viernes, 21 de mayo de 2010

El gesto estético

Toda la vida escribiendo a las mujeres equivocadas. Claro que luego uno puede utilizar lo escrito para otra cosa. Publicarlo para que lo aprecien otros, por ejemplo. Ser práctico en el desamor. Reciclar el dolor. Rentabilizar lo perdido.

jueves, 20 de mayo de 2010

Para no publicar

En un bar. La chica le cuenta entre risas que, algunas noches, cuando está sola en la cama, no puede evitar pensar que nadie la va a querer. Él sonríe con disgusto y piensa que ahora mismo lleva en el bolsillo de la chaqueta ese libro en el que le publicaron una carta de amor que le escribió a ella. Qué tonta eres, amor, dice por fin.
Pero la verdad es que él tampoco es muy listo.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Haciendo cola

—¿Es usted el último? —pregunta una bella señorita.
—No siempre; soy un triunfador en diversos ámbitos —contesta el hombre.
—Me basta con saber que es el último de la cola.
—No seas así, que la historia no puede terminar tan pronto.
—¿Qué historia?
—Pues la nuestra, está claro —responde él con una sonrisa bajo su frondoso bigote.
—No tengo tiempo para historias, tengo mucho que hacer.
—Puede, pero eso será después, no ahora. Ahora en la cola no hay muchas opciones.
—Podríamos permanecer en silencio y mirar el techo. Todo un clásico —dice ella.
—Eso es tan aburrido, querida. Mejor sería amarnos brevemente y luego seguir con nuestras vidas. Me llamo Arturo, por cierto.
—Yo me llamo Angustias, pero no veo claro eso de amarnos.
—Eso es porque no eres vidente.
—¿Y usted sí?
—No, yo soy un señor con bigote.
—¿Y eso es una profesión?
—Más que eso: es una forma de vivir, una filosofía. No está al alcance de cualquiera ser un señor con bigote, hay que esforzarse para conseguirlo. Yo tuve que estudiar mucho, pero obtuve un bigote cum laude, como puedes ver. Pertenezco a una hermandad milenaria: la de los señores con bigote, casi un gobierno en la sombra.
—¿Y los señores con barba?
—Esos son todos unos subversivos y disolutos. No son de fiar. Sobre todo los que tienen barba sin bigote: marinos y sodomitas.
—Nunca hubiera imaginado que el vello facial fuera de tanta importancia.
—Hay tantas cosas de las que no se percata la gente.

martes, 18 de mayo de 2010

La libertad

La Multinacional demandó al pequeño estado porque las leyes de éste impedían el capitalismo salvaje. «Se vulneran los derechos como persona jurídica de mi cliente», alegó el abogado de la Multinacional en el juicio. El presidente del pequeño estado contestó que era el parlamento quien decidía las leyes, no las multinacionales. «¿Ha oído, señoría?», preguntó el abogado de la Multinacional, «¡se legisla en contra de las minorías!». Luego añadió que a su cliente se le discriminaba por su poderío económico, lo que era claramente una práctica estalinista. El presidente respondió que la legislación era justa e igualitaria. «Mentira», gritó el abogado, «¿qué pasa con los derechos humanos básicos de mi cliente? Derecho al despido libre, derecho a la objeción de conciencia en lo referente a las medidas de seguridad en el trabajo, derecho a alargar la jornada laboral de forma indefinida. El estado se muestra intolerante ante todo esto e insiste en imponer sus ideas sectarias, cuando mi cliente sólo quiere que se respete la libertad empresarial».

lunes, 17 de mayo de 2010

Poesía

—¿Te gusta Pedro Salinas?
—Yo siempre he sido más de Julio.

domingo, 16 de mayo de 2010

Plegaria

Creo en la Verdad Revelada que es tu cuerpo desnudo. Creo en tu Voz guiándome a través de este desierto. Creo en la luz de tus ojos en esta larga noche. Creo en el camino que asciende por tus piernas. Creo en encomendar mi espíritu en tus manos y mi cuerpo entre tus piernas. No creo en nada más.

sábado, 15 de mayo de 2010

Por qué te dije que no volvieras

Soñé que aún estaba vivo y era domingo y llovía. Soñé que llevaba diez años casado con la misma mujer. Soñé que había vuelto a un lugar donde fui feliz, pero ya no había sitio para mí. O yo era otro, ya no aquel. En cualquier caso, me marché y dejé la puerta abierta para que alguien pudiera ocupar mi lugar.
Soñé que luego estaba en una cafetería con otra mujer, a la que decía que su cuerpo le sentaba muy bien al alma. Soñé que ella se reía y me contestaba que siempre igual, siempre igual, que cuándo iba a cambiar. Soñé que no supe qué decir.
Soñé que la vida volvía a empezar, de pronto, suavemente, como si no pudiera ser de otra manera.

viernes, 14 de mayo de 2010

Amélie en el infierno

Abre los ojos Amélie y no ve más que un paisaje infernal. ¿Qué ha pasado, cómo he llegado aquí?, se pregunta con candidez. Y de pronto lo recuerda: metió la mano en las lentejas, pero no cuando estaban en un saco, como siempre, sino que esta vez quiso probar cuando estaban en la olla, al fuego. Craso error, pues sufrió quemaduras de tercer grado en la mano. Recuerda que acudió al hospital, donde le dieron vitaminas y la vacuna contra la gripe A (puesto que les sobraba), y que falleció finalmente al infectarse la herida. Qué muerte tan poco bonita, piensa.
Echa a andar Amélie por el infierno hasta que llega al Estigia, donde un huesudo Caronte, sentado en su barca, la mira con gesto hostil.
—Al pasar la barca, me dijo el barquero: las niñas bonitas no pagan dinero —canturrea la ingenua francesita.
—Sería otro barquero —responde Caronte, que extiende la mano.
Amélie mira en su bolso, pero sólo lleva canicas y confeti, bagatelas que pocas veces son consideradas dinero de curso legal. Y menos en el infierno. Finalmente, después de mucho regatear, se desprende de los pendientes y de la ropa interior, pues el anciano Caronte está hecho un viejo verde.
Navegan en silencio por el río de los muertos. Se detienen en un embarcadero y Caronte le indica que siga siempre el camino de baldosas negras. Amélie camina, pues no hay más opciones. Al rato, se topa con Saddam Hussein, que pide limosna al borde del camino. Amélie le da una canica. Saddam protesta agriamente, así que ella le arroja algo de confeti a la barba. Esto confunde al viejo dictador.
—Yo no tendría que estar aquí —gimotea al fin.
—¿No tuviste un juicio justo? —pregunta ella.
—Si maté a todos esos kurdos fue por error. Yo pensaba que ellos querían ser asesinados. ¿Quién podía imaginar lo contrario?
—No seas tan duro contigo, ya no puedes arreglarlo. Sé positivo.
—¿Positivo? ¿Condenado al infierno eternamente?
—Piensa en todo el tiempo libre que tienes ahora. ¿No tienes algún hobby?
—Bueno, me gusta pescar.
—Seguro que el Estigia está lleno de peces.
—No creo. De peces muertos, en todo caso.
—Mejor, así no los tienes que matar después de pescarlos —dice ella con una gran sonrisa.
—Eres una chica muy rara —contesta él.

jueves, 13 de mayo de 2010

La boina

—Perdone, señorita, pero tiene que quitarse eso que lleva en la cabeza.
—¿Las mechas?
—No, ese gorro.
—Ah, mi boina sideral.
—Lo que sea.
—No puedo quitármelo, es un símbolo de sumisión a mi dios.
—Como si es un símbolo de exaltación del dolor de juanetes: las normas son para todos.
—Imposible, necesito la boina para protegerme de los rayos X que tienen los hombres en los ojos.
—¿Cómo dice?
—Gracias a ella, no pueden verme desnuda. Ni violarme, que sería la reacción lógica y razonable.
—Lo que usted diga, pero aquí se tiene que quitar la boina. Y más siendo un símbolo religioso.
—Pero eso sería ofender a mi dios.
—Pues que su dios presente una queja en la ventanilla A-7.
—Dios no actúa así. Me castigaría a mí después de muerta. ¿Es que no entiende que ahora mismo me está vigilando? Está aquí, pendiente de mi fe.
—¿Aquí? ¿Dónde?
—Dios está en todas partes. Está por toda la habitación.
—¿En pedacitos? ¿Oculto en los rincones? ¿Se esconde en las grietas como las cucarachas?
—No sea blasfemo. Dios está, pero no se le ve. Ni se le oye. Ni se le huele. Pero está.
—Ya veo. ¿Y qué utilidad práctica tiene ese dios?
—Ninguna, Dios es algo trascendente. Oculto. Y tengo que servirle y ser una mujer obediente. Lo dice un libro que tengo en casa.
—Y llevar una boina para que no la violen, ¿no?
—Exactamente.
—Espere, tengo que consultar con mi supervisor si la enfermedad mental exime del cumplimiento de las normas.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Dios en el diván

—Soy un psicópata, doctor.
—Eso lo tengo que decidir yo, no se precipite.
—Pero es que es verdad. Soy el primer terrorista de la historia. Todos los primogénitos de Egipto asesinados sólo porque yo así lo quise. La responsabilidad es sólo mía, pues yo sabía perfectamente que ningún gobierno puede ceder a un chantaje terrorista. Podría haber usado mi omnipotencia para teletransportar a todos los judíos fuera de Egipto, pero no. Yo quería que corriera la sangre, una demostración de fuerza. ¿Será que estoy acomplejado, doctor?
—Es pronto para diagnósticos.
—Siempre lo soluciono todo así, no soy capaz de respuestas sutiles. Arrasar ciudades enteras, diluvios universales, plagas. Pero yo lo que busco es amor. Quiero que me quieran. Y no lo hacen. Siempre están dispuestos a rendir culto a otras deidades. O a ninguna, esos son los peores. ¿Por qué no me quieren? No entienden que si los masacro es por su bien.
—Veamos. Usted considera que la gente le debe algo, ¿no es así? Concretamente, amor. O admiración, si lo prefiere.
—Eso es. Yo, que soy el que soy. Yo, que soy el Alfa y el Omega. Yo, que soy amor. Si les he creado es para que dediquen su vida a mí, a nada más.
—¿Y el libre albedrío?
—Lo tienen, se lo he dado yo. Y leyes durísimas que están obligados a cumplir.
—¿No es eso contradictorio?
—En absoluto. Son libres de elegir: una vida de sumisión o tortura eterna.
—¿No le parece algo injusto?
—Puede. No, poco es para lo que se merecen. No sé, doctor, no me controlo. A veces estoy lleno de odio. Luego, de pronto, quiero a todo el mundo. Pero siempre estoy receloso, nunca estoy contento, siempre quiero más. No me entiendo, ¿sabe? Creo que soy bipolar o pasivo-agresivo o qué sé yo. Pero es que mis caminos son inescrutables, claro, que es lo que digo yo siempre para excusarme.
—Bueno, relájese. Hablemos ahora de su padre.
—Sí, ahí quería yo llegar.

martes, 11 de mayo de 2010

El partido

—Un grupo de prehistoriadores ha confirmado que primero fue la nada —informa el presidente del partido en la reunión de cada año—. Esa nada a la que volvemos a paso de gigante porque no gobernamos nosotros.
—Habrá que hacer algo —proclama el líder de las juventudes del partido—. Engatusar a los ciudadanos para que nos voten a nosotros, que conduciremos el país por la senda correcta de las buenas costumbres y los valores del pasado. Hacia adelante con la mirada puesta atrás, ése ha de ser nuestro lema.
—Todo está ya inventado —responde una política de mediana edad—. Haría falta una campaña novedosa para llamar la atención y destacar entre tanto anuncio de bebidas refrescantes, coches y detergentes del futuro.
—Podríamos prometer recortes de impuestos para los que se afilien a nuestro partido —propone el líder juvenil—. Apelemos al egoísmo de la gente, que se afiliará por si acaso ganamos.
—Si ganamos, también podríamos deportar a los afiliados de otros partidos —se anima el presidente.
—Quizá sería pernicioso para la economía —arguye un señor con gafas.
—Con esa actitud tan negativa no vamos a ninguna parte —replica el presidente.

lunes, 10 de mayo de 2010

De la vida

Un escenario en mitad de la nada y un hombre subido a él.
—He amado hasta donde me han dejado. Hasta esta línea dibujada con tiza en el suelo. Luego ya no ha habido tiempo ni espacio para nada más.
Entra una mujer.
—Yo, que tantos corazones he roto por la noche —dice ella—. Los arrojaba al suelo y se rompían en mil pedazos. Sonaban como gotas de lluvia contra la ventana.
Entra el verdugo.
—Han pasado tantas vidas por mis manos —declama el verdugo—. Y las apagué como se apagan velas con los dedos. Pero era necesario. Era necesario poner punto final a tantas páginas emborronadas de desatinos. La vida ha de ser algo ordenado, con una trama que se pueda seguir fácilmente. No a la existencia entendida como literatura anarquista. No a un caos de días y noches sin objeto.
Entra la muerte.
—He abrazado a tantos —explica con calma—. Hay sitio en mis brazos para todos. Para todos tengo una mirada, como muy bien dijera Pavese. Soy la madre amantísima del mundo.
Entra Dios.
—Yo sólo existo en la imaginación y no tengo nada que decir —confiesa.
Cae el telón.

domingo, 9 de mayo de 2010

Una pertinaz tristeza

En el tren escucho a una mujer preguntándole a su hijo: «¿te ha gustado el médico?». «No», responde el niño en un ejercicio de sinceridad infantil. Qué bien le entiendo, pienso yo. El médico, al fin y al cabo, es un extraño que invade nuestra intimidad y que finalmente nos dice algo que no sabemos de nosotros mismos. Nos revela lo oculto, como un vidente, pero pocas veces será una predicción como «conocerá a una misteriosa morena con la que vivirá una bonita historia de amor», sino que suele parecerse más a «se embarcará en un negocio ruinoso y acabará en la calle». El médico nos juzga y luego nos absuelve o nos condena. Quizá yo por eso a veces trato de engañar al mío para que dictamine que tengo buena salud, como si bastara que él lo diga para que sea verdad.
Pensando en todo esto, se me ocurre una historia de un hombre que llega a la consulta de su médico aquejado de una pertinaz tristeza. El doctor le examina y le explica que poco se puede hacer, pues se trata de una condición crónica con la que tiene que aprender a vivir. El hombre suplica, explica su buena conducta (sus buenos hábitos) y le ruega al doctor que no sea tan duro con su diagnosis y que le reduzca la condena. Pero el médico contesta: «no puede ser, siga los cauces habituales, presente su apelación a la enfermera».

sábado, 8 de mayo de 2010

Mandarinas y otras armas arrojadizas

De ti me llevé una enfermedad que me tuvo en cama dos semanas, cuatro noches para una novela rota, un barquito de papel permanentemente naufragado en el escritorio, un trasplante de corazón que quizá funcionó.
Me llevé también un principio de enfisema de tanto fumar contigo, una emoción no contenida al recordar tus pasos de baile insinuados en cada movimiento, meses de anhelo, cruzar la calle como un kamikaze por disimular tu ausencia.
Me llevé, en fin, este deseo, esta falta de aire (enrarecido), este silencio, esta pena.

viernes, 7 de mayo de 2010

Para Jerome, con amor y sordidez

«Escribir es estar muerto, pero disimulando», me dice Salinger en un parque. Yo disimulo, aunque creo que no estoy muerto, pero sí escribiendo esto mentalmente. Como parece que espera una respuesta por mi parte, finalmente digo que escribir en España puede ser llorar, morir o beber, según se le pregunte a Larra, Cernuda o Leopoldo María Panero. Salinger se encoge de hombros, que no sé si es una manera de decirme que no le interesa o bien que no sabe qué decir. Me decanto por lo segundo, en un ejercicio de optimismo.
«¿Y cómo es la muerte?», le pregunto para romper el silencio y enseguida me parece una estupidez, como si le hubiera preguntado a qué sabe la muerte o algo así. Por un momento creo que Salinger me va a contestar que la muerte sabe a fresa, pero no llega a pasar. Tan sólo me recita unos versos enigmáticos: «la vida pasa lenta / como un petrolero / e igual de absurda». «Qué bonito», digo, pero por decir algo, que a saber a qué se refería con eso. «No es mío, se lo he escuchado a Ezra Pound esta mañana», responde, y señala con el dedo a otro banco, donde están sentados Pound y E. E. Cummings. Se me ocurre entonces que quizá la muerte para los escritores anglosajones es un parque, un parque en medio del infierno, pero no le digo nada a Salinger, que se levanta para jugar a la petanca con William Burroughs, Norman Mailer y Samuel Beckett.

jueves, 6 de mayo de 2010

El perfecto anfitrión

Así que la muerte se ha instalado en la ciudad, en el hotel Excelsior, donde cada noche celebra una cena de gala a la que son invitadas las más altas personalidades, que acuden con el temor marcado en el rostro. «Qué hacer», se preguntó el señor embajador de Alemania antes de presentarse por primera vez, «enemistarse con la muerte no es la decisión más inteligente que se puede tomar en esta vida, pero compartir con ella cocochas parece también arriesgado». Sin embargo, los comensales reconocen que el trato es exquisito, que la muerte es un tipo encantador que trata a sus invitados con el donaire y cortesía que merece gente de tan alto copete. Siempre tiene palabras amables para todos: galanterías para las damas, parabienes para los caballeros.

miércoles, 5 de mayo de 2010

La muerte en primicia

«Falleció ayer, siete de junio de 2009, a la edad de treinta y cuatro años, Bernardo Rojo Carmona. Amigo leal y trabajador incansable, no deja mujer ni hijos. Sus compañeros del hotel Buena Victoria ruegan un responso por su alma». Así rezaba la esquela que leí en el periódico. Esto en principio no sería algo destacable, si no fuera porque Bernardo Rojo Carmona era yo y leer tu propia esquela quizá no sea lo más habitual. El hecho de estar en el sofá leyendo el periódico me hacía sospechar que gozaba de buena salud, a pesar de que el diario afirmara lo contrario y su trayectoria como diario serio fuera inmaculada. No, yo no estaba muerto, me dije, esto era un error periodístico, una información mal contrastada. Hay que verificar que el difunto está efectivamente muerto antes de anunciar su fallecimiento; evita complicaciones.
Llamé a la redacción del periódico. Me atendió un amable redactor que se tomó muy bien que un muerto le hablara por teléfono. Le dije que habían publicado una esquela anunciando mi muerte y, como podía comprobar al oír mi voz, yo seguía vivo. Con una calma envidiable, me contestó que quién le demostraba a él que yo era el fallecido. «Podría ser usted un bromista», adujo. Quise demostrar mi identidad dando mi número de la seguridad social, pero me explicó que él no era policía, que no conocía esos datos y no tenía manera de contrastarlos conmigo. Luego añadió que difícilmente podía ser la esquela un error, pues había una noticia referente a mi óbito en la sección de sucesos. «Me parece que eso deja claro que la muerte del tal Bernardo Rojo Carmona está correctamente verificada», concluyó.
Colgué y abrí el periódico por la sección de sucesos. Era cierto, había una breve crónica que informaba de mi suicidio. Al parecer, a primera hora de la tarde, después de subir las maletas de unos clientes y no recibir propina, me había arrojado al vacío por una de las ventanas del hotel. Mi cadáver había quedado irreconocible, pero había sido fácil determinar que era yo, pues el uniforme de botones me delataba (los otros botones demostraron fácilmente que no se trataban de la víctima al no encontrarse estampados en el asfalto).
Esto no podía ser, era absurdo. Recordaba que me había frustrado no recibir propina después de cargar con esas maletas tan pesadas (y más estando el ascensor averiado), ¿pero de ahí a tirarme por la ventana? No soy un tipo tan visceral. Además, si aquello fuera cierto, no estaría en casa planteándomelo, sino en la morgue. No, sin duda se trataba de un error. Quizá algún loco se había suicidado con un uniforme de botones robado. O quizá era algún botones de otro hotel que pretendía desacreditarnos con su sacrificio. Pero nadie es tan estúpido como para llevar la lealtad laboral a esos extremos, así que descarté enseguida esto último.
En cualquier caso, no recordaba ningún revuelo y es evidente que una tragedia así no pasa desapercibida. Tal vez el suicidio sucedió justo después de marcharme, porque lo cierto es que me había marchado pronto a casa debido a que no me encontraba bien. Eso explicaría que, en mi ausencia, me tomaran por el tipo estrellado en el suelo.
Reflexionando acerca de todo esto, encendí el televisor y puse las noticias con la esperanza de que hablaran de mi falsa muerte. Tuve suerte (una suerte relativa, claro); después de informar de la política nacional, pasaron a hablar de las tragedias cotidianas. Entre ellas, la mía. Decían que el día anterior se había suicidado el empleado de un hotel. Comentaron brevemente el estrés del trabajo y salió mi amigo Felipe, que dijo que yo era un buen tipo y que nunca había dado señales de estar deprimido. Luego enfocaron un cuerpo en la calle, tapado con una sábana blanca. Era yo, sin duda: mi brazo izquierdo estaba descubierto y pude reconocer un lunar que tengo junto al codo.
Estaba muerto, lo decía incluso la tele.
Comprendí por fin que estaba intentando enmendar el error de forma incorrecta. Hice entonces lo que debía: me puse el uniforme de botones y regresé al hotel. Antes de saltar por la ventana, imaginé cómo sería la esquela del día siguiente: «Volvió a fallecer ayer, ocho de junio de 2009, a la edad de treinta y cuatro años, Bernardo Rojo Carmona. Amigo leal y trabajador incansable, no deja mujer ni hijos. Sus compañeros del hotel Buena Victoria ruegan que esta vez sea la definitiva».

martes, 4 de mayo de 2010

La cadena

Dice Richard Dawkins que si estamos aquí es porque somos increíblemente afortunados, pues formamos parte de una larga cadena ininterrumpida de seres humanos que han logrado reproducirse. Voy pensando esto en el autobús, junto a otros seres humanos que son eslabones de otras cadenas. Yo, que no me he peinado hoy antes de salir de casa, soy un milagro de la vida, un ser improbable que desciende de humanos que han conseguido siempre transmitir su código genético. Da que pensar. Da vértigo, incluso, así que le pido a una señora que se levante y me ceda el asiento. La señora me mira con sumo disgusto y dice que ya no se respeta nada. Puede que no, pienso yo, pero tenga en cuenta que me flaquean las piernas por lo afortunado que soy de estar aquí de pie. Yo soy y otros no son. Lo que no es, no es. Lo que es, no puede no ser. Y viceversa. Pero no le hablo de estas cuestiones metafísicas a la señora, claro. Sólo le robo el asiento, lo que también me parece un triunfo biológico.

lunes, 3 de mayo de 2010

As time goes by

Aquella mañana era 1965 en Guildford, Inglaterra, así como en el resto del planeta, pero el físico William Brown tenía una opinión distinta. ¿Y si no?, se preguntaba mientras se llevaba otra cucharada de cereales con leche a la boca. ¿Y si estos cereales existen también en otros planos espaciotemporales? ¿Y si ahora mismo están en la boca de otro hombre, en otra época?
Llamó a su ex mujer para consultarle estos pensamientos revolucionarios, pero nadie contestó el teléfono. ¿Y si no está en casa porque se encuentra en otro plano espaciotemporal, donde las leyes morales son otras?, se preguntó.
¿Y si la gente sale y entra en los distintos universos sin que nadie se dé cuenta?, se planteó mientras paseaba al perro por el parque. Podría ser que ese niño que juega con la cometa se interne dentro de cinco minutos en otro universo y nunca más aparezca en este en el que vivo yo. ¿Adónde va la gente que no volvemos a ver nunca más? Todos esos extraños con los que nos cruzamos inadvertidamente en la calle. Esa gente que nos presentan una noche en un bar y cuyo nombre olvidamos a los cinco minutos. ¿Y si son espías de universos malignos a los que informan de todos nuestros movimientos? Quintacolumnistas de universos paralelos. ¿Y si las desapariciones que se denuncian a la policía tienen una explicación más siniestra? ¿Y si se tratan de traidores que se han pasado al enemigo? O quizá son personas inocentes que han sido secuestradas por los paralelos.
¿Y si los paralelos observan mi sueño?, se preguntó una noche en la que no lograba dormirse. ¿Y si las ventanas de las casas de algún universo dan a mi dormitorio? ¿Y si me asomo al armario y de pronto veo el mismo horizonte que ellos? ¿Y si leen mis pensamientos con la misma claridad con que yo los enuncio? Quizá los publican en sus periódicos, en primera plana.

domingo, 2 de mayo de 2010

El futuro

Yo no veo el futuro, no soy vidente —dice el hombre—; tampoco lo leo, pero un vecino mío sí lo hacía: leía el futuro en las novelas de Emilio Salgari. Yo, caballero, soy oyente, oigo el futuro en los pasos de la gente. En el andar de una persona está escrito su porvenir. O grabado, más bien; es como sentarse a escuchar un disco. También puedo oírlo en las estrellas, pero me cuesta más, el sonido me llega desde muy lejos. Es como una radio con el volumen muy bajo. Aunque lo cierto es que es muy bonito dormirse arrobado por el sonido tenue de todos esos futuros aún por vivir.

sábado, 1 de mayo de 2010

Y por eso creo en el infierno

Treinta días, setecientos días, dos mil quinientos días en una casa habitada por mis fantasmas. Y nada más que tiempo en las ventanas, empañadas. La vida es como la muerte, pero con mejores vistas, le digo a la chica, que no está. Tanta metafísica para no estar, me quejo. Tanta poesía para acabar disimulando el amor. Pero aquí no podemos vivir, añado luego. Con esos ojos tan grandes que tienes, que ocupan toda la habitación. Dónde vamos a meter los muebles, nena. Y otras cosas que le digo —aprovechando que sigue sin estar por aquí—, porque amar es exagerar, enmendar el mundo con hipérboles desaforadas. El amor (o el humor) como pinceladas de vida. O algo así.
Claro que tampoco hay amor. Ni intimidad. La pena es pública, pero no compartida. La pena es personal e intransferible. Hay que cumplir la pena, dice alguien, pero a mí me parece que mejor sería incumplirla y perseguir entelequias con alegría. Aunque estemos hechos de heridas mal cerradas y de recuerdos gangrenados. Porque es tan bonito llevarle la contraria a la vida. Es como la carga de la Brigada ligera, como subir al cadalso cantando, como la Danza de los espíritus.
Pero no importa; hoy la vida es como siempre. Y tú y yo tenemos tantas cosas que decir(nos), pero el mundo queda tan lejos, niña. Tendría que escribir contigo, vivir contigo, perder el tiempo juntos a manos llenas. Pero ya no sé, ya no puedo.

viernes, 30 de abril de 2010

Astenias

En el autobús, cansado de todo esto. Esta fabulación constante para eludir lo feo de la realidad. Lo feo que es todo, que decía ella. Lo feo que es todo sin ti, que es la respuesta natural. Este atravesar la noche en completo silencio. Este anhelo que no termina. Yo quiero ser quien te quite el sueño y la ropa, que dije hace mil años. Pero esto sólo sirve para hacer literatura.

jueves, 29 de abril de 2010

La mañana

La mañana está a punto de empezar. Será dentro de un momento. Yo, sin embargo, tengo que atender a otras cuestiones. Ahora mismo no se me ocurre ninguna, pero seguro que las hay. Quizá se me ocurra alguna antes de que empiece la mañana.

miércoles, 28 de abril de 2010

La luna y el sol

—La luna es la muela de un gigante.
—Si tú lo dices.
—Que sí, me lo contó mi tío, que tiene muchos amigos dentistas. Dentistas suecos, además.
—Seguro que eso puntúa doble.
—El gigante se arrancó la muela porque le dolía y la arrojó muy lejos. Tanto, que entró en órbita. Y ahí sigue, iluminando por la noche a los enamorados.
—Romanticismo dental.
—Sí.
—¿Y el sol?
—El sol es un grano de arroz que tenía el gigante entre los dientes. También lo arrojó lejos. Y ahí sigue, iluminando por el día a los turistas.
—Turismo arrocero.
—Sí. Por eso en inglés sería más correcto llamar al amanecer sunrice.

martes, 27 de abril de 2010

Debe

querida,
no era tu frialdad
ni tu incapacidad de amar.
lo que nunca te perdonaré
es que me hicieras perder el tiempo.

lunes, 26 de abril de 2010

Muerte y destrucción y otros éxitos de siempre

Así que uno recupera de pronto sensaciones del pasado. La mala hostia perpetua. La intransigencia. El odio adolescente. El deseo de compartir con los demás la destrucción, que ya está bien de vivirla como una cuestión privada. Atila como modelo a seguir. La venganza permanente de Iván el Terrible. La ira como liberación.

domingo, 25 de abril de 2010

Paseos nocturnos

Llegados a este punto, ya no sé si escribo porque sufro o sufro porque escribo o sencillamente escribo porque escribo y sufro porque sufro.

sábado, 24 de abril de 2010

La soledad

El hombre encendió la radio para que hubiera algo de ruido. En ese momento, el locutor estaba anunciando algo sorprendente: la sonda de la NASA había encontrado vida inteligente extraterrestre. Con la voz temblándole de emoción, el locutor terminó diciendo: «no estamos solos en el universo». El hombre, en la oscuridad de su cuarto vacío, no encontró consuelo en esto.

viernes, 23 de abril de 2010

Desiertos

Todo esto es Atroz, dice ella, un país en el que vivir siempre. Bueno, malvivir. Y él mira las llanuras infinitas, la desolación perpetua, los campos agostados, y sabe que morir es como volver a casa o viceversa.

lunes, 19 de abril de 2010

Hay volcanes

Y va el estraperlista de nuestra historia oteando el horizonte como pensando «todo esto se lo podría vender a alguien» cuando se encuentra con Sarmientos, la chica de la película, aunque esto no es una película.
—Hay volcanes en lontananza —dice ella.
Él piensa que es muy poético eso, aunque no haya volcanes a la vista.
—Sí, en Islandia —contesta por romper el silencio.
—Qué bonita es Islandia en esta época del año. Es violeta.
—Quizá de lejos.
—Me llamo Sarmientos, pero tú puedes llamarme Sar.
—Su Alteza Real.
—¿Cómo dices?
—No, nada. Qué bonitos ojos tienes.
—Gracias, son míos. No me los han prestado.
—¿Nunca has pensado en invertir en ellos?
—Pues no. A veces me echo colirio, no sé si eso aumenta su precio de mercado.
—Totalmente. Podríamos vender acciones de tus ojos.
—¿Acciones como parpadear? ¿Ponerlos en blanco?
—Más o menos.
—Hay volcanes en lontananza —repite Sarmientos—. Lontananza es una bonita palabra. Se parece a longaniza, pero no lo es.
Y cae de pronto sobre ellos una cálida ceniza a modo de telón.

domingo, 18 de abril de 2010

Literatura

—Tú me quieres por suicidio sentimental. Somos dos suicidas, al fin y al cabo.
—Qué bonito eso, a su manera. «Tú me quieres por suicidio sentimental».
—Vale, utilízalo, pero pónmelo a mí en la boca, que sólo sirvo como musa.
—Yo te pondría otras cosas en la boca, amor.
—Ya sabía yo...
—¿Verdad? Soy incorregible.
—Claro. Si te conozco: pervertido sentimental.
—Eh, qué bonito también eso. Hoy estás más poeta que musa.
—Vale, entonces me retiro de musa.
—«Pervertido sentimental». Voy a usarlo de seudónimo en algún concurso.

sábado, 17 de abril de 2010

La astenia

Siete y cuarto de la mañana. Esta incapacidad para levantarse de la cama. Estos buenos veinte minutos que pasan lentamente sin mover un músculo. «Quizá si no salgo de la cama, no empiece el día» y otros pensamientos absurdos. Y esta sensación persistente de que todo es una farsa que vamos inventando cada día.

viernes, 16 de abril de 2010

Acción

—Eh, usted.
—¿Es a mí?
—En este texto no sale nadie más.
—Es cierto, no me había fijado. Qué calamidad, yo quería pedir un taxi.
—¿Le gustaría aparecer como extra en la vida de otra persona?
—No sé, ¿es una persona importante?
—Lo es. Se trata de una protagonista.
—Vaya. Yo también quisiera ser protagonista. Y que otros fueran extras en mi vida.
—No sea tan ambicioso, hay que ir paso a paso. Si nos convence su trabajo, es posible que volvamos a llamarle.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Poca cosa. Pasear arriba y abajo por esta calle, de forma casual, como si no tuviera nada mejor que hacer.
—Es como si hubiera nacido para este papel.

jueves, 15 de abril de 2010

Días como hoy

Días como hoy, en los que la vida se detiene. Algo de lluvia en la calle, no demasiada. Como una pizca de melancolía en el café o algo así. Como entregarse al tabaquismo a escondidas, que decía ella. Como buscarse un abogado. Como saltar por la ventana que hay en el centro de todo esto, como marcharse fuera, donde sólo hace un poco más de frío que aquí, y mirar la ventana desde el otro lado, desde lejos, como si perteneciera a otro.

miércoles, 14 de abril de 2010

Encontrar lo perdido

Encontrar un número de teléfono apuntado y no saber de quién es. Uno podría llamar, claro, y preguntar. Quizá ni siquiera sería necesario preguntar, pues tal vez fuera posible reconocer a nuestro interlocutor cuando contestara, pero imaginemos que no, imaginemos que el sonido de su voz no nos dice nada, que no somos capaces de identificar a su dueño. Entonces habría que decirle nuestro nombre y preguntar. Decir que hemos encontrado este número y no sabemos a quién pertenece. Pero podría suceder que la otra persona fuera alguien importante de nuestro pasado y se sintiera ofendida. ¿Cómo que has olvidado mi número?, podría quejarse la otra persona, ¿cómo puedes ver mi número y que te sea totalmente extraño? E improvisar una rápida disculpa y colgar, avergonzados por nuestra falta de memoria.

martes, 13 de abril de 2010

Saber venderse

Hay que promocionarse. Saber venderse. Trabajar de relaciones públicas de uno mismo. Ocuparse también de las labores de propaganda para ganar la guerra. Mientras tanto, reina la paz en la ciudad. Ha empezado la primavera.

lunes, 12 de abril de 2010

Los amantes sempiternos

Tú me quieres por suicidio sentimental, dice ella. No es verdad, contesta él, es que somos amantes sempiternos. Ella sonríe y dice: me gusta eso; ¿sempiterno es algo así como viejo o para toda la vida o qué? Para toda la vida, responde él. ¿Cuál es la definición de la RAE?, pregunta ella, que quiere algo más oficial.
Lo miran:

sempiterno, na.

(Del lat. sempiternus).

1. adj. Que durará siempre; que, habiendo tenido principio, no tendrá fin.


Qué bonito, dice ella. Sí, no podría ser más adecuada, piensa él.

domingo, 11 de abril de 2010

Frases de viernes por la noche

—Oye, Lolo, dice tu novio que eres gay, ¿es verdad?

sábado, 10 de abril de 2010

La muerte documentada

Mire, siempre llevo encima el resultado de la autopsia de mi difunta mujer. Ahora que lo pienso, es un poco redundante decir lo de difunta, pues no se practican autopsias a personas vivas, el colegio de médicos lo tiene terminantemente prohibido. Como le decía, nunca salgo de casa sin el resultado de la autopsia de mi mujer. Me sirve para recordar lo breve y vana que es la vida, además de su fragilidad. En días primaverales como hoy, me siento en la terraza de un bar, pido una cerveza y releo las causas de su muerte. Todo en lenguaje burocrático, frío y aséptico. Como si hablara de una persona teórica y no real. Claro que, por otra parte, morirse es salir de la realidad y existir sólo como idea, como recuerdo.

viernes, 9 de abril de 2010

El fin

—Y de nuevo esto es el fin.
—Perdona, pero eso es imposible.
—¿Cómo dices?
—Que es imposible que de nuevo sea el fin. El fin, por definición, sólo puede ser una vez. Si no, se trataría tan sólo de una pausa.
—Pero es que «y de nuevo esto es una pausa» no suena tan dramático.
—Las cosas son como son, no como nos gustaría que fueran.
—¿Y no podría haber pequeños fines en vez de uno grande?
—Entonces tendrías que decir: «y de nuevo esto es un fin». Pero no el fin.
—¿Y el largo fin? El largo fin que dura demasiado.
—Vale. Pero entonces la frase sería un poco rara: «y de nuevo esto es el largo fin». Como si uno entrara y saliera del fin a voluntad. «Voy al fin, ¿me acompañas». Es un poco absurdo.
—Pues ya no sé qué decir.
—Prueba con el fin aparente.
—¿«Y de nuevo esto es el fin aparente»?
—Eso es. No es el fin de verdad, pero engaña.
—El fin ya no es lo que era.

jueves, 8 de abril de 2010

El gran circo

Yo ya no tengo tiempo para malabarismos, aunque esto lo desmientan los hechos, los hechos aparentes. Es verdad que me embarco siempre en los espectáculos del pasado, como un artista que es incapaz de retirarse, pero son las circunstancias, son las circunstancias las que me obligan a subir al escenario una y otra vez para representar los mismos monólogos, intentar el más difícil todavía y declamar con voz grave mientras realizo un doble mortal hacia atrás sin que se derrame el agua del vaso que sostengo en una mano.

miércoles, 7 de abril de 2010

47974 palabras

Pero yo no puedo querer, dice la chica, estoy muerta por dentro. Mi alma es un camposanto. Mi corazón es un osario. Mi cabeza es un maelstrom en el que se hunden las esperanzas. Yo sólo sé destruir todo lo que toco. Es mi mayor talento. Pero quizá podría ser todo distinto. Podríamos ser otros. Yo podría dejar atrás tanta muerte y tú me dedicarías 47974 palabras.
¿No pueden ser 47975?, pregunta él.

martes, 6 de abril de 2010

Lo acostumbrado

Y ella me dice que lo mejor que puedo hacer es olvidarme de lo nuestro e irme con la otra chica. Que me irá mejor, afirma. Que seguro que es más sencillo con la otra, que además tiene las tetas más grandes y es más joven.
Y yo no digo nada. Llevo toda la vida escuchándole decir cosas así. Algún día tendrá que cansarse.

lunes, 5 de abril de 2010

Vida

Y la noche es infinita. Como lo es la vida. Como lo es el amor. Al menos esta noche.

domingo, 4 de abril de 2010

El rostro

Ha notado usted que no tengo rostro. Es algo que me ha dado problemas en el pasado, pero ahora me va bien. Mi novia, que es pintora, me dibuja una cara distinta cada día.

sábado, 27 de marzo de 2010

Desapariciones

Pero esto es como un truco de magia en el que desaparezco después de decir: nada va a cambiar mi amor. Ella sonríe (ya no le sorprenden estos arrebatos míos) y contesta: nada va a cambiar, mi amor.

viernes, 26 de marzo de 2010

Primavera

—Ya es primavera.
—Sí, otra vez. Qué aburrimiento.
—¿Cómo dices?
—Todos los años es la misma historia.
—¿Y qué te gustaría? ¿Que después del invierno llegara el otoño?
—No estaría mal, sería original. También podría ser un día primavera e invierno al día siguiente. Así, sin avisar. O un año con tres primaveras y un otoño. O uno con dos primaveras y dos veranos.
—Eres muy raro.

jueves, 25 de marzo de 2010

Entre la vigilia y el sueño

Y me tiro toda la noche corrigiendo poemas que, en fin, no hay quién los salve, pero hay que intentarlo por el gesto estético o por el qué dirán o por vete tú a saber qué. Luego, por la mañana, voy en el tren dando cabezadas de pie con el fruto de tantas horas de trabajo absurdo bajo el brazo.
Finalmente acabo entregándoselo a un agradable funcionario que lo sella todo y guarda los poemas en un cajón. Para el jurado. Ya le llamaremos. Circule.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Poemas chungos y otros ejercicios de latrocinio

Todo lo que tienes de bonita
lo tienes de mentirosa.
Pero quién se va a quejar por unas cuantas mentiras
cuando esas tetas son de verdad.

martes, 23 de marzo de 2010

Historias cortas

—Todo está inventado.
—También nuestro amor.

lunes, 22 de marzo de 2010

Los amantes

ELLA: Yo no te convengo. Sólo te hago daño. No te siento nada bien.
ÉL: Eso no es verdad. Me sientas muy bien; lo que me sienta mal es tu ausencia. Ya sabes: la droga es buena, lo que es malo es el mono.

domingo, 21 de marzo de 2010

Los amigos

HOMBRE A: Paco se retrasa.
HOMBRE B: Como siempre.
HOMBRE A: Yo ya estoy cansado de esperarle.
HOMBRE B: Y yo.
HOMBRE A: Mira, ese hombre de allí también parece estar esperando a alguien.
HOMBRE B: Sí. Oye, podríamos llevárnoslo a él.
HOMBRE A: Buena idea. (Dirigiéndose al hombre) Oiga, perdone.
HOMBRE C: Dígame.
HOMBRE A: ¿Está usted esperando a alguien?
HOMBRE C: A unos amigos. Pero se retrasan. Siempre llegan tarde.
HOMBRE B: Podría usted venirse con nosotros. ¿Cómo se llama?
HOMBRE C: Rafa.
HOMBRE A: ¿Le importa que le llamemos Paco?
HOMBRE C: Bueno, lo vería un poco raro.
HOMBRE B: Paco es mejor nombre.
HOMBRE C: ¿Seguro?
HOMBRE B: Sí. Hágame caso, que yo entiendo de esto.
HOMBRE C: Ah, siendo así...
HOMBRE A: Una cosa más: háblenos un poco de sus gustos.
HOMBRE C: Pues no sé, lo normal. Me gusta pasear. Las bicicletas en verano. La disciplina inglesa. El andar de los cangrejos.
HOMBRE B: A mí me vale.
HOMBRE A: Y a mí. Bien, vamos al bar, que el partido ya habrá empezado.
HOMBRE C: Es bonito hacer nuevos amigos.

sábado, 20 de marzo de 2010

Tienda de animales

—Buenas tardes. Quería comprar unas moscas musicales.
—¿De qué tipo?
—Me gustaría que tocaran alguna sinfonía con su revoloteo.
—Lo siento, no me quedan. Pero tengo unas que rapean.
—No es lo mismo.
—También tengo unas que imitan el zumbido de un frigorífico estropeado.
—Moscas comunes. Ya tengo en casa.
—Entiendo. También tengo cucarachas submarinas, si le interesan.
—¿Y qué hacen?
—Bucean. Es un espectáculo digno de verse.
—Creo que las cucarachas me disgustan incluso bajo agua.
—¿Y unas luciérnagas aromáticas? Brillan en la oscuridad y huelen a vainilla.
—¡Oh, qué práctico! Me llevaré media docena, por favor.
—¿Se las envuelvo para regalo?
—No, gracias, me las llevaré puestas.

viernes, 19 de marzo de 2010

El paseo

La calle, la noche, la luz de las farolas que van iluminando mi errar. El quedo rumor de mis pasos, que no me llevan a ningún sitio. Mi sombra, que fielmente me sigue.

jueves, 18 de marzo de 2010

Retablo de miseria y amor

Falta un minuto, quizá dos, para las cinco de la mañana. No he dormido nada, mis ojos son faros que cortan la noche eterna y blablablá (todas esas tonterías). Todas las chicas bonitas descansan ahora. En brazos de otros, seguramente. Pero no importa: tengo en el bolsillo unas promesas de indulgencia y evasión y cientos de poemas que todavía no soy capaz de recordar. Tal vez mañana empiece.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Mal de altura

—Y me falta el aire, ¿sabes?
—Eso va a ser asma. Ve al médico.
—Sólo me pasa cuando estoy contigo.
—El esfuerzo sexual, claro; no estás acostumbrado. Pobre.
—Es imposible decirte algo bonito, ¿sabes?

martes, 16 de marzo de 2010

Los marasmos cotidianos

Todos los hombres que podría ser, pero que no soy. Todos los mundos que podríamos inventar. Todas las noches de espera a la luz de las farolas, cuando podríamos estar «haciendo el amor y la guerra en habitaciones sórdidas de pensiones baratas», que decías tú. Todo lo que quizá, tal vez, a lo mejor, quién sabe.

lunes, 15 de marzo de 2010

El silencio

Muebles de IKEA, vida pequeñoburguesa. Los meses que pasan y no te tengo. Y la calle está llena de lluvia y de recuerdos que esperan que alguien los arranque de la tela de la realidad. O algo parecido.

domingo, 14 de marzo de 2010

Las pulgas estalinistas

Soñé que nuestro perro tenía pulgas estalinistas y que creaban distintos gulags en su piel, dijo ella. Él no supo que decir a esto, pero revisó al perro, para que estuviera tranquila. No, sus pulgas son normales y corrientes, contestó al fin. ¿Corrientes porque corren y escapan?, preguntó ella. Piensa que podrían estar huyendo de las estalinistas, añadió. Él respondió que mejor sería ir mañana al veterinario, que seguro que entendía más de totalitarismos pulgosos que ellos.

sábado, 13 de marzo de 2010

Sobre la omnipresencia (2)

Si vamos apretados en el transporte público es porque Dios está en todas partes.

viernes, 12 de marzo de 2010

Sobre la omnipresencia

Si Dios está en todas partes, entonces es imposible encontrar sitio para aparcar.

jueves, 11 de marzo de 2010

El momento

Sí, estoy un poco cansado de tanto desencanto, pero no es nada, se me pasará pronto: basta con que pase algo con lo que engañarse un tiempo o bien recibir cierta cantidad de dinero (la suficiente para invertir en adicciones); en definitiva, que pase algo inesperado, que lo esperado es terriblemente previsible y aburrido.
Todas las historias terminan mal, lo importante es empezarlas bien.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Mi Stalingrado

Ya ves, aún estoy despierto en mi Stalingrado, pegando tiros al azar, aunque el azar los devuelve todos y qué buena puntería tiene. En el infierno será ya de día, pero yo no he conseguido dormir. Sólo estoy esperando a que deje de llover para salir a buscar ese amor en el que ya no creo, porque hubo un tiempo en el que era el poeta más romántico de todos, cuando creía en cosas que ya he olvidado pero que me invento igualmente. Pero ya ves, aquí estoy, sentado a oscuras, haciendo anagramas con tu nombre, los únicos poemas que soy capaz de escribir esta noche. Pero no hay manera de decir adiós, sólo despedidas a la francesa y mutis por el foro.

martes, 9 de marzo de 2010

El fin del mundo

—El jueves vamos a celebrar el fin del mundo —dice Martínez—. ¿Te apuntas?
Yo hago como que no he escuchado nada y sigo trabajando. Trabajando en el buscaminas, claro.
—Habrá furcias —insiste—. Y fulanas, que empieza por la misma letra.
Levanto la vista y miro la hora. Todavía queda mucho para terminar la jornada.
—Piensa que es una vez en la vida. El fin del mundo, quiero decir. Lo de las furcias se puede hacer hoy también. Yo siempre tengo tiempo para furcias.
Asiento y emito un gruñido, pero no desiste.
—Mi padre me decía que nunca llegaría a nada, pero aquí me tienes. Voy a asistir al fin de los tiempos en primera fila, mientras que él no puede ver nada en la oscuridad de su tumba. ¿Quién es el fracasado ahora, papá?
—¿A qué hora es el fin del mundo? —me rindo.
—En la tele han dicho que a las once y media, pero puede retrasarse un poco. Por eso empezamos la fiesta a las nueve. Por cierto, que fiesta, fin, furcias y fulanas empiezan por la misma letra.
Yo suspiro. Ya podría ser el fin del mundo ahora.

lunes, 8 de marzo de 2010

Terremotos

—Arrepentíos —dice un cura que aprovecha la catástrofe para hacer proselitismo—. Dios os ha castigado por vuestra falta de fe, por no obedecer sus mandamientos. Aceptad a Cristo como vuestro salvador y éste os protegerá de toda desgracia.
—Perdone, pero entonces Dios trabaja como la mafia —protesta un hombre que busca entre las ruinas de su casa.
—¿Veis, hermanos? Es por culpa de estas actitudes heréticas que Dios nos castiga —grita el cura.
La gente responde apedreando al hombre.

domingo, 7 de marzo de 2010

Discrepancias

—Menos mal que nunca te tomo en serio.
—Sí, menos mal...

sábado, 6 de marzo de 2010

Paisaje imaginario 2000

Un desierto de arenas blancas por el que voy andando sin rumbo fijo. Buitres en el cielo, escorpiones bajo las rocas. Un escritorio en medio de esta nada y un señor sentado detrás de él.
—Buenos días —digo yo.
—Buenos días —me contesta él.
—Creo que me he perdido.
—En casa como en ningún sitio, ¿no?
Yo me miro los zapatos por si llevara unos de rubíes como en El mago de Oz, pero no es el caso.
—Es que me siento un tanto perdido en este desierto —contesto algo tontamente.
—Ya. Pero yo no soy el administrador, sólo soy el recepcionista.
—¿El recepcionista del desierto?
—No es un desierto cualquiera.
—¿Es un desierto de aburrimiento?
—No cite a Baudelaire, que no son horas —contesta con desgana—. Mire, no perdamos más el tiempo. Le están esperando.
—¿Quiénes?
—Ellas.
—Qué críptico es usted. ¿Y qué quieren ellas?
—Hablar con usted de dos mil días, seis años, yo qué sé. Sólo soy el recepcionista, le repito.
—Vale, perdone. ¿Y dónde me esperan?
—Siga en cualquier dirección hasta que encuentre un oasis.
—¿Un oasis de horror?
—Que no cite a Baudelaire, coño —protesta el hombre.
Nos despedimos y camino por el desierto, que sigue lleno de arena, escorpiones bajo las rocas y buitres en el cielo, hasta que al rato llego a un pequeño oasis, un diminuto vergel en medio de esta desolación. Junto a un manantial de cristalinas aguas, me encuentro sentadas a A y B, que llevan vaporosos vestidos blancos.
—Hola —digo yo, puesto que no se me ocurre nada mejor.
—Así que dos mil textos para pasar la noche —dice B.
—Así que seis años en esto —dice A.
—¿Tanto tiempo ha pasado ya? Si era sólo un entretenimiento sin importancia —contesto yo.
—¿Y ahora qué? —preguntan las dos.
—Pues más de lo mismo, imagino. No tengo planes para nada. Aunque podríamos aprovechar ahora que estamos los tres aquí y follar.
—Siempre igual, Míchel —se ríe A.
—Pues el caso es que no llevamos nada debajo del vestido —afirma B.
—Ya me había dado cuenta. Qué bien os sienta el blanco con esta luz.
—Claro, todo esto es tu fantasía —dice B acercándose a A y besándola—. ¿Ves?
—Perdona, estaba distraído y no me he fijado bien. Hazlo de nuevo.
Se ríen las dos. Entonces aparece Ad, también vestida de blanco, y dice:
—Míchel, eres un guarro.
—No es verdad, soy puro candor.
—Sólo te interesan el sexo y la literatura —responde N, que sale de algún sitio y se sienta con las otras.
—Y el alcoholismo —dice L.
—Ir de maldito —añade S—. Sólo venías a verme las noches que no te apetecía coger el autobús para volver a tu casa.
—Todo esto no es más que mala prensa —me defiendo yo.
—A mí me dijiste que querías colaborar conmigo —dice M—, pero sólo querías metérmela.
—No es verdad. Yo seguía interesado en el proyecto después de que nos acostáramos. De hecho, te quería para algo más. Te quería de musa.
—Claro, así tenías una rubia, una pelirroja y una morena, ¿no?
—La perfección.
—Yo soy mejor musa que esposa, Míchel —interviene A.
—Yo también. Las relaciones serias se me siguen dando fatal —dice B.
—Yo siempre seré Madame Bovary —dice Ad.
—Yo soy bipolar —dice P.
Y empiezan a hablar todas a la vez, reprochándome cosas o dando excusas para no estar conmigo o comentando anécdotas entre ellas. «Bah, mujeres», mascullo, y me marcho. Todavía me queda mucho desierto por andar.

viernes, 5 de marzo de 2010

Capítulo 1999

Vale, hemos llegado hasta aquí, que es mucho más lejos de lo que pensábamos, querida, y si bien es cierto que la vida no nos ha tratado con especial dureza (si hacemos la media entre los dos, por supuesto), sucede que pasan los años y no te tengo, y los años no van a volver, ni las oportunidades perdidas, ni las noches que hemos desperdiciado en no estar juntos. Pero también podemos esperar a que se acabe el mundo, claro.

jueves, 4 de marzo de 2010

El mundo como realidad

Y ella repite que hay otra realidad, pero dónde, pregunto yo, dónde está esa otra realidad. Y ella me observa con rostro serio y me pide que no mire esta noche debajo de la cama. Y yo, claro, al principio obedezco, pero me tiene intrigado con esto y no consigo conciliar el sueño. ¿Qué habrá debajo de la cama? ¿Un cadáver? ¿Un monstruo que me arrastrará a la oscuridad? La vieja pesadilla infantil. Así que al final miro debajo de la cama y no encuentro nada, sólo polvo y unas zapatillas viejas. Cuando se lo cuento a la mañana siguiente, se ríe y me dice que no entiendo nada, que precisamente la idea era que no mirara debajo de la cama.

miércoles, 3 de marzo de 2010

El mundo como voluntad

Y volver a la vida es volver a ti, dice con la boca pequeña. Porque ya no hay tiempo para estas cosas, para estos desmanes amorosos, para estas confesiones trasnochadas. La locura es todavía notoria, pero algún día aprenderemos a amar.

martes, 2 de marzo de 2010

El mundo como representación

Suena música en una habitación en silencio. Aparece un hombre que dice:
—Si suena música, no puede estar la habitación en silencio.
El autor rectifica. Suena música en una habitación. Aparece el hombre de antes. Dice:
—La vida, qué estafa. Si lo hubiera sabido antes, habría escogido otra cosa.
Entra una chica. Que el lector imagine a la chica más guapa que conozca y se hará cierta idea.
—No está tan mal —dice la chica—. La vida, ya sabes. Hay cosas peores.
—¿Cómo qué? —pregunta el hombre.
—No lo sé, el autor ha dejado en blanco esa línea de mi guión.
—Igual quiere que guardes un silencio interesante.
—U ominoso.
Se miran en silencio durante un buen rato, de forma grave e intensa.
—Me está entrando miedo —dice él.
—A mí también —contesta ella.
—¿Y si hacemos otra cosa?
—Miremos el guión.
El guión dice que se besen, pero no están de acuerdo. No han sido formalmente presentados y no quieren que el lector se lleve una idea equivocada.
—Yo me llamo Martina —se presenta ella—. ¿Y tú?
—Gustavo.
—Como la rana. Vaya nombre.
—La culpa es del autor, que me tiene manía.
—Claro.
—¿Nos besamos ya?
—Es pronto, no sé nada de ti —dice ella.
—Me gustan las tardes de lluvia y los perros mecánicos.
—¿Los perros mecánicos?
—A mí no me mires, viene en el guión.
—Ah, es verdad. Aquí dice que son lo último en tecnología japonesa.
—Tengo ochenta. Los colecciono.
—Una jauría mecánica. ¿Y son dóciles?
—Sólo cuando los desenchufo. Bueno, ¿qué llevas puesto?
—¿Es que tienes problemas en la vista? Llevo este vestido azul.
—Me refiero a debajo.
—Oye, te estás pasando de la raya.
—¡Que lo dice en el guión!
—Oh, pues es cierto: «él le pregunta qué lleva debajo; ella le abofetea».
—Creo que esa parte nos la podemos saltar —dice él.
—¿Seguro? Dicen que abofeteo muy bien.
—Las mejores bofetadas son las que sólo se insinúan.
—Eso te lo acabas de inventar, no viene en el guión.
—El autor me dijo que improvisara.
—No es justo, ¿por qué yo no puedo improvisar y tú sí? —se queja ella.
—Creo que lo hace para compensar lo de Gustavo.
—Vale, sí, tiene sentido.
—Bueno, ¿nos besamos ya?
—¿No quieres saber antes algo de mí?
—Ya me lo cuentas luego.
Se besan con pasión. Él le mete la mano por debajo del vestido. Cae el telón.

lunes, 1 de marzo de 2010

La vida

«Dinero, dinero, dinero», dice el niño. Yo miro a su madre sin entender nada y ésta me lo explica: «nada, que su abuela le ha dado dinero para que se compre una pelota y por eso lo repite tan contento». Yo asiento. Un momento después, el niño se acerca corriendo a unas chicas mientras sigue gritando: «dinero, dinero, dinero». Yo no puedo evitar decir: «vaya, tu hijo va a llegar lejos en la vida».

domingo, 28 de febrero de 2010

La medida

Nada es tan grave. Excepto no tenerte.

sábado, 27 de febrero de 2010

Asesinos

El descuartizador era un hombre entrañable.

viernes, 26 de febrero de 2010

Plano general

Una chica joven y bonita que balancea sus caderas en la eternidad. Un poeta borracho a pesar de ser tan sólo las seis de la tarde.
—Quisiera ser siempre bella —dice la chica.
—Lo serás: en el recuerdo —responde él.
—Qué desagradable es usted.
—No es culpa mía. Soy poeta.
—Pensaba que los poetas decían cosas bonitas.
—Sólo los malos.
—¿De verdad?
—Claro. Qué poco sabes del mundo, chiquilla.
—Es que soy muy joven, sólo tengo veinte páginas de vida.
—Yo te podría escribir unas cuantas más.
—Seguro que llenas de maldades.
—Pero maldades que valen la pena ser vividas.
—¿Me lo puedo pensar?
—No hay tiempo. Basta de burocracia. Fuguémonos juntos.
—Bueno, la verdad es que tengo libre todo el día.
Fundido en negro.

jueves, 25 de febrero de 2010

Vodevil

Suena un teléfono en una habitación vacía. Entra Alfredo Mercurio, el famoso científico. Contesta al teléfono.
—¿Sí?
—Hola. ¿Está usted interesado en agrandar su pene?
—¿Cómo dice?
—Piense que es el momento idóneo: gracias a la crisis, han caído los precios. No espere más para tener una hombría con la que satisfacer a sus vecinas.
—Pero es que no lo necesito.
—No sea ridículo. Siempre hay sitio en los pantalones para un pene más grande.
—Escuche, el universo está en constante expansión. Por lo tanto, mi pene está en constante expansión también.
Y cuelga. En ese momento entra Juan Diácono, el cura del pueblo.
—Buenos días —dice el cura.
—Buenos días —contesta el científico.
—Venía a hablarte de Dios.
—No me interesa.
—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso lo has probado?
—No me interesa —repite Alfredo Mercurio.
—Mira, te lo puedo dejar durante quince días. Lo pruebas y me dices qué te parece. Sin compromiso.
—Bueno, pero ponlo donde no moleste.
El cura saca un crucifijo y lo coloca en la pared, presidiendo la sala.
—No me gusta ahí —dice el científico—; parece que me esté vigilando.
—Pero lo hace por tu bien.
—Mira, mételo en un armario y que me vigile las camisas.
El cura obedece, pero refunfuñando algo de que Dios no está hecho de naftalina. Entonces entra Rogelio Sastre, el modisto, cargando unas cajas de cartón.
—¿Alguien ha pedido unas camisas? —pregunta.
—No, estábamos hablando de las mías.
—Pero las que traigo están recién hechas. Calentitas.
—Me da igual, yo no las he pedido.
—Las bebidas son gratis.
—Haber empezado por ahí.
Sacan las camisas de las cajas y se las prueban. Qué cómodas son, comentan. Y además estilizan una barbaridad, apostilla Rogelio Sastre. Beben de sus refrescos cuando entra el señor Mayo, el vecino hippie que se parece a Luis XIV.
—¿Qué es todo este escándalo? —protesta—. Mis macetas no pueden dormir.
—Serán las plantas, digo yo —contesta Alfredo Mercurio.
—Mis macetas también tienen derecho, yo no discrimino —insiste el señor Mayo.
—Bien dicho; las macetas también son criaturas de Dios —interviene Juan Diácono.
—No es verdad, son criaturas del alfarero, en todo caso —corrige Rogelio Sastre.
—¿Y quién ha creado al alfarero? —pregunta el cura con tono de haber ganado la discusión.
—Pues sus padres —responde el modisto.
—Bah, con ateos es imposible —sentencia el cura.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Pequeñas tragedias

«Voy a vivir mientras suene este vals, mientras te vea bailar, hasta que la orquesta pare», piensa él; y ella sigue bailando, ajena a sus pensamientos.

martes, 23 de febrero de 2010

La vieja dialéctica

Hace una tarde primaveral de lo más agradable y vamos siguiendo una ruta muy bonita, una carretera junto al mar y campos verdes que a saber de dónde han salido. Todo muy idílico; también el tener la mano puesta en su muslo, muy arriba.
—No sé si ponerme tetas —dice ella de pronto.
Ya empezamos, pienso yo. Otra que quiere ponerse tetas falsas. Y luego dicen de nosotros.
—No lo hagas, yo soy hombre de culos —contesto.
—Sí, tú sí. ¿Pero y si me enamoro de un hombre de tetas?
—Entonces le gustarán naturales, digo yo.
—Pero yo las tengo pequeñas.
—Sí, pero son muy bonitas. Y firmes.
—¿Pero y si las quiere grandes?
—No creo que las quiera operadas. ¿O es que eres capaz de enamorarte de un cutre al que le gusten las tetas de silicona? Vale, olvida que he sido tan ingenuo como para preguntarte eso.

lunes, 22 de febrero de 2010

La vida es la misma

No creas, las cosas no han cambiado demasiado. El viejo amor sigue intacto, guardado en algún sitio olvidado, y todavía me sigo emocionando cuando durante un breve instante me parece creer que quizá vaya a funcionar la cosa. Pero es nada, un momento de duda, como aquello que decías tú: «a veces me dan ramalazos de ganas de ti». Es algo así. Claro que luego me olvido de estas fantasías, recuerdo que la vida es de otra manera y vuelvo a mostrarme disconforme, que la resignación es de cristianos.

domingo, 21 de febrero de 2010

Consejos a un poeta que escribía en morse

Olvídese de los bonitos peros y no ame usted demasiado, que no tiene costumbre; a ver si se va a lesionar o algo. En fin, menos mal que tiene hechuras de maldito y que la tristeza es una gabardina que le sienta estupendamente. Además, el desdén hace juego con sus ojos. Está usted tan atractivo acodado en la barra del bar.

sábado, 20 de febrero de 2010

Y todo

Y me despierto con sabor a sangre en la boca y me pregunto si será una señal, si es la forma que tiene la muerte de contarme sus planes para mí o qué. Y no ha parado de llover en toda la noche. Y toda la mañana lloviendo también. Y yo escupiendo sangre en el cuarto de baño. Y yo cantando temas de los Smiths para pensar y no pensar en ella. Y yo leyendo a Cummings en una ciudad extraña. Y la cama vacía. Y el alma también. Y un poema a medias, en la mesa, mirándome con ojos acusadores, como si quisiera decirme que la vida es para otros y yo tengo unas obligaciones ineludibles.

viernes, 19 de febrero de 2010

La abundancia

Y con noventa años piensa:
estoy tan cansado;
debe de ser porque tengo
todo el tiempo del mundo.

jueves, 18 de febrero de 2010

Historias ñoñas

La soledad de todo esto, dijo ella. La soledad de estar solo, contestó él, que era menos serio. Ella refunfuñó como sólo lo hacen las mujeres bonitas. Él sonrió como sólo lo hacen los hombres felices.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Franz

Y no queda nada aquí, en el Gran Teatro de Oklahoma, salvo las huellas de un artista del hambre y el deseo de ser piel roja.

martes, 16 de febrero de 2010

Deconstrucción

empieza la vida en tus ojos
y termina en el poema

lunes, 15 de febrero de 2010

Un momento romántico

—Hoy he escrito un poema de amor en el cuarto de baño.
—Qué romántico.
—No estaba cagando, por si lo estás insinuando.
—Menos mal. ¿Qué hacías?
—Me afeitaba. Y de pronto lo vi todo claro. Pensé: sería tan fácil cortarme el cuello ahora, en este momento. Salvo que no me estaba afeitando con una navaja clásica de barbero, claro, sino con una maquinilla eléctrica. Y la verdad es que no veo cómo podría uno degollarse con eso.
—Seguro que encuentras la manera si te pones a ello.
—Claro que sí, soy un tipo ingenioso. Pero no nos salgamos del tema. Estaba yo en el cuarto de baño fabulando que sujetaba una afilada navaja en vez de un utensilio eléctrico y que me hacía una segunda sonrisa bajo la auténtica, cuando me dije: estoy enamorado.
—No veo la relación entre una cosa y la otra, la verdad.
—Es que pensé en ti, cariño. Pensé en ti encontrando mi cadáver suicidado porque sí, sin motivo alguno y sin notas en las que te responsabilizara de mi muerte para que te sintieras culpable toda la vida. Y se me ocurrió que eso es porque te quiero. Porque imagino mi muerte y eres tú quien viene a mi cabeza. Y además en mis fantasías suicidas no te culpo de nada, eso también tiene que significar algo. Así que escribí unos versos en un pedazo de papel higiénico.
—Creo que estoy tan complacida como preocupada.

domingo, 14 de febrero de 2010

El hambre

Recibí una llamada de la chica más importante de mi vida. Me dijo que me quería. Después de siete años, sí que le ha costado darse cuenta, pensé. Pero aunque me quería, no podíamos estar juntos, me aclaró. Tenía que ser un amor en la distancia. «Yo te quiero a ti y tú a mí, pero lejos, cada uno con su vida». ¿Y qué sentido tiene eso?, pregunté yo. «Pues que así no lo estropeamos», dijo ella, «así siempre nos desearemos, pues será un apetito que nunca podremos saciar».
No sé si morir de hambre era la clase de amor que tenía yo en mente, contesté.

sábado, 13 de febrero de 2010

Una madrugada

Me despierta movimiento en la cama. Es ella, que, de espaldas, se restriega contra mí. Dándose cuenta de que ya estoy despierto, me coge la mano y se la lleva a los pechos. Así da gusto que lo saquen a uno del sueño, pienso.
Después del sexo, miro un momento la ventana. Empieza a clarear, pronto saldrá el sol. Me acuerdo de cuando tonteábamos, de cuando decíamos que un día teníamos que ver juntos el amanecer. Pero hoy no será, que enseguida volvemos a estar dormidos.

viernes, 12 de febrero de 2010

El infierno

«Yo a ti te he visto en el infierno», le dice un hombre a otro en el metro. El señor interpelado mira su imagen reflejada en la ventana del vagón, pero no se ve más endemoniado que de costumbre. «Me confunde usted con otro, caballero», responde con calma. «A mí no me engañas, te vi anoche jugando a las cartas con el diablo», masculla el otro hombre. «Imposible», insiste el hombre acusado, «ni siquiera sé jugar a las cartas». Con titubeos, el otro reconoce que estaba un poco oscuro y que quizá fuera al ajedrez a lo que estaban jugando. «Se sigue equivocando usted: jugábamos a las damas», responde con suma dignidad el hombre justo antes de bajarse en su parada.

jueves, 11 de febrero de 2010

Cuentos y cuentos

Estamos paseando una noche gélida por una ciudad fantasma y voy respondiendo a todo lo que dice ella como si fuéramos los protagonistas de una historia que voy improvisando. Hablando en tercera persona, como si no fuéramos nosotros, sino otros, personajes que necesitan un relato en el que existir. Y así estamos un rato hasta que de pronto dice:
—¡Míchel, deja de narrar!
Y yo me callo, pues no se me ocurre mejor manera de terminar.

miércoles, 10 de febrero de 2010

L'amour

—Cásate conmigo, nena. Renuncio a Satanás y a todas sus obras. Bueno, menos a ti, claro.

martes, 9 de febrero de 2010

Capítulo 1975

Hay que bajar al infierno en busca de la belleza. Y aquí estoy, en la playa, en febrero, en un verano que ha empezado cuando no le tocaba. Hay guiris resucitados tomando las calles. Hay una brasileña sentada a mi lado, en la arena, pegando su cuerpo al mío, aunque su cuerpo ya no es lo que era, ahora es todo hueso. Hay aviones en descenso aproximándose al aeropuerto cercano. Hay aves en la superficie del mar. Hay nubes de polución en el horizonte. Y no hay mucho más.

lunes, 8 de febrero de 2010

Fragmento

Yo te escribiría poemas en morse para que pudieras taconear, para que bailaras toda la noche las palabras, las confesiones de amor contraproducentes, todos los «te echo tanto de menos» que me callo porque no hay manera.

domingo, 7 de febrero de 2010

Ça a commencé comme ça

Y es verdad el misterio, pero no el amor, dice ella. Y él no dice nada porque está detenido en un silencio que es eterno y que nunca duerme. Algo así como la muerte, pero con mejores vistas.
Y es tanta la belleza que vive sólo en mis ojos, piensa él, que puede que sea yo, pero cómo saberlo a estas horas de la noche.

sábado, 6 de febrero de 2010

La autarquía sentimental

Me convencieron para colaborar en una guerra que no era la mía, pero me conmovieron con sus palabras de causas justas, causas perdidas, causas por ganar. O quizá fue porque me dieron patente de corso para naufragar en aguas enemigas, neutrales y amigas. En cualquier caso, ya son cinco meses que escribo allí y todavía no me he hecho publicidad aquí.

Autobombo descarado y otras maniobras mezquinas:
La autarquía sentimental

viernes, 5 de febrero de 2010

un oasis de horror

una ciudad de ladrillo gris y yo en medio de ella escribiendo poemas que no te llevo por falta de interés o de vida o de luz en estas calles en las que me pierdo buscando una salida a ninguna parte

jueves, 4 de febrero de 2010

Los amores equivocados

—Te voy a echar de menos —le dice él.
—Seguro que tienes allí unas cuantas dispuestas a consolarte —contesta ella con una sonrisa.
Puede, pero para mí significan tan poco como yo para ti, piensa él.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Díselo con flores

Es interesante trabajar como repartidor para una floristería. Siempre llevándoles flores a chicas guapas (pocas veces no lo son). En realidad, es perjudicial para el corazón. Mujeres preciosas que te abren la puerta y de pronto sonríen, plenas de felicidad. Uno se siente amante de todas ellas. Sin embargo, luego te dan las gracias y cierran la puerta.

martes, 2 de febrero de 2010

Las meditaciones de los perros

Mi perro mira el horizonte. Qué buscará, me pregunto yo. ¿Una ruta hacia las Indias? ¿Pensará en América? ¿Querrá ir al Nuevo Mundo a hacer fortuna? Igual piensa en el amor, en alguna relación perdida. Claro que mi perro no tiene demasiada vida social y siempre sale de casa acompañado de algún ser humano entrometido. Me siento a su lado, pero sigue mirando impertérrito a lo lejos. ¿Estará simplemente meditando? Las meditaciones de los perros no es mal título, así que lo apunto para el futuro, que, ahora que lo pienso, quizá sea lo que busca con tanto ahínco en el horizonte.

lunes, 1 de febrero de 2010

La ley

Llamaron a la puerta. Era un policía, que quería detenerme. Por qué delito, pregunté yo. Por abrir la puerta sin licencia, me contestó. Era una nueva legislación, por lo visto, una para ordenar la vida diaria, que era caótica y sin sentido. Ahora se requerían permisos especiales para los quehaceres que habían sido cotidianos hasta ese momento. Un carnet para pasear sin rumbo, por ejemplo. Otro para silbar (después de un curso de tres años en el conservatorio). Yo no había solicitado una licencia para abrir la puerta de mi casa, así que me exponía a una buena multa.