jueves, 12 de marzo de 2009
Desmemoria
Si yo escribo mi vida es para poder olvidarla. Para decirme: está ahí guardada por si algún día la necesitas, pero ahora pensemos en otra cosa.
miércoles, 11 de marzo de 2009
Mal de altura
Siempre es tarde, pero hay que sonreír. Que no se diga, que no te señalen.
Me asomo a la terraza de un noveno piso. La ciudad entera a mis pies, me digo, y pienso en hacer el salto del ángel. «Se arrojó de un noveno», dirían, lo que suena bastante bien. Muertes estéticas. Hacer de tu muerte una obra de arte, ya que la vida se resiste. Que el asfalto sea el lienzo y te confundan con un cuadro de Pollock.
Hay que buscar los escenarios naturales de las tragedias. No vale cualquier cosa, no vale tirarse de cabeza de un primero. Tampoco vale tomar carrera y arremeter contra una pared. Aunque sería muy original.
Me aparto de la barandilla y vuelvo dentro. Me he dejado las ganas de todo esto en otra parte.
Me asomo a la terraza de un noveno piso. La ciudad entera a mis pies, me digo, y pienso en hacer el salto del ángel. «Se arrojó de un noveno», dirían, lo que suena bastante bien. Muertes estéticas. Hacer de tu muerte una obra de arte, ya que la vida se resiste. Que el asfalto sea el lienzo y te confundan con un cuadro de Pollock.
Hay que buscar los escenarios naturales de las tragedias. No vale cualquier cosa, no vale tirarse de cabeza de un primero. Tampoco vale tomar carrera y arremeter contra una pared. Aunque sería muy original.
Me aparto de la barandilla y vuelvo dentro. Me he dejado las ganas de todo esto en otra parte.
martes, 10 de marzo de 2009
La retrocausalidad
Sonó el teléfono. La voz de un desconocido:
—Perdone que le moleste. Bueno, sé que es difícil de creer, pero le llamo desde el futuro; soy un viajero del tiempo y me he dejado las llaves de casa en su piso.
—¿Cómo dice?
—Podría volver al pasado a por ellas, sí, pero las normas son claras: sólo un viaje temporal al mes. Supongo que entiende la dimensión del problema, no voy a esperar un mes para entrar en mi casa. Y cambiar la cerradura tampoco es precisamente barato.
—¿Pero de qué me está hablando? ¿Cómo van a estar sus llaves aquí?
—Sí, verá, su piso está situado en lo que ahora son nuestras oficinas, por eso he aparecido en él esta mañana. Puede que se haya dado cuenta de que hay menos leche en la nevera, es que he ido al trabajo sin desayunar y tenía hambre. También tiene menos cereales. El caso es que creo que me he dejado las llaves en su cocina, pero no estoy seguro. ¿Podría hacerme el favor de echar un vistazo?
—¡Esto es un atropello! —le grité—. Está bien, voy a buscarlas, pero no le prometo nada.
Dejé el auricular en el sofá y, efectivamente, bajo la mesa de la cocina encontré unas llaves que no eran mías. «Si es una broma, se han esforzado bastante», pensé mientras volvía al salón.
—He encontrado sus llaves —le dije al hombre del teléfono—. ¿Ahora qué?
—Bien, usted tiene un estúpido cuadro en casa. El del payaso. Nosotros también lo tenemos. Quiero que pegue las llaves a la parte posterior del cuadro. Con un poco de suerte, seguirán ahí en mi época.
—Está bien.
Dejé una vez más el auricular en el sofá y fui en busca de pegamento. Cuando me disponía a hacer lo que me había pedido, decidí pegar un cromo de Zubizarreta en vez de las llaves. Volví al teléfono.
—Ya está hecho.
—Muchas gracias, voy a ver si están. Oiga —dijo después de un breve momento de silencio—, aquí sólo hay una foto de un portero de fútbol.
—Sí, perdone, era sólo un experimento. Ahora mismo pongo sus llaves detrás del cuadro.
Iba a hacerlo, de verdad, pero en el último momento se me ocurrió que podía sacar partido de la situación.
—Si quiere recibir sus llaves tendrá que darme información a cambio —dije.
—¿Cómo? ¿A qué se refiere?
—Es muy sencillo. Quiero que me diga los números de lotería que van a salir premiados este año. Y quiero también que me dé resultados deportivos, para que pueda apostar a caballo ganador.
—Pero eso no puede ser, afectaría al futuro. A mi presente.
—No es mi problema, haber tenido más cuidado con las llaves, amigo. ¿Tenemos trato o no? Yo ahora dejaré las llaves en el cuadro para que pueda volver a casa, pero piense que si no cumple su parte puedo quitarlas en cualquier momento y, por lo tanto, no estarán en el futuro para que usted pueda recogerlas por primera vez. No soy un experto, pero quizás se produzca una paradoja temporal y se vaya a la mierda el universo por una tontería.
Entonces apareció frente a mí un tipo apuntándome con una pistola. Me gritó:
—¡Maldito cabrón, me ha estado extorsionando durante un mes entero! ¡Y por venir aquí para matarle me ha hecho perder el viaje temporal de este mes!
Este giro de los acontecimientos no me lo esperaba, me había pasado de listo. Levanté las manos y empecé a suplicar por mi vida.
—Entiéndalo, con mi sueldo apenas puedo llegar a fin de mes. ¿No habría intentado usted algo parecido de encontrarse en mi situación? No quería causarle molestias. Tome sus llaves, lléveselas.
—Ya es tarde, rece lo que sepa.
Me veía ya fulminado cuando apareció más gente en el salón de mi casa. Unos tipos uniformados y armados.
—¡Alto! —dijeron—. Suelte el arma, Quark, esto es un crimen temporal.
—No, es un crimen definitivo —respondió el tal Quark—. Dejen que acabe con la vida de este miserable.
—Conoce las normas: no se puede alterar el pasado. Y el asesinato es una alteración grave.
—Nadie tiene porqué saberlo, pueden hacer la vista gorda —repuso él.
—No podemos aunque quisiéramos. Nadie sabe las consecuencias que podría tener este acto. Por favor, suelte el arma.
—Está bien —dijo Quark bajando la pistola—. Esta vez ha tenido suerte, amigo. Espero que haya aprendido la lección.
Acto seguido desaparecieron como si nunca hubieran estado aquí. Me quedé sentado unos instantes, un tanto aturdido, intentando asimilar todo lo que había pasado. Después me levanté del sofá, cogí un bolígrafo, descolgué el cuadro, escribí «Quark es idiota» en la parte posterior y lo volví a colocar en su sitio.
—Perdone que le moleste. Bueno, sé que es difícil de creer, pero le llamo desde el futuro; soy un viajero del tiempo y me he dejado las llaves de casa en su piso.
—¿Cómo dice?
—Podría volver al pasado a por ellas, sí, pero las normas son claras: sólo un viaje temporal al mes. Supongo que entiende la dimensión del problema, no voy a esperar un mes para entrar en mi casa. Y cambiar la cerradura tampoco es precisamente barato.
—¿Pero de qué me está hablando? ¿Cómo van a estar sus llaves aquí?
—Sí, verá, su piso está situado en lo que ahora son nuestras oficinas, por eso he aparecido en él esta mañana. Puede que se haya dado cuenta de que hay menos leche en la nevera, es que he ido al trabajo sin desayunar y tenía hambre. También tiene menos cereales. El caso es que creo que me he dejado las llaves en su cocina, pero no estoy seguro. ¿Podría hacerme el favor de echar un vistazo?
—¡Esto es un atropello! —le grité—. Está bien, voy a buscarlas, pero no le prometo nada.
Dejé el auricular en el sofá y, efectivamente, bajo la mesa de la cocina encontré unas llaves que no eran mías. «Si es una broma, se han esforzado bastante», pensé mientras volvía al salón.
—He encontrado sus llaves —le dije al hombre del teléfono—. ¿Ahora qué?
—Bien, usted tiene un estúpido cuadro en casa. El del payaso. Nosotros también lo tenemos. Quiero que pegue las llaves a la parte posterior del cuadro. Con un poco de suerte, seguirán ahí en mi época.
—Está bien.
Dejé una vez más el auricular en el sofá y fui en busca de pegamento. Cuando me disponía a hacer lo que me había pedido, decidí pegar un cromo de Zubizarreta en vez de las llaves. Volví al teléfono.
—Ya está hecho.
—Muchas gracias, voy a ver si están. Oiga —dijo después de un breve momento de silencio—, aquí sólo hay una foto de un portero de fútbol.
—Sí, perdone, era sólo un experimento. Ahora mismo pongo sus llaves detrás del cuadro.
Iba a hacerlo, de verdad, pero en el último momento se me ocurrió que podía sacar partido de la situación.
—Si quiere recibir sus llaves tendrá que darme información a cambio —dije.
—¿Cómo? ¿A qué se refiere?
—Es muy sencillo. Quiero que me diga los números de lotería que van a salir premiados este año. Y quiero también que me dé resultados deportivos, para que pueda apostar a caballo ganador.
—Pero eso no puede ser, afectaría al futuro. A mi presente.
—No es mi problema, haber tenido más cuidado con las llaves, amigo. ¿Tenemos trato o no? Yo ahora dejaré las llaves en el cuadro para que pueda volver a casa, pero piense que si no cumple su parte puedo quitarlas en cualquier momento y, por lo tanto, no estarán en el futuro para que usted pueda recogerlas por primera vez. No soy un experto, pero quizás se produzca una paradoja temporal y se vaya a la mierda el universo por una tontería.
Entonces apareció frente a mí un tipo apuntándome con una pistola. Me gritó:
—¡Maldito cabrón, me ha estado extorsionando durante un mes entero! ¡Y por venir aquí para matarle me ha hecho perder el viaje temporal de este mes!
Este giro de los acontecimientos no me lo esperaba, me había pasado de listo. Levanté las manos y empecé a suplicar por mi vida.
—Entiéndalo, con mi sueldo apenas puedo llegar a fin de mes. ¿No habría intentado usted algo parecido de encontrarse en mi situación? No quería causarle molestias. Tome sus llaves, lléveselas.
—Ya es tarde, rece lo que sepa.
Me veía ya fulminado cuando apareció más gente en el salón de mi casa. Unos tipos uniformados y armados.
—¡Alto! —dijeron—. Suelte el arma, Quark, esto es un crimen temporal.
—No, es un crimen definitivo —respondió el tal Quark—. Dejen que acabe con la vida de este miserable.
—Conoce las normas: no se puede alterar el pasado. Y el asesinato es una alteración grave.
—Nadie tiene porqué saberlo, pueden hacer la vista gorda —repuso él.
—No podemos aunque quisiéramos. Nadie sabe las consecuencias que podría tener este acto. Por favor, suelte el arma.
—Está bien —dijo Quark bajando la pistola—. Esta vez ha tenido suerte, amigo. Espero que haya aprendido la lección.
Acto seguido desaparecieron como si nunca hubieran estado aquí. Me quedé sentado unos instantes, un tanto aturdido, intentando asimilar todo lo que había pasado. Después me levanté del sofá, cogí un bolígrafo, descolgué el cuadro, escribí «Quark es idiota» en la parte posterior y lo volví a colocar en su sitio.
lunes, 9 de marzo de 2009
Anonimatos
Pensé que nevaba, pero llovían dientes. Ella daba pequeños sorbos a su café y miraba por la ventana. Me dijo:
—Durante un tiempo, sopesé la posibilidad de trabajar en el teléfono erótico; se gana mucho dinero, ¿sabes? Pero un día se me ocurrió: ¿y si llama mi padre? No me aterraba tanto la idea de reconocerle como la de no hacerlo. Imagínate: yo diciéndole guarradas a mi padre sin saberlo, él excitándose sin sospechar que es su hija la que le está susurrando obscenidades por teléfono. Ya, ya, ojos que no ven... pero sólo la idea me quitaba el sueño. Nunca estaría tranquila, me obsesionaría intentando reconocer voces. Demasiado estrés, hay formas más tranquilas de ganarse la vida.
—Durante un tiempo, sopesé la posibilidad de trabajar en el teléfono erótico; se gana mucho dinero, ¿sabes? Pero un día se me ocurrió: ¿y si llama mi padre? No me aterraba tanto la idea de reconocerle como la de no hacerlo. Imagínate: yo diciéndole guarradas a mi padre sin saberlo, él excitándose sin sospechar que es su hija la que le está susurrando obscenidades por teléfono. Ya, ya, ojos que no ven... pero sólo la idea me quitaba el sueño. Nunca estaría tranquila, me obsesionaría intentando reconocer voces. Demasiado estrés, hay formas más tranquilas de ganarse la vida.
domingo, 8 de marzo de 2009
Economía de guerra
Invertir en mí es de lo más rentable: dadme cinco días y escribiré durante un año.
sábado, 7 de marzo de 2009
El bibliotecario
El bibliotecario se despierta cada mañana en una habitación de paredes blancas que bien podrían ser las páginas de alguna novela aún no escrita, pero que no lo son. Son argamasa, yeso, ladrillos, poco más. Tras asearse en el cuarto de baño, desayuna tranquilamente en la cocina, donde toma un café negro como la tinta de la pluma de algún escritor apegado a las viejas costumbres.
Sale de casa hecho un pincel, que no tiene nada que ver con la literatura a no ser que hablemos de algún autor oriental.
Pasa todo el día rodeado de libros escritos por otros. Tanta literatura en mi vida, piensa él. Un chico se le acerca y le pregunta si tiene el Necronomicón, de Adbul Alhazred. El bibliotecario le responde que ese libro no existe, que es una invención de Lovecraft, al igual que Cthulhu. ¿Cómo que Cthulhu no existe?, dice el joven con indignación.
Luego una chica le pide Los cantos de Maldoror, de Lautréamont. En la sección de poesía francesa, dice el bibliotecario. No está, responde ella, ya he mirado. Entonces lo habremos puesto en la latinoamericana, por nacer en Montevideo, contesta el bibliotecario. ¿Y de Hugo Dannenberg no tenéis nada?, pregunta la chica. Poesía francesa y ciencia ficción, piensa el bibliotecario, curiosa muchacha. Sí, responde, tenemos Vientos de Saturno y Dios habla en estéreo. Ella le da las gracias y se marcha a buscar los libros, él piensa que sería bonito estar con una chica así, aunque sabe que no puede ser. Tal vez en las páginas de alguna novela, pero no en la vida real.
Sale de casa hecho un pincel, que no tiene nada que ver con la literatura a no ser que hablemos de algún autor oriental.
Pasa todo el día rodeado de libros escritos por otros. Tanta literatura en mi vida, piensa él. Un chico se le acerca y le pregunta si tiene el Necronomicón, de Adbul Alhazred. El bibliotecario le responde que ese libro no existe, que es una invención de Lovecraft, al igual que Cthulhu. ¿Cómo que Cthulhu no existe?, dice el joven con indignación.
Luego una chica le pide Los cantos de Maldoror, de Lautréamont. En la sección de poesía francesa, dice el bibliotecario. No está, responde ella, ya he mirado. Entonces lo habremos puesto en la latinoamericana, por nacer en Montevideo, contesta el bibliotecario. ¿Y de Hugo Dannenberg no tenéis nada?, pregunta la chica. Poesía francesa y ciencia ficción, piensa el bibliotecario, curiosa muchacha. Sí, responde, tenemos Vientos de Saturno y Dios habla en estéreo. Ella le da las gracias y se marcha a buscar los libros, él piensa que sería bonito estar con una chica así, aunque sabe que no puede ser. Tal vez en las páginas de alguna novela, pero no en la vida real.
viernes, 6 de marzo de 2009
A los cuarenta
Me miro en el espejo al salir de la ducha y me maravillo de lo bien que estoy. Estoy en forma, se me marcan músculos que ni siquiera sabía que tenía. Buscaría a todas las chicas que me rechazaron en la adolescencia, aunque seguro que me dirían que ahora piensan en otras cosas. En hipotecas, por ejemplo. Da igual, buscaría entonces a sus hijas.
jueves, 5 de marzo de 2009
Autorretrato
Me explota el corazón, que es negrero, esclavista, insaciable capitalista de desengaños. Escribe más, me dice, practica un estajanovismo poético, aunque esto no sea capitalista, sino estalinista; es lo que tienen las dictaduras, que al final la ideología es lo de menos, lo importante es la opresión, perpetuarse en el poder, la imposición de la soledad.
miércoles, 4 de marzo de 2009
La educación sentimental
La culpa fue del chachachá, que cantaba Gabinete Caligari, y esto se puede aplicar a todo, incluida mi educación sentimental, que fue vaga e incompleta. En realidad, todo lo que sé lo aprendí del porno, que siempre estaba a mano y nunca mejor dicho. Quizá de ahí vienen todos mis fracasos, los tempranos y los tardíos, porque era aceptar la fantasía como una posible realidad (aunque alguna satisfacción pornográfica sí que he tenido a lo largo de mi vida). Claro que esto no es serio, y es que yo no lo soy, pero escuchemos a quienes sí lo son y me dicen: tu problema es que sólo te fijas en las locas. No, no es verdad, es que las locas suelen ser las más guapas, eso es lo que pasa, y yo siento una especial predilección por la belleza. Ya de pequeñito me pasaba, que me quedaba extasiado ante las señoras de cuerpos firmes, de nalgas pétreas y senos exuberantes. Sabrina, Samantha Fox, aquellas mujeres de la prepubertad que nos iniciaron en un camino que sólo podía conducir a la perdición. Pero qué bonita es la perdición cuando incluye estar entre las piernas de alguna chica que tiene que morderse la mano para no gritar (lo que está mal hecho, pues nada cura tanto el ego como escuchar a una mujer hermosa gritar tu nombre mientras la penetras en alguna postura inverosímil).
martes, 3 de marzo de 2009
La vida práctica
¿De qué sirve este sufrimiento? Si el sufrimiento fuera energía. Si pudiera iluminar esta ciudad con mi dolor. El país entero. Si las farolas se encendieran a una señal de mi desesperanza, si mi angustia sirviera para calentar las casas durante el frío invierno, si los trenes llegaran a su hora empujados por cada decepción. Quizás entonces valdría la pena todo esto.
lunes, 2 de marzo de 2009
A medianoche
—Te iba a decir algo bonito, pero me has colgado.
—Ah, vale, dime.
—Que si te ataco tanto es porque eres tan brillante que me siento amenazada y tengo que compensar.
—Gracias, sí que es bonito. Poco práctico, pero bonito.
—Ah, vale, dime.
—Que si te ataco tanto es porque eres tan brillante que me siento amenazada y tengo que compensar.
—Gracias, sí que es bonito. Poco práctico, pero bonito.
domingo, 1 de marzo de 2009
La vida literaria
«Enhorabuena», me dice el recepcionista, «siempre es una satisfacción publicar un nuevo libro, ¿no?». Yo le doy la razón como a los locos, aunque me parece que en realidad está intentando ligar conmigo. Como no es mi tipo, principalmente porque es un hombre, me quito mérito diciendo que es una obra menor, que hay que ir paso a paso, que ya nadie lee y menos a autores que al levantarse de la cama se parecen a Fernando León de Aranoa. Él sonríe comprensivo y dice que entiende que para el Planeta todavía habrá que esperar un poco. Yo asiento y no le cuento las veces que he soñado que el premio Nobel me lo entregaba Miss Suecia.
sábado, 28 de febrero de 2009
Una microperspectiva
Qué guapa es. Siempre. La conocí cuando era una chiquilla de dieciséis años, ahora es madre y todo, pero sigue siendo absolutamente preciosa. Habrá hecho un pacto con el diablo o algo así. En fin, nos detenemos cerca de su casa, la miro, sonrío, no digo nada. Ella me pide que no la mire así y baja la vista. Vaya, es la segunda vez que me dicen eso esta semana, ¿de qué forma miro a las chicas? Imagino que como un psicópata, tendré que pedir a alguien que me grabe y estudiarme luego en casa.
Luego me dice: «olvídate de mí; no soy buen asunto». «Lo sé», contesto yo. «Y olvídate también de esa chica, que tampoco es buen asunto», añade. «Bueno, para mí ninguna lo es, no hay más que fijarse en mis antecedentes», y le doy dos besos castos como haría un hermano, aunque realmente no hay nada inocente en lo que hacemos. «Qué raro», susurra ella como invitándome a besarla, pero no es el lugar adecuado.
Me marcho pensando que tendría que decirle: «quedemos en un hostal barato, será divertido, como si estuviéramos en alguna película europea de los setenta», pero la conozco bien, sólo la idea ya le daría miedo. Además, me diría que no le encuentra el lado romántico a follar en sitios de mala muerte.
Luego me dice: «olvídate de mí; no soy buen asunto». «Lo sé», contesto yo. «Y olvídate también de esa chica, que tampoco es buen asunto», añade. «Bueno, para mí ninguna lo es, no hay más que fijarse en mis antecedentes», y le doy dos besos castos como haría un hermano, aunque realmente no hay nada inocente en lo que hacemos. «Qué raro», susurra ella como invitándome a besarla, pero no es el lugar adecuado.
Me marcho pensando que tendría que decirle: «quedemos en un hostal barato, será divertido, como si estuviéramos en alguna película europea de los setenta», pero la conozco bien, sólo la idea ya le daría miedo. Además, me diría que no le encuentra el lado romántico a follar en sitios de mala muerte.
viernes, 27 de febrero de 2009
La posibilidad
La miro. Mucho. Está muy deseable en ese vestido, aunque se pinte demasiado los ojos. «Tú no sabes lo que es el amor», me dice con algo de rabia, y tiene que controlarse para no llorar. Yo le acaricio el pelo, pero no digo nada. Vale, estoy roto. Soy el primero en admitirlo. Pero podría escribir un montón de enmiendas a la constitución de todo esto. Luego estamos riendo por algo que no recuerdo. La miro. «No me mires así», me dice, y baja la cabeza. La posibilidad.
jueves, 26 de febrero de 2009
Carnaval
En una plaza me encuentro a un yonqui de cincuenta años (quizá menos, es que la droga envejece) disfrazado de Superman. Por fin un auténtico héroe crepuscular, me digo.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Secuencias
Recuerdo un día de otoño. Estábamos en la ducha y nos abrazábamos para combatir el frío, pues no había agua caliente. Yo la enjabonaba a ella, ella me enjabonaba a mí. A mí se me puso dura con tanto roce, ella se arrodilló y empezó a chupármela dulcemente, como sólo lo hace una chica que te quiere. Luego nos secamos el uno al otro y fuimos a la cama. Después del sexo, estábamos besándonos y acariciándonos cuando de pronto se echó a llorar. Su explicación fue: «es que eres muy cariñoso conmigo». Puede que la vida fuera todo eso.
martes, 24 de febrero de 2009
En el parque
—Mira que ponerle Max a tu hijo. Se llama como Max Immelmann, un piloto alemán de la Primera Guerra Mundial.
—Max, no le escuches, que es un friki.
—Immelmann era un as, consiguió quince victorias antes de ser derribado. Aunque tampoco son tantas, claro, sobre todo si las comparamos con las ochenta de Richthofen.
—¿Ves? Friki del todo.
—Max, no le escuches, que es un friki.
—Immelmann era un as, consiguió quince victorias antes de ser derribado. Aunque tampoco son tantas, claro, sobre todo si las comparamos con las ochenta de Richthofen.
—¿Ves? Friki del todo.
lunes, 23 de febrero de 2009
Convenciones sociales
No se me da bien la gente, no sé lo que quiere todo el mundo. Hablar, supongo. De qué, me pregunto yo. De cosas normales, por lo visto. Política, cotilleos y tal. Si yo lo que quiero es hablar de mí, me dan ganas de gritar. Aunque esto tampoco es cierto del todo, ya me tengo muy contado, a mí lo que me interesa de verdad es follarme a la chica aquella que está sola en una mesa. O a la morena esa de pelo corto que está junto a la puerta. O a esa que bailaba tan bien. Pero en vez de eso estoy aquí sentado escuchando no sé qué de un programa de la tele, algo de granjeros que buscan esposa. Se habla demasiado, pienso.
domingo, 22 de febrero de 2009
Madres
—A mí madre le gusta mucho tu libro, aunque todavía no ha leído el último texto, no sé cómo se lo tomará.
—Bueno, puedes decirle que eres tú y ya está.
—No, si ya me preguntó quién era la chica de la dedicatoria.
—¿Y qué le dijiste?
—Pues lo que me contaste tú. Que si tenía diecinueve años, que si era brillante, guapísima, que si era una chica cinematográfica... Todo eso.
—¿Y qué le pareció?
—Me dijo: «da igual; él está enamorado de ti».
—Vaya, tu madre se llevaría bien con la mía. De hecho, seguro que se llevarían mejor que nosotros. Porque cada vez que le cuento algo de ti, que si vives con un cuarentón, que si has tenido un hijo con él, siempre me responde: «no importa; ella te quiere a ti».
—Podrían ser buenas amigas.
—Sí. Las dos creen que están en una comedia romántica de Hollywood.
—Bueno, puedes decirle que eres tú y ya está.
—No, si ya me preguntó quién era la chica de la dedicatoria.
—¿Y qué le dijiste?
—Pues lo que me contaste tú. Que si tenía diecinueve años, que si era brillante, guapísima, que si era una chica cinematográfica... Todo eso.
—¿Y qué le pareció?
—Me dijo: «da igual; él está enamorado de ti».
—Vaya, tu madre se llevaría bien con la mía. De hecho, seguro que se llevarían mejor que nosotros. Porque cada vez que le cuento algo de ti, que si vives con un cuarentón, que si has tenido un hijo con él, siempre me responde: «no importa; ella te quiere a ti».
—Podrían ser buenas amigas.
—Sí. Las dos creen que están en una comedia romántica de Hollywood.
sábado, 21 de febrero de 2009
Conversaciones de bar (3)
Tú no sabes lo que es el amor, me dice, algo enfadada, una chica. Puede, pero no será por falta de ganas, pienso yo.
viernes, 20 de febrero de 2009
Excusas
Siempre tienen alguna excusa para no estar conmigo. «Es que te gustan demasiadas mujeres»; «es que te gastarías nuestro dinero en alcohol y libros»; «es que tengo un hijo»; «es que no me fío de ti»; «es que me debo a mi cónyuge»; «es que te pareces a Rasputín»; «es que no te convengo». Blablablá. Ya está bien, quisiera que me dieran excusas para estar conmigo. A ser posible, excusas malas. Cosas como: «es que me apetecía un masaje y nadie los da tan bien como tú, por eso he viajado quinientos kilómetros para verte; me quito toda la ropa, ¿verdad?».
jueves, 19 de febrero de 2009
A grandes males
—¿Y ya tienes terminado el libro?
—No, todavía no. Además, después tengo que suicidarme o el libro carecerá de sentido.
—¡Entonces no te hago la portada!
—No, todavía no. Además, después tengo que suicidarme o el libro carecerá de sentido.
—¡Entonces no te hago la portada!
miércoles, 18 de febrero de 2009
Salud
El médico me receta ocho horas de sueño, pero en la farmacia no me pueden vender tiempo. No lo tienen en cómodas pastillas, tampoco en cremas o jarabes, y me sorprende que ni siquiera lo vendan en supositorios, cuando sería de lo más lógico.
martes, 17 de febrero de 2009
lunes, 16 de febrero de 2009
Conversaciones de bar (2)
Estoy en un bar con dos chicas y dos noruegos que se nos han acoplado, quizá pensando que eran muchas mujeres para un solo melenudo. Como las chicas no les hacen demasiado caso, empiezan a darme conversación a mí, que con alguien tendrán que ligar. En inglés, uno de ellos me pregunta mi nombre. Se lo digo. Me dice que me parezco a John Lennon. Sí qué está borracho este hombre, pienso, mucho más que yo, que ya es decir. Le respondo que no, que no me parezco en nada. Parece decepcionado. Me presenta a su amigo, creo entender que se llama Jonah. Y le dice: Jonah, este es Míchel y no se parece a John Lennon.
domingo, 15 de febrero de 2009
Conversaciones de bar
—Antes lo habrías tenido mucho más fácil conmigo; yo era «telemamada».
—Mira que no tener tu número entonces...
—Mira que no tener tu número entonces...
sábado, 14 de febrero de 2009
viernes, 13 de febrero de 2009
La justa medida
Nunca pasa nada, de ahí la sensación de urgencia. Tanto invierno en los ojos, me digo peinándome frente al espejo, y suelto una carcajada. Hay que escribir con cierta tristeza, no demasiada. La justa medida. Demasiada tristeza hace que te tires de un puente. Esto es una ciencia. Bueno, más bien es alquimia, pero tiene sus fórmulas, hay que seguir el manual. No queremos accidentes.
jueves, 12 de febrero de 2009
Horario de oficina
Proyectos. Cientos de proyectos se amontonan en mi escritorio imaginario. Pero no hay tiempo, no hay ganas, no hay motivos, que seguramente es lo más importante de todo. Cientos de proyectos que nunca llevaré a cabo se acumulan en mi papelera imaginaria. Y no hay bellas secretarias de escotes interminables y minifaldas mínimas con las que distraer la vista.
miércoles, 11 de febrero de 2009
Soliloquios
Nada de esto significa nada; tampoco esta frase, claro. Lo pienso borracho en una esquina, lo que no es demasiado digno. Me incorporo (a la vida, quizá) y echo a andar en alguna dirección. Me he perdido, que podría decirlo en cualquier otro momento y valdría también. Me he perdido persiguiendo imposibles, o algún otro pensamiento estúpido similar. Si yo supiera hablar con la voz que atruena en mi corazón. Y todo eso. Me digo que en esta ciudad hay cientos de chicas que lloran por mí ahora en sus habitaciones. A oscuras, que es como mejor se llora. Todo esto es mentira, claro, pero es bonito pensarlo. La vida conmigo sería muy divertida, pero ninguna lo sabe. O ninguna quiere saberlo (al final va a ser cierto que siempre meto comentarios a pie de página cuando hablo). Aunque qué sé yo del amor, si tengo que fabularlo siempre. «Si estuvieras con ella, no os pasaríais el día comiendo naranjas y recitando a Boris Vian», me dijo el otro día M. Y qué, lo sé perfectamente, pero es que simplemente mirarla me hace feliz. Oír su respiración. Las pausas que hace al hablar por teléfono. Cuando te mira con los ojos muy abiertos. Porque nadie ríe mejor que ella y nadie llora con tanta elegancia. Pero todo esto es hablar demasiado. Es mejor mirar para otro lado, hacer como si nada, en realidad todos somos despreciables.
martes, 10 de febrero de 2009
Odontología aplicada
Voy al dentista. Mi dentista de antes murió trágicamente de un infarto, pero su hijo ha heredado los pacientes. La enfermera (o asistente dental, en el caso de que exista algo así) se empeña en llamarme «Grabiel», pero yo sonrío como si ese fuera mi nombre. Mi dentista es argentino, lo que no es demasiado sorprendente teniendo en cuenta que su padre también lo era. Sin conocernos de nada, me mete los dedos en la boca y empieza a tocarme la dentadura, como si yo fuera un esclavo y quisiera comprobar que valgo lo que piden por mí. Me fijo en que la enfermera, una chica de ojos tristes y algo entrada en carnes, le mira continuamente; enseguida me imagino que está enamorada de él y que es un amor no correspondido, aunque en cierta ocasión echaron un polvo en la consulta, ella se hizo ilusiones y él le rompió el corazón, porque «no fue más que un calentón, cariño, además, yo estoy casado». Como si quisieran confirmarme todo esto, él le pregunta: «¿Está bien mi Dulcinea?». Ella responde con cierta brusquedad: «supongo que sí; no ha llamado». Luego me parece oír a la enfermera sollozar quedamente hasta que él dice, no sé si con segundas: «Lourdes, necesito succión». Y yo asisto a todo esto con la boca abierta, como si fuera gilipollas.
lunes, 9 de febrero de 2009
Rayos gamma a través de las persianas
Un hombre sale de casa. Este acto tan cotidiano no despierta las sospechas de nadie, pues resulta imposible advertir a simple vista que el hombre es un peligroso espía intergaláctico. Responde al nombre de Juan, pero sólo en la Tierra. En Nebulón 7 se llama Antonio.
Juan toma el autobús con naturalidad, como si no estuviera acostumbrado a desplazarse a la velocidad de la luz por el universo. Lee el periódico atentamente, en busca de la información que requieren sus superiores. Después la transmite telepáticamente mientras se rasca la oreja, un gesto que no alarmaría a nadie, salvo a alguna que otra anciana dispuesta a quejarse de cualquier cosa. Juan, como todo buen funcionario, falsea los informes. Así, transmite las necrológicas como si fueran bajas del bando terráqueo producidas por sus acciones terroristas, que hasta ahora no van más allá de negarse a ceder el asiento a ancianos y embarazadas.
Juan va al supermercado para adquirir alimentos con dinero terrícola. Una lata de mejillones en salsa de vieira por un euro y pico. Horchata. Merluza. Pizza cuatro estaciones («de Vivaldi», murmura). Pimientos. Juan sopesa una naranja, que le recuerda a su planeta natal. Quién habrá ganado la liga, se pregunta con nostalgia.
Juan toma el autobús con naturalidad, como si no estuviera acostumbrado a desplazarse a la velocidad de la luz por el universo. Lee el periódico atentamente, en busca de la información que requieren sus superiores. Después la transmite telepáticamente mientras se rasca la oreja, un gesto que no alarmaría a nadie, salvo a alguna que otra anciana dispuesta a quejarse de cualquier cosa. Juan, como todo buen funcionario, falsea los informes. Así, transmite las necrológicas como si fueran bajas del bando terráqueo producidas por sus acciones terroristas, que hasta ahora no van más allá de negarse a ceder el asiento a ancianos y embarazadas.
Juan va al supermercado para adquirir alimentos con dinero terrícola. Una lata de mejillones en salsa de vieira por un euro y pico. Horchata. Merluza. Pizza cuatro estaciones («de Vivaldi», murmura). Pimientos. Juan sopesa una naranja, que le recuerda a su planeta natal. Quién habrá ganado la liga, se pregunta con nostalgia.
domingo, 8 de febrero de 2009
Vidas ajenas
Esto es el dolor, leer su nombre junto al de otro hombre en un buzón. Seguro que en la entrada del infierno uno se encuentra el mismo buzón, varias veces. Sí, ella vive con otro, ella duerme con otro, ella desayuna cada mañana con otro, ella se desnuda para otro, ella tiene esas conversaciones intrascendentales con otro. De nada sirve intentar no pensar en ello. Supongo que el amor es eso, todas esas pequeñas cosas cotidianas, no escribir textos desgarradores al respecto. Qué sabré yo de nada.
sábado, 7 de febrero de 2009
Pequeña comedia
Una calle cualquiera, por la noche. Un chico y una chica van hablando. Son el ESCRITOR DE CULTO y la MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA.
ESCRITOR DE CULTO. — Ya hasta se me ha pasado la «malura».
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — ¿Sí? Entonces todos contentos. (Un BORRACHO ENTROMETIDO con el que se cruzan oye esto.)
BORRACHO ENTROMETIDO. — Yo no.
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Deteniéndose.) ¿No?
BORRACHO ENTROMETIDO. — Necesito una mujer.
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Sarcástica.) Oh, pobrecito.
ESCRITOR DE CULTO. — (En voz baja.) Pues búscate otra.
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Al ESCRITOR DE CULTO, con falsa indignación.) ¡Oye!
ESCRITOR DE CULTO. — (Con desprecio.) Bah, que le den por culo. (La MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA se ríe. Siguen su camino.) Oye, voy a hacer una cosa, que seguro que está mirando. (La coge por la cintura y la atrae hacia él.)MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Bromeando.) Te tomas muchas libertades tú, ¿no?
ESCRITOR DE CULTO. — No las suficientes, lo sabes perfectamente. (Y le da una palmada en el culo.)
ESCRITOR DE CULTO. — Ya hasta se me ha pasado la «malura».
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — ¿Sí? Entonces todos contentos. (Un BORRACHO ENTROMETIDO con el que se cruzan oye esto.)
BORRACHO ENTROMETIDO. — Yo no.
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Deteniéndose.) ¿No?
BORRACHO ENTROMETIDO. — Necesito una mujer.
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Sarcástica.) Oh, pobrecito.
ESCRITOR DE CULTO. — (En voz baja.) Pues búscate otra.
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Al ESCRITOR DE CULTO, con falsa indignación.) ¡Oye!
ESCRITOR DE CULTO. — (Con desprecio.) Bah, que le den por culo. (La MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA se ríe. Siguen su camino.) Oye, voy a hacer una cosa, que seguro que está mirando. (La coge por la cintura y la atrae hacia él.)MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Bromeando.) Te tomas muchas libertades tú, ¿no?
ESCRITOR DE CULTO. — No las suficientes, lo sabes perfectamente. (Y le da una palmada en el culo.)
viernes, 6 de febrero de 2009
La vida como telecomedia (3)
—Sólo somos amigos. Como a mí me dan miedo las tías que están demasiado buenas, nunca le he tirado los tejos.
—A mí es que me dan miedo todas, por eso les tiro los tejos a las que están demasiado buenas.
—A mí es que me dan miedo todas, por eso les tiro los tejos a las que están demasiado buenas.
jueves, 5 de febrero de 2009
El tiempo recobrado
Llaman a la puerta. Abro y me encuentro a un bebé fumando. «Buenos días», me dice, y entra cargando un maletín casi tan grande como él. El bebé se sienta en mi sofá italiano y dice: «soy la infancia que nunca tuvo». «Qué tontería», respondo yo, «si tuve una infancia de lo más feliz». Allí en el campo, con mis tíos, las cabras, las vacas, la fiebre del heno. «Todo mentira», me interrumpe él con gesto severo. «Usted no tuvo infancia, hubo un error y se la dimos a un niño de Singapur, que tuvo dos. Ha sido su psicoanalista quien le ha convencido de que todo aquello pasó, pero sólo ha sucedido en su imaginación. De hecho, ni siquiera tiene usted tíos. ¿Y qué es eso de los animalitos en el campo? Ni que se creyera usted Heidi». Yo disimulo las lágrimas, que no es varonil que a un hombre hecho y derecho le haga llorar un bebé. Aunque sea un hombre sin infancia. El bebé entonces saca unos papeles de su maletín y me hace firmarlos asegurándome que es un contrato de cesión de niñez, que todos los fines de semana tendré un par de horas de la infancia que nunca tuve. «Perdone las molestias causadas», me dice mientras lo acompaño a la puerta, donde nos encontramos a un chaval con un maletín y un grave problema de acné. La adolescencia que nunca tuve, supongo.
miércoles, 4 de febrero de 2009
La chica
La miro y me digo que se ha puesto ese escote por mí. La miro y le digo que siempre nos quedará la ciudad más fea de España. La miro y pienso que estuvimos cinco días en la cama como si pidiéramos la paz en el mundo, aunque lo que queríamos era que el mundo nos dejara en paz a nosotros. La miro y, en fin, pienso en todo lo que me gustaba hacerle a esta chica y todo lo que me gustaría hacerle. If I could hold on to just one thought for long enough to know why my mind is moving so fast and the conversation is slow, que cantaba Neil Young.
martes, 3 de febrero de 2009
Tanta luz en los ojos
Escribir y escribir luego un poco más. Estas mañanas en las que me dedico a buscar humedad en las esquinas y no entre tus piernas. Tanta luz en los ojos, que decía yo un día de resaca. Tanta luz en tus ojos, que me decía yo la otra noche para no mirarte todo el rato el escote. Tanto pasear por la calle con la mirada perdida y que nadie me la devuelva. Tantas noches que no son mías. Tantas chicas que podrían ser ella y que sin embargo no lo son. Tantas insensateces. Y que me hagas temblar tanto, sólo tú, cuando me vanaglorio de lo poco que me importa todo el mundo.
lunes, 2 de febrero de 2009
Death of a lady's man
En una calle solitaria intento besarla. Ella aparta la cara. Bueno, nuestros besos siempre han sido un poco así.
domingo, 1 de febrero de 2009
Death of a ladies' man
—Iba a quedar con la chica más bonita de Málaga, pero lo he cancelado para verte a ti. Aunque tú eres la chica más bonita del mundo, así que podrías decirme que no tiene mérito.
sábado, 31 de enero de 2009
Amanecer
Este es el estado de ánimo con el que se levantan los suicidas, pienso mientras me visto con parsimonia en una habitación de hotel decorada al estilo de los años cincuenta (españoles, no estadounidenses). Hay una silla en la habitación, pero no tengo ninguna cuerda. De todos modos, la silla es demasiado endeble como para subirse a ella. Si tuviera una cuerda, y suponiendo que pudiera colgarla de la viga sin necesidad de una silla, tendría que tomar carrerilla e intentar meter la cabeza en el lazo de un salto. Suicidios olímpicos.
Pero supongo que morir aquí sería apropiado.
Cojo mi equipaje y salgo de la historia.
Pero supongo que morir aquí sería apropiado.
Cojo mi equipaje y salgo de la historia.
miércoles, 28 de enero de 2009
Étiquette
Hay que levantarse un día más a perseguir la quimera. Hoy sí, tal vez, puede que sea hoy. Seguro, es fácil. Fíjate bien en los otros, imítalos. Átate bien los cordones, no andes encorvado. Sonríe, pero no demasiado, no asustes a nadie. Copia los sonidos que hacen cuando hablan. Sigue a los que se apresuran, si tienen tanta prisa será porque algo bueno les espera al final de su caminar. No te rindas hoy ni mañana. Tú también puedes fingir que estás vivo, como todos los demás.
La corbata es opcional.
La corbata es opcional.
martes, 27 de enero de 2009
La distancia
Estoy cansado de tener que alejarme siempre. Pues no te alejes, quédate cerca, me diría ella medio en broma. Pero no es alejarse, sino tener que hacerlo. Cuando ni siquiera es la cura. No es más que un remedio medieval, un remedio que tan sólo asegura la muerte del paciente (que también es segura sin tratamiento). Tampoco sé si así acelero o freno la enfermedad. De esto, como de tantas cosas, apenas sé nada.
lunes, 26 de enero de 2009
Demonios
«Quiero que te pongas las medias de mi difunta esposa», le pide con ojos llorosos a la prostituta. Vaya, otro cliente raro, se dice ésta antes de ponérselas. «María», dice el cliente cuando la ve pasearse por la habitación. Después se abalanza contra ella, la tira en la cama, la sujeta, la penetra violentamente, empieza a golpearla, rodea su cuello con las manos y aprieta hasta que la prostituta muere por asfixia. Hecho esto, se aparta los cabellos ralos de la cara, se sube los pantalones, le quita las medias a la muerta y se marcha. Exactamente como las seis veces anteriores.
domingo, 25 de enero de 2009
Aniversarios
Quizás hace falta poco para corromperme, querida. O quizás no me dejo corromper por cualquiera. Quién sabe. Podríamos tener una larga luna de miel en el exilio e intentar averiguarlo.
sábado, 24 de enero de 2009
Liturgia
Yo creía en muchas cosas, pero ya no. Y como es lógico, no me importa. Pero todavía podría fundar una religión sobre tu cuerpo y el mío. Te haría comulgar todos los días.
viernes, 23 de enero de 2009
Onirismos
Doctor, dedico un tiempo que no tengo a recordar una vida que no he vivido. Me paso el día entero perdido por los pasillos de mi imaginación, entrando de vez en cuando en habitaciones ocupadas por chicas que no recuerdo. Ellas, sin embargo, sonríen como si me conocieran, o quizás como si no me conocieran pero me amaran igualmente. Siempre hay un plato de sopa en la mesa, lluvia en la ventana, fuego en la chimenea, palabras de amor junto al oído.
jueves, 22 de enero de 2009
Ciertas bondades
Me dice Alba que soy mala persona. En realidad, me lo dice de otra manera: dice que soy un cabrón. Teniendo en cuenta que hace once años que nos conocemos, me molesta oír eso. Ante mis quejas, matiza un poco: «creo que en el fondo eres bueno, pero te portas bastante mal». Luego añade: «estoy segura de que todas las chicas con las que has estado te querían más que tú a ellas». Qué injusticia, pienso yo, pero reacciono enseguida. Como he dicho, son ya muchos años, y por eso sé que sólo lo dice para enfadarme, así que no le hago caso. Sonrío y asiento, lo que es un poco tonto, pues estamos hablando por teléfono.
Un rato después, recuerdo que Adriana me dijo que se me nota en la cara la maldad. «Pues cuando nos conocimos, me dijiste que tengo cara de buena persona», me defendí yo. «Ya, pero te mentí», contestó ella.
Un rato después, recuerdo que Adriana me dijo que se me nota en la cara la maldad. «Pues cuando nos conocimos, me dijiste que tengo cara de buena persona», me defendí yo. «Ya, pero te mentí», contestó ella.
miércoles, 21 de enero de 2009
Ligando (o algo parecido)
Me dice que ya está bien, que si sigue bebiendo va a follarme en alguna esquina. «Casualmente tengo algo de dinero, te invito a otra cerveza», le digo yo, pero ella no acepta.
martes, 20 de enero de 2009
Decadencias
He quedado hoy con unos amigos para jugar al pádel. Quizás ya va siendo hora de buscarme una cuarta ex novia.
lunes, 19 de enero de 2009
Contra la soledad
Qué triste es todo esto si ignoramos los matices, que de hecho no sé muy bien cuáles son. La salud, supongo, sería uno de ellos. Tengo una excelente salud, aunque no puedo dedicarla a nada. Escale usted el Everest, me dice un señor que surge de la nada o quizás de la imaginación. Es que no se me ha perdido nada ahí arriba, le contesto yo. Bah, es usted un quejica, en la cima del mundo los problemas son otros, responde él. Claro que sí. La falta de oxígeno, por ejemplo. Los aludes. El abominable hombre de las nieves. La imposibilidad de mantener una conversación coherente con alguien. Bueno, ese último ya lo tengo aquí.
domingo, 18 de enero de 2009
Contra la vida
Uno escribe para cambiar el mundo, dice alguien que se parece a mí y que no puede escapar del espejo. Yo le respondo que uno escribe para una chica, y cuando la chica no te contesta, empiezas a escribir para ti. Te da entonces por hablar solo, te embarcas en un soliloquio bastante triste y aburrido. Es algo que pensé este verano, cuando empecé a hablarle al arroz con pollo que estaba preparando. Supongo que le estaba hablando más al pollo que al arroz, claro. En cualquier caso, esto último tampoco es una locura tan grande, que escribir un diario también es hablar solo (todavía no ha contestado ningún diario, por suerte). Querido diario, no hay nadie aquí, salvo la sombra de una vida. Aunque yo a ratos veo desde mi ventana la vida entera. Y qué pocas mujeres desnudas pasan por ella.
sábado, 17 de enero de 2009
Saudade
Qué fría mañana. No sabes lo que echo de menos entrar en calor azotándote ese inmaculado culo. Claro que, por otra parte, nosotros no sabíamos lo que eran las mañanas.
viernes, 16 de enero de 2009
Huesos de color canela
Hoy han desenterrado a los abuelos para hacer sitio en el cementerio a los nuevos muertos. La juventud desplaza a los ancianos incluso en la muerte, he pensado. Los últimos modelos de muertos sustituyen a los antiguos. En cualquier caso, mis abuelos estaban irreconocibles, podrían haber pasado por los abuelos de otros. Sólo eran harapos y huesos de color canela. «Pobre Yorick; yo lo conocí, Horacio», le he susurrado a mi hermana, que ha respondido a esto dándome un codazo. Luego le han preguntado a mi madre si queríamos un nicho o si preferíamos incinerar los huesos. A mí me gustan los muertos poco hechos, he pensado yo.
jueves, 15 de enero de 2009
Personas de celuloide
Hay que respirar despacio, el pecho puede reventar de felicidad. Mas esto seguramente sea falso.
miércoles, 14 de enero de 2009
Les amants réguliers
—Estoy anotando en una libreta mensajes que me has mandado al móvil. Este es de noviembre.
—¿Y qué te digo?
—Cosas muy fuertes.
—¿El qué? ¿Que te quiero follar?
—Que me echas de menos.
—Bah, vete a la mierda.
—¿Y qué te digo?
—Cosas muy fuertes.
—¿El qué? ¿Que te quiero follar?
—Que me echas de menos.
—Bah, vete a la mierda.
martes, 13 de enero de 2009
La fama (a ratos)
Un periodista me hace una entrevista, es una sensación extraña. Cada vez que apunta algo en la libreta, me pregunto si no habré dicho una tontería.
lunes, 12 de enero de 2009
La vejez en bicicleta
Ahora que estoy jubilado, ahora que estoy en el otoño de la vida, me entretengo por las tardes dando largos paseos en bicicleta. La verdad es que también me lo ha aconsejado el médico, pero eso es lo de menos, yo lo hago para sentir una velocidad que ya no siento en la vida, para disfrutar de la suave caricia de la brisa en mi cabellera cana mientras atravieso como una exhalación el tráfico rugiente. Bueno, exagero un poco, en realidad me tomo con calma el pedaleo, soy un ciclista paciente. Paciente y crepuscular. Me dedico por tanto a circular a una velocidad prudente y sólo me detengo para observar a las muchachas en flor. Me gusta verlas sonreír, pues ya no me relaciono con mujeres que tengan todos los dientes. Si yo tuviera cuarenta años menos, me digo. Pero no es así, abuelo, parecen decirme con la mirada. Así que suspiro, me seco el sudor de la frente, echo una última mirada en su dirección y sigo pedaleando.
domingo, 11 de enero de 2009
El señor Belvedere sale de casa
El señor Belvedere sale de casa, lo que en principio no es demasiado relevante, pero así comienza nuestra historia. El señor Belvedere lleva un bombín en la cabeza y un bastón en la mano, aunque sería más original al revés. El señor Belvedere se parece a Hércules Poirot, pero sólo los jueves y hoy es lunes. El señor Belvedere se detiene en un kiosco y le pide al kiosquero, que por cierto es tuerto, un periódico con buenas noticias. El señor Belvedere lee el titular: War is over (if you want it). El señor Belvedere le pregunta al kiosquero «¿por qué es usted tuerto?» y éste responde «porque me falta un ojo». El señor Belvedere, como ya se dijo en otra ocasión, es anticuario y tiene su tienda de antigüedades en la otra parte de la ciudad. El señor Belvedere viaja en metro junto al narrador y se queja de que cada frase empiece con «el señor Belvedere», como si se tratara de un cuento infantil. El señor Belvedere sale del metro y cruza la calle nevada; la señorita Rottenmeier le abre la puerta de la tienda.
sábado, 10 de enero de 2009
Frío
Si tiemblo es por frío, no te equivoques. Un frío en los huesos que quisiera quitarme contigo, que siempre rehúyes mi compañía. Me obliga este deseo de vivir que me acompaña a todas partes. Pero puede que sepa desde hace mucho que esta enfermedad de días sin ti no va a desaparecer. Deliro y agonizo en mi febril estado. Quizás por eso me parece que tus pezones no han dejado de mirarme en toda la noche.
viernes, 9 de enero de 2009
La vida como telecomedia (2)
—A lo mejor te liaste con él por masoquismo, nena. ¿No lo has pensado?
—¿Me acabas de llamar «nena»?
—¿Yo? Habrá sido otro.
—¿Me acabas de llamar «nena»?
—¿Yo? Habrá sido otro.
jueves, 8 de enero de 2009
La vida como telecomedia
—Yo entiendo perfectamente que el amor se transforma. Sé que la atracción que siento ahora por mi novia no será la misma dentro de treinta años y que me fijaré en otras cosas.
—Sí, en las chicas jóvenes por la calle.
—Sí, en las chicas jóvenes por la calle.
miércoles, 7 de enero de 2009
Alone again or
Le decía yo hace poco a una chica que el amor no correspondido es el que tiene que justificarse siempre, el que se ve obligado a responder a preguntas como «¿por qué me quieres?» y presentar alegatos a afirmaciones como «no me conoces». Si dos personas se gustan al poco de conocerse, ninguna esgrimirá el «no me conoces» para neutralizar el amor del otro. No es conveniente. Por el contrario, pobre del que se encuentre solo en su deseo, pues tendrá que explicarse y justificarse continuamente. «Me gustas por esto, querida, todas mis razones son válidas». Como si fuera una fórmula matemática que hay que demostrar. Se dan incluso casos de extremo ridículo en los que hay que narrar el momento exacto en el que el acusado se enamoró de la demandante. «Sí, fue cuando te tocaste el pelo por tercera vez, entonces me enamoré de ti».
Claro que a veces uno sólo quiere saber. Yo a una chica le pregunté en cierta ocasión: «¿por qué te gusto?». No porque no fuera mutuo, que ya entonces estaba yo rendido a sus encantos (de hecho, esto fue en la cama), ni por poca autoestima, sino porque nunca me había dicho nada al respecto, así que me daba la impresión de que le gustaba porque sí, y a mí los porque sí y los porque no nunca me han gustado nada, que bastante arbitraria es ya la vida como para que colaboremos con ella. Así que después de follar le pregunté. Recuerdo que me miró con sincero asombro y me preguntó si lo decía en serio. Contesté que sí. Ella sonrió y me dijo todo lo que le gustaba de mí, un montón de cosas que sentaban fabulosamente bien al ego. Como era de esperar, no consigo recordar ni una palabra.
Claro que a veces uno sólo quiere saber. Yo a una chica le pregunté en cierta ocasión: «¿por qué te gusto?». No porque no fuera mutuo, que ya entonces estaba yo rendido a sus encantos (de hecho, esto fue en la cama), ni por poca autoestima, sino porque nunca me había dicho nada al respecto, así que me daba la impresión de que le gustaba porque sí, y a mí los porque sí y los porque no nunca me han gustado nada, que bastante arbitraria es ya la vida como para que colaboremos con ella. Así que después de follar le pregunté. Recuerdo que me miró con sincero asombro y me preguntó si lo decía en serio. Contesté que sí. Ella sonrió y me dijo todo lo que le gustaba de mí, un montón de cosas que sentaban fabulosamente bien al ego. Como era de esperar, no consigo recordar ni una palabra.
martes, 6 de enero de 2009
Diario
Por la tarde, una chica me dijo que soy orgulloso, grosero, injusto y cruel. Por la noche, quedamos.
lunes, 5 de enero de 2009
La otra vida
Hoy ha sido el funeral de la tía Virtudes. El padre Anselmo ha hablado de la inmortalidad del alma en su sermón y yo he pensado que tiene que ser un gran consuelo creer que todos estos fracasos vitales en realidad no significan nada, que no importan en absoluto, que la vida es tan sólo una enorme broma y que lo importante viene después. He pensado luego en la tía Virtudes, en todos esos tics que tenía, esos guiños incontrolables. ¿Conservará el alma los tics en la otra vida?, me he preguntado. Se lo he dicho a Martín, que se ha reído de mí y me ha contestado que el alma no puede tener tics de ningún tipo, pues no es corpórea. «El alma es como vapor», me ha asegurado. He aquí una teoría interesante, me he dicho, la muerte no es más que evaporación. «Claro», le he contestado, «las almas son las nubes que surcan el cielo». «Bueno, no exactamente, pero sí, el alma es como un gas», ha respondido él. Se me ha ocurrido entonces que estaría bien que alguien pusiera a la venta refrescos carbonatados con almas. A eso sí podríamos llamarlo bebidas espirituosas.
domingo, 4 de enero de 2009
Favores
Podríamos dormir juntos esta noche, le digo yo. Pero ella me contesta que no puede hacerme eso, que el fracaso hace juego con mis ojos y me hace parecer más delgado, que mi piel resplandece de derrota y que, en fin, los ganadores, admitámoslo, no tienen tanta gracia.
sábado, 3 de enero de 2009
La vida
Me digo que esas náuseas con las que me levanto cada mañana me las provoca la vida. O eso o estoy embarazado, claro, pero ambas opciones son bastante tontas. No importa; la vida, al fin y al cabo, es una mentira que se han inventado otros. Las chicas entran al cuarto de baño a meterse coca y yo estoy en otra parte.
Se me ocurre de pronto que se nos han ido los mejores años de nuestra vida en no estar juntos.
Se me ocurre de pronto que se nos han ido los mejores años de nuestra vida en no estar juntos.
viernes, 2 de enero de 2009
Reuniendo los pedazos
Aquí es donde termina nuestra historia, en este punto geográfico, en este día de la semana, en esta hora de la noche. Vivo aquí, donde nadie me espera. Mi amor me lo guardo como me guardo tantas cosas. Lo olvido todo con facilidad. Yo escribo para molestar.
jueves, 1 de enero de 2009
Año nuevo, vida nueva
—Tendrías que verme ahora, te iba a gustar mucho. Estoy muy guapa, de hecho no creo que hayas visto en tu vida una chica tan guapa. Te iba a encantar.
—¿Y cómo estás tan segura?
—Porque te conozco.
—A ver, imagino que llevas un vestido y el pelo suelto.
—Sí. Y un tanga rojo muy bonito.
—Así me gusta. Pero seguro que te has maquillado.
—No, sólo me he pintado los labios.
—¿Seguro?
—En serio. Oye, tengo que dejarte, que este va a pensar que estoy tardando mucho.
—Vale, cuídate.
—Un beso.
—¿Y cómo estás tan segura?
—Porque te conozco.
—A ver, imagino que llevas un vestido y el pelo suelto.
—Sí. Y un tanga rojo muy bonito.
—Así me gusta. Pero seguro que te has maquillado.
—No, sólo me he pintado los labios.
—¿Seguro?
—En serio. Oye, tengo que dejarte, que este va a pensar que estoy tardando mucho.
—Vale, cuídate.
—Un beso.
miércoles, 31 de diciembre de 2008
Contemplando paisajes imaginarios
Sí, ha sido un año raro. Mejor que los dos anteriores (el listón tampoco estaba demasiado alto), pero raro. A tuvo un hijo, me enamoré, gané un primer premio en un concurso de relatos (y otra mención especial en Málagacrea), tuve una crisis vital importantísima (que todavía me dura), vi a Neil Young y a Leonard Cohen, cumplí treinta años (que son muchos más de los que esperaba cumplir en un primer momento), escribí un libro, me lié de nuevo con A y ya son dos años seguidos (en 2009 nos toca de nuevo), estuve en la cama con una chica mientras su ex amante musulmán aporreaba la puerta y, en fin, alguna cosa más y sobreviví a todo ello.
Así se resume un año entero en unas pocas líneas. Podría extenderme, pero, parafraseando a Gorgias, ciertas experiencias son incomunicables. El amor, por ejemplo. No tiene sentido intentar explicar, por ejemplo, que fui más feliz en cinco días con ella que en los cinco años anteriores. O el momento terrorífico, no exento de humor, de pensar: me gusta tanto que está claro que no puede salir bien. O contar aquella vez que se puso a hablar en francés por teléfono con su madre y yo me excité pero me dije: cómo le vas a meter mano mientras habla con su madre, qué clase de pervertido estás hecho. O aquella vez que le dije ma petite cochonne y se hizo la ofendida. O blablablá. No importa. Nadie puede entenderlo.
Por otra parte, el amor no correspondido tiene siempre algo de ridículo.
Y ya está, eso es todo, aquí no hay nada que mirar, apaguen la luz al salir, no hagan ruido, no murmuren a espaldas del autor, que es un autor consagrado (a la tarea de perder). Recuerden que todavía no me ha vencido del todo la vida. Puede que tenga treinta años, pero no estoy calvo, no tengo barriga, no me sale pelo de las orejas (aunque creo que esto último es a edades más avanzadas). Me tumbarán mil veces, que lo harán, y mil veces me levantaré, aunque cada vez más maltrecho y con menos dientes en la sonrisa. Y amaré a mujeres que amarán a otros, pero yo les diré que soy Míchel Noguera, que qué me van a contar a mí, si yo he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser...
Así se resume un año entero en unas pocas líneas. Podría extenderme, pero, parafraseando a Gorgias, ciertas experiencias son incomunicables. El amor, por ejemplo. No tiene sentido intentar explicar, por ejemplo, que fui más feliz en cinco días con ella que en los cinco años anteriores. O el momento terrorífico, no exento de humor, de pensar: me gusta tanto que está claro que no puede salir bien. O contar aquella vez que se puso a hablar en francés por teléfono con su madre y yo me excité pero me dije: cómo le vas a meter mano mientras habla con su madre, qué clase de pervertido estás hecho. O aquella vez que le dije ma petite cochonne y se hizo la ofendida. O blablablá. No importa. Nadie puede entenderlo.
Por otra parte, el amor no correspondido tiene siempre algo de ridículo.
Y ya está, eso es todo, aquí no hay nada que mirar, apaguen la luz al salir, no hagan ruido, no murmuren a espaldas del autor, que es un autor consagrado (a la tarea de perder). Recuerden que todavía no me ha vencido del todo la vida. Puede que tenga treinta años, pero no estoy calvo, no tengo barriga, no me sale pelo de las orejas (aunque creo que esto último es a edades más avanzadas). Me tumbarán mil veces, que lo harán, y mil veces me levantaré, aunque cada vez más maltrecho y con menos dientes en la sonrisa. Y amaré a mujeres que amarán a otros, pero yo les diré que soy Míchel Noguera, que qué me van a contar a mí, si yo he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser...
martes, 30 de diciembre de 2008
Wille zum Leben
Qué cansado estoy de la vida, le digo a un amigo. Yo estoy hecho para otra cosa, todavía no sé para qué, pero cualquier día lo descubro, ya lo verás. El otro día, por ejemplo, me tumbé en la cama un rato a esperar que pasara algo, cualquier cosa, pero no pasó nada. O sí. Estaba escuchando a Leonard Cohen, qué novedad, y cuando cantó aquello de «she says: "my body is the light, my body is the way"», me puse a pensar en una chica que perdí no sé muy bien cómo. Sí, su cuerpo era la luz y el camino, me dije, para mí no había más religión que esa. Así que lo que pasó es que tuve una revelación de algo que ya sabía, lo que no es una gran revelación. Pero estuvo bien pararse a pensar en ello, como si se tratara de un momento importante de mi vida. Claro que estas cosas funcionan mejor en la literatura que en la realidad, pues la vida sigue siendo la misma.
lunes, 29 de diciembre de 2008
Modas
La gente que vive en casas redondas se queja amargamente. Viva en una casa redonda y libre de esquinas. Diga adiós a los ángulos rectos. Tenga esferas semiindependientes como habitaciones. El mundo como burbuja y viceversa. Cosas así decía la propaganda, pero luego llegó el choque con la realidad, pues resulta bastante difícil encajar muebles de líneas rectas en paredes curvas. Por no hablar de esos suelos tan poco prácticos.
domingo, 28 de diciembre de 2008
Incisiones
Ella me dice: «¿Sabes? Todas esas cosas que tanto te gustaban de mí, él las detesta». Y yo vuelvo a sentir ese viejo dolor.
sábado, 27 de diciembre de 2008
Ciudades hundidas
Entra mi mujer. Como si esto fuera una obra de teatro, que creo que no lo es. Qué haces, me pregunta. Pienso, le contesto con lo que me parece un gesto sombrío, aunque la iluminación del cuarto es excesiva. En qué, me interroga. Ya me gustaría a mí saberlo, ya, pero no puedo contestar eso, pensaría que le estoy ocultando la verdad, así que miento. En la muerte, respondo. Siempre estás con lo mismo, se queja ella. Yo asiento.
viernes, 26 de diciembre de 2008
En el banco
Yo estaba haciendo cola en el banco. Era verano, creo. Cansado de mirar la coronilla de la vieja que tenía delante, reparé en un cartel que decía: «Estamos todo el tiempo pensando en ti». Es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo, pensé yo.
jueves, 25 de diciembre de 2008
Algo así
Yo reiría si hubiera motivos para reír y amaría si hubiera motivos para amar. Pero no los hay, no hay nada, sólo un lento pasar de los días y las noches hasta que por fin se apagan las luces de una sala de cine vacía.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
Hipocondrías
Cada vez que leo los síntomas de alguna enfermedad mental, pienso: la tengo. Quizás hacen como con los horóscopos, que los redactan de forma que sirvan para cualquiera.
martes, 23 de diciembre de 2008
Las navidades del señor Belvedere
Al señor Belvedere le importaba mucho su vecina, le importaba productos exóticos que no podía conseguir por vías normales. Este comercio estraperlista pasaba desapercibido para las autoridades, que estaban demasiado ocupadas dirigiendo el país hacia el siglo XX (había todavía un retraso considerable, se esperaba llegar al siglo XXI a mediados del XXII). Entre los productos exóticos que importaba para Belvedere se encontraban artículos como perlas de lluvia venidas de países donde nunca llueve —que es de una canción de Jacques Brel, pero como está muerto no puede demandar al autor de este relato—, sellos corintios, distintas especies de especias (pólvora, azufre, arsénico), popes ortodoxos, hotentotes hugonotes, balalaicas para ambidextros, bulas papales que permitían infringir los diez mandamientos, lencería francesa, chocolate suizo y un sinfín de cosas necesarias para una buena vida.
Sucedió que ese año se adelantó la navidad debido al cambio climático. El 16 de octubre era Nochebuena y Belvedere esperaba un pedido importante para la semana anterior a esa fecha, ya que se había propuesto colmar de regalos a sus familiares como si de un príncipe de cuento se tratara. Pero los días iban pasando y el pedido no llegaba, lo que naturalmente preocupaba a Belvedere, que era un tipo paciente sólo hasta cierto punto, pues esperar eternamente puede ser muy elevado para el espíritu, pero no es nada práctico. Armándose de valor (y de granadas de mano, por si el valor no era suficiente), fue a hablar con su vecina. Ninguna precaución estaba de más, ya que se decía que Virtudes, que así se llamaba la vecina, tenía negocios con diversas mafias internacionales y murcianas. Golpeó la puerta de su apartamento quedamente, como con timidez y esperó durante lo que le pareció una eternidad (recuérdese que era paciente sólo hasta cierto punto). Finalmente se abrió la puerta y en el umbral apareció una nube de humo y rulos. Era Virtudes, que tenía un grave problema de tabaquismo.
—¿Qué te trae por aquí, Belvedere? —preguntó con la voz de ultratumba resultante de tantos cigarrillos.
—¿Qué hay de lo mío? —balbució el interpelado.
—El horror, el horror —contestó ella imitando a Marlon Brando, con quien tenía un extraordinario parecido físico.
Lo que había sucedido, según le explicó, era que unos piratas somalíes habían interceptado el barco que transportaba la mercancía solicitada y ésta, por tanto, no llegaría jamás. ¡Qué desastre!, se lamentó Belvedere. Adiós a la Navidad, no habrá regalos este año, navidades negras. Virtudes, viéndolo tan abatido, intentó consolarlo devolviéndole el dinero, aunque no tenía ninguna obligación legal puesto que no habían firmado ningún contrato, y es que el mercado negro está muy mal regulado. Belvedere le agradeció de corazón tan bello gesto y se despidió de ella. ¿Qué hacer?, se preguntaba mientras volvía a su piso. No podía quedar mal delante de la familia, tendría que improvisar unos regalos aceptables con lo que pudiera encontrar. Se encerró en su piso dispuesto a resolver el problema o morir en el intento.
Como es natural e inevitable, pasaron los días, de forma que por fin llegó Nochebuena. La ciudad estaba engalanada para la ocasión y llena del espíritu navideño propio de una obra de Dickens: pedigüeños famélicos solicitaban limosna, jovencitas se prostituían, niños lisiados morían en las calles. El gobierno no había reparado en gastos este año para conseguir lo que todos deseaban: una navidad de cuento. Belvedere, imbuido del mismo espíritu navideño que inundaba las calles, decidió ir bailando sobre la nieve (que había sido comprada en Finlandia) todo el camino hasta casa de su tío Víctor Hugo. Al llegar a ella, le abrió la puerta la mujer de su tío, Influenza.
—Hola, Belvedere —dijo ella.
—Hola, Influenza —contestó él.
Conscientes de la poca originalidad de sus saludos, decidieron no decirse nada más.
¿Qué me has traído?, gritó de pronto la voz infantil de un niño (los niños suelen tener voces infantiles, pero no está de más insistir en ello). El niño era Tñz, un pequeño indígena que Víctor Hugo había adoptado en uno de sus viajes al Amazonas, pues había aceptado la jubilación aventurera que ofrecía el gobierno para deshacerse de los ancianos que se empeñaban en cobrar sus pensiones (hasta ahora Víctor Hugo había conseguido sobrevivir, lo que resultaba perjudicial para los presupuestos estatales).
—No te lo puedo decir todavía —le explicó Belvedere al pequeño saltimbanqui—, tienes que esperar a la mañana de Navidad, es la tradición.
—Qué rollo —dijo el niño en un ejercicio de precoz heterodoxia.
El tío Víctor Hugo, que a pesar de su nombre se parecía a Tolstoi, bajó las escaleras y dijo algo en polaco, idioma que estudiaba por telepatía. Luego le dio un afectuoso abrazo a su sobrino intentando robarle la cartera, que era una costumbre familiar. Belvedere le abofeteó un par de veces e Influenza anunció que la cena estaba lista. Se sentaron a la mesa y esperaron a que la bendijera uno de los popes que Belvedere había importado ese año, después cenaron excelentes viandas. Influenza dijo que había kiwi de postre. No, gracias, nunca como aves, respondió Belvedere. Todos eran mis hijos, dijo de pronto Víctor Hugo, que gustaba de hacerse el enigmático. Influenza comenzó a sollozar quedamente al recordar que Jesucristo estaba muerto. Tñz preguntó si podían abrir ya los regalos. Decidieron que era buena idea.
Víctor Hugo miró a su mujer a los ojos y le regaló un consejo: nunca consumas alimentos caducados, cariño. Ella le contestó que era un hombre horrible y que ya se lo había advertido su madre, luego le dio el jersey que había tejido para él. Tñz recibió de Influenza un patinete, aunque el niño esperaba una videoconsola. Víctor Hugo dijo: yo te regalo el futuro, hijo mío, es todo tuyo, disfrútalo. A Belvedere le dieron unos calcetines y las gracias por venir.
—¿Y tú qué regalos traes, sobrino? —preguntó Víctor Hugo con su característica voz de barítono.
—Ahora lo veréis —contestó Belvedere.
A su tío le entregó una corbata, pero no una corbata cualquiera, sino una corbata-espada muy práctica (y elegante) para defenderse de maleantes. La había confeccionado cosiendo dos corbatas de manera que ocultaran un machete entre ellas. A Tñz le dio unos ojos de cristal de su colección para que jugara a las canicas (los diferentes iris entusiasmaron al niño). A Influenza le dio la vacuna contra la gripe, matándola al instante. Ante esto, el tío Víctor Hugo encogió los hombros. Tñz, que era jíbaro, encogió la cabeza de la muerta.
Sucedió que ese año se adelantó la navidad debido al cambio climático. El 16 de octubre era Nochebuena y Belvedere esperaba un pedido importante para la semana anterior a esa fecha, ya que se había propuesto colmar de regalos a sus familiares como si de un príncipe de cuento se tratara. Pero los días iban pasando y el pedido no llegaba, lo que naturalmente preocupaba a Belvedere, que era un tipo paciente sólo hasta cierto punto, pues esperar eternamente puede ser muy elevado para el espíritu, pero no es nada práctico. Armándose de valor (y de granadas de mano, por si el valor no era suficiente), fue a hablar con su vecina. Ninguna precaución estaba de más, ya que se decía que Virtudes, que así se llamaba la vecina, tenía negocios con diversas mafias internacionales y murcianas. Golpeó la puerta de su apartamento quedamente, como con timidez y esperó durante lo que le pareció una eternidad (recuérdese que era paciente sólo hasta cierto punto). Finalmente se abrió la puerta y en el umbral apareció una nube de humo y rulos. Era Virtudes, que tenía un grave problema de tabaquismo.
—¿Qué te trae por aquí, Belvedere? —preguntó con la voz de ultratumba resultante de tantos cigarrillos.
—¿Qué hay de lo mío? —balbució el interpelado.
—El horror, el horror —contestó ella imitando a Marlon Brando, con quien tenía un extraordinario parecido físico.
Lo que había sucedido, según le explicó, era que unos piratas somalíes habían interceptado el barco que transportaba la mercancía solicitada y ésta, por tanto, no llegaría jamás. ¡Qué desastre!, se lamentó Belvedere. Adiós a la Navidad, no habrá regalos este año, navidades negras. Virtudes, viéndolo tan abatido, intentó consolarlo devolviéndole el dinero, aunque no tenía ninguna obligación legal puesto que no habían firmado ningún contrato, y es que el mercado negro está muy mal regulado. Belvedere le agradeció de corazón tan bello gesto y se despidió de ella. ¿Qué hacer?, se preguntaba mientras volvía a su piso. No podía quedar mal delante de la familia, tendría que improvisar unos regalos aceptables con lo que pudiera encontrar. Se encerró en su piso dispuesto a resolver el problema o morir en el intento.
Como es natural e inevitable, pasaron los días, de forma que por fin llegó Nochebuena. La ciudad estaba engalanada para la ocasión y llena del espíritu navideño propio de una obra de Dickens: pedigüeños famélicos solicitaban limosna, jovencitas se prostituían, niños lisiados morían en las calles. El gobierno no había reparado en gastos este año para conseguir lo que todos deseaban: una navidad de cuento. Belvedere, imbuido del mismo espíritu navideño que inundaba las calles, decidió ir bailando sobre la nieve (que había sido comprada en Finlandia) todo el camino hasta casa de su tío Víctor Hugo. Al llegar a ella, le abrió la puerta la mujer de su tío, Influenza.
—Hola, Belvedere —dijo ella.
—Hola, Influenza —contestó él.
Conscientes de la poca originalidad de sus saludos, decidieron no decirse nada más.
¿Qué me has traído?, gritó de pronto la voz infantil de un niño (los niños suelen tener voces infantiles, pero no está de más insistir en ello). El niño era Tñz, un pequeño indígena que Víctor Hugo había adoptado en uno de sus viajes al Amazonas, pues había aceptado la jubilación aventurera que ofrecía el gobierno para deshacerse de los ancianos que se empeñaban en cobrar sus pensiones (hasta ahora Víctor Hugo había conseguido sobrevivir, lo que resultaba perjudicial para los presupuestos estatales).
—No te lo puedo decir todavía —le explicó Belvedere al pequeño saltimbanqui—, tienes que esperar a la mañana de Navidad, es la tradición.
—Qué rollo —dijo el niño en un ejercicio de precoz heterodoxia.
El tío Víctor Hugo, que a pesar de su nombre se parecía a Tolstoi, bajó las escaleras y dijo algo en polaco, idioma que estudiaba por telepatía. Luego le dio un afectuoso abrazo a su sobrino intentando robarle la cartera, que era una costumbre familiar. Belvedere le abofeteó un par de veces e Influenza anunció que la cena estaba lista. Se sentaron a la mesa y esperaron a que la bendijera uno de los popes que Belvedere había importado ese año, después cenaron excelentes viandas. Influenza dijo que había kiwi de postre. No, gracias, nunca como aves, respondió Belvedere. Todos eran mis hijos, dijo de pronto Víctor Hugo, que gustaba de hacerse el enigmático. Influenza comenzó a sollozar quedamente al recordar que Jesucristo estaba muerto. Tñz preguntó si podían abrir ya los regalos. Decidieron que era buena idea.
Víctor Hugo miró a su mujer a los ojos y le regaló un consejo: nunca consumas alimentos caducados, cariño. Ella le contestó que era un hombre horrible y que ya se lo había advertido su madre, luego le dio el jersey que había tejido para él. Tñz recibió de Influenza un patinete, aunque el niño esperaba una videoconsola. Víctor Hugo dijo: yo te regalo el futuro, hijo mío, es todo tuyo, disfrútalo. A Belvedere le dieron unos calcetines y las gracias por venir.
—¿Y tú qué regalos traes, sobrino? —preguntó Víctor Hugo con su característica voz de barítono.
—Ahora lo veréis —contestó Belvedere.
A su tío le entregó una corbata, pero no una corbata cualquiera, sino una corbata-espada muy práctica (y elegante) para defenderse de maleantes. La había confeccionado cosiendo dos corbatas de manera que ocultaran un machete entre ellas. A Tñz le dio unos ojos de cristal de su colección para que jugara a las canicas (los diferentes iris entusiasmaron al niño). A Influenza le dio la vacuna contra la gripe, matándola al instante. Ante esto, el tío Víctor Hugo encogió los hombros. Tñz, que era jíbaro, encogió la cabeza de la muerta.
lunes, 22 de diciembre de 2008
Amores locos
No es una loca, no te confundas, hablar así sería decir que es un caso excepcional cuando en realidad es otra loca. Me las regalan, se podría decir. Es como si encontraran mi rastro nada más salir del manicomio y lo siguieran, con la mirada perdida, hasta dar conmigo. Me las imagino asistiendo a sus terapias de grupo con carpetas forradas con mis fotos. Da que pensar este impacto entre la población demente, ¿no te parece? Me gustaría creer que ven en mí la solución a su locura, que para ellas soy una especie de psiquiatra sentimental, pero no me engaño, imagino que la verdadera explicación será aún más absurda, porque quién sabe cómo piensan las locas. Ni ellas. Quizás lo de perseguirme no sea algo inherente a su condición de locas, tal vez se han puesto de acuerdo, como en aquella canción de Kortatu en la que los locos decidían en asamblea que al día siguiente luciría el sol y haría buen tiempo.
domingo, 21 de diciembre de 2008
Imaginería
Colgaré de un árbol del jardín, como una piñata, como un farol chino. Mis pies, quizás, rozarán las briznas de hierba. Me balancearé suavemente, como un niño al que mece con amor su madre, y mi cuerpo será un péndulo que señala dónde crece la mandrágora. Los cuervos se posarán en mi cabeza y picotearán mis ojos. O no, seguro que los vecinos impiden todo esto.
sábado, 20 de diciembre de 2008
Al teléfono
—Hola, cuánto tiempo, ya pensaba que estabas muerta. He estado mirando la sección de sucesos y todo.
—Pues bastaba con llamarme.
—Ya, lo pensé, pero luego me dije: bah, si está muerta no tiene sentido que la llame.
—Pues bastaba con llamarme.
—Ya, lo pensé, pero luego me dije: bah, si está muerta no tiene sentido que la llame.
viernes, 19 de diciembre de 2008
Aerobic con Hanoi Jane
He pasado la tarde mirando libros que no puedo comprarme. Me vendría bien un trabajo (o ganar un concurso de macramé). Ya podría contratarme alguna revista de tendencias para que escribiera una columna de actualidad. Se lleva la vida, está demodé la muerte. La televisión, qué ver: nada, salvo algunas series yanquis. Música: hablar del enésimo disco que suena igual que un millón de discos anteriores. Criticar a la chica joven con talento que deja el rollo folkie para grabar una mierda de canción con un moderno que no sabe si llevar barba o patillas. O hablar de política. El gobierno: hay que derribarlo siempre. La oposición: hay que derribarla siempre. Escribir de cuando Nietzsche embadurnaba de heces las paredes del manicomio de Basilea. Bueno, eso no es muy actual. Hablar de la destrucción del amor, del cambio climático, de enfermedades venéreas, de campañas subnormales para jóvenes, de la crisis económica, de crucifijos, de zapatazos al presidente de Estados Unidos, de fútbol, de violencia doméstica.
Pasar de puta del Vietcong a vender vídeos de aerobic, ahí está la clave. Hay que saber venderse y yo eso puedo hacerlo muy bien, que ya no creo en nada. El nihilismo es un humanismo y blablablá. Renunciar, al final todo se reduce a eso. Lo cierto es que yo tengo muy poco de zen, aunque me deje convencer por Marina cuando me dice que vaya con ella a meditar a Barcelona. No aguantarás ni un día, me dice, y tiene razón, que yo soy de discutir a los cinco minutos con el líder de la secta. Pero digamos que no, digamos que puedo ser otro, que uno puede y debe crearse como una obra de arte, ya lo decía Foucault, creo. Una obra de arte controvertida y que atente contra las buenas costumbres. O todo lo contrario y recibir subvenciones.
En otro orden de cosas, las calles están llenas de chicas guapas, pero todas van del brazo de otro. Qué extraño es todo.
Pasar de puta del Vietcong a vender vídeos de aerobic, ahí está la clave. Hay que saber venderse y yo eso puedo hacerlo muy bien, que ya no creo en nada. El nihilismo es un humanismo y blablablá. Renunciar, al final todo se reduce a eso. Lo cierto es que yo tengo muy poco de zen, aunque me deje convencer por Marina cuando me dice que vaya con ella a meditar a Barcelona. No aguantarás ni un día, me dice, y tiene razón, que yo soy de discutir a los cinco minutos con el líder de la secta. Pero digamos que no, digamos que puedo ser otro, que uno puede y debe crearse como una obra de arte, ya lo decía Foucault, creo. Una obra de arte controvertida y que atente contra las buenas costumbres. O todo lo contrario y recibir subvenciones.
En otro orden de cosas, las calles están llenas de chicas guapas, pero todas van del brazo de otro. Qué extraño es todo.
jueves, 18 de diciembre de 2008
La vida novelada
Yo no sé nada de la vida, por eso me la invento, pero la verdad es que me ha ido muy bien así. Ya son diez años de fabulaciones y todavía no se ha quejado nadie. Es irónico ganarse la vida inventándosela, pero los lectores quieren aventuras exóticas, no una rutina gris como la que también viven ellos. ¿Serían mis novelas un éxito si el protagonista deambulara por las páginas realizando las actividades más aburridas del mundo? Con un horario estricto de tedio, siempre haciendo todo a la misma hora. Esperando a la muerte sin esperarla, porque no va a llegar mañana, ni la semana que viene. ¿Quién querría leer eso?
miércoles, 17 de diciembre de 2008
This time tomorrow
Me abordó en un bar. Me pareció demasiado bonita para ser prostituta, pero no iba a discutir mi buena suerte. Como era de esperar, acabamos en un hotel de mala muerte. Me encendía que fingiera ser tímida y dispuse de su cuerpo con la vehemencia de las grandes ocasiones. «Es la primera vez que hago esto», me dijo luego. «Quería engañar a mi marido, pero pensé que sería mejor hacerlo con un desconocido». «¿Y lo de presentarte como prostituta?», dije yo. «Pensé que agilizaría las cosas. Además, así sacaba algo de provecho, algo más que la simple venganza». «¿Qué te ha hecho tu marido?», le pregunté. «Se acuesta con su secretaria, el muy idiota cree que no lo sé», me contestó. Yo pensé en decirle que era la primera vez que iba de putas, pero me habría notado en la cara que mentía. Nos despedimos frente a la entrada del hotel con un apretón de manos, como si no nos hubiéramos estado revolcando desnudos un momento antes. No le pregunté si nos veríamos de nuevo, algo me decía que no. Pero seguí yendo a aquel bar, por si acaso.
martes, 16 de diciembre de 2008
Cuentos navideños
En estas fechas tan entrañables lo más navideño que hago es acostarme con Belén. A Belén, pastores, dice el villancico. Y eso hago yo, que tengo aspecto de pastor de cabras afgano (la nacionalidad de las cabras es irrelevante, aunque se las supone afganas también por pura coherencia argumental). Entro y salgo de Belén todas las noches, aunque no a ritmo de villancico, que sería un poco aburrido. Así, con cada nuevo encuentro celebramos habernos encontrado y nos decimos que la nuestra es sin duda una bella tradición.
lunes, 15 de diciembre de 2008
Más aventuras en el país de la psicopatía
Ebrio por las calles de la ciudad llamo a cierta chica, que me dice que vaya a verla. Me presento en su piso y en la cama me cuenta que un compañero del trabajo está obsesionado con ella y que quizás venga más tarde, que la noche anterior lo hizo para contarle su vida. «Es un tipo muy violento, machista y celoso», me cuenta. «Es marroquí y se llama Abdul». «Vaya, ¿no podría ser menos estereotipado?», pregunto yo. A eso de las tres y pico de la mañana llaman al portal. Es él, claro. Antes de que pueda protestar, ella se levanta y va a decirle no sé qué. Vuelve y me cuenta lo que ha pasado. Le ha dicho que no puede dejarle pasar, que su compañera de piso está dormida y que no son horas. Él ha contestado que eso no puede ser, que acaba de pasar por el bar donde trabaja la compañera de piso de marras y estaba allí. Ella se ve obligada a improvisar: «sí, pero no se encontraba bien y ha venido». Él no parece nada convencido, pero se marcha. «Imagina que entra aquí y te ve», me dice ella. «Encima está borracho».
Un par de minutos después, vuelve a llamar. Ella comete de nuevo la imprudencia de ir a ver qué quiere. «Lo vas a pagar», es básicamente todo lo que dice el tal Abdul. Ella vuelve a la cama y ya es hora, que empieza a dolerme la cabeza y lo que me apetece es dormir; es tarde y ya no tengo edad para chorradas de Otelo, el moro de Venecia.
A las cinco de la mañana, o a las cinco y media, vuelve a sonar el timbre del portal. «Que le den por culo, ya se cansará», digo yo. Pero no se cansa, no. Llama insistentemente durante más de media hora, en un alarde de estabilidad mental. Entonces un vecino decide intervenir y lo hace... abriéndole la puerta. En esta parte de la ciudad no hay ni una sola persona cuerda, por lo visto. ¿O acaso es normal abrirle a un psicópata que llama al portal durante cuarenta y cinco minutos? Imagino que el vecino habrá pensado: que la mate ya, pero sin despertar a todo el edificio. Bien, el caso es que ahora tenemos al psicópata en la puerta del piso, llamando al timbre y no tocando alegres melodías, no, sino tocando todo el rato la misma, la sonata del loco, una y otra vez, una y otra vez, como descargando su furia homicida en el timbre. Yo con resaca y un marroquí furioso en la puerta, menuda noche. Empiezo a cabrearme, lo que no es nada juicioso, que me lo imagino de dos metros, de rostro patibulario, con los ojos inyectados en sangre. Da igual, qué cojones, la razón me asiste y me duele la cabeza. Pero como sueño con una muerte mejor, le digo a la chica que llame a la policía, al fin y al cabo sigo midiendo 1,70 y lo único que sé de boxeo es Ali, bomaye.
Afortunadamente para todos, la autoridad competente resuelve la situación a eso de las siete de la mañana.
«¿Escribirás de esto?», me pregunta ella por la tarde. «Sí, supongo que sí», respondo. «¿Ves cómo soy tu musa?», dice con una sonrisa, «te sirvo de inspiración». «Bueno, no sé si tú o el moro», contesto yo.
Un par de minutos después, vuelve a llamar. Ella comete de nuevo la imprudencia de ir a ver qué quiere. «Lo vas a pagar», es básicamente todo lo que dice el tal Abdul. Ella vuelve a la cama y ya es hora, que empieza a dolerme la cabeza y lo que me apetece es dormir; es tarde y ya no tengo edad para chorradas de Otelo, el moro de Venecia.
A las cinco de la mañana, o a las cinco y media, vuelve a sonar el timbre del portal. «Que le den por culo, ya se cansará», digo yo. Pero no se cansa, no. Llama insistentemente durante más de media hora, en un alarde de estabilidad mental. Entonces un vecino decide intervenir y lo hace... abriéndole la puerta. En esta parte de la ciudad no hay ni una sola persona cuerda, por lo visto. ¿O acaso es normal abrirle a un psicópata que llama al portal durante cuarenta y cinco minutos? Imagino que el vecino habrá pensado: que la mate ya, pero sin despertar a todo el edificio. Bien, el caso es que ahora tenemos al psicópata en la puerta del piso, llamando al timbre y no tocando alegres melodías, no, sino tocando todo el rato la misma, la sonata del loco, una y otra vez, una y otra vez, como descargando su furia homicida en el timbre. Yo con resaca y un marroquí furioso en la puerta, menuda noche. Empiezo a cabrearme, lo que no es nada juicioso, que me lo imagino de dos metros, de rostro patibulario, con los ojos inyectados en sangre. Da igual, qué cojones, la razón me asiste y me duele la cabeza. Pero como sueño con una muerte mejor, le digo a la chica que llame a la policía, al fin y al cabo sigo midiendo 1,70 y lo único que sé de boxeo es Ali, bomaye.
Afortunadamente para todos, la autoridad competente resuelve la situación a eso de las siete de la mañana.
«¿Escribirás de esto?», me pregunta ella por la tarde. «Sí, supongo que sí», respondo. «¿Ves cómo soy tu musa?», dice con una sonrisa, «te sirvo de inspiración». «Bueno, no sé si tú o el moro», contesto yo.
domingo, 14 de diciembre de 2008
Centro de gravedad permanente
Sólo había estado enamorado una vez, ¿sabes? Al principio pensaba que no volvería a amar porque aquella era una mujer extraordinaria y no encontraría otra igual. Luego cambié de opinión y pasé a pensar que aquel amor era fruto de la juventud, de la ingenuidad, y que ya nunca volvería a sentir nada parecido porque me había convertido en un descreído. Luego te conocí a ti y me complicaste tremendamente la vida, porque me enamoré de ti sin pretenderlo, sabiendo que no me convenías en absoluto. Ahora ya es tarde, el mal está hecho. Lo mejor que podrías hacer es venirte a la cama conmigo.
sábado, 13 de diciembre de 2008
Muerte y estética
Hay una mancha de sangre en el suelo de la cocina. Es de mi mujer. No ha sido un accidente ni un asesinato, sino un suicidio. Se ha cortado el cuello esta mañana. Hoy es lunes y soy viudo. Miro la mancha como si pudiera entender algo observando su superficie. A ratos hablo con ella, como si pudiera responderme. Virginia, le digo, que así se llama mi mujer, como la prima de Edgar Allan Poe. Pero a mi mujer le gustaba más Sylvia Plath que Poe, decía que había algo muy poético en meter la cabeza en el horno como si ésta fuera el pavo de navidad y las ideas fueran el relleno. Supongo que eso era un aviso, pero no supe verlo. Mañana será martes.
viernes, 12 de diciembre de 2008
Una vez en Madrid
Recuerdo que en Madrid las prostitutas me invitaban con la mirada, aunque luego seguro que cobraban. No fue el único tipo de prostitución que encontré, pues vi a un hombre frente a la Casa del Libro con un cartel anunciando que escribía poemas por la voluntad. Y no por la voluntad de poder, que diría Nietzsche, sino por unos céntimos. Me pregunté qué tipos de poemas serían, si serían como esos que ofertan para el móvil a eso de las tres de la mañana en la televisión, poemas para retrasados mentales, o si había perfeccionado su técnica de tal manera que, manejando siempre los mismos conceptos, podía pergeñar un poema personalizado en un momento. Poemas como caricaturas o algo así. Pero no sé, no me imagino a nadie yendo a casa y diciendo: mira lo que me ha escrito un señor por veinte céntimos. Aunque quién sabe, la gente es muy rara.
jueves, 11 de diciembre de 2008
El té
—¿Muchos clientes, cariño?
—No, lo de siempre. Tres o cuatro borrachos.
—¿Quieres un té?
—Sí, por favor.
—Así te quitas el sabor de la boca.
—Ya, sé que no te gusta besarme cuando llego del trabajo.
—Lo decía por ti.
—Pues entonces bésame.
—Enseguida, espera que prepare el té.
—Si ya lo sabía yo.
—Entiéndelo, a saber dónde han estado esas pollas antes.
—Te puedo decir dónde han estado hace un momento.
—No, déjalo.
—Sí, mejor. No queremos dañar tu sensibilidad, ¿verdad?
—Sabes perfectamente que es mejor que no me cuentes nada. ¿Cómo voy a escribir cuentos para niños si pienso en las cosas que te hacen cada noche?
—Si al menos te publicaran alguno. El único dinero que entra en esta casa lo gana mi cuerpo.
—Te he dicho un millón de veces que es mal momento para la literatura infantil, yo no tengo la culpa.
—Pues escribe otra cosa, joder.
—No puedo, no se me da bien la literatura adulta.
—Porque te niegas a crecer. Por eso no quieres que te cuente nada, para seguir viviendo en tu fantasía. Toda tu vida es un cuento infantil.
—Sí, casado con una puta, menudo cuento.
—Una actualización de la princesa.
—O de la bruja, más bien.
—Podrían ser las dos a la vez.
—Sí, toda mujer es en el fondo las tres cosas.
—Ten cuidado, te van a salir unos cuentos muy cínicos.
—Cállate de una vez. ¿Cómo quieres el té?
—Sin azúcar.
—Vaya, así terminaría esto si fuera un cuento. Resumiendo lo que es la vida.
—Vete a la mierda.
—No, lo de siempre. Tres o cuatro borrachos.
—¿Quieres un té?
—Sí, por favor.
—Así te quitas el sabor de la boca.
—Ya, sé que no te gusta besarme cuando llego del trabajo.
—Lo decía por ti.
—Pues entonces bésame.
—Enseguida, espera que prepare el té.
—Si ya lo sabía yo.
—Entiéndelo, a saber dónde han estado esas pollas antes.
—Te puedo decir dónde han estado hace un momento.
—No, déjalo.
—Sí, mejor. No queremos dañar tu sensibilidad, ¿verdad?
—Sabes perfectamente que es mejor que no me cuentes nada. ¿Cómo voy a escribir cuentos para niños si pienso en las cosas que te hacen cada noche?
—Si al menos te publicaran alguno. El único dinero que entra en esta casa lo gana mi cuerpo.
—Te he dicho un millón de veces que es mal momento para la literatura infantil, yo no tengo la culpa.
—Pues escribe otra cosa, joder.
—No puedo, no se me da bien la literatura adulta.
—Porque te niegas a crecer. Por eso no quieres que te cuente nada, para seguir viviendo en tu fantasía. Toda tu vida es un cuento infantil.
—Sí, casado con una puta, menudo cuento.
—Una actualización de la princesa.
—O de la bruja, más bien.
—Podrían ser las dos a la vez.
—Sí, toda mujer es en el fondo las tres cosas.
—Ten cuidado, te van a salir unos cuentos muy cínicos.
—Cállate de una vez. ¿Cómo quieres el té?
—Sin azúcar.
—Vaya, así terminaría esto si fuera un cuento. Resumiendo lo que es la vida.
—Vete a la mierda.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Siempre con problemas
Aparece de tanto en tanto y no me dice con quién ha estado, aunque no es necesario, yo sé que ha estado con otros y eso basta. Ella actúa, sin embargo, como si me hubiera sido fiel todo este tiempo. Me dice que me ha echado mucho de menos, que ojalá me hubiera tenido cerca para consolarla. Y yo me pregunto a cuántos les dirá lo mismo.
martes, 9 de diciembre de 2008
Cantan las gaviotas mi muerte y otros sueños de grandeza
Dicen que he cavado mi propia tumba, pero qué sabrán ellos. Yo, pueden ustedes creerlo, no estoy muerto, aunque es verdad que a veces lo parezco. Una vez, sin embargo, me encontré a la muerte en un bar. Era morena, de rasgos delicados. Estaba sola. ¿Esperas a alguien?, le pregunté. Puede que a ti, me contestó con una bella sonrisa. Le dije que tenía los ojos de Constance Dowling y me respondió que se lo decían a menudo. ¿No me invitas a una copa?, me preguntó. Claro, ¿qué quieres?, dije. Lo mismo que tú, contestó. Bien, yo quería sexo, así que me lo tomé como una propuesta indecente. Me acerqué a la barra y me di cuenta de que el camarero estaba muerto, aunque él no lo sabía. Boqueaba como un pez globo en busca de un oxígeno que ya no podía respirar y me miraba sin entender nada. Hice lo que habría hecho cualquiera: pedí dos cervezas.
lunes, 8 de diciembre de 2008
Noches negras
A la destrucción de la vida, a eso me dedico, le digo como quien habla del tiempo. Ella sonríe y me contesta que ya está bien de tanto malditismo barato, que a quién pretendo engañar, si yo en realidad soy un soñador y un romántico. Sí, claro, me defiendo yo, pero es que los cínicos en el fondo somos unos románticos. O viceversa, a estas horas de la noche nunca me acuerdo.
domingo, 7 de diciembre de 2008
Pequeño museo
El amor nace de la admiración, me dijo un amigo. A mí me han admirado unas cuantas, pero no me ha amado ninguna. Amores abortados que conservo en botes de formol. Pequeño museo de los horrores. Pequeño museo de los errores. A esta de aquí la conocí en una estación de autobuses y en realidad estaba enamorada de su primo. La de la estantería de arriba estaba enamorada de su padre, lo que es bastante común. Pequeño museo de los clichés. La otra no podía querer a nadie, que era una sociópata. Pequeño museo de los trastornos mentales. Esa otra no sé quién era, pero seguro que está ahí por una buena razón.
sábado, 6 de diciembre de 2008
viernes, 5 de diciembre de 2008
El padre (idea para una película)
Gregorio es un cura de pueblo que lleva una existencia anodina y tranquila hasta que es nombrado Papa en un estudiado movimiento publicitario del cónclave para conectar con la sociedad. La tranquilidad del papado de Gregorio XVII se ve perturbada con la aparición repentina de Alberto, que dice ser su hijo y le exige dinero a cambio de no revelar este dato. Gregorio cede al chantaje, pero éste continúa, por lo que asesina a Alberto y arroja su cadáver al Tíber. Pero Justino, un turista español en la Ciudad Eterna, casualmente lo graba todo con su cámara, lo que le conduce a una crisis de fe. Su mujer intenta convencerle de que destruya la cinta, pues el Papa es infalible y por tanto no puede cometer un crimen imperfecto; Lorena, su hija, le anima a hacer lo correcto: denunciar al Papa. Justino hace caso a su hija, pero en ninguna comisaría romana le toman en serio. Todo esto llega a oídos de Gregorio, que de incógnito busca a Justino para destruir la grabación y acabar con éste si es necesario. Tras muchas penalidades, Justino y su hija toman al asalto los estudios de la RAI y emiten el vídeo en horario de máxima audiencia. Gregorio irrumpe en el plató demasiado tarde y lo único que puede hacer es excomulgar a los televidentes.
jueves, 4 de diciembre de 2008
Y otras lecciones vitales
No hay diferencia entre estar despierto y ser sonámbulo, pienso cuando me descubro haciendo la enésima cosa que no me interesa lo más mínimo.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
La última noche
Anoche llovía mucho y yo no estaba de humor para diluvios. Encendí la radio para sentirme acompañado o quizás para imaginar que era un ejecutivo que estaba reunido y que los locutores hablaban sólo para mí. Solipsismos radiofónicos. Me dijeron que España se rompía, lo habitual. Qué fea es España, que seguro que lo dijo alguien antes que yo. Busqué una emisora de canciones para suicidas, pero no encontré nada. Una voz dijo que Jesucristo era un extraterrestre, que no era una forma de vida basada en el carbono, sino quizás en el silicio, y si podía caminar sobre las aguas era porque llevaba en la sangre la gravedad de su planeta de origen. Jesús era de Krypton o algo así. La teología a lo von Däniken es más divertida que la tradicional, pero aun así sigue siendo un auténtico coñazo. Apagué la radio y escuché la lluvia hasta que finalmente me dormí, ya de madrugada.
martes, 2 de diciembre de 2008
La mujer como excusa para la creación artística
Yo te he querido siempre, pero me he negado a decirlo hasta ahora, pues no es agradable que a uno le arrojen su amor a la cara. Yo, como digo, siempre te he querido, y tú, como ya sospecharás a estas alturas, nunca me has querido. No creo que esta falta de amor hacia mi persona te quitara el sueño, aunque nunca se sabe, pero sí afectaba a la calidad del mío, que era claramente tercermundista. Me he dedicado todos estos años de insomnio a quererte sin decirte apenas nada, pero es que tampoco había mucho que decir. Al fin y al cabo, pronto comprendí que tú no eras mi público, eran otros, otros que podrían imaginarte a través de mí. Tú eras una musa severa y silenciosa, yo un escritorzuelo con ínfulas que te utilizaba para ganarme el aplauso de otros. Y la admiración de otras, por qué no decirlo, aunque en secreto yo las despreciaba por no ser capaces de emocionarme como tú. Sólo a Verónica le perdoné no ser tú, no sé si la recordarás, era la chica de la bufanda amarilla. Se reía todo el tiempo, como si estuviera loca.
lunes, 1 de diciembre de 2008
Just a perfect day
Me pide que vaya yo solo a por los shawarmas, que no le apetece salir de casa. «Junto al Centro Cultural hay unos moros que venden», me dice dándome diez euros. Me siento un poco chico de los recados (y prostituto), pero no digo nada. La dejo desmontando un mueble y me dirijo hacia el local de comida turca con la tranquilidad de saberme escritor desconocido. No me asaltarán admiradoras por el camino, ninguna groupie me arrastrará a un callejón para que la folle contra la pared. Ah, qué paz. De pronto, unos adolescentes que surgen de la nada empiezan a gritarme cosas. Melenas, me llama uno. Yo les ignoro, que ya estoy mayor para estas chorradas y además me superan en número, que tres siempre es más que uno. Me digo que es mejor no abandonar el anonimato apareciendo en internet apaleado. Dejo atrás a los niñatos pendencieros y llego al local de comida turca. Cerrado. Fabuloso. Bueno, no importa, por esta zona hay cientos. Pero todos cerrados, como compruebo enseguida pateándome las calles. No entiendo nada, si es domingo, ¿no se supone que el día festivo para los musulmanes es el viernes? Afortunadamente, encuentro uno abierto a la altura del quinto coño. Durante un instante sopeso la opción de olvidarme de todo y desaparecer con el dinero, seguro que sería divertido, pero al final dejo los experimentos para otro día y compro los shawarmas, aunque me digo que un descuento por lo de Bizancio no estaría mal, no.
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