—Hola, cariño —dice ella—. ¿Qué tal has dormido?
—Perdona, ¿pero quién eres?
—¿Cómo que quién soy? ¡Soy el amor de tu vida!
—Eh... ¿y hace mucho que nos conocemos?
—Qué tonto te pones por las mañanas. Bueno, ¿qué te apetece hacer hoy?
—Podríamos follar —dice él, admirando el atractivo cuerpo de su imprevista acompañante.
—Me duele todo de pasarnos la noche follando, amor. Más tarde, ¿vale?
—Pues entonces no sé qué hacer. Yo normalmente dedico la mañana a quejarme de mi vida, pero supongo que ahora está de más.
—¿Quieres que te traiga el desayuno a la cama?
—Ah, vale, sí.
Ella se levanta desnuda y va a la cocina. Él se pregunta si habrá algún manual que explique qué hacer en caso de felicidad.
—Hola, cariño —dice ella—. ¿Qué tal has dormido?
—Perdona, ¿pero quién eres?
—¿Cómo que quién soy? ¡Soy el amor de tu vida!
—Eh... ¿y hace mucho que nos conocemos?
—Qué tonto te pones por las mañanas. Bueno, ¿qué te apetece hacer hoy?
—Podríamos follar —dice él, admirando el atractivo cuerpo de su imprevista acompañante.
—Me duele todo de pasarnos la noche follando, amor. Más tarde, ¿vale?
—Pues entonces no sé qué hacer. Yo normalmente dedico la mañana a quejarme de mi vida, pero supongo que ahora está de más.
—¿Quieres que te traiga el desayuno a la cama?
—Ah, vale, sí.
Ella se levanta desnuda y va a la cocina. Él se pregunta si habrá algún manual que explique qué hacer en caso de felicidad.
domingo, 2 de agosto de 2009
Notas románticas
«Nada tiene sentido, salvo tú en mi vida», le escribe a la chica. Luego se lo piensa mejor, tacha «vida» y lo sustituye por «cama».
sábado, 1 de agosto de 2009
La guerra entre la ficción y la realidad
—Anoche soñé contigo. Yo estaba en un bar sentado con dos amigos tuyos. Hablábamos de ti. Luego aparecías tú con unas amigas. Llevabas un vestido gris. Decías: «este es mi asiento», y te sentabas en mi regazo.
—Me encanto en tus sueños, ¿sabes?
«A mí también», piensa él.
—Me encanto en tus sueños, ¿sabes?
«A mí también», piensa él.
viernes, 31 de julio de 2009
El nudo gordiano
Tengo un nudo en la garganta, dijo el senescal. El rey, que soñaba con emular a Alejandro Magno, ordenó que lo decapitaran.
jueves, 30 de julio de 2009
Arte moderno
Beduina García es una reputada artista que se solaza en su coqueto ático de la Quinta Avenida de Almería. Se pasea en bata con un Martini en la mano cuando suena el timbre de la puerta.
—Hola, soy el electricista —dice el rudo hombretón que se encuentra Beduina al abrir.
—¿Cómo que el electricista? Yo había pedido un eclecticista.
—¿Y eso qué es?
—Es un chiste. Ya sabes, no me funciona la luz ecléctica.
—Señorita, no entiendo nada.
—Bueno, arréglame un enchufe.
Con movimientos lánguidos, sigue paseando por la habitación. El electricista se muestra más lleno de energía, que eso del enchufe le ha sonado a porno.
—Ese es el enchufe. No da corriente —dice ella.
—Mierda —masculla el electricista—. ¿Seguro que es éste?
—Sí. Aunque podrías echarle un vistazo al resto de la instalación eléctrica, ya que estás aquí.
—O a la ecléctica —responde él con una sonrisa. Ella no dice nada.
Busca en su caja de herramientas, pero le distrae la visión de una escultura que hay en un rincón. Parece un pollo asado montando en bicicleta. El electricista siente miedo, aunque no sabría decir por qué.
—Señorita, ¿qué es eso? —pregunta con voz temblorosa.
—Es el hombre, que se enfrenta a la vida moderna.
—Debería pedir que le devolvieran el dinero.
—Oye, estás hablando de una obra mía —dice ella, ligeramente enfadada.
—¿Es usted artista?
—Sí. Tengo el arte en las arterias.
—Será en las venas.
—No. En las arterias. No hay arte en «venas»; en «arterias», sí. Arte-rias. Hay que ser coherente.
El electricista no contesta, supone que es otro chiste ecléctico y no quiere parecer un iletrado.
Un rato después, le comunica que ya está arreglado el enchufe. Ella da palmas de alegría y saltitos que dejan ver que no lleva nada bajo la bata. El electricista siente que una erección intenta atravesar su recio mono de trabajo.
—Menos mal que ya funciona —dice ella—. Luego va a venir mi médico a aplicarme pequeñas descargas a intervalos regulares en los pezones. Es mejor que el yoga. Ya lo decía Tesla.
—¿Quién?
—¿Y tú eres electricista? ¿No te han enseñado nada en la Facultad de Electricidad?
—Yo es que hice un módulo, señorita.
—Un módulo lunar, que estás en la luna.
—Oiga, sin faltar.
—Luces te faltan a ti. Eh, un electricista de pocas luces, tengo que apuntar eso. Se van a tronchar mis amigos cuando lo cuente.
El electricista decide que no hay eclecticismo que valga y que estas humillaciones están de más. Además, llevan toda la tarde poniéndole cachondo sin motivo aparente. Hecho una furia, le dice a Beduina que él no es un animal como el pollo ese montado en bicicleta. Ella le mira como si le viera por primera vez y responde:
—Es verdad, he sido injusta contigo. Y he sido injusta con mi obra, que es lo peor.
—¿Cómo dice?
—Sí, ahora lo entiendo todo. Tú eres el pollo muerto y asado en un horno de leña que luego intenta subirse a una bicicleta.
—¿Qué?
—No se te puede pedir que hagas bien algo que te es imposible. Dios, acabo de descubrir que soy todavía mejor artista de lo que creía. Tengo que llamar a mi psicoanalista.
Coge su bolso y le paga dándole de nuevo las gracias por ayudarla a ver la luz (y se ríe cuando dice esto). Luego corre a su dormitorio a telefonear. El electricista se sienta en el sofá, sin entender nada. Admirando el paisaje de la ciudad silente, se masturba con calma.
—Hola, soy el electricista —dice el rudo hombretón que se encuentra Beduina al abrir.
—¿Cómo que el electricista? Yo había pedido un eclecticista.
—¿Y eso qué es?
—Es un chiste. Ya sabes, no me funciona la luz ecléctica.
—Señorita, no entiendo nada.
—Bueno, arréglame un enchufe.
Con movimientos lánguidos, sigue paseando por la habitación. El electricista se muestra más lleno de energía, que eso del enchufe le ha sonado a porno.
—Ese es el enchufe. No da corriente —dice ella.
—Mierda —masculla el electricista—. ¿Seguro que es éste?
—Sí. Aunque podrías echarle un vistazo al resto de la instalación eléctrica, ya que estás aquí.
—O a la ecléctica —responde él con una sonrisa. Ella no dice nada.
Busca en su caja de herramientas, pero le distrae la visión de una escultura que hay en un rincón. Parece un pollo asado montando en bicicleta. El electricista siente miedo, aunque no sabría decir por qué.
—Señorita, ¿qué es eso? —pregunta con voz temblorosa.
—Es el hombre, que se enfrenta a la vida moderna.
—Debería pedir que le devolvieran el dinero.
—Oye, estás hablando de una obra mía —dice ella, ligeramente enfadada.
—¿Es usted artista?
—Sí. Tengo el arte en las arterias.
—Será en las venas.
—No. En las arterias. No hay arte en «venas»; en «arterias», sí. Arte-rias. Hay que ser coherente.
El electricista no contesta, supone que es otro chiste ecléctico y no quiere parecer un iletrado.
Un rato después, le comunica que ya está arreglado el enchufe. Ella da palmas de alegría y saltitos que dejan ver que no lleva nada bajo la bata. El electricista siente que una erección intenta atravesar su recio mono de trabajo.
—Menos mal que ya funciona —dice ella—. Luego va a venir mi médico a aplicarme pequeñas descargas a intervalos regulares en los pezones. Es mejor que el yoga. Ya lo decía Tesla.
—¿Quién?
—¿Y tú eres electricista? ¿No te han enseñado nada en la Facultad de Electricidad?
—Yo es que hice un módulo, señorita.
—Un módulo lunar, que estás en la luna.
—Oiga, sin faltar.
—Luces te faltan a ti. Eh, un electricista de pocas luces, tengo que apuntar eso. Se van a tronchar mis amigos cuando lo cuente.
El electricista decide que no hay eclecticismo que valga y que estas humillaciones están de más. Además, llevan toda la tarde poniéndole cachondo sin motivo aparente. Hecho una furia, le dice a Beduina que él no es un animal como el pollo ese montado en bicicleta. Ella le mira como si le viera por primera vez y responde:
—Es verdad, he sido injusta contigo. Y he sido injusta con mi obra, que es lo peor.
—¿Cómo dice?
—Sí, ahora lo entiendo todo. Tú eres el pollo muerto y asado en un horno de leña que luego intenta subirse a una bicicleta.
—¿Qué?
—No se te puede pedir que hagas bien algo que te es imposible. Dios, acabo de descubrir que soy todavía mejor artista de lo que creía. Tengo que llamar a mi psicoanalista.
Coge su bolso y le paga dándole de nuevo las gracias por ayudarla a ver la luz (y se ríe cuando dice esto). Luego corre a su dormitorio a telefonear. El electricista se sienta en el sofá, sin entender nada. Admirando el paisaje de la ciudad silente, se masturba con calma.
miércoles, 29 de julio de 2009
De difuntos
—Quiero hablar con mi difunto tío —dice el señor Kausch.
Madame Retourner se ajusta el escote y le pide a Aznavour, su criado, que le traiga el Libro de los Muertos. Aznavour vuelve al rato con una voluminosa guía telefónica que le entrega a la médium. Ésta saca un teléfono de debajo de la mesa y marca el número en cuestión. Pone el «manos libres» para que el señor Kausch pueda participar en la conversación. Suena la voz de una niña:
—Mamá, tengo frío.
—Tu madre no está aquí, niña. Dile a tu padre que se ponga —contesta Madame Retourner.
—Pero tengo frío.
—Pues coge una manta.
Silencio. Se escuchan pasos. Una voz varonil:
—¿Sí? ¿Quién es?
—Tío Herbert, soy Klaus —dice el señor Kausch.
—Hola, Klaus. ¿Ya te has hecho un hombre de provecho?
—En eso estoy. Mira, estoy aquí con una médium.
—Tú siempre con malas compañías. No me dirás que crees en esas supercherías, espero.
—Dejemos eso. Te llamaba porque necesito tu ayuda. He heredado la casa familiar, pero no encuentro las joyas por ninguna parte. Me preguntaba si no tendrías un mapa que revele dónde están ocultas.
—Ah. Lo tenía, sí.
—¿Lo tenías?
—Sí, pero se lo comió el perro —suspira el difunto.
—¡Que se ponga el perro! —grita el señor Kausch, preso de los nervios.
De nuevo, silencio. Luego se escuchan unos ladridos aterradores, aullidos de ultratumba. Es Toby, el perro de la familia. El señor Kausch cuelga el teléfono.
Madame Retourner se ajusta el escote y le pide a Aznavour, su criado, que le traiga el Libro de los Muertos. Aznavour vuelve al rato con una voluminosa guía telefónica que le entrega a la médium. Ésta saca un teléfono de debajo de la mesa y marca el número en cuestión. Pone el «manos libres» para que el señor Kausch pueda participar en la conversación. Suena la voz de una niña:
—Mamá, tengo frío.
—Tu madre no está aquí, niña. Dile a tu padre que se ponga —contesta Madame Retourner.
—Pero tengo frío.
—Pues coge una manta.
Silencio. Se escuchan pasos. Una voz varonil:
—¿Sí? ¿Quién es?
—Tío Herbert, soy Klaus —dice el señor Kausch.
—Hola, Klaus. ¿Ya te has hecho un hombre de provecho?
—En eso estoy. Mira, estoy aquí con una médium.
—Tú siempre con malas compañías. No me dirás que crees en esas supercherías, espero.
—Dejemos eso. Te llamaba porque necesito tu ayuda. He heredado la casa familiar, pero no encuentro las joyas por ninguna parte. Me preguntaba si no tendrías un mapa que revele dónde están ocultas.
—Ah. Lo tenía, sí.
—¿Lo tenías?
—Sí, pero se lo comió el perro —suspira el difunto.
—¡Que se ponga el perro! —grita el señor Kausch, preso de los nervios.
De nuevo, silencio. Luego se escuchan unos ladridos aterradores, aullidos de ultratumba. Es Toby, el perro de la familia. El señor Kausch cuelga el teléfono.
martes, 28 de julio de 2009
Mujeres y literatura
Me levanto de la cama escribiendo versos a la manera de Fonollosa: nunca la encontré, fue de otros, blablablá. Creo que era Hegel quien decía que el arte sirve en cierta forma para neutralizar el dolor, pero no estoy seguro. Se acaba julio, escribo hasta volverme loco, nunca me había presentado a tantos concursos (que no ganaré). No sabría decir por qué hago todo esto. Por el gesto estético, supongo, como los mensajes que se mandan a deshoras a chicas que los leen con desinterés. Como todo. Yo bebo por el gesto estético, le dije el otro día a la chica de peinado hitleriano (siempre me acuerdo de una canción de Radiohead cuando la veo). Siempre hay alguna chica guapa en la que pensar, aunque me he pasado la vida entera escribiendo para las mujeres de otros.
lunes, 27 de julio de 2009
El huevo del cuco
Una chica embarazada llama a una puerta. Abre un hombre.
—Hola —dice ella—. ¿Me dejas pasar? Soy María.
—¿Nos conocemos?
—No, pero voy a tener un hijo contigo.
—¿Cómo dices?
—Pues eso, que vamos a cuidar juntos a este niño —contesta ella tocándose la barriga.
—¿Y eso por qué?
—Porque es la voluntad del Señor.
—¿Qué señor? ¿Mi casero?
—Dios. Me lo anunció Ángel.
—¿Un ángel?
—No, un amigo que se llama Ángel. Estuvo en mi casa un par de veces y me dijo que tú serías el padre de mi hijo.
—¿Eso te dijo?
—Sí. Dice que eres un buen hombre, un santo.
—Pero ese niño tendrá un padre, ¿por qué no puede encargarse él? ¿O no sabes quién es el padre?
—El padre es Dios y está muy ocupado. Quiere que lo cuides tú. Hágase su voluntad así en el Cielo como en la Tierra.
—No me convence del todo, pero supongo que no puedo dejarte en la calle. Pasa.
—Gracias.
—Ese novio tuyo es un irresponsable. Te preña y luego se desentiende.
—Bueno, no me preñó él, sino una paloma en su nombre. Se posó en el alféizar de mi ventana y me fecundó.
—Acabáramos.
—Hola —dice ella—. ¿Me dejas pasar? Soy María.
—¿Nos conocemos?
—No, pero voy a tener un hijo contigo.
—¿Cómo dices?
—Pues eso, que vamos a cuidar juntos a este niño —contesta ella tocándose la barriga.
—¿Y eso por qué?
—Porque es la voluntad del Señor.
—¿Qué señor? ¿Mi casero?
—Dios. Me lo anunció Ángel.
—¿Un ángel?
—No, un amigo que se llama Ángel. Estuvo en mi casa un par de veces y me dijo que tú serías el padre de mi hijo.
—¿Eso te dijo?
—Sí. Dice que eres un buen hombre, un santo.
—Pero ese niño tendrá un padre, ¿por qué no puede encargarse él? ¿O no sabes quién es el padre?
—El padre es Dios y está muy ocupado. Quiere que lo cuides tú. Hágase su voluntad así en el Cielo como en la Tierra.
—No me convence del todo, pero supongo que no puedo dejarte en la calle. Pasa.
—Gracias.
—Ese novio tuyo es un irresponsable. Te preña y luego se desentiende.
—Bueno, no me preñó él, sino una paloma en su nombre. Se posó en el alféizar de mi ventana y me fecundó.
—Acabáramos.
domingo, 26 de julio de 2009
La insaciable babosa española
—Estoy enamorado de la cadencia de tus pasos; cuando andas es como si te movieras al son de una música que sólo escuchas tú —dice él.
—No deberías beber tanto —contesta ella.
—No puedo evitarlo, yo bebo para olvidar.
—¿Para olvidar qué?
—No lo recuerdo, ¿no ves que estoy borracho?
—Si al menos volvieras a escribir —suspira ella.
—Lo haré pronto, estoy lleno de proyectos.
—Siempre dices eso.
—La poesía es un arma cargada de futuro, no de presente —aduce él.
—Bah, sólo tienes sarcasmo y locura.
—Sí, voy a fundar un club o una religión. El Movimiento de los Jóvenes Negros, que estará formado por blancos de mediana edad.
—Ya está bien, no te tomas en serio nada.
—Voy a escribir una novela. Se va a llamar La insaciable babosa española. Las palabras negras sobre el papel blanco serán surcos en la piel, arrugas de tantos sinsabores y penas que quedan marcadas para siempre, que es lo que dura una vida.
—¿Y eso qué tiene que ver con las babosas?
—Que se arrastran, yo qué sé. ¿Cómo le puedes pedir coherencia a un borracho? Se supone que eres tú la que tiene que aportar el sentido común aquí.
—Me vas a volver loca un día de estos y no en el buen sentido.
—Lo sé. Pero yo te quiero, nena. A veces te miro y me parece que yo también escucho la música.
—Te salvas por los cumplidos exagerados.
—No deberías beber tanto —contesta ella.
—No puedo evitarlo, yo bebo para olvidar.
—¿Para olvidar qué?
—No lo recuerdo, ¿no ves que estoy borracho?
—Si al menos volvieras a escribir —suspira ella.
—Lo haré pronto, estoy lleno de proyectos.
—Siempre dices eso.
—La poesía es un arma cargada de futuro, no de presente —aduce él.
—Bah, sólo tienes sarcasmo y locura.
—Sí, voy a fundar un club o una religión. El Movimiento de los Jóvenes Negros, que estará formado por blancos de mediana edad.
—Ya está bien, no te tomas en serio nada.
—Voy a escribir una novela. Se va a llamar La insaciable babosa española. Las palabras negras sobre el papel blanco serán surcos en la piel, arrugas de tantos sinsabores y penas que quedan marcadas para siempre, que es lo que dura una vida.
—¿Y eso qué tiene que ver con las babosas?
—Que se arrastran, yo qué sé. ¿Cómo le puedes pedir coherencia a un borracho? Se supone que eres tú la que tiene que aportar el sentido común aquí.
—Me vas a volver loca un día de estos y no en el buen sentido.
—Lo sé. Pero yo te quiero, nena. A veces te miro y me parece que yo también escucho la música.
—Te salvas por los cumplidos exagerados.
sábado, 25 de julio de 2009
Mala prensa
—Dice Melina que estás enamorado de mí.
—Melina es una traidora.
—Yo digo que estás enamorado de mí, de la vecina del quinto, de la panadera, de la costurera, de una que pasó un día por la calle San Miguel...
—Melina es una traidora.
—Yo digo que estás enamorado de mí, de la vecina del quinto, de la panadera, de la costurera, de una que pasó un día por la calle San Miguel...
viernes, 24 de julio de 2009
Fe
—Piénsalo bien: el judaísmo era una religión de pastores. El cristianismo, de pescadores. El islam, de camelleros.
—Sí, pero me parece un poco estúpido fundar una religión de ferroviarios.
—O de taxistas. O autobuseros. «Te conducimos por el camino recto». Podríamos hacerla de medios de transporte en general. «Con nosotros sí irás al cielo». En avión, claro.
—No sé, la gente prefiere creer en cosas intangibles. La realidad les parece aburrida. ¿Qué gracia tienen cosas auténticas?
—Nosotros también fabularíamos. Dios podría ser un fogonero que se acostó con una chica llamada Mercedes Benz y de la unión nació un piloto de aerolíneas comerciales que se estrelló por nuestros pecados y para que viajáramos cómodamente.
—El Espíritu Santo podría ser una avioneta.
—O un B-52 que bombardeó a Mercedes Benz hasta que se quedó embarazada.
—Hombre, eso quizá sería demasiado absurdo.
—Te recuerdo que estamos hablando de religión.
—Bueno, supongo que el B-52 también podría bombardear a los apóstoles.
—Para que prediquen la Palabra por el mundo.
—Sí, pero me parece un poco estúpido fundar una religión de ferroviarios.
—O de taxistas. O autobuseros. «Te conducimos por el camino recto». Podríamos hacerla de medios de transporte en general. «Con nosotros sí irás al cielo». En avión, claro.
—No sé, la gente prefiere creer en cosas intangibles. La realidad les parece aburrida. ¿Qué gracia tienen cosas auténticas?
—Nosotros también fabularíamos. Dios podría ser un fogonero que se acostó con una chica llamada Mercedes Benz y de la unión nació un piloto de aerolíneas comerciales que se estrelló por nuestros pecados y para que viajáramos cómodamente.
—El Espíritu Santo podría ser una avioneta.
—O un B-52 que bombardeó a Mercedes Benz hasta que se quedó embarazada.
—Hombre, eso quizá sería demasiado absurdo.
—Te recuerdo que estamos hablando de religión.
—Bueno, supongo que el B-52 también podría bombardear a los apóstoles.
—Para que prediquen la Palabra por el mundo.
jueves, 23 de julio de 2009
Momentos
La vida dura lo que tarda en esfumarse un momento. Hace un año estaba en la cama con esta chica, saboreando su cuerpo y haciéndole todo lo que me apetecía. Ahora estamos hablando en un bar y todo eso parece algo de otra vida o un sueño desvaído. «Soñé que te tuve cinco días, ¿sabes?», me dan ganas de decirle, pero no lo hago. Hablamos de cine, de música. Fanny Ardant, PJ Harvey. Todo normal y civilizado. Me pasaría la vida entera mirándola y otros lugares comunes frecuentados por enamorados condenados al romanticismo más cursi. Pero la verdad es que no puedo dejar de mirarla. Lo sé —pienso—, debería olvidarme de ti y buscarme una chica que quisiera estas palabras, pero ninguna otra tiene tu voz o tu risa, tus ojos o tu boca. «Ni mis tetas o mi culo, claro», añadiría ella con tono burlón si supiera que estoy pensando todo esto.
miércoles, 22 de julio de 2009
La bula
El Papa Camilo VI tiene Alzheimer, pero no recuerda dónde. Piensa que seguramente está en algún cajón, pero el Vaticano es tan grande... El camarlengo nunca le ayuda a buscarlo. Tampoco los cardenales. Ni siquiera un monaguillo. Él sin embargo no desiste y pregunta a las autoridades extranjeras que vienen al Vaticano si han visto su Alzheimer por ahí. Todos le contestan que no, Su Santidad, pero no se altere, que no es bueno para su salud. El Papa está un poco cansado de que no le hagan caso y se pregunta si no será todo cosa del diablo.
martes, 21 de julio de 2009
Desencuentros
—Ya no me llamas.
Él la mira. Quién será esta loca, se pregunta, pero no lo dice en voz alta, no quiere herir sus sentimientos. En vez de eso, intenta ser delicado y usa el humor para decirle que no recuerda su nombre:
—Es que no sé cómo llamarte.
—Pues por teléfono, claro —contesta ella meneando graciosamente la cabeza.
Él la mira. Quién será esta loca, se pregunta, pero no lo dice en voz alta, no quiere herir sus sentimientos. En vez de eso, intenta ser delicado y usa el humor para decirle que no recuerda su nombre:
—Es que no sé cómo llamarte.
—Pues por teléfono, claro —contesta ella meneando graciosamente la cabeza.
lunes, 20 de julio de 2009
Telefonía móvil
—Me gustaron mucho tus mensajes. Aunque siempre creo que te equivocas y se los mandas sin querer a la primera de la lista, que suelo ser yo.
—No, todavía no me ha pasado.
—¿Me lo dirás cuando te pase?
—Depende. Si te gusta el mensaje, no.
—No, todavía no me ha pasado.
—¿Me lo dirás cuando te pase?
—Depende. Si te gusta el mensaje, no.
domingo, 19 de julio de 2009
Matices
Alfredo bebe ron frente al televisor. Pronto se irá a la cama. Entonces entra un tipo por la puerta. ¿Quién eres?, pregunta Alfredo. Soy tu conciencia, dice el hombre. Alfredo desconfía. Es cierto que esa cara le resulta familiar, pero le parece que es todo un truco para robar; un truco bastante cutre, además. Sonríe siguiéndole el juego mientras intenta recordar dónde ha dejado la pistola. Si no bebieras tanto, le dice el hombre como si le leyera la mente. No, no me mires así, añade, ya te he dicho que soy tu conciencia. ¿Y para qué has venido?, pregunta Alfredo. Para hacerte reflexionar, responde la conciencia. Alfredo sonríe porque recuerda que ha dejado la pistola bajo un cojín del sofá. La coge y dispara cuatro veces contra su conciencia, que muere sobre la alfombra persa. Enrolla la alfombra con el cadáver dentro como si se tratara de Cleopatra y la deposita en el maletero del coche. Conduce hasta el bosque. Allí cava una fosa y deja el cadáver en su interior. Entonces aparece otro hombre. Alfredo le encañona, el tipo levanta las manos y dice: no dispares, soy tu remordimiento. Pensaba que eso formaba parte de la conciencia, dice Alfredo. La vida está llena de matices, responde el remordimiento. Alfredo, que no tiene ganas de discutir, dispara contra él y lo mata. Tira el cuerpo a la fosa y empieza a taparla. Entonces aparece un tercer hombre, que grita: Detente, insensato, soy el sentimiento de culpa judeocristiano. Alfredo dispara también contra él y otro muerto al agujero. Al poco se presenta un cuarto personaje, que dice ser el propósito de enmienda, y Alfredo tiene que repetir el procedimiento de matarlo y meterlo en la fosa, que empieza a quedársele pequeña. Cava un poco más para hacer sitio. De la nada surge un quinto hombre, éste afirmando ser ese residuo de ingenuidad infantil que todos tenemos. Más disparos. A los quince cadáveres, aparece la Guardia Civil.
sábado, 18 de julio de 2009
Dolencias
—Tiene usted metástasis de amor —anuncia el doctor.
—¿Cómo es eso?
—Mire la radiografía. El amor se le ha extendido a estómago, pulmones, cerebro...
—Por eso no como, me paso el día suspirando y no duermo.
—Sí, eso es.
—¿Y ahora qué hacemos? ¿Quimioterapia? ¿Radioterapia?
—Depende. Primero hay que determinar el origen de la enfermedad. Es decir, quién es la causante.
—Creo que mi vecina. El otro día llevaba una blusa muy escotada.
—Bien. ¿Qué hizo ella para que se enamorara usted? ¿De qué hablaron?
—De nada, simplemente me crucé con ella en el rellano y quedé extasiado. ¿He mencionado que es muy tetuda?
—Le parecerá bonito enamorarse de unas tetas.
—Doctor, cada uno se enamora como puede.
—¿Cómo es eso?
—Mire la radiografía. El amor se le ha extendido a estómago, pulmones, cerebro...
—Por eso no como, me paso el día suspirando y no duermo.
—Sí, eso es.
—¿Y ahora qué hacemos? ¿Quimioterapia? ¿Radioterapia?
—Depende. Primero hay que determinar el origen de la enfermedad. Es decir, quién es la causante.
—Creo que mi vecina. El otro día llevaba una blusa muy escotada.
—Bien. ¿Qué hizo ella para que se enamorara usted? ¿De qué hablaron?
—De nada, simplemente me crucé con ella en el rellano y quedé extasiado. ¿He mencionado que es muy tetuda?
—Le parecerá bonito enamorarse de unas tetas.
—Doctor, cada uno se enamora como puede.
viernes, 17 de julio de 2009
Las leyes de la atracción
—Bah, si me pretendes es que no soy tan mala.
—Sí, algo parecido dicen de la droga los camellos.
—Sí, algo parecido dicen de la droga los camellos.
jueves, 16 de julio de 2009
Madame Nostalgia
«Madame Nostalgia», decía el anuncio en el periódico. Él se encontraba bastante melancólico aquella tarde, así que decidió llamar, que quizá una prostituta supiera levantarle el ánimo. Le atendió una señorita que le preguntó cómo quería a la chica. Poco hecha, estuvo a punto de decir, pero se contuvo y la pidió un tanto rubia, delgada, no muy alta, ojos verdes, buen culo y un largo etcétera.
Una hora después, llamaron a la puerta. Era ella. La puta. Llevaba puesto un vestido celeste, como había pedido él. Cómo se saluda a una prostituta que llega a tu casa, se preguntó. ¿Le das la mano? ¿Dos besos? ¿Un beso en los labios? Ella solventó el problema abrazándole como si fueran dos viejos amigos que vuelven a verse después de mucho tiempo. Pasaron al salón. Qué bonita casa tienes, dijo ella. Gracias, contestó él, acabo de redecorarla. Pues te ha quedado muy bien, dijo la chica sentándose en el sofá y mostrando kilómetros de piernas. Él se sentó a su lado, un tanto nervioso.
Cuánto tiempo, ¿verdad?, dijo ella. Él la miró sin entender qué quería decir. No te hagas el tonto, se rió ella, soy la chica de tus sueños. ¿La chica de mis sueños? Claro, hombre; hoy te encontrabas nostálgico, así que nos has llamado a nosotros y no has pedido una chica sin más, sino que has descrito a la chica en la que estabas pensando: la que te rompió el corazón, supongo. Hoy querías acostarte con ella. Es verdad, dijo él, estaba pensando en Amanda. Eso es, cariño, hoy soy Amanda para ti. A él se le llenan los ojos de lágrimas y le pregunta qué es de su vida. Ella sonríe y contesta que nada, lo normal. La vida, que derriba sueños. Se casó, tuvo hijos. Pero a menudo piensa en él.
Una hora después, llamaron a la puerta. Era ella. La puta. Llevaba puesto un vestido celeste, como había pedido él. Cómo se saluda a una prostituta que llega a tu casa, se preguntó. ¿Le das la mano? ¿Dos besos? ¿Un beso en los labios? Ella solventó el problema abrazándole como si fueran dos viejos amigos que vuelven a verse después de mucho tiempo. Pasaron al salón. Qué bonita casa tienes, dijo ella. Gracias, contestó él, acabo de redecorarla. Pues te ha quedado muy bien, dijo la chica sentándose en el sofá y mostrando kilómetros de piernas. Él se sentó a su lado, un tanto nervioso.
Cuánto tiempo, ¿verdad?, dijo ella. Él la miró sin entender qué quería decir. No te hagas el tonto, se rió ella, soy la chica de tus sueños. ¿La chica de mis sueños? Claro, hombre; hoy te encontrabas nostálgico, así que nos has llamado a nosotros y no has pedido una chica sin más, sino que has descrito a la chica en la que estabas pensando: la que te rompió el corazón, supongo. Hoy querías acostarte con ella. Es verdad, dijo él, estaba pensando en Amanda. Eso es, cariño, hoy soy Amanda para ti. A él se le llenan los ojos de lágrimas y le pregunta qué es de su vida. Ella sonríe y contesta que nada, lo normal. La vida, que derriba sueños. Se casó, tuvo hijos. Pero a menudo piensa en él.
miércoles, 15 de julio de 2009
Lo sempiterno
—Yo también fui una puta muerta adolescente —dice la profesora Alfaomega a los alumnos de espiritismo, que atienden con atención y otras redundancias.
—¿Y estaba bien pagado? —pregunta el listillo de la clase.
—Cuidado, en esa curva me maté —dice de pronto la chica de la curva.
Los chavales reaccionan como un sólo individuo y dan un volantazo a sus pupitres, evitando de ese modo caer por el barranco que hay junto a la pizarra.
Luego entra en el aula el director de la escuela, que es la Muerte disfrazada de Sean Connery, y con marcado acento escocés pide una ouija con vodka al barman de la clase. El barman se parece a Maurice Chevalier, pero es Houdini después de una cura de mesmerismo. Tras escapar del saco en el que estaba encadenado, le sirve al falso Connery, que alza su ouija y reta a un alumno a contactar con el espíritu de una de sus vidas anteriores.
—¿Pero y si soy nuevo? —pregunta el alumno.
—No lo eres, tú ya has vivido antes, yo entiendo de esto —responde la Muerte escocesa.
El chaval deposita la ouija en su pupitre y comienza el acto de invocación de los difuntos. Abracadabra, musita. Hocus pocus, susurra. Beckenbauer, murmura. Pronto el vaso con vodka se desliza por el tablero formando palabras.
—¿Quién perturba mi descanso? —dice el muerto.
—Ground control to Major Tom —canturrea el alumno, pero se detiene al advertir la mirada amenazante de Sean Connery—. Hola, soy tú en otra reencarnación.
—Eso no es posible, no soy hindú.
—Créetelo, te llamo desde la escuela de espiritismo.
—¿Pero cómo va a ser posible hablar con las distintas encarnaciones de uno mismo? Eso es brujería. O peor: narcisismo.
—No tengas miedo, vengo en son de paz —dice el alumno, que ha comprendido que una mente primitiva no está preparada para entender que la comunicación entre la vida y la muerte es posible a través de un vaso y un tablero.
Pero ya es tarde, el muerto ha colgado. El vaso permanece inerte sobre el tablero, ya no lo mueven dedos fantasmales. El alumno comprende de súbito que ha suspendido. Sean Connery se acerca a él y cada paso retumba en la habitación, creando ondas en la superficie del vodka.
—¿Y estaba bien pagado? —pregunta el listillo de la clase.
—Cuidado, en esa curva me maté —dice de pronto la chica de la curva.
Los chavales reaccionan como un sólo individuo y dan un volantazo a sus pupitres, evitando de ese modo caer por el barranco que hay junto a la pizarra.
Luego entra en el aula el director de la escuela, que es la Muerte disfrazada de Sean Connery, y con marcado acento escocés pide una ouija con vodka al barman de la clase. El barman se parece a Maurice Chevalier, pero es Houdini después de una cura de mesmerismo. Tras escapar del saco en el que estaba encadenado, le sirve al falso Connery, que alza su ouija y reta a un alumno a contactar con el espíritu de una de sus vidas anteriores.
—¿Pero y si soy nuevo? —pregunta el alumno.
—No lo eres, tú ya has vivido antes, yo entiendo de esto —responde la Muerte escocesa.
El chaval deposita la ouija en su pupitre y comienza el acto de invocación de los difuntos. Abracadabra, musita. Hocus pocus, susurra. Beckenbauer, murmura. Pronto el vaso con vodka se desliza por el tablero formando palabras.
—¿Quién perturba mi descanso? —dice el muerto.
—Ground control to Major Tom —canturrea el alumno, pero se detiene al advertir la mirada amenazante de Sean Connery—. Hola, soy tú en otra reencarnación.
—Eso no es posible, no soy hindú.
—Créetelo, te llamo desde la escuela de espiritismo.
—¿Pero cómo va a ser posible hablar con las distintas encarnaciones de uno mismo? Eso es brujería. O peor: narcisismo.
—No tengas miedo, vengo en son de paz —dice el alumno, que ha comprendido que una mente primitiva no está preparada para entender que la comunicación entre la vida y la muerte es posible a través de un vaso y un tablero.
Pero ya es tarde, el muerto ha colgado. El vaso permanece inerte sobre el tablero, ya no lo mueven dedos fantasmales. El alumno comprende de súbito que ha suspendido. Sean Connery se acerca a él y cada paso retumba en la habitación, creando ondas en la superficie del vodka.
martes, 14 de julio de 2009
Quién necesita vivir cuando puedes soñar
Respirar es una actividad agotadora, no hay descanso: inspirar y espirar, una y otra vez, una y otra vez, siempre a buen ritmo, siempre. Bah. He vuelto a los viejos caminos olvidados donde perdí la vida en cuestiones sin importancia. O algo así, qué más da. Por la ventana veo la horca. Mañana me colgarán. O quizá no sea mañana, llevo fatal la cuenta del tiempo.
lunes, 13 de julio de 2009
domingo, 12 de julio de 2009
Extraños en un tren
Voy en tren leyendo tranquilamente cuando sube una chica guapísima que se sienta frente a mí. Bueno, no exactamente frente a mí, yo estoy sentado junto a la puerta y estoy a unos cuantos metros de la chica, pero desde aquí se la puede ver muy bien. Qué guapa es, así da gusto viajar en tren, aunque no haya quien lea. Va hablando con el novio o sucedáneo, al que sólo veo la espalda desde aquí y ya me parece demasiado. Lo que estoy leyendo es interesante, pero la chica está bastante mejor. Como ya he determinado que es guapa, empiezo a mirarle las piernas aprovechando que lleva una falda muy corta. Bonitas piernas. Hace un rato que simulo estar leyendo, soy un voyeur ilustrado. Si fuera fea, Míchel, no estudiarías sus piernas con tanta atención. Es verdad, lo admito, pero un rostro bonito es una invitación a explorar el resto: «vale, ya sabemos que eres preciosa, veamos ahora lo demás». Sé que es un argumento muy endeble, pero ahora mismo es el mejor que tengo. Además, ¿es que no has visto a la chica?
La chica separa un poco las piernas. Bragas verdes. ¿Se te ocurre algo mejor que la ropa interior femenina, Míchel? Alguna cosa se me ocurre, tengo mucha imaginación. Ya, lo que pasa es que eres un pervertido y estás pensando en guarradas. Oye, ¿pero con quién te crees que estás hablando? Conmigo mismo, supongo. Vale, vale, touché.
El tren gira a la izquierda y un rayo de sol ilumina brevemente la entrepierna de la chica. Quizá sean azules.
La chica separa un poco las piernas. Bragas verdes. ¿Se te ocurre algo mejor que la ropa interior femenina, Míchel? Alguna cosa se me ocurre, tengo mucha imaginación. Ya, lo que pasa es que eres un pervertido y estás pensando en guarradas. Oye, ¿pero con quién te crees que estás hablando? Conmigo mismo, supongo. Vale, vale, touché.
El tren gira a la izquierda y un rayo de sol ilumina brevemente la entrepierna de la chica. Quizá sean azules.
sábado, 11 de julio de 2009
La pereza metafísica
—Marta, no me voy a levantar de la cama hoy.
—¿Y eso?
—Estoy muerto.
—No exageres tanto, has tenido toda la noche para descansar.
—No me entiendes, digo que estoy muerto en sentido literal.
—Pues yo te veo hablando y respirando.
—Eso es un engaño de los sentidos, ¿no has leído a Descartes?
—No digas tonterías; lo que pasa es que no quieres ir a trabajar, pero a mí no me la das con queso.
—Los muertos no mienten, cariño.
—Voy a llamar al médico, no te vas a librar tan fácilmente.
Marta llama al médico de la familia, que acude inmediatamente acompañado de una enfermera.
—¿Qué es eso de que Miguel ha muerto? —pregunta el doctor.
—Eso dice él —contesta Marta.
El médico ausculta a Miguel y le hace decir treinta y tres.
—¿Ve, doctor? —interviene Marta—. ¿Un muerto diría treinta y tres?
—Eso lo decidiré yo, que soy el médico. Apunta, Virtudes: el difunto goza de buena salud.
Luego conecta unos electrodos en los pezones de Miguel y aplica pequeñas descargas a intervalos regulares.
—Sólo para ver cómo responde —explica.
—¿Y bien, doctor? —pregunta Marta cuando finaliza el examen.
—Pues yo diría que está vivo, pero quizá un genio maligno está falseando los resultados de las pruebas. ¿No ha leído usted a Descartes?
—Me están enfadando con tanto cartesianismo.
—Es natural sentir enfado ante la pérdida de un ser querido —contesta el doctor.
—¿Me está diciendo entonces que mi marido está muerto?
—Mi obligación como médico es respetar los deseos del paciente. Si él dice que está muerto, ¿quién soy yo para defender lo contrario?
—¿Entonces no hay nada que hacer?
—Bueno, hay un par de opciones.
—¿Cuáles? —pregunta esperanzada Marta.
—Enterrarlo o incinerarlo.
—¡Pero eso es una salvajada!
—No, es el procedimiento normal. ¿Qué pretende hacer con un muerto? ¿Meterlo en el congelador? No es legal.
—Miguel, que te van a enterrar, ¿es que no vas a decir nada?
—Yo prefiero que me incineren —contesta él.
—¿Pero qué dices?
—Piénsalo: es mucho más práctico e higiénico. Incinerado me puedes guardar en cualquier sitio. Me puedes poner sobre el televisor, por ejemplo, presidiendo la habitación. No puedes hacer lo mismo con un ataúd, no está permitido y además el olor sería insoportable y espantaría a las visitas. Aparte de esto, si me incineran puedes destapar la urna de vez en cuando para que me dé el sol, cosa que no puedes hacer si me entierran en un cementerio. Bueno, sí puedes, pero acabas en comisaría si lo haces. Y la verdad es que prefiero dejar con hambre a los gusanos. Como ves, no hay más que ventajas.
—¿Y eso?
—Estoy muerto.
—No exageres tanto, has tenido toda la noche para descansar.
—No me entiendes, digo que estoy muerto en sentido literal.
—Pues yo te veo hablando y respirando.
—Eso es un engaño de los sentidos, ¿no has leído a Descartes?
—No digas tonterías; lo que pasa es que no quieres ir a trabajar, pero a mí no me la das con queso.
—Los muertos no mienten, cariño.
—Voy a llamar al médico, no te vas a librar tan fácilmente.
Marta llama al médico de la familia, que acude inmediatamente acompañado de una enfermera.
—¿Qué es eso de que Miguel ha muerto? —pregunta el doctor.
—Eso dice él —contesta Marta.
El médico ausculta a Miguel y le hace decir treinta y tres.
—¿Ve, doctor? —interviene Marta—. ¿Un muerto diría treinta y tres?
—Eso lo decidiré yo, que soy el médico. Apunta, Virtudes: el difunto goza de buena salud.
Luego conecta unos electrodos en los pezones de Miguel y aplica pequeñas descargas a intervalos regulares.
—Sólo para ver cómo responde —explica.
—¿Y bien, doctor? —pregunta Marta cuando finaliza el examen.
—Pues yo diría que está vivo, pero quizá un genio maligno está falseando los resultados de las pruebas. ¿No ha leído usted a Descartes?
—Me están enfadando con tanto cartesianismo.
—Es natural sentir enfado ante la pérdida de un ser querido —contesta el doctor.
—¿Me está diciendo entonces que mi marido está muerto?
—Mi obligación como médico es respetar los deseos del paciente. Si él dice que está muerto, ¿quién soy yo para defender lo contrario?
—¿Entonces no hay nada que hacer?
—Bueno, hay un par de opciones.
—¿Cuáles? —pregunta esperanzada Marta.
—Enterrarlo o incinerarlo.
—¡Pero eso es una salvajada!
—No, es el procedimiento normal. ¿Qué pretende hacer con un muerto? ¿Meterlo en el congelador? No es legal.
—Miguel, que te van a enterrar, ¿es que no vas a decir nada?
—Yo prefiero que me incineren —contesta él.
—¿Pero qué dices?
—Piénsalo: es mucho más práctico e higiénico. Incinerado me puedes guardar en cualquier sitio. Me puedes poner sobre el televisor, por ejemplo, presidiendo la habitación. No puedes hacer lo mismo con un ataúd, no está permitido y además el olor sería insoportable y espantaría a las visitas. Aparte de esto, si me incineran puedes destapar la urna de vez en cuando para que me dé el sol, cosa que no puedes hacer si me entierran en un cementerio. Bueno, sí puedes, pero acabas en comisaría si lo haces. Y la verdad es que prefiero dejar con hambre a los gusanos. Como ves, no hay más que ventajas.
viernes, 10 de julio de 2009
La pereza
Que se levanten otros de la cama, yo me quedo aquí, dijo una mañana Adolfo a Mercedes, su mujer. Ésta se llevó las manos a la cabeza, pues había sido actriz de tragedias griegas en su juventud, y replicó que eso no podía ser, que ni era constructivo ni era nada, que el movimiento se demuestra andando y que a quien madruga, Dios le ayuda. Dios hace cola para chupármela, respondió Adolfo. No, Adolfo, eso no, una cosa es la vagancia y otra, la blasfemia, dijo ella. Él se encogió de hombros y siguió acostado en la cama con la mirada fija en el techo, como si estuvieran emitiendo ahí un programa interesante
Mercedes llamó de inmediato a un médico, que se presentó en la casa con una enfermera sueca que además era modelo de lencería. El doctor auscultó a Adolfo y le hizo decir treinta y tres, después de lo cual admitió que ninguna de las dos cosas servía para un diagnóstico fiable. Podría ser estrés, dictaminó, estrés o la peste negra, a saber.
Insatisfecha con la opinión médica, Mercedes llamó a su vecina, que era curandera y espiritista y convocaba a los muertos en asambleas que se alargaban durante horas. La vecina espolvoreó alrededor de la cama ajo molido para expulsar a los vampiros que habitaran los poros de Adolfo y entonó una letanía en búlgaro, que es un idioma que impresiona mucho a los malos espíritus. Pero Adolfo siguió sin levantarse de la cama, aunque observaba todo lo que pasaba con creciente atención; sobre todo a la enfermera sueca, que, sentada en un rincón, hacía gestos obscenos con una naturalidad encantadora.
Mercedes, ebria de impotencia, se mesó los cabellos, puso los ojos en blanco, se rasgó las vestiduras. La vecina pensó que se trataba de un caso de posesión diabólica, por lo que procedió a arrojarle a la cara excrementos de yak tibetano, algo que les da mucho asco a los demonios y, al parecer, también a Mercedes, que, viéndose cubierta de mierda, vomitó violentamente en el suelo. El doctor aprovechó la confusión reinante para conectar unos electrodos en los pezones de la enfermera sueca y empezó a aplicar pequeñas descargas a intervalos regulares.
Adolfo pensó que no levantarse de la cama había sido una gran idea, pues no recordaba ninguna otra mañana tan animada.
Mercedes llamó de inmediato a un médico, que se presentó en la casa con una enfermera sueca que además era modelo de lencería. El doctor auscultó a Adolfo y le hizo decir treinta y tres, después de lo cual admitió que ninguna de las dos cosas servía para un diagnóstico fiable. Podría ser estrés, dictaminó, estrés o la peste negra, a saber.
Insatisfecha con la opinión médica, Mercedes llamó a su vecina, que era curandera y espiritista y convocaba a los muertos en asambleas que se alargaban durante horas. La vecina espolvoreó alrededor de la cama ajo molido para expulsar a los vampiros que habitaran los poros de Adolfo y entonó una letanía en búlgaro, que es un idioma que impresiona mucho a los malos espíritus. Pero Adolfo siguió sin levantarse de la cama, aunque observaba todo lo que pasaba con creciente atención; sobre todo a la enfermera sueca, que, sentada en un rincón, hacía gestos obscenos con una naturalidad encantadora.
Mercedes, ebria de impotencia, se mesó los cabellos, puso los ojos en blanco, se rasgó las vestiduras. La vecina pensó que se trataba de un caso de posesión diabólica, por lo que procedió a arrojarle a la cara excrementos de yak tibetano, algo que les da mucho asco a los demonios y, al parecer, también a Mercedes, que, viéndose cubierta de mierda, vomitó violentamente en el suelo. El doctor aprovechó la confusión reinante para conectar unos electrodos en los pezones de la enfermera sueca y empezó a aplicar pequeñas descargas a intervalos regulares.
Adolfo pensó que no levantarse de la cama había sido una gran idea, pues no recordaba ninguna otra mañana tan animada.
jueves, 9 de julio de 2009
Amores turbios
Llamaron a la puerta. Era ella. Me dijo: he dejado a Juan. Yo disimulé la sorpresa que me causaba su visita y la invité a pasar. Se sentó en el sofá y me dijo lo que todos sabíamos: que Juan era idiota.
—Ya, bueno, pero era idiota desde el primer día —dije yo.
—Sí, aprovecha ahora para regodearte —contestó ella.
—Oye, lo que tenemos en común tú y yo es que nos enamoramos de idiotas.
—Bonita manera de llamarme idiota.
—Pero si sabes que te lo digo de broma. Que yo beso donde pisas y todo eso. Si te quiero a pesar de las ladillas de campeonato que me pegaste aquella vez.
—Aquello fue un accidente.
—Lo sé, nunca te he acusado de premeditación.
—Además, no negarás que valió la pena. Te encantó.
—¿Tener ladillas?
—Follarme, imbécil.
—La verdad es que no me importaría repetir. ¿Tú qué opinas?
—No he venido para eso.
—Ya. Y de todas las personas que conoces en esta ciudad me has elegido a mí para hablar de tu ex. No cuela. A mí me parece que has venido para echar un polvo y, si eso, hablar después.
—Vale, sí. Pero quería que fuera más disimuladamente.
—Sí, que acabáramos en la cama sin saber cómo, pero me parece que estoy demasiado sobrio para eso. Además, nosotros no tenemos necesidad de andarnos por las ramas, ya nos conocemos lo suficiente.
—Bueno, ¿pero podemos hacer como que ha sido un accidente?
—Claro. Tú quítate la ropa, ya buscaremos excusas luego.
—Ya, bueno, pero era idiota desde el primer día —dije yo.
—Sí, aprovecha ahora para regodearte —contestó ella.
—Oye, lo que tenemos en común tú y yo es que nos enamoramos de idiotas.
—Bonita manera de llamarme idiota.
—Pero si sabes que te lo digo de broma. Que yo beso donde pisas y todo eso. Si te quiero a pesar de las ladillas de campeonato que me pegaste aquella vez.
—Aquello fue un accidente.
—Lo sé, nunca te he acusado de premeditación.
—Además, no negarás que valió la pena. Te encantó.
—¿Tener ladillas?
—Follarme, imbécil.
—La verdad es que no me importaría repetir. ¿Tú qué opinas?
—No he venido para eso.
—Ya. Y de todas las personas que conoces en esta ciudad me has elegido a mí para hablar de tu ex. No cuela. A mí me parece que has venido para echar un polvo y, si eso, hablar después.
—Vale, sí. Pero quería que fuera más disimuladamente.
—Sí, que acabáramos en la cama sin saber cómo, pero me parece que estoy demasiado sobrio para eso. Además, nosotros no tenemos necesidad de andarnos por las ramas, ya nos conocemos lo suficiente.
—Bueno, ¿pero podemos hacer como que ha sido un accidente?
—Claro. Tú quítate la ropa, ya buscaremos excusas luego.
miércoles, 8 de julio de 2009
«Between grief and nothing»
Entre el dolor y la nada, yo me quedo con la nada. Salvo que el dolor fueras tú.
martes, 7 de julio de 2009
Irreverencias
—Sí, el papel de chica sumisa se le da muy bien, es uno de sus mayores encantos. Tú no sabes lo bien que sienta que te digan en la cama: haz conmigo lo que quieras. Que te den libertad absoluta. Piensas entonces: de esto hablaba Martin Luther King.
lunes, 6 de julio de 2009
Egolatrías varias
Querida, ya sé que ahora soy un oscuro poeta (y con esto no me refiero a que sea algo agitanado, aunque también), pero piensa que yo te ofrezco la inmortalidad. Podrías ser el objeto central de varias tesis sobre mí en vez de desaparecer junto a otro. Dirían de ti que fuiste la musa que inspiró la obra más importante del siglo XXI; las generaciones futuras ensalzarían tu nombre por los siglos de los siglos; la posteridad, en definitiva, te estaría agradecida eternamente. Y todo esto únicamente por acostarte conmigo esta noche.
domingo, 5 de julio de 2009
Línea caliente
—Información. Dígame.
—Hola, guapa. ¿Qué llevas puesto?
—Oiga, que esto es Información.
—Pues eso, infórmame.
—Que se ha equivocado, esto no es una línea erótica.
—Déjate de juegos y vamos al grano, que la llamada me está costando dinero. Acaríciate los pezones.
—Caballero, le repito que esto es Información, no el teléfono erótico. Y además es un servicio gratuito.
—Ah, ¿es gratis? Mucho mejor. Dime, ¿lo tienes depilado?
—¿Pero es que está usted sordo? ¡Que yo no me dedico a eso!
—No te imaginas lo dura que la tengo ahora, cariño. ¿No te gustaría chupármela? Arriba y abajo, all along the watchtower.
—Es usted un guarro, voy a llamar a la policía.
—Mujer, tampoco hay que ponerse así. ¿Qué ha sido de eso de que el cliente siempre tiene la razón?
—Hola, guapa. ¿Qué llevas puesto?
—Oiga, que esto es Información.
—Pues eso, infórmame.
—Que se ha equivocado, esto no es una línea erótica.
—Déjate de juegos y vamos al grano, que la llamada me está costando dinero. Acaríciate los pezones.
—Caballero, le repito que esto es Información, no el teléfono erótico. Y además es un servicio gratuito.
—Ah, ¿es gratis? Mucho mejor. Dime, ¿lo tienes depilado?
—¿Pero es que está usted sordo? ¡Que yo no me dedico a eso!
—No te imaginas lo dura que la tengo ahora, cariño. ¿No te gustaría chupármela? Arriba y abajo, all along the watchtower.
—Es usted un guarro, voy a llamar a la policía.
—Mujer, tampoco hay que ponerse así. ¿Qué ha sido de eso de que el cliente siempre tiene la razón?
sábado, 4 de julio de 2009
El amor era esto
El señor Finisterre acude a la consulta de Madame Retourner, la famosa médium, para contactar con su difunta novia. «La echo de menos, era el amor de mi vida, necesito volver a hablar con ella», le explica. La médium sonríe y, tras cobrar por adelantado, entra en trance en un periquete.
—Bernardo, soy Sofía —anuncia la muerta por la boca de Madame Retourner.
—Hola, cariño —dice el señor Finisterre—. ¿Qué llevas puesto?
—Un sudario y unas cadenas.
—Qué sexy.
—Bernardo, soy Sofía —anuncia la muerta por la boca de Madame Retourner.
—Hola, cariño —dice el señor Finisterre—. ¿Qué llevas puesto?
—Un sudario y unas cadenas.
—Qué sexy.
viernes, 3 de julio de 2009
Negociando
—Oye, no me has enseñado todavía la carta con la que ganaste el segundo premio ese.
—Es que no he dejado que la lea casi nadie, guapa. Al escribirla pensé que sería mejor contar la verdad en vez de escribir ficción, para que tuviera más fuerza y el jurado la encontrase auténtica. Pero desnudarme emocionalmente de esa manera en realidad no me gusta nada, no me resulta cómodo que todo eso lo lea gente que me conoce. No quiero que sepan lo que me duele. No quiero que sepan que en el fondo soy un romántico.
—Si me dejas leerla, te enseño el culo.
—Vale, trato hecho.
—Es que no he dejado que la lea casi nadie, guapa. Al escribirla pensé que sería mejor contar la verdad en vez de escribir ficción, para que tuviera más fuerza y el jurado la encontrase auténtica. Pero desnudarme emocionalmente de esa manera en realidad no me gusta nada, no me resulta cómodo que todo eso lo lea gente que me conoce. No quiero que sepan lo que me duele. No quiero que sepan que en el fondo soy un romántico.
—Si me dejas leerla, te enseño el culo.
—Vale, trato hecho.
jueves, 2 de julio de 2009
Los muertos
Todos los pasajeros del tren estaban muertos, lo comprendí de pronto. Tan aterradora revelación me abría unos cuantos interrogantes. ¿Significaba eso que yo también estaba muerto? Quizá sí o quizá era la víctima de un error inexcusable. ¿Iba el tren al Infierno? Parecía lógico pensar que los muertos que van al Cielo lo hacen en avión, así que nuestro destino sólo podía ser el Averno. Eso explicaría el aspecto patibulario de muchos de los muertos que me acompañaban en el vagón.
Dispuesto a encontrar respuestas a éstas y otras preguntas, me levanté del asiento en busca del revisor. Lo encontré picándole el billete a un señor de rostro cadavérico.
—Disculpe, creo que ha habido un error.
—Su billete, por favor.
—De eso precisamente quería hablarle. Yo me dirigía a Murcia.
—Eso sería antes de morir, no me interesa. Su billete, por favor.
—Tengo billete para Murcia, si le vale.
—¿Me está diciendo que no tiene billete para este tren?
—Eso mismo le estoy diciendo, por lo visto.
Su cara se convirtió entonces en una máscara de odio y repugnancia satánica que hizo que el terror se apoderara de mí. Tembloroso, le dije algo así como que era una vergüenza la actitud de la juventud actual. Entonces vi que había sacado un largo puñal del bolsillo trasero del pantalón.
—Si no tiene billete, habrá que solucionarlo.
Le golpeé en la cabeza con la carpeta donde llevaba los planos de ampliación de la Biblioteca de Murcia y salí corriendo hacia otro vagón mientras el resto de pasajeros contemplaba con pasmo la escena.
Ya en otro vagón, busqué refugio en un compartimento. Si esto fuera una película de los cincuenta, podría contar que me encontré en él a una guapa mujer que me ayudó a escapar y que en el transcurso de la aventura nos enamoramos. Pero resultó que el compartimento estaba vacío, lo cual era considerablemente más real (aunque lo que estaba pasando no lo parecía). Cerré con pestillo la puerta y me senté, intentando tranquilizarme. ¿Qué hacer?, que diría Lenin. Ahí estaba yo, en un tren lleno de difuntos con destino al infierno y con un revisor dispuesto a que se acabara mi larga relación con la vida.
Dispuesto a encontrar respuestas a éstas y otras preguntas, me levanté del asiento en busca del revisor. Lo encontré picándole el billete a un señor de rostro cadavérico.
—Disculpe, creo que ha habido un error.
—Su billete, por favor.
—De eso precisamente quería hablarle. Yo me dirigía a Murcia.
—Eso sería antes de morir, no me interesa. Su billete, por favor.
—Tengo billete para Murcia, si le vale.
—¿Me está diciendo que no tiene billete para este tren?
—Eso mismo le estoy diciendo, por lo visto.
Su cara se convirtió entonces en una máscara de odio y repugnancia satánica que hizo que el terror se apoderara de mí. Tembloroso, le dije algo así como que era una vergüenza la actitud de la juventud actual. Entonces vi que había sacado un largo puñal del bolsillo trasero del pantalón.
—Si no tiene billete, habrá que solucionarlo.
Le golpeé en la cabeza con la carpeta donde llevaba los planos de ampliación de la Biblioteca de Murcia y salí corriendo hacia otro vagón mientras el resto de pasajeros contemplaba con pasmo la escena.
Ya en otro vagón, busqué refugio en un compartimento. Si esto fuera una película de los cincuenta, podría contar que me encontré en él a una guapa mujer que me ayudó a escapar y que en el transcurso de la aventura nos enamoramos. Pero resultó que el compartimento estaba vacío, lo cual era considerablemente más real (aunque lo que estaba pasando no lo parecía). Cerré con pestillo la puerta y me senté, intentando tranquilizarme. ¿Qué hacer?, que diría Lenin. Ahí estaba yo, en un tren lleno de difuntos con destino al infierno y con un revisor dispuesto a que se acabara mi larga relación con la vida.
miércoles, 1 de julio de 2009
La noche del dictador
Un hombre llamado Pedro despierta en mitad de la noche por los gritos de un vecino que aporrea su puerta. Se levanta de la cama, dice a su mujer que intente volver a dormir, se pone la bata, se acerca a la puerta y abre. El vecino, notablemente nervioso, le dice que se dé prisa en escapar, que no tardarán en llegar por él. Pedro le pide que se calme y que le explique de qué está hablando, que no entiende quiénes y por qué van a venir por él. Su vecino le explica como puede que vienen a derrocarle, que es el fin de la dictadura. ¿Qué dictadura?, pregunta Pedro, sin entender nada. La suya, claro está, responde el vecino, aunque Pedro sigue sin entender de qué le está hablando, puesto que él no es un cruel dictador, sino un oficinista que vive con su mujer, profesora de primaria, en un modesto piso. De pronto se escucha por la ventana el ruido de una multitud que se aproxima por la calle. Son ellos, dice el vecino, huya, corra, deprisa. Pedro se asoma a la ventana y observa que los manifestantes vienen armados y gritan cosas como «abajo el tirano, abajo Pedro». Éste mira hacia la puerta de su dormitorio, que está cerrada, y luego a su vecino antes de de decir: «pero mi mujer...». No hay tiempo para eso, ella estará bien, contesta el vecino. Pedro coge de una silla los pantalones y la camisa que había llevado ese día y, con los zapatos en la otra mano, corre escaleras abajo.
martes, 30 de junio de 2009
Historia mínima
Me voy a trabajar, cariño, dijo ella, ¿quieres algo de la tienda? Yo, como el subnormal en el que sin duda me había convertido, le dije que no, gracias, y que la quería, aunque sabía que iba a reunirse con su amante mientras yo escribía un artículo sobre la decadencia del amor en Occidente.
lunes, 29 de junio de 2009
La imposibilidad
—¿Cuándo vas a escribir esa novela? —me pregunta.
Cómo decirle que me paso el día entero pensando en acostarme con ella.
Cómo decirle que me paso el día entero pensando en acostarme con ella.
domingo, 28 de junio de 2009
Tanatología
—Oye, cariño, acabo de cruzarme con la Muerte en el pasillo.
—Ya empiezas con tus tonterías.
—Te lo digo en serio.
—¿Y qué hacía la Muerte?
—Miraba la pared, como si estuviera castigada. Tenía una cara muy seria.
—Es que la muerte no es cosa de risa.
—No me crees, muy bonito. ¿Quieres que te traiga la Muerte a la cocina? A ver si así te convences.
—Vale, pero ningún Jinete del Apocalipsis más, que es muy temprano.
Sale el hombre. Al rato vuelve acompañado de la Muerte. La mujer palidece.
—¿Qué? ¿Te lo crees ahora? ¿Estaba o no la Muerte en el pasillo?
—¿Pero qué hace aquí? ¿Es que vamos a morir?
—Me he perdido —dice la Muerte.
—¿Cómo que se ha perdido? —pregunta la mujer.
—Tenía una cita hoy. Un aneurisma. Pero he olvidado dónde era.
—Ahora que lo dice, a mí me duele un poco la cabeza —interviene el hombre.
—Lo dice usted sólo para reconfortarme. Pero gracias.
—Hay que ayudarse entre vecinos —responde el hombre.
La mujer le da una aspirina a su marido. La Muerte sigue lamentándose mientras tamborilea con los huesudos dedos en el mantel.
—Es la primera vez que me pasa esto. Yo, que siempre he sido implacable.
—Bueno, bueno, no se martirice usted tanto —dice el hombre—. Además, no será tan grave; es sólo una muerte menos.
—Crea un peligroso precedente. Ahora mismo hay alguien por ahí viviendo un tiempo que no le corresponde, ¿no lo entiende?
—Seguro que nadie se da cuenta —dice la mujer.
—Pero me doy cuenta yo. Es una mancha en mi expediente. Millones y millones de muertes sin fallo... y ahora este error imperdonable. ¿Qué Muerte es una que no mata?
—¿Y no podría sustituir a la víctima por otra? —dice el hombre—. Creo que a mi jefe le vendría muy bien un aneurisma.
—Sería una solución, pero no se tapa un error con otro. Yo no hago las cosas así, al menos.
—Sólo era una sugerencia.
—Creo que lo mejor es que me vaya a casa a reflexionar. Quizá tenga apuntado en algún sitio dónde tenía que ir hoy y a quién tenía que matar.
—Es una excelente idea —dice la mujer—. En casa, con tranquilidad, verá las cosas de otro modo. Puede que sólo se haya retrasado esa muerte unas horas.
—Tiene usted razón. Me marcho, gracias por todo.
—Vuelva usted pronto —dice el hombre.
La mujer palidece aún más.
—Ya empiezas con tus tonterías.
—Te lo digo en serio.
—¿Y qué hacía la Muerte?
—Miraba la pared, como si estuviera castigada. Tenía una cara muy seria.
—Es que la muerte no es cosa de risa.
—No me crees, muy bonito. ¿Quieres que te traiga la Muerte a la cocina? A ver si así te convences.
—Vale, pero ningún Jinete del Apocalipsis más, que es muy temprano.
Sale el hombre. Al rato vuelve acompañado de la Muerte. La mujer palidece.
—¿Qué? ¿Te lo crees ahora? ¿Estaba o no la Muerte en el pasillo?
—¿Pero qué hace aquí? ¿Es que vamos a morir?
—Me he perdido —dice la Muerte.
—¿Cómo que se ha perdido? —pregunta la mujer.
—Tenía una cita hoy. Un aneurisma. Pero he olvidado dónde era.
—Ahora que lo dice, a mí me duele un poco la cabeza —interviene el hombre.
—Lo dice usted sólo para reconfortarme. Pero gracias.
—Hay que ayudarse entre vecinos —responde el hombre.
La mujer le da una aspirina a su marido. La Muerte sigue lamentándose mientras tamborilea con los huesudos dedos en el mantel.
—Es la primera vez que me pasa esto. Yo, que siempre he sido implacable.
—Bueno, bueno, no se martirice usted tanto —dice el hombre—. Además, no será tan grave; es sólo una muerte menos.
—Crea un peligroso precedente. Ahora mismo hay alguien por ahí viviendo un tiempo que no le corresponde, ¿no lo entiende?
—Seguro que nadie se da cuenta —dice la mujer.
—Pero me doy cuenta yo. Es una mancha en mi expediente. Millones y millones de muertes sin fallo... y ahora este error imperdonable. ¿Qué Muerte es una que no mata?
—¿Y no podría sustituir a la víctima por otra? —dice el hombre—. Creo que a mi jefe le vendría muy bien un aneurisma.
—Sería una solución, pero no se tapa un error con otro. Yo no hago las cosas así, al menos.
—Sólo era una sugerencia.
—Creo que lo mejor es que me vaya a casa a reflexionar. Quizá tenga apuntado en algún sitio dónde tenía que ir hoy y a quién tenía que matar.
—Es una excelente idea —dice la mujer—. En casa, con tranquilidad, verá las cosas de otro modo. Puede que sólo se haya retrasado esa muerte unas horas.
—Tiene usted razón. Me marcho, gracias por todo.
—Vuelva usted pronto —dice el hombre.
La mujer palidece aún más.
sábado, 27 de junio de 2009
La vanidad masculina
—Joder, qué gorda se te ha puesto; si me follas el culo ahora, me vas a destrozar —dice ella.
Él no sabe qué se le hincha más, si el ego o la polla.
viernes, 26 de junio de 2009
El amargor
Un hombre anónimo observa a una mujer también anónima. Están en una calle cualquiera de la ciudad. La mujer anda a buen ritmo, el hombre la observa desde su ventana, en un tercer piso. Cómo se llamará, se pregunta él. Seguro que tiene nombre, añade, y enseguida se da cuenta de lo estúpido que es el comentario. Qué tortura mirarla y no tenerla, se dice después, aunque sabe que está exagerando. Pero sólo un poco.
La mujer levanta la vista y se pregunta si ese hombre tan triste estará pensando en saltar por la ventana.
La mujer levanta la vista y se pregunta si ese hombre tan triste estará pensando en saltar por la ventana.
jueves, 25 de junio de 2009
Les amants réguliers (5)
—Me he pintado las uñas de naranja.
—Como el día del cementerio, cuando quedamos por primera vez.
—Es cierto. Pero no llevo mi atuendo de Jules et Jim.
—De eso hace ya once años y todavía estamos así. Anda que si lo llegas a saber entonces... no te habrías presentado.
Ella se ríe.
—Como el día del cementerio, cuando quedamos por primera vez.
—Es cierto. Pero no llevo mi atuendo de Jules et Jim.
—De eso hace ya once años y todavía estamos así. Anda que si lo llegas a saber entonces... no te habrías presentado.
Ella se ríe.
miércoles, 24 de junio de 2009
Treinta años no es nada
Para enfado de los organizadores, el XXX Certamen de Literatura Joven de Pinares de Entretiempo sólo recibió relatos pornográficos.
martes, 23 de junio de 2009
La larga noche
Boris Stravinski tenía sueño, pero no podía dormir. O quería dormir, pero no tenía sueño. No lo tenía nada claro. Se acostó literalmente. Esto es, en una litera. Luego probó lateralmente, que era más cómodo. Dos horas después decidió que en esa postura no iba a conseguir dormirse. Se levantó, se rascó la nuca, echó a andar. No llegó muy lejos, pues la habitación era pequeña. Se detuvo frente a una estantería llena de libros. Quizá leyendo le entrara sueño, pensó. Cogió un volumen de las memorias de Fray Gregorio de Leopoldo de María, misionero en Cincinnati. Un rato después dejó de leer; se estaba divirtiendo y el objetivo era lo contrario. Se sintió un tanto ridículo con tanto insomnio. Claro, se suponía que dormir era coser y cantar, pero es que ambas cosas se le daban fatal: nunca había conseguido la coordinación necesaria para hacer las dos cosas a la vez sin pincharse o desafinar.
Encendió la tele. En las noticias hablaban de un tiroteo en una juguetería entre dos bandas de niños. Había siete heridos y un secuestrado. Luego informaron de un asesinato. Al parecer, un hombre había matado a su familia por mandato divino. Afirmaba que se lo habían dicho las palomitas mientras se hacían en el microondas, en código morse. A Boris Stravinski le entró hambre, pero no sueño.
Encendió la tele. En las noticias hablaban de un tiroteo en una juguetería entre dos bandas de niños. Había siete heridos y un secuestrado. Luego informaron de un asesinato. Al parecer, un hombre había matado a su familia por mandato divino. Afirmaba que se lo habían dicho las palomitas mientras se hacían en el microondas, en código morse. A Boris Stravinski le entró hambre, pero no sueño.
lunes, 22 de junio de 2009
La muerte
Señorita, soy sepulturero desde hace veinte años y no sabe usted lo trágica que es la muerte, lo trágica y burocrática, que recibo paquetes a diario, cajas llenas de muertos que tengo que enterrar. Es una vida tan extraña. O una muerte. Escondo a los difuntos bajo tierra, como si fueran un tesoro pirata, pero el caso es que ya nadie los quiere. No viene nadie a desenterrarlos. Bueno, sí, a veces: satánicos y gente de peor ralea. Aprendices de doctor Frankenstein. Pero son casos aislados, normalmente no viene nadie. Como le decía, los dejo bajo tierra o los almaceno en nichos, como si los estuviera archivando. Soy un oficinista de la muerte, pienso a veces. Todos los muertos tienen su correspondiente identificación, la fecha de nacimiento y la de defunción, somos muy meticulosos. Creo que la muerte es más ordenada que la vida, pero igual de vacía: sólo nombres y fechas que en realidad no significan gran cosa.
domingo, 21 de junio de 2009
Les amants réguliers (4)
—Toma, te he traído el libro de las cartas de amor.
—Ah, gracias. ¿Me lo dejas o es para mí?
—Es para ti, en casa tengo más.
Lo mira, pasa las páginas, lo cierra de pronto al llegar a mi carta.
—No sé si quiero tenerlo —dice sin mirarme.
—¿Por qué no?
—Porque me hace daño.
—Qué mona eres. ¿Por qué no puedes ser siempre así?
—Me da pena —dice ignorando mi comentario.
—Un momento, ¿qué te da pena exactamente? Espero que no sea yo, cabrona.
—No, me da pena lo que han cambiado las cosas.
—Oye, yo quería pasarme la vida entera escribiéndote a ti. Contigo no perseguiría a chicas jóvenes. Bueno, quizá sí lo haría, pero siempre volvería amantísimo a tus brazos.
—Eres un cier... un cielo. Vaya, casi me trabuco y digo «cierdo» en vez de «cielo».
—Eso es porque dudabas entre «cerdo» y «cielo», no lo tenías claro del todo.
Ella se ríe.
—Ah, gracias. ¿Me lo dejas o es para mí?
—Es para ti, en casa tengo más.
Lo mira, pasa las páginas, lo cierra de pronto al llegar a mi carta.
—No sé si quiero tenerlo —dice sin mirarme.
—¿Por qué no?
—Porque me hace daño.
—Qué mona eres. ¿Por qué no puedes ser siempre así?
—Me da pena —dice ignorando mi comentario.
—Un momento, ¿qué te da pena exactamente? Espero que no sea yo, cabrona.
—No, me da pena lo que han cambiado las cosas.
—Oye, yo quería pasarme la vida entera escribiéndote a ti. Contigo no perseguiría a chicas jóvenes. Bueno, quizá sí lo haría, pero siempre volvería amantísimo a tus brazos.
—Eres un cier... un cielo. Vaya, casi me trabuco y digo «cierdo» en vez de «cielo».
—Eso es porque dudabas entre «cerdo» y «cielo», no lo tenías claro del todo.
Ella se ríe.
sábado, 20 de junio de 2009
Capítulo 1750
En un supermercado, Alba me pregunta si puedo quedarme con Max mientras ella va a por el agua. No hay problema, contesto. Me quedo solo con el niño y le digo:
—Bueno, Max, ¿qué te parece si aprovechamos ahora que tu madre está distraída y vamos a un polígono industrial a buscar prostitutas?
Una señora gorda me mira mal.
—Bueno, Max, ¿qué te parece si aprovechamos ahora que tu madre está distraída y vamos a un polígono industrial a buscar prostitutas?
Una señora gorda me mira mal.
viernes, 19 de junio de 2009
Vinieron del espacio exterior
Llegaron a eso de las siete de la tarde, una hora menos en Canarias. Eran verdes y de una de las lunas de Saturno. Hablaban de paz y hermanamiento interplanetario, lo que encandiló a los terráqueos. Tenían, no obstante, la costumbre de reproducirse por esporas que fecundaban por igual a los hombres y mujeres que tenían la mala fortuna de estar respirando. La Humanidad reaccionó con indignación ante tal intromisión en su intimidad (y en sus úteros y estómagos), pero la Iglesia se mostró comprensiva ante este fenómeno. Por una parte, los obispos declararon que el mismo Dios —o una paloma como representante legal— había descendido de los cielos para preñar a una humana (cosa que, por cierto, ya la habían hecho mucho antes varios dioses griegos, aunque esto lo obvió la Iglesia). Por otro lado, recordaron a los feligreses que el aborto seguía siendo un crimen horrendo aunque el feto fuera una tenia intergaláctica y que la vida empezaba en el momento de la concepción. Y no olvidemos lo bonita que es la procreación sin sexo, añadió un obispo con una sonrisa.
jueves, 18 de junio de 2009
Muñecos de cera
Hay una pequeña luz en la oscuridad: es el pasado, que es inventado y siempre vuelve, como un sueño recurrente. Ese no soy yo, pero se me parece. Bueno, no demasiado, sonríe más que yo; yo he sonreído sólo de vez en cuando y casi siempre por imitación. Pero eso era antes. Ahora cierro los ojos a la sombra de los buitres, entre las flores del mal. Yo ya no sé escribir de ti. El amor dura lo que este momento, que ya ha terminado.
miércoles, 17 de junio de 2009
En la bañera
«Pompas fúnebres», piensa mientras mira la espuma. Y decide dejar para otro día lo de cortarse las venas.
martes, 16 de junio de 2009
Agentes del karma
Como de costumbre, Jack Zen tenía que resolver un extraño caso. Habían asesinado en su despacho al profesor Walter Kleinermann, eminente doctor de Patafísica Cuántica. El cadáver estaba disecado, lo que podría achacarse a su avanzada edad, pero la secretaria del profesor Kleinermann aseguró con vehemencia que en vida éste había presentado mucho mejor aspecto. Así, alguien había acabado con la vida del profesor y luego se había dedicado a disecar el cadáver. Con qué fin, se preguntaba Jack Zen mientras examinaba el cuerpo. El muerto no era de mucha ayuda: estaba sentado frente al escritorio sin moverse ni decir nada. Ya podía haber garabateado el nombre de su asesino en el último momento, como en las novelas malas, se dijo.
El inspector Papadopoulos entró en ese momento abrigado con un voluminoso bigote.
—Zen, cuénteme lo que ha averiguado —dijo.
—Es el trabajo de un profesional, sin duda. He consultado con el forense y dice que nunca había visto un trabajo tan bueno.
—Bien, detengamos a los taxidermistas de la ciudad.
—Quizá sería excederse.
—Somos la policía, es nuestro trabajo. Pero puede que tenga usted razón, mejor actuar con mesura por ahora. ¿Ha encontrado alguna otra pista?
—Dice la secretaria que falta un libro: El diablo es cinturón negro de kárate.
—¿Y qué significa eso?
—Pues... que al asesino le interesa el satanismo o las artes marciales, supongo.
—Un taxidermista satánico y karateca, lo que nos faltaba.
—Bueno, sólo son suposiciones. En realidad, me ha dicho la secretaria del profesor Kleinermann, la señorita Benjamenta, que el libro es un ensayo del ahora difunto.
—¿Y de qué habla el ensayo? —preguntó el inspector.
—Según he entendido, dice que el universo es un tatami existencial en el que batallan dos fuerzas contrarias que intentan imponerse sobre la otra, pese a la inutilidad del esfuerzo, pues estamos hablando de una fuerza imparable que se encuentra con un objeto inamovible. O algo así.
—Francamente, Zen, no entiendo nada.
—También afirma que no siempre la existencia precede a la esencia, que hay excepciones.
—¿Cómo cuáles?
—Los judíos.
—¿Era antisemita el profesor Kleinermann?
—Bueno, era alemán.
—Para mí eso es suficiente. Si no estuviera muerto, lo detendría ahora mismo. De hecho, estoy dispuesto a dictaminar que se ha asesinado él solo.
—Me parece bastante improbable que se disecara después de muerto.
—Usted no conoce a los nazis, Zen, son capaces de todo.
El inspector Papadopoulos entró en ese momento abrigado con un voluminoso bigote.
—Zen, cuénteme lo que ha averiguado —dijo.
—Es el trabajo de un profesional, sin duda. He consultado con el forense y dice que nunca había visto un trabajo tan bueno.
—Bien, detengamos a los taxidermistas de la ciudad.
—Quizá sería excederse.
—Somos la policía, es nuestro trabajo. Pero puede que tenga usted razón, mejor actuar con mesura por ahora. ¿Ha encontrado alguna otra pista?
—Dice la secretaria que falta un libro: El diablo es cinturón negro de kárate.
—¿Y qué significa eso?
—Pues... que al asesino le interesa el satanismo o las artes marciales, supongo.
—Un taxidermista satánico y karateca, lo que nos faltaba.
—Bueno, sólo son suposiciones. En realidad, me ha dicho la secretaria del profesor Kleinermann, la señorita Benjamenta, que el libro es un ensayo del ahora difunto.
—¿Y de qué habla el ensayo? —preguntó el inspector.
—Según he entendido, dice que el universo es un tatami existencial en el que batallan dos fuerzas contrarias que intentan imponerse sobre la otra, pese a la inutilidad del esfuerzo, pues estamos hablando de una fuerza imparable que se encuentra con un objeto inamovible. O algo así.
—Francamente, Zen, no entiendo nada.
—También afirma que no siempre la existencia precede a la esencia, que hay excepciones.
—¿Cómo cuáles?
—Los judíos.
—¿Era antisemita el profesor Kleinermann?
—Bueno, era alemán.
—Para mí eso es suficiente. Si no estuviera muerto, lo detendría ahora mismo. De hecho, estoy dispuesto a dictaminar que se ha asesinado él solo.
—Me parece bastante improbable que se disecara después de muerto.
—Usted no conoce a los nazis, Zen, son capaces de todo.
lunes, 15 de junio de 2009
Messenger
—Estoy como una cuba, nena.
—Me lo imaginaba.
—¿Qué llevas puesto?
—Míchel, está aquí mi chico.
—¿Eso es que estás desnuda?
—Me lo imaginaba.
—¿Qué llevas puesto?
—Míchel, está aquí mi chico.
—¿Eso es que estás desnuda?
domingo, 14 de junio de 2009
Medicina moderna
«Doctor Carnicero, acuda a pediatría», anunció la megafonía del hospital. El aludido suspiró. Por qué se empeñarían en llamarle por su segundo apellido, se preguntó, por qué no podían dejarse de bromas y respetarle como el profesional que era. Por qué tenían que ser unos cabrones de mierda, en definitiva.
En pediatría había un señor de mediana edad aquejado de síndrome de Peter Pan. Le recetó una dosis de realidad y Efemérides, la enfermera, se encargó de administrársela hablándole de responsabilidades, hipotecas, sueños frustrados, ex mujeres y pensiones alimenticias, chavales que te dan una paliza y lo graban con el teléfono móvil, días grises en el sofá, el gobierno, la oposición, el colesterol, etcétera.
—¿Pero entonces no existe la magia en el mundo? —preguntó, con voz trémula, el paciente en un último esfuerzo por no curarse.
—Bueno, yo una vez vi un unicornio —intervino el doctor.
—¿En serio?
—Sí, en la película Legend. Y en Blade Runner, aunque era el mismo.
Después le dio el alta al paciente, que por fin había asumido su edad y entendía que el mundo era una tragedia constante que no merece vivirse.
Efemérides bamboleaba sus colosales pechos de un lado a otro de la habitación. «Doctor», dijo, «tiene otro paciente esperándole». El paciente era un famoso actor que padecía de diversas dolencias que seguramente estaba fingiendo; lo que no era de extrañar, pues había estado representando, con gran éxito de crítica y público, El enfermo imaginario en un teatro de la ciudad.
—Buenos días, señor Finisterre —dijo el doctor—. ¿Qué le duele hoy?
—Doctor, hace mucho que me muero. Cada día me queda menos de vida.
—Bueno, sí, pero eso es totalmente normal, nos pasa a todos.
—Pero lo mío es más serio, ¿es que no lo entiende? Por las noches me siento cansado y veo peor que durante el día.
—Le repito que es normal —insistió el doctor.
—También se me han hinchado las piernas.
—Eso ya es otra cosa.
El doctor Carnicero, que de primer apellido se llamaba Martínez, examinó las piernas. Estaban negras y retorcidas, como troncos quemados por el fuego.
—Esto no tiene buen aspecto, señor Finisterre. Me temo que habrá que amputar.
—Pero serán amputaciones temporales, ¿no?
—La verdad es que hasta ahora todas mis amputaciones han sido definitivas.
—Qué calamidad. ¿Y no podrían poner mis piernas en una incubadora, esperar a que sean viables y reimplantármelas después?
—Podríamos intentarlo, pero piense en los riesgos: tendría que amamantarlas y cambiarles los pañales durante un buen tiempo.
—Es un precio muy pequeño por seguir luciendo con elegancia pantalones largos.
—De acuerdo; iré preparando el quirófano.
—Una cosa más, doctor: la anestesia me da mucho miedo, ¿sería posible que me himnotizaran?
—La eficacia de la hipnosis no está demostrada, señor Finisterre.
—Pero yo no he pedido que me hipnoticen, sino que me himnoticen. Es decir, que me canten himnos religiosos. Pertenezco a la Iglesia Adventista del Primer Semestre, ¿sabe? Cuando escucho loas musicales al Señor, entro en una especie de trance; trance que es de lo más conveniente cuando viene la familia política de visita, por cierto.
—No sé, lo encuentro altamente irregular, pero haré lo que pueda.
—Gracias, doctor Carnicero.
El doctor Martínez Carnicero suspiró con resignación.
En pediatría había un señor de mediana edad aquejado de síndrome de Peter Pan. Le recetó una dosis de realidad y Efemérides, la enfermera, se encargó de administrársela hablándole de responsabilidades, hipotecas, sueños frustrados, ex mujeres y pensiones alimenticias, chavales que te dan una paliza y lo graban con el teléfono móvil, días grises en el sofá, el gobierno, la oposición, el colesterol, etcétera.
—¿Pero entonces no existe la magia en el mundo? —preguntó, con voz trémula, el paciente en un último esfuerzo por no curarse.
—Bueno, yo una vez vi un unicornio —intervino el doctor.
—¿En serio?
—Sí, en la película Legend. Y en Blade Runner, aunque era el mismo.
Después le dio el alta al paciente, que por fin había asumido su edad y entendía que el mundo era una tragedia constante que no merece vivirse.
Efemérides bamboleaba sus colosales pechos de un lado a otro de la habitación. «Doctor», dijo, «tiene otro paciente esperándole». El paciente era un famoso actor que padecía de diversas dolencias que seguramente estaba fingiendo; lo que no era de extrañar, pues había estado representando, con gran éxito de crítica y público, El enfermo imaginario en un teatro de la ciudad.
—Buenos días, señor Finisterre —dijo el doctor—. ¿Qué le duele hoy?
—Doctor, hace mucho que me muero. Cada día me queda menos de vida.
—Bueno, sí, pero eso es totalmente normal, nos pasa a todos.
—Pero lo mío es más serio, ¿es que no lo entiende? Por las noches me siento cansado y veo peor que durante el día.
—Le repito que es normal —insistió el doctor.
—También se me han hinchado las piernas.
—Eso ya es otra cosa.
El doctor Carnicero, que de primer apellido se llamaba Martínez, examinó las piernas. Estaban negras y retorcidas, como troncos quemados por el fuego.
—Esto no tiene buen aspecto, señor Finisterre. Me temo que habrá que amputar.
—Pero serán amputaciones temporales, ¿no?
—La verdad es que hasta ahora todas mis amputaciones han sido definitivas.
—Qué calamidad. ¿Y no podrían poner mis piernas en una incubadora, esperar a que sean viables y reimplantármelas después?
—Podríamos intentarlo, pero piense en los riesgos: tendría que amamantarlas y cambiarles los pañales durante un buen tiempo.
—Es un precio muy pequeño por seguir luciendo con elegancia pantalones largos.
—De acuerdo; iré preparando el quirófano.
—Una cosa más, doctor: la anestesia me da mucho miedo, ¿sería posible que me himnotizaran?
—La eficacia de la hipnosis no está demostrada, señor Finisterre.
—Pero yo no he pedido que me hipnoticen, sino que me himnoticen. Es decir, que me canten himnos religiosos. Pertenezco a la Iglesia Adventista del Primer Semestre, ¿sabe? Cuando escucho loas musicales al Señor, entro en una especie de trance; trance que es de lo más conveniente cuando viene la familia política de visita, por cierto.
—No sé, lo encuentro altamente irregular, pero haré lo que pueda.
—Gracias, doctor Carnicero.
El doctor Martínez Carnicero suspiró con resignación.
sábado, 13 de junio de 2009
Citas rápidas
—Hola, me llamo José Antonio.
—Yo soy Elena. Oye, me suena mucho tu cara.
—Será porque soy presentador de deportes en las noticias.
—Ah, vale, será por eso.
—¿Qué te parece el fichaje de Cristiano Ronaldo?
—¿Quién?
—¿No te gusta el fútbol?
—No demasiado.
—¿Y el baloncesto? A mí me encanta cuando los Lakers juegan como los ángeles. Los Ángeles Lakers, ¿lo pillas?
—Creo que estos están siendo los minutos más largos de mi vida.
—Pues yo espero que el árbitro añada unos cuantos minutos de descuento, aunque tampoco me importaría que nos marcháramos ya a la tanda de penaltis.
—Yo soy Elena. Oye, me suena mucho tu cara.
—Será porque soy presentador de deportes en las noticias.
—Ah, vale, será por eso.
—¿Qué te parece el fichaje de Cristiano Ronaldo?
—¿Quién?
—¿No te gusta el fútbol?
—No demasiado.
—¿Y el baloncesto? A mí me encanta cuando los Lakers juegan como los ángeles. Los Ángeles Lakers, ¿lo pillas?
—Creo que estos están siendo los minutos más largos de mi vida.
—Pues yo espero que el árbitro añada unos cuantos minutos de descuento, aunque tampoco me importaría que nos marcháramos ya a la tanda de penaltis.
viernes, 12 de junio de 2009
Kommunistichesky International Molodyozhi
—Yo creo que el secreto para ser un grupo legendario es tener una Kim. Los Pixies tenían una y Sonic Youth tiene otra.
—¿Y no habrá algún chico que se llame Kim? Para que haya más donde elegir, digo.
—Bueno, siempre se puede buscar un coreano.
—¿Y no habrá algún chico que se llame Kim? Para que haya más donde elegir, digo.
—Bueno, siempre se puede buscar un coreano.
jueves, 11 de junio de 2009
Patinaje artístico
Virtudes sale de casa patinando sobre hielo, lo que sorprende a sus vecinos no sólo porque sea verano, sino porque lleva muerta nueve meses. Su marido, ante este extraño fenómeno, declara: «siempre ha sido un poco excéntrica; tiene familia francesa». Virtudes no responde a los requerimientos que le hacen los viandantes: sigue patinando sobre un hielo que nadie más ve mientras se descompone bajo el sol de agosto. La policía no sabe cómo actuar, puesto que las ordenanzas municipales sobre muertos patinadores son poco claras.
Pronto el fenómeno se extiende y empiezan a aparecer más zombis sobre hielo en la ciudad. Lo que tienen en común, advierte un famoso presentador de un programa de salud, es que todos murieron nueve meses antes. La teoría que cobra más fuerza, por romántica y sencilla, es que los muertos han estado en un útero subterráneo, que la madre tierra los ha acogido en su seno durante un embarazo postmortem tras el cual los muertos han nacido de nuevo a la vida como patinadores incansables en el invierno de nuestro descontento, como dice un anciano que ha leído a Shakespeare y que ya se imagina patinando.
La Iglesia se muestra encantada ante todo esto, aunque esperaba que la resurrección de la carne fuera otra cosa. Los teólogos empiezan a buscar en los evangelios apócrifos referencias al patinaje entre Jesús y sus discípulos. Los obispos, mientras tanto, denuncian que la incineración es un método abortivo.
Pronto el fenómeno se extiende y empiezan a aparecer más zombis sobre hielo en la ciudad. Lo que tienen en común, advierte un famoso presentador de un programa de salud, es que todos murieron nueve meses antes. La teoría que cobra más fuerza, por romántica y sencilla, es que los muertos han estado en un útero subterráneo, que la madre tierra los ha acogido en su seno durante un embarazo postmortem tras el cual los muertos han nacido de nuevo a la vida como patinadores incansables en el invierno de nuestro descontento, como dice un anciano que ha leído a Shakespeare y que ya se imagina patinando.
La Iglesia se muestra encantada ante todo esto, aunque esperaba que la resurrección de la carne fuera otra cosa. Los teólogos empiezan a buscar en los evangelios apócrifos referencias al patinaje entre Jesús y sus discípulos. Los obispos, mientras tanto, denuncian que la incineración es un método abortivo.
miércoles, 10 de junio de 2009
No publicar
«¿Pero tú crees que alguna vez vas a estar satisfecho, Míchel?», me pregunta ella con sorna. Yo le sigo el juego y me río, aunque pienso: «seguro que despertarme cada día contigo ayudaría bastante».
martes, 9 de junio de 2009
Lógicas no clásicas
—¿Qué tal la noche?
—He bebido más de la cuenta. Estaba en casa de un amigo y no recuerdo haberme marchado, pero está claro que lo he hecho porque estoy aquí.
—He bebido más de la cuenta. Estaba en casa de un amigo y no recuerdo haberme marchado, pero está claro que lo he hecho porque estoy aquí.
lunes, 8 de junio de 2009
Lo sublime
—Las entradas más bonitas para esa, y a mí que me den.
—Es que no sé cómo hablar de ti sin poner cosas como que tu culo no es de este mundo.
—Jo. ¿Ves? Sólo te interesa mi culo.
—No es verdad. Yo quiero ser poeta, pero es que paseas el culo por todos lados y me desconcentras.
—Es que no sé cómo hablar de ti sin poner cosas como que tu culo no es de este mundo.
—Jo. ¿Ves? Sólo te interesa mi culo.
—No es verdad. Yo quiero ser poeta, pero es que paseas el culo por todos lados y me desconcentras.
domingo, 7 de junio de 2009
Vida y miserias del ya no tan joven escritor tercermundista
Voy a la entrega de premios del certamen de declaraciones de amor solo, lo que es elegante dentro de la desesperación habitual, pero un poco aburrido, es mejor hacerlo acompañado de una chica, que en general son más interesantes que los hombres, aunque seguramente digo esto porque soy heterosexual. Me siento en la última fila, que es una costumbre ya, y me encojo en el asiento cuando escucho a la señora del jurado referirse a mi relato diciendo que se nota el bagaje cultural del autor, que si las constantes citas literarias, blablablá. Vaya, si eso me lo criticaba Adriana, pienso yo, aunque no recuerdo que hubiera tantas citas en esta ocasión. Por un momento pienso en echarle un vistazo a mi carta, pero mejor no. Yo sólo me leo de vez en cuando, normalmente escribo y después lo olvido, que es siempre lo mejor.
Después de recoger el premio vuelvo a mi asiento y una señora que está sentada a mi lado me da la enhorabuena. Su hija, que ha quedado finalista, me dice que está dispuesta a quedarse con mi premio si por algún motivo no lo quiero. Yo sonrío y digo que no, gracias, que el dinero me viene muy bien. Es una chica guapa y escribe, qué bonito sería tirarle los tejos, pienso, pero la madre está presente y me mira con ojos abyectos de maternidad. Claro, está pensando que soy un melenudo y, encima, un melenudo que cita todo el rato, como Leopoldo María Panero, a ver si es que voy a estar loco o algo peor. Señora, no me juzgue usted mal, yo podría amar muy bien a su hija, piense que me han dado el segundo premio en un certamen de declaraciones de amor, eso tiene que significar algo, ¿no? Que soy un romántico impenitente, por supuesto. No haga caso a la parte esa de mi relato en la que hablo de sexo duro, eso era una licencia poética, yo en realidad prefiero hacer el amor a ritmo de vals que tocarían unos violinistas húngaros junto a la cama. Bueno, vale, no junto a la cama, no se ponga así, que sea en la calle, bajo la ventana. Yo una vez amé a una húngara, ¿sabe? La chica más bonita a ambos lados del Danubio. O algo así, que en realidad no era húngara, sólo le decían que lo parecía. La chica falsamente húngara que me rompió el corazón. Yo a ella quería romperle otra cosa... Eh, no, nada, murmuraba, sólo eso. ¿El qué? Citas literarias, supongo.
Después de recoger el premio vuelvo a mi asiento y una señora que está sentada a mi lado me da la enhorabuena. Su hija, que ha quedado finalista, me dice que está dispuesta a quedarse con mi premio si por algún motivo no lo quiero. Yo sonrío y digo que no, gracias, que el dinero me viene muy bien. Es una chica guapa y escribe, qué bonito sería tirarle los tejos, pienso, pero la madre está presente y me mira con ojos abyectos de maternidad. Claro, está pensando que soy un melenudo y, encima, un melenudo que cita todo el rato, como Leopoldo María Panero, a ver si es que voy a estar loco o algo peor. Señora, no me juzgue usted mal, yo podría amar muy bien a su hija, piense que me han dado el segundo premio en un certamen de declaraciones de amor, eso tiene que significar algo, ¿no? Que soy un romántico impenitente, por supuesto. No haga caso a la parte esa de mi relato en la que hablo de sexo duro, eso era una licencia poética, yo en realidad prefiero hacer el amor a ritmo de vals que tocarían unos violinistas húngaros junto a la cama. Bueno, vale, no junto a la cama, no se ponga así, que sea en la calle, bajo la ventana. Yo una vez amé a una húngara, ¿sabe? La chica más bonita a ambos lados del Danubio. O algo así, que en realidad no era húngara, sólo le decían que lo parecía. La chica falsamente húngara que me rompió el corazón. Yo a ella quería romperle otra cosa... Eh, no, nada, murmuraba, sólo eso. ¿El qué? Citas literarias, supongo.
sábado, 6 de junio de 2009
Comedia
ÉL. — Es una pena, con lo que yo te hacía reír. Bueno, quizá no tanto, era sólo que querías ligarme.
ELLA. — Yo quería que me follaras. Lo de la risa fueron efectos colaterales.
ELLA. — Yo quería que me follaras. Lo de la risa fueron efectos colaterales.
viernes, 5 de junio de 2009
Pequeñas carreras urbanas
Me molesta que me paren por la calle, sobre todo si no se trata de admiradoras, que, por otra parte, brillan por su ausencia. Una vez salía de un bar (bastante ebrio, por cierto) cuando escuché una voz femenina que decía: «eres Míchel, eres Míchel». Por fin, me dije yo, ya llega la fama que uno merece. Pero resulta que ya nos conocíamos, era una ex compañera de estudios. Qué feo es todo mirado de cerca. Volviendo a lo de ser parado por la calle, me molesta que lo hagan porque yo siempre voy a todas partes a paso ligero, casi corriendo, como si tuviera complejo de Antoine Doinel. Mi prisa, claro, es ficticia, pues no me espera nadie, pero yo aprieto el paso de todos modos, por si acaso, quién sabe, igual viene bien llegar pronto a los sitios. Iba yo el otro día a hacer unas gestiones cuando una señora entrada en carnes me dijo algo que no entendí, supongo que quería venderme algo; yo la miré brevemente y seguí mi camino. Oí que decía: tan hippie y tan antipático. Estuve a punto de pararme para quejarme y decirle que quizá aparente ser heavy, pero no hippie, que todavía hay clases, aunque lo de la antipatía estaba dispuesto a reconocérselo, era algo que me echaba en cara siempre Alba (por qué tienes que ser tan borde siempre, me decía, aunque yo creo que muy en el fondo lo encontraba atractivo). Pero no me paré, claro, porque detenerme para defenderme de las acusaciones de amor libre y flower power habría desmentido mi prisa y no hay que salirse del papel.
jueves, 4 de junio de 2009
Tres millones de páginas
Estoy sentado en la playa de La Concha, bebiendo. Es como estar en una habitación con vistas a la vida, pienso. Una chica rubia tontea con el típico matón. Me gustaría acostarme con esa chica en vez de estar aquí sentado, preocupado por los tres millones de páginas por escribir. Me digo que yo escribo igual que bebo: para olvidar la vida. O para hacer sonreír a una mujer. Alguna tontería así. No importa; mirar a esa chica es como si metieran mi corazón en una licuadora y luego me sirvieran la bebida resultante. El sabor sería muy amargo, claro. Me río, es por el alcohol.
En realidad, estoy todo el rato pensando en otra.
En realidad, estoy todo el rato pensando en otra.
miércoles, 3 de junio de 2009
El sueño del soldado
Me agacho junto al río, dejo caer el casco al suelo, me lavo la cara. Tres niños partisanos salen del bosque y me encañonan. Tendrán doce años, como mucho. Hablan entre ellos en serbocroata; discuten qué hacer conmigo. Ellos no lo saben, pero entiendo lo que dicen. Uno quiere matarme allí mismo, a sangre fría, pero el que parece el líder no lo ve honorable. Hay que darme una oportunidad, dice. Yo, la verdad, en ese momento creo que no me importa morir, pero me engaño. Pienso en mi familia en Milán.
El líder saca una moneda y por señas me insta a elegir. Cara o cruz. Elijo el rostro del rey. El niño lanza la moneda. Sale cara. Los otros dos chicos parecen decepcionados, pero el líder les dice que un hombre vale lo que su palabra, una lección aprendida de su padre. Me da la mano y me dice adiós. Vuelven sobre sus pasos, de nuevo al bosque.
Yo cojo mi fusil con calma y les disparo por la espalda.
El líder saca una moneda y por señas me insta a elegir. Cara o cruz. Elijo el rostro del rey. El niño lanza la moneda. Sale cara. Los otros dos chicos parecen decepcionados, pero el líder les dice que un hombre vale lo que su palabra, una lección aprendida de su padre. Me da la mano y me dice adiós. Vuelven sobre sus pasos, de nuevo al bosque.
Yo cojo mi fusil con calma y les disparo por la espalda.
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