jueves, 8 de julio de 2010
Y yo recuerdo que la vida era esto
Y yo recuerdo que la vida era esto. Este despertar a tu lado. Este lento paso del tiempo, que de pronto es un aliado. Esta alegría tan poco precavida. Estos días dedicados a nosotros.
miércoles, 7 de julio de 2010
Las malaventuras
Volvería a casa paseando junto al río, pero no hay río, aunque sería un buen recurso literario. Volvería, si pudiera, en tren y observaría el paisaje apocalíptico que separa la ciudad de los pueblos, pero no hay trenes por la noche. Trenes que desaparecen en la noche (o algo así). Volvería, quizá, caminando junto a la costa, contando los guijarros del suelo como si fueran estrellas en el cielo o contando los guijarros del cielo como si fueran estrellas en el suelo o qué sé yo. Y me cruzaría con personas cansadas que me mirarían con desconfianza de siglos. Y yo iría pensando en arrojar una nueva botella al mar, aunque no tengo claro si importa que lleve mensaje o no.
martes, 6 de julio de 2010
Morir
—Me da miedo morirme de pronto, con cara de tonta, dejando algo importante por hacer. Lo ideal sería estar sobre aviso, dejarlo todo dispuesto con antelación, peinarse, ponerse guapa, elegir una ropa favorecedora y, finalmente, morirse porque no queda otro remedio.
lunes, 5 de julio de 2010
Sólo recitar las páginas adecuadas
Una noche de tantas sin dormir. Hay unos cuantos libros abiertos por la habitación. Para que me recuerden algo, creo. O a modo de conjuro, no lo sé. Y hay el deseo de ser escuchado, de ser entendido, de ser encontrado. Si yo supiera qué falla en mi cabeza. Si yo supiera qué falla en mi cabeza, la mandaría arreglar. Lo mismo con el corazón.
domingo, 4 de julio de 2010
Desparejas
—Esa chica de la que me has hablado tiene gustos parecidos a los míos. Voy a ver si puedo rondarla.
—No se te puede decir nada.
—Oye, que estoy de coña. Si me gustara de verdad, no te diría nada.
—Vaya, me dejas mucho más tranquila...
—No se te puede decir nada.
—Oye, que estoy de coña. Si me gustara de verdad, no te diría nada.
—Vaya, me dejas mucho más tranquila...
sábado, 3 de julio de 2010
El mensaje
Y en las afueras, junto a la carretera, un gran cartel que dice: «Llegas tarde para el futuro, chaval».
viernes, 2 de julio de 2010
Lecciones sexuales para los jóvenes samuráis
—¿Y si te follo contra la pared?
—Eso tiene que ser malo para la columna.
—Que esto no es el Partenón, sólo es ladrillo.
—Me refiero a la mía, a la vertebral.
—Ah. Pues sí que eres delicada.
—Me gusta el sexo con cariño.
—Podría follarte de cara a la pared, seguro que tu espalda sufre menos.
—¿Y aplastarme las tetas? Tú estás loco.
—Vale, vale. ¿Qué tal si apoyas el cuerpo en la mesa y te follo por detrás? Imagínate con la cara contra la madera, el vestido levantado y yo penetrándote con furia.
—Imposible. Viene mi madre mañana a comer y no podría sentarla a una mesa en la que me han follado como a una puta.
—Qué calamidad. Siempre hay alguna objeción al respecto.
—Lo siento. Ya sé que a ti te gustaría que todo fuera más espontáneo, pero tengo mis manías.
—Ya, pero es que así follarte es como rellenar un formulario.
—Eso es horrible. Acabas de chafarme las ganas.
—Se te veía de lo más ansiosa, sí.
—Eso tiene que ser malo para la columna.
—Que esto no es el Partenón, sólo es ladrillo.
—Me refiero a la mía, a la vertebral.
—Ah. Pues sí que eres delicada.
—Me gusta el sexo con cariño.
—Podría follarte de cara a la pared, seguro que tu espalda sufre menos.
—¿Y aplastarme las tetas? Tú estás loco.
—Vale, vale. ¿Qué tal si apoyas el cuerpo en la mesa y te follo por detrás? Imagínate con la cara contra la madera, el vestido levantado y yo penetrándote con furia.
—Imposible. Viene mi madre mañana a comer y no podría sentarla a una mesa en la que me han follado como a una puta.
—Qué calamidad. Siempre hay alguna objeción al respecto.
—Lo siento. Ya sé que a ti te gustaría que todo fuera más espontáneo, pero tengo mis manías.
—Ya, pero es que así follarte es como rellenar un formulario.
—Eso es horrible. Acabas de chafarme las ganas.
—Se te veía de lo más ansiosa, sí.
jueves, 1 de julio de 2010
Las penitencias
—Perdóneme, padre, porque he pecado.
—¿Cuántas veces?
—No lo sé, no llevo la cuenta.
—Muy mal, hijo, hay que llevar una agenda para tales menesteres. Hay que ser concienzudo y meticuloso. Si no, sería como si pecaras de forma caprichosa, sin constancia, a la ligera. Hay que hacer bien las cosas o no hacerlas.
—Prometo enmendarme en el futuro, padre.
—Bien. Rézame un Beckenbauer y siete Zsa Zsa Gabor.
—¿Cuántas veces?
—No lo sé, no llevo la cuenta.
—Muy mal, hijo, hay que llevar una agenda para tales menesteres. Hay que ser concienzudo y meticuloso. Si no, sería como si pecaras de forma caprichosa, sin constancia, a la ligera. Hay que hacer bien las cosas o no hacerlas.
—Prometo enmendarme en el futuro, padre.
—Bien. Rézame un Beckenbauer y siete Zsa Zsa Gabor.
miércoles, 30 de junio de 2010
No
Esto es una metáfora de tantas cosas, digo, pero no es cierto. No es una metáfora de nada. Es una mentira, como todo lo demás.
martes, 29 de junio de 2010
La muerte
—Llaman a la puerta —dice ella.
—Seguro que es la muerte —contesta él.
—No seas tremendista. Voy a ver quién es.
—Vale.
—Era el cartero —dice al volver—. Ha traído un telegrama de tu madre.
—¿Ves? Era la muerte.
—No empieces.
—¿Qué dice el telegrama?
—«El precio del petróleo no deja de subir. Tu tía Gertrudis está fatal de la artritis. La vida va siempre a peor».
—Es terrible que la labor de las madres sea deprimir a sus hijos.
—Lo hacen para curtirnos y que la vida nos sorprenda positivamente.
—Que nos sorprenda positivamente a veces —apostilla él.
—A ratos, sí.
—Quítate la ropa —dice él de repente—, quiero que la vida sea mejor.
—No seas guarro.
—La culpa es del autor, que me hace decir cosas terribles.
—Es un autor pésimo.
—Pésimo. Un obseso.
—Seguro que es la muerte —contesta él.
—No seas tremendista. Voy a ver quién es.
—Vale.
—Era el cartero —dice al volver—. Ha traído un telegrama de tu madre.
—¿Ves? Era la muerte.
—No empieces.
—¿Qué dice el telegrama?
—«El precio del petróleo no deja de subir. Tu tía Gertrudis está fatal de la artritis. La vida va siempre a peor».
—Es terrible que la labor de las madres sea deprimir a sus hijos.
—Lo hacen para curtirnos y que la vida nos sorprenda positivamente.
—Que nos sorprenda positivamente a veces —apostilla él.
—A ratos, sí.
—Quítate la ropa —dice él de repente—, quiero que la vida sea mejor.
—No seas guarro.
—La culpa es del autor, que me hace decir cosas terribles.
—Es un autor pésimo.
—Pésimo. Un obseso.
lunes, 28 de junio de 2010
Fin del mundo
«No seas tan trágica», le digo, y ella solloza al otro lado del teléfono: «es que siento como si fuera el fin del mundo». «El fin del mundo es muchas veces», contesto yo, y durante un instante pienso en añadir algo como: «yo lo sé muy bien, que no te tengo», o «de hecho, cada día sin ti es el fin del mundo», pero mejor no, que a ver con qué autoridad moral le digo que es muy trágica si me permito estos dispendios emocionales.
domingo, 27 de junio de 2010
La complicidad
Decía yo que el amor es compartir prejuicios. Es algo más, en realidad. Es que apoyen tus decisiones irracionales, absurdas e ilógicas. Yo todavía ni he conseguido que las muy ingratas apoyen mis decisiones sensatas.
sábado, 26 de junio de 2010
viernes, 25 de junio de 2010
No es verano
Es verano, quizá. Lo anuncian las faldas que revolotean como banderas de una patria más amable. Pero uno no tiene tiempo para el verano. O el verano no tiene tiempo para uno. Hay tanto que hacer y tan poco verano.
jueves, 24 de junio de 2010
La gente
En el tren, sentado junto a una pareja. Llegados a la parada de Victoria Kent, ella le pregunta a él: «¿Victoria Kent? ¿Quién es esa?». Él podría decirle que no tiene ni idea, pero la honestidad no lleva a ninguna parte, así que inventa. O quizá inventar no sea la palabra, que me temo que intenta ser una deducción. Contesta: «pues la reina Victoria, la de Inglaterra». Luego duda como dándose cuenta de que no ha sido muy convincente, pero en realidad es porque ha recordado que la casa reinante en el Reino Unido responde al nombre de Windsor, así que remata la historia: «lo que pasa es que se cambiaron luego el apellido».
Y ella le mira con ojos arrobados.
Y ella le mira con ojos arrobados.
miércoles, 23 de junio de 2010
Las causas y las intenciones
Así que el historiador ha de preguntarse por las causas y las intenciones a la hora de analizar el pasado. Esto es fácil decirlo, pero llevarlo a cabo en ciertos casos resulta algo más complicado. Por ejemplo, si a mí me diera por abordar mi vida, que es un barco que zozobra, las causas las tendría muy claras, pero las intenciones serían un misterio. Aparte de la intención de follar, claro.
martes, 22 de junio de 2010
I don't love anyone
«Pero tú no quieres a nadie, Míchel», me dice con seriedad fingida, como retándome a decirle que la quiero a ella. Yo me hago el indignado, aunque tenerla tan cerca me está volviendo loco; ya hace veinte minutos que me pregunto qué ropa interior lleva debajo del vestido y estoy valorando seriamente la posibilidad de meterle mano aquí mismo, aunque sé que no es el momento. Así que tiro de autocontrol zen y farfullo de forma muy digna algo que luego no recordaré. A una mujer que no es tuya no puedes decirle que la quieres. Aunque la tengas en tus pensamientos todo el rato y no sólo de forma depravada. No, hay que disimular. Siempre. Las mujeres son el mal, todo el mundo lo sabe, y más si tienen esos ojos. Pero no la mires a los ojos, que igual dices alguna tontería. Bien, a las tetas, así pensará que te gusta su cuerpo, pero nada más. No vayas a decirle algo de lo que te arrepientas luego. No le cuentes, qué sé yo, que la quieres. No. Si tú no quieres a nadie. Eres como un Bogart melenudo y dentro de un rato, cuando se marche, vas a emborracharte, pero dignamente, como los tipos duros, que además no bailan.
lunes, 21 de junio de 2010
domingo, 20 de junio de 2010
Las relaciones
O salen bien a la primera o no salen bien nunca. Lo mismo se puede decir de la vida, con la que uno, al fin y al cabo, tiene otra relación.
sábado, 19 de junio de 2010
Canto del macho cabrío
Si pudieras verme ahora, te enamorarías de mí. Vivo en la libertad que da saber que nada es verdad. Creo en el cuerpo y sólo a veces. Vivo en el resquicio que hay entre la memoria y el sueño, preguntándome si escribía para costearme la adicción a ti o si te perseguía para costearme la adicción a escribir. Pero ya no persigo el mito, ya no me dejo la vida, ya no me pregunto si era esto. Sólo a ratos, pero nunca es premeditado.
viernes, 18 de junio de 2010
El tiempo
Y me escribe la continuación de un mensaje de hace año y medio, como si sólo hubiera pasado un día o dos. Porque decíamos ayer que la vida no es tan larga, que los meses nos duran horas y que hay que enlazar un momento con otro para acabar con esta discontinuidad que nos atenaza. En Madrid sigue haciendo frío.
jueves, 17 de junio de 2010
Y la revolución sentimental
Dejo anotado que no volveré a amar. Lo leo. No volveré a amar. No es un plan muy elaborado. Es un lema. Un lema populista. Un «yes we can» de andar por casa.
miércoles, 16 de junio de 2010
Candle
Sólo cuando llegamos a la habitación me di cuenta de que ella llevaba un cascabel en el tobillo.
Claro, en el concierto era imposible oírlo, con Sonic Youth a todo volumen.
Tampoco lo advertí en el pub irlandés aquel, estaba demasiado concentrado en tomarle el pelo a cuento de la homeopatía.
Tampoco reparé en ello en el bar donde nos tomamos la última.
Ni cuando atravesábamos la noche sin rumbo fijo y nos cruzábamos con travestis.
Ni cuando nos besábamos con ansia en medio de la calle y los del servicio de limpieza nos pedían que nos apartáramos para que pudieran hacer su trabajo.
Ni cuando la desnudaba en algún portal o la apretaba contra mí junto a aquella comisaría.
No, lo descubrí luego, en la habitación, cuando nos buscábamos a oscuras en silencio para no despertar a todo el hostal y el cascabel no dejaba de sonar y sonar y sonar.
Supongo que también se oían nuestras risas ahogadas.
Claro, en el concierto era imposible oírlo, con Sonic Youth a todo volumen.
Tampoco lo advertí en el pub irlandés aquel, estaba demasiado concentrado en tomarle el pelo a cuento de la homeopatía.
Tampoco reparé en ello en el bar donde nos tomamos la última.
Ni cuando atravesábamos la noche sin rumbo fijo y nos cruzábamos con travestis.
Ni cuando nos besábamos con ansia en medio de la calle y los del servicio de limpieza nos pedían que nos apartáramos para que pudieran hacer su trabajo.
Ni cuando la desnudaba en algún portal o la apretaba contra mí junto a aquella comisaría.
No, lo descubrí luego, en la habitación, cuando nos buscábamos a oscuras en silencio para no despertar a todo el hostal y el cascabel no dejaba de sonar y sonar y sonar.
Supongo que también se oían nuestras risas ahogadas.
martes, 15 de junio de 2010
El futuro que espera
Dicen que sólo hay que fijarse en la madre de tu novia para saber cómo será esta última de mayor. Si esto es cierto, podría ser un problema en el futuro, pues yo nunca he encontrado atractivas a mis suegras. Claro que, por otra parte, tampoco me duran tanto las novias.
lunes, 14 de junio de 2010
El pasado que vuelve
(Esto lo escribí para Pezespada)
Sonó el teléfono y cuando lo cogí era una voz extraña la que me habló desde el otro lado de la línea. Una mujer joven y alterada (como todas las mujeres jóvenes, podría decir).
—Hola. Sé que no esperabas que te llamara, no ahora, después de tanto tiempo. Pero es que hace mucho que no. Que no soy feliz, que no tengo ganas de sonreír por tonterías, que no tengo ganas de dejar pasar simplemente la tarde porque la noche será única. La verdad es que nada de esto tiene tanta gracia sin ti, pero no lo sabía entonces. No, no digas nada, por favor. Ya lo sé. Lo sé todo, yo soy la primera en reprochármelo. Pero quiero verte. Bueno, es más que eso. Quiero que me folles. Ahora. Quiero que me empotres en la estantería y me la claves muy adentro. Quiero que me folles mientras llueven sobre nosotros libros de autores muertos. Quiero que la vida sea otra. Mejor. Contigo.
Yo sólo atiné a musitar «sí». Me dejé llevar por un momento de locura. Sencillamente, quería ser el destinatario de esa llamada. Quería escuchar esa voz toda la vida. Quizá fuera un momento de cordura.
—¿Sí? ¿De verdad? Genial. Tengo tantas ganas de verte, tantas cosas que contarte. Dicen que estoy más rubia, pero ya lo verás. Ven. Ven a quitarme la ropa, te necesito ahora. Ven a casa. Ya no vivo junto al parque, ¿sabes? Espera, apunta mi dirección.
Media hora después, llamaba a su puerta. No sabía qué decirle cuando abriera, cómo explicarle qué hacía ahí, por qué no le había dicho por teléfono que se había equivocado de número. No había excusas para mi comportamiento. No había manera siquiera de inventar unas.
Abrió la puerta la chica más bonita del mundo. Llevaba un vestido azul. Me observó con una gran sonrisa.
—Cuánto has cambiado —dijo—, pareces otro.
Yo empecé a desabrocharle el vestido.
Sonó el teléfono y cuando lo cogí era una voz extraña la que me habló desde el otro lado de la línea. Una mujer joven y alterada (como todas las mujeres jóvenes, podría decir).
—Hola. Sé que no esperabas que te llamara, no ahora, después de tanto tiempo. Pero es que hace mucho que no. Que no soy feliz, que no tengo ganas de sonreír por tonterías, que no tengo ganas de dejar pasar simplemente la tarde porque la noche será única. La verdad es que nada de esto tiene tanta gracia sin ti, pero no lo sabía entonces. No, no digas nada, por favor. Ya lo sé. Lo sé todo, yo soy la primera en reprochármelo. Pero quiero verte. Bueno, es más que eso. Quiero que me folles. Ahora. Quiero que me empotres en la estantería y me la claves muy adentro. Quiero que me folles mientras llueven sobre nosotros libros de autores muertos. Quiero que la vida sea otra. Mejor. Contigo.
Yo sólo atiné a musitar «sí». Me dejé llevar por un momento de locura. Sencillamente, quería ser el destinatario de esa llamada. Quería escuchar esa voz toda la vida. Quizá fuera un momento de cordura.
—¿Sí? ¿De verdad? Genial. Tengo tantas ganas de verte, tantas cosas que contarte. Dicen que estoy más rubia, pero ya lo verás. Ven. Ven a quitarme la ropa, te necesito ahora. Ven a casa. Ya no vivo junto al parque, ¿sabes? Espera, apunta mi dirección.
Media hora después, llamaba a su puerta. No sabía qué decirle cuando abriera, cómo explicarle qué hacía ahí, por qué no le había dicho por teléfono que se había equivocado de número. No había excusas para mi comportamiento. No había manera siquiera de inventar unas.
Abrió la puerta la chica más bonita del mundo. Llevaba un vestido azul. Me observó con una gran sonrisa.
—Cuánto has cambiado —dijo—, pareces otro.
Yo empecé a desabrocharle el vestido.
domingo, 13 de junio de 2010
sábado, 12 de junio de 2010
Corregirse
Madurar es traicionar el pasado. Enmendarse la plana. Practicar un revisionismo vital.
Pero el problema es estar en el mundo. Obligarse a estar en el mundo. Saber estar en el mundo.
Pero el problema es estar en el mundo. Obligarse a estar en el mundo. Saber estar en el mundo.
viernes, 11 de junio de 2010
Arenga
Y la patria nunca te abandona. Siempre está a tu lado, salta a la comba contigo, nunca te hace la zancadilla ni te escoge el último para el equipo de baloncesto. La patria siempre baila contigo. A la patria nunca le duele la cabeza. La patria te arropa por las noches y, amorosa, te susurra cuentos para que puedas dormir.
jueves, 10 de junio de 2010
Nada más
Yo antes creía en muchas cosas, pero ya no me acuerdo. Serían tonterías, supongo. O quizá no. En cualquier caso, ya no importa.
Ahora sólo creo en la línea de tus caderas, en la rotundidad de tus pechos, en la firmeza de tus nalgas. En tus manos, que dibujan misteriosas figuras en el aire cuando hablas. En los mensajes en morse de tus pasos.
Todo lo demás es mentira.
Ahora sólo creo en la línea de tus caderas, en la rotundidad de tus pechos, en la firmeza de tus nalgas. En tus manos, que dibujan misteriosas figuras en el aire cuando hablas. En los mensajes en morse de tus pasos.
Todo lo demás es mentira.
miércoles, 9 de junio de 2010
Madurar
Madurar es aprender a limitar tus expectativas: ya no te decepcionas, puesto que no esperabas nada. Ésta seguramente parezca una visión bastante negativa de la vida, pero no lo es. Es una visión madura.
martes, 8 de junio de 2010
lunes, 7 de junio de 2010
El equilibrio
Nunca hay que decirle «te quiero» a una mujer. Amar, como escribir, es un ejercicio de funambulismo. Algunas veces, de sonambulismo.
domingo, 6 de junio de 2010
Anoche
Hace un calor considerable, que dice Roger Wolfe al comienzo de un poema. Hace un calor atroz, diría yo, y es imposible dormir. El calor no ayuda, pero es imposible dormir por otras cuestiones. Esa idea absurda de que uno merece ser feliz, por ejemplo.
sábado, 5 de junio de 2010
El acorazado del emperador
Su Alteza Serenísima, el príncipe Helmut IV, creía estar destinado a grandes empresas, no en vano era pariente de la recientemente fallecida Reina Victoria, la que fuera monarca de la potencia más grande de la Tierra. Claro que, para desgracia del príncipe Helmut, él no gobernaba ninguna potencia, sino un pequeño país centroeuropeo enclavado entre las montañas: Silvonia. Por otra parte, su parentesco con la Reina Victoria era bastante lejano, pues era sobrino de una prima segunda (o tercera, no estaba claro) de aquella. Nada de esto desanimaba al joven príncipe, que era un firme voluntarista y que al subir al trono se había prometido a sí mismo que cambiaría el estado de las cosas durante su reinado.
Lo primero que hizo fue convocar a palacio al viejo canciller, Telhefunken, para comunicarle que el principado se convertía en imperio de forma inmediata. Telhefunken se alarmó al escuchar esto y arguyó que difícilmente podía ser Silvonia un imperio cuando su extensión era tan reducida. Helmut contraatacó afirmando que la grandeza de una nación no se mide por su extensión territorial, sino por el carácter de sus gentes y, sobre todo, el de sus gobernantes. Silvonia debía ser un imperio o bien no ser en absoluto, concluyó el príncipe, y el viejo Telhefunken tuvo que claudicar y disponerlo todo de manera que, al cabo de una semana, se proclamó el nuevo Imperio de Silvonia.
El pueblo aceptó de buen grado el nuevo estatus de la nación cuando se confirmó que pasar a ser un imperio no acarreaba una subida de impuestos. Las potencias europeas no reaccionaron con hostilidad como temía Telhefunken, sino más bien con indisimulada chufla. «Si Silvonia quiere ser un imperio, que lo sea; ahora pasemos a asuntos serios», parecía ser la actitud general. Un importante periódico de Londres afirmó que Silvonia era, junto a Liliput y el país de Oz, una de las mayores amenazas para la estabilidad mundial.
Nada de esto pasó desapercibido para Su Alteza Serenísima, el emperador Helmut, que hervía de rabia e indignación. Cómo hacer que le tomaran en serio, se preguntaba. Cómo hacer que Silvonia y su emperador ocuparan el lugar que merecían en el mundo.
La respuesta se la dio la Conferencia Naval que se celebró en Londres en 1908. El carácter de una nación no se puede pesar en una balanza ni medir con un metro, entendió; se necesita algo mensurable: una marina de guerra poderosa. El peso de una nación se mide concretamente con los acorazados, explicó al atribulado Telhefunken antes de enviarlo a Londres con la tarea de notificar al mundo que Silvonia se disponía a construir su primer acorazado. Esta idea fue acogida con gran jolgorio en la Conferencia Naval, pues no deja de ser bastante hilarante que una nación sin acceso al mar se dedique a tener una marina de guerra. Por tanto, nadie se opuso a la estrafalaria intención del emperador de Silvonia, a la que se le concedió permiso para construir un acorazado de cuantas toneladas quisiera.
La nación se puso enseguida manos a la obra, aunque no sin algunas protestas, pues la construcción del acorazado sí acarreaba una subida de impuestos considerable para poder costearlo. Pero de inmediato se presentó la cuestión que tan divertida había parecido en Londres: dónde ubicar el acorazado. Silvonia no tenía costa y parecía ridículo que el buque quedara fondeado en las aguas territoriales de algún país vecino. El emperador no se amilanó ante esto y declaró que la solución era muy sencilla: el río. «Pero el río no tiene caudal suficiente», adujeron los ingenieros navales contratados para la empresa. «Pues lo ampliaremos», contestó sencillamente Helmut. La voluntad del emperador se impuso de nuevo y las excavadoras no tardaron en comenzar a trabajar en el cauce del río, importándose también del extranjero, de forma continuada, cantidades ingentes de agua para llenarlo como era debido, convirtiéndose así el río prácticamente en un canal artificial.
Finalmente, después de tres años de arduos trabajos, se concluyeron el entrenamiento de la marinería, el acondicionamiento del río y la construcción del acorazado. Para su botadura solemne, fueron invitados periodistas y estadistas de toda Europa, que llegaron a Silvonia atónitos y expectantes a partes iguales. Helmut presidía la ceremonia ataviado con su uniforme de Gran Almirante, el primero de la historia gloriosa de Silvonia. Anunció al mundo que éste era sólo el primer paso hacia un nuevo orden europeo y mundial y que por fin Silvonia estaba en situación de reclamar el puesto que por derecho merecía entre las potencias. Tronaron entonces los poderosos cañones del monstruo metálico en una salva que aplaudió el pueblo de Silvonia, al que el emperador se dirigió directamente para terminar su discurso: «Aquí, delante de esta maravilla de la ingeniería y con el mundo entero de testigo, os prometo, súbditos míos, que jamás un ejército enemigo podrá desembarcar en nuestro país».
Lo primero que hizo fue convocar a palacio al viejo canciller, Telhefunken, para comunicarle que el principado se convertía en imperio de forma inmediata. Telhefunken se alarmó al escuchar esto y arguyó que difícilmente podía ser Silvonia un imperio cuando su extensión era tan reducida. Helmut contraatacó afirmando que la grandeza de una nación no se mide por su extensión territorial, sino por el carácter de sus gentes y, sobre todo, el de sus gobernantes. Silvonia debía ser un imperio o bien no ser en absoluto, concluyó el príncipe, y el viejo Telhefunken tuvo que claudicar y disponerlo todo de manera que, al cabo de una semana, se proclamó el nuevo Imperio de Silvonia.
El pueblo aceptó de buen grado el nuevo estatus de la nación cuando se confirmó que pasar a ser un imperio no acarreaba una subida de impuestos. Las potencias europeas no reaccionaron con hostilidad como temía Telhefunken, sino más bien con indisimulada chufla. «Si Silvonia quiere ser un imperio, que lo sea; ahora pasemos a asuntos serios», parecía ser la actitud general. Un importante periódico de Londres afirmó que Silvonia era, junto a Liliput y el país de Oz, una de las mayores amenazas para la estabilidad mundial.
Nada de esto pasó desapercibido para Su Alteza Serenísima, el emperador Helmut, que hervía de rabia e indignación. Cómo hacer que le tomaran en serio, se preguntaba. Cómo hacer que Silvonia y su emperador ocuparan el lugar que merecían en el mundo.
La respuesta se la dio la Conferencia Naval que se celebró en Londres en 1908. El carácter de una nación no se puede pesar en una balanza ni medir con un metro, entendió; se necesita algo mensurable: una marina de guerra poderosa. El peso de una nación se mide concretamente con los acorazados, explicó al atribulado Telhefunken antes de enviarlo a Londres con la tarea de notificar al mundo que Silvonia se disponía a construir su primer acorazado. Esta idea fue acogida con gran jolgorio en la Conferencia Naval, pues no deja de ser bastante hilarante que una nación sin acceso al mar se dedique a tener una marina de guerra. Por tanto, nadie se opuso a la estrafalaria intención del emperador de Silvonia, a la que se le concedió permiso para construir un acorazado de cuantas toneladas quisiera.
La nación se puso enseguida manos a la obra, aunque no sin algunas protestas, pues la construcción del acorazado sí acarreaba una subida de impuestos considerable para poder costearlo. Pero de inmediato se presentó la cuestión que tan divertida había parecido en Londres: dónde ubicar el acorazado. Silvonia no tenía costa y parecía ridículo que el buque quedara fondeado en las aguas territoriales de algún país vecino. El emperador no se amilanó ante esto y declaró que la solución era muy sencilla: el río. «Pero el río no tiene caudal suficiente», adujeron los ingenieros navales contratados para la empresa. «Pues lo ampliaremos», contestó sencillamente Helmut. La voluntad del emperador se impuso de nuevo y las excavadoras no tardaron en comenzar a trabajar en el cauce del río, importándose también del extranjero, de forma continuada, cantidades ingentes de agua para llenarlo como era debido, convirtiéndose así el río prácticamente en un canal artificial.
Finalmente, después de tres años de arduos trabajos, se concluyeron el entrenamiento de la marinería, el acondicionamiento del río y la construcción del acorazado. Para su botadura solemne, fueron invitados periodistas y estadistas de toda Europa, que llegaron a Silvonia atónitos y expectantes a partes iguales. Helmut presidía la ceremonia ataviado con su uniforme de Gran Almirante, el primero de la historia gloriosa de Silvonia. Anunció al mundo que éste era sólo el primer paso hacia un nuevo orden europeo y mundial y que por fin Silvonia estaba en situación de reclamar el puesto que por derecho merecía entre las potencias. Tronaron entonces los poderosos cañones del monstruo metálico en una salva que aplaudió el pueblo de Silvonia, al que el emperador se dirigió directamente para terminar su discurso: «Aquí, delante de esta maravilla de la ingeniería y con el mundo entero de testigo, os prometo, súbditos míos, que jamás un ejército enemigo podrá desembarcar en nuestro país».
viernes, 4 de junio de 2010
jueves, 3 de junio de 2010
La aurora
He estado viendo amanecer por la tele. En la tele se hacía de día, pero aquí seguía siendo de noche. Me he preguntado de pronto si será romántico ver amanecer por la tele. Seguramente no. O quizá sí. Quizá vale más un amanecer en alta definición que uno en el horizonte. Al fin y al cabo, la polución estropea lo bonito de la realidad.
miércoles, 2 de junio de 2010
Todos esos treintañeros que quieren follarse a la hija de Kurt Cobain
Frances Bean Cobain va a cumplir dieciocho años en agosto. Esto lo sé porque lo pone en el periódico. Viene una foto suya y la encuentro extrañamente atractiva. Una persona normal quizá se pondría a pensar en cosas como que Kurt Cobain murió con veintisiete años y que para su hija su padre siempre será un tipo joven. Una persona normal pensaría cosas así. Yo en cambio me la estoy imaginando desnuda. Y no sé por qué, pues en esta foto no sale muy favorecida. Qué diría Freud de todo esto, me pregunto. Quizá que se trata de una atracción homosexual y necrófila hacia el ídolo muerto. Estar con la hija para sentirse cerca del padre. Alguna cosa así, supongo. Pero el caso es que nunca me ha gustado Courtney Love. A lo mejor es todo mucho más sencillo y sólo me gusta la hija porque tiene diecisiete años.
martes, 1 de junio de 2010
La lucha por la vida
Fui al cuarto de baño. Me puse a mear y de pronto una cucaracha empezó a escalar por la bañera. Miré a la cucaracha. La cucaracha me miró a mí (creo). Miré luego el dorado y continuado chorro. Qué indefenso está un hombre cuando mea. Qué inútil es. No puede ni matar a una cucaracha. Mientras yo filosofaba de esta manera, la cucaracha seguía su lento ascenso por el exterior de la bañera. Sopesé durante unos segundos la idea de mearla, pero aunque fuera un bicho asqueroso, quizá no se merecía tal humillación.
lunes, 31 de mayo de 2010
Lencería
—Me encantan las bragas que llevabas; tú venías preparada por si pasaba algo, ¿eh?
—¡Oye, no! —simula escandalizarse—. Simplemente, me gusta ir decente.
—Venías indecente, que es como me gusta a mí.
—¡Oye, no! —simula escandalizarse—. Simplemente, me gusta ir decente.
—Venías indecente, que es como me gusta a mí.
domingo, 30 de mayo de 2010
Negociando
—¿Y si después de acostarme contigo no quiero volver a follar con mi marido?
—A ver, ¿en serio estás usando eso como argumento para que me parezca mala idea que follemos?
—A ver, ¿en serio estás usando eso como argumento para que me parezca mala idea que follemos?
sábado, 29 de mayo de 2010
La nocturnidad y la alevosía
Escapando de la Noche en Blanco y de otros desatinos. Sentado a las puertas de una iglesia a las cuatro de la mañana. Bebiendo cerveza. Pensando que el tiempo lo cura todo, pero a mí me duele ahora. Escribiendo horas antes una declaración de amor en la pared. Un «te quiero» que es un adiós, una bofetada, un agravio. Te quiero, pero no puede ser. Te quiero, pero estoy solo en esto. Esto es lo que me mata, pasemos ahora a otra cosa. «¿Pero esto es para Babeth o para mí?», preguntó Alba al leerlo. Es para mí, pensé yo.
viernes, 28 de mayo de 2010
Autosuficiencia
«En tu mano está ser feliz», le habían dicho.
Él decidió masturbarse de manera compulsiva.
Él decidió masturbarse de manera compulsiva.
jueves, 27 de mayo de 2010
miércoles, 26 de mayo de 2010
Todos los poetas están muertos
Y mi salud ya no es la que era. Y no hay ningún pasado al que volver, pues la única constante ha sido tu ausencia. Y dejo mi vida enterrada bajo una capa arenosa de recuerdos mientras atravieso la noche. Y no hay nostalgia; también está enterrada.
martes, 25 de mayo de 2010
Principio
Frente a un banco, hablando con ella, que tiene que pagar alguna cosa. Le pregunto si ha ido ya al cine a ver El gran Lebowski. Es 1998. Todavía no he cumplido veinte años. Ella no ha cumplido los diecisiete. Me dice que sí, que le ha gustado mucho. Fue a verla con su novio, claro: un tipo de veintidós años bastante facha, aunque ella prefiere decir que es «de mentalidad clásica». Las mujeres y sus justificaciones, aunque todavía me queda mucho por aprender. Todavía no sé nada.
Intercambiamos algunas frases banales más y nos despedimos. Ya nos veremos por ahí, dice antes de entrar en el banco.
Está empezando el verano.
Intercambiamos algunas frases banales más y nos despedimos. Ya nos veremos por ahí, dice antes de entrar en el banco.
Está empezando el verano.
lunes, 24 de mayo de 2010
El vals
Y ella baila como si la vida se detuviera en los vericuetos de su danza, en los pliegues de su vestido ondulante, en sus pies danzarines, constantes en lo eterno.
domingo, 23 de mayo de 2010
Nueva crítica literaria
«Pescuezo» no puede ir en un poema, no es bello, hay que usar otras palabras más elevadas, me dice una noche que estamos leyendo en la cama. Debe de ser que esto no es un poema, pienso al día siguiente, cuando, sentados contra una pared, esperando a que llegue el autobús, me dice de pronto: tócame el coño.
sábado, 22 de mayo de 2010
Horror vacui
Forzarse a escribir y otros actos de autodisciplina para no volver a pensar en ti.
Mierda.
Mierda.
viernes, 21 de mayo de 2010
El gesto estético
Toda la vida escribiendo a las mujeres equivocadas. Claro que luego uno puede utilizar lo escrito para otra cosa. Publicarlo para que lo aprecien otros, por ejemplo. Ser práctico en el desamor. Reciclar el dolor. Rentabilizar lo perdido.
jueves, 20 de mayo de 2010
Para no publicar
En un bar. La chica le cuenta entre risas que, algunas noches, cuando está sola en la cama, no puede evitar pensar que nadie la va a querer. Él sonríe con disgusto y piensa que ahora mismo lleva en el bolsillo de la chaqueta ese libro en el que le publicaron una carta de amor que le escribió a ella. Qué tonta eres, amor, dice por fin.
Pero la verdad es que él tampoco es muy listo.
Pero la verdad es que él tampoco es muy listo.
miércoles, 19 de mayo de 2010
Haciendo cola
—¿Es usted el último? —pregunta una bella señorita.
—No siempre; soy un triunfador en diversos ámbitos —contesta el hombre.
—Me basta con saber que es el último de la cola.
—No seas así, que la historia no puede terminar tan pronto.
—¿Qué historia?
—Pues la nuestra, está claro —responde él con una sonrisa bajo su frondoso bigote.
—No tengo tiempo para historias, tengo mucho que hacer.
—Puede, pero eso será después, no ahora. Ahora en la cola no hay muchas opciones.
—Podríamos permanecer en silencio y mirar el techo. Todo un clásico —dice ella.
—Eso es tan aburrido, querida. Mejor sería amarnos brevemente y luego seguir con nuestras vidas. Me llamo Arturo, por cierto.
—Yo me llamo Angustias, pero no veo claro eso de amarnos.
—Eso es porque no eres vidente.
—¿Y usted sí?
—No, yo soy un señor con bigote.
—¿Y eso es una profesión?
—Más que eso: es una forma de vivir, una filosofía. No está al alcance de cualquiera ser un señor con bigote, hay que esforzarse para conseguirlo. Yo tuve que estudiar mucho, pero obtuve un bigote cum laude, como puedes ver. Pertenezco a una hermandad milenaria: la de los señores con bigote, casi un gobierno en la sombra.
—¿Y los señores con barba?
—Esos son todos unos subversivos y disolutos. No son de fiar. Sobre todo los que tienen barba sin bigote: marinos y sodomitas.
—Nunca hubiera imaginado que el vello facial fuera de tanta importancia.
—Hay tantas cosas de las que no se percata la gente.
—No siempre; soy un triunfador en diversos ámbitos —contesta el hombre.
—Me basta con saber que es el último de la cola.
—No seas así, que la historia no puede terminar tan pronto.
—¿Qué historia?
—Pues la nuestra, está claro —responde él con una sonrisa bajo su frondoso bigote.
—No tengo tiempo para historias, tengo mucho que hacer.
—Puede, pero eso será después, no ahora. Ahora en la cola no hay muchas opciones.
—Podríamos permanecer en silencio y mirar el techo. Todo un clásico —dice ella.
—Eso es tan aburrido, querida. Mejor sería amarnos brevemente y luego seguir con nuestras vidas. Me llamo Arturo, por cierto.
—Yo me llamo Angustias, pero no veo claro eso de amarnos.
—Eso es porque no eres vidente.
—¿Y usted sí?
—No, yo soy un señor con bigote.
—¿Y eso es una profesión?
—Más que eso: es una forma de vivir, una filosofía. No está al alcance de cualquiera ser un señor con bigote, hay que esforzarse para conseguirlo. Yo tuve que estudiar mucho, pero obtuve un bigote cum laude, como puedes ver. Pertenezco a una hermandad milenaria: la de los señores con bigote, casi un gobierno en la sombra.
—¿Y los señores con barba?
—Esos son todos unos subversivos y disolutos. No son de fiar. Sobre todo los que tienen barba sin bigote: marinos y sodomitas.
—Nunca hubiera imaginado que el vello facial fuera de tanta importancia.
—Hay tantas cosas de las que no se percata la gente.
martes, 18 de mayo de 2010
La libertad
La Multinacional demandó al pequeño estado porque las leyes de éste impedían el capitalismo salvaje. «Se vulneran los derechos como persona jurídica de mi cliente», alegó el abogado de la Multinacional en el juicio. El presidente del pequeño estado contestó que era el parlamento quien decidía las leyes, no las multinacionales. «¿Ha oído, señoría?», preguntó el abogado de la Multinacional, «¡se legisla en contra de las minorías!». Luego añadió que a su cliente se le discriminaba por su poderío económico, lo que era claramente una práctica estalinista. El presidente respondió que la legislación era justa e igualitaria. «Mentira», gritó el abogado, «¿qué pasa con los derechos humanos básicos de mi cliente? Derecho al despido libre, derecho a la objeción de conciencia en lo referente a las medidas de seguridad en el trabajo, derecho a alargar la jornada laboral de forma indefinida. El estado se muestra intolerante ante todo esto e insiste en imponer sus ideas sectarias, cuando mi cliente sólo quiere que se respete la libertad empresarial».
lunes, 17 de mayo de 2010
domingo, 16 de mayo de 2010
Plegaria
Creo en la Verdad Revelada que es tu cuerpo desnudo. Creo en tu Voz guiándome a través de este desierto. Creo en la luz de tus ojos en esta larga noche. Creo en el camino que asciende por tus piernas. Creo en encomendar mi espíritu en tus manos y mi cuerpo entre tus piernas. No creo en nada más.
sábado, 15 de mayo de 2010
Por qué te dije que no volvieras
Soñé que aún estaba vivo y era domingo y llovía. Soñé que llevaba diez años casado con la misma mujer. Soñé que había vuelto a un lugar donde fui feliz, pero ya no había sitio para mí. O yo era otro, ya no aquel. En cualquier caso, me marché y dejé la puerta abierta para que alguien pudiera ocupar mi lugar.
Soñé que luego estaba en una cafetería con otra mujer, a la que decía que su cuerpo le sentaba muy bien al alma. Soñé que ella se reía y me contestaba que siempre igual, siempre igual, que cuándo iba a cambiar. Soñé que no supe qué decir.
Soñé que la vida volvía a empezar, de pronto, suavemente, como si no pudiera ser de otra manera.
Soñé que luego estaba en una cafetería con otra mujer, a la que decía que su cuerpo le sentaba muy bien al alma. Soñé que ella se reía y me contestaba que siempre igual, siempre igual, que cuándo iba a cambiar. Soñé que no supe qué decir.
Soñé que la vida volvía a empezar, de pronto, suavemente, como si no pudiera ser de otra manera.
viernes, 14 de mayo de 2010
Amélie en el infierno
Abre los ojos Amélie y no ve más que un paisaje infernal. ¿Qué ha pasado, cómo he llegado aquí?, se pregunta con candidez. Y de pronto lo recuerda: metió la mano en las lentejas, pero no cuando estaban en un saco, como siempre, sino que esta vez quiso probar cuando estaban en la olla, al fuego. Craso error, pues sufrió quemaduras de tercer grado en la mano. Recuerda que acudió al hospital, donde le dieron vitaminas y la vacuna contra la gripe A (puesto que les sobraba), y que falleció finalmente al infectarse la herida. Qué muerte tan poco bonita, piensa.
Echa a andar Amélie por el infierno hasta que llega al Estigia, donde un huesudo Caronte, sentado en su barca, la mira con gesto hostil.
—Al pasar la barca, me dijo el barquero: las niñas bonitas no pagan dinero —canturrea la ingenua francesita.
—Sería otro barquero —responde Caronte, que extiende la mano.
Amélie mira en su bolso, pero sólo lleva canicas y confeti, bagatelas que pocas veces son consideradas dinero de curso legal. Y menos en el infierno. Finalmente, después de mucho regatear, se desprende de los pendientes y de la ropa interior, pues el anciano Caronte está hecho un viejo verde.
Navegan en silencio por el río de los muertos. Se detienen en un embarcadero y Caronte le indica que siga siempre el camino de baldosas negras. Amélie camina, pues no hay más opciones. Al rato, se topa con Saddam Hussein, que pide limosna al borde del camino. Amélie le da una canica. Saddam protesta agriamente, así que ella le arroja algo de confeti a la barba. Esto confunde al viejo dictador.
—Yo no tendría que estar aquí —gimotea al fin.
—¿No tuviste un juicio justo? —pregunta ella.
—Si maté a todos esos kurdos fue por error. Yo pensaba que ellos querían ser asesinados. ¿Quién podía imaginar lo contrario?
—No seas tan duro contigo, ya no puedes arreglarlo. Sé positivo.
—¿Positivo? ¿Condenado al infierno eternamente?
—Piensa en todo el tiempo libre que tienes ahora. ¿No tienes algún hobby?
—Bueno, me gusta pescar.
—Seguro que el Estigia está lleno de peces.
—No creo. De peces muertos, en todo caso.
—Mejor, así no los tienes que matar después de pescarlos —dice ella con una gran sonrisa.
—Eres una chica muy rara —contesta él.
Echa a andar Amélie por el infierno hasta que llega al Estigia, donde un huesudo Caronte, sentado en su barca, la mira con gesto hostil.
—Al pasar la barca, me dijo el barquero: las niñas bonitas no pagan dinero —canturrea la ingenua francesita.
—Sería otro barquero —responde Caronte, que extiende la mano.
Amélie mira en su bolso, pero sólo lleva canicas y confeti, bagatelas que pocas veces son consideradas dinero de curso legal. Y menos en el infierno. Finalmente, después de mucho regatear, se desprende de los pendientes y de la ropa interior, pues el anciano Caronte está hecho un viejo verde.
Navegan en silencio por el río de los muertos. Se detienen en un embarcadero y Caronte le indica que siga siempre el camino de baldosas negras. Amélie camina, pues no hay más opciones. Al rato, se topa con Saddam Hussein, que pide limosna al borde del camino. Amélie le da una canica. Saddam protesta agriamente, así que ella le arroja algo de confeti a la barba. Esto confunde al viejo dictador.
—Yo no tendría que estar aquí —gimotea al fin.
—¿No tuviste un juicio justo? —pregunta ella.
—Si maté a todos esos kurdos fue por error. Yo pensaba que ellos querían ser asesinados. ¿Quién podía imaginar lo contrario?
—No seas tan duro contigo, ya no puedes arreglarlo. Sé positivo.
—¿Positivo? ¿Condenado al infierno eternamente?
—Piensa en todo el tiempo libre que tienes ahora. ¿No tienes algún hobby?
—Bueno, me gusta pescar.
—Seguro que el Estigia está lleno de peces.
—No creo. De peces muertos, en todo caso.
—Mejor, así no los tienes que matar después de pescarlos —dice ella con una gran sonrisa.
—Eres una chica muy rara —contesta él.
jueves, 13 de mayo de 2010
La boina
—Perdone, señorita, pero tiene que quitarse eso que lleva en la cabeza.
—¿Las mechas?
—No, ese gorro.
—Ah, mi boina sideral.
—Lo que sea.
—No puedo quitármelo, es un símbolo de sumisión a mi dios.
—Como si es un símbolo de exaltación del dolor de juanetes: las normas son para todos.
—Imposible, necesito la boina para protegerme de los rayos X que tienen los hombres en los ojos.
—¿Cómo dice?
—Gracias a ella, no pueden verme desnuda. Ni violarme, que sería la reacción lógica y razonable.
—Lo que usted diga, pero aquí se tiene que quitar la boina. Y más siendo un símbolo religioso.
—Pero eso sería ofender a mi dios.
—Pues que su dios presente una queja en la ventanilla A-7.
—Dios no actúa así. Me castigaría a mí después de muerta. ¿Es que no entiende que ahora mismo me está vigilando? Está aquí, pendiente de mi fe.
—¿Aquí? ¿Dónde?
—Dios está en todas partes. Está por toda la habitación.
—¿En pedacitos? ¿Oculto en los rincones? ¿Se esconde en las grietas como las cucarachas?
—No sea blasfemo. Dios está, pero no se le ve. Ni se le oye. Ni se le huele. Pero está.
—Ya veo. ¿Y qué utilidad práctica tiene ese dios?
—Ninguna, Dios es algo trascendente. Oculto. Y tengo que servirle y ser una mujer obediente. Lo dice un libro que tengo en casa.
—Y llevar una boina para que no la violen, ¿no?
—Exactamente.
—Espere, tengo que consultar con mi supervisor si la enfermedad mental exime del cumplimiento de las normas.
—¿Las mechas?
—No, ese gorro.
—Ah, mi boina sideral.
—Lo que sea.
—No puedo quitármelo, es un símbolo de sumisión a mi dios.
—Como si es un símbolo de exaltación del dolor de juanetes: las normas son para todos.
—Imposible, necesito la boina para protegerme de los rayos X que tienen los hombres en los ojos.
—¿Cómo dice?
—Gracias a ella, no pueden verme desnuda. Ni violarme, que sería la reacción lógica y razonable.
—Lo que usted diga, pero aquí se tiene que quitar la boina. Y más siendo un símbolo religioso.
—Pero eso sería ofender a mi dios.
—Pues que su dios presente una queja en la ventanilla A-7.
—Dios no actúa así. Me castigaría a mí después de muerta. ¿Es que no entiende que ahora mismo me está vigilando? Está aquí, pendiente de mi fe.
—¿Aquí? ¿Dónde?
—Dios está en todas partes. Está por toda la habitación.
—¿En pedacitos? ¿Oculto en los rincones? ¿Se esconde en las grietas como las cucarachas?
—No sea blasfemo. Dios está, pero no se le ve. Ni se le oye. Ni se le huele. Pero está.
—Ya veo. ¿Y qué utilidad práctica tiene ese dios?
—Ninguna, Dios es algo trascendente. Oculto. Y tengo que servirle y ser una mujer obediente. Lo dice un libro que tengo en casa.
—Y llevar una boina para que no la violen, ¿no?
—Exactamente.
—Espere, tengo que consultar con mi supervisor si la enfermedad mental exime del cumplimiento de las normas.
miércoles, 12 de mayo de 2010
Dios en el diván
—Soy un psicópata, doctor.
—Eso lo tengo que decidir yo, no se precipite.
—Pero es que es verdad. Soy el primer terrorista de la historia. Todos los primogénitos de Egipto asesinados sólo porque yo así lo quise. La responsabilidad es sólo mía, pues yo sabía perfectamente que ningún gobierno puede ceder a un chantaje terrorista. Podría haber usado mi omnipotencia para teletransportar a todos los judíos fuera de Egipto, pero no. Yo quería que corriera la sangre, una demostración de fuerza. ¿Será que estoy acomplejado, doctor?
—Es pronto para diagnósticos.
—Siempre lo soluciono todo así, no soy capaz de respuestas sutiles. Arrasar ciudades enteras, diluvios universales, plagas. Pero yo lo que busco es amor. Quiero que me quieran. Y no lo hacen. Siempre están dispuestos a rendir culto a otras deidades. O a ninguna, esos son los peores. ¿Por qué no me quieren? No entienden que si los masacro es por su bien.
—Veamos. Usted considera que la gente le debe algo, ¿no es así? Concretamente, amor. O admiración, si lo prefiere.
—Eso es. Yo, que soy el que soy. Yo, que soy el Alfa y el Omega. Yo, que soy amor. Si les he creado es para que dediquen su vida a mí, a nada más.
—¿Y el libre albedrío?
—Lo tienen, se lo he dado yo. Y leyes durísimas que están obligados a cumplir.
—¿No es eso contradictorio?
—En absoluto. Son libres de elegir: una vida de sumisión o tortura eterna.
—¿No le parece algo injusto?
—Puede. No, poco es para lo que se merecen. No sé, doctor, no me controlo. A veces estoy lleno de odio. Luego, de pronto, quiero a todo el mundo. Pero siempre estoy receloso, nunca estoy contento, siempre quiero más. No me entiendo, ¿sabe? Creo que soy bipolar o pasivo-agresivo o qué sé yo. Pero es que mis caminos son inescrutables, claro, que es lo que digo yo siempre para excusarme.
—Bueno, relájese. Hablemos ahora de su padre.
—Sí, ahí quería yo llegar.
—Eso lo tengo que decidir yo, no se precipite.
—Pero es que es verdad. Soy el primer terrorista de la historia. Todos los primogénitos de Egipto asesinados sólo porque yo así lo quise. La responsabilidad es sólo mía, pues yo sabía perfectamente que ningún gobierno puede ceder a un chantaje terrorista. Podría haber usado mi omnipotencia para teletransportar a todos los judíos fuera de Egipto, pero no. Yo quería que corriera la sangre, una demostración de fuerza. ¿Será que estoy acomplejado, doctor?
—Es pronto para diagnósticos.
—Siempre lo soluciono todo así, no soy capaz de respuestas sutiles. Arrasar ciudades enteras, diluvios universales, plagas. Pero yo lo que busco es amor. Quiero que me quieran. Y no lo hacen. Siempre están dispuestos a rendir culto a otras deidades. O a ninguna, esos son los peores. ¿Por qué no me quieren? No entienden que si los masacro es por su bien.
—Veamos. Usted considera que la gente le debe algo, ¿no es así? Concretamente, amor. O admiración, si lo prefiere.
—Eso es. Yo, que soy el que soy. Yo, que soy el Alfa y el Omega. Yo, que soy amor. Si les he creado es para que dediquen su vida a mí, a nada más.
—¿Y el libre albedrío?
—Lo tienen, se lo he dado yo. Y leyes durísimas que están obligados a cumplir.
—¿No es eso contradictorio?
—En absoluto. Son libres de elegir: una vida de sumisión o tortura eterna.
—¿No le parece algo injusto?
—Puede. No, poco es para lo que se merecen. No sé, doctor, no me controlo. A veces estoy lleno de odio. Luego, de pronto, quiero a todo el mundo. Pero siempre estoy receloso, nunca estoy contento, siempre quiero más. No me entiendo, ¿sabe? Creo que soy bipolar o pasivo-agresivo o qué sé yo. Pero es que mis caminos son inescrutables, claro, que es lo que digo yo siempre para excusarme.
—Bueno, relájese. Hablemos ahora de su padre.
—Sí, ahí quería yo llegar.
martes, 11 de mayo de 2010
El partido
—Un grupo de prehistoriadores ha confirmado que primero fue la nada —informa el presidente del partido en la reunión de cada año—. Esa nada a la que volvemos a paso de gigante porque no gobernamos nosotros.
—Habrá que hacer algo —proclama el líder de las juventudes del partido—. Engatusar a los ciudadanos para que nos voten a nosotros, que conduciremos el país por la senda correcta de las buenas costumbres y los valores del pasado. Hacia adelante con la mirada puesta atrás, ése ha de ser nuestro lema.
—Todo está ya inventado —responde una política de mediana edad—. Haría falta una campaña novedosa para llamar la atención y destacar entre tanto anuncio de bebidas refrescantes, coches y detergentes del futuro.
—Podríamos prometer recortes de impuestos para los que se afilien a nuestro partido —propone el líder juvenil—. Apelemos al egoísmo de la gente, que se afiliará por si acaso ganamos.
—Si ganamos, también podríamos deportar a los afiliados de otros partidos —se anima el presidente.
—Quizá sería pernicioso para la economía —arguye un señor con gafas.
—Con esa actitud tan negativa no vamos a ninguna parte —replica el presidente.
—Habrá que hacer algo —proclama el líder de las juventudes del partido—. Engatusar a los ciudadanos para que nos voten a nosotros, que conduciremos el país por la senda correcta de las buenas costumbres y los valores del pasado. Hacia adelante con la mirada puesta atrás, ése ha de ser nuestro lema.
—Todo está ya inventado —responde una política de mediana edad—. Haría falta una campaña novedosa para llamar la atención y destacar entre tanto anuncio de bebidas refrescantes, coches y detergentes del futuro.
—Podríamos prometer recortes de impuestos para los que se afilien a nuestro partido —propone el líder juvenil—. Apelemos al egoísmo de la gente, que se afiliará por si acaso ganamos.
—Si ganamos, también podríamos deportar a los afiliados de otros partidos —se anima el presidente.
—Quizá sería pernicioso para la economía —arguye un señor con gafas.
—Con esa actitud tan negativa no vamos a ninguna parte —replica el presidente.
lunes, 10 de mayo de 2010
De la vida
Un escenario en mitad de la nada y un hombre subido a él.
—He amado hasta donde me han dejado. Hasta esta línea dibujada con tiza en el suelo. Luego ya no ha habido tiempo ni espacio para nada más.
Entra una mujer.
—Yo, que tantos corazones he roto por la noche —dice ella—. Los arrojaba al suelo y se rompían en mil pedazos. Sonaban como gotas de lluvia contra la ventana.
Entra el verdugo.
—Han pasado tantas vidas por mis manos —declama el verdugo—. Y las apagué como se apagan velas con los dedos. Pero era necesario. Era necesario poner punto final a tantas páginas emborronadas de desatinos. La vida ha de ser algo ordenado, con una trama que se pueda seguir fácilmente. No a la existencia entendida como literatura anarquista. No a un caos de días y noches sin objeto.
Entra la muerte.
—He abrazado a tantos —explica con calma—. Hay sitio en mis brazos para todos. Para todos tengo una mirada, como muy bien dijera Pavese. Soy la madre amantísima del mundo.
Entra Dios.
—Yo sólo existo en la imaginación y no tengo nada que decir —confiesa.
Cae el telón.
—He amado hasta donde me han dejado. Hasta esta línea dibujada con tiza en el suelo. Luego ya no ha habido tiempo ni espacio para nada más.
Entra una mujer.
—Yo, que tantos corazones he roto por la noche —dice ella—. Los arrojaba al suelo y se rompían en mil pedazos. Sonaban como gotas de lluvia contra la ventana.
Entra el verdugo.
—Han pasado tantas vidas por mis manos —declama el verdugo—. Y las apagué como se apagan velas con los dedos. Pero era necesario. Era necesario poner punto final a tantas páginas emborronadas de desatinos. La vida ha de ser algo ordenado, con una trama que se pueda seguir fácilmente. No a la existencia entendida como literatura anarquista. No a un caos de días y noches sin objeto.
Entra la muerte.
—He abrazado a tantos —explica con calma—. Hay sitio en mis brazos para todos. Para todos tengo una mirada, como muy bien dijera Pavese. Soy la madre amantísima del mundo.
Entra Dios.
—Yo sólo existo en la imaginación y no tengo nada que decir —confiesa.
Cae el telón.
domingo, 9 de mayo de 2010
Una pertinaz tristeza
En el tren escucho a una mujer preguntándole a su hijo: «¿te ha gustado el médico?». «No», responde el niño en un ejercicio de sinceridad infantil. Qué bien le entiendo, pienso yo. El médico, al fin y al cabo, es un extraño que invade nuestra intimidad y que finalmente nos dice algo que no sabemos de nosotros mismos. Nos revela lo oculto, como un vidente, pero pocas veces será una predicción como «conocerá a una misteriosa morena con la que vivirá una bonita historia de amor», sino que suele parecerse más a «se embarcará en un negocio ruinoso y acabará en la calle». El médico nos juzga y luego nos absuelve o nos condena. Quizá yo por eso a veces trato de engañar al mío para que dictamine que tengo buena salud, como si bastara que él lo diga para que sea verdad.
Pensando en todo esto, se me ocurre una historia de un hombre que llega a la consulta de su médico aquejado de una pertinaz tristeza. El doctor le examina y le explica que poco se puede hacer, pues se trata de una condición crónica con la que tiene que aprender a vivir. El hombre suplica, explica su buena conducta (sus buenos hábitos) y le ruega al doctor que no sea tan duro con su diagnosis y que le reduzca la condena. Pero el médico contesta: «no puede ser, siga los cauces habituales, presente su apelación a la enfermera».
Pensando en todo esto, se me ocurre una historia de un hombre que llega a la consulta de su médico aquejado de una pertinaz tristeza. El doctor le examina y le explica que poco se puede hacer, pues se trata de una condición crónica con la que tiene que aprender a vivir. El hombre suplica, explica su buena conducta (sus buenos hábitos) y le ruega al doctor que no sea tan duro con su diagnosis y que le reduzca la condena. Pero el médico contesta: «no puede ser, siga los cauces habituales, presente su apelación a la enfermera».
sábado, 8 de mayo de 2010
Mandarinas y otras armas arrojadizas
De ti me llevé una enfermedad que me tuvo en cama dos semanas, cuatro noches para una novela rota, un barquito de papel permanentemente naufragado en el escritorio, un trasplante de corazón que quizá funcionó.
Me llevé también un principio de enfisema de tanto fumar contigo, una emoción no contenida al recordar tus pasos de baile insinuados en cada movimiento, meses de anhelo, cruzar la calle como un kamikaze por disimular tu ausencia.
Me llevé, en fin, este deseo, esta falta de aire (enrarecido), este silencio, esta pena.
Me llevé también un principio de enfisema de tanto fumar contigo, una emoción no contenida al recordar tus pasos de baile insinuados en cada movimiento, meses de anhelo, cruzar la calle como un kamikaze por disimular tu ausencia.
Me llevé, en fin, este deseo, esta falta de aire (enrarecido), este silencio, esta pena.
viernes, 7 de mayo de 2010
Para Jerome, con amor y sordidez
«Escribir es estar muerto, pero disimulando», me dice Salinger en un parque. Yo disimulo, aunque creo que no estoy muerto, pero sí escribiendo esto mentalmente. Como parece que espera una respuesta por mi parte, finalmente digo que escribir en España puede ser llorar, morir o beber, según se le pregunte a Larra, Cernuda o Leopoldo María Panero. Salinger se encoge de hombros, que no sé si es una manera de decirme que no le interesa o bien que no sabe qué decir. Me decanto por lo segundo, en un ejercicio de optimismo.
«¿Y cómo es la muerte?», le pregunto para romper el silencio y enseguida me parece una estupidez, como si le hubiera preguntado a qué sabe la muerte o algo así. Por un momento creo que Salinger me va a contestar que la muerte sabe a fresa, pero no llega a pasar. Tan sólo me recita unos versos enigmáticos: «la vida pasa lenta / como un petrolero / e igual de absurda». «Qué bonito», digo, pero por decir algo, que a saber a qué se refería con eso. «No es mío, se lo he escuchado a Ezra Pound esta mañana», responde, y señala con el dedo a otro banco, donde están sentados Pound y E. E. Cummings. Se me ocurre entonces que quizá la muerte para los escritores anglosajones es un parque, un parque en medio del infierno, pero no le digo nada a Salinger, que se levanta para jugar a la petanca con William Burroughs, Norman Mailer y Samuel Beckett.
«¿Y cómo es la muerte?», le pregunto para romper el silencio y enseguida me parece una estupidez, como si le hubiera preguntado a qué sabe la muerte o algo así. Por un momento creo que Salinger me va a contestar que la muerte sabe a fresa, pero no llega a pasar. Tan sólo me recita unos versos enigmáticos: «la vida pasa lenta / como un petrolero / e igual de absurda». «Qué bonito», digo, pero por decir algo, que a saber a qué se refería con eso. «No es mío, se lo he escuchado a Ezra Pound esta mañana», responde, y señala con el dedo a otro banco, donde están sentados Pound y E. E. Cummings. Se me ocurre entonces que quizá la muerte para los escritores anglosajones es un parque, un parque en medio del infierno, pero no le digo nada a Salinger, que se levanta para jugar a la petanca con William Burroughs, Norman Mailer y Samuel Beckett.
jueves, 6 de mayo de 2010
El perfecto anfitrión
Así que la muerte se ha instalado en la ciudad, en el hotel Excelsior, donde cada noche celebra una cena de gala a la que son invitadas las más altas personalidades, que acuden con el temor marcado en el rostro. «Qué hacer», se preguntó el señor embajador de Alemania antes de presentarse por primera vez, «enemistarse con la muerte no es la decisión más inteligente que se puede tomar en esta vida, pero compartir con ella cocochas parece también arriesgado». Sin embargo, los comensales reconocen que el trato es exquisito, que la muerte es un tipo encantador que trata a sus invitados con el donaire y cortesía que merece gente de tan alto copete. Siempre tiene palabras amables para todos: galanterías para las damas, parabienes para los caballeros.
miércoles, 5 de mayo de 2010
La muerte en primicia
«Falleció ayer, siete de junio de 2009, a la edad de treinta y cuatro años, Bernardo Rojo Carmona. Amigo leal y trabajador incansable, no deja mujer ni hijos. Sus compañeros del hotel Buena Victoria ruegan un responso por su alma». Así rezaba la esquela que leí en el periódico. Esto en principio no sería algo destacable, si no fuera porque Bernardo Rojo Carmona era yo y leer tu propia esquela quizá no sea lo más habitual. El hecho de estar en el sofá leyendo el periódico me hacía sospechar que gozaba de buena salud, a pesar de que el diario afirmara lo contrario y su trayectoria como diario serio fuera inmaculada. No, yo no estaba muerto, me dije, esto era un error periodístico, una información mal contrastada. Hay que verificar que el difunto está efectivamente muerto antes de anunciar su fallecimiento; evita complicaciones.
Llamé a la redacción del periódico. Me atendió un amable redactor que se tomó muy bien que un muerto le hablara por teléfono. Le dije que habían publicado una esquela anunciando mi muerte y, como podía comprobar al oír mi voz, yo seguía vivo. Con una calma envidiable, me contestó que quién le demostraba a él que yo era el fallecido. «Podría ser usted un bromista», adujo. Quise demostrar mi identidad dando mi número de la seguridad social, pero me explicó que él no era policía, que no conocía esos datos y no tenía manera de contrastarlos conmigo. Luego añadió que difícilmente podía ser la esquela un error, pues había una noticia referente a mi óbito en la sección de sucesos. «Me parece que eso deja claro que la muerte del tal Bernardo Rojo Carmona está correctamente verificada», concluyó.
Colgué y abrí el periódico por la sección de sucesos. Era cierto, había una breve crónica que informaba de mi suicidio. Al parecer, a primera hora de la tarde, después de subir las maletas de unos clientes y no recibir propina, me había arrojado al vacío por una de las ventanas del hotel. Mi cadáver había quedado irreconocible, pero había sido fácil determinar que era yo, pues el uniforme de botones me delataba (los otros botones demostraron fácilmente que no se trataban de la víctima al no encontrarse estampados en el asfalto).
Esto no podía ser, era absurdo. Recordaba que me había frustrado no recibir propina después de cargar con esas maletas tan pesadas (y más estando el ascensor averiado), ¿pero de ahí a tirarme por la ventana? No soy un tipo tan visceral. Además, si aquello fuera cierto, no estaría en casa planteándomelo, sino en la morgue. No, sin duda se trataba de un error. Quizá algún loco se había suicidado con un uniforme de botones robado. O quizá era algún botones de otro hotel que pretendía desacreditarnos con su sacrificio. Pero nadie es tan estúpido como para llevar la lealtad laboral a esos extremos, así que descarté enseguida esto último.
En cualquier caso, no recordaba ningún revuelo y es evidente que una tragedia así no pasa desapercibida. Tal vez el suicidio sucedió justo después de marcharme, porque lo cierto es que me había marchado pronto a casa debido a que no me encontraba bien. Eso explicaría que, en mi ausencia, me tomaran por el tipo estrellado en el suelo.
Reflexionando acerca de todo esto, encendí el televisor y puse las noticias con la esperanza de que hablaran de mi falsa muerte. Tuve suerte (una suerte relativa, claro); después de informar de la política nacional, pasaron a hablar de las tragedias cotidianas. Entre ellas, la mía. Decían que el día anterior se había suicidado el empleado de un hotel. Comentaron brevemente el estrés del trabajo y salió mi amigo Felipe, que dijo que yo era un buen tipo y que nunca había dado señales de estar deprimido. Luego enfocaron un cuerpo en la calle, tapado con una sábana blanca. Era yo, sin duda: mi brazo izquierdo estaba descubierto y pude reconocer un lunar que tengo junto al codo.
Estaba muerto, lo decía incluso la tele.
Comprendí por fin que estaba intentando enmendar el error de forma incorrecta. Hice entonces lo que debía: me puse el uniforme de botones y regresé al hotel. Antes de saltar por la ventana, imaginé cómo sería la esquela del día siguiente: «Volvió a fallecer ayer, ocho de junio de 2009, a la edad de treinta y cuatro años, Bernardo Rojo Carmona. Amigo leal y trabajador incansable, no deja mujer ni hijos. Sus compañeros del hotel Buena Victoria ruegan que esta vez sea la definitiva».
Llamé a la redacción del periódico. Me atendió un amable redactor que se tomó muy bien que un muerto le hablara por teléfono. Le dije que habían publicado una esquela anunciando mi muerte y, como podía comprobar al oír mi voz, yo seguía vivo. Con una calma envidiable, me contestó que quién le demostraba a él que yo era el fallecido. «Podría ser usted un bromista», adujo. Quise demostrar mi identidad dando mi número de la seguridad social, pero me explicó que él no era policía, que no conocía esos datos y no tenía manera de contrastarlos conmigo. Luego añadió que difícilmente podía ser la esquela un error, pues había una noticia referente a mi óbito en la sección de sucesos. «Me parece que eso deja claro que la muerte del tal Bernardo Rojo Carmona está correctamente verificada», concluyó.
Colgué y abrí el periódico por la sección de sucesos. Era cierto, había una breve crónica que informaba de mi suicidio. Al parecer, a primera hora de la tarde, después de subir las maletas de unos clientes y no recibir propina, me había arrojado al vacío por una de las ventanas del hotel. Mi cadáver había quedado irreconocible, pero había sido fácil determinar que era yo, pues el uniforme de botones me delataba (los otros botones demostraron fácilmente que no se trataban de la víctima al no encontrarse estampados en el asfalto).
Esto no podía ser, era absurdo. Recordaba que me había frustrado no recibir propina después de cargar con esas maletas tan pesadas (y más estando el ascensor averiado), ¿pero de ahí a tirarme por la ventana? No soy un tipo tan visceral. Además, si aquello fuera cierto, no estaría en casa planteándomelo, sino en la morgue. No, sin duda se trataba de un error. Quizá algún loco se había suicidado con un uniforme de botones robado. O quizá era algún botones de otro hotel que pretendía desacreditarnos con su sacrificio. Pero nadie es tan estúpido como para llevar la lealtad laboral a esos extremos, así que descarté enseguida esto último.
En cualquier caso, no recordaba ningún revuelo y es evidente que una tragedia así no pasa desapercibida. Tal vez el suicidio sucedió justo después de marcharme, porque lo cierto es que me había marchado pronto a casa debido a que no me encontraba bien. Eso explicaría que, en mi ausencia, me tomaran por el tipo estrellado en el suelo.
Reflexionando acerca de todo esto, encendí el televisor y puse las noticias con la esperanza de que hablaran de mi falsa muerte. Tuve suerte (una suerte relativa, claro); después de informar de la política nacional, pasaron a hablar de las tragedias cotidianas. Entre ellas, la mía. Decían que el día anterior se había suicidado el empleado de un hotel. Comentaron brevemente el estrés del trabajo y salió mi amigo Felipe, que dijo que yo era un buen tipo y que nunca había dado señales de estar deprimido. Luego enfocaron un cuerpo en la calle, tapado con una sábana blanca. Era yo, sin duda: mi brazo izquierdo estaba descubierto y pude reconocer un lunar que tengo junto al codo.
Estaba muerto, lo decía incluso la tele.
Comprendí por fin que estaba intentando enmendar el error de forma incorrecta. Hice entonces lo que debía: me puse el uniforme de botones y regresé al hotel. Antes de saltar por la ventana, imaginé cómo sería la esquela del día siguiente: «Volvió a fallecer ayer, ocho de junio de 2009, a la edad de treinta y cuatro años, Bernardo Rojo Carmona. Amigo leal y trabajador incansable, no deja mujer ni hijos. Sus compañeros del hotel Buena Victoria ruegan que esta vez sea la definitiva».
martes, 4 de mayo de 2010
La cadena
Dice Richard Dawkins que si estamos aquí es porque somos increíblemente afortunados, pues formamos parte de una larga cadena ininterrumpida de seres humanos que han logrado reproducirse. Voy pensando esto en el autobús, junto a otros seres humanos que son eslabones de otras cadenas. Yo, que no me he peinado hoy antes de salir de casa, soy un milagro de la vida, un ser improbable que desciende de humanos que han conseguido siempre transmitir su código genético. Da que pensar. Da vértigo, incluso, así que le pido a una señora que se levante y me ceda el asiento. La señora me mira con sumo disgusto y dice que ya no se respeta nada. Puede que no, pienso yo, pero tenga en cuenta que me flaquean las piernas por lo afortunado que soy de estar aquí de pie. Yo soy y otros no son. Lo que no es, no es. Lo que es, no puede no ser. Y viceversa. Pero no le hablo de estas cuestiones metafísicas a la señora, claro. Sólo le robo el asiento, lo que también me parece un triunfo biológico.
lunes, 3 de mayo de 2010
As time goes by
Aquella mañana era 1965 en Guildford, Inglaterra, así como en el resto del planeta, pero el físico William Brown tenía una opinión distinta. ¿Y si no?, se preguntaba mientras se llevaba otra cucharada de cereales con leche a la boca. ¿Y si estos cereales existen también en otros planos espaciotemporales? ¿Y si ahora mismo están en la boca de otro hombre, en otra época?
Llamó a su ex mujer para consultarle estos pensamientos revolucionarios, pero nadie contestó el teléfono. ¿Y si no está en casa porque se encuentra en otro plano espaciotemporal, donde las leyes morales son otras?, se preguntó.
¿Y si la gente sale y entra en los distintos universos sin que nadie se dé cuenta?, se planteó mientras paseaba al perro por el parque. Podría ser que ese niño que juega con la cometa se interne dentro de cinco minutos en otro universo y nunca más aparezca en este en el que vivo yo. ¿Adónde va la gente que no volvemos a ver nunca más? Todos esos extraños con los que nos cruzamos inadvertidamente en la calle. Esa gente que nos presentan una noche en un bar y cuyo nombre olvidamos a los cinco minutos. ¿Y si son espías de universos malignos a los que informan de todos nuestros movimientos? Quintacolumnistas de universos paralelos. ¿Y si las desapariciones que se denuncian a la policía tienen una explicación más siniestra? ¿Y si se tratan de traidores que se han pasado al enemigo? O quizá son personas inocentes que han sido secuestradas por los paralelos.
¿Y si los paralelos observan mi sueño?, se preguntó una noche en la que no lograba dormirse. ¿Y si las ventanas de las casas de algún universo dan a mi dormitorio? ¿Y si me asomo al armario y de pronto veo el mismo horizonte que ellos? ¿Y si leen mis pensamientos con la misma claridad con que yo los enuncio? Quizá los publican en sus periódicos, en primera plana.
Llamó a su ex mujer para consultarle estos pensamientos revolucionarios, pero nadie contestó el teléfono. ¿Y si no está en casa porque se encuentra en otro plano espaciotemporal, donde las leyes morales son otras?, se preguntó.
¿Y si la gente sale y entra en los distintos universos sin que nadie se dé cuenta?, se planteó mientras paseaba al perro por el parque. Podría ser que ese niño que juega con la cometa se interne dentro de cinco minutos en otro universo y nunca más aparezca en este en el que vivo yo. ¿Adónde va la gente que no volvemos a ver nunca más? Todos esos extraños con los que nos cruzamos inadvertidamente en la calle. Esa gente que nos presentan una noche en un bar y cuyo nombre olvidamos a los cinco minutos. ¿Y si son espías de universos malignos a los que informan de todos nuestros movimientos? Quintacolumnistas de universos paralelos. ¿Y si las desapariciones que se denuncian a la policía tienen una explicación más siniestra? ¿Y si se tratan de traidores que se han pasado al enemigo? O quizá son personas inocentes que han sido secuestradas por los paralelos.
¿Y si los paralelos observan mi sueño?, se preguntó una noche en la que no lograba dormirse. ¿Y si las ventanas de las casas de algún universo dan a mi dormitorio? ¿Y si me asomo al armario y de pronto veo el mismo horizonte que ellos? ¿Y si leen mis pensamientos con la misma claridad con que yo los enuncio? Quizá los publican en sus periódicos, en primera plana.
domingo, 2 de mayo de 2010
El futuro
Yo no veo el futuro, no soy vidente —dice el hombre—; tampoco lo leo, pero un vecino mío sí lo hacía: leía el futuro en las novelas de Emilio Salgari. Yo, caballero, soy oyente, oigo el futuro en los pasos de la gente. En el andar de una persona está escrito su porvenir. O grabado, más bien; es como sentarse a escuchar un disco. También puedo oírlo en las estrellas, pero me cuesta más, el sonido me llega desde muy lejos. Es como una radio con el volumen muy bajo. Aunque lo cierto es que es muy bonito dormirse arrobado por el sonido tenue de todos esos futuros aún por vivir.
sábado, 1 de mayo de 2010
Y por eso creo en el infierno
Treinta días, setecientos días, dos mil quinientos días en una casa habitada por mis fantasmas. Y nada más que tiempo en las ventanas, empañadas. La vida es como la muerte, pero con mejores vistas, le digo a la chica, que no está. Tanta metafísica para no estar, me quejo. Tanta poesía para acabar disimulando el amor. Pero aquí no podemos vivir, añado luego. Con esos ojos tan grandes que tienes, que ocupan toda la habitación. Dónde vamos a meter los muebles, nena. Y otras cosas que le digo —aprovechando que sigue sin estar por aquí—, porque amar es exagerar, enmendar el mundo con hipérboles desaforadas. El amor (o el humor) como pinceladas de vida. O algo así.
Claro que tampoco hay amor. Ni intimidad. La pena es pública, pero no compartida. La pena es personal e intransferible. Hay que cumplir la pena, dice alguien, pero a mí me parece que mejor sería incumplirla y perseguir entelequias con alegría. Aunque estemos hechos de heridas mal cerradas y de recuerdos gangrenados. Porque es tan bonito llevarle la contraria a la vida. Es como la carga de la Brigada ligera, como subir al cadalso cantando, como la Danza de los espíritus.
Pero no importa; hoy la vida es como siempre. Y tú y yo tenemos tantas cosas que decir(nos), pero el mundo queda tan lejos, niña. Tendría que escribir contigo, vivir contigo, perder el tiempo juntos a manos llenas. Pero ya no sé, ya no puedo.
Claro que tampoco hay amor. Ni intimidad. La pena es pública, pero no compartida. La pena es personal e intransferible. Hay que cumplir la pena, dice alguien, pero a mí me parece que mejor sería incumplirla y perseguir entelequias con alegría. Aunque estemos hechos de heridas mal cerradas y de recuerdos gangrenados. Porque es tan bonito llevarle la contraria a la vida. Es como la carga de la Brigada ligera, como subir al cadalso cantando, como la Danza de los espíritus.
Pero no importa; hoy la vida es como siempre. Y tú y yo tenemos tantas cosas que decir(nos), pero el mundo queda tan lejos, niña. Tendría que escribir contigo, vivir contigo, perder el tiempo juntos a manos llenas. Pero ya no sé, ya no puedo.
viernes, 30 de abril de 2010
Astenias
En el autobús, cansado de todo esto. Esta fabulación constante para eludir lo feo de la realidad. Lo feo que es todo, que decía ella. Lo feo que es todo sin ti, que es la respuesta natural. Este atravesar la noche en completo silencio. Este anhelo que no termina. Yo quiero ser quien te quite el sueño y la ropa, que dije hace mil años. Pero esto sólo sirve para hacer literatura.
jueves, 29 de abril de 2010
La mañana
La mañana está a punto de empezar. Será dentro de un momento. Yo, sin embargo, tengo que atender a otras cuestiones. Ahora mismo no se me ocurre ninguna, pero seguro que las hay. Quizá se me ocurra alguna antes de que empiece la mañana.
miércoles, 28 de abril de 2010
La luna y el sol
—La luna es la muela de un gigante.
—Si tú lo dices.
—Que sí, me lo contó mi tío, que tiene muchos amigos dentistas. Dentistas suecos, además.
—Seguro que eso puntúa doble.
—El gigante se arrancó la muela porque le dolía y la arrojó muy lejos. Tanto, que entró en órbita. Y ahí sigue, iluminando por la noche a los enamorados.
—Romanticismo dental.
—Sí.
—¿Y el sol?
—El sol es un grano de arroz que tenía el gigante entre los dientes. También lo arrojó lejos. Y ahí sigue, iluminando por el día a los turistas.
—Turismo arrocero.
—Sí. Por eso en inglés sería más correcto llamar al amanecer sunrice.
—Si tú lo dices.
—Que sí, me lo contó mi tío, que tiene muchos amigos dentistas. Dentistas suecos, además.
—Seguro que eso puntúa doble.
—El gigante se arrancó la muela porque le dolía y la arrojó muy lejos. Tanto, que entró en órbita. Y ahí sigue, iluminando por la noche a los enamorados.
—Romanticismo dental.
—Sí.
—¿Y el sol?
—El sol es un grano de arroz que tenía el gigante entre los dientes. También lo arrojó lejos. Y ahí sigue, iluminando por el día a los turistas.
—Turismo arrocero.
—Sí. Por eso en inglés sería más correcto llamar al amanecer sunrice.
martes, 27 de abril de 2010
Debe
querida,
no era tu frialdad
ni tu incapacidad de amar.
lo que nunca te perdonaré
es que me hicieras perder el tiempo.
no era tu frialdad
ni tu incapacidad de amar.
lo que nunca te perdonaré
es que me hicieras perder el tiempo.
lunes, 26 de abril de 2010
Muerte y destrucción y otros éxitos de siempre
Así que uno recupera de pronto sensaciones del pasado. La mala hostia perpetua. La intransigencia. El odio adolescente. El deseo de compartir con los demás la destrucción, que ya está bien de vivirla como una cuestión privada. Atila como modelo a seguir. La venganza permanente de Iván el Terrible. La ira como liberación.
domingo, 25 de abril de 2010
Paseos nocturnos
Llegados a este punto, ya no sé si escribo porque sufro o sufro porque escribo o sencillamente escribo porque escribo y sufro porque sufro.
sábado, 24 de abril de 2010
La soledad
El hombre encendió la radio para que hubiera algo de ruido. En ese momento, el locutor estaba anunciando algo sorprendente: la sonda de la NASA había encontrado vida inteligente extraterrestre. Con la voz temblándole de emoción, el locutor terminó diciendo: «no estamos solos en el universo». El hombre, en la oscuridad de su cuarto vacío, no encontró consuelo en esto.
viernes, 23 de abril de 2010
Desiertos
Todo esto es Atroz, dice ella, un país en el que vivir siempre. Bueno, malvivir. Y él mira las llanuras infinitas, la desolación perpetua, los campos agostados, y sabe que morir es como volver a casa o viceversa.
lunes, 19 de abril de 2010
Hay volcanes
Y va el estraperlista de nuestra historia oteando el horizonte como pensando «todo esto se lo podría vender a alguien» cuando se encuentra con Sarmientos, la chica de la película, aunque esto no es una película.
—Hay volcanes en lontananza —dice ella.
Él piensa que es muy poético eso, aunque no haya volcanes a la vista.
—Sí, en Islandia —contesta por romper el silencio.
—Qué bonita es Islandia en esta época del año. Es violeta.
—Quizá de lejos.
—Me llamo Sarmientos, pero tú puedes llamarme Sar.
—Su Alteza Real.
—¿Cómo dices?
—No, nada. Qué bonitos ojos tienes.
—Gracias, son míos. No me los han prestado.
—¿Nunca has pensado en invertir en ellos?
—Pues no. A veces me echo colirio, no sé si eso aumenta su precio de mercado.
—Totalmente. Podríamos vender acciones de tus ojos.
—¿Acciones como parpadear? ¿Ponerlos en blanco?
—Más o menos.
—Hay volcanes en lontananza —repite Sarmientos—. Lontananza es una bonita palabra. Se parece a longaniza, pero no lo es.
Y cae de pronto sobre ellos una cálida ceniza a modo de telón.
—Hay volcanes en lontananza —dice ella.
Él piensa que es muy poético eso, aunque no haya volcanes a la vista.
—Sí, en Islandia —contesta por romper el silencio.
—Qué bonita es Islandia en esta época del año. Es violeta.
—Quizá de lejos.
—Me llamo Sarmientos, pero tú puedes llamarme Sar.
—Su Alteza Real.
—¿Cómo dices?
—No, nada. Qué bonitos ojos tienes.
—Gracias, son míos. No me los han prestado.
—¿Nunca has pensado en invertir en ellos?
—Pues no. A veces me echo colirio, no sé si eso aumenta su precio de mercado.
—Totalmente. Podríamos vender acciones de tus ojos.
—¿Acciones como parpadear? ¿Ponerlos en blanco?
—Más o menos.
—Hay volcanes en lontananza —repite Sarmientos—. Lontananza es una bonita palabra. Se parece a longaniza, pero no lo es.
Y cae de pronto sobre ellos una cálida ceniza a modo de telón.
domingo, 18 de abril de 2010
Literatura
—Tú me quieres por suicidio sentimental. Somos dos suicidas, al fin y al cabo.
—Qué bonito eso, a su manera. «Tú me quieres por suicidio sentimental».
—Vale, utilízalo, pero pónmelo a mí en la boca, que sólo sirvo como musa.
—Yo te pondría otras cosas en la boca, amor.
—Ya sabía yo...
—¿Verdad? Soy incorregible.
—Claro. Si te conozco: pervertido sentimental.
—Eh, qué bonito también eso. Hoy estás más poeta que musa.
—Vale, entonces me retiro de musa.
—«Pervertido sentimental». Voy a usarlo de seudónimo en algún concurso.
—Qué bonito eso, a su manera. «Tú me quieres por suicidio sentimental».
—Vale, utilízalo, pero pónmelo a mí en la boca, que sólo sirvo como musa.
—Yo te pondría otras cosas en la boca, amor.
—Ya sabía yo...
—¿Verdad? Soy incorregible.
—Claro. Si te conozco: pervertido sentimental.
—Eh, qué bonito también eso. Hoy estás más poeta que musa.
—Vale, entonces me retiro de musa.
—«Pervertido sentimental». Voy a usarlo de seudónimo en algún concurso.
sábado, 17 de abril de 2010
La astenia
Siete y cuarto de la mañana. Esta incapacidad para levantarse de la cama. Estos buenos veinte minutos que pasan lentamente sin mover un músculo. «Quizá si no salgo de la cama, no empiece el día» y otros pensamientos absurdos. Y esta sensación persistente de que todo es una farsa que vamos inventando cada día.
viernes, 16 de abril de 2010
Acción
—Eh, usted.
—¿Es a mí?
—En este texto no sale nadie más.
—Es cierto, no me había fijado. Qué calamidad, yo quería pedir un taxi.
—¿Le gustaría aparecer como extra en la vida de otra persona?
—No sé, ¿es una persona importante?
—Lo es. Se trata de una protagonista.
—Vaya. Yo también quisiera ser protagonista. Y que otros fueran extras en mi vida.
—No sea tan ambicioso, hay que ir paso a paso. Si nos convence su trabajo, es posible que volvamos a llamarle.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Poca cosa. Pasear arriba y abajo por esta calle, de forma casual, como si no tuviera nada mejor que hacer.
—Es como si hubiera nacido para este papel.
—¿Es a mí?
—En este texto no sale nadie más.
—Es cierto, no me había fijado. Qué calamidad, yo quería pedir un taxi.
—¿Le gustaría aparecer como extra en la vida de otra persona?
—No sé, ¿es una persona importante?
—Lo es. Se trata de una protagonista.
—Vaya. Yo también quisiera ser protagonista. Y que otros fueran extras en mi vida.
—No sea tan ambicioso, hay que ir paso a paso. Si nos convence su trabajo, es posible que volvamos a llamarle.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Poca cosa. Pasear arriba y abajo por esta calle, de forma casual, como si no tuviera nada mejor que hacer.
—Es como si hubiera nacido para este papel.
jueves, 15 de abril de 2010
Días como hoy
Días como hoy, en los que la vida se detiene. Algo de lluvia en la calle, no demasiada. Como una pizca de melancolía en el café o algo así. Como entregarse al tabaquismo a escondidas, que decía ella. Como buscarse un abogado. Como saltar por la ventana que hay en el centro de todo esto, como marcharse fuera, donde sólo hace un poco más de frío que aquí, y mirar la ventana desde el otro lado, desde lejos, como si perteneciera a otro.
miércoles, 14 de abril de 2010
Encontrar lo perdido
Encontrar un número de teléfono apuntado y no saber de quién es. Uno podría llamar, claro, y preguntar. Quizá ni siquiera sería necesario preguntar, pues tal vez fuera posible reconocer a nuestro interlocutor cuando contestara, pero imaginemos que no, imaginemos que el sonido de su voz no nos dice nada, que no somos capaces de identificar a su dueño. Entonces habría que decirle nuestro nombre y preguntar. Decir que hemos encontrado este número y no sabemos a quién pertenece. Pero podría suceder que la otra persona fuera alguien importante de nuestro pasado y se sintiera ofendida. ¿Cómo que has olvidado mi número?, podría quejarse la otra persona, ¿cómo puedes ver mi número y que te sea totalmente extraño? E improvisar una rápida disculpa y colgar, avergonzados por nuestra falta de memoria.
martes, 13 de abril de 2010
Saber venderse
Hay que promocionarse. Saber venderse. Trabajar de relaciones públicas de uno mismo. Ocuparse también de las labores de propaganda para ganar la guerra. Mientras tanto, reina la paz en la ciudad. Ha empezado la primavera.
lunes, 12 de abril de 2010
Los amantes sempiternos
Tú me quieres por suicidio sentimental, dice ella. No es verdad, contesta él, es que somos amantes sempiternos. Ella sonríe y dice: me gusta eso; ¿sempiterno es algo así como viejo o para toda la vida o qué? Para toda la vida, responde él. ¿Cuál es la definición de la RAE?, pregunta ella, que quiere algo más oficial.
Lo miran:
sempiterno, na.
(Del lat. sempiternus).
1. adj. Que durará siempre; que, habiendo tenido principio, no tendrá fin.
Qué bonito, dice ella. Sí, no podría ser más adecuada, piensa él.
Lo miran:
sempiterno, na.
(Del lat. sempiternus).
1. adj. Que durará siempre; que, habiendo tenido principio, no tendrá fin.
Qué bonito, dice ella. Sí, no podría ser más adecuada, piensa él.
domingo, 11 de abril de 2010
sábado, 10 de abril de 2010
La muerte documentada
Mire, siempre llevo encima el resultado de la autopsia de mi difunta mujer. Ahora que lo pienso, es un poco redundante decir lo de difunta, pues no se practican autopsias a personas vivas, el colegio de médicos lo tiene terminantemente prohibido. Como le decía, nunca salgo de casa sin el resultado de la autopsia de mi mujer. Me sirve para recordar lo breve y vana que es la vida, además de su fragilidad. En días primaverales como hoy, me siento en la terraza de un bar, pido una cerveza y releo las causas de su muerte. Todo en lenguaje burocrático, frío y aséptico. Como si hablara de una persona teórica y no real. Claro que, por otra parte, morirse es salir de la realidad y existir sólo como idea, como recuerdo.
viernes, 9 de abril de 2010
El fin
—Y de nuevo esto es el fin.
—Perdona, pero eso es imposible.
—¿Cómo dices?
—Que es imposible que de nuevo sea el fin. El fin, por definición, sólo puede ser una vez. Si no, se trataría tan sólo de una pausa.
—Pero es que «y de nuevo esto es una pausa» no suena tan dramático.
—Las cosas son como son, no como nos gustaría que fueran.
—¿Y no podría haber pequeños fines en vez de uno grande?
—Entonces tendrías que decir: «y de nuevo esto es un fin». Pero no el fin.
—¿Y el largo fin? El largo fin que dura demasiado.
—Vale. Pero entonces la frase sería un poco rara: «y de nuevo esto es el largo fin». Como si uno entrara y saliera del fin a voluntad. «Voy al fin, ¿me acompañas». Es un poco absurdo.
—Pues ya no sé qué decir.
—Prueba con el fin aparente.
—¿«Y de nuevo esto es el fin aparente»?
—Eso es. No es el fin de verdad, pero engaña.
—El fin ya no es lo que era.
—Perdona, pero eso es imposible.
—¿Cómo dices?
—Que es imposible que de nuevo sea el fin. El fin, por definición, sólo puede ser una vez. Si no, se trataría tan sólo de una pausa.
—Pero es que «y de nuevo esto es una pausa» no suena tan dramático.
—Las cosas son como son, no como nos gustaría que fueran.
—¿Y no podría haber pequeños fines en vez de uno grande?
—Entonces tendrías que decir: «y de nuevo esto es un fin». Pero no el fin.
—¿Y el largo fin? El largo fin que dura demasiado.
—Vale. Pero entonces la frase sería un poco rara: «y de nuevo esto es el largo fin». Como si uno entrara y saliera del fin a voluntad. «Voy al fin, ¿me acompañas». Es un poco absurdo.
—Pues ya no sé qué decir.
—Prueba con el fin aparente.
—¿«Y de nuevo esto es el fin aparente»?
—Eso es. No es el fin de verdad, pero engaña.
—El fin ya no es lo que era.
jueves, 8 de abril de 2010
El gran circo
Yo ya no tengo tiempo para malabarismos, aunque esto lo desmientan los hechos, los hechos aparentes. Es verdad que me embarco siempre en los espectáculos del pasado, como un artista que es incapaz de retirarse, pero son las circunstancias, son las circunstancias las que me obligan a subir al escenario una y otra vez para representar los mismos monólogos, intentar el más difícil todavía y declamar con voz grave mientras realizo un doble mortal hacia atrás sin que se derrame el agua del vaso que sostengo en una mano.
miércoles, 7 de abril de 2010
47974 palabras
Pero yo no puedo querer, dice la chica, estoy muerta por dentro. Mi alma es un camposanto. Mi corazón es un osario. Mi cabeza es un maelstrom en el que se hunden las esperanzas. Yo sólo sé destruir todo lo que toco. Es mi mayor talento. Pero quizá podría ser todo distinto. Podríamos ser otros. Yo podría dejar atrás tanta muerte y tú me dedicarías 47974 palabras.
¿No pueden ser 47975?, pregunta él.
¿No pueden ser 47975?, pregunta él.
martes, 6 de abril de 2010
Lo acostumbrado
Y ella me dice que lo mejor que puedo hacer es olvidarme de lo nuestro e irme con la otra chica. Que me irá mejor, afirma. Que seguro que es más sencillo con la otra, que además tiene las tetas más grandes y es más joven.
Y yo no digo nada. Llevo toda la vida escuchándole decir cosas así. Algún día tendrá que cansarse.
Y yo no digo nada. Llevo toda la vida escuchándole decir cosas así. Algún día tendrá que cansarse.
lunes, 5 de abril de 2010
domingo, 4 de abril de 2010
El rostro
Ha notado usted que no tengo rostro. Es algo que me ha dado problemas en el pasado, pero ahora me va bien. Mi novia, que es pintora, me dibuja una cara distinta cada día.
sábado, 27 de marzo de 2010
Desapariciones
Pero esto es como un truco de magia en el que desaparezco después de decir: nada va a cambiar mi amor. Ella sonríe (ya no le sorprenden estos arrebatos míos) y contesta: nada va a cambiar, mi amor.
viernes, 26 de marzo de 2010
Primavera
—Ya es primavera.
—Sí, otra vez. Qué aburrimiento.
—¿Cómo dices?
—Todos los años es la misma historia.
—¿Y qué te gustaría? ¿Que después del invierno llegara el otoño?
—No estaría mal, sería original. También podría ser un día primavera e invierno al día siguiente. Así, sin avisar. O un año con tres primaveras y un otoño. O uno con dos primaveras y dos veranos.
—Eres muy raro.
—Sí, otra vez. Qué aburrimiento.
—¿Cómo dices?
—Todos los años es la misma historia.
—¿Y qué te gustaría? ¿Que después del invierno llegara el otoño?
—No estaría mal, sería original. También podría ser un día primavera e invierno al día siguiente. Así, sin avisar. O un año con tres primaveras y un otoño. O uno con dos primaveras y dos veranos.
—Eres muy raro.
jueves, 25 de marzo de 2010
Entre la vigilia y el sueño
Y me tiro toda la noche corrigiendo poemas que, en fin, no hay quién los salve, pero hay que intentarlo por el gesto estético o por el qué dirán o por vete tú a saber qué. Luego, por la mañana, voy en el tren dando cabezadas de pie con el fruto de tantas horas de trabajo absurdo bajo el brazo.
Finalmente acabo entregándoselo a un agradable funcionario que lo sella todo y guarda los poemas en un cajón. Para el jurado. Ya le llamaremos. Circule.
Finalmente acabo entregándoselo a un agradable funcionario que lo sella todo y guarda los poemas en un cajón. Para el jurado. Ya le llamaremos. Circule.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Poemas chungos y otros ejercicios de latrocinio
Todo lo que tienes de bonita
lo tienes de mentirosa.
Pero quién se va a quejar por unas cuantas mentiras
cuando esas tetas son de verdad.
lo tienes de mentirosa.
Pero quién se va a quejar por unas cuantas mentiras
cuando esas tetas son de verdad.
martes, 23 de marzo de 2010
lunes, 22 de marzo de 2010
Los amantes
ELLA: Yo no te convengo. Sólo te hago daño. No te siento nada bien.
ÉL: Eso no es verdad. Me sientas muy bien; lo que me sienta mal es tu ausencia. Ya sabes: la droga es buena, lo que es malo es el mono.
ÉL: Eso no es verdad. Me sientas muy bien; lo que me sienta mal es tu ausencia. Ya sabes: la droga es buena, lo que es malo es el mono.
domingo, 21 de marzo de 2010
Los amigos
HOMBRE A: Paco se retrasa.
HOMBRE B: Como siempre.
HOMBRE A: Yo ya estoy cansado de esperarle.
HOMBRE B: Y yo.
HOMBRE A: Mira, ese hombre de allí también parece estar esperando a alguien.
HOMBRE B: Sí. Oye, podríamos llevárnoslo a él.
HOMBRE A: Buena idea. (Dirigiéndose al hombre) Oiga, perdone.
HOMBRE C: Dígame.
HOMBRE A: ¿Está usted esperando a alguien?
HOMBRE C: A unos amigos. Pero se retrasan. Siempre llegan tarde.
HOMBRE B: Podría usted venirse con nosotros. ¿Cómo se llama?
HOMBRE C: Rafa.
HOMBRE A: ¿Le importa que le llamemos Paco?
HOMBRE C: Bueno, lo vería un poco raro.
HOMBRE B: Paco es mejor nombre.
HOMBRE C: ¿Seguro?
HOMBRE B: Sí. Hágame caso, que yo entiendo de esto.
HOMBRE C: Ah, siendo así...
HOMBRE A: Una cosa más: háblenos un poco de sus gustos.
HOMBRE C: Pues no sé, lo normal. Me gusta pasear. Las bicicletas en verano. La disciplina inglesa. El andar de los cangrejos.
HOMBRE B: A mí me vale.
HOMBRE A: Y a mí. Bien, vamos al bar, que el partido ya habrá empezado.
HOMBRE C: Es bonito hacer nuevos amigos.
HOMBRE B: Como siempre.
HOMBRE A: Yo ya estoy cansado de esperarle.
HOMBRE B: Y yo.
HOMBRE A: Mira, ese hombre de allí también parece estar esperando a alguien.
HOMBRE B: Sí. Oye, podríamos llevárnoslo a él.
HOMBRE A: Buena idea. (Dirigiéndose al hombre) Oiga, perdone.
HOMBRE C: Dígame.
HOMBRE A: ¿Está usted esperando a alguien?
HOMBRE C: A unos amigos. Pero se retrasan. Siempre llegan tarde.
HOMBRE B: Podría usted venirse con nosotros. ¿Cómo se llama?
HOMBRE C: Rafa.
HOMBRE A: ¿Le importa que le llamemos Paco?
HOMBRE C: Bueno, lo vería un poco raro.
HOMBRE B: Paco es mejor nombre.
HOMBRE C: ¿Seguro?
HOMBRE B: Sí. Hágame caso, que yo entiendo de esto.
HOMBRE C: Ah, siendo así...
HOMBRE A: Una cosa más: háblenos un poco de sus gustos.
HOMBRE C: Pues no sé, lo normal. Me gusta pasear. Las bicicletas en verano. La disciplina inglesa. El andar de los cangrejos.
HOMBRE B: A mí me vale.
HOMBRE A: Y a mí. Bien, vamos al bar, que el partido ya habrá empezado.
HOMBRE C: Es bonito hacer nuevos amigos.
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