domingo, 6 de diciembre de 2009
La tienda
Está usted contemplando el santo taburete de Antioquía. Parece un taburete corriente, pero lo hizo Jesucristo con sus propias manos cuando estaba aprendiendo el oficio de su padre. De su padre adoptivo, se entiende. Por eso ha durado casi dos mil años y ha llegado a nuestros días en excelente estado. Mírelo bien, ¿no es evidente que se trata de un trabajo divino? Compruebe la perfección de sus formas, su diseño elegante a la par que robusto. Cuenta la historia que fue un encargo de un adinerado comerciante romano que residía en Antioquía. El encargo fue para José, claro, que era el carpintero, pero éste decidió que era buena ocasión para que su hijo demostrara lo aprendido. Años después, el Apóstol Pablo fue a Antioquía expresamente a buscar el taburete. Sentado en él, recibió la inspiración divina para escribir las Epístolas. Este taburete ha sido testigo mudo de grandes hechos, caballero. Y ahora podría ser suyo por tan poco dinero.
sábado, 5 de diciembre de 2009
La muerte pública
La radio acaba de anunciar que el nuevo gobierno revolucionario va a nacionalizar los fallecimientos para que la muerte deje de ser una cuestión privada. A partir de ahora será de todos, para todos, a cualquier hora, en cualquier lugar. «Patria y muerte» es el lema de la campaña. Se piensa agilizar los trámites para que la muerte esté al alcance de todos; pronto, los funcionarios de la muerte nos esperarán con sus formularios listos y sólo tendremos que rellenarlos. Luego esperaremos nuestro momento, que será de todos: una bonita defunción pública. Hay quien afirma que los suicidios deberían seguir siendo privados, pero son una minoría sin importancia.
viernes, 4 de diciembre de 2009
Homeomerías
Verónica dice que me quiere. Yo a ti también, le respondo, pero desde muy lejos. La quiero, pero no dejo de pensar en el penalti en contra que nos pitaron el domingo. Soy el peor novio del mundo, pienso, pero enseguida me justifico: es que nos robaron el partido, es que el delantero rival se tiró de forma descarada. Y ella me habla de proyectos en común, del amor que nos une, y yo asiento a todo lo que me dice, pero pensando todo el rato en el árbitro que se inventó ese penalti injusto que nos ha arruinado la temporada. Cómo voy a ser feliz contigo si nos han robado la liga, pienso, pero me callo porque no suena nada romántico.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Las señales
El señor Jitler fumiga sus rosas con ácido prúsico cuando de pronto ve una esvástica en el cielo y estas palabras: in hoc signo vinces. Durante un breve momento piensa en llamar a su psiquiatra, pero seguro que le diría que está loco, así que lo descarta. En vez de eso, decide consultar a su vecino Estalin, que a esas horas corta el césped.
—Oye, Estalin, ¿has visto eso en el cielo?
—¿El qué? ¿Un ovni? —pregunta Estalin apagando la cortadora de césped y alzando la mirada.
—No, era una cruz gamada.
—Bah, ya podría ser una hoz que me segara mágicamente el césped. O un martillo, que tengo que montar una estantería.
—Yo creo que era una señal para mí.
—¿Quién te has creído que eres? ¿Batman?
—Digo yo que si no la ha visto nadie más es que era una señal para mí. Mi lógica es impecable.
—¿Quién te asegura a ti que no era para más gente? Una señal en el cielo tiene bastante difusión, no te creas tan importante. Otra cosa sería que la señal te hubiera llegado por correo, sería una forma más personal de comunicarse contigo.
—Pues tienes razón, voy a ver si tengo algo en el buzón.
El señor Jitler vuelve a casa pensando que el bigote de Estalin es sospechoso. Se pregunta qué ocultará bajo él. Quizá los misterios del universo están debajo de la nariz de su vecino, escondidos en un frondoso mostacho. Se palpa su propio bigote, que es un bigote contenido. ¿Y si me lo extendiera por toda la cara?, se pregunta. Un bigote necesita espacio vital para existir. Que llegue por lo menos hasta su frontera natural: las orejas.
En el buzón tiene dos postales. Una dice: «sigo atando cabos» y la firma Franko Franko Franko. La otra es de su amigo Benito, que le habla de la belleza de las mujeres etíopes. El señor Jitler decide que es la última vez que escucha a Estalin.
—Oye, Estalin, ¿has visto eso en el cielo?
—¿El qué? ¿Un ovni? —pregunta Estalin apagando la cortadora de césped y alzando la mirada.
—No, era una cruz gamada.
—Bah, ya podría ser una hoz que me segara mágicamente el césped. O un martillo, que tengo que montar una estantería.
—Yo creo que era una señal para mí.
—¿Quién te has creído que eres? ¿Batman?
—Digo yo que si no la ha visto nadie más es que era una señal para mí. Mi lógica es impecable.
—¿Quién te asegura a ti que no era para más gente? Una señal en el cielo tiene bastante difusión, no te creas tan importante. Otra cosa sería que la señal te hubiera llegado por correo, sería una forma más personal de comunicarse contigo.
—Pues tienes razón, voy a ver si tengo algo en el buzón.
El señor Jitler vuelve a casa pensando que el bigote de Estalin es sospechoso. Se pregunta qué ocultará bajo él. Quizá los misterios del universo están debajo de la nariz de su vecino, escondidos en un frondoso mostacho. Se palpa su propio bigote, que es un bigote contenido. ¿Y si me lo extendiera por toda la cara?, se pregunta. Un bigote necesita espacio vital para existir. Que llegue por lo menos hasta su frontera natural: las orejas.
En el buzón tiene dos postales. Una dice: «sigo atando cabos» y la firma Franko Franko Franko. La otra es de su amigo Benito, que le habla de la belleza de las mujeres etíopes. El señor Jitler decide que es la última vez que escucha a Estalin.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Las musas
Eva Brown, la musa de inestable belleza (está más guapa por las tardes), se sienta todos los días a la misma hora en un banco del parque para inspirar a artistas y pervertidos, valga la redundancia. Éstos se le acercan, pero pocos se atreven a hablarle, no sea que muerda, que con las musas nunca se sabe. Hay uno que le dice que escuchar su risa es como hacer el amor con ella; ella entonces estalla en carcajadas y él tiene que disimular un orgasmo.
Últimamente, el señor Jitler, que ha salido hace poco del psiquiátrico, le canta baladas improvisadas vestido de Elvis. «Y pienso en todos los cigarrillos que no he apagado en tu piel», recita con voz de atribulado sadomasoquista mientras menea las caderas a ritmo de rock and roll.
Últimamente, el señor Jitler, que ha salido hace poco del psiquiátrico, le canta baladas improvisadas vestido de Elvis. «Y pienso en todos los cigarrillos que no he apagado en tu piel», recita con voz de atribulado sadomasoquista mientras menea las caderas a ritmo de rock and roll.
martes, 1 de diciembre de 2009
Hoy las aceras están descalzas
Esto es un ejercicio de juventud. Lo escribí hace una década y fue publicado en julio de 2001 en el número 4 de Pequod, que se editaba en Madrid. Le di algo de difusión por internet en un foro o dos, que todavía no tenía una página propia. Después me lo he encontrado plagiado un par de veces por los mediocres de turno. Es un texto que no me gusta nada, pero, con sus muchos defectos y escasas virtudes, es mío, qué le vamos a hacer. Se incluye aquí por motivos historiográficos.
Me despierto con una canción en los tobillos y mal aliento. Mi reflejo en el espejo del cuarto de baño tiene la sonrisa despeinada y los ojos parecen querer escapar de la cara. Vuelvo a la cama y pienso en el poeta tan grande que soy. Luego me asomo a la ventana y oigo morir a las flores. Mi alma está cubierta de pústulas sangrantes (son lo que yo llamo poemas).
Desayuno un par de tostadas mohosas. Imagino que las unto con algo. Imagino que me resultan deliciosas.
En los rincones hay cucarachas como camiones. En los rincones hay camiones como cucarachas.
Salgo a la calle vestido con mi única chaqueta y mis únicos pantalones. Están tan sucios que ya no recuerdo su color original. La gente me mira, pero yo no les veo. Cada mirada esconde un nido de ametralladoras.
Llego a la oficina y saludo con una amplia sonrisa. Nadie responde a mi saludo. Todos siguen pendientes de su trabajo. Me siento insignificante, lo cual es una agradable novedad.
Aposento el culo tras mi escritorio. Ante mí se amontonan papeles escritos en una jerga incomprensible. Intento echarles un vistazo, pero me duele la cabeza como si un enano estuviera dentro dando patadas.
Escribo un par de poemas sobre la devastación mundial a manos de las hordas fanáticas que no llevan flequillo. Poemas que tampoco se publicarán, pero que quizás dentro de tres siglos sean objeto de estudio.
La hija del jefe pasa al lado de mi mesa en dirección al despacho de su padre. Se me cae la baba sobre un informe. Es tan hermosa que creo estar loco. Se mueve a cámara lenta. Observo detenidamente su precioso pelo. Sus inmensos ojos verdes bastarían para iluminar una noche oscura y con niebla. Las paredes de este horrible edificio deberían gritar por no estar a la altura de su belleza. Yo mismo tengo ganas de gritar con todas mis fuerzas. Por raro que parezca, me contengo. Se aleja de mí habiéndome convertido en un ferviente creyente.
Mi corazón es una supernova.
Durante dos horas hago como que trabajo, pero en realidad estoy planeando pequeños actos terroristas contra los acólitos del jefe, esa secta asquerosa que va bien vestida, bien alimentada y que encima huele bien. Tomo café tras café. Me entran ganas de mear, me levanto y voy al servicio.
Servicio. Una hilera de urinarios. El pináculo de la civilización: un montón de tíos meando y actuando como si no lo hicieran. Como si no tuvieras un tío al lado con la polla en la mano. ¿Qué tal la familia? ¿Quedamos el sábado para jugar un partido? Todo natural y civilizado. Por suerte, en este momento está vacío.
De pronto, un retrete se ilumina como mil soles. Como la zarza ardiente. Como luces de neón. Y empieza a hablar. Empieza a hablarme a mí. Dice con voz profunda (algo lógico, dadas las circunstancias): yo soy el único Dios. Me arrodillo y comienzo a llorar. Señor, ¿dónde estabas cuando la lluvia era mi único techo y mis hermanos me buscaban para escupirme? Pero Él me interrumpe y me habla de la Salvación. Pues los hombres viven en el pecado y es justo que el Ángel Exterminador caiga sobre ellos con furia divina. He comprendido. Me santiguo y tiro de la cadena.
Todos siguen actuando ignorantes del milagro que se ha producido a pocos metros de ellos. Infieles. Nadie se percata de mi cara de felicidad, nadie advierte el cambio que se ha producido en mí. Pues he sido elegido entre todos los oficinistas para ser el Heraldo del Señor.
Vuelvo a mi escritorio. Sudo. Me río sin motivo aparente. Caras que se giran y me miran recelosas. ¿Sospechan la verdad? Espero durante una hora la señal divina. Mientras tanto confecciono una lista de las personas que han de morir: el jefe, por supuesto, por ser el cabecilla de esta organización de herejes; Fernández, por el pecado de ser totalmente gilipollas; Martín, por pelota; Susana, por acostarse con todos menos conmigo; etc. Sólo es digna de salvarse la hija del jefe, dado que es un ser puro y angelical. Se sentará a mi derecha en el Nuevo Orden. Yo escribiré poemas para su gloria inmortal y ella me gratificará sexualmente. Y todos felices como idiotas.
La señal llega. Un ángel fulgurante y rojo como la sangre entra por la puerta y con su atronadora voz anuncia:
—¿Alguien ha pedido una pizza?
Me levanto como impulsado por un resorte, saco el fusil de asalto que escondía desde hace meses debajo de mi mesa y lanzo ráfagas de muerte por doquier. Con cada bala les llega el perdón. Lloro de emoción. Gritan. Corren. ¡Pero esto es raro! Juraría que le vuelo la tapa de los sesos al ángel. ¿Una Prueba? Aparto ese pensamiento de mi mente y prosigo con mi tarea pacificadora.
Entro en el despacho del jefe y me lo encuentro al teléfono. Me mira aterrado, intenta hablar pero el pánico se lo impide. De repente se levanta y corre hacia los grandes ventanales. Como el suicidio es pecado, le acribillo. Creo ver una sonrisa.
Pronto no queda nadie en pie salvo yo. Me arrodillo y rezo.
Estoy empapado en sangre. Hay sangre allí donde mire. Sangre. Sangre. Me tambaleo a causa de los mareos que se apoderan de mí. Vuelvo al despacho del jefe y me siento en su confortable sillón de ejecutivo bastardo. Silbo una alegre melodía infantil mientras espero órdenes de Dios.
Al rato oigo voces, pero fuera de mi cabeza, así que me levanto y salgo del despacho de mi difunto jefe. Del ascensor salen hombres con fusiles y pistolas a los que reconozco como el brazo armado de Satanás: la policía. Parecen nerviosos y gritan las órdenes como si estuvieran sordos. Uno de ellos me ve y da la alarma. Sé que no es muy heroico, pero huyo de vuelta al despacho. Cierro la puerta y uso la mesa como barricada. Voy escribiendo todo esto en mi cabeza. Poemas que se entrecruzan. Aquí estoy yo, luchando por mi vida y preocupándome por la métrica.
Fuera se desata el infierno. Disparan con todo, seguro que hasta lanzan papeleras contra la puerta. Yo me aferro a mi fusil y elevo una corta plegaria. Señor, saca a tu fiel servidor de esta ordalía de destrucción y llévale a las playas de Brasil. Pero nada ocurre, parece que los milagros terminaron por hoy. Entonces una ráfaga afortunada me hiere de muerte. Siento que me hundo en la oscuridad.
Hoy las aceras están descalzas. El arroz cerebral que cultivé trágicamente. Seguir siempre el camino de baldosas amarillas. Siento que se me escapa la vida de entre los dedos como fina arena y mis ojos giran sin control. El cielo es la sangre que se derrama de mis heridas y... se confunden mis pensamientos... también se me escapan... creo que la ventana es perfecta y se recorta nítida en el cielo me encantaría salir por la ventana volando e irme lejos de aquí y me hundo me hundo miro por la ventana antes de cerrar los ojos para siempre y pienso que el sol es un gran huevo frito que todos quisieran comer pero dónde está el pan que podamos mojar en esa yema tal vez nuestra cabeza tal vez nuestra cabeza
Me despierto con una canción en los tobillos y mal aliento. Mi reflejo en el espejo del cuarto de baño tiene la sonrisa despeinada y los ojos parecen querer escapar de la cara. Vuelvo a la cama y pienso en el poeta tan grande que soy. Luego me asomo a la ventana y oigo morir a las flores. Mi alma está cubierta de pústulas sangrantes (son lo que yo llamo poemas).
Desayuno un par de tostadas mohosas. Imagino que las unto con algo. Imagino que me resultan deliciosas.
En los rincones hay cucarachas como camiones. En los rincones hay camiones como cucarachas.
Salgo a la calle vestido con mi única chaqueta y mis únicos pantalones. Están tan sucios que ya no recuerdo su color original. La gente me mira, pero yo no les veo. Cada mirada esconde un nido de ametralladoras.
Llego a la oficina y saludo con una amplia sonrisa. Nadie responde a mi saludo. Todos siguen pendientes de su trabajo. Me siento insignificante, lo cual es una agradable novedad.
Aposento el culo tras mi escritorio. Ante mí se amontonan papeles escritos en una jerga incomprensible. Intento echarles un vistazo, pero me duele la cabeza como si un enano estuviera dentro dando patadas.
Escribo un par de poemas sobre la devastación mundial a manos de las hordas fanáticas que no llevan flequillo. Poemas que tampoco se publicarán, pero que quizás dentro de tres siglos sean objeto de estudio.
La hija del jefe pasa al lado de mi mesa en dirección al despacho de su padre. Se me cae la baba sobre un informe. Es tan hermosa que creo estar loco. Se mueve a cámara lenta. Observo detenidamente su precioso pelo. Sus inmensos ojos verdes bastarían para iluminar una noche oscura y con niebla. Las paredes de este horrible edificio deberían gritar por no estar a la altura de su belleza. Yo mismo tengo ganas de gritar con todas mis fuerzas. Por raro que parezca, me contengo. Se aleja de mí habiéndome convertido en un ferviente creyente.
Mi corazón es una supernova.
Durante dos horas hago como que trabajo, pero en realidad estoy planeando pequeños actos terroristas contra los acólitos del jefe, esa secta asquerosa que va bien vestida, bien alimentada y que encima huele bien. Tomo café tras café. Me entran ganas de mear, me levanto y voy al servicio.
Servicio. Una hilera de urinarios. El pináculo de la civilización: un montón de tíos meando y actuando como si no lo hicieran. Como si no tuvieras un tío al lado con la polla en la mano. ¿Qué tal la familia? ¿Quedamos el sábado para jugar un partido? Todo natural y civilizado. Por suerte, en este momento está vacío.
De pronto, un retrete se ilumina como mil soles. Como la zarza ardiente. Como luces de neón. Y empieza a hablar. Empieza a hablarme a mí. Dice con voz profunda (algo lógico, dadas las circunstancias): yo soy el único Dios. Me arrodillo y comienzo a llorar. Señor, ¿dónde estabas cuando la lluvia era mi único techo y mis hermanos me buscaban para escupirme? Pero Él me interrumpe y me habla de la Salvación. Pues los hombres viven en el pecado y es justo que el Ángel Exterminador caiga sobre ellos con furia divina. He comprendido. Me santiguo y tiro de la cadena.
Todos siguen actuando ignorantes del milagro que se ha producido a pocos metros de ellos. Infieles. Nadie se percata de mi cara de felicidad, nadie advierte el cambio que se ha producido en mí. Pues he sido elegido entre todos los oficinistas para ser el Heraldo del Señor.
Vuelvo a mi escritorio. Sudo. Me río sin motivo aparente. Caras que se giran y me miran recelosas. ¿Sospechan la verdad? Espero durante una hora la señal divina. Mientras tanto confecciono una lista de las personas que han de morir: el jefe, por supuesto, por ser el cabecilla de esta organización de herejes; Fernández, por el pecado de ser totalmente gilipollas; Martín, por pelota; Susana, por acostarse con todos menos conmigo; etc. Sólo es digna de salvarse la hija del jefe, dado que es un ser puro y angelical. Se sentará a mi derecha en el Nuevo Orden. Yo escribiré poemas para su gloria inmortal y ella me gratificará sexualmente. Y todos felices como idiotas.
La señal llega. Un ángel fulgurante y rojo como la sangre entra por la puerta y con su atronadora voz anuncia:
—¿Alguien ha pedido una pizza?
Me levanto como impulsado por un resorte, saco el fusil de asalto que escondía desde hace meses debajo de mi mesa y lanzo ráfagas de muerte por doquier. Con cada bala les llega el perdón. Lloro de emoción. Gritan. Corren. ¡Pero esto es raro! Juraría que le vuelo la tapa de los sesos al ángel. ¿Una Prueba? Aparto ese pensamiento de mi mente y prosigo con mi tarea pacificadora.
Entro en el despacho del jefe y me lo encuentro al teléfono. Me mira aterrado, intenta hablar pero el pánico se lo impide. De repente se levanta y corre hacia los grandes ventanales. Como el suicidio es pecado, le acribillo. Creo ver una sonrisa.
Pronto no queda nadie en pie salvo yo. Me arrodillo y rezo.
Estoy empapado en sangre. Hay sangre allí donde mire. Sangre. Sangre. Me tambaleo a causa de los mareos que se apoderan de mí. Vuelvo al despacho del jefe y me siento en su confortable sillón de ejecutivo bastardo. Silbo una alegre melodía infantil mientras espero órdenes de Dios.
Al rato oigo voces, pero fuera de mi cabeza, así que me levanto y salgo del despacho de mi difunto jefe. Del ascensor salen hombres con fusiles y pistolas a los que reconozco como el brazo armado de Satanás: la policía. Parecen nerviosos y gritan las órdenes como si estuvieran sordos. Uno de ellos me ve y da la alarma. Sé que no es muy heroico, pero huyo de vuelta al despacho. Cierro la puerta y uso la mesa como barricada. Voy escribiendo todo esto en mi cabeza. Poemas que se entrecruzan. Aquí estoy yo, luchando por mi vida y preocupándome por la métrica.
Fuera se desata el infierno. Disparan con todo, seguro que hasta lanzan papeleras contra la puerta. Yo me aferro a mi fusil y elevo una corta plegaria. Señor, saca a tu fiel servidor de esta ordalía de destrucción y llévale a las playas de Brasil. Pero nada ocurre, parece que los milagros terminaron por hoy. Entonces una ráfaga afortunada me hiere de muerte. Siento que me hundo en la oscuridad.
Hoy las aceras están descalzas. El arroz cerebral que cultivé trágicamente. Seguir siempre el camino de baldosas amarillas. Siento que se me escapa la vida de entre los dedos como fina arena y mis ojos giran sin control. El cielo es la sangre que se derrama de mis heridas y... se confunden mis pensamientos... también se me escapan... creo que la ventana es perfecta y se recorta nítida en el cielo me encantaría salir por la ventana volando e irme lejos de aquí y me hundo me hundo miro por la ventana antes de cerrar los ojos para siempre y pienso que el sol es un gran huevo frito que todos quisieran comer pero dónde está el pan que podamos mojar en esa yema tal vez nuestra cabeza tal vez nuestra cabeza
lunes, 30 de noviembre de 2009
Deportividad
Los deportes de equipo son muy interesantes desde un punto de vista estético, con esa mezcla de coreografía e improvisación. Pero hay que evitar verlos con mujeres, que estropean el asunto con comentarios como «qué guapo es Casillas, ¿verdad?» o «menudo culo tiene Kobe Bryant». Claro que yo me he sentado a ver algún que otro partido de tenis femenino con ese mismo espíritu deportivo:
—Vaya piernas tiene la Hingis.
—¿Y su revés liftado qué te parece?
—¿El qué?
—Vaya piernas tiene la Hingis.
—¿Y su revés liftado qué te parece?
—¿El qué?
domingo, 29 de noviembre de 2009
Notas de diario
Yo ahora tendría que estar escribiendo algo, pero no se me ocurre nada. No estoy muy seguro de que la sinceridad sea un gesto estético, pero de todos modos lo digo. Quizá esto sea una crisis literaria, pero hay que disimular. Silba, me digo, que nadie nota una hemorragia interna salvo por lo blanco que se te queda el rostro. Blanco como este papel que me mira con ojos de dios del Antiguo Testamento.
sábado, 28 de noviembre de 2009
viernes, 27 de noviembre de 2009
El misterio femenino
—Siempre puedes reformarte. Vamos, ven a purificar tu alma avec moi.
—Eso. Entre tus piernas encomiendo mi espíritu.
—Eso. Entre tus piernas encomiendo mi espíritu.
jueves, 26 de noviembre de 2009
Intimismo
Es tan bonito recibir una carta en la que te anuncian un pago, es como una carta de amor. La poesía de las cifras que engrosan tu cuenta se parece a las frases emocionadas de una amante. Claro que a mí nunca me han escrito muchas cartas románticas. Ni tampoco me he hecho rico todavía, por otra parte.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Accesos románticos
Me gusta escuchar tu voz. Me gusta, en un sentido más amplio, hablar contigo. «Esta es la chica», pienso a veces. Es con la que me entiendo. La que tiene el sentido del humor que a mí me gusta. La que me hace reír. Con la que nunca me aburro. Es a la que quiero contarle mis chorradas y mis buenas noticias. Decían en algún sitio que lo bonito de las relaciones es el principio, donde todo es sexo y hablar, sexo y hablar. Así me veo yo contigo. Quitándote la ropa todo el rato y hablando de cosas absurdas.
martes, 24 de noviembre de 2009
La noche de los muertos
Investigué a fondo el asunto y llegué a la siguiente conclusión: si la vida tenía un final, la muerte también debería de tenerlo. Saber dónde estaba ese final ya me costó más. Empecé partiendo de la lógica: hay quien vive mucho y quien vive poco. Pues lo mismo tenía que funcionar en la muerte, pensé. Habría quien volvería de la muerte a los cien años, otros en cambio sólo estarían muertos una breve temporada. Pero no había manera de saber a priori cuánto iba a estar muerta una persona, así que no me quedaba más remedio que espiar a los difuntos y esperar que se levantaran de sus tumbas. Pedí permiso en el ayuntamiento, pero se lo tomaron fatal, dijeron que quería perturbar el reposo de los muertos. Esto me dio una idea: quizá los muertos despertaran de nuevo a la vida si uno organizaba el escándalo suficiente. Por eso instalé unos potentes altavoces en el cementerio y a medianoche atroné el lugar con música heavy. No puedo asegurar que se levantaran los muertos, pero sí los vivos, que pensaron que había llegado el Apocalipsis y llamaron a la policía y el ejército, que enseguida pusieron fin a mi pequeño experimento.
lunes, 23 de noviembre de 2009
Las obsesiones del alma
Nuestro héroe viene de comprar el pan, lo que no es especialmente heroico, pero qué quieren, es domingo. Se detiene en un paso de cebra a esperar que cambie la luz del semáforo y repara en una atractiva jovencita que espera al otro lado. Tendrá unos quince años, calcula, pero calcula al alza, para que sus detractores no se le echen al cuello. Al cruzar por fin la calle, aprovecha para admirar, de forma nada disimulada, las piernas y el culo de la muchacha cuando ésta llega a su altura. En ese momento escucha el claxon de un coche. Vaya, otro que está pendiente de la chica, piensa. Luego se le ocurre que quizá es una forma de recriminarle a él su actitud, así que deja de mirarla y se gira hacia el automóvil. Es un amigo, que saluda. Nuestro héroe devuelve el saludo preguntándose qué imagen da al mundo.
domingo, 22 de noviembre de 2009
sábado, 21 de noviembre de 2009
Hoteles
—Caballero, antes ha subido usted con una señorita a la habitación con la excusa de que era sólo cosa de subir y bajar.
—Sí, es que la chica se estaba meando y hemos subido para que pudiera usar el baño.
—Han estado mucho tiempo, no se tarda tanto en orinar.
—Bueno, no quería comentarlo porque no es elegante, pero en el baño a la chica le han entrado retortijones y... En fin, por eso ha tardado tanto.
—Hemos escuchado a una pareja gimiendo.
—Es que me aburría esperándola y he encendido la tele. Estaban echando porno en un canal.
—Después de que se marcharan ustedes, hemos entrado en la habitación y en el suelo había un condón usado.
—Eso también tiene explicación: viendo el porno, me he excitado y he acabado masturbándome.
—¿Con condón?
—Claro, no te puedes fiar de nadie en estos tiempos que corren.
—Oiga, ¿por qué no admite de una vez que estaban follando y acabamos ya con esto?
—Yo no admito nada más que los hechos.
—Sí, es que la chica se estaba meando y hemos subido para que pudiera usar el baño.
—Han estado mucho tiempo, no se tarda tanto en orinar.
—Bueno, no quería comentarlo porque no es elegante, pero en el baño a la chica le han entrado retortijones y... En fin, por eso ha tardado tanto.
—Hemos escuchado a una pareja gimiendo.
—Es que me aburría esperándola y he encendido la tele. Estaban echando porno en un canal.
—Después de que se marcharan ustedes, hemos entrado en la habitación y en el suelo había un condón usado.
—Eso también tiene explicación: viendo el porno, me he excitado y he acabado masturbándome.
—¿Con condón?
—Claro, no te puedes fiar de nadie en estos tiempos que corren.
—Oiga, ¿por qué no admite de una vez que estaban follando y acabamos ya con esto?
—Yo no admito nada más que los hechos.
viernes, 20 de noviembre de 2009
Positivando
Es difícil reconocer en una foto la realidad. Ayer mismo salió en el periódico mi calle y no la reconocí hasta pasado un buen rato. Dicen que es por la perspectiva, la luz, etcétera, pero yo creo que hay algo más. Pensé: es una calle diferente, ficticia. Lo mismo pienso cuando me veo en una fotografía. Se parece a mí si lo observas atentamente, pero no soy yo, es otro. Alguien con una vida distinta que me espía detenido en el tiempo, quién sabe con qué intenciones.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Permanentes
—Aquí donde me ve, soy la joven promesa de las letras españolas.
—Yo tengo que pagar muchas. Es tan cara la vida.
—No me ha entendido usted, lo que quiero decir es que soy escritor.
—Ah. ¿Y qué escribe?
—Cuentos absurdos. Pequeñas historias de desesperación. Tragedias cotidianas e inevitables.
—Yo soy peluquero.
—Me parece muy bien.
—Ser peluquero es como ser escritor, ¿no cree?
—No veo el paralelismo, la verdad.
—Sí, hombre, piense: usted tiene que cortar lo que sobra del relato, peinar su imaginación (en busca de ideas originales) y rizar el rizo.
—Oiga, todo eso está bastante traído por los pelos.
—¿Lo ve?
—Yo tengo que pagar muchas. Es tan cara la vida.
—No me ha entendido usted, lo que quiero decir es que soy escritor.
—Ah. ¿Y qué escribe?
—Cuentos absurdos. Pequeñas historias de desesperación. Tragedias cotidianas e inevitables.
—Yo soy peluquero.
—Me parece muy bien.
—Ser peluquero es como ser escritor, ¿no cree?
—No veo el paralelismo, la verdad.
—Sí, hombre, piense: usted tiene que cortar lo que sobra del relato, peinar su imaginación (en busca de ideas originales) y rizar el rizo.
—Oiga, todo eso está bastante traído por los pelos.
—¿Lo ve?
miércoles, 18 de noviembre de 2009
martes, 17 de noviembre de 2009
Citas rápidas
—Bueno, tenemos sólo unos minutos para conocernos. Háblame de ti, Elena.
—Me gustan los atardeceres y el sexo anal.
—Creo que te quiero.
—Me gustan los atardeceres y el sexo anal.
—Creo que te quiero.
lunes, 16 de noviembre de 2009
La arqueología sentimental
—Brindo por una arqueología sentimental. Por las ruinas de lo nuestro.
—No te pongas tan dramático; sólo te ha dejado tu mujer, no es el fin.
—Sí lo es: esta mañana me han diagnosticado un cáncer. Me quedan un par de meses de vida.
—Vaya, no sé qué decir.
—Desapareceré y será como nunca haber existido. La vida dura lo que dura la vida, que es una tautología y una perogrullada, pero es que lo demás no importa. Dime, ¿de qué sirve la muerte? La muerte es no poder aprovechar el tiempo. No poder desnudar a una mujer hermosa, no poder tomar una copa en un bar con un amigo y despotricar un rato. Abajo la muerte. ¿Por qué no hace algo el gobierno? ¿Y la oposición? Te mueres en silencio y te quedas sin cartas que jugar. No más placeres ni disgustos. Y todo se olvidará. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: borrachos en la puerta del Tanhäusser, que es un local de moda. Bueno, vale, eso lo hemos visto todos. Pero seguro que no eran los mismos borrachos.
—Quizá haya una solución. Verás, conozco a un amigo del autor. Podría pedirle que intercediera por ti.
—¿Y que le dé el cáncer al amante de mi mujer?
—Igual es abusar un poco.
—Pero es un secundario que ni siquiera aparece en este relato. Sólo es una sombra molesta. Quizá ni existe. Tal vez ni siquiera es una invención del autor, sino de mi mujer. Una invención de una invención.
—Oye, que tu mujer también aparece sólo como una sombra molesta.
—Vale, me la he inventado. Como el cáncer. ¿Ya estás contento?
—Aunque seamos personajes sin libre albedrío, que sepas que te pones inaguantable cuando bebes.
—No te pongas tan dramático; sólo te ha dejado tu mujer, no es el fin.
—Sí lo es: esta mañana me han diagnosticado un cáncer. Me quedan un par de meses de vida.
—Vaya, no sé qué decir.
—Desapareceré y será como nunca haber existido. La vida dura lo que dura la vida, que es una tautología y una perogrullada, pero es que lo demás no importa. Dime, ¿de qué sirve la muerte? La muerte es no poder aprovechar el tiempo. No poder desnudar a una mujer hermosa, no poder tomar una copa en un bar con un amigo y despotricar un rato. Abajo la muerte. ¿Por qué no hace algo el gobierno? ¿Y la oposición? Te mueres en silencio y te quedas sin cartas que jugar. No más placeres ni disgustos. Y todo se olvidará. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: borrachos en la puerta del Tanhäusser, que es un local de moda. Bueno, vale, eso lo hemos visto todos. Pero seguro que no eran los mismos borrachos.
—Quizá haya una solución. Verás, conozco a un amigo del autor. Podría pedirle que intercediera por ti.
—¿Y que le dé el cáncer al amante de mi mujer?
—Igual es abusar un poco.
—Pero es un secundario que ni siquiera aparece en este relato. Sólo es una sombra molesta. Quizá ni existe. Tal vez ni siquiera es una invención del autor, sino de mi mujer. Una invención de una invención.
—Oye, que tu mujer también aparece sólo como una sombra molesta.
—Vale, me la he inventado. Como el cáncer. ¿Ya estás contento?
—Aunque seamos personajes sin libre albedrío, que sepas que te pones inaguantable cuando bebes.
domingo, 15 de noviembre de 2009
La luna
—Dicen que han encontrado agua en la luna.
—Sí.
—Ya podrían encontrar whisky, sería más divertido.
—O vodka, para los rusos.
—Una nueva carrera espacial.
—Sin controles de alcoholemia.
—Sí.
—Ya podrían encontrar whisky, sería más divertido.
—O vodka, para los rusos.
—Una nueva carrera espacial.
—Sin controles de alcoholemia.
sábado, 14 de noviembre de 2009
Tratamientos
—Doctor, tengo cefaleas y náuseas.
—Siéntese y diga «treinta y tres».
—Ya lo he probado en casa y no funciona.
—No es un remedio, es para diagnosticarle.
—Ah.
El doctor se pone el estetoscopio como si fuera un iPod y ausculta al paciente.
—Tiene usted un demonio dentro —le informa.
—Pero eso no puede ser.
—Lo he escuchado respirando dentro de su pecho. Tome, escuche usted.
El paciente se escucha respirar con el estetoscopio y se le demuda el rostro.
—¿Y cómo se me ha metido dentro?
—Algo que habrá comido, seguro.
—¿Y si digo «treinta y tres» varias veces?
—Le repito que eso no tiene ningún poder curativo.
—¿Entonces qué hacemos?
—Extirpar al demonio. Es un procedimiento muy sencillo, con anestesia local.
—Pero eso es practicar un aborto.
—¿Cómo dice?
—Que el demonio no puede valerse por sí mismo fuera de mi cuerpo. Yo es que soy provida, ¿sabe?
—Pero es un demonio lo que tiene dentro, no un niño.
—Da igual, es una vida, no sea usted racista. ¿De cuántas semanas estoy?
—Le repito que no es un embarazo, sino una posesión diabólica.
—Vale, ¿cuántas semanas llevo poseído?
—No sé, yo diría que seis o siete, que no habla en otras lenguas ni echa espumarajos verdes por la boca.
—La verdad es que algunas mañanas me parece que salivo en exceso.
—Bien, le recetaré algo. Ya sabe: vigile los esputos y avíseme si empieza a hablar lenguas extrañas.
—Eso me vendría muy bien para el currículum, que es importante saber idiomas.
—Siéntese y diga «treinta y tres».
—Ya lo he probado en casa y no funciona.
—No es un remedio, es para diagnosticarle.
—Ah.
El doctor se pone el estetoscopio como si fuera un iPod y ausculta al paciente.
—Tiene usted un demonio dentro —le informa.
—Pero eso no puede ser.
—Lo he escuchado respirando dentro de su pecho. Tome, escuche usted.
El paciente se escucha respirar con el estetoscopio y se le demuda el rostro.
—¿Y cómo se me ha metido dentro?
—Algo que habrá comido, seguro.
—¿Y si digo «treinta y tres» varias veces?
—Le repito que eso no tiene ningún poder curativo.
—¿Entonces qué hacemos?
—Extirpar al demonio. Es un procedimiento muy sencillo, con anestesia local.
—Pero eso es practicar un aborto.
—¿Cómo dice?
—Que el demonio no puede valerse por sí mismo fuera de mi cuerpo. Yo es que soy provida, ¿sabe?
—Pero es un demonio lo que tiene dentro, no un niño.
—Da igual, es una vida, no sea usted racista. ¿De cuántas semanas estoy?
—Le repito que no es un embarazo, sino una posesión diabólica.
—Vale, ¿cuántas semanas llevo poseído?
—No sé, yo diría que seis o siete, que no habla en otras lenguas ni echa espumarajos verdes por la boca.
—La verdad es que algunas mañanas me parece que salivo en exceso.
—Bien, le recetaré algo. Ya sabe: vigile los esputos y avíseme si empieza a hablar lenguas extrañas.
—Eso me vendría muy bien para el currículum, que es importante saber idiomas.
viernes, 13 de noviembre de 2009
El tiempo y la distancia
Verónica, la secretaria del jefe, menea graciosamente las caderas mientras yo simulo trabajar en el informe que tengo que mandar a Singapur, país que está más cerca que ella. Ella está a un par de años luz, supongo. O años dinero. Seguro que se acuesta con el jefe, aunque ésta sea una afirmación caprichosa producto de la frustración y del insistente observar de sus caderas, que se balancean en el espacio-tiempo con una cadencia perturbadora.
jueves, 12 de noviembre de 2009
Vae victis
—Y me dijo que no me quiere. ¿Te lo puedes creer?
—Me parece de lo más lógico. Lleva diciéndotelo diez años.
—Pues precisamente. Ya tendría que haber cambiado de opinión, ¿no? Aunque fuera por no repetirse.
—Me parece de lo más lógico. Lleva diciéndotelo diez años.
—Pues precisamente. Ya tendría que haber cambiado de opinión, ¿no? Aunque fuera por no repetirse.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Ahora
Ella tiene un problema con los sentimientos a largo plazo, se le dan mucho mejor los inmediatos. «Quédate a dormir esta noche», le dice, «y mañana ya veremos». Él se ha convertido con los años en un gestor de momentos y simplemente asiente. Por lo que sabe, la mañana podría presentarse o no.
martes, 10 de noviembre de 2009
Pequeños pasatiempos de alcoba
—Joder, tienes el culo más duro del mundo —dice él.
—No es verdad —sonríe ella.
—Creo que aguantaría hasta puñetazos.
Ella no dice nada. Quien calla, otorga, piensa él. Un golpe seco con el puño en la piel desnuda.
—¿Te ha dolido?
—No.
Golpea con algo más de fuerza. Ella colabora alzando el culo.
—¿Y ahora?
—Tampoco.
Más fuerte ahora. Él la mira. Ella tan sólo jadea: «más».
—No es verdad —sonríe ella.
—Creo que aguantaría hasta puñetazos.
Ella no dice nada. Quien calla, otorga, piensa él. Un golpe seco con el puño en la piel desnuda.
—¿Te ha dolido?
—No.
Golpea con algo más de fuerza. Ella colabora alzando el culo.
—¿Y ahora?
—Tampoco.
Más fuerte ahora. Él la mira. Ella tan sólo jadea: «más».
lunes, 9 de noviembre de 2009
Reparaciones
—Buenos días, vengo a que le eche un vistazo a mi coche. Le falta potencia al subir cuestas.
—No se preocupe, un padrenuestro y como nuevo.
—¿Cómo dice?
—No me diga que es usted uno de esos ateos que no creen en el poder curativo de la oración.
—No sé, la verdad es que prefiero un mecánico.
—No sea tonto. Una vez a mi mujer se le estropeó la batidora, recé un rosario y aleluya: al tercer día volvió a funcionar. Como si fuera nueva.
—¿Seguro que no lo era?
—Qué poca fe tiene usted, no me extraña que se le averíe el coche. A ver, ponga en marcha el motor. Ajá, como me temía.
—¿Qué, qué le pasa?
—Creo que tiene al diablo en las bujías.
—No se enfade, pero me voy a otro taller.
—Pero escuche, escuche el ruido del motor.
—A mí me parece normal.
—No, es el diablo, que susurra con voz ronca versos satánicos. Espere, voy a meterle agua bendita en el radiador.
—Todo esto es un sinsentido.
—Oiga, ¿acaso ha estudiado usted mecánica teológica o teología mecánica? Pues entonces déjeme trabajar, que sé lo que hago.
—No se preocupe, un padrenuestro y como nuevo.
—¿Cómo dice?
—No me diga que es usted uno de esos ateos que no creen en el poder curativo de la oración.
—No sé, la verdad es que prefiero un mecánico.
—No sea tonto. Una vez a mi mujer se le estropeó la batidora, recé un rosario y aleluya: al tercer día volvió a funcionar. Como si fuera nueva.
—¿Seguro que no lo era?
—Qué poca fe tiene usted, no me extraña que se le averíe el coche. A ver, ponga en marcha el motor. Ajá, como me temía.
—¿Qué, qué le pasa?
—Creo que tiene al diablo en las bujías.
—No se enfade, pero me voy a otro taller.
—Pero escuche, escuche el ruido del motor.
—A mí me parece normal.
—No, es el diablo, que susurra con voz ronca versos satánicos. Espere, voy a meterle agua bendita en el radiador.
—Todo esto es un sinsentido.
—Oiga, ¿acaso ha estudiado usted mecánica teológica o teología mecánica? Pues entonces déjeme trabajar, que sé lo que hago.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Sucedió en una cafetería
La señora Clotilde apura el café mientras observa por encima de las gafas a su vecino, del que sospecha que es el Anticristo. El vecino tiene las cejas muy pobladas, lo que claramente es un ardid para ocultar el 666 que a buen seguro tiene escrito sobre cada ojo. Se comportan de forma civilizada, aparentemente sólo son dos vecinos que han quedado para tomar algo en una cafetería del barrio. Sólo un observador avezado entendería que está asistiendo a un enfrentamiento del que depende el futuro de la humanidad.
sábado, 7 de noviembre de 2009
viernes, 6 de noviembre de 2009
Las altas pasiones
—Y tu lencería sería mi bandera.
—Sería una bandera muy pequeña, entonces.
—Es un nacionalismo bien entendido.
—Sería una bandera muy pequeña, entonces.
—Es un nacionalismo bien entendido.
jueves, 5 de noviembre de 2009
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Por amor
—¿Tienes alguna cicatriz? Me ponen mucho los tíos con cicatrices.
—No, no tengo ninguna.
—¿En serio? Aunque sea de una operación de apendicitis.
—Nada.
—Vaya, qué pena.
—Espera, voy por un cuchillo.
—No, no tengo ninguna.
—¿En serio? Aunque sea de una operación de apendicitis.
—Nada.
—Vaya, qué pena.
—Espera, voy por un cuchillo.
martes, 3 de noviembre de 2009
La guerra de los locos
Las operaciones militares no van nada bien. Los paranoicos creen que todos son el enemigo y disparan a sus compañeros; los esquizofrénicos siguen las órdenes que escuchan en sus cabezas, no las que dicta el alto mando; los psicópatas, por su parte, se pasan el día asesinando a propios y extraños. De nada me sirve ser Napoleón.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Delusiones
—Es preciosa esta vida que hacemos nuestra.
—Me pagas muy bien, es fácil.
—Joder, no digas eso. Eres una meretriz muy antipática.
—¿Una qué?
—No importa. ¿Por qué tienes que acabar con la magia del momento? Sígueme la corriente.
—Mira, guapo, tú me has pagado para follar contigo. Si quieres amor, búscate una novia.
—No, perdona, yo te he pagado por tu tiempo y para que escenifiques una farsa conmigo. Eso no sólo incluye follar conmigo con alegría, sino también mostrarme cariño y respeto.
—Sí que es preciosa la vida, ya veo.
—Me pagas muy bien, es fácil.
—Joder, no digas eso. Eres una meretriz muy antipática.
—¿Una qué?
—No importa. ¿Por qué tienes que acabar con la magia del momento? Sígueme la corriente.
—Mira, guapo, tú me has pagado para follar contigo. Si quieres amor, búscate una novia.
—No, perdona, yo te he pagado por tu tiempo y para que escenifiques una farsa conmigo. Eso no sólo incluye follar conmigo con alegría, sino también mostrarme cariño y respeto.
—Sí que es preciosa la vida, ya veo.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Mascaradas
Le pregunto de qué se va a disfrazar y me contesta que de enfermera. «¿Y tú?», me pregunta. Yo no me voy a disfrazar de nada, por lo que contesto en un sentido más amplio: «soy una mezcla de Charles Manson y Roman Polanski».
sábado, 31 de octubre de 2009
Siete y media de la tarde
Oscurece tan pronto ahora. La falta de luz influye en el estado de ánimo; no es extraño que haya tantos suicidios en los países nórdicos. Las cosas parecen desangeladas con esta poca iluminación. Como estos supermercados de zonas costeras, que tienen un aspecto deprimente a estas horas. Con su típico jubilado inglés que compra whisky o ginebra para pasar otra noche de borrachera y soledad. Con su cajera que fantasea con un atraco en el que una bala perdida acabe con su larga y lenta agonía. Con su cliente que se encoge de hombros, que soy yo, y se hace el taumaturgo comprando helados, que todavía estamos en verano aunque con la oscuridad de noviembre.
viernes, 30 de octubre de 2009
La partida
Sería quizá bonito vivir con amor, pero eso ya no es para mí. Cómo no tomarse con escepticismo los «te quiero» a media tarde, las notas de amor en la mesa de noche, las sonrisas cómplices. Ya es tarde para todo eso, uno se ha acostumbrado a esta vida de sarcasmo, cinismo, autarquía sentimental y constantes eventualidades.
jueves, 29 de octubre de 2009
miércoles, 28 de octubre de 2009
El método
—He leído todos sus libros de autoayuda, ¿sabe?
—Espero que hayan mejorado su vida.
—Bueno, leo más libros de autoayuda que antes, en eso sí ha cambiado mi vida. Pero yo quería preguntarle una cosa que me tiene intrigado.
—Adelante.
—Usted saca un libro nuevo cada año, pero siempre con la misma temática: aprender a ser feliz. Lo que yo me pregunto es: ¿significa que los anteriores quedan invalidados? ¿El sistema que funciona es el del nuevo libro?
—No, tiene explicación: ser feliz es un continuo. No es algo que se haga de la noche a la mañana, ¿entiende? Es un largo proceso que hay que seguir al pie de la letra.
—De la letra de sus libros, claro.
—Claro.
—Espero que hayan mejorado su vida.
—Bueno, leo más libros de autoayuda que antes, en eso sí ha cambiado mi vida. Pero yo quería preguntarle una cosa que me tiene intrigado.
—Adelante.
—Usted saca un libro nuevo cada año, pero siempre con la misma temática: aprender a ser feliz. Lo que yo me pregunto es: ¿significa que los anteriores quedan invalidados? ¿El sistema que funciona es el del nuevo libro?
—No, tiene explicación: ser feliz es un continuo. No es algo que se haga de la noche a la mañana, ¿entiende? Es un largo proceso que hay que seguir al pie de la letra.
—De la letra de sus libros, claro.
—Claro.
martes, 27 de octubre de 2009
La competencia femenina
La chica es, sencillamente, la perfección física en persona. Delgada, pero con tetas grandes que desafían la ley de la gravedad, culo firme, ni rastro de celulitis, ninguna estría. La imagen de la belleza cincelada en mármol. Y no es que se desviva, pienso cuando la veo comer con buen apetito o cuando dice con alegría: «ah, voy a echarle miel a esto», o decide de pronto que le apetece helado. Y sonríe con la despreocupación de quien tiene un metabolismo que puede con todo. Yo la observo con atención y finalmente le pregunto:
—Oye, tú no tienes muchas amigas, ¿verdad?
—No, me llevo mejor con los chicos. ¿Por qué?
—No, por nada.
—Oye, tú no tienes muchas amigas, ¿verdad?
—No, me llevo mejor con los chicos. ¿Por qué?
—No, por nada.
lunes, 26 de octubre de 2009
Sinceridades
—Si yo ya te lo prometo todo, nena.
—¿La luna, las estrellas, un diamante y todo eso?
—Y la eternidad.
—Y cómo se puede prometer eso, me pregunto.
—Con mucha cara.
—¿La luna, las estrellas, un diamante y todo eso?
—Y la eternidad.
—Y cómo se puede prometer eso, me pregunto.
—Con mucha cara.
domingo, 25 de octubre de 2009
Ante el juez
—Y entonces la trajeron a la sala. Era la acusada más guapa que había visto en mi vida. Su belleza, como la de Friné, parecía suficiente para absolverla, pero las pruebas en su contra eran contundentes.
—¿Qué hiciste?
—La condené a treinta años de cárcel.
—Pensaba que la declaraste inocente.
—Eso hice, pero a cambio se tuvo que casar conmigo.
—¿Qué hiciste?
—La condené a treinta años de cárcel.
—Pensaba que la declaraste inocente.
—Eso hice, pero a cambio se tuvo que casar conmigo.
sábado, 24 de octubre de 2009
El fin del amor
—Señor abogado, quiero divorciarme de mi marido.
—¿Pero no es usted monja?
—Precisamente. Estoy casada con Dios, pero se acabó el amor.
—Entiendo. ¿Diferencias irreconciliables?
—Es un polígamo. Y tiene triple personalidad. Además, nunca me escucha.
—¿Cuál es su patrimonio?
—El cielo y la tierra. Me gustaría quedarme con el cielo, que tiene mejores vistas. Aunque la tierra es bastante útil.
—No se preocupe, vamos a desplumarle.
—¿Pero no es usted monja?
—Precisamente. Estoy casada con Dios, pero se acabó el amor.
—Entiendo. ¿Diferencias irreconciliables?
—Es un polígamo. Y tiene triple personalidad. Además, nunca me escucha.
—¿Cuál es su patrimonio?
—El cielo y la tierra. Me gustaría quedarme con el cielo, que tiene mejores vistas. Aunque la tierra es bastante útil.
—No se preocupe, vamos a desplumarle.
viernes, 23 de octubre de 2009
Capítulo 1870
A veces pienso en ti sin motivo aparente. Esto sucede de pronto, cuando estoy haciendo cualquier cosa, lo que entorpece seriamente el quehacer diario. Es tan difícil concentrarse en los pequeños momentos banales que ocupan la existencia; siempre está la idea de grandeza jodiendo. Pensar: «quiero a esta chica para mi vida». Pero los pequeños asuntillos grises enseguida vuelven a reclamar mi atención. Qué aburrido es todo esto, pienso. Yo lo que quiero es verte reír y decirte que eres la chica más bonita del mundo.
jueves, 22 de octubre de 2009
miércoles, 21 de octubre de 2009
La inocencia
«¿Y a mí también me meteréis en un asilo cuando sea viejo como el abuelo?», pregunta un niño a sus padres.
martes, 20 de octubre de 2009
En el parque
—Estoy frente al monumento a tu marido.
—¿Qué dices? ¿Qué monumento?
—Ya sabes: el de Lucifer.
—Imbécil.
—¿Qué dices? ¿Qué monumento?
—Ya sabes: el de Lucifer.
—Imbécil.
lunes, 19 de octubre de 2009
Historias hípicas
—Menuda grupa tienes, nena.
—¿Qué pasa, me estás llamando yegua?
—Bueno, era una manera sutil de llamarme caballo a mí mismo.
—Qué burro eres.
—¿Qué pasa, me estás llamando yegua?
—Bueno, era una manera sutil de llamarme caballo a mí mismo.
—Qué burro eres.
domingo, 18 de octubre de 2009
Historias breves e impopulares
Yo amaba con locura a mi mujer y pensaba que eso iba a ser así toda la vida, pero de la noche a la mañana le cambió el metabolismo y empezó a inflarse como un globo aerostático. Aunque yo siempre me había dicho que la amaba por su personalidad, de pronto descubrí que si me gustaba su personalidad era porque no estaba gorda. Con tristeza, tuve que aceptar que mi mujer había pasado a ser más grande que mi amor.
sábado, 17 de octubre de 2009
Meat is murder
Los carniceros tenemos muy mala prensa. Siempre que hay algún asesino en serie, lo llaman carnicero. El carnicero de Milwaukee, el carnicero de Rostov, el carnicero de Plainfield. Con los dictadores, igual: los llaman carniceros y estigmatizan nuestro negocio sin darse cuenta del daño que nos hacen. Nosotros somos honrados trabajadores y nunca actuaríamos así. Piense por ejemplo en cuando entraron en la ciudad las fuerzas gubernamentales y masacraron a los insurgentes. Se habló de una carnicería, como siempre. Una total injusticia, pues ninguno de nosotros habría dejado que se desperdiciara toda esa carne.
viernes, 16 de octubre de 2009
Y el futuro ya no es nuestro
—Juan.
—Dime.
—He conocido a alguien.
—¿Qué? ¿Quién?
—El príncipe.
—¿Qué príncipe? ¿El príncipe azul?
—El hijo del rey, el heredero al trono.
—Vaya. ¿Entonces?
—Pues...
—¿Pues?
—Tengo que pensar en mi futuro.
—¿Ya no es el nuestro?
—No creo que le pareciera bien que tú y yo nos siguiéramos viendo.
—Entiendo, es poco monárquico que nos veamos.
—Lo siento.
—Más lo siento yo, que me hago republicano por desamor. Yo, que era totalmente apolítico.
—¿Y si me enamorara del hipotético presidente de la república?
—Entonces me haría anarquista.
—Dime.
—He conocido a alguien.
—¿Qué? ¿Quién?
—El príncipe.
—¿Qué príncipe? ¿El príncipe azul?
—El hijo del rey, el heredero al trono.
—Vaya. ¿Entonces?
—Pues...
—¿Pues?
—Tengo que pensar en mi futuro.
—¿Ya no es el nuestro?
—No creo que le pareciera bien que tú y yo nos siguiéramos viendo.
—Entiendo, es poco monárquico que nos veamos.
—Lo siento.
—Más lo siento yo, que me hago republicano por desamor. Yo, que era totalmente apolítico.
—¿Y si me enamorara del hipotético presidente de la república?
—Entonces me haría anarquista.
jueves, 15 de octubre de 2009
La soledad
Acudí a la agencia matrimonial Anschluss SA con la esperanza de hallar la mujer adecuada para mí. Me recibió en el vestíbulo una amable secretaria que me tomó los datos y luego me hizo pasar a un cuarto en el que esperaba uno de los consejeros matrimoniales de la empresa. Así que busca usted una mujer, me dijo. Yo asentí con timidez. Perdedor, me pareció que musitaba el hombre; luego me preguntó que con qué fin la buscaba, si esperaba que el mío fuera un matrimonio tradicional o bien una relación abierta por la que pasarían otras personas, como en la consulta de un médico. O de una agencia matrimonial, añadió con una risotada. Yo ignoré sus comentarios sarcásticos y le dije que buscaba una mujer lo suficientemente atractiva como para despertar junto a ella cada mañana sin desear estar muerto y que mis intenciones eran honestas y legítimas. Quiero un amor como los de antaño: romántico y especial. ¿Le parece romántico elegir una mujer de un catálogo?, preguntó él. Es al menos más original que lo que hacen mis amigos, que las buscan en los bares, respondí. En los bares sólo hay camareras y putas, concedió él.
Me preguntó después por mis gustos. Soy un hombre de gustos sencillos, contesté yo, me gustan los amaneceres por la mañana y las puestas de sol por la tarde. Él lo apuntó en un formulario y acto seguido quiso saber mis preferencias sexuales. ¿Misionero o a cuatro patas? ¿Vaginal o anal? ¿Masoquismo o sadismo? ¿Beso negro o beso blanco? Todo eso era importante, me explicó, no querían juntar en un matrimonio desgraciado a un depravado y una mojigata, o viceversa, pues el secreto de un matrimonio exitoso se encuentra en unos cimientos fuertes, y los cimientos del amor son las cuatro patas de la cama. O de la mesa del comedor. Como el experto era él, no le discutí nada.
Luego me tendió una serie de catálogos donde venían las chicas clasificadas por nacionalidades. Escogí el de rusas, pues me apasiona la literatura de ese país. Me gustó mucho una pelirroja de grandes pechos que respondía al nombre de Ludmila, pero el agente matrimonial me la desaconsejó tras consultar la base de datos, ya que resultó que la chica era una pedófila y yo había declarado mi intención de tener hijos en el futuro. Finalmente me quedé con Irina, una rubia de ojos azules, aunque no fuera demasiado sofisticado por mi parte.
¿Y ahora qué?, pregunté, ¿nos prepararán una cita para que nos conozcamos? ¿Me darán su número de teléfono para que lo haga yo? ¿Me llamará ella? Nada de eso, repuso él, nosotros creemos en una aproximación psicológica al fenómeno del amor; es decir, que la secuestraremos sin previo aviso y la encerraremos en su casa con usted, para que el síndrome de Estocolmo haga su trabajo. Si todo sale bien, en dos semanas le tendrá cariño y al cabo de un mes le amará locamente, que es de lo que se trata.
A mí me pareció bien, la verdad, era un método heterodoxo y yo siempre he sido un tanto iconoclasta en lo que respecta a las costumbres sociales y la moral dominante. Me despedí con una sonrisa sincera del consejero matrimonial y su secretaria y salí a la calle. Era primavera y la ciudad estaba engalanada de luz, transeúntes y niños en el parque.
Me preguntó después por mis gustos. Soy un hombre de gustos sencillos, contesté yo, me gustan los amaneceres por la mañana y las puestas de sol por la tarde. Él lo apuntó en un formulario y acto seguido quiso saber mis preferencias sexuales. ¿Misionero o a cuatro patas? ¿Vaginal o anal? ¿Masoquismo o sadismo? ¿Beso negro o beso blanco? Todo eso era importante, me explicó, no querían juntar en un matrimonio desgraciado a un depravado y una mojigata, o viceversa, pues el secreto de un matrimonio exitoso se encuentra en unos cimientos fuertes, y los cimientos del amor son las cuatro patas de la cama. O de la mesa del comedor. Como el experto era él, no le discutí nada.
Luego me tendió una serie de catálogos donde venían las chicas clasificadas por nacionalidades. Escogí el de rusas, pues me apasiona la literatura de ese país. Me gustó mucho una pelirroja de grandes pechos que respondía al nombre de Ludmila, pero el agente matrimonial me la desaconsejó tras consultar la base de datos, ya que resultó que la chica era una pedófila y yo había declarado mi intención de tener hijos en el futuro. Finalmente me quedé con Irina, una rubia de ojos azules, aunque no fuera demasiado sofisticado por mi parte.
¿Y ahora qué?, pregunté, ¿nos prepararán una cita para que nos conozcamos? ¿Me darán su número de teléfono para que lo haga yo? ¿Me llamará ella? Nada de eso, repuso él, nosotros creemos en una aproximación psicológica al fenómeno del amor; es decir, que la secuestraremos sin previo aviso y la encerraremos en su casa con usted, para que el síndrome de Estocolmo haga su trabajo. Si todo sale bien, en dos semanas le tendrá cariño y al cabo de un mes le amará locamente, que es de lo que se trata.
A mí me pareció bien, la verdad, era un método heterodoxo y yo siempre he sido un tanto iconoclasta en lo que respecta a las costumbres sociales y la moral dominante. Me despedí con una sonrisa sincera del consejero matrimonial y su secretaria y salí a la calle. Era primavera y la ciudad estaba engalanada de luz, transeúntes y niños en el parque.
miércoles, 14 de octubre de 2009
La sospecha
—Hola, cariño, qué pronto has vuelto hoy a casa.
—Sí, es que ha habido una amenaza de bomba y... Oye, aquí huele a coño.
—¿Sí? Serás tú, que no te has duchado.
—¿Pero cómo voy a ser yo, hijo de puta? Has estado aquí con alguna guarra, dime la verdad.
—Que no, que tú eres la única que ha entrado en casa.
—¿Encima me estás llamando guarra?
—No, no, no. La única mujer, eso quería decir.
—Has estado con Pili, ¿verdad?
—¿Quién?
—La vecina del quinto. La morena.
—Ah, la tetuda.
—¿Cómo que la tetuda? ¿Le miras las tetas a la vecina?
—Es menos grave que follar con ella, ¿no?
—Pero es que eso también lo haces.
—Bueno, si me la follara, lo raro sería no mirarle las tetas, digo yo.
—Entonces te la follas.
—Sólo hipotéticamente.
—Eso es peor.
—¿Cómo va a ser peor?
—Porque piensas en ello. Te pasas el día pensando en follarte a la vecina del quinto.
—Es sólo uno de mis pasatiempos. No hago daño a nadie y me entretengo.
—Eres un cerdo.
—Sí, es que ha habido una amenaza de bomba y... Oye, aquí huele a coño.
—¿Sí? Serás tú, que no te has duchado.
—¿Pero cómo voy a ser yo, hijo de puta? Has estado aquí con alguna guarra, dime la verdad.
—Que no, que tú eres la única que ha entrado en casa.
—¿Encima me estás llamando guarra?
—No, no, no. La única mujer, eso quería decir.
—Has estado con Pili, ¿verdad?
—¿Quién?
—La vecina del quinto. La morena.
—Ah, la tetuda.
—¿Cómo que la tetuda? ¿Le miras las tetas a la vecina?
—Es menos grave que follar con ella, ¿no?
—Pero es que eso también lo haces.
—Bueno, si me la follara, lo raro sería no mirarle las tetas, digo yo.
—Entonces te la follas.
—Sólo hipotéticamente.
—Eso es peor.
—¿Cómo va a ser peor?
—Porque piensas en ello. Te pasas el día pensando en follarte a la vecina del quinto.
—Es sólo uno de mis pasatiempos. No hago daño a nadie y me entretengo.
—Eres un cerdo.
martes, 13 de octubre de 2009
lunes, 12 de octubre de 2009
El viejo amor
Estamos en la cama y de pronto me dice que me quiere. Vaya, pienso yo. Después de tantos años. La verdad es que me lo había dicho otras veces, pero no era lo mismo: entonces no estábamos follando y el efecto es muy diferente. Claro que quizá me quiere porque acaba de correrse, que ya sabemos que es fácil querer a alguien después de tener un orgasmo con esa persona. Pero yo la beso como si fuera la primera vez. O la última. A saber. Mañana habrá olvidado lo dicho, pero todavía nos queda algo de noche. Quién mejor que yo para ti y tú para mí, que decía ella.
domingo, 11 de octubre de 2009
Historias cotidianas
Es tan difícil enamorarse. Yo lo sé bien, caballero, pues fluctúo entre lo decimonónico y lo pornográfico. Paso del «eres tan bonita, mucho más que la vida» al «qué haces todavía vestida: quítate la ropa y ponte de rodillas» en décimas de segundo. A veces todo es simultáneo, como el amor y el desamor. Es tan fácil enamorarse y tan difícil recordarlo al día siguiente.
sábado, 10 de octubre de 2009
A pesar de los hurtos
—Oye, ¿cogiste tú el tanga que llevaba el otro día? No lo encuentro en ninguna parte.
—Eh, ¿por quién me has tomado?
—Venga, en serio, ¿lo tienes?
—Sí, me lo guardé en un bolsillo y me lo llevé como trofeo de guerra.
—¡No! ¿Por qué? No puedes ir por la vida robándole la ropa interior a la gente sin pedir permiso.
«Si me dieras permiso, ya no sería un robo», piensa él con sensibilidad fetichista, pero no dice nada, por si acaso.
—Eh, ¿por quién me has tomado?
—Venga, en serio, ¿lo tienes?
—Sí, me lo guardé en un bolsillo y me lo llevé como trofeo de guerra.
—¡No! ¿Por qué? No puedes ir por la vida robándole la ropa interior a la gente sin pedir permiso.
«Si me dieras permiso, ya no sería un robo», piensa él con sensibilidad fetichista, pero no dice nada, por si acaso.
viernes, 9 de octubre de 2009
Una cita especial
El señor Jitler entra en un bar, pero no con la sana idea de emborracharse hasta perder el sentido, sino con la intención de encontrarse ahí con una mujer: la doctora Mendel, su terapeuta. Ella al principio se había mostrado reticente; consideraba que verse fuera de la consulta podía conducirles a encamarse y eso afectaría a la dinámica entre doctor y paciente. El sexo es el primer paso a la mentira, le dijo ella mirándole a los ojos, pero el señor Jitler se puso de rodillas y prometió decirle siempre la verdad. Añadió que moría por ella, que no tenía ojos para otras mujeres, que era la doctora de sus sueños lujuriosos. La doctora Mendel se conmovió ante tal declaración de desatinos y accedió finalmente a tomarse una copa. Una copa y nada más, pero él inmediatamente empezó a imaginarla desnuda y en posturas inverosímiles.
La doctora ya estaba allí, acodada en la barra con el aire de las mujeres misteriosas que leen a Jung antes de meterse en la cama. El señor Jitler le da dos besos, uno en cada mejilla, y pide una copa. Ella ya estaba bebiendo, lo que a él le parece una señal de desesperación, cosa que en ese momento encuentra encantadora.
—¿Puedo llamarte Marta? —dice él.
—Podrías, pero te recuerdo que me llamo Aurora —contesta ella.
—Pues a mí me gusta más Marta.
—Bueno, lo que sea más cómodo para ti.
—Marta, entonces.
—Vale.
—Hablemos de ti, que en la consulta siempre soy yo el que habla. ¿Piensas en el futuro?
—Lo normal, supongo. Me gustaría tener dos hijos, un marido guapo, un perro, una casa con jardín... No soy demasiado original.
—¿Y hay robots?
—¿Qué?
—Cuando piensas en el futuro, ¿hay robots? ¿Dominan el mundo?
—Eh... pues no, no hay robots cuando me pongo a pensar en mi futuro.
—En el mío sí hay. Y tú estás en él, conmigo, porque no eres cibernética. No lo eres, ¿verdad?
—No me consta serlo.
—¿Te importa que te toque los pechos?
—Sí me importa, sí.
—Es para comprobar que eres humana. Las hembras robóticas tienen ojivas nucleares en las tetas, no sé si eres consciente de ello.
—Sí, alguna vez lo has dicho en la consulta.
—Creo que el camarero es un androide espía, pero siempre me dices que tocarle el pene a un desconocido es un paso atrás en mi recuperación.
La doctora ya estaba allí, acodada en la barra con el aire de las mujeres misteriosas que leen a Jung antes de meterse en la cama. El señor Jitler le da dos besos, uno en cada mejilla, y pide una copa. Ella ya estaba bebiendo, lo que a él le parece una señal de desesperación, cosa que en ese momento encuentra encantadora.
—¿Puedo llamarte Marta? —dice él.
—Podrías, pero te recuerdo que me llamo Aurora —contesta ella.
—Pues a mí me gusta más Marta.
—Bueno, lo que sea más cómodo para ti.
—Marta, entonces.
—Vale.
—Hablemos de ti, que en la consulta siempre soy yo el que habla. ¿Piensas en el futuro?
—Lo normal, supongo. Me gustaría tener dos hijos, un marido guapo, un perro, una casa con jardín... No soy demasiado original.
—¿Y hay robots?
—¿Qué?
—Cuando piensas en el futuro, ¿hay robots? ¿Dominan el mundo?
—Eh... pues no, no hay robots cuando me pongo a pensar en mi futuro.
—En el mío sí hay. Y tú estás en él, conmigo, porque no eres cibernética. No lo eres, ¿verdad?
—No me consta serlo.
—¿Te importa que te toque los pechos?
—Sí me importa, sí.
—Es para comprobar que eres humana. Las hembras robóticas tienen ojivas nucleares en las tetas, no sé si eres consciente de ello.
—Sí, alguna vez lo has dicho en la consulta.
—Creo que el camarero es un androide espía, pero siempre me dices que tocarle el pene a un desconocido es un paso atrás en mi recuperación.
jueves, 8 de octubre de 2009
Licencia de amor
No puede usted pasar, dicen los guardias de la puerta. Pero el hombre sonríe y dice que tiene derecho a ver a la gran bailarina Poinaieskaia, después de lo cual enseña su carnet oficial de enamorado. Todo está en orden, concede uno de los guardias antes de apartarse. La puerta se abre como las piernas de la mujer complaciente que espera al otro lado.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Vudú
—Oye, cuando he ido al cuarto de baño me ha parecido ver una muñeca hinchable en tu cama.
—No es una muñeca hinchable; es una muñeca japonesa, de última generación.
—Ah. Se da un aire a tu vecina, ¿no?
—Sí, es deliberado, la encargué así. Cuando lo hago con la muñeca, me gusta pensar que mi vecina empieza a sentir placer y acaba masturbándose.
—Me parece muy triste.
—Eso es porque no crees en la magia.
—No es una muñeca hinchable; es una muñeca japonesa, de última generación.
—Ah. Se da un aire a tu vecina, ¿no?
—Sí, es deliberado, la encargué así. Cuando lo hago con la muñeca, me gusta pensar que mi vecina empieza a sentir placer y acaba masturbándose.
—Me parece muy triste.
—Eso es porque no crees en la magia.
martes, 6 de octubre de 2009
Encuentros
Veo en la tele a unos zoólogos que abaten con un dardo tranquilizante a un mono solitario. Lo meten en un saco y lo llevan a su campamento, donde lo miden, estudian su estado de salud, le colocan un chip y etcétera. Cuando lo sueltan, me imagino que el mono corre a contarles a sus congéneres que lo abdujeron unos seres de otro mundo y los otros monos lo toman por loco.
lunes, 5 de octubre de 2009
Choque de voluntades en la cama
—Oye —le digo yo—, ¿por qué siempre apartas la cara cuando intento darte un beso? Pareces Julia Roberts en Pretty Woman.
—La pregunta que tendrías que hacerte es otra: si sabes que me voy a apartar siempre, ¿por qué sigues intentándolo?
«Eh, eh, es justo al revés: si sabes que lo voy a intentar siempre, ¿por qué te sigues apartando?», pienso, pero cualquiera le dice nada, con el humor de perros que tiene hoy.
—La pregunta que tendrías que hacerte es otra: si sabes que me voy a apartar siempre, ¿por qué sigues intentándolo?
«Eh, eh, es justo al revés: si sabes que lo voy a intentar siempre, ¿por qué te sigues apartando?», pienso, pero cualquiera le dice nada, con el humor de perros que tiene hoy.
domingo, 4 de octubre de 2009
Pareja de jóvenes amantes mirando el cielo nocturno
—¿Ves esa constelación de allí? Es Big Mac.
—Qué bonita.
—Dice mi abuelo que antes las estrellas tenían otros nombres. Que Big Mac era la Osa Mayor y Whopper se llamaba Osa Menor.
—Si no parecen osos, qué tontería.
—Eso pensé yo. También dice que McDonald's se llamaba Marte.
—¿Marte? ¿Y eso qué es?
—Ni idea. Cosas de viejos, supongo. Se queja todo el rato de que el firmamento está ahora lleno de publicidad, o algo así; repite que en su infancia eso no pasaba.
—Está mayor.
—Sí. Chochea. ¿Sabes cómo dice que se llamaba antes la Vía Coca-Cola? La Vía Láctea.
—¿Láctea? ¿Eso qué es?
—Algo de las vacas, no me enteré muy bien.
—Qué bonita.
—Dice mi abuelo que antes las estrellas tenían otros nombres. Que Big Mac era la Osa Mayor y Whopper se llamaba Osa Menor.
—Si no parecen osos, qué tontería.
—Eso pensé yo. También dice que McDonald's se llamaba Marte.
—¿Marte? ¿Y eso qué es?
—Ni idea. Cosas de viejos, supongo. Se queja todo el rato de que el firmamento está ahora lleno de publicidad, o algo así; repite que en su infancia eso no pasaba.
—Está mayor.
—Sí. Chochea. ¿Sabes cómo dice que se llamaba antes la Vía Coca-Cola? La Vía Láctea.
—¿Láctea? ¿Eso qué es?
—Algo de las vacas, no me enteré muy bien.
sábado, 3 de octubre de 2009
El creacionismo aplicado a la investigación criminal
—Comisario, han encontrado el cadáver de una mujer en el parque.
—Ha sido Dios.
—¿Qué? Digo yo que tendremos que investigar los hechos, analizar las pruebas, interrogar a testigos y sospechosos, y etcétera, ¿no?
—No, caso cerrado.
—Ha sido Dios.
—¿Qué? Digo yo que tendremos que investigar los hechos, analizar las pruebas, interrogar a testigos y sospechosos, y etcétera, ¿no?
—No, caso cerrado.
viernes, 2 de octubre de 2009
Espionaje
—Buenos días, ¿es usted el profesor Sarín?
—En efecto. ¿Quién es usted?
—Soy el agente Naranja, me han encargado que lo proteja.
—¿Que me proteja? ¿De quién?
—De los agentes enemigos.
—¿Pero por qué? ¿Qué interés pueden tener en mí? Soy un simple meteorólogo.
—Quieren apoderarse del dispositivo Zyklon B.
—¿Qué dispositivo? No sé de qué me está hablando.
—El que ha inventado usted. Un dispositivo para controlar el tiempo atmosférico. Quien lo tenga, dominará el mundo.
—Yo no he inventado nada parecido, es usted un majadero. Y jamás le pondría ese nombre a nada.
—No me diga usted que he llegado tarde y se lo han robado antes de que lo inventara.
—En efecto. ¿Quién es usted?
—Soy el agente Naranja, me han encargado que lo proteja.
—¿Que me proteja? ¿De quién?
—De los agentes enemigos.
—¿Pero por qué? ¿Qué interés pueden tener en mí? Soy un simple meteorólogo.
—Quieren apoderarse del dispositivo Zyklon B.
—¿Qué dispositivo? No sé de qué me está hablando.
—El que ha inventado usted. Un dispositivo para controlar el tiempo atmosférico. Quien lo tenga, dominará el mundo.
—Yo no he inventado nada parecido, es usted un majadero. Y jamás le pondría ese nombre a nada.
—No me diga usted que he llegado tarde y se lo han robado antes de que lo inventara.
jueves, 1 de octubre de 2009
Puntos suspensivos
Allá va, una pelirroja en un vestido rojo, una luz refulgente en la calle. Uno sólo puede mirarla a ella, admirar la cadencia armoniosa de sus pasos. «El que quiera vivir, que me siga», parecen decir sus caderas. Y es un momento de incomparable belleza que uno quisiera guardar para siempre, pero la chica desaparece entre la multitud y el recuerdo jamás le hará justicia.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Puntos de vista
Ella se queja de que aparezca de nuevo en su vida y le complique las cosas, cuando ahora le estaba yendo por fin bien con su pareja. Él se muestra genuinamente sorprendido y le responde que es justo al contrario: «vengo a facilitarte las cosas, sólo tienes que elegirme a mí».
martes, 29 de septiembre de 2009
Prestidigitación
—El atraco estaba destinado a salir mal desde el principio.
—¿Por qué?
—Toda la culpa la tiene Mendelievov. Estábamos jugando al ajedrez en la cocina. Yo estaba enfadado porque me acababa de ganar: él tenía póquer de reinas y yo sólo un trío de peones. Le llamé beduino y tiré las piezas al suelo. Entonces me dijo que tenía un plan para atracar un banco y que así podría recuperar mi dinero.
—¿Cuál era el plan?
—Mendelievov es ilusionista. La idea era que lo contrataran en el banco y subrepticiamente escamoteara dinero que me entregaría después cuando me presentara como cliente. Me pareció muy ingenioso: un mago que usa sus trucos para robar.
—¿Qué salió mal?
—Mendelievov, que pedía un aplauso a los clientes y empleados cada vez que robaba algo. Lo peor fue en el momento de entregarme el botín, que pidió la atención de todos e hizo como que sacaba dinero de detrás de mi oreja. No tardaron en detenernos, claro.
—Vaya calamidad.
—Al menos nos aplaudieron mucho.
—¿Por qué?
—Toda la culpa la tiene Mendelievov. Estábamos jugando al ajedrez en la cocina. Yo estaba enfadado porque me acababa de ganar: él tenía póquer de reinas y yo sólo un trío de peones. Le llamé beduino y tiré las piezas al suelo. Entonces me dijo que tenía un plan para atracar un banco y que así podría recuperar mi dinero.
—¿Cuál era el plan?
—Mendelievov es ilusionista. La idea era que lo contrataran en el banco y subrepticiamente escamoteara dinero que me entregaría después cuando me presentara como cliente. Me pareció muy ingenioso: un mago que usa sus trucos para robar.
—¿Qué salió mal?
—Mendelievov, que pedía un aplauso a los clientes y empleados cada vez que robaba algo. Lo peor fue en el momento de entregarme el botín, que pidió la atención de todos e hizo como que sacaba dinero de detrás de mi oreja. No tardaron en detenernos, claro.
—Vaya calamidad.
—Al menos nos aplaudieron mucho.
lunes, 28 de septiembre de 2009
La guerra de Altavoz
Altavoz recibe una carta de su banco informándole de que la última guerra ya ha prescrito y, por lo tanto, su pensión de veterano ha sido anulada por el ministerio. Altavoz se indigna ante tal expolio. Yo no vi morir a mis compañeros con una sonrisa en los labios para que ahora me roben los burócratas que se parapetaban detrás de escritorios y no en trincheras, piensa. Dónde estaban ellos cuando las balas del enemigo nos peinaban sin delicadeza. Qué sabrán ellos de remendar piernas y brazos de camaradas.
Hecho una furia, acude a la oficina de correos para hacer justicia. Redacta un telegrama insultante en nombre del presidente de la república y lo envía al canciller alemán. Días después, estalla la guerra y Altavoz es llamado de nuevo a filas.
Hecho una furia, acude a la oficina de correos para hacer justicia. Redacta un telegrama insultante en nombre del presidente de la república y lo envía al canciller alemán. Días después, estalla la guerra y Altavoz es llamado de nuevo a filas.
domingo, 27 de septiembre de 2009
Las cosas que uno dice cuando está enamorado
—Anoche soñé que mis pechos eran teteras.
—Oye, sería muy práctico.
—No te rías; me he despertado muy angustiada.
—Qué exagerada eres.
—¿Tú me seguirías queriendo si pasara de verdad?
—Claro. Al fin y al cabo, tetas y teteras no son palabras tan diferentes.
—Bah, esas son las cosas que uno dice cuando está enamorado.
—Bueno, pues te dejaría por una cuyas tetas fueran obuses.
—Eso ya me lo creo más.
—O zepelines.
—Oye, sería muy práctico.
—No te rías; me he despertado muy angustiada.
—Qué exagerada eres.
—¿Tú me seguirías queriendo si pasara de verdad?
—Claro. Al fin y al cabo, tetas y teteras no son palabras tan diferentes.
—Bah, esas son las cosas que uno dice cuando está enamorado.
—Bueno, pues te dejaría por una cuyas tetas fueran obuses.
—Eso ya me lo creo más.
—O zepelines.
sábado, 26 de septiembre de 2009
La jaqueca del señor Belvedere
El señor Belvedere va a ver a su médico, puesto que lleva un par de días con jaqueca. El médico le examina y dictamina que se trata de una infección que puede extenderse a todo el cuerpo, por lo que es necesario amputar.
—¿No afectará eso a mi calidad de vida? —pregunta el señor Belvedere.
—Pues depende —responde el doctor—. ¿Suele llevar usted sombrero?
El señor Belvedere es inmediatamente decapitado con una guillotina que tienen en la consulta para estos casos graves. Después, el doctor recoge la cabeza y la mete en una pecera llena de cubitos de hielo.
—Mantenga la cabeza fría —le aconseja el médico.
El señor Belvedere vuelve a casa con la pecera bajo el brazo, aunque todo el mundo le mira en el metro.
—¿No afectará eso a mi calidad de vida? —pregunta el señor Belvedere.
—Pues depende —responde el doctor—. ¿Suele llevar usted sombrero?
El señor Belvedere es inmediatamente decapitado con una guillotina que tienen en la consulta para estos casos graves. Después, el doctor recoge la cabeza y la mete en una pecera llena de cubitos de hielo.
—Mantenga la cabeza fría —le aconseja el médico.
El señor Belvedere vuelve a casa con la pecera bajo el brazo, aunque todo el mundo le mira en el metro.
viernes, 25 de septiembre de 2009
La imagen
Me siento en un banco del Retiro a dejar pasar un momento la vida. Al rato, un hombre me pregunta, en inglés, si puede sacarme una foto. Yo me pregunto por un instante qué tendré de fotografiable, si allí en su país enseñará la foto a sus amistades diciendo que se trataba de un indígena meditando o qué. El caso es que ha interrumpido un monólogo interior de lo más interesante y quiero saber cómo termino. Además, vete a saber si luego usará la foto para rituales satánicos. Así que amablemente le digo que no, que nada de fotos, que malditos paparazzi que no respetáis nada y que lo importante es la obra del artista. Un tanto decepcionado, se marcha con su novia y yo admito en silencio que a ella le habría dicho que sí.
jueves, 24 de septiembre de 2009
La feligresa
—Padre, he visto el rostro de Dios.
—¿Dónde?
—En una caja de cereales, al abrir la alacena.
—¿Seguro que era Dios?
—Sí. Le vi en su gracia infinita y supe que después de ese desayuno todos mis pecados quedaban perdonados.
—Dios actúa de forma que los mortales no podemos comprender, sí, pero presentarse en los cereales…
—Siempre hay una primera vez para todo. Me dijo que soy la elegida por ser la más fiel de las feligresas. Por cierto, me explicó que «feligresa» es una palabra que se forma con la apócope de «felina» y la aféresis de «tigresa».
—¿Eso te dijo Dios?
—Entre otras cosas. Estuvimos hablando toda la mañana.
—¿Dónde?
—En una caja de cereales, al abrir la alacena.
—¿Seguro que era Dios?
—Sí. Le vi en su gracia infinita y supe que después de ese desayuno todos mis pecados quedaban perdonados.
—Dios actúa de forma que los mortales no podemos comprender, sí, pero presentarse en los cereales…
—Siempre hay una primera vez para todo. Me dijo que soy la elegida por ser la más fiel de las feligresas. Por cierto, me explicó que «feligresa» es una palabra que se forma con la apócope de «felina» y la aféresis de «tigresa».
—¿Eso te dijo Dios?
—Entre otras cosas. Estuvimos hablando toda la mañana.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Matices
—Al final hay que asumir que los seres humanos no somos más que sacos de carne —dice ella.
—Bueno, pero hay sacos y sacos —contesta él, tocándole las tetas.
—Bueno, pero hay sacos y sacos —contesta él, tocándole las tetas.
martes, 22 de septiembre de 2009
Asincronías
—Así que le dije que me había encantado conocerla y que era muy bonita.
—¿Qué contestó ella?
—«Vale. Mola. Gracias».
—Tú con tu rollo del XIX y ella en la realidad.
—¿Qué contestó ella?
—«Vale. Mola. Gracias».
—Tú con tu rollo del XIX y ella en la realidad.
lunes, 21 de septiembre de 2009
La desmemoria
Un anciano con Alzheimer se sienta en un restaurante y pide boquerones en vinagre. Termina de comer, mira el plato y piensa: «alguien ha comido boquerones en vinagre; creo que voy a pedir eso yo también». Pide otra ración, aunque él cree que es la primera.
Repite esto una y otra vez.
Repite esto una y otra vez.
domingo, 20 de septiembre de 2009
Un pequeño vals
Estoy en un bar y me parece que llevan toda la noche poniéndome cervezas en la mano. Yo no hago preguntas, sólo bebo. Vuelve Susana, que se estaba enrollando con un amigo mío. Yo estoy borracho, pero ella lo está mucho más. Quizá por eso no dudo cuando me dice: «escribes tan bien; yo pensaba que serías muy inaccesible». Para demostrarle que soy alguien cercano, le meto la lengua en la boca. No creo que mi amigo piense que le he levantado a la chica, que renunció a las demás mujeres al casarse y yo sigo soltero.
Susana y yo acabamos metiéndonos mano en un portal. Eres tan bonita. ¿No te gustaría ser musa a tiempo completo? He querido acostarme contigo desde el momento en que nos han presentado, pero esto es algo más que sexo. Podría ser amor, podría ser una vida de escribirte. Aunque todo esto lo pienso mientras le meto una mano por debajo de la falda, lo que disminuye la credibilidad de uno. Se dicen tantas cosas cuando le manoseas el culo a una chica guapa. Se está dispuesto a amar hasta el paroxismo cuando aprietas su cuerpo contra el tuyo. Y hay tantos amores que desaparecen en un orgasmo.
Susana y yo acabamos metiéndonos mano en un portal. Eres tan bonita. ¿No te gustaría ser musa a tiempo completo? He querido acostarme contigo desde el momento en que nos han presentado, pero esto es algo más que sexo. Podría ser amor, podría ser una vida de escribirte. Aunque todo esto lo pienso mientras le meto una mano por debajo de la falda, lo que disminuye la credibilidad de uno. Se dicen tantas cosas cuando le manoseas el culo a una chica guapa. Se está dispuesto a amar hasta el paroxismo cuando aprietas su cuerpo contra el tuyo. Y hay tantos amores que desaparecen en un orgasmo.
sábado, 19 de septiembre de 2009
31
—¿Más maduro?
—Más pocho.
—¿Y más sabio?
—No, pero lo parezco.
—¿Seguro?
—Quizá sea al revés: no lo parezco, pero lo soy.
—¿Y ahora qué?
—No sé, ¿lo de siempre?
—¿Pero lo vas a contar todo?
—Claro, antes de que lo hagan otros.
—Más pocho.
—¿Y más sabio?
—No, pero lo parezco.
—¿Seguro?
—Quizá sea al revés: no lo parezco, pero lo soy.
—¿Y ahora qué?
—No sé, ¿lo de siempre?
—¿Pero lo vas a contar todo?
—Claro, antes de que lo hagan otros.
domingo, 13 de septiembre de 2009
Volver
Decía alguien que no hay que volver nunca a los lugares donde uno ha sido feliz. Yo añado que tampoco hay que volver donde se ha sido infeliz. Es decir, que no hay que volver a ningún sitio. Salvo que uno sea el asesino, que siempre vuelve a la escena del crimen.
sábado, 12 de septiembre de 2009
Las cosas
Se considera un romántico, pero no es capaz de recordar el color de los ojos de la chica que conoció anoche, aunque sí el de sus bragas.
viernes, 11 de septiembre de 2009
Diario de un hombre cansado
La vecina me ha pedido una cebolla. Le he dicho que me quedaba sólo una, pero me ha conmovido su expresión de desencanto. He partido la cebolla y le he dado la mitad. Los dos hemos llorado un poco, pero creo que ha sido por cortar la cebolla, no por la emoción.
Ha caído una ligera llovizna que he observado desde mi ventana durante una media hora. El asfalto relucía de lluvia y los transeúntes corrían en busca de refugio. El gobierno debería garantizar un paraguas para cada ciudadano, me he dicho.
Ha vuelto a llamar mi vecina. Me ha pedido media cebolla.
Ha caído una ligera llovizna que he observado desde mi ventana durante una media hora. El asfalto relucía de lluvia y los transeúntes corrían en busca de refugio. El gobierno debería garantizar un paraguas para cada ciudadano, me he dicho.
Ha vuelto a llamar mi vecina. Me ha pedido media cebolla.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Dialéctica
—Fúgate conmigo. Viviremos de lo que nos dé la tierra.
—Odio el campo, no me asustes.
—Viviremos de lo que nos dé el mar.
—No me gusta el marisco.
—Viviremos de lo que nos dé el aire.
—Pues ahora trae mucha gripe A...
—Odio el campo, no me asustes.
—Viviremos de lo que nos dé el mar.
—No me gusta el marisco.
—Viviremos de lo que nos dé el aire.
—Pues ahora trae mucha gripe A...
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Los ciclistas
El padre Olegario ve pasar a los ciclistas por la calle principal del pueblo. Adónde irán, se pregunta. ¿Será la Vuelta a España? Aquí España parece infinita, incluso vista desde lo alto del campanario de la iglesia. Se imagina a un pecador pedaleando hasta el fin de los tiempos, un Sísifo ciclista, y decide incorporarlo para el sermón de mañana.
—Buenos días, padre —le dice de pronto una voz.
No es Dios, es el panadero, que está sentado en la acera. Borracho, como de costumbre.
—Ay, Alfonso. ¿No tendrías que estar horneando pan?
—Tengo una crisis de fe.
—Vente a la iglesia y me cuentas lo que te aflige.
—No soy digno de entrar, padre.
—¿Por qué no? ¿Qué has hecho?
—He estado pensando que me parezco al diablo.
—¿Pero físicamente, hijo mío?
—No, padre, en el trabajo. Piénselo. Satanás hornea almas en el infierno. Me pregunto a qué precio las vende luego.
—Desbarras.
—Bueno, dos barras de pan o una, eso no importa. Lo que me preocupa es que mi oficio es satánico y estoy condenado por emular al diablo. Cuánto pan habré horneado en mi vida. Más harina que arena en el desierto, padre. Anoche soñé que el pan se retorcía y gritaba dentro del horno.
—Es sólo pan, Alfonso.
—¿Y el simbolismo? Usted debería entenderlo mejor que nadie. Oh, no, no lo había pensado.
—¿El qué?
—Horneo el cuerpo de Cristo y luego lo vendo.
El padre Olegario se lleva la mano a la frente y menea la cabeza. Pasan unos ciclistas.
—Buenos días, padre —le dice de pronto una voz.
No es Dios, es el panadero, que está sentado en la acera. Borracho, como de costumbre.
—Ay, Alfonso. ¿No tendrías que estar horneando pan?
—Tengo una crisis de fe.
—Vente a la iglesia y me cuentas lo que te aflige.
—No soy digno de entrar, padre.
—¿Por qué no? ¿Qué has hecho?
—He estado pensando que me parezco al diablo.
—¿Pero físicamente, hijo mío?
—No, padre, en el trabajo. Piénselo. Satanás hornea almas en el infierno. Me pregunto a qué precio las vende luego.
—Desbarras.
—Bueno, dos barras de pan o una, eso no importa. Lo que me preocupa es que mi oficio es satánico y estoy condenado por emular al diablo. Cuánto pan habré horneado en mi vida. Más harina que arena en el desierto, padre. Anoche soñé que el pan se retorcía y gritaba dentro del horno.
—Es sólo pan, Alfonso.
—¿Y el simbolismo? Usted debería entenderlo mejor que nadie. Oh, no, no lo había pensado.
—¿El qué?
—Horneo el cuerpo de Cristo y luego lo vendo.
El padre Olegario se lleva la mano a la frente y menea la cabeza. Pasan unos ciclistas.
martes, 8 de septiembre de 2009
El concierto
—Tenemos una mujer a la que el diablo se le mete en el cuerpo y canta en lenguas muertas.
El público aplaude. Yo me acuerdo del Decamerón y lo de meter el diablo en el infierno, pero yo a esta señora no se lo metería, que las mujeres que se parecen a Mussolini y gesticulan como Hitler nunca me han parecido atractivas.
—Tenemos dos bailarinas que no son rusas, pero lo serían si hubieran nacido en ese país.
Más aplausos. Una bailarina es muy bonita; si ella quisiera, le dedicaría los poemas que ya no escribo. Ella bailaría para mí hasta el final del amor, que diría Leonard Cohen. Lo único que no me agrada del todo es que hiperventila en todo momento, y a mí sólo me gusta que hagan eso en la cama.
—Llegado directamente del pandemónium, tenemos un señor británico que hace spoken word que revuelve las conciencias durante siete minutos y medio.
Reverencia del ajado inglés, que recibe la ovación del público. Quizá ahí esté mi futuro, aunque yo más bien me imagino asaltando a los transeúntes para contarles que he visto las puertas de la percepción abiertas y dentro no había nada.
El público aplaude. Yo me acuerdo del Decamerón y lo de meter el diablo en el infierno, pero yo a esta señora no se lo metería, que las mujeres que se parecen a Mussolini y gesticulan como Hitler nunca me han parecido atractivas.
—Tenemos dos bailarinas que no son rusas, pero lo serían si hubieran nacido en ese país.
Más aplausos. Una bailarina es muy bonita; si ella quisiera, le dedicaría los poemas que ya no escribo. Ella bailaría para mí hasta el final del amor, que diría Leonard Cohen. Lo único que no me agrada del todo es que hiperventila en todo momento, y a mí sólo me gusta que hagan eso en la cama.
—Llegado directamente del pandemónium, tenemos un señor británico que hace spoken word que revuelve las conciencias durante siete minutos y medio.
Reverencia del ajado inglés, que recibe la ovación del público. Quizá ahí esté mi futuro, aunque yo más bien me imagino asaltando a los transeúntes para contarles que he visto las puertas de la percepción abiertas y dentro no había nada.
lunes, 7 de septiembre de 2009
Tragar o escupir
—Ahí, jugando con tu libido y con la idea de tragarse tu semen, que es algo que a los tíos os encanta.
—Pues claro, es una bella imagen.
—Creo que tú y yo en la cama nos llevaríamos fatal. Tragarse el semen es repugnante; yo lo he hecho sólo dos veces: una por amor y otra por sorpresa.
—No nos llevaríamos bien, no. Por cierto, ahora que lo pienso, las dos mujeres que he amado se tragaban mi semen con una sonrisa. A ver si no es amor lo mío, sino pura depravación.
—Los tíos sois lo peor.
—Pues claro, es una bella imagen.
—Creo que tú y yo en la cama nos llevaríamos fatal. Tragarse el semen es repugnante; yo lo he hecho sólo dos veces: una por amor y otra por sorpresa.
—No nos llevaríamos bien, no. Por cierto, ahora que lo pienso, las dos mujeres que he amado se tragaban mi semen con una sonrisa. A ver si no es amor lo mío, sino pura depravación.
—Los tíos sois lo peor.
domingo, 6 de septiembre de 2009
La herida
Me escribe para decirme que ha vuelto con él, que estaba cansada de tener que mantenerse ocupada y de caminar por la calle como si la esperase alguien.
Como es natural, me callo que yo la esperaba.
Como es natural, me callo que yo la esperaba.
sábado, 5 de septiembre de 2009
Medicina occidental
—Malditas inyecciones, lo que duelen. Recuerdo que con ocho años estaba enfermo y me tuvieron que dar una dosis de... joder, no recuerdo ahora el nombre. Míchel, ¿cómo se llama el descubrimiento más importante del siglo XX?
—¿La penicilina?
—Sí, eso. Una dosis de penicilina.
—¿Con ocho años? Vaya, tan joven y ya con sífilis.
—¿La penicilina?
—Sí, eso. Una dosis de penicilina.
—¿Con ocho años? Vaya, tan joven y ya con sífilis.
viernes, 4 de septiembre de 2009
Los años
Me encuentro en el tren a Andrea, que, como suele ser habitual, es muy guapa y muy joven. Es la primera vez que nos vemos en persona, así que se sienta a mi lado y empieza a preguntarme esto y aquello mientras me hace un retrato a lápiz. Pero esto es lo de menos. Lo importante es cuando me dice:
—Oye, ¿qué edad tienes? Espera, a ver si lo adivino. ¿Veinticuatro?
De pronto soy el hombre más feliz del mundo.
—Oye, ¿qué edad tienes? Espera, a ver si lo adivino. ¿Veinticuatro?
De pronto soy el hombre más feliz del mundo.
jueves, 3 de septiembre de 2009
Las bicicletas
Otra vez el final del verano. Pasan unas chicas en bicicleta, yo las miro aunque esté mal. Las normas están claras: no hay que mirar con lascivia a las jóvenes madres con sus bebés en brazos, ni a las chicas de quince años de cortas faldas, eso tampoco está permitido. Yo lo hago porque soy un disoluto y no tengo más patria que el deseo. Llevadme a vuestras camas, les diría, vamos a escapar de todo esto juntos, que vuelvan otros a la vida, los días y las noches podrían ser nuestros. Yo he visto que la vida no vale la pena y he escrito del amor sin tenerlo. Venid conmigo, hacedme caso. Pero las chicas ya se han marchado.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Lo primero
—La primera norma para llevar relaciones simultáneas es no tomar decisiones drásticas bajo situaciones de estrés.
—No es cierto. La primera norma es no confundir nombres.
—No es cierto. La primera norma es no confundir nombres.
martes, 1 de septiembre de 2009
Té
—Oh, té. Voy a hacerme uno.
—Es lo mejor que tienen los británicos. Junto a la disciplina inglesa, claro.
—A mí me gusta con leche.
—¿La disciplina inglesa? A mí también.
—Es lo mejor que tienen los británicos. Junto a la disciplina inglesa, claro.
—A mí me gusta con leche.
—¿La disciplina inglesa? A mí también.
lunes, 31 de agosto de 2009
domingo, 30 de agosto de 2009
La ausencia
Llama a la chica y le pide que no diga nada, que sólo escuche. Silencio al otro lado de la línea telefónica. Le explica que ya está bien, que ya es demasiado tiempo sin ella, que apenas puede recordar su cuerpo desnudo y sin embargo la sigue deseando vorazmente. Esto no está bien, no está bien, le dice con severidad. Después, cuelga.
sábado, 29 de agosto de 2009
La muerte súbita
Fallecí a las cinco de la tarde, con puntualidad británica. Mi inesperada muerte me vino fatal, pues tenía un montón de planes para esa semana, planes que dejaron de importar cuando un infarto fulminante acabó con mi vida mientras veía un documental sobre antílopes.
Fue mi mujer quien encontró el cadáver. «Antonio», dijo, como si esperase que fuera a responder, como si pensara que estaba fingiendo mi muerte para gastarle una broma. Ya me habría gustado, pero no podía mover ni un músculo, aunque por el olor estaba claro que había aflojado los esfínteres al fallecer. Cómo podía oír y oler después de muerto era un misterio para mí, pero qué sabía yo de la otra vida, claro. Mi mujer se echó a llorar y entre hipidos farfulló algo de facturas sin pagar. Siempre tan práctica.
Luego llamó a mi hija. Que tu padre se ha muerto viendo un documental de animales, le dijo. Claudia se echó a llorar también y se quejó amargamente de que ya nunca podría decirme lo mal padre que había sido.
Llamaron a un médico, que certificó mi muerte, y a un sacerdote, que dijo algunas palabras en latín sobre mi cadáver. Me pregunté si el cura tendría contactos para ir al Cielo, que estar en el sofá asistiendo a todo esto no coincidía con mi idea del Paraíso. Seguramente era un cura de tercera división, ya podría haberme tocado un obispo, ya, o un cardenal, o el Papa, que tiene línea directa con el Señor y puede reservar buenos asientos para la Eternidad.
Fue mi mujer quien encontró el cadáver. «Antonio», dijo, como si esperase que fuera a responder, como si pensara que estaba fingiendo mi muerte para gastarle una broma. Ya me habría gustado, pero no podía mover ni un músculo, aunque por el olor estaba claro que había aflojado los esfínteres al fallecer. Cómo podía oír y oler después de muerto era un misterio para mí, pero qué sabía yo de la otra vida, claro. Mi mujer se echó a llorar y entre hipidos farfulló algo de facturas sin pagar. Siempre tan práctica.
Luego llamó a mi hija. Que tu padre se ha muerto viendo un documental de animales, le dijo. Claudia se echó a llorar también y se quejó amargamente de que ya nunca podría decirme lo mal padre que había sido.
Llamaron a un médico, que certificó mi muerte, y a un sacerdote, que dijo algunas palabras en latín sobre mi cadáver. Me pregunté si el cura tendría contactos para ir al Cielo, que estar en el sofá asistiendo a todo esto no coincidía con mi idea del Paraíso. Seguramente era un cura de tercera división, ya podría haberme tocado un obispo, ya, o un cardenal, o el Papa, que tiene línea directa con el Señor y puede reservar buenos asientos para la Eternidad.
viernes, 28 de agosto de 2009
Del romanticismo
No suena ningún timbre, pero, como por ensalmo, Anselmo abre la puerta y se encuentra a un señor vestido con ropajes del XIX.
—Hola, soy el amor —dice el desconocido.
—¿Y qué quiere? —pregunta Anselmo, impasible.
—Que llames a Berta y le digas que la amas.
—¿De buenas a primeras?
—Claro, con decisión.
—¿Y si me dice que ella a mí no?
—Subes la apuesta y le recitas un poema improvisado.
—¿Y si se ríe?
—Dices que vas a insistir hasta que se rinda. Que tu amor será como la campaña de bombardeos contra la Alemania nazi. Que acabarás con su industria armamentística, sus ciudades, su red de transportes. Que no vas a ser un desconocido o un amigo más, sino que sólo aceptas la rendición incondicional.
—¿Entonces la tengo que enamorar por desgaste?
—Nada mina más la voluntad que el amor, amigo mío. Claro que puede ser la suya o la tuya, a saber.
—Hola, soy el amor —dice el desconocido.
—¿Y qué quiere? —pregunta Anselmo, impasible.
—Que llames a Berta y le digas que la amas.
—¿De buenas a primeras?
—Claro, con decisión.
—¿Y si me dice que ella a mí no?
—Subes la apuesta y le recitas un poema improvisado.
—¿Y si se ríe?
—Dices que vas a insistir hasta que se rinda. Que tu amor será como la campaña de bombardeos contra la Alemania nazi. Que acabarás con su industria armamentística, sus ciudades, su red de transportes. Que no vas a ser un desconocido o un amigo más, sino que sólo aceptas la rendición incondicional.
—¿Entonces la tengo que enamorar por desgaste?
—Nada mina más la voluntad que el amor, amigo mío. Claro que puede ser la suya o la tuya, a saber.
jueves, 27 de agosto de 2009
Follar
—No puedo seguir así.
—¿Así cómo?
—Así contigo. ¿Es que no entiendes que te quiero? Te quiero más que a mi vida.
—Eso no tiene ningún mérito, que eres un suicida.
—Qué injusta eres. No soy ningún suicida, estoy lleno de vitalidad adolescente.
—Pues nadie lo diría.
—Que sí. Soy un tío sano y deportista.
—Sanísimo, no hay más que verte. ¿Y qué deporte practicas tú, si puede saberse?
—Ninguno, pero porque tú no quieres. Podríamos practicar deportes de contacto. El magreo olímpico, por ejemplo.
—Siempre igual, todo lo acabas reduciendo al sexo.
—Si folláramos, estaría menos obsesionado.
—Eso es lo que dices ahora.
—¿Y no quieres saber lo que digo después?
—No hace falta, me lo imagino: seguro que algo referente a repetir.
—Creo que te quiero en la misma medida en que te odio.
—¿Así cómo?
—Así contigo. ¿Es que no entiendes que te quiero? Te quiero más que a mi vida.
—Eso no tiene ningún mérito, que eres un suicida.
—Qué injusta eres. No soy ningún suicida, estoy lleno de vitalidad adolescente.
—Pues nadie lo diría.
—Que sí. Soy un tío sano y deportista.
—Sanísimo, no hay más que verte. ¿Y qué deporte practicas tú, si puede saberse?
—Ninguno, pero porque tú no quieres. Podríamos practicar deportes de contacto. El magreo olímpico, por ejemplo.
—Siempre igual, todo lo acabas reduciendo al sexo.
—Si folláramos, estaría menos obsesionado.
—Eso es lo que dices ahora.
—¿Y no quieres saber lo que digo después?
—No hace falta, me lo imagino: seguro que algo referente a repetir.
—Creo que te quiero en la misma medida en que te odio.
miércoles, 26 de agosto de 2009
El humor
—Me encanta que siempre consigues tomarte con humor los reveses y sinsabores.
—Sí, imagino que los ganadores no se ríen ni la mitad que yo.
—Sí, imagino que los ganadores no se ríen ni la mitad que yo.
martes, 25 de agosto de 2009
Se ha hecho tarde
Y la vida se ha ido en escribir en silencio. Nunca será ya ese momento en el que tú y yo nos encontramos.
lunes, 24 de agosto de 2009
Moi non plus
—Greta me ha dejado.
—¿Otra vez? ¿Y ahora por qué?
—Dice que no me quiere.
—¿En serio? Ni que fuera una romántica ahora.
—Dice que hay un límite.
—De velocidad, sí. Pero esto es una relación de pareja, no conducción temeraria.
—El caso es que se ha marchado y se ha llevado con ella mi vida entera.
—¿Incluso los muebles?
—No, los muebles no. No le cabían en la maleta.
—Entonces no se lo ha llevado todo. Sólo su cuerpo perfecto y su risa de niña. Minucias.
—Gracias por recordármelo.
—Bah, te queda toda la vida para echarla de menos, dedícate ahora a no pensar en ella.
—Todo me parece tan oscuro de pronto.
—Es que se ha puesto el sol. Espera, enciendo la luz.
—Estoy solo en el mundo.
—No digas tonterías. A lo mejor tienes una novia en cada puerto y no lo sabes porque viajas poco.
—A lo mejor.
—Quizá te están esperando y lloran por las noches abrazadas a una foto tuya.
—Eso ya me parece muy exagerado. ¿Cómo van a tener una foto mía?
—Es una metáfora, pero podría ser algo literal. ¿Tú has estado en El Pireo? ¿Pues entonces cómo puedes estar seguro de que no hay chicas allí que lloran abrazadas a tus fotos?
—No sé, no me parece lógico.
—El mundo es un lugar extraño.
—¿Otra vez? ¿Y ahora por qué?
—Dice que no me quiere.
—¿En serio? Ni que fuera una romántica ahora.
—Dice que hay un límite.
—De velocidad, sí. Pero esto es una relación de pareja, no conducción temeraria.
—El caso es que se ha marchado y se ha llevado con ella mi vida entera.
—¿Incluso los muebles?
—No, los muebles no. No le cabían en la maleta.
—Entonces no se lo ha llevado todo. Sólo su cuerpo perfecto y su risa de niña. Minucias.
—Gracias por recordármelo.
—Bah, te queda toda la vida para echarla de menos, dedícate ahora a no pensar en ella.
—Todo me parece tan oscuro de pronto.
—Es que se ha puesto el sol. Espera, enciendo la luz.
—Estoy solo en el mundo.
—No digas tonterías. A lo mejor tienes una novia en cada puerto y no lo sabes porque viajas poco.
—A lo mejor.
—Quizá te están esperando y lloran por las noches abrazadas a una foto tuya.
—Eso ya me parece muy exagerado. ¿Cómo van a tener una foto mía?
—Es una metáfora, pero podría ser algo literal. ¿Tú has estado en El Pireo? ¿Pues entonces cómo puedes estar seguro de que no hay chicas allí que lloran abrazadas a tus fotos?
—No sé, no me parece lógico.
—El mundo es un lugar extraño.
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