—Buenas tardes. Quería comprar unas moscas musicales.
—¿De qué tipo?
—Me gustaría que tocaran alguna sinfonía con su revoloteo.
—Lo siento, no me quedan. Pero tengo unas que rapean.
—No es lo mismo.
—También tengo unas que imitan el zumbido de un frigorífico estropeado.
—Moscas comunes. Ya tengo en casa.
—Entiendo. También tengo cucarachas submarinas, si le interesan.
—¿Y qué hacen?
—Bucean. Es un espectáculo digno de verse.
—Creo que las cucarachas me disgustan incluso bajo agua.
—¿Y unas luciérnagas aromáticas? Brillan en la oscuridad y huelen a vainilla.
—¡Oh, qué práctico! Me llevaré media docena, por favor.
—¿Se las envuelvo para regalo?
—No, gracias, me las llevaré puestas.
sábado, 20 de marzo de 2010
viernes, 19 de marzo de 2010
El paseo
La calle, la noche, la luz de las farolas que van iluminando mi errar. El quedo rumor de mis pasos, que no me llevan a ningún sitio. Mi sombra, que fielmente me sigue.
jueves, 18 de marzo de 2010
Retablo de miseria y amor
Falta un minuto, quizá dos, para las cinco de la mañana. No he dormido nada, mis ojos son faros que cortan la noche eterna y blablablá (todas esas tonterías). Todas las chicas bonitas descansan ahora. En brazos de otros, seguramente. Pero no importa: tengo en el bolsillo unas promesas de indulgencia y evasión y cientos de poemas que todavía no soy capaz de recordar. Tal vez mañana empiece.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Mal de altura
—Y me falta el aire, ¿sabes?
—Eso va a ser asma. Ve al médico.
—Sólo me pasa cuando estoy contigo.
—El esfuerzo sexual, claro; no estás acostumbrado. Pobre.
—Es imposible decirte algo bonito, ¿sabes?
—Eso va a ser asma. Ve al médico.
—Sólo me pasa cuando estoy contigo.
—El esfuerzo sexual, claro; no estás acostumbrado. Pobre.
—Es imposible decirte algo bonito, ¿sabes?
martes, 16 de marzo de 2010
Los marasmos cotidianos
Todos los hombres que podría ser, pero que no soy. Todos los mundos que podríamos inventar. Todas las noches de espera a la luz de las farolas, cuando podríamos estar «haciendo el amor y la guerra en habitaciones sórdidas de pensiones baratas», que decías tú. Todo lo que quizá, tal vez, a lo mejor, quién sabe.
lunes, 15 de marzo de 2010
El silencio
Muebles de IKEA, vida pequeñoburguesa. Los meses que pasan y no te tengo. Y la calle está llena de lluvia y de recuerdos que esperan que alguien los arranque de la tela de la realidad. O algo parecido.
domingo, 14 de marzo de 2010
Las pulgas estalinistas
Soñé que nuestro perro tenía pulgas estalinistas y que creaban distintos gulags en su piel, dijo ella. Él no supo que decir a esto, pero revisó al perro, para que estuviera tranquila. No, sus pulgas son normales y corrientes, contestó al fin. ¿Corrientes porque corren y escapan?, preguntó ella. Piensa que podrían estar huyendo de las estalinistas, añadió. Él respondió que mejor sería ir mañana al veterinario, que seguro que entendía más de totalitarismos pulgosos que ellos.
sábado, 13 de marzo de 2010
Sobre la omnipresencia (2)
Si vamos apretados en el transporte público es porque Dios está en todas partes.
viernes, 12 de marzo de 2010
Sobre la omnipresencia
Si Dios está en todas partes, entonces es imposible encontrar sitio para aparcar.
jueves, 11 de marzo de 2010
El momento
Sí, estoy un poco cansado de tanto desencanto, pero no es nada, se me pasará pronto: basta con que pase algo con lo que engañarse un tiempo o bien recibir cierta cantidad de dinero (la suficiente para invertir en adicciones); en definitiva, que pase algo inesperado, que lo esperado es terriblemente previsible y aburrido.
Todas las historias terminan mal, lo importante es empezarlas bien.
Todas las historias terminan mal, lo importante es empezarlas bien.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Mi Stalingrado
Ya ves, aún estoy despierto en mi Stalingrado, pegando tiros al azar, aunque el azar los devuelve todos y qué buena puntería tiene. En el infierno será ya de día, pero yo no he conseguido dormir. Sólo estoy esperando a que deje de llover para salir a buscar ese amor en el que ya no creo, porque hubo un tiempo en el que era el poeta más romántico de todos, cuando creía en cosas que ya he olvidado pero que me invento igualmente. Pero ya ves, aquí estoy, sentado a oscuras, haciendo anagramas con tu nombre, los únicos poemas que soy capaz de escribir esta noche. Pero no hay manera de decir adiós, sólo despedidas a la francesa y mutis por el foro.
martes, 9 de marzo de 2010
El fin del mundo
—El jueves vamos a celebrar el fin del mundo —dice Martínez—. ¿Te apuntas?
Yo hago como que no he escuchado nada y sigo trabajando. Trabajando en el buscaminas, claro.
—Habrá furcias —insiste—. Y fulanas, que empieza por la misma letra.
Levanto la vista y miro la hora. Todavía queda mucho para terminar la jornada.
—Piensa que es una vez en la vida. El fin del mundo, quiero decir. Lo de las furcias se puede hacer hoy también. Yo siempre tengo tiempo para furcias.
Asiento y emito un gruñido, pero no desiste.
—Mi padre me decía que nunca llegaría a nada, pero aquí me tienes. Voy a asistir al fin de los tiempos en primera fila, mientras que él no puede ver nada en la oscuridad de su tumba. ¿Quién es el fracasado ahora, papá?
—¿A qué hora es el fin del mundo? —me rindo.
—En la tele han dicho que a las once y media, pero puede retrasarse un poco. Por eso empezamos la fiesta a las nueve. Por cierto, que fiesta, fin, furcias y fulanas empiezan por la misma letra.
Yo suspiro. Ya podría ser el fin del mundo ahora.
Yo hago como que no he escuchado nada y sigo trabajando. Trabajando en el buscaminas, claro.
—Habrá furcias —insiste—. Y fulanas, que empieza por la misma letra.
Levanto la vista y miro la hora. Todavía queda mucho para terminar la jornada.
—Piensa que es una vez en la vida. El fin del mundo, quiero decir. Lo de las furcias se puede hacer hoy también. Yo siempre tengo tiempo para furcias.
Asiento y emito un gruñido, pero no desiste.
—Mi padre me decía que nunca llegaría a nada, pero aquí me tienes. Voy a asistir al fin de los tiempos en primera fila, mientras que él no puede ver nada en la oscuridad de su tumba. ¿Quién es el fracasado ahora, papá?
—¿A qué hora es el fin del mundo? —me rindo.
—En la tele han dicho que a las once y media, pero puede retrasarse un poco. Por eso empezamos la fiesta a las nueve. Por cierto, que fiesta, fin, furcias y fulanas empiezan por la misma letra.
Yo suspiro. Ya podría ser el fin del mundo ahora.
lunes, 8 de marzo de 2010
Terremotos
—Arrepentíos —dice un cura que aprovecha la catástrofe para hacer proselitismo—. Dios os ha castigado por vuestra falta de fe, por no obedecer sus mandamientos. Aceptad a Cristo como vuestro salvador y éste os protegerá de toda desgracia.
—Perdone, pero entonces Dios trabaja como la mafia —protesta un hombre que busca entre las ruinas de su casa.
—¿Veis, hermanos? Es por culpa de estas actitudes heréticas que Dios nos castiga —grita el cura.
La gente responde apedreando al hombre.
—Perdone, pero entonces Dios trabaja como la mafia —protesta un hombre que busca entre las ruinas de su casa.
—¿Veis, hermanos? Es por culpa de estas actitudes heréticas que Dios nos castiga —grita el cura.
La gente responde apedreando al hombre.
domingo, 7 de marzo de 2010
sábado, 6 de marzo de 2010
Paisaje imaginario 2000
Un desierto de arenas blancas por el que voy andando sin rumbo fijo. Buitres en el cielo, escorpiones bajo las rocas. Un escritorio en medio de esta nada y un señor sentado detrás de él.
—Buenos días —digo yo.
—Buenos días —me contesta él.
—Creo que me he perdido.
—En casa como en ningún sitio, ¿no?
Yo me miro los zapatos por si llevara unos de rubíes como en El mago de Oz, pero no es el caso.
—Es que me siento un tanto perdido en este desierto —contesto algo tontamente.
—Ya. Pero yo no soy el administrador, sólo soy el recepcionista.
—¿El recepcionista del desierto?
—No es un desierto cualquiera.
—¿Es un desierto de aburrimiento?
—No cite a Baudelaire, que no son horas —contesta con desgana—. Mire, no perdamos más el tiempo. Le están esperando.
—¿Quiénes?
—Ellas.
—Qué críptico es usted. ¿Y qué quieren ellas?
—Hablar con usted de dos mil días, seis años, yo qué sé. Sólo soy el recepcionista, le repito.
—Vale, perdone. ¿Y dónde me esperan?
—Siga en cualquier dirección hasta que encuentre un oasis.
—¿Un oasis de horror?
—Que no cite a Baudelaire, coño —protesta el hombre.
Nos despedimos y camino por el desierto, que sigue lleno de arena, escorpiones bajo las rocas y buitres en el cielo, hasta que al rato llego a un pequeño oasis, un diminuto vergel en medio de esta desolación. Junto a un manantial de cristalinas aguas, me encuentro sentadas a A y B, que llevan vaporosos vestidos blancos.
—Hola —digo yo, puesto que no se me ocurre nada mejor.
—Así que dos mil textos para pasar la noche —dice B.
—Así que seis años en esto —dice A.
—¿Tanto tiempo ha pasado ya? Si era sólo un entretenimiento sin importancia —contesto yo.
—¿Y ahora qué? —preguntan las dos.
—Pues más de lo mismo, imagino. No tengo planes para nada. Aunque podríamos aprovechar ahora que estamos los tres aquí y follar.
—Siempre igual, Míchel —se ríe A.
—Pues el caso es que no llevamos nada debajo del vestido —afirma B.
—Ya me había dado cuenta. Qué bien os sienta el blanco con esta luz.
—Claro, todo esto es tu fantasía —dice B acercándose a A y besándola—. ¿Ves?
—Perdona, estaba distraído y no me he fijado bien. Hazlo de nuevo.
Se ríen las dos. Entonces aparece Ad, también vestida de blanco, y dice:
—Míchel, eres un guarro.
—No es verdad, soy puro candor.
—Sólo te interesan el sexo y la literatura —responde N, que sale de algún sitio y se sienta con las otras.
—Y el alcoholismo —dice L.
—Ir de maldito —añade S—. Sólo venías a verme las noches que no te apetecía coger el autobús para volver a tu casa.
—Todo esto no es más que mala prensa —me defiendo yo.
—A mí me dijiste que querías colaborar conmigo —dice M—, pero sólo querías metérmela.
—No es verdad. Yo seguía interesado en el proyecto después de que nos acostáramos. De hecho, te quería para algo más. Te quería de musa.
—Claro, así tenías una rubia, una pelirroja y una morena, ¿no?
—La perfección.
—Yo soy mejor musa que esposa, Míchel —interviene A.
—Yo también. Las relaciones serias se me siguen dando fatal —dice B.
—Yo siempre seré Madame Bovary —dice Ad.
—Yo soy bipolar —dice P.
Y empiezan a hablar todas a la vez, reprochándome cosas o dando excusas para no estar conmigo o comentando anécdotas entre ellas. «Bah, mujeres», mascullo, y me marcho. Todavía me queda mucho desierto por andar.
—Buenos días —digo yo.
—Buenos días —me contesta él.
—Creo que me he perdido.
—En casa como en ningún sitio, ¿no?
Yo me miro los zapatos por si llevara unos de rubíes como en El mago de Oz, pero no es el caso.
—Es que me siento un tanto perdido en este desierto —contesto algo tontamente.
—Ya. Pero yo no soy el administrador, sólo soy el recepcionista.
—¿El recepcionista del desierto?
—No es un desierto cualquiera.
—¿Es un desierto de aburrimiento?
—No cite a Baudelaire, que no son horas —contesta con desgana—. Mire, no perdamos más el tiempo. Le están esperando.
—¿Quiénes?
—Ellas.
—Qué críptico es usted. ¿Y qué quieren ellas?
—Hablar con usted de dos mil días, seis años, yo qué sé. Sólo soy el recepcionista, le repito.
—Vale, perdone. ¿Y dónde me esperan?
—Siga en cualquier dirección hasta que encuentre un oasis.
—¿Un oasis de horror?
—Que no cite a Baudelaire, coño —protesta el hombre.
Nos despedimos y camino por el desierto, que sigue lleno de arena, escorpiones bajo las rocas y buitres en el cielo, hasta que al rato llego a un pequeño oasis, un diminuto vergel en medio de esta desolación. Junto a un manantial de cristalinas aguas, me encuentro sentadas a A y B, que llevan vaporosos vestidos blancos.
—Hola —digo yo, puesto que no se me ocurre nada mejor.
—Así que dos mil textos para pasar la noche —dice B.
—Así que seis años en esto —dice A.
—¿Tanto tiempo ha pasado ya? Si era sólo un entretenimiento sin importancia —contesto yo.
—¿Y ahora qué? —preguntan las dos.
—Pues más de lo mismo, imagino. No tengo planes para nada. Aunque podríamos aprovechar ahora que estamos los tres aquí y follar.
—Siempre igual, Míchel —se ríe A.
—Pues el caso es que no llevamos nada debajo del vestido —afirma B.
—Ya me había dado cuenta. Qué bien os sienta el blanco con esta luz.
—Claro, todo esto es tu fantasía —dice B acercándose a A y besándola—. ¿Ves?
—Perdona, estaba distraído y no me he fijado bien. Hazlo de nuevo.
Se ríen las dos. Entonces aparece Ad, también vestida de blanco, y dice:
—Míchel, eres un guarro.
—No es verdad, soy puro candor.
—Sólo te interesan el sexo y la literatura —responde N, que sale de algún sitio y se sienta con las otras.
—Y el alcoholismo —dice L.
—Ir de maldito —añade S—. Sólo venías a verme las noches que no te apetecía coger el autobús para volver a tu casa.
—Todo esto no es más que mala prensa —me defiendo yo.
—A mí me dijiste que querías colaborar conmigo —dice M—, pero sólo querías metérmela.
—No es verdad. Yo seguía interesado en el proyecto después de que nos acostáramos. De hecho, te quería para algo más. Te quería de musa.
—Claro, así tenías una rubia, una pelirroja y una morena, ¿no?
—La perfección.
—Yo soy mejor musa que esposa, Míchel —interviene A.
—Yo también. Las relaciones serias se me siguen dando fatal —dice B.
—Yo siempre seré Madame Bovary —dice Ad.
—Yo soy bipolar —dice P.
Y empiezan a hablar todas a la vez, reprochándome cosas o dando excusas para no estar conmigo o comentando anécdotas entre ellas. «Bah, mujeres», mascullo, y me marcho. Todavía me queda mucho desierto por andar.
viernes, 5 de marzo de 2010
Capítulo 1999
Vale, hemos llegado hasta aquí, que es mucho más lejos de lo que pensábamos, querida, y si bien es cierto que la vida no nos ha tratado con especial dureza (si hacemos la media entre los dos, por supuesto), sucede que pasan los años y no te tengo, y los años no van a volver, ni las oportunidades perdidas, ni las noches que hemos desperdiciado en no estar juntos. Pero también podemos esperar a que se acabe el mundo, claro.
jueves, 4 de marzo de 2010
El mundo como realidad
Y ella repite que hay otra realidad, pero dónde, pregunto yo, dónde está esa otra realidad. Y ella me observa con rostro serio y me pide que no mire esta noche debajo de la cama. Y yo, claro, al principio obedezco, pero me tiene intrigado con esto y no consigo conciliar el sueño. ¿Qué habrá debajo de la cama? ¿Un cadáver? ¿Un monstruo que me arrastrará a la oscuridad? La vieja pesadilla infantil. Así que al final miro debajo de la cama y no encuentro nada, sólo polvo y unas zapatillas viejas. Cuando se lo cuento a la mañana siguiente, se ríe y me dice que no entiendo nada, que precisamente la idea era que no mirara debajo de la cama.
miércoles, 3 de marzo de 2010
El mundo como voluntad
Y volver a la vida es volver a ti, dice con la boca pequeña. Porque ya no hay tiempo para estas cosas, para estos desmanes amorosos, para estas confesiones trasnochadas. La locura es todavía notoria, pero algún día aprenderemos a amar.
martes, 2 de marzo de 2010
El mundo como representación
Suena música en una habitación en silencio. Aparece un hombre que dice:
—Si suena música, no puede estar la habitación en silencio.
El autor rectifica. Suena música en una habitación. Aparece el hombre de antes. Dice:
—La vida, qué estafa. Si lo hubiera sabido antes, habría escogido otra cosa.
Entra una chica. Que el lector imagine a la chica más guapa que conozca y se hará cierta idea.
—No está tan mal —dice la chica—. La vida, ya sabes. Hay cosas peores.
—¿Cómo qué? —pregunta el hombre.
—No lo sé, el autor ha dejado en blanco esa línea de mi guión.
—Igual quiere que guardes un silencio interesante.
—U ominoso.
Se miran en silencio durante un buen rato, de forma grave e intensa.
—Me está entrando miedo —dice él.
—A mí también —contesta ella.
—¿Y si hacemos otra cosa?
—Miremos el guión.
El guión dice que se besen, pero no están de acuerdo. No han sido formalmente presentados y no quieren que el lector se lleve una idea equivocada.
—Yo me llamo Martina —se presenta ella—. ¿Y tú?
—Gustavo.
—Como la rana. Vaya nombre.
—La culpa es del autor, que me tiene manía.
—Claro.
—¿Nos besamos ya?
—Es pronto, no sé nada de ti —dice ella.
—Me gustan las tardes de lluvia y los perros mecánicos.
—¿Los perros mecánicos?
—A mí no me mires, viene en el guión.
—Ah, es verdad. Aquí dice que son lo último en tecnología japonesa.
—Tengo ochenta. Los colecciono.
—Una jauría mecánica. ¿Y son dóciles?
—Sólo cuando los desenchufo. Bueno, ¿qué llevas puesto?
—¿Es que tienes problemas en la vista? Llevo este vestido azul.
—Me refiero a debajo.
—Oye, te estás pasando de la raya.
—¡Que lo dice en el guión!
—Oh, pues es cierto: «él le pregunta qué lleva debajo; ella le abofetea».
—Creo que esa parte nos la podemos saltar —dice él.
—¿Seguro? Dicen que abofeteo muy bien.
—Las mejores bofetadas son las que sólo se insinúan.
—Eso te lo acabas de inventar, no viene en el guión.
—El autor me dijo que improvisara.
—No es justo, ¿por qué yo no puedo improvisar y tú sí? —se queja ella.
—Creo que lo hace para compensar lo de Gustavo.
—Vale, sí, tiene sentido.
—Bueno, ¿nos besamos ya?
—¿No quieres saber antes algo de mí?
—Ya me lo cuentas luego.
Se besan con pasión. Él le mete la mano por debajo del vestido. Cae el telón.
—Si suena música, no puede estar la habitación en silencio.
El autor rectifica. Suena música en una habitación. Aparece el hombre de antes. Dice:
—La vida, qué estafa. Si lo hubiera sabido antes, habría escogido otra cosa.
Entra una chica. Que el lector imagine a la chica más guapa que conozca y se hará cierta idea.
—No está tan mal —dice la chica—. La vida, ya sabes. Hay cosas peores.
—¿Cómo qué? —pregunta el hombre.
—No lo sé, el autor ha dejado en blanco esa línea de mi guión.
—Igual quiere que guardes un silencio interesante.
—U ominoso.
Se miran en silencio durante un buen rato, de forma grave e intensa.
—Me está entrando miedo —dice él.
—A mí también —contesta ella.
—¿Y si hacemos otra cosa?
—Miremos el guión.
El guión dice que se besen, pero no están de acuerdo. No han sido formalmente presentados y no quieren que el lector se lleve una idea equivocada.
—Yo me llamo Martina —se presenta ella—. ¿Y tú?
—Gustavo.
—Como la rana. Vaya nombre.
—La culpa es del autor, que me tiene manía.
—Claro.
—¿Nos besamos ya?
—Es pronto, no sé nada de ti —dice ella.
—Me gustan las tardes de lluvia y los perros mecánicos.
—¿Los perros mecánicos?
—A mí no me mires, viene en el guión.
—Ah, es verdad. Aquí dice que son lo último en tecnología japonesa.
—Tengo ochenta. Los colecciono.
—Una jauría mecánica. ¿Y son dóciles?
—Sólo cuando los desenchufo. Bueno, ¿qué llevas puesto?
—¿Es que tienes problemas en la vista? Llevo este vestido azul.
—Me refiero a debajo.
—Oye, te estás pasando de la raya.
—¡Que lo dice en el guión!
—Oh, pues es cierto: «él le pregunta qué lleva debajo; ella le abofetea».
—Creo que esa parte nos la podemos saltar —dice él.
—¿Seguro? Dicen que abofeteo muy bien.
—Las mejores bofetadas son las que sólo se insinúan.
—Eso te lo acabas de inventar, no viene en el guión.
—El autor me dijo que improvisara.
—No es justo, ¿por qué yo no puedo improvisar y tú sí? —se queja ella.
—Creo que lo hace para compensar lo de Gustavo.
—Vale, sí, tiene sentido.
—Bueno, ¿nos besamos ya?
—¿No quieres saber antes algo de mí?
—Ya me lo cuentas luego.
Se besan con pasión. Él le mete la mano por debajo del vestido. Cae el telón.
lunes, 1 de marzo de 2010
La vida
«Dinero, dinero, dinero», dice el niño. Yo miro a su madre sin entender nada y ésta me lo explica: «nada, que su abuela le ha dado dinero para que se compre una pelota y por eso lo repite tan contento». Yo asiento. Un momento después, el niño se acerca corriendo a unas chicas mientras sigue gritando: «dinero, dinero, dinero». Yo no puedo evitar decir: «vaya, tu hijo va a llegar lejos en la vida».
domingo, 28 de febrero de 2010
sábado, 27 de febrero de 2010
viernes, 26 de febrero de 2010
Plano general
Una chica joven y bonita que balancea sus caderas en la eternidad. Un poeta borracho a pesar de ser tan sólo las seis de la tarde.
—Quisiera ser siempre bella —dice la chica.
—Lo serás: en el recuerdo —responde él.
—Qué desagradable es usted.
—No es culpa mía. Soy poeta.
—Pensaba que los poetas decían cosas bonitas.
—Sólo los malos.
—¿De verdad?
—Claro. Qué poco sabes del mundo, chiquilla.
—Es que soy muy joven, sólo tengo veinte páginas de vida.
—Yo te podría escribir unas cuantas más.
—Seguro que llenas de maldades.
—Pero maldades que valen la pena ser vividas.
—¿Me lo puedo pensar?
—No hay tiempo. Basta de burocracia. Fuguémonos juntos.
—Bueno, la verdad es que tengo libre todo el día.
Fundido en negro.
—Quisiera ser siempre bella —dice la chica.
—Lo serás: en el recuerdo —responde él.
—Qué desagradable es usted.
—No es culpa mía. Soy poeta.
—Pensaba que los poetas decían cosas bonitas.
—Sólo los malos.
—¿De verdad?
—Claro. Qué poco sabes del mundo, chiquilla.
—Es que soy muy joven, sólo tengo veinte páginas de vida.
—Yo te podría escribir unas cuantas más.
—Seguro que llenas de maldades.
—Pero maldades que valen la pena ser vividas.
—¿Me lo puedo pensar?
—No hay tiempo. Basta de burocracia. Fuguémonos juntos.
—Bueno, la verdad es que tengo libre todo el día.
Fundido en negro.
jueves, 25 de febrero de 2010
Vodevil
Suena un teléfono en una habitación vacía. Entra Alfredo Mercurio, el famoso científico. Contesta al teléfono.
—¿Sí?
—Hola. ¿Está usted interesado en agrandar su pene?
—¿Cómo dice?
—Piense que es el momento idóneo: gracias a la crisis, han caído los precios. No espere más para tener una hombría con la que satisfacer a sus vecinas.
—Pero es que no lo necesito.
—No sea ridículo. Siempre hay sitio en los pantalones para un pene más grande.
—Escuche, el universo está en constante expansión. Por lo tanto, mi pene está en constante expansión también.
Y cuelga. En ese momento entra Juan Diácono, el cura del pueblo.
—Buenos días —dice el cura.
—Buenos días —contesta el científico.
—Venía a hablarte de Dios.
—No me interesa.
—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso lo has probado?
—No me interesa —repite Alfredo Mercurio.
—Mira, te lo puedo dejar durante quince días. Lo pruebas y me dices qué te parece. Sin compromiso.
—Bueno, pero ponlo donde no moleste.
El cura saca un crucifijo y lo coloca en la pared, presidiendo la sala.
—No me gusta ahí —dice el científico—; parece que me esté vigilando.
—Pero lo hace por tu bien.
—Mira, mételo en un armario y que me vigile las camisas.
El cura obedece, pero refunfuñando algo de que Dios no está hecho de naftalina. Entonces entra Rogelio Sastre, el modisto, cargando unas cajas de cartón.
—¿Alguien ha pedido unas camisas? —pregunta.
—No, estábamos hablando de las mías.
—Pero las que traigo están recién hechas. Calentitas.
—Me da igual, yo no las he pedido.
—Las bebidas son gratis.
—Haber empezado por ahí.
Sacan las camisas de las cajas y se las prueban. Qué cómodas son, comentan. Y además estilizan una barbaridad, apostilla Rogelio Sastre. Beben de sus refrescos cuando entra el señor Mayo, el vecino hippie que se parece a Luis XIV.
—¿Qué es todo este escándalo? —protesta—. Mis macetas no pueden dormir.
—Serán las plantas, digo yo —contesta Alfredo Mercurio.
—Mis macetas también tienen derecho, yo no discrimino —insiste el señor Mayo.
—Bien dicho; las macetas también son criaturas de Dios —interviene Juan Diácono.
—No es verdad, son criaturas del alfarero, en todo caso —corrige Rogelio Sastre.
—¿Y quién ha creado al alfarero? —pregunta el cura con tono de haber ganado la discusión.
—Pues sus padres —responde el modisto.
—Bah, con ateos es imposible —sentencia el cura.
—¿Sí?
—Hola. ¿Está usted interesado en agrandar su pene?
—¿Cómo dice?
—Piense que es el momento idóneo: gracias a la crisis, han caído los precios. No espere más para tener una hombría con la que satisfacer a sus vecinas.
—Pero es que no lo necesito.
—No sea ridículo. Siempre hay sitio en los pantalones para un pene más grande.
—Escuche, el universo está en constante expansión. Por lo tanto, mi pene está en constante expansión también.
Y cuelga. En ese momento entra Juan Diácono, el cura del pueblo.
—Buenos días —dice el cura.
—Buenos días —contesta el científico.
—Venía a hablarte de Dios.
—No me interesa.
—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso lo has probado?
—No me interesa —repite Alfredo Mercurio.
—Mira, te lo puedo dejar durante quince días. Lo pruebas y me dices qué te parece. Sin compromiso.
—Bueno, pero ponlo donde no moleste.
El cura saca un crucifijo y lo coloca en la pared, presidiendo la sala.
—No me gusta ahí —dice el científico—; parece que me esté vigilando.
—Pero lo hace por tu bien.
—Mira, mételo en un armario y que me vigile las camisas.
El cura obedece, pero refunfuñando algo de que Dios no está hecho de naftalina. Entonces entra Rogelio Sastre, el modisto, cargando unas cajas de cartón.
—¿Alguien ha pedido unas camisas? —pregunta.
—No, estábamos hablando de las mías.
—Pero las que traigo están recién hechas. Calentitas.
—Me da igual, yo no las he pedido.
—Las bebidas son gratis.
—Haber empezado por ahí.
Sacan las camisas de las cajas y se las prueban. Qué cómodas son, comentan. Y además estilizan una barbaridad, apostilla Rogelio Sastre. Beben de sus refrescos cuando entra el señor Mayo, el vecino hippie que se parece a Luis XIV.
—¿Qué es todo este escándalo? —protesta—. Mis macetas no pueden dormir.
—Serán las plantas, digo yo —contesta Alfredo Mercurio.
—Mis macetas también tienen derecho, yo no discrimino —insiste el señor Mayo.
—Bien dicho; las macetas también son criaturas de Dios —interviene Juan Diácono.
—No es verdad, son criaturas del alfarero, en todo caso —corrige Rogelio Sastre.
—¿Y quién ha creado al alfarero? —pregunta el cura con tono de haber ganado la discusión.
—Pues sus padres —responde el modisto.
—Bah, con ateos es imposible —sentencia el cura.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Pequeñas tragedias
«Voy a vivir mientras suene este vals, mientras te vea bailar, hasta que la orquesta pare», piensa él; y ella sigue bailando, ajena a sus pensamientos.
martes, 23 de febrero de 2010
La vieja dialéctica
Hace una tarde primaveral de lo más agradable y vamos siguiendo una ruta muy bonita, una carretera junto al mar y campos verdes que a saber de dónde han salido. Todo muy idílico; también el tener la mano puesta en su muslo, muy arriba.
—No sé si ponerme tetas —dice ella de pronto.
Ya empezamos, pienso yo. Otra que quiere ponerse tetas falsas. Y luego dicen de nosotros.
—No lo hagas, yo soy hombre de culos —contesto.
—Sí, tú sí. ¿Pero y si me enamoro de un hombre de tetas?
—Entonces le gustarán naturales, digo yo.
—Pero yo las tengo pequeñas.
—Sí, pero son muy bonitas. Y firmes.
—¿Pero y si las quiere grandes?
—No creo que las quiera operadas. ¿O es que eres capaz de enamorarte de un cutre al que le gusten las tetas de silicona? Vale, olvida que he sido tan ingenuo como para preguntarte eso.
—No sé si ponerme tetas —dice ella de pronto.
Ya empezamos, pienso yo. Otra que quiere ponerse tetas falsas. Y luego dicen de nosotros.
—No lo hagas, yo soy hombre de culos —contesto.
—Sí, tú sí. ¿Pero y si me enamoro de un hombre de tetas?
—Entonces le gustarán naturales, digo yo.
—Pero yo las tengo pequeñas.
—Sí, pero son muy bonitas. Y firmes.
—¿Pero y si las quiere grandes?
—No creo que las quiera operadas. ¿O es que eres capaz de enamorarte de un cutre al que le gusten las tetas de silicona? Vale, olvida que he sido tan ingenuo como para preguntarte eso.
lunes, 22 de febrero de 2010
La vida es la misma
No creas, las cosas no han cambiado demasiado. El viejo amor sigue intacto, guardado en algún sitio olvidado, y todavía me sigo emocionando cuando durante un breve instante me parece creer que quizá vaya a funcionar la cosa. Pero es nada, un momento de duda, como aquello que decías tú: «a veces me dan ramalazos de ganas de ti». Es algo así. Claro que luego me olvido de estas fantasías, recuerdo que la vida es de otra manera y vuelvo a mostrarme disconforme, que la resignación es de cristianos.
domingo, 21 de febrero de 2010
Consejos a un poeta que escribía en morse
Olvídese de los bonitos peros y no ame usted demasiado, que no tiene costumbre; a ver si se va a lesionar o algo. En fin, menos mal que tiene hechuras de maldito y que la tristeza es una gabardina que le sienta estupendamente. Además, el desdén hace juego con sus ojos. Está usted tan atractivo acodado en la barra del bar.
sábado, 20 de febrero de 2010
Y todo
Y me despierto con sabor a sangre en la boca y me pregunto si será una señal, si es la forma que tiene la muerte de contarme sus planes para mí o qué. Y no ha parado de llover en toda la noche. Y toda la mañana lloviendo también. Y yo escupiendo sangre en el cuarto de baño. Y yo cantando temas de los Smiths para pensar y no pensar en ella. Y yo leyendo a Cummings en una ciudad extraña. Y la cama vacía. Y el alma también. Y un poema a medias, en la mesa, mirándome con ojos acusadores, como si quisiera decirme que la vida es para otros y yo tengo unas obligaciones ineludibles.
viernes, 19 de febrero de 2010
La abundancia
Y con noventa años piensa:
estoy tan cansado;
debe de ser porque tengo
todo el tiempo del mundo.
estoy tan cansado;
debe de ser porque tengo
todo el tiempo del mundo.
jueves, 18 de febrero de 2010
Historias ñoñas
La soledad de todo esto, dijo ella. La soledad de estar solo, contestó él, que era menos serio. Ella refunfuñó como sólo lo hacen las mujeres bonitas. Él sonrió como sólo lo hacen los hombres felices.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Franz
Y no queda nada aquí, en el Gran Teatro de Oklahoma, salvo las huellas de un artista del hambre y el deseo de ser piel roja.
martes, 16 de febrero de 2010
lunes, 15 de febrero de 2010
Un momento romántico
—Hoy he escrito un poema de amor en el cuarto de baño.
—Qué romántico.
—No estaba cagando, por si lo estás insinuando.
—Menos mal. ¿Qué hacías?
—Me afeitaba. Y de pronto lo vi todo claro. Pensé: sería tan fácil cortarme el cuello ahora, en este momento. Salvo que no me estaba afeitando con una navaja clásica de barbero, claro, sino con una maquinilla eléctrica. Y la verdad es que no veo cómo podría uno degollarse con eso.
—Seguro que encuentras la manera si te pones a ello.
—Claro que sí, soy un tipo ingenioso. Pero no nos salgamos del tema. Estaba yo en el cuarto de baño fabulando que sujetaba una afilada navaja en vez de un utensilio eléctrico y que me hacía una segunda sonrisa bajo la auténtica, cuando me dije: estoy enamorado.
—No veo la relación entre una cosa y la otra, la verdad.
—Es que pensé en ti, cariño. Pensé en ti encontrando mi cadáver suicidado porque sí, sin motivo alguno y sin notas en las que te responsabilizara de mi muerte para que te sintieras culpable toda la vida. Y se me ocurrió que eso es porque te quiero. Porque imagino mi muerte y eres tú quien viene a mi cabeza. Y además en mis fantasías suicidas no te culpo de nada, eso también tiene que significar algo. Así que escribí unos versos en un pedazo de papel higiénico.
—Creo que estoy tan complacida como preocupada.
—Qué romántico.
—No estaba cagando, por si lo estás insinuando.
—Menos mal. ¿Qué hacías?
—Me afeitaba. Y de pronto lo vi todo claro. Pensé: sería tan fácil cortarme el cuello ahora, en este momento. Salvo que no me estaba afeitando con una navaja clásica de barbero, claro, sino con una maquinilla eléctrica. Y la verdad es que no veo cómo podría uno degollarse con eso.
—Seguro que encuentras la manera si te pones a ello.
—Claro que sí, soy un tipo ingenioso. Pero no nos salgamos del tema. Estaba yo en el cuarto de baño fabulando que sujetaba una afilada navaja en vez de un utensilio eléctrico y que me hacía una segunda sonrisa bajo la auténtica, cuando me dije: estoy enamorado.
—No veo la relación entre una cosa y la otra, la verdad.
—Es que pensé en ti, cariño. Pensé en ti encontrando mi cadáver suicidado porque sí, sin motivo alguno y sin notas en las que te responsabilizara de mi muerte para que te sintieras culpable toda la vida. Y se me ocurrió que eso es porque te quiero. Porque imagino mi muerte y eres tú quien viene a mi cabeza. Y además en mis fantasías suicidas no te culpo de nada, eso también tiene que significar algo. Así que escribí unos versos en un pedazo de papel higiénico.
—Creo que estoy tan complacida como preocupada.
domingo, 14 de febrero de 2010
El hambre
Recibí una llamada de la chica más importante de mi vida. Me dijo que me quería. Después de siete años, sí que le ha costado darse cuenta, pensé. Pero aunque me quería, no podíamos estar juntos, me aclaró. Tenía que ser un amor en la distancia. «Yo te quiero a ti y tú a mí, pero lejos, cada uno con su vida». ¿Y qué sentido tiene eso?, pregunté yo. «Pues que así no lo estropeamos», dijo ella, «así siempre nos desearemos, pues será un apetito que nunca podremos saciar».
No sé si morir de hambre era la clase de amor que tenía yo en mente, contesté.
No sé si morir de hambre era la clase de amor que tenía yo en mente, contesté.
sábado, 13 de febrero de 2010
Una madrugada
Me despierta movimiento en la cama. Es ella, que, de espaldas, se restriega contra mí. Dándose cuenta de que ya estoy despierto, me coge la mano y se la lleva a los pechos. Así da gusto que lo saquen a uno del sueño, pienso.
Después del sexo, miro un momento la ventana. Empieza a clarear, pronto saldrá el sol. Me acuerdo de cuando tonteábamos, de cuando decíamos que un día teníamos que ver juntos el amanecer. Pero hoy no será, que enseguida volvemos a estar dormidos.
Después del sexo, miro un momento la ventana. Empieza a clarear, pronto saldrá el sol. Me acuerdo de cuando tonteábamos, de cuando decíamos que un día teníamos que ver juntos el amanecer. Pero hoy no será, que enseguida volvemos a estar dormidos.
viernes, 12 de febrero de 2010
El infierno
«Yo a ti te he visto en el infierno», le dice un hombre a otro en el metro. El señor interpelado mira su imagen reflejada en la ventana del vagón, pero no se ve más endemoniado que de costumbre. «Me confunde usted con otro, caballero», responde con calma. «A mí no me engañas, te vi anoche jugando a las cartas con el diablo», masculla el otro hombre. «Imposible», insiste el hombre acusado, «ni siquiera sé jugar a las cartas». Con titubeos, el otro reconoce que estaba un poco oscuro y que quizá fuera al ajedrez a lo que estaban jugando. «Se sigue equivocando usted: jugábamos a las damas», responde con suma dignidad el hombre justo antes de bajarse en su parada.
jueves, 11 de febrero de 2010
Cuentos y cuentos
Estamos paseando una noche gélida por una ciudad fantasma y voy respondiendo a todo lo que dice ella como si fuéramos los protagonistas de una historia que voy improvisando. Hablando en tercera persona, como si no fuéramos nosotros, sino otros, personajes que necesitan un relato en el que existir. Y así estamos un rato hasta que de pronto dice:
—¡Míchel, deja de narrar!
Y yo me callo, pues no se me ocurre mejor manera de terminar.
—¡Míchel, deja de narrar!
Y yo me callo, pues no se me ocurre mejor manera de terminar.
miércoles, 10 de febrero de 2010
martes, 9 de febrero de 2010
Capítulo 1975
Hay que bajar al infierno en busca de la belleza. Y aquí estoy, en la playa, en febrero, en un verano que ha empezado cuando no le tocaba. Hay guiris resucitados tomando las calles. Hay una brasileña sentada a mi lado, en la arena, pegando su cuerpo al mío, aunque su cuerpo ya no es lo que era, ahora es todo hueso. Hay aviones en descenso aproximándose al aeropuerto cercano. Hay aves en la superficie del mar. Hay nubes de polución en el horizonte. Y no hay mucho más.
lunes, 8 de febrero de 2010
Fragmento
Yo te escribiría poemas en morse para que pudieras taconear, para que bailaras toda la noche las palabras, las confesiones de amor contraproducentes, todos los «te echo tanto de menos» que me callo porque no hay manera.
domingo, 7 de febrero de 2010
Ça a commencé comme ça
Y es verdad el misterio, pero no el amor, dice ella. Y él no dice nada porque está detenido en un silencio que es eterno y que nunca duerme. Algo así como la muerte, pero con mejores vistas.
Y es tanta la belleza que vive sólo en mis ojos, piensa él, que puede que sea yo, pero cómo saberlo a estas horas de la noche.
Y es tanta la belleza que vive sólo en mis ojos, piensa él, que puede que sea yo, pero cómo saberlo a estas horas de la noche.
sábado, 6 de febrero de 2010
La autarquía sentimental
Me convencieron para colaborar en una guerra que no era la mía, pero me conmovieron con sus palabras de causas justas, causas perdidas, causas por ganar. O quizá fue porque me dieron patente de corso para naufragar en aguas enemigas, neutrales y amigas. En cualquier caso, ya son cinco meses que escribo allí y todavía no me he hecho publicidad aquí.
Autobombo descarado y otras maniobras mezquinas:
La autarquía sentimental
Autobombo descarado y otras maniobras mezquinas:
La autarquía sentimental
viernes, 5 de febrero de 2010
un oasis de horror
una ciudad de ladrillo gris y yo en medio de ella escribiendo poemas que no te llevo por falta de interés o de vida o de luz en estas calles en las que me pierdo buscando una salida a ninguna parte
jueves, 4 de febrero de 2010
Los amores equivocados
—Te voy a echar de menos —le dice él.
—Seguro que tienes allí unas cuantas dispuestas a consolarte —contesta ella con una sonrisa.
Puede, pero para mí significan tan poco como yo para ti, piensa él.
—Seguro que tienes allí unas cuantas dispuestas a consolarte —contesta ella con una sonrisa.
Puede, pero para mí significan tan poco como yo para ti, piensa él.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Díselo con flores
Es interesante trabajar como repartidor para una floristería. Siempre llevándoles flores a chicas guapas (pocas veces no lo son). En realidad, es perjudicial para el corazón. Mujeres preciosas que te abren la puerta y de pronto sonríen, plenas de felicidad. Uno se siente amante de todas ellas. Sin embargo, luego te dan las gracias y cierran la puerta.
martes, 2 de febrero de 2010
Las meditaciones de los perros
Mi perro mira el horizonte. Qué buscará, me pregunto yo. ¿Una ruta hacia las Indias? ¿Pensará en América? ¿Querrá ir al Nuevo Mundo a hacer fortuna? Igual piensa en el amor, en alguna relación perdida. Claro que mi perro no tiene demasiada vida social y siempre sale de casa acompañado de algún ser humano entrometido. Me siento a su lado, pero sigue mirando impertérrito a lo lejos. ¿Estará simplemente meditando? Las meditaciones de los perros no es mal título, así que lo apunto para el futuro, que, ahora que lo pienso, quizá sea lo que busca con tanto ahínco en el horizonte.
lunes, 1 de febrero de 2010
La ley
Llamaron a la puerta. Era un policía, que quería detenerme. Por qué delito, pregunté yo. Por abrir la puerta sin licencia, me contestó. Era una nueva legislación, por lo visto, una para ordenar la vida diaria, que era caótica y sin sentido. Ahora se requerían permisos especiales para los quehaceres que habían sido cotidianos hasta ese momento. Un carnet para pasear sin rumbo, por ejemplo. Otro para silbar (después de un curso de tres años en el conservatorio). Yo no había solicitado una licencia para abrir la puerta de mi casa, así que me exponía a una buena multa.
domingo, 31 de enero de 2010
Del amor crepuscular (2)
Una pareja de ancianos. Ella se pone romántica y sentimental, pero está mayor, la cabeza no le funciona como antes y confunde anécdotas y amantes. Por eso le toma por otro y empieza a rememorar en voz alta momentos bonitos que no vivió con él. El anciano, que también está un poco gagá, piensa: qué mal estoy, que no me acuerdo de nada.
sábado, 30 de enero de 2010
Del amor crepuscular
Una pareja de ancianos. Él la mira con encendido amor y le dice:
—Te quiero.
—Calla, que estás senil —responde ella.
—Te quiero.
—Calla, que estás senil —responde ella.
viernes, 29 de enero de 2010
El sumiller del emperador
Majestad, no sabría decir si éste es un vino excelente o si se trata de un caldo envenenado y estoy paladeando el dulce sabor de la muerte, pero creo que debería salir de dudas tomándome otra copa.
jueves, 28 de enero de 2010
Un joven Werther
Hay que ponerse en marcha, queda todo por hacer, dice la conciencia del joven estudiante de metafísica Werther Wessermann la mañana de su suicidio frustrado. Frustrado porque todo parece conspirar contra sus deseos de muerte. Por ejemplo, está desayunando opíparamente cuando se pregunta: ¿por qué me molesto en desayunar de forma saludable si dentro de un rato me voy a arrojar por un precipicio? Y el zumo de naranja es de pronto como una burla, como una bofetada a su sistema de valores románticos y necrófilos. Sin embargo, sigue comiendo por un motivo tan banal como haberse despertado con hambre. Además, el desayuno es la comida más importante del día, que le decían sus padres. Hay que hacer las cosas bien.
miércoles, 27 de enero de 2010
Despertares
Y ella sigue dormida, abrazada a mí, aunque ya es de día. La luz de la mañana pasa a través de los cristales empañados e ilumina el desorden de la habitación. Es bonito estar vivo hoy, pienso. En este momento detenido.
Y respiro con cuidado, para no despertarla.
Y respiro con cuidado, para no despertarla.
martes, 26 de enero de 2010
lunes, 25 de enero de 2010
La otra vida
De vuelta con la médium Madame Retourner. Un hombre se pone en contacto con su difunto padre.
—Papá, ¿cómo es la muerte? ¿Te tratan bien?
—Estoy enterrado.
—Sí, eso ya lo sé.
—Me pudro inexorablemente en mi ataúd.
—¿Pero eso es la otra vida? ¿Eso es lo que hay después de la muerte?
—Hay gusanos. Y tinieblas.
—¿Y qué pasa con Dios?
—Aquí dentro no cabe nadie más.
—Papá, ¿cómo es la muerte? ¿Te tratan bien?
—Estoy enterrado.
—Sí, eso ya lo sé.
—Me pudro inexorablemente en mi ataúd.
—¿Pero eso es la otra vida? ¿Eso es lo que hay después de la muerte?
—Hay gusanos. Y tinieblas.
—¿Y qué pasa con Dios?
—Aquí dentro no cabe nadie más.
sábado, 23 de enero de 2010
Búsquedas inciertas
—Agencia de detectives Flanagan. Dígame.
—Buenos días, me gustaría que me encontraran.
—¿Qué ha dicho que le encontremos?
—Que me encuentren a mí. No sé dónde estoy.
—¿No? ¿Dónde está ahora?
—Eso me gustaría saber.
—¿Pero desde dónde llama? ¿Qué hay a su alrededor?
—Bueno, estoy en una cabina.
—Descríbame la calle.
—Hay aceras. Y asfalto.
—¿No hay alguna placa con el nombre de la calle?
—Sí. Calle Mayor.
—Vale, en todas las ciudades hay una calle llamada así, podría estar en cualquier sitio. ¿Por qué no le pregunta a alguien en qué ciudad está?
—Me da miedo la gente.
—Vaya.
—Hace calor, ¿eso ayuda?
—No mucho.
—Llevo un sombrero.
—¿De qué color?
—Verde.
—Vale, es algo con lo que trabajar. Se lo diré a nuestros detectives.
—Gracias. ¿Cree que tardarán mucho?
—Usted no se mueva de la cabina.
—Buenos días, me gustaría que me encontraran.
—¿Qué ha dicho que le encontremos?
—Que me encuentren a mí. No sé dónde estoy.
—¿No? ¿Dónde está ahora?
—Eso me gustaría saber.
—¿Pero desde dónde llama? ¿Qué hay a su alrededor?
—Bueno, estoy en una cabina.
—Descríbame la calle.
—Hay aceras. Y asfalto.
—¿No hay alguna placa con el nombre de la calle?
—Sí. Calle Mayor.
—Vale, en todas las ciudades hay una calle llamada así, podría estar en cualquier sitio. ¿Por qué no le pregunta a alguien en qué ciudad está?
—Me da miedo la gente.
—Vaya.
—Hace calor, ¿eso ayuda?
—No mucho.
—Llevo un sombrero.
—¿De qué color?
—Verde.
—Vale, es algo con lo que trabajar. Se lo diré a nuestros detectives.
—Gracias. ¿Cree que tardarán mucho?
—Usted no se mueva de la cabina.
viernes, 22 de enero de 2010
después de un momento de pánico
no hay que alarmarse. aún estamos vivos y el universo funciona. ella respira a mi lado, su cuerpo caliente responde al mío. me quiere, o eso cree, y por ahora es suficiente. uno no es sino muchos, y quizá también soy ese hombre que ella cree amar.
jueves, 21 de enero de 2010
Modernos
Estoy vivo, pero no importa. La chica rubia se toca el pelo y el universo tiembla. Yo la imagino sujetando la pistola que llevo escondida en la chaqueta y llevándose a la boca el cañón, como si fuera un pene duro y frío, uno que eyacula balas en vez de semen. Es una imagen que me hace sonreír. En algún sitio suena una canción de rock ahora mismo.
miércoles, 20 de enero de 2010
Romper
—No sirves para nada.
—¿Eso no es un poema de Goytisolo?
—Puede, pero yo te lo estoy diciendo a ti.
—Eres muy cruel.
—No lo soy, lo que pasa es que ya no te aguanto.
—¿Ya no me quieres?
—Ya no.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Algún motivo habrá.
—No me interesan los motivos, me bastan las consecuencias.
—¿Y qué pasa con mis sentimientos?
—Yo qué sé. Ve al médico.
—¿Eso no es un poema de Goytisolo?
—Puede, pero yo te lo estoy diciendo a ti.
—Eres muy cruel.
—No lo soy, lo que pasa es que ya no te aguanto.
—¿Ya no me quieres?
—Ya no.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Algún motivo habrá.
—No me interesan los motivos, me bastan las consecuencias.
—¿Y qué pasa con mis sentimientos?
—Yo qué sé. Ve al médico.
martes, 19 de enero de 2010
La vie en noir
Llega un momento en la vida de todo hombre a partir del cual sólo queda repetirse. De pronto es todo tan aburrido, señorita. Bueno, no de pronto, es un proceso lento. Lentamente todo es aburrido, señorita, lo que por otro lado tiene mucho sentido. La rutina no destaca por su celeridad, sino por su penoso tempo. La erosión de los días, destruyendo el brillo de las cosas poco a poco. Y acostumbrarse a siempre las mismas caras, que envejecen con nosotros sin que nos demos cuenta; las mismas calles, que cambian también con el paso de los años pero siempre nos parecen iguales; la atroz rutina. La vida detenida. Todos esos cambios imperceptibles para el ojo condenado a su visión diaria.
lunes, 18 de enero de 2010
Nuevas formas de romanticismo
Ella me dibuja un corazón en el pecho, pero a la derecha, para que sea un corazón diestro que utilice el hemisferio cerebral izquierdo. Un corazón analítico que haga de contrapeso al otro.
Yo me acuerdo del infierno de Dante y le escribo a la altura del corazón: «quien entre aquí, que abandone toda esperanza».
Yo me acuerdo del infierno de Dante y le escribo a la altura del corazón: «quien entre aquí, que abandone toda esperanza».
domingo, 17 de enero de 2010
El candor
Un cantautor sin talento en una oscura tetería. Al final del recital, nos pasan una libreta para que escribamos nuestras impresiones, notas de ánimo, consejos, etc. Yo soy de la opinión de que habría que destruirlo ahora antes de que el mal sea demasiado grande, pero me dicen que eso es cruel, que pobre hombre, que hay que ser magnánimo, cordial y cosas por el estilo. Bueno, bueno, digo yo, tampoco provoquemos un conflicto con esto. Así que me decanto entonces por la ambigüedad, que es algo muy socorrido, y que interprete él a su gusto lo escrito: «espero que la vida te lleve muy lejos».
sábado, 16 de enero de 2010
María
Me gusta cuando me la encuentro sentada en la mesa o en la encimera, con el cuerpo muy erguido (siempre la elegancia natural), y le pregunto si es que está esperando a Godot y ella sonríe como si fuéramos cómplices en algún crimen. Me gusta cuando se mueve por la habitación con sus andares felinos (seis años de ballet, que diría ella) y la observo atentamente sin decir nada. Y me gusta cuando abrazo por las noches su cuerpo de bailarina y me acuerdo de aquellos versos de Fonollosa: «qué tierno es el abrazo, el roce / de su piel, tan suavísima, en la mía».
viernes, 15 de enero de 2010
lunes, 11 de enero de 2010
Cuestiones de estilo
No hay manera digna de decir: «tengo el corazón roto». Es imposible, hágame caso, caballero. Bueno, quizá pudiera hacerlo Bogart: con un cigarrillo en la comisura de los labios y la mirada desdeñosa. Quizá, sí. Encogiéndose de hombros, llevándose un vaso de whisky a la boca (quitándose antes el cigarrillo, claro, no fuera a meterlo dentro).
domingo, 10 de enero de 2010
Teléfono
—¿Qué llevas puesto?
—Joder, siempre estás igual.
—Oye, que Kundera dice que el amor es un constante preguntar.
—Joder, siempre estás igual.
—Oye, que Kundera dice que el amor es un constante preguntar.
sábado, 9 de enero de 2010
Cuentos cortos para tiempos breves
Los terroristas se dieron cuenta de que el pasamontañas deshumanizaba. Para un policía era muy sencillo disparar contra alguien sin rostro y la sociedad lo aceptaba de buen grado: eran enemigos totalmente anónimos, nadie le imaginaba una vida a un muerto sin rasgos.
Decidieron entonces sustituir los pasamontañas por caretas de sonrojados bebés, porque es mucho más difícil disparar al rostro de un tierno infante. Una decisión de lo más acertada, pues los policías se negaron a abrir fuego contra una carita así, con tantas cosas por vivir todavía. Incluso los obispos empezaron a defender a los terroristas, ya que consideraron que era un crimen aún mayor que el aborto disparar a un niño aunque éste cometa atentados.
Decidieron entonces sustituir los pasamontañas por caretas de sonrojados bebés, porque es mucho más difícil disparar al rostro de un tierno infante. Una decisión de lo más acertada, pues los policías se negaron a abrir fuego contra una carita así, con tantas cosas por vivir todavía. Incluso los obispos empezaron a defender a los terroristas, ya que consideraron que era un crimen aún mayor que el aborto disparar a un niño aunque éste cometa atentados.
viernes, 8 de enero de 2010
El último trágico
Póngame una de desespero, camarero, que todavía estoy algo sobrio, aunque no demasiado. Todavía puedo recordar quién soy y eso es problemático. Pero en realidad no soy yo, es la vida, que está mal hecha, que tiene sólo inconvenientes, uno detrás de otro. Inconvenientes como recordar tu nombre por las noches y también el nombre de otras personas, personas que sólo pertenecen al pasado, y el pasado jamás sucedió, no es un lugar al que volver, sino tan sólo una fantasía, una idea recurrente que parece real en noches en las que nunca hay bastante alcohol en la copa.
jueves, 7 de enero de 2010
La cucaracha
Me encontré una cucaracha en el teclado del ordenador. Qué hacer, pensé. Podría coger la zapatilla y aplastarla con ella, pero de esa forma las teclas también corrían peligro. Otra idea sería coger el spray anticucarachas y gasearla convenientemente, pero de ese modo el veneno quedaría en las teclas y se me adheriría luego a los dedos cuando escribiera. Bastaría que me llevara un dedo a la boca para envenenarme a mí mismo.
Al final, me pareció que lo mejor era esperar a que la cucaracha terminara de escribir lo que estuviera escribiendo.
Al final, me pareció que lo mejor era esperar a que la cucaracha terminara de escribir lo que estuviera escribiendo.
miércoles, 6 de enero de 2010
Desaparecer
Hay que desaparecer, eso sin duda. Se dice de escapistas que han desaparecido dentro del abrigo, en el metro, aprovechando el barullo, dejando luego sólo esa prenda como testimonio. También sé del caso de un hombre que introdujo la mano en el bolsillo del pantalón para buscar las llaves y, al no encontrarlas, siguió metiendo el brazo, de manera que acabó con el cuerpo entero dentro del bolsillo. Nunca se le volvió a ver. Dónde estarán ahora estas personas, se pregunta uno; será que ciertas oquedades son puertas a otras dimensiones. Un amigo me contaba que, a veces, al penetrar a su mujer se preguntaba si su pene no estaría siendo admirado en ese momento por seres de otro mundo que contemplaban el horizonte.
martes, 5 de enero de 2010
lunes, 4 de enero de 2010
Tocata y fuga
Frau Dulenta, la artista transconceptual austriaca, abre la ventana. Esto lo hace por un motivo tan prosaico como es el de airear la habitación. Efectuada esta aburrida acción, sonríe a las baldosas, que se muestran relucientes e inanimadas.
Entra Judas, que viene de vender al líder de su secta por treinta euros y busca una habitación en la que esconderse de las autoridades.
—Buenos días, venía por el anuncio. ¿Es aquí?
—¿Qué anuncio? —dice muy coqueta Frau Dulenta, que también ha puesto uno en la sección de contactos.
—Pues el de la habitación. Me gustaría alquilarla.
—¿La habitación?
—Claro, ¿qué otra cosa podría querer alquilar?
—No, nada. Pues serían treinta euros al mes, porque es una habitación con vistas a la nada.
—¿A la nada? —pregunta Judas.
—A la nada. Es un poco aburrida, siempre es lo mismo. A algunos inquilinos les da miedo mirarla, pero nunca hace nada.
—No ladrará por las noches, espero.
—No, es muy silenciosa. Pensará usted que no hay nada.
—Ya veo. ¿Y puedo fumar en la habitación?
—Puede. El humo y la nada. Suena a novela existencialista.
—Si usted lo dice. Voy a dejar las maletas en la habitación, si no le importa. Si viene alguien buscándome, no estoy.
—¿Y dónde estará? —pregunta ella.
—¿Cómo dice?
—Si no está en la habitación, es que está en otro sitio. ¿Dónde?
—Usted no lo sabe.
—¿Que no lo sé? ¿Y entonces cómo puedo estar segura de que no está en la habitación?
—Da igual, se trata de que diga sólo que no estoy en la habitación.
—¿Puedo decir entonces que está en el rellano?
—¿Por qué iba a decir eso?
—¿Y por qué no? Es improvisar, método Stanislavski.
—No, no, usted tiene que simular desconocimiento, no afirmar cosas falsas, que eso siempre lo enreda todo. Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.
—Eso no es verdad —responde Frau Dulenta.
—¿Qué?
—No se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Mi tío Karl perdió una pierna en la guerra y nunca consiguió clasificarse entre los diez primeros de la Maratón de Viena. Mi padre, por el contrario, fue campeón varias veces. Y era concejal.
—Como quiera. Diga sólo que no estoy aquí y todo irá bien.
—¿Y quién vendrá a buscarle?
—La Guardia Civil.
—No será usted un inmigrante ilegal, ¿verdad? O peor: un narcotraficante ilegal.
—Nada de eso. Yo he llevado a cabo una transacción dentro de la legalidad vigente. Un líder de secta nuevo por treinta euros para el Sanedrín. No se aceptan devoluciones.
—¿Y entonces por qué le busca la Guardia Civil? —pregunta ella.
—Dicen que he traicionado al hijo de Dios.
—Vaya, parece un crimen muy serio.
—Sí.
—Si le declararan culpable, como mínimo le condenarían a muerte, ¿no?
—Como mínimo.
Entra Judas, que viene de vender al líder de su secta por treinta euros y busca una habitación en la que esconderse de las autoridades.
—Buenos días, venía por el anuncio. ¿Es aquí?
—¿Qué anuncio? —dice muy coqueta Frau Dulenta, que también ha puesto uno en la sección de contactos.
—Pues el de la habitación. Me gustaría alquilarla.
—¿La habitación?
—Claro, ¿qué otra cosa podría querer alquilar?
—No, nada. Pues serían treinta euros al mes, porque es una habitación con vistas a la nada.
—¿A la nada? —pregunta Judas.
—A la nada. Es un poco aburrida, siempre es lo mismo. A algunos inquilinos les da miedo mirarla, pero nunca hace nada.
—No ladrará por las noches, espero.
—No, es muy silenciosa. Pensará usted que no hay nada.
—Ya veo. ¿Y puedo fumar en la habitación?
—Puede. El humo y la nada. Suena a novela existencialista.
—Si usted lo dice. Voy a dejar las maletas en la habitación, si no le importa. Si viene alguien buscándome, no estoy.
—¿Y dónde estará? —pregunta ella.
—¿Cómo dice?
—Si no está en la habitación, es que está en otro sitio. ¿Dónde?
—Usted no lo sabe.
—¿Que no lo sé? ¿Y entonces cómo puedo estar segura de que no está en la habitación?
—Da igual, se trata de que diga sólo que no estoy en la habitación.
—¿Puedo decir entonces que está en el rellano?
—¿Por qué iba a decir eso?
—¿Y por qué no? Es improvisar, método Stanislavski.
—No, no, usted tiene que simular desconocimiento, no afirmar cosas falsas, que eso siempre lo enreda todo. Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.
—Eso no es verdad —responde Frau Dulenta.
—¿Qué?
—No se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Mi tío Karl perdió una pierna en la guerra y nunca consiguió clasificarse entre los diez primeros de la Maratón de Viena. Mi padre, por el contrario, fue campeón varias veces. Y era concejal.
—Como quiera. Diga sólo que no estoy aquí y todo irá bien.
—¿Y quién vendrá a buscarle?
—La Guardia Civil.
—No será usted un inmigrante ilegal, ¿verdad? O peor: un narcotraficante ilegal.
—Nada de eso. Yo he llevado a cabo una transacción dentro de la legalidad vigente. Un líder de secta nuevo por treinta euros para el Sanedrín. No se aceptan devoluciones.
—¿Y entonces por qué le busca la Guardia Civil? —pregunta ella.
—Dicen que he traicionado al hijo de Dios.
—Vaya, parece un crimen muy serio.
—Sí.
—Si le declararan culpable, como mínimo le condenarían a muerte, ¿no?
—Como mínimo.
domingo, 3 de enero de 2010
Atajos
La chica era bonita, escribió. Ahora bien, ¿bonita cómo? ¿Bonita como una tragedia griega? ¿O tenía una belleza tranquila y serena como una mañana de verano? Hay muchos tipos de belleza. El Gran Cañón del Colorado también es bonito, pero puede ser peligroso asomarse.
Quizá lo mejor era limitarse a decir que era rubia. Pero hay muchos tipos de rubias. Y no sólo está el tono del color: también el corte de pelo, si es liso o rizado, etc. ¿Y los ojos? ¿Y la nariz? ¿Y la boca? Tantas cosas por describir minuciosamente.
La chica se parecía a Jean Seberg en Al final de la escapada, escribió finalmente. Y quien no se la imaginara, que viera la película.
Quizá lo mejor era limitarse a decir que era rubia. Pero hay muchos tipos de rubias. Y no sólo está el tono del color: también el corte de pelo, si es liso o rizado, etc. ¿Y los ojos? ¿Y la nariz? ¿Y la boca? Tantas cosas por describir minuciosamente.
La chica se parecía a Jean Seberg en Al final de la escapada, escribió finalmente. Y quien no se la imaginara, que viera la película.
sábado, 2 de enero de 2010
Melancolía cruel
—¿Recuerdas cuando nos íbamos a comer el mundo? Éramos tan jóvenes entonces.
—No lo recuerdo, sería con otra.
—Ya, pero es que ella no está aquí y tú sí.
—No lo recuerdo, sería con otra.
—Ya, pero es que ella no está aquí y tú sí.
viernes, 1 de enero de 2010
Medicina espiritual
«Cuando mi fe flaquea, me trato con una transfusión de sangre de Cristo», dijo el párroco abriendo la botella de vino.
jueves, 31 de diciembre de 2009
Reinicio
Metí en la maleta el pasado, el presente y el futuro; luego la dejé olvidada debajo de la cama. Salí a esperar la vida, pero ya no pasaba por aquí. Borré mis huellas, aunque ya eran de otro. Tenía mis historias. Ya no las tengo. Pero todo cambia para que todo siga igual, que decía alguien.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
El teléfono
Sonó el teléfono.
—¿Sí?
—Hola, soy yo —respondió una voz.
Un escalofrío en la espalda.
—El número que ha marcado no existe —dije sin convicción.
—Cariño, soy yo, ¿es que no me recuerdas? He pensado tanto en ti.
—El número que ha marcado no existe —repetí con un hilo de voz.
Luego colgué y desconecté el teléfono. Lo dejé así toda la noche.
—¿Sí?
—Hola, soy yo —respondió una voz.
Un escalofrío en la espalda.
—El número que ha marcado no existe —dije sin convicción.
—Cariño, soy yo, ¿es que no me recuerdas? He pensado tanto en ti.
—El número que ha marcado no existe —repetí con un hilo de voz.
Luego colgué y desconecté el teléfono. Lo dejé así toda la noche.
martes, 29 de diciembre de 2009
Momentos importantes
En la cocina, recuperando fuerzas.
—A mí no me parece que estés lleno de odio —dice ella.
—Eso es porque ahora me estoy follando a una chica preciosa. Pero tendrías que verme en días normales.
Y ella tiene la sonrisa más bonita del mundo, piensa él.
—A mí no me parece que estés lleno de odio —dice ella.
—Eso es porque ahora me estoy follando a una chica preciosa. Pero tendrías que verme en días normales.
Y ella tiene la sonrisa más bonita del mundo, piensa él.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Malentendidos
Ella se despertó después de soñar que se acababa el mundo. Alterada, despeinada, con los ojos muy abiertos. ¿Es verdad?, preguntaba, ¿es verdad que ya no queda nada?
Yo pensé que hablaba de nosotros.
Yo pensé que hablaba de nosotros.
domingo, 27 de diciembre de 2009
sábado, 26 de diciembre de 2009
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Poemas en morse para marineros solitarios, era el título, un tanto homosexual, del primer poemario del marino Benicio Castrales. Siempre le había gustado la poesía, pero en un mundo tan rudo y tan propenso a la sodomía como la marina mercante era difícil admitirlo. Tuvo su epifanía poética cuando unos piratas somalíes secuestraron el barco. Pensó: «se cierra el círculo: Rimbaud dejó la poesía y vino a esta parte del mundo a vender armas; yo ahora escribiré poemas».
Pero qué sabía él en realidad de versos, pensó al volver a puerto. Qué sabía él de métrica, de rimas asonantes y consonantes. Todo era tan complicado y había ya tantos poetas dando la lata en los bares. ¿Cómo ser distinto y a la vez poeta universal? La solución no la encontró en el alcohol, pero casi: fue en una camarera, que le guiñaba siempre «fóllame» en morse. Eso es, se dijo, poesía en morse, que es mucho mejor que escribir en esperanto. Mensajes cifrados para enamorados. Poesía secreta escrita en puntos y rayas que puede ser taconeada en público o pestañeada a alcohólicos por una bella camarera. .--. .- .-. .- / -. .- -.. .. . / -.-- / .--. .- .-. .- / - --- -.. --- ... .-.-.-
Pero qué sabía él en realidad de versos, pensó al volver a puerto. Qué sabía él de métrica, de rimas asonantes y consonantes. Todo era tan complicado y había ya tantos poetas dando la lata en los bares. ¿Cómo ser distinto y a la vez poeta universal? La solución no la encontró en el alcohol, pero casi: fue en una camarera, que le guiñaba siempre «fóllame» en morse. Eso es, se dijo, poesía en morse, que es mucho mejor que escribir en esperanto. Mensajes cifrados para enamorados. Poesía secreta escrita en puntos y rayas que puede ser taconeada en público o pestañeada a alcohólicos por una bella camarera. .--. .- .-. .- / -. .- -.. .. . / -.-- / .--. .- .-. .- / - --- -.. --- ... .-.-.-
viernes, 25 de diciembre de 2009
La cartera
Saca la cartera del bolsillo, la abre, mira el documento de identidad. Quién es este hombre, se pregunta. No soy yo, piensa. ¿O quizá sí? Si hubiera aquí un espejo en el que mirarse y comprobarlo. Pero tal vez no sea amnesia, tal vez no he olvidado ser este hombre, sino que sencillamente antes no lo era y ahora sí. Puede que me haya convertido en esta persona y tenga que acostumbrarme a esta cara y este nombre. Si hubiera aquí un espejo en el que mirarse, vuelve a pensar. Aunque la explicación podría ser mucho más sencilla, quizá soy un simple carterista y ya robo incluso con los ojos cerrados.
Luego descubre que la cartera está repleta de dinero y se olvida de todas estas cuestiones.
Luego descubre que la cartera está repleta de dinero y se olvida de todas estas cuestiones.
jueves, 24 de diciembre de 2009
Acotando
Míchel, recomiéndame un libro. Pero que el autor no sea español. Ni latinoamericano. Y que no esté vivo. Que no sea moderno. Y que el libro sea novela, no ensayo ni relatos. Y que sea cortito. Algo ligerito, nada denso. Pero que tampoco sea una tontería.
Oye, guapa, ¿por qué no te recomienda un libro tu padre?
Oye, guapa, ¿por qué no te recomienda un libro tu padre?
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Y otros souvenirs del pasado
Y podríamos volver ahora a todo lo que no puede ser recuperado, a un pasado que fue de otros, a otro comienzo, y la vida podría ser lo que quisiéramos que fuera y cambiar de opinión cada día si nos apeteciera, y podríamos llevar el viejo amor y otros souvenirs del pasado y dejar pistas para nunca perder el camino, y olvidarnos de este futuro que sólo fue una falsa alarma, una broma pesada y nada más.
martes, 22 de diciembre de 2009
Nada
Y qué si estamos vivos —dice—, hay tantas razones para morir que uno no sabe ni por dónde empezar.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Conflictos cotidianos
—¿Entonces no crees que hay amor? —pregunta ella.
—Si lo hay, es mentira —contesta él.
—Siempre tan negativo. Incapaz de confiar.
—Antes te gustaba eso de mí.
—Y me gusta. A veces. Bueno, no sé.
—Claro, te contradices porque eres amplia y contienes multitudes.
—¿Me estás llamando gorda?
—No, joder, estaba parafraseando a Whitman, nada más.
—A mí no me cites autores muertos, que te la ganas.
—¿Y autores vivos?
—Tampoco.
—Si lo hay, es mentira —contesta él.
—Siempre tan negativo. Incapaz de confiar.
—Antes te gustaba eso de mí.
—Y me gusta. A veces. Bueno, no sé.
—Claro, te contradices porque eres amplia y contienes multitudes.
—¿Me estás llamando gorda?
—No, joder, estaba parafraseando a Whitman, nada más.
—A mí no me cites autores muertos, que te la ganas.
—¿Y autores vivos?
—Tampoco.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Bailes de salón
Cómo vamos a bailar un vals, si sólo tienes una pierna, le dice la bailarina al soldadito del cuento de Andersen. El soldadito clava en ella su mirada de plomo y contesta que es un soldado poeta, que es como Rimbaud (cojo) y que ha visto la verdad detrás del velo que es el mundo. Ella dice: eso no contesta a mi pregunta. Bueno, suspira el soldadito, puedo girar sobre mi única pierna, como una peonza, y tú abrazarte a mí. Como un tiovivo, dice la bailarina. Y bailan abrazados en el centro del mundo y el soldadito de plomo piensa: qué bonita sonrisa tiene dibujada en la cara (claro, es una muñeca).
sábado, 19 de diciembre de 2009
Agentes
—Ya está, te he conseguido editor; ahora tendrás que dedicarme la novela.
—No sé, eso de dedicársela a otro hombre queda un poco gay.
—Bueno, pues dame entonces el diez por ciento de lo que te paguen.
—Vale, te dedico el libro.
—No sé, eso de dedicársela a otro hombre queda un poco gay.
—Bueno, pues dame entonces el diez por ciento de lo que te paguen.
—Vale, te dedico el libro.
viernes, 18 de diciembre de 2009
Episodios nocturnos
Por la noche, ebrio en alguna calle. Me llega un mensaje al móvil: «he conocido a la chica de tus sueños». Qué estará maquinando ahora esta tía, me pregunto yo. De mujeres oníricas ya he tenido bastante, donde esté lo tangible... Aunque podría ser peor, claro, podría haber conocido a la chica de mis pesadillas o a la de mis desvelos e intentar presentármela. Como si a mí no se me diera lo bastante bien tirar la vida por la borda. Es tan sencilla la autodestrucción, es algo innato. Quizá por eso le pregunto cómo se llama la susodicha mientras observo mi reflejo en el escaparate de una tienda de vestidos de novia, lo que es un detalle tan ridículo que parece sacado de una peli mala de Hollywood.
jueves, 17 de diciembre de 2009
Objetos perdidos
Pensando en la pérdida. Son las siete de la tarde, una hora menos en Canarias. Mi mujer está en el otro cuarto, al teléfono, contándole mentiras a su madre. Mi marido es un enfermo, imagino que le dice. No es verdad, su marido sólo es diferente. Sucede que a veces pierdo el contacto con la realidad, pero no es tan grave. No es tan grave perder la vida como quien pierde la maleta en un aeropuerto. Porque siempre la vuelvo a encontrar luego, aunque sea en Singapur. Siempre recupero la vida, aunque de vez en cuando me la deje olvidada en la barra de un bar.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Cuentos para niños
Va Caperucita Roja por el bosque con la sana intención de llevar a su abuela diversas viandas y medicamentos, cuando se encuentra con el Lobo.
—Caperucita, ¿dónde vas? —pregunta éste.
—Pues le llevo comida a mi abuela, que está impedida.
—¿Y a pesar de eso vive en medio del bosque?
—Es que tiene una cabaña de renta antigua.
—Entiendo. Oye, tira por este otro camino, que es más seguro y además ahorrarás tiempo.
—No sé si fiarme de un lobo.
—Piensa que estoy emparentado con el perro, el mejor amigo del hombre.
—Es verdad, tienes razón —responde la pizpireta Caperucita antes de desaparecer por el camino que lleva fuera del cuento.
El Lobo corre por el otro camino y llega a la cabaña en un periquete. Llama a la puerta y al momento se escucha la voz de una anciana diciendo: «adelante». El Lobo entra y descubre a la abuela cocinando a Hansel y Gretel. Perdone, creo que me he equivocado de cuento, balbucea el Lobo. Pero ya es tarde, la bruja no tiene intención de dejarle escapar y con un hábil sortilegio lo desuella. Ya era hora de tener una nueva alfombra, dice.
—Caperucita, ¿dónde vas? —pregunta éste.
—Pues le llevo comida a mi abuela, que está impedida.
—¿Y a pesar de eso vive en medio del bosque?
—Es que tiene una cabaña de renta antigua.
—Entiendo. Oye, tira por este otro camino, que es más seguro y además ahorrarás tiempo.
—No sé si fiarme de un lobo.
—Piensa que estoy emparentado con el perro, el mejor amigo del hombre.
—Es verdad, tienes razón —responde la pizpireta Caperucita antes de desaparecer por el camino que lleva fuera del cuento.
El Lobo corre por el otro camino y llega a la cabaña en un periquete. Llama a la puerta y al momento se escucha la voz de una anciana diciendo: «adelante». El Lobo entra y descubre a la abuela cocinando a Hansel y Gretel. Perdone, creo que me he equivocado de cuento, balbucea el Lobo. Pero ya es tarde, la bruja no tiene intención de dejarle escapar y con un hábil sortilegio lo desuella. Ya era hora de tener una nueva alfombra, dice.
martes, 15 de diciembre de 2009
Los símbolos
En los campeonatos de póquer de los Panteras Negras, tener un trío de reyes podía considerarse alta traición.
lunes, 14 de diciembre de 2009
El pesar de los días
Uno se levanta cada mañana para luchar contra el mundo, esperando encontrarlo por fin con la guardia baja. Pero el mundo está siempre preparado, nunca deja de aguardar tus movimientos.
Quizá mañana, quizá mañana sea diferente, piensas cada noche cuando te metes en la cama.
Quizá mañana, quizá mañana sea diferente, piensas cada noche cuando te metes en la cama.
domingo, 13 de diciembre de 2009
Triángulos imperfectos
Menudo dilema —piensa el joven enamorado—; no sé elegir entre dos mujeres que no me quieren.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Poetas anónimos
—Hola, me llamo Juan y soy poeta.
—Hola, Juan —dicen todos.
—Hace tres meses que no hago poesía —los asistentes aplauden—. Pero me cuesta. Siempre está la tentación de la palabra. Me levanto cada mañana temiendo que se me ocurra un verso. No le digo nada a mi mujer, claro, no quiero que se preocupe. Simulo ser fuerte. Es un esfuerzo diario, una lucha que no cesa. Pero es necesario: hay que ser prosaico, me digo. Centrarse en las cosas sencillas y cotidianas de la vida. El ladrido incesante de un perro en la noche, por ejemplo. La luna, que vela todos los sueños que ya no puedo tener. El llanto inconsolable de la mujer que te quiere. El dolor, el dolor, el dolor.
La sala se sume en el silencio. Todos miran a Juan con pena.
—Vale —dice éste—, acabo de recaer, ¿verdad?
—Hola, Juan —dicen todos.
—Hace tres meses que no hago poesía —los asistentes aplauden—. Pero me cuesta. Siempre está la tentación de la palabra. Me levanto cada mañana temiendo que se me ocurra un verso. No le digo nada a mi mujer, claro, no quiero que se preocupe. Simulo ser fuerte. Es un esfuerzo diario, una lucha que no cesa. Pero es necesario: hay que ser prosaico, me digo. Centrarse en las cosas sencillas y cotidianas de la vida. El ladrido incesante de un perro en la noche, por ejemplo. La luna, que vela todos los sueños que ya no puedo tener. El llanto inconsolable de la mujer que te quiere. El dolor, el dolor, el dolor.
La sala se sume en el silencio. Todos miran a Juan con pena.
—Vale —dice éste—, acabo de recaer, ¿verdad?
viernes, 11 de diciembre de 2009
La calle
Me encontraba en la capital del país, donde había firmado un acuerdo millonario para nuestra empresa. Las negociaciones habían marchado bien y el acuerdo se había firmado enseguida, lo que me dejaba unos días para hacer turismo antes de volver a la rutina de mi ciudad. Empecé a pasear sin rumbo fijo, deteniéndome tan sólo a admirar los diversos monumentos que me encontraba. En mi deambular, llegué a una calle residencial que me resultó extrañamente familiar. Era idéntica a la calle donde vivo, hasta el extremo de llamarse igual. Se me ocurrió entonces la absurda idea de que en cada ciudad estaba mi calle. Busqué como una broma mi portal y hallé sin dificultad una réplica exacta del mío. Llamé a mi número. Me contestó mi voz: «¿quién es?». «Soy yo», respondí. La puerta se abrió y subí las escaleras.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Un nuevo romanticismo
Ella descubre su enésima infidelidad: otra rubia de ojos claros, larga melena y rasgos delicados. Como ella. Como si estuviera obsesionado con acostarse con falsas gemelas suyas. «¿Por qué tienes que engañarme con clones míos?», le pregunta, exasperada. «Cariño, ¿es que no lo entiendes?», contesta él. «Es porque nunca tengo bastante de ti».
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Belano
—Bolaño está vivo y vende libros junto al Retiro. Lo vi ayer.
—¿Seguro?
—Sí. De hecho, le escuché hablar con un cliente y tenía acento chileno. O argentino, vale, que no sé diferenciarlos.
—Eso quiero verlo. ¿Por qué no me llevas?
—Vale.
Más tarde:
—Ahí lo tienes.
—¿Ese? Pero si no se parece en nada a Bolaño.
—Ayer se parecía más.
—¿Seguro?
—Sí. De hecho, le escuché hablar con un cliente y tenía acento chileno. O argentino, vale, que no sé diferenciarlos.
—Eso quiero verlo. ¿Por qué no me llevas?
—Vale.
Más tarde:
—Ahí lo tienes.
—¿Ese? Pero si no se parece en nada a Bolaño.
—Ayer se parecía más.
martes, 8 de diciembre de 2009
Notas de psiquiatría
El paciente cree ser Napoleón, lo que quizá no sea muy original por su parte. No obstante, como si no estuviera contento con esto, cree que la realidad también es «bonapartiana». Así, está convencido de que una de las enfermeras es Josefina, lo que le provoca grandes ataques de celos cada vez que la ve atender a algún otro paciente. A mí me llama Alejandro, pues piensa que soy el zar de Rusia; me echa en cara constantemente que comercie con los ingleses y que no respete lo firmado. Hace un par de días le escuché decir a otro paciente que planea invadir el psiquiátrico. Yo ya he dado instrucciones para que se lleve a cabo una política de tierra quemada.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Es todo tan idiota
Y está borracho una noche más en el bar de siempre, donde el Papa —o un señor que se parece al Papa— toca al piano una canción de corazones rotos de tanto desuso. Es todo tan idiota, musita el hombre acodado en la barra mientras comprueba que tiene los bolsillos vacíos y garabatea mentalmente epitafios sentimentales para la chica que no encontrará esta noche: de todas las mujeres que he perdido, tú eres mi favorita; de todas las mujeres que no me han amado, tú eres mi favorita; de todas las mujeres a las que garabatear mentalmente, tú eres mi favorita.
Y eso es todo; se inventa las cosas para que funcionen, para que sean de otra manera. Queda tanto de noche, murmura, y hay que acallar todo este ruido de pensamientos.
Y eso es todo; se inventa las cosas para que funcionen, para que sean de otra manera. Queda tanto de noche, murmura, y hay que acallar todo este ruido de pensamientos.
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