—Buenos días, ¿le interesa Dios? Ahora con un quince por ciento más de perdón.
—No sé, me han dicho que es un tanto cruel y vengativo.
—Eso era antes, ahora tenemos una fórmula nueva y mejorada.
—¿Y qué ofrecen? Un imam me ha dicho que tiene setenta y dos vírgenes para mí.
—¿Para qué quiere usted vírgenes pudiendo tener mujeres experimentadas?
—¿Entonces tendré mujeres experimentadas en el paraíso cristiano?
—Depende. ¿Experimentadas en la oración? Sí. ¿Experimentadas en el sexo? No muchas, la verdad.
—Pues no sé si me compensa.
—Piense que el Cielo es un lugar maravilloso. Y con unas vistas fabulosas a la Eternidad.
—¿Puedo probarlo?
—¿Cómo dice?
—Que si puede probarlo para ver si me convence. Ya sabe, dar una vuelta en él o algo así.
—No se puede.
—¿Por qué no?
—Hay que esperar a estar muerto.
—Pero yo quiero algo más inmediato. ¿De verdad tengo que esperar tanto para la salvación y el paraíso?
—Sí, tiene que ser después de muerto. Considérelo como un seguro de vida.
—¿Entonces muero yo y mi familia va al Cielo?
—No, no: usted muere y va también usted al Cielo.
—¿Pero cómo? Si estoy muerto, no puedo cobrar ese seguro de vida religioso. Es evidente. Es más, seguro que es ilegal.
—No se preocupe. Usted firma con nosotros un seguro de vida del que resulta beneficiaria su alma, que es inmortal. Es ella quien va al Cielo.
—¿Y yo me quedo aquí? ¡Pues vaya trato!
—No, no. Su alma es también usted.
—¿Qué? ¿Me está diciendo que tengo doble personalidad?
—No exactamente. El alma es la parte inmortal de la persona. Sobrevive al cuerpo, que es lo que dejamos atrás. Así, en realidad, es usted el beneficiario. Es usted quien va al Cielo, pero liberado del cuerpo.
—Es todo un poco confuso.
—Un poco, lo admito.
—Dice usted que el alma es inmortal. Bien, entonces no hay necesidad de ir al Cielo. Tengo una casa bastante acogedora, con jardín y piscina. Perfectamente puedo quedarme en ella. Y aparecerme a los vecinos, que siempre me han caído mal.
—No, necesita usted una residencia espiritual.
—¿Y no puedo firmar con ustedes después de muerto?
—No, hay que pagar unas cuotas.
—¿Cuánto es?
—Una vida entera de servidumbre al Señor. Cumplir con los diez mandamientos. No pecar. Obedecer a la Santa Madre Iglesia, en general.
—No entiendo que no hayan quebrado ya ustedes, sinceramente.
martes, 31 de agosto de 2010
lunes, 30 de agosto de 2010
Los agujeros
Llevadme a un buen sastre —dijo el señor Belvedere—, pues tengo la cabeza llena de agujeros y necesito que me remienden la memoria con recuerdos importados del Lejano Oriente: zen, haikus y lecciones de viejos samuráis.
domingo, 29 de agosto de 2010
Fuimos tan felices
Fuimos tan felices, dice alguien en la habitación. Pero no es verdad, no lo fuimos. La melancolía es un ejercicio de imaginación, de fantasía. Fuimos felices quizá un momento, tal vez un día (o unos cuantos). Pero no es verdad que el pasado fuera mejor. Tan sólo teníamos más futuro por delante, todas esas oportunidades que finalmente quedarían en nada. Lo que echamos de menos, por tanto, son las oportunidades perdidas. Digamos por ejemplo que entonces teníamos cien opciones y ahora tenemos treinta. Fuimos tan felices, dice alguien en la habitación, pero sólo fuimos manirrotos con la vida.
sábado, 28 de agosto de 2010
viernes, 27 de agosto de 2010
Coda
Todos los momentos decisivos han quedado atrás —dice ella—, ya ni siquiera queda el final, que ya ha sido, que ya ha terminado. La vida se ha marchado a la existencia de otros, otros que desconocen que nosotros todavía estamos por aquí, errabundos. Y qué hacer ahora que el tiempo se ha detenido, me pregunto yo, ahora que el futuro no puede llegar porque ni siquiera hay presente. Quizá somos ahora seres universales, pues no existimos en ningún lugar concreto y sin embargo aquí estamos tú y yo. Quizá somos ahora conceptos en la mente de alguien: de un borracho, de un loco. Recuerdos latentes de alguien que ha perdido la memoria. No sé, algo así.
jueves, 26 de agosto de 2010
El calor, la sed
El calor, la sed, el canto de las cigarras, la noche como espejismo, la piel ardiente, el desierto de tus ojos.
miércoles, 25 de agosto de 2010
martes, 24 de agosto de 2010
El supermercado
En el supermercado, haciendo cola como en la Unión Soviética. Hace calor, mucho calor. Una alemana oronda se derrite ante mí, como si estuviera hecha de la mantequilla que aparenta. Una pareja joven discute con el encargado; quizá han intentado robar algo; quizá discuten por los precios; cómo saberlo. Una anciana paga con parsimonia, que no es una divisa, sino lentitud, como si cada moneda fuera un año de los que ha vivido y quisiera hacernos pagar a todos por las penalidades sufridas. Vivir como condena, que dijera no sé quién. Y este calor. Y esta cola eterna. Y de pronto comprendo que esto es el infierno. Y la cajera no me mira y yo sé que es el diablo, que me va a cobrar una barbaridad por mi alma, cuando yo sólo quería comprar helado.
lunes, 23 de agosto de 2010
La economía sentimental
—Cariño, vengo a romperte el corazón.
—Imposible, no puede ser.
—¿Cómo que no?
—Es que no tengo presupuestado ese sufrimiento.
—¿Y qué quieres que le haga? Es que no te quiero ya.
—Mira, para el sufrimiento tengo presupuestadas tres pequeñas discusiones y una grave, varias noches sin dormir por miedo a perderte, celos e incluso una ruptura temporal, pero nada más.
—Pero algo se podrá hacer, ¿no? ¿Qué hay del sufrimiento que no me atañe?
—Bueno, sí, pero eso lo tengo presupuestado aparte. Veamos, tengo aquí el sufrimiento por creer tener cáncer (no me mires así, podría pasar); el de verme fondón; el que me provocaría la muerte repentina de algún familiar o amigo; el dolor que me causaría algún pequeño accidente doméstico (como darme con el martillo en un dedo); y etcétera.
—¿Cómo que etcétera?
—Varios. Acontecimientos imprevistos. Es un cajón de sastre.
—Ahí podría entrar que te rompa el corazón.
—Me gustaría, pero no puedo hacer eso. ¿Cómo justifico sacar sufrimiento del presupuesto cotidiano para pasarlo al presupuesto sentimental? Así, de repente, sin una junta de accionistas.
—Mira, Valentín, te dejo porque estás loco y basta.
—Imposible, no puede ser.
—¿Cómo que no?
—Es que no tengo presupuestado ese sufrimiento.
—¿Y qué quieres que le haga? Es que no te quiero ya.
—Mira, para el sufrimiento tengo presupuestadas tres pequeñas discusiones y una grave, varias noches sin dormir por miedo a perderte, celos e incluso una ruptura temporal, pero nada más.
—Pero algo se podrá hacer, ¿no? ¿Qué hay del sufrimiento que no me atañe?
—Bueno, sí, pero eso lo tengo presupuestado aparte. Veamos, tengo aquí el sufrimiento por creer tener cáncer (no me mires así, podría pasar); el de verme fondón; el que me provocaría la muerte repentina de algún familiar o amigo; el dolor que me causaría algún pequeño accidente doméstico (como darme con el martillo en un dedo); y etcétera.
—¿Cómo que etcétera?
—Varios. Acontecimientos imprevistos. Es un cajón de sastre.
—Ahí podría entrar que te rompa el corazón.
—Me gustaría, pero no puedo hacer eso. ¿Cómo justifico sacar sufrimiento del presupuesto cotidiano para pasarlo al presupuesto sentimental? Así, de repente, sin una junta de accionistas.
—Mira, Valentín, te dejo porque estás loco y basta.
domingo, 22 de agosto de 2010
La batalla
Estalló la guerra porque era domingo y los ejércitos se aburrían en sus cuarteles. Uno de los generales contendientes carecía de todo oído musical, de forma que el estruendo de sus cañones resultaba muy desagradable: una sucesión caótica de explosiones que causó la crítica feroz de los futuristas. El general enemigo, por el contrario, era un compositor reputado y traía una sinfonía preparada de casa que la artillería ejecutó con gran maestría, con la colaboración desde las trincheras de granaderos trompetistas y francotiradores al violín.
sábado, 21 de agosto de 2010
La religiosidad
Estoy arrodillado frente a la Virgen del Orgasmo (representada con el Espíritu Santo entre las piernas), rezando. Rezo por mi hermano, que está en la cárcel. Bueno, no, es mentira. No tengo ningún hermano y además no creo en la cárcel, salvo como concepto sentimental. Me han contado que existen lugares donde encierran a la gente para que purguen sus delitos, pero yo nunca he visto ninguno de esos sitios. Creo en las panaderías, en los restaurantes chinos, en los hospitales. No en las cárceles, puesto que nunca las he visto. Creo que son un invento para meternos miedo. Como el coco o el hombre del saco. La cárcel, qué memez. No hay más cárcel que tus ojos, que le dije yo a una monja una vez. Se ofendió, claro. Las monjas no tienen sentido del piropo. Sólo saben rezar y menear la cabeza. Pero yo siempre me he sentido atraído por las mujeres religiosas, quizá por eso vengo por las tardes a la iglesia a inventarme historias mientras observo a las beatas y me excito disimuladamente.
viernes, 20 de agosto de 2010
Je me souviens (2)
Me acuerdo de una noche de verano en la que te llamé desde Lisboa y no me cogiste el teléfono.
jueves, 19 de agosto de 2010
Je me souviens
Me acuerdo de que la última vez que me acosté contigo era 18 de septiembre. Al día siguiente era mi cumpleaños.
miércoles, 18 de agosto de 2010
El actor
Ahí está, sentado en un rincón, mirándome con ojos caníbales. Sé lo que quiere. Quiere que vuelva a darle vida. Que lo interprete de nuevo. Es el fantasma de un personaje de una serie en la que trabajé hasta el año pasado, cuando me llegó una oferta para protagonizar una película e hice que los guionistas lo mataran en un episodio. Lo mandé al limbo de los personajes, a la nada de la ficción. Ya no existe, salvo para atormentarme con su mirada aterradora. Existe para perseguirme siempre, para decirme con su presencia que se lo debo, que soy yo quien le obliga a ser un alma en pena. Que si se sienta a observarme en silencio es porque no tiene donde ir, pues yo le he condenado a esto.
martes, 17 de agosto de 2010
Tener ansia de vida (fragmento)
Yo, por el contrario, he vivido mis amores como el que vive una alucinación. Tengo momentos y a partir de esos momentos he compuesto un remedo de vida. Exprimo los momentos todo lo que puedo. Cada detalle importa. Cada pequeña cosa, para mí, es algo capital. La vida dura lo que dura este momento, me digo. Y lo recuerdo. Y lo escribo. Y lo vuelvo a recordar. Y lo enfoco desde otro ángulo. Y así siempre. Todo esto es bastante idiota.
lunes, 16 de agosto de 2010
El concepto y lo concreto
«Pienso en ti cada vez que abro las piernas», le escribe ella. Él se pregunta si eso es algo bueno o malo.
domingo, 15 de agosto de 2010
Muy humillados y ofendidos
Una isba en algún lugar de Rusia. Junto a la chimenea están LEV y KATIA. Suenan explosiones en el exterior.
LEV: El bombardeo de las siete.
KATIA: Menos mal que gracias a los alemanes sabemos la hora.
LEV: Sí, son gente puntual y responsable. Oye, ¿qué hay para cenar? Espero que no otra vez gachas.
KATIA: Se han acabado las gachas.
LEV: Menos mal. ¿Qué tenemos entonces?
KATIA: Pues nada. ¿No te acabo de decir que se han acabado las gachas?
LEV: ¿No hay nada para comer? Tengo mucha hambre.
KATIA: Dice el camarada Stalin que el hambre es contrarrevolucionaria.
LEV: Pensándolo bien, sólo tengo algo de apetito.
KATIA: Eso está mejor; no quisiera que te pasara lo que al barbero.
LEV: ¿Qué le pasó al barbero?
KATIA: Lo deportaron a Siberia por realizar cortes de pelo subversivos.
LEV: Ah, sí, algo he escuchado, pero pensaba que habían sido cortes de pelo germanizantes.
KATIA: En cualquier caso, nunca te puedes fiar de alguien con tantas navajas.
LEV: Bueno, volviendo a la comida: tengo dos piedras en el bolsillo. ¿Y si hacemos una sopa con ellas? Algo de jugo tendrán.
KATIA: Podemos probar.
Calientan agua en la chimenea. Lev echa las piedras en la olla. Con un cucharón, Katia remueve la sopa hasta que está lista. La prueban.
KATIA: Esta sopa está insípida.
LEV: Serán pocas piedras.
KATIA: ¿Y si vas a buscar algo de gravilla?
LEV: Es que están bombardeando ahora los alemanes y no quiero molestarles.
KATIA: Es verdad, sí.
LEV: Deja las piedras un rato más al fuego, quizá están poco hechas.
KATIA: Bueno. ¿Qué hacemos mientras tanto?
LEV: Podríamos hacer el amor.
KATIA: Si no te importa que nos vea el público…
LEV: No, eso es intolerable. ¿Qué pasa con nuestra intimidad?
KATIA: Los límites de la intimidad los determina el autor.
LEV: El autor es un voyeur. Igual que el público.
KATIA: Piensa que los desnudos siempre gustan al público, es normal que el autor los deje en la obra.
LEV: ¿Y si apago la luz?
KATIA: Quizá si sobornas al tramoyista.
LEV: Así que ni comida ni sexo: ¡vaya con el paraíso socialista!
Llaman a la puerta. Katia abre y entra un soldado. Es BORIS, su hermano.
BORIS: ¡Hermana! ¡Lev! Traigo un hambre atroz.
LEV: Espero que también traigas piedras.
BORIS: ¿Qué?
KATIA: No le escuches, está enfadado con el público.
BORIS: ¿Y eso por qué? ¿Es un público contrarrevolucionario?
LEV: Y germanizante, seguro.
BORIS: Si tuviera balas, fusilaría a alguno, para dar ejemplo.
KATIA: ¿No tienes balas? ¿Y cómo pretenden que hagas tu trabajo?
BORIS: Bueno, tengo un fusil. Si demuestro valor en el combate, me darán balas. Son las normas.
LEV: Pues es una pena que no tengas balas; seguro que la pólvora le daba sabor a la sopa.
BORIS: ¿Hay sopa? ¿De qué?
KATIA: De piedras.
BORIS: Ah, no, eso ya lo como todos los días en el frente.
LEV: No tendrás gravilla, ¿verdad?
BORIS: No, la última se la arrojé a la cara a un alemán. Un gasto terrible, pero es que el alemán tenía intenciones homicidas. Y eso que yo no le había hecho nada.
KATIA: Son gente metódica, pero rara.
BORIS: Tengo algo de barro en las botas, por si sirve.
LEV: Déjame ver. Sí, es barro en buen estado. Podemos usarlo para untar las piedras. ¡Katia, aviva el fuego!
Boris toca el fusil como si se tratara de un violín y suena música. Se apaga el rumor de las bombas.
Telón.
LEV: El bombardeo de las siete.
KATIA: Menos mal que gracias a los alemanes sabemos la hora.
LEV: Sí, son gente puntual y responsable. Oye, ¿qué hay para cenar? Espero que no otra vez gachas.
KATIA: Se han acabado las gachas.
LEV: Menos mal. ¿Qué tenemos entonces?
KATIA: Pues nada. ¿No te acabo de decir que se han acabado las gachas?
LEV: ¿No hay nada para comer? Tengo mucha hambre.
KATIA: Dice el camarada Stalin que el hambre es contrarrevolucionaria.
LEV: Pensándolo bien, sólo tengo algo de apetito.
KATIA: Eso está mejor; no quisiera que te pasara lo que al barbero.
LEV: ¿Qué le pasó al barbero?
KATIA: Lo deportaron a Siberia por realizar cortes de pelo subversivos.
LEV: Ah, sí, algo he escuchado, pero pensaba que habían sido cortes de pelo germanizantes.
KATIA: En cualquier caso, nunca te puedes fiar de alguien con tantas navajas.
LEV: Bueno, volviendo a la comida: tengo dos piedras en el bolsillo. ¿Y si hacemos una sopa con ellas? Algo de jugo tendrán.
KATIA: Podemos probar.
Calientan agua en la chimenea. Lev echa las piedras en la olla. Con un cucharón, Katia remueve la sopa hasta que está lista. La prueban.
KATIA: Esta sopa está insípida.
LEV: Serán pocas piedras.
KATIA: ¿Y si vas a buscar algo de gravilla?
LEV: Es que están bombardeando ahora los alemanes y no quiero molestarles.
KATIA: Es verdad, sí.
LEV: Deja las piedras un rato más al fuego, quizá están poco hechas.
KATIA: Bueno. ¿Qué hacemos mientras tanto?
LEV: Podríamos hacer el amor.
KATIA: Si no te importa que nos vea el público…
LEV: No, eso es intolerable. ¿Qué pasa con nuestra intimidad?
KATIA: Los límites de la intimidad los determina el autor.
LEV: El autor es un voyeur. Igual que el público.
KATIA: Piensa que los desnudos siempre gustan al público, es normal que el autor los deje en la obra.
LEV: ¿Y si apago la luz?
KATIA: Quizá si sobornas al tramoyista.
LEV: Así que ni comida ni sexo: ¡vaya con el paraíso socialista!
Llaman a la puerta. Katia abre y entra un soldado. Es BORIS, su hermano.
BORIS: ¡Hermana! ¡Lev! Traigo un hambre atroz.
LEV: Espero que también traigas piedras.
BORIS: ¿Qué?
KATIA: No le escuches, está enfadado con el público.
BORIS: ¿Y eso por qué? ¿Es un público contrarrevolucionario?
LEV: Y germanizante, seguro.
BORIS: Si tuviera balas, fusilaría a alguno, para dar ejemplo.
KATIA: ¿No tienes balas? ¿Y cómo pretenden que hagas tu trabajo?
BORIS: Bueno, tengo un fusil. Si demuestro valor en el combate, me darán balas. Son las normas.
LEV: Pues es una pena que no tengas balas; seguro que la pólvora le daba sabor a la sopa.
BORIS: ¿Hay sopa? ¿De qué?
KATIA: De piedras.
BORIS: Ah, no, eso ya lo como todos los días en el frente.
LEV: No tendrás gravilla, ¿verdad?
BORIS: No, la última se la arrojé a la cara a un alemán. Un gasto terrible, pero es que el alemán tenía intenciones homicidas. Y eso que yo no le había hecho nada.
KATIA: Son gente metódica, pero rara.
BORIS: Tengo algo de barro en las botas, por si sirve.
LEV: Déjame ver. Sí, es barro en buen estado. Podemos usarlo para untar las piedras. ¡Katia, aviva el fuego!
Boris toca el fusil como si se tratara de un violín y suena música. Se apaga el rumor de las bombas.
Telón.
sábado, 14 de agosto de 2010
Esposas rusas
—He encargado una esposa rusa. Creo que llegará el viernes.
—¿Te ha costado mucho?
—Es un poco cara, pero es que viene de Minsk.
—Minsk está en Bielorrusia.
—Bueno, no empecemos con tecnicismos. Es una esposa eslava, que es lo que importa. Se llama Natasha.
—Es un bonito nombre.
—Sí. Es una chica muy guapa. La escogí por sus ojos.
—¿De qué color son?
—En realidad, puede que fuera por sus tetas.
—¿Te ha costado mucho?
—Es un poco cara, pero es que viene de Minsk.
—Minsk está en Bielorrusia.
—Bueno, no empecemos con tecnicismos. Es una esposa eslava, que es lo que importa. Se llama Natasha.
—Es un bonito nombre.
—Sí. Es una chica muy guapa. La escogí por sus ojos.
—¿De qué color son?
—En realidad, puede que fuera por sus tetas.
viernes, 13 de agosto de 2010
Las cosas clandestinas que hace uno sin consultar con nadie
Uno se pregunta por qué hace esas cosas tan absurdas. Algún motivo habrá, pero a mí no se me ocurre ninguno. Y además de repente, sin meditarlo en absoluto. Por el gesto estético, quizá, pero gesto estético para quién. Para el público imaginario, que es otra forma de decir: para mí, lo hago para mí. El gesto estético de ser narcisista una vez más.
jueves, 12 de agosto de 2010
Contigo
Todo contigo parece embebido de cierta irrealidad, como si uno estuviera fabulando en un sueño intranquilo o en ese estado de duermevela propio de un proceso febril. Recuerdo noches extrañas que fueron ciertas y días calurosos bajo este sol africano. Recuerdo tu piel helada en agosto por culpa de dormirnos con el aire acondicionado puesto. Recuerdo tu vestido de verano, como un faro en la noche. Recuerdo una discusión sobre cine frente a un mar de una negrura insondable. Recuerdo ensoñaciones contigo, delirios contigo. En resumidas cuentas, amor, que la vida contigo es como visitar un fumadero de opio.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Todo esto va mal
Me la encuentro en el tren o, para ser exactos, ella me encuentra a mí, pues yo voy distraído, como siempre, pensando en vete a saber qué, como siempre, como si la vida no fuera conmigo, como siempre. Y es la nuestra una conversación muy civilizada, también como siempre, pues no vale la pena reprocharse nada. Me pregunta si estoy con alguien y yo le digo que no; no sé si espera que le pregunte lo mismo, pero no lo hago: hay información que a uno no le sirve para nada, salvo para hacerse daño y yo nunca he tenido ánimo masoquista. Me da las gracias por mandarle el libro cuando le digo que sólo me dieron cinco ejemplares. «Sí, no sé», digo yo, «se lo he mandado a las chicas que han sido importantes en mi vida, aunque yo no lo fuera para ellas». Ella decide ignorar la última parte y se centra en la primera: «así que chicas; ¿son muchas?». «Se lo he mandado a B y a ti», zanjo yo la cuestión, o eso creo, porque siempre tiene motivo de queja: «¿ves?, si estuviera contigo, tendría celos de B». Yo suspiro, siempre la misma mierda, pero no tengo ganas de discutir. Siempre tienes alguna excusa, podría decirle. No estarías conmigo porque hoy es jueves, por ejemplo. Cualquier cosa vale. Y sé que todo esto es una pérdida de tiempo. Todo esto va mal. Lo sé cuando me dice que el otro día estuvo leyendo las cosas que escribí hace media vida. «Tendrías que hacerme un favor y quemarlo», le digo yo, pero ella no lo entiende. Ella nunca entiende nada y todo esto es desolador. Porque yo a esta chica la quise más que a mi vida y ella nunca fue capaz de dedicarme ni un pensamiento de verdad. Porque me lee como quien oye llover. Porque cree que estoy ahí, no sé, para amenizar su vida de vez en cuando o algo así, como un secundario que aparece de tanto en tanto en la obra. «¿Te das cuenta de que eres el mal absoluto?», le pregunto en un momento dado, pero ella cree que bromeo y sonríe.
martes, 10 de agosto de 2010
lunes, 9 de agosto de 2010
Rumores
En la calle Larios hay gente haciendo ruido, pero es como un rumor que está ahí sólo para acompañar la escena; no le prestamos atención. Es nuestra última noche y pronto se hará de día. Nos decimos adiós como es debido en la cama de matrimonio de nuestra pequeña habitación de burdel de los años cincuenta.
Quizá la gente de la calle nos escuche, pero como un rumor que está ahí sólo para acompañar la escena de bullicio nocturno. Rumor de parejas que follan en habitaciones mientras en la calle los alcohólicos de fin de semana gritan incoherencias.
Quizá la gente de la calle nos escuche, pero como un rumor que está ahí sólo para acompañar la escena de bullicio nocturno. Rumor de parejas que follan en habitaciones mientras en la calle los alcohólicos de fin de semana gritan incoherencias.
domingo, 8 de agosto de 2010
La grieta
Por esta grieta se ha ido mi vida. Por esta rendija entre la realidad y la fantasía he perdido el sueño y la calma. En ella, en esta angostura, he ido depositando todas mis esperanzas.
—Oye, pero deja de mirarme el coño y métemela ya de una vez —dice la chica.
—Oye, pero deja de mirarme el coño y métemela ya de una vez —dice la chica.
sábado, 7 de agosto de 2010
Una noche de verano
Una noche de verano con Susana en la playa. Una botella de cerveza medio hundida en la arena. Dimes y diretes. Su cuerpo junto al mío. Esa sensación de que las piezas del universo por una vez están en su sitio.
miércoles, 4 de agosto de 2010
martes, 3 de agosto de 2010
La agresividad de los tiempos
Tengo fiebre. Fiebre en agosto, como si el cuerpo no estuviera sometido ya a una temperatura bastante alta. Estoy enfermo, me digo, y por una vez no hablo del corazón o de la mente, aunque también. No. Tengo fiebre. Ponerse malo en verano, qué cosa más tonta. Casi tanto como el amor. Aunque yo no quiero a nadie y todo eso y menos ahora que deliro. Inventarse el amor. La salud sentimental. Algo así. Y me acuerdo ahora de una cosa que escribí una vez: «sólo dejo de pensar en mí cuando pienso en ti; eres lo que necesitaba para curarme el egoísmo». Pero nunca se lo dije a ella.
lunes, 2 de agosto de 2010
Hablar del tiempo
Me apetece hablar del tiempo.
Del tiempo meteorológico o del paso de las horas, me es igual. Ambos temas me resultan ahora mismo interesantes, aunque no pueda hablar con nadie en este oscuro rincón en el que me oculto de las miradas de las personas de la cafetería. Quizá ni siquiera me habrían servido la taza que con dificultad me llevo a mi inexistente boca si supieran que soy un traje sin persona dentro. Un traje de excelente calidad, eso sí; lo que se llevará este otoño, como indica la etiqueta que pende todavía de mi manga izquierda. Y no es sencillo levantar una taza cuando no se dispone de manos, por si se lo están preguntando: hay que juntar ambas mangas y atenazar a la taza dentro. Y es verdad que sólo inclino la taza hasta cierto punto, para simular beber, pues como ya he dicho no tengo boca y no quiero mancharme con el café.
Si me oculto aquí es porque me he escapado de la tienda. He aprovechado un descuido del dependiente, que hablaba por teléfono con su mujer. Creo que su mujer está embarazada o quiere tener hijos o algo así, no he prestado apenas atención. Yo lo que hacía era mirar la calle. La calle, que en ese momento estaba vacía. Pero había sol y pájaros y árboles y cielo. En la tienda no hay nada de eso. Sin pensármelo mucho, me he visto en la calle, pero entonces me ha entrado miedo. ¿Qué hace un traje paseándose vacío?, he pensado. Quizá vaya contra las leyes de este país, quizá haya normas estrictas sobre los trajes sin persona. Así que me he apresurado a meterme en esta cafetería, que desde el exterior parecía tan pobremente iluminada como ha resultado ser.
Y ahora hago tiempo, que es todo lo que puedo hacer con él. Me planteo qué hacer con mi vida, ahora que soy un prófugo. Podría buscar un empleo honrado, ganar dinero y volver a la tienda a pagar lo que piden por mí. Tal vez entonces sería un traje libre, un ciudadano de pleno derecho. Es difícil saberlo. Por ahora, me oculto en este rincón y simulo ser un traje con persona dentro. Hago como que bebo, observo a la gente y escucho sus conversaciones. Es todo tan interesante. Me gustaría sentarme con alguno de ellos y preguntarle, por ejemplo, cuándo llega el otoño.
Del tiempo meteorológico o del paso de las horas, me es igual. Ambos temas me resultan ahora mismo interesantes, aunque no pueda hablar con nadie en este oscuro rincón en el que me oculto de las miradas de las personas de la cafetería. Quizá ni siquiera me habrían servido la taza que con dificultad me llevo a mi inexistente boca si supieran que soy un traje sin persona dentro. Un traje de excelente calidad, eso sí; lo que se llevará este otoño, como indica la etiqueta que pende todavía de mi manga izquierda. Y no es sencillo levantar una taza cuando no se dispone de manos, por si se lo están preguntando: hay que juntar ambas mangas y atenazar a la taza dentro. Y es verdad que sólo inclino la taza hasta cierto punto, para simular beber, pues como ya he dicho no tengo boca y no quiero mancharme con el café.
Si me oculto aquí es porque me he escapado de la tienda. He aprovechado un descuido del dependiente, que hablaba por teléfono con su mujer. Creo que su mujer está embarazada o quiere tener hijos o algo así, no he prestado apenas atención. Yo lo que hacía era mirar la calle. La calle, que en ese momento estaba vacía. Pero había sol y pájaros y árboles y cielo. En la tienda no hay nada de eso. Sin pensármelo mucho, me he visto en la calle, pero entonces me ha entrado miedo. ¿Qué hace un traje paseándose vacío?, he pensado. Quizá vaya contra las leyes de este país, quizá haya normas estrictas sobre los trajes sin persona. Así que me he apresurado a meterme en esta cafetería, que desde el exterior parecía tan pobremente iluminada como ha resultado ser.
Y ahora hago tiempo, que es todo lo que puedo hacer con él. Me planteo qué hacer con mi vida, ahora que soy un prófugo. Podría buscar un empleo honrado, ganar dinero y volver a la tienda a pagar lo que piden por mí. Tal vez entonces sería un traje libre, un ciudadano de pleno derecho. Es difícil saberlo. Por ahora, me oculto en este rincón y simulo ser un traje con persona dentro. Hago como que bebo, observo a la gente y escucho sus conversaciones. Es todo tan interesante. Me gustaría sentarme con alguno de ellos y preguntarle, por ejemplo, cuándo llega el otoño.
domingo, 1 de agosto de 2010
Consejos por teléfono
—Lo que tienes que hacer es pasar de las personas que no te aportan nada.
—Vale, adiós.
Y colgó.
—Vale, adiós.
Y colgó.
sábado, 31 de julio de 2010
Guerras interminables
Sale de la ducha, tapada con una toalla. Me grita. Me dice que por qué he hecho eso. Me explico. No sirve de nada. Se abalanza sobre mí y mete la mano en uno de mis bolsillos, pero se encuentra con la cartera. Lo que busca es el teléfono móvil. Intenta ahora alcanzar el otro bolsillo, pero ya estoy preparado. Me muerde en la mano. Con todo el ajetreo, se le sale una teta de la toalla, pero no estoy para prestar atención. Me levanto y le digo que no tengo tiempo para sus locuras. Me marcho. Me pierdo en el edificio (sospecho que fue diseñado por un esquizofrénico). Opto por meterme en el ascensor. Me llega entonces un mensaje suyo al móvil, pidiéndome que vuelva. Hoy necesito un sitio donde esconderme de un mal mayor. Vuelvo a su puerta y llamo.
viernes, 30 de julio de 2010
Felaciones
—Me siento poderosa con tu polla en la mano, como si tuviera una pistola.
—Una porra.
—No, que dispara. Sobre todo cuando la tengo en la boca. Es como una metáfora del suicidio.
—Sí, pero en este caso la pequeña muerte la tengo yo.
—Oye, ¿Hitler se pegó el tiro en la boca o en la sien?
—Creo que en la sien.
—Qué pena. Se me había ocurrido: «la felación como símbolo de la caída del nazismo».
—Suena a título de conferencia.
—No, para eso bastaría con «Las habilidades orales», que hay que disimular. O «Recuerdos de una felatriz», si fuera una obra de teatro.
—De una felactriz, y podría ir sobre la vida de Marilyn Monroe.
—Ay, ya estamos con el mito, con la rubia.
—Los caballeros las prefieren rubias, dicen.
—Pensaba que tú las preferías pelirrojas.
—Yo no soy un caballero.
—Una porra.
—No, que dispara. Sobre todo cuando la tengo en la boca. Es como una metáfora del suicidio.
—Sí, pero en este caso la pequeña muerte la tengo yo.
—Oye, ¿Hitler se pegó el tiro en la boca o en la sien?
—Creo que en la sien.
—Qué pena. Se me había ocurrido: «la felación como símbolo de la caída del nazismo».
—Suena a título de conferencia.
—No, para eso bastaría con «Las habilidades orales», que hay que disimular. O «Recuerdos de una felatriz», si fuera una obra de teatro.
—De una felactriz, y podría ir sobre la vida de Marilyn Monroe.
—Ay, ya estamos con el mito, con la rubia.
—Los caballeros las prefieren rubias, dicen.
—Pensaba que tú las preferías pelirrojas.
—Yo no soy un caballero.
jueves, 29 de julio de 2010
La facilidad de la felicidad
Si usted también quiere ser feliz, no se preocupe: es fácil. Ha de saber tan sólo que en la vida hay cuatro situaciones, en orden descendente de satisfacción:
1 - Creer que todo es verdad y tenerlo.
2 - Creer que todo es mentira y tenerlo.
3 - Creer que todo es mentira y no tenerlo.
4 - Creer que todo es verdad y no tenerlo.
Que son estados naturales, pero no inmutables. Se puede pasar de uno a otro, no es ninguna quimera. Todo depende de la cantidad de droga en el cuerpo.
1 - Creer que todo es verdad y tenerlo.
2 - Creer que todo es mentira y tenerlo.
3 - Creer que todo es mentira y no tenerlo.
4 - Creer que todo es verdad y no tenerlo.
Que son estados naturales, pero no inmutables. Se puede pasar de uno a otro, no es ninguna quimera. Todo depende de la cantidad de droga en el cuerpo.
miércoles, 28 de julio de 2010
martes, 27 de julio de 2010
El verano
En coche con Adriana. Yendo a Málaga a mirar libros, aunque siempre ignora mis recomendaciones. Atravesando esta calurosa tarde (¿puede ser caluroso el tráfico?). Yo en realidad había quedado para jugar al fútbol con mis amigos, pero siempre me dejo enredar por las mujeres. La miro. Conduce con mucha más seguridad que la última vez. Trato de no distraerla, que morir en un accidente de tráfico no me parece la mejor manera de pasar el verano. Otro verano en el que volverse loco. Ahora que ya no escribo. Pasa un coche. Luego, pasa otro. Y así hasta el infinito, que uno ya no juega a contarlos como cuando era niño. Porque a los tíos sólo os interesa el sexo, va diciendo Adriana, como si esto fuera una serie mala de televisión. Bueno, tú eres distinto, añade enseguida, como si creyera que me ha molestado. Yo la miro con cierta incredulidad y rectifica: vale, no, pero veo que tú a veces te enamoras. Y qué gran idea es ésa, contesto yo. Luego me pregunto qué me interesa a mí de verdad. Me interesan los muslos de Babeth, es lo que se me ocurre ahora. Y hay un cartel junto a la carretera que me está diciendo algo, pero no le presto atención. Seguro que quiere mi felicidad, pero no le presto atención. Sólo me pide unos segundos de mi tiempo, de mi tiempo que se escapa en el interior de este coche, pero no le presto atención. No me interesa, pienso. Tampoco me interesan las playas, el sol en lo alto, la música que suena ahora. No sé.
lunes, 26 de julio de 2010
El lunar
(Esto lo escribí para Pezespada)
—No sabes lo que he echado de menos este lunar —digo besando el que tiene junto al pezón—. No le he hablado de él a nadie, para que sea algo que sólo sé yo. Bueno, y las hordas de hombres con que has estado, claro.
—¿Cómo que hordas de hombres? —se queja ella—. Eso suena fatal.
Yo me río y admiro su espléndida desnudez. Me gusta tanto esta chica. No sólo por su cuerpo perfecto, es que además tomarle el pelo es una delicia. Es la segunda cosa que más me gusta hacer en la vida.
La primera, por supuesto, es acostarme con ella.
—No sabes lo que he echado de menos este lunar —digo besando el que tiene junto al pezón—. No le he hablado de él a nadie, para que sea algo que sólo sé yo. Bueno, y las hordas de hombres con que has estado, claro.
—¿Cómo que hordas de hombres? —se queja ella—. Eso suena fatal.
Yo me río y admiro su espléndida desnudez. Me gusta tanto esta chica. No sólo por su cuerpo perfecto, es que además tomarle el pelo es una delicia. Es la segunda cosa que más me gusta hacer en la vida.
La primera, por supuesto, es acostarme con ella.
domingo, 25 de julio de 2010
sábado, 24 de julio de 2010
Bebés perfectamente etiquetados
En la fábrica de bebés, donde a diario se producen de todos los tamaños, tipos y colores (y quizá también sabores, pero no nos atrevemos a preguntar). Llévese un bebé recién terminado, con ese característico olor a nuevo (también puede usted adquirir un ambientador si no está conforme con esto). Algunos modelos se hacen todavía de un modo artesanal y por lo tanto el parto dura más que en los nacimientos en cadena: hasta veinte horas, en algunos casos. Incluso más. Pero el resultado merece la pena, afirman todos con aire satisfecho cuando ven aparecer al bebé en brazos de la enfermera.
viernes, 23 de julio de 2010
Telegrama
Por lo que a mí respecta, os podéis quedar con el mundo. Podéis jugar con él o bien quemarlo. En cualquier caso, no me llaméis.
jueves, 22 de julio de 2010
miércoles, 21 de julio de 2010
Alles ist hin
—Parece que es verdad —dice él.
—¿El qué? —dice ella levantando la vista del plato.
—Que te quiero.
—Ah.
—Y mira que me pesa.
—No exageres. ¿Y qué vas a hacer?
—No sé. Supongo que nada. Todo está perdido. Alles ist hin, que diría yo si fuera un personaje de Kundera.
—Eso lo suele hacer el mismo Kundera, no sus personajes.
—¿Seguro?
—Sí. Interviene para soltar alguna frase pedante en alemán o bien dice cosas como: «veo de pronto a Clara cuando era niña y jugaba al escondite con su hermana; todavía siguen jugando, pero ahora se esconden de los hombres, que nunca las encontrarán aunque ellos crean que sí».
—Es verdad, me molesta cuando hace eso. Es un narrador metomentodo.
Y así, mientras la tarde se va apagando lentamente, ya no hablan más de amor, sino del autor checo. Los veo sentados junto a la ventana, discutiendo de literatura, habiendo olvidado ya lo importante. Y los recuerdo hace diez años, cuando la vida estaba llena de las promesas que me inventé para ellos. Sic transit gloria mundi, aunque sea latín y no alemán.
—¿El qué? —dice ella levantando la vista del plato.
—Que te quiero.
—Ah.
—Y mira que me pesa.
—No exageres. ¿Y qué vas a hacer?
—No sé. Supongo que nada. Todo está perdido. Alles ist hin, que diría yo si fuera un personaje de Kundera.
—Eso lo suele hacer el mismo Kundera, no sus personajes.
—¿Seguro?
—Sí. Interviene para soltar alguna frase pedante en alemán o bien dice cosas como: «veo de pronto a Clara cuando era niña y jugaba al escondite con su hermana; todavía siguen jugando, pero ahora se esconden de los hombres, que nunca las encontrarán aunque ellos crean que sí».
—Es verdad, me molesta cuando hace eso. Es un narrador metomentodo.
Y así, mientras la tarde se va apagando lentamente, ya no hablan más de amor, sino del autor checo. Los veo sentados junto a la ventana, discutiendo de literatura, habiendo olvidado ya lo importante. Y los recuerdo hace diez años, cuando la vida estaba llena de las promesas que me inventé para ellos. Sic transit gloria mundi, aunque sea latín y no alemán.
martes, 20 de julio de 2010
Un punto en el espacio
Me quedo de pronto abstraído mirando el techo del cuarto de baño, mientras lejos suena Moonshiner, de Cat Power. Ese punto en el espacio soy yo, pienso. Es el planeta Tierra orbitando en la inmensidad de la galaxia. Bueno, en el techo del cuarto de baño. Y no soy yo, claro, yo soy sólo uno más entre los seis mil millones y pico de seres que se agolpan en él persiguiendo vete a saber qué. El amor, quizá, aunque sea un engaño. Yo lo sé bien, que me dedicaba a escribirlo por las noches. Con letra Courier, como los modernos. Y todo para qué. Para nada. Para que todo esto siga siendo arbitrario. Y yo aquí mirando el techo. Como si estuviera loco y contemplara ahora mismo el universo entero. Y qué sucio está el universo del cuarto de baño.
lunes, 19 de julio de 2010
Porno
—Hoy he visto un bukkake.
Yo estoy junto a la ventana cuando me dice esto. Mirando las piscinas que hay ahí abajo, en este entorno setentero de Torremolinos.
—¿A ti te gustan los bukkakes? —me pregunta.
—No sé, no he participado en ninguno —contesto mientras pasa el gato por la puerta.
—¿Y verlos?
—No especialmente.
El gato vuelve a pasar. Tiene una mancha negra en el hocico, como si fuera un medio bigote de Groucho Marx. Durante un breve momento nos mira, quizá pensando si merece la pena nuestra conversación.
—¿Por qué no? —insiste ella.
—No sé. Demasiadas pollas, supongo.
Hace tanto calor. Abajo, un hombre chapotea en una piscina como si se fuera a ahogar. También se ve el mar desde aquí. Hay barcos en el mar, aunque pensarlo así sea un poco tonto.
—Al final, la chica se tragaba todo lo que había ido recogiendo en una copa.
El gato parece asentir a esto.
Yo estoy junto a la ventana cuando me dice esto. Mirando las piscinas que hay ahí abajo, en este entorno setentero de Torremolinos.
—¿A ti te gustan los bukkakes? —me pregunta.
—No sé, no he participado en ninguno —contesto mientras pasa el gato por la puerta.
—¿Y verlos?
—No especialmente.
El gato vuelve a pasar. Tiene una mancha negra en el hocico, como si fuera un medio bigote de Groucho Marx. Durante un breve momento nos mira, quizá pensando si merece la pena nuestra conversación.
—¿Por qué no? —insiste ella.
—No sé. Demasiadas pollas, supongo.
Hace tanto calor. Abajo, un hombre chapotea en una piscina como si se fuera a ahogar. También se ve el mar desde aquí. Hay barcos en el mar, aunque pensarlo así sea un poco tonto.
—Al final, la chica se tragaba todo lo que había ido recogiendo en una copa.
El gato parece asentir a esto.
domingo, 18 de julio de 2010
sábado, 17 de julio de 2010
Un hombre ebrio
Las cuatro de la mañana, una brisa viene del mar. Se está muy bien en la calle. Una cucaracha de tamaño familiar cruza la carretera, como si viniera a pedirme fuego o a preguntarme la hora. Yo no me quedo a esperarla en la acera y sigo mi camino, que a estas horas no tengo muy claro cuál es.
viernes, 16 de julio de 2010
Una chica
Con diecinueve años, me enamoré de una chica que sólo sabía complicarme la vida. Pero la quise porque nadie me la complicaba mejor que ella.
jueves, 15 de julio de 2010
Castigo y crimen
Taburete pasea por Doquier, su pueblo natal. Es taxidermista, sobre todo por las tardes, pues es de natural perezoso y siempre se le acumula el trabajo. Su distraído paseo se ve de pronto interrumpido por la aparición de Escarlatina, su casera, que surge de detrás de una esquina afilada. La casera está furiosa y le exige el pago del alquiler. Él alega desconocimiento del idioma, pero Escarlatina sabe que Taburete no es extranjero, puesto que lo había visto por el pueblo cuando era niño.
—Comprenda mi situación, señora Escarlatina —aduce finalmente Taburete—; la taxidermia está demodé. Nadie quiere disecar a sus animales. Y prefieren enterrar a sus familiares. O incinerarlos. Ya no hay romanticismo.
—Señorita —se limita a decir Escarlatina con sonrisa que pretende ser coqueta.
Taburete traga saliva. ¿Vale la pena seducir a la vieja bruja para no pagar el alquiler? ¿No es un precio demasiado elevado? Al fin y al cabo, no vive en un palacio.
—Las hortensias, por otra parte, están preciosas en esta época del año —dice para cambiar de tema.
—¿Cómo sabías que mi segundo nombre es Hortensia? Estás hecho un truhán, Taburete —contesta la casera rompiendo a reír. Y su risa es como los lamentos de gatos agonizantes.
Taburete empieza a sudar de forma copiosa y sonríe como el que sonríe ante un pelotón de fusilamiento. Al menos la vieja ya no piensa en el alquiler, se dice para consolarse (la taxidermia le ha enseñado a ver la vida con optimismo).
—Oye, qué mala cara, ¿tienes fiebre? —dice Escarlatina alargando la mano para tocarle la frente, pero Taburete se aparta con rapidez, como si temiera que la vieja le contagie la muerte.
—No, no, estoy bien, me habrá sentado mal algo que he comido.
—Tú lo que necesitas es una buena mujer que te cuide.
—Me gusta la soledad.
—Una mujer que tenga un buen capital y así tengas sólo que preocuparte de tu arte. Porque la taxidermia es una forma de escultura, ¿no?
—Yo me considero un simple artesano.
—Tonterías. Un sobrino mío tiene una mofeta que le disecaste y es una figura muy estética.
—No sé qué decirle, Escarlatina. A lo sumo, la taxidermia sería un arte de lo estático, más que de lo estético.
—Que no, tú eres un artista, hazme caso. Por eso no me pagas el alquiler. Los artistas sois así. Menos mal que estoy aquí para ocuparme de poner algo de orden en tu vida disoluta. Vamos, ven conmigo, te voy a preparar un caldo.
—Tengo cosas que hacer —murmura Taburete.
—Nada bueno, seguro: estar en bares hasta altas horas de la noche; reunirte con tus amigos taxidermistas; relacionarte con mujerzuelas; llevar una mala vida, en definitiva. Y tú necesitas descansar, que parece que te vayas a desmayar.
—Pero yo...
—Pero nada. Yo tengo mucho que ofrecerte, ¿sabes?
—Sí, tiene una piel muy disecable —murmura él, pero ella no le oye.
—Comprenda mi situación, señora Escarlatina —aduce finalmente Taburete—; la taxidermia está demodé. Nadie quiere disecar a sus animales. Y prefieren enterrar a sus familiares. O incinerarlos. Ya no hay romanticismo.
—Señorita —se limita a decir Escarlatina con sonrisa que pretende ser coqueta.
Taburete traga saliva. ¿Vale la pena seducir a la vieja bruja para no pagar el alquiler? ¿No es un precio demasiado elevado? Al fin y al cabo, no vive en un palacio.
—Las hortensias, por otra parte, están preciosas en esta época del año —dice para cambiar de tema.
—¿Cómo sabías que mi segundo nombre es Hortensia? Estás hecho un truhán, Taburete —contesta la casera rompiendo a reír. Y su risa es como los lamentos de gatos agonizantes.
Taburete empieza a sudar de forma copiosa y sonríe como el que sonríe ante un pelotón de fusilamiento. Al menos la vieja ya no piensa en el alquiler, se dice para consolarse (la taxidermia le ha enseñado a ver la vida con optimismo).
—Oye, qué mala cara, ¿tienes fiebre? —dice Escarlatina alargando la mano para tocarle la frente, pero Taburete se aparta con rapidez, como si temiera que la vieja le contagie la muerte.
—No, no, estoy bien, me habrá sentado mal algo que he comido.
—Tú lo que necesitas es una buena mujer que te cuide.
—Me gusta la soledad.
—Una mujer que tenga un buen capital y así tengas sólo que preocuparte de tu arte. Porque la taxidermia es una forma de escultura, ¿no?
—Yo me considero un simple artesano.
—Tonterías. Un sobrino mío tiene una mofeta que le disecaste y es una figura muy estética.
—No sé qué decirle, Escarlatina. A lo sumo, la taxidermia sería un arte de lo estático, más que de lo estético.
—Que no, tú eres un artista, hazme caso. Por eso no me pagas el alquiler. Los artistas sois así. Menos mal que estoy aquí para ocuparme de poner algo de orden en tu vida disoluta. Vamos, ven conmigo, te voy a preparar un caldo.
—Tengo cosas que hacer —murmura Taburete.
—Nada bueno, seguro: estar en bares hasta altas horas de la noche; reunirte con tus amigos taxidermistas; relacionarte con mujerzuelas; llevar una mala vida, en definitiva. Y tú necesitas descansar, que parece que te vayas a desmayar.
—Pero yo...
—Pero nada. Yo tengo mucho que ofrecerte, ¿sabes?
—Sí, tiene una piel muy disecable —murmura él, pero ella no le oye.
miércoles, 14 de julio de 2010
El beso
—¿No te parece precioso el beso de Casillas?
—Sí, pero es que él es millonario y famoso y se puede permitir ser romántico.
—Sí, pero es que él es millonario y famoso y se puede permitir ser romántico.
martes, 13 de julio de 2010
Un momento de debilidad
Y qué larga es la noche, aunque sea una noche de victoria, cuando es sin ti.
lunes, 12 de julio de 2010
El mundo
Así que ya somos campeones del mundo y hordas eufóricas toman la ciudad. Ha caído el dragón. La bruja ha muerto. Ya somos libres. Algo así, no sé, pero sienta muy bien, lo cual es una excelente novedad.
domingo, 11 de julio de 2010
Hablar del tiempo
—Señorita, llevo un rato mirándola y ya no puedo más: tengo unas preposiciones deshonestas.
—Serán «proposiciones».
—No, no, son preposiciones. Estaba ahora pensando en tener su cuerpo bajo el mío, en follarla contra la pared, en estar entre sus piernas durante horas. Cosas así.
—¿Le parece bonito abordar a las desconocidas de esta forma?
—No es culpa mía: mi corazón está lleno de barro.
—Sí, ha llovido mucho este año.
—Eso es. Y yo sigo calado hasta los huesos.
—Pobrecito. Suerte tiene de que sea una buena samaritana. ¿Por qué no viene a mi casa a calentarse un rato?
—¿Sólo un rato?
—O dos.
—Serán «proposiciones».
—No, no, son preposiciones. Estaba ahora pensando en tener su cuerpo bajo el mío, en follarla contra la pared, en estar entre sus piernas durante horas. Cosas así.
—¿Le parece bonito abordar a las desconocidas de esta forma?
—No es culpa mía: mi corazón está lleno de barro.
—Sí, ha llovido mucho este año.
—Eso es. Y yo sigo calado hasta los huesos.
—Pobrecito. Suerte tiene de que sea una buena samaritana. ¿Por qué no viene a mi casa a calentarse un rato?
—¿Sólo un rato?
—O dos.
sábado, 10 de julio de 2010
La tormenta
Primer plano de la chica. Desde lo alto de su nariz, veinte años de pecas nos contemplan. Está enfadada. Muy enfadada. Sus ojos brillan verdes de envidia. O quizá es que son verdes a secas. Será eso.
Primer plano del hombre. El hombre sonríe. Como si se dedicara a ello profesionalmente. Es decir, como si le pagaran por ello, que resulta que es el caso, pues se trata de un actor. El actor sonríe de una forma un tanto bobalicona, como si hubiera hecho una gracia que desconocemos. O simplemente como si fuera idiota.
La chica insulta al hombre. Improvisa graves insultos. Plano de la taza de café. El café no sonríe ni dice nada. Permanece negro y líquido. Sin embargo, vemos la superficie del café mientras resuenan los insultos de la chica. Una retahíla de improperios y una negrura insondable. Como si fuera una metáfora de algo importante, pero sólo es una taza de café.
La chica toma aire. Suena una canción de Buddy Holly, pero como si viniera de muy lejos.
Primer plano del hombre. El hombre sonríe. Como si se dedicara a ello profesionalmente. Es decir, como si le pagaran por ello, que resulta que es el caso, pues se trata de un actor. El actor sonríe de una forma un tanto bobalicona, como si hubiera hecho una gracia que desconocemos. O simplemente como si fuera idiota.
La chica insulta al hombre. Improvisa graves insultos. Plano de la taza de café. El café no sonríe ni dice nada. Permanece negro y líquido. Sin embargo, vemos la superficie del café mientras resuenan los insultos de la chica. Una retahíla de improperios y una negrura insondable. Como si fuera una metáfora de algo importante, pero sólo es una taza de café.
La chica toma aire. Suena una canción de Buddy Holly, pero como si viniera de muy lejos.
viernes, 9 de julio de 2010
A media voz
No, no se lo digo a nadie, pero recuerdo muchas veces esa noche de enero, cuando te metiste en la cama y las manos te olían a naranjas (a verano, quizá).
jueves, 8 de julio de 2010
Y yo recuerdo que la vida era esto
Y yo recuerdo que la vida era esto. Este despertar a tu lado. Este lento paso del tiempo, que de pronto es un aliado. Esta alegría tan poco precavida. Estos días dedicados a nosotros.
miércoles, 7 de julio de 2010
Las malaventuras
Volvería a casa paseando junto al río, pero no hay río, aunque sería un buen recurso literario. Volvería, si pudiera, en tren y observaría el paisaje apocalíptico que separa la ciudad de los pueblos, pero no hay trenes por la noche. Trenes que desaparecen en la noche (o algo así). Volvería, quizá, caminando junto a la costa, contando los guijarros del suelo como si fueran estrellas en el cielo o contando los guijarros del cielo como si fueran estrellas en el suelo o qué sé yo. Y me cruzaría con personas cansadas que me mirarían con desconfianza de siglos. Y yo iría pensando en arrojar una nueva botella al mar, aunque no tengo claro si importa que lleve mensaje o no.
martes, 6 de julio de 2010
Morir
—Me da miedo morirme de pronto, con cara de tonta, dejando algo importante por hacer. Lo ideal sería estar sobre aviso, dejarlo todo dispuesto con antelación, peinarse, ponerse guapa, elegir una ropa favorecedora y, finalmente, morirse porque no queda otro remedio.
lunes, 5 de julio de 2010
Sólo recitar las páginas adecuadas
Una noche de tantas sin dormir. Hay unos cuantos libros abiertos por la habitación. Para que me recuerden algo, creo. O a modo de conjuro, no lo sé. Y hay el deseo de ser escuchado, de ser entendido, de ser encontrado. Si yo supiera qué falla en mi cabeza. Si yo supiera qué falla en mi cabeza, la mandaría arreglar. Lo mismo con el corazón.
domingo, 4 de julio de 2010
Desparejas
—Esa chica de la que me has hablado tiene gustos parecidos a los míos. Voy a ver si puedo rondarla.
—No se te puede decir nada.
—Oye, que estoy de coña. Si me gustara de verdad, no te diría nada.
—Vaya, me dejas mucho más tranquila...
—No se te puede decir nada.
—Oye, que estoy de coña. Si me gustara de verdad, no te diría nada.
—Vaya, me dejas mucho más tranquila...
sábado, 3 de julio de 2010
El mensaje
Y en las afueras, junto a la carretera, un gran cartel que dice: «Llegas tarde para el futuro, chaval».
viernes, 2 de julio de 2010
Lecciones sexuales para los jóvenes samuráis
—¿Y si te follo contra la pared?
—Eso tiene que ser malo para la columna.
—Que esto no es el Partenón, sólo es ladrillo.
—Me refiero a la mía, a la vertebral.
—Ah. Pues sí que eres delicada.
—Me gusta el sexo con cariño.
—Podría follarte de cara a la pared, seguro que tu espalda sufre menos.
—¿Y aplastarme las tetas? Tú estás loco.
—Vale, vale. ¿Qué tal si apoyas el cuerpo en la mesa y te follo por detrás? Imagínate con la cara contra la madera, el vestido levantado y yo penetrándote con furia.
—Imposible. Viene mi madre mañana a comer y no podría sentarla a una mesa en la que me han follado como a una puta.
—Qué calamidad. Siempre hay alguna objeción al respecto.
—Lo siento. Ya sé que a ti te gustaría que todo fuera más espontáneo, pero tengo mis manías.
—Ya, pero es que así follarte es como rellenar un formulario.
—Eso es horrible. Acabas de chafarme las ganas.
—Se te veía de lo más ansiosa, sí.
—Eso tiene que ser malo para la columna.
—Que esto no es el Partenón, sólo es ladrillo.
—Me refiero a la mía, a la vertebral.
—Ah. Pues sí que eres delicada.
—Me gusta el sexo con cariño.
—Podría follarte de cara a la pared, seguro que tu espalda sufre menos.
—¿Y aplastarme las tetas? Tú estás loco.
—Vale, vale. ¿Qué tal si apoyas el cuerpo en la mesa y te follo por detrás? Imagínate con la cara contra la madera, el vestido levantado y yo penetrándote con furia.
—Imposible. Viene mi madre mañana a comer y no podría sentarla a una mesa en la que me han follado como a una puta.
—Qué calamidad. Siempre hay alguna objeción al respecto.
—Lo siento. Ya sé que a ti te gustaría que todo fuera más espontáneo, pero tengo mis manías.
—Ya, pero es que así follarte es como rellenar un formulario.
—Eso es horrible. Acabas de chafarme las ganas.
—Se te veía de lo más ansiosa, sí.
jueves, 1 de julio de 2010
Las penitencias
—Perdóneme, padre, porque he pecado.
—¿Cuántas veces?
—No lo sé, no llevo la cuenta.
—Muy mal, hijo, hay que llevar una agenda para tales menesteres. Hay que ser concienzudo y meticuloso. Si no, sería como si pecaras de forma caprichosa, sin constancia, a la ligera. Hay que hacer bien las cosas o no hacerlas.
—Prometo enmendarme en el futuro, padre.
—Bien. Rézame un Beckenbauer y siete Zsa Zsa Gabor.
—¿Cuántas veces?
—No lo sé, no llevo la cuenta.
—Muy mal, hijo, hay que llevar una agenda para tales menesteres. Hay que ser concienzudo y meticuloso. Si no, sería como si pecaras de forma caprichosa, sin constancia, a la ligera. Hay que hacer bien las cosas o no hacerlas.
—Prometo enmendarme en el futuro, padre.
—Bien. Rézame un Beckenbauer y siete Zsa Zsa Gabor.
miércoles, 30 de junio de 2010
No
Esto es una metáfora de tantas cosas, digo, pero no es cierto. No es una metáfora de nada. Es una mentira, como todo lo demás.
martes, 29 de junio de 2010
La muerte
—Llaman a la puerta —dice ella.
—Seguro que es la muerte —contesta él.
—No seas tremendista. Voy a ver quién es.
—Vale.
—Era el cartero —dice al volver—. Ha traído un telegrama de tu madre.
—¿Ves? Era la muerte.
—No empieces.
—¿Qué dice el telegrama?
—«El precio del petróleo no deja de subir. Tu tía Gertrudis está fatal de la artritis. La vida va siempre a peor».
—Es terrible que la labor de las madres sea deprimir a sus hijos.
—Lo hacen para curtirnos y que la vida nos sorprenda positivamente.
—Que nos sorprenda positivamente a veces —apostilla él.
—A ratos, sí.
—Quítate la ropa —dice él de repente—, quiero que la vida sea mejor.
—No seas guarro.
—La culpa es del autor, que me hace decir cosas terribles.
—Es un autor pésimo.
—Pésimo. Un obseso.
—Seguro que es la muerte —contesta él.
—No seas tremendista. Voy a ver quién es.
—Vale.
—Era el cartero —dice al volver—. Ha traído un telegrama de tu madre.
—¿Ves? Era la muerte.
—No empieces.
—¿Qué dice el telegrama?
—«El precio del petróleo no deja de subir. Tu tía Gertrudis está fatal de la artritis. La vida va siempre a peor».
—Es terrible que la labor de las madres sea deprimir a sus hijos.
—Lo hacen para curtirnos y que la vida nos sorprenda positivamente.
—Que nos sorprenda positivamente a veces —apostilla él.
—A ratos, sí.
—Quítate la ropa —dice él de repente—, quiero que la vida sea mejor.
—No seas guarro.
—La culpa es del autor, que me hace decir cosas terribles.
—Es un autor pésimo.
—Pésimo. Un obseso.
lunes, 28 de junio de 2010
Fin del mundo
«No seas tan trágica», le digo, y ella solloza al otro lado del teléfono: «es que siento como si fuera el fin del mundo». «El fin del mundo es muchas veces», contesto yo, y durante un instante pienso en añadir algo como: «yo lo sé muy bien, que no te tengo», o «de hecho, cada día sin ti es el fin del mundo», pero mejor no, que a ver con qué autoridad moral le digo que es muy trágica si me permito estos dispendios emocionales.
domingo, 27 de junio de 2010
La complicidad
Decía yo que el amor es compartir prejuicios. Es algo más, en realidad. Es que apoyen tus decisiones irracionales, absurdas e ilógicas. Yo todavía ni he conseguido que las muy ingratas apoyen mis decisiones sensatas.
sábado, 26 de junio de 2010
viernes, 25 de junio de 2010
No es verano
Es verano, quizá. Lo anuncian las faldas que revolotean como banderas de una patria más amable. Pero uno no tiene tiempo para el verano. O el verano no tiene tiempo para uno. Hay tanto que hacer y tan poco verano.
jueves, 24 de junio de 2010
La gente
En el tren, sentado junto a una pareja. Llegados a la parada de Victoria Kent, ella le pregunta a él: «¿Victoria Kent? ¿Quién es esa?». Él podría decirle que no tiene ni idea, pero la honestidad no lleva a ninguna parte, así que inventa. O quizá inventar no sea la palabra, que me temo que intenta ser una deducción. Contesta: «pues la reina Victoria, la de Inglaterra». Luego duda como dándose cuenta de que no ha sido muy convincente, pero en realidad es porque ha recordado que la casa reinante en el Reino Unido responde al nombre de Windsor, así que remata la historia: «lo que pasa es que se cambiaron luego el apellido».
Y ella le mira con ojos arrobados.
Y ella le mira con ojos arrobados.
miércoles, 23 de junio de 2010
Las causas y las intenciones
Así que el historiador ha de preguntarse por las causas y las intenciones a la hora de analizar el pasado. Esto es fácil decirlo, pero llevarlo a cabo en ciertos casos resulta algo más complicado. Por ejemplo, si a mí me diera por abordar mi vida, que es un barco que zozobra, las causas las tendría muy claras, pero las intenciones serían un misterio. Aparte de la intención de follar, claro.
martes, 22 de junio de 2010
I don't love anyone
«Pero tú no quieres a nadie, Míchel», me dice con seriedad fingida, como retándome a decirle que la quiero a ella. Yo me hago el indignado, aunque tenerla tan cerca me está volviendo loco; ya hace veinte minutos que me pregunto qué ropa interior lleva debajo del vestido y estoy valorando seriamente la posibilidad de meterle mano aquí mismo, aunque sé que no es el momento. Así que tiro de autocontrol zen y farfullo de forma muy digna algo que luego no recordaré. A una mujer que no es tuya no puedes decirle que la quieres. Aunque la tengas en tus pensamientos todo el rato y no sólo de forma depravada. No, hay que disimular. Siempre. Las mujeres son el mal, todo el mundo lo sabe, y más si tienen esos ojos. Pero no la mires a los ojos, que igual dices alguna tontería. Bien, a las tetas, así pensará que te gusta su cuerpo, pero nada más. No vayas a decirle algo de lo que te arrepientas luego. No le cuentes, qué sé yo, que la quieres. No. Si tú no quieres a nadie. Eres como un Bogart melenudo y dentro de un rato, cuando se marche, vas a emborracharte, pero dignamente, como los tipos duros, que además no bailan.
lunes, 21 de junio de 2010
domingo, 20 de junio de 2010
Las relaciones
O salen bien a la primera o no salen bien nunca. Lo mismo se puede decir de la vida, con la que uno, al fin y al cabo, tiene otra relación.
sábado, 19 de junio de 2010
Canto del macho cabrío
Si pudieras verme ahora, te enamorarías de mí. Vivo en la libertad que da saber que nada es verdad. Creo en el cuerpo y sólo a veces. Vivo en el resquicio que hay entre la memoria y el sueño, preguntándome si escribía para costearme la adicción a ti o si te perseguía para costearme la adicción a escribir. Pero ya no persigo el mito, ya no me dejo la vida, ya no me pregunto si era esto. Sólo a ratos, pero nunca es premeditado.
viernes, 18 de junio de 2010
El tiempo
Y me escribe la continuación de un mensaje de hace año y medio, como si sólo hubiera pasado un día o dos. Porque decíamos ayer que la vida no es tan larga, que los meses nos duran horas y que hay que enlazar un momento con otro para acabar con esta discontinuidad que nos atenaza. En Madrid sigue haciendo frío.
jueves, 17 de junio de 2010
Y la revolución sentimental
Dejo anotado que no volveré a amar. Lo leo. No volveré a amar. No es un plan muy elaborado. Es un lema. Un lema populista. Un «yes we can» de andar por casa.
miércoles, 16 de junio de 2010
Candle
Sólo cuando llegamos a la habitación me di cuenta de que ella llevaba un cascabel en el tobillo.
Claro, en el concierto era imposible oírlo, con Sonic Youth a todo volumen.
Tampoco lo advertí en el pub irlandés aquel, estaba demasiado concentrado en tomarle el pelo a cuento de la homeopatía.
Tampoco reparé en ello en el bar donde nos tomamos la última.
Ni cuando atravesábamos la noche sin rumbo fijo y nos cruzábamos con travestis.
Ni cuando nos besábamos con ansia en medio de la calle y los del servicio de limpieza nos pedían que nos apartáramos para que pudieran hacer su trabajo.
Ni cuando la desnudaba en algún portal o la apretaba contra mí junto a aquella comisaría.
No, lo descubrí luego, en la habitación, cuando nos buscábamos a oscuras en silencio para no despertar a todo el hostal y el cascabel no dejaba de sonar y sonar y sonar.
Supongo que también se oían nuestras risas ahogadas.
Claro, en el concierto era imposible oírlo, con Sonic Youth a todo volumen.
Tampoco lo advertí en el pub irlandés aquel, estaba demasiado concentrado en tomarle el pelo a cuento de la homeopatía.
Tampoco reparé en ello en el bar donde nos tomamos la última.
Ni cuando atravesábamos la noche sin rumbo fijo y nos cruzábamos con travestis.
Ni cuando nos besábamos con ansia en medio de la calle y los del servicio de limpieza nos pedían que nos apartáramos para que pudieran hacer su trabajo.
Ni cuando la desnudaba en algún portal o la apretaba contra mí junto a aquella comisaría.
No, lo descubrí luego, en la habitación, cuando nos buscábamos a oscuras en silencio para no despertar a todo el hostal y el cascabel no dejaba de sonar y sonar y sonar.
Supongo que también se oían nuestras risas ahogadas.
martes, 15 de junio de 2010
El futuro que espera
Dicen que sólo hay que fijarse en la madre de tu novia para saber cómo será esta última de mayor. Si esto es cierto, podría ser un problema en el futuro, pues yo nunca he encontrado atractivas a mis suegras. Claro que, por otra parte, tampoco me duran tanto las novias.
lunes, 14 de junio de 2010
El pasado que vuelve
(Esto lo escribí para Pezespada)
Sonó el teléfono y cuando lo cogí era una voz extraña la que me habló desde el otro lado de la línea. Una mujer joven y alterada (como todas las mujeres jóvenes, podría decir).
—Hola. Sé que no esperabas que te llamara, no ahora, después de tanto tiempo. Pero es que hace mucho que no. Que no soy feliz, que no tengo ganas de sonreír por tonterías, que no tengo ganas de dejar pasar simplemente la tarde porque la noche será única. La verdad es que nada de esto tiene tanta gracia sin ti, pero no lo sabía entonces. No, no digas nada, por favor. Ya lo sé. Lo sé todo, yo soy la primera en reprochármelo. Pero quiero verte. Bueno, es más que eso. Quiero que me folles. Ahora. Quiero que me empotres en la estantería y me la claves muy adentro. Quiero que me folles mientras llueven sobre nosotros libros de autores muertos. Quiero que la vida sea otra. Mejor. Contigo.
Yo sólo atiné a musitar «sí». Me dejé llevar por un momento de locura. Sencillamente, quería ser el destinatario de esa llamada. Quería escuchar esa voz toda la vida. Quizá fuera un momento de cordura.
—¿Sí? ¿De verdad? Genial. Tengo tantas ganas de verte, tantas cosas que contarte. Dicen que estoy más rubia, pero ya lo verás. Ven. Ven a quitarme la ropa, te necesito ahora. Ven a casa. Ya no vivo junto al parque, ¿sabes? Espera, apunta mi dirección.
Media hora después, llamaba a su puerta. No sabía qué decirle cuando abriera, cómo explicarle qué hacía ahí, por qué no le había dicho por teléfono que se había equivocado de número. No había excusas para mi comportamiento. No había manera siquiera de inventar unas.
Abrió la puerta la chica más bonita del mundo. Llevaba un vestido azul. Me observó con una gran sonrisa.
—Cuánto has cambiado —dijo—, pareces otro.
Yo empecé a desabrocharle el vestido.
Sonó el teléfono y cuando lo cogí era una voz extraña la que me habló desde el otro lado de la línea. Una mujer joven y alterada (como todas las mujeres jóvenes, podría decir).
—Hola. Sé que no esperabas que te llamara, no ahora, después de tanto tiempo. Pero es que hace mucho que no. Que no soy feliz, que no tengo ganas de sonreír por tonterías, que no tengo ganas de dejar pasar simplemente la tarde porque la noche será única. La verdad es que nada de esto tiene tanta gracia sin ti, pero no lo sabía entonces. No, no digas nada, por favor. Ya lo sé. Lo sé todo, yo soy la primera en reprochármelo. Pero quiero verte. Bueno, es más que eso. Quiero que me folles. Ahora. Quiero que me empotres en la estantería y me la claves muy adentro. Quiero que me folles mientras llueven sobre nosotros libros de autores muertos. Quiero que la vida sea otra. Mejor. Contigo.
Yo sólo atiné a musitar «sí». Me dejé llevar por un momento de locura. Sencillamente, quería ser el destinatario de esa llamada. Quería escuchar esa voz toda la vida. Quizá fuera un momento de cordura.
—¿Sí? ¿De verdad? Genial. Tengo tantas ganas de verte, tantas cosas que contarte. Dicen que estoy más rubia, pero ya lo verás. Ven. Ven a quitarme la ropa, te necesito ahora. Ven a casa. Ya no vivo junto al parque, ¿sabes? Espera, apunta mi dirección.
Media hora después, llamaba a su puerta. No sabía qué decirle cuando abriera, cómo explicarle qué hacía ahí, por qué no le había dicho por teléfono que se había equivocado de número. No había excusas para mi comportamiento. No había manera siquiera de inventar unas.
Abrió la puerta la chica más bonita del mundo. Llevaba un vestido azul. Me observó con una gran sonrisa.
—Cuánto has cambiado —dijo—, pareces otro.
Yo empecé a desabrocharle el vestido.
domingo, 13 de junio de 2010
sábado, 12 de junio de 2010
Corregirse
Madurar es traicionar el pasado. Enmendarse la plana. Practicar un revisionismo vital.
Pero el problema es estar en el mundo. Obligarse a estar en el mundo. Saber estar en el mundo.
Pero el problema es estar en el mundo. Obligarse a estar en el mundo. Saber estar en el mundo.
viernes, 11 de junio de 2010
Arenga
Y la patria nunca te abandona. Siempre está a tu lado, salta a la comba contigo, nunca te hace la zancadilla ni te escoge el último para el equipo de baloncesto. La patria siempre baila contigo. A la patria nunca le duele la cabeza. La patria te arropa por las noches y, amorosa, te susurra cuentos para que puedas dormir.
jueves, 10 de junio de 2010
Nada más
Yo antes creía en muchas cosas, pero ya no me acuerdo. Serían tonterías, supongo. O quizá no. En cualquier caso, ya no importa.
Ahora sólo creo en la línea de tus caderas, en la rotundidad de tus pechos, en la firmeza de tus nalgas. En tus manos, que dibujan misteriosas figuras en el aire cuando hablas. En los mensajes en morse de tus pasos.
Todo lo demás es mentira.
Ahora sólo creo en la línea de tus caderas, en la rotundidad de tus pechos, en la firmeza de tus nalgas. En tus manos, que dibujan misteriosas figuras en el aire cuando hablas. En los mensajes en morse de tus pasos.
Todo lo demás es mentira.
miércoles, 9 de junio de 2010
Madurar
Madurar es aprender a limitar tus expectativas: ya no te decepcionas, puesto que no esperabas nada. Ésta seguramente parezca una visión bastante negativa de la vida, pero no lo es. Es una visión madura.
martes, 8 de junio de 2010
lunes, 7 de junio de 2010
El equilibrio
Nunca hay que decirle «te quiero» a una mujer. Amar, como escribir, es un ejercicio de funambulismo. Algunas veces, de sonambulismo.
domingo, 6 de junio de 2010
Anoche
Hace un calor considerable, que dice Roger Wolfe al comienzo de un poema. Hace un calor atroz, diría yo, y es imposible dormir. El calor no ayuda, pero es imposible dormir por otras cuestiones. Esa idea absurda de que uno merece ser feliz, por ejemplo.
sábado, 5 de junio de 2010
El acorazado del emperador
Su Alteza Serenísima, el príncipe Helmut IV, creía estar destinado a grandes empresas, no en vano era pariente de la recientemente fallecida Reina Victoria, la que fuera monarca de la potencia más grande de la Tierra. Claro que, para desgracia del príncipe Helmut, él no gobernaba ninguna potencia, sino un pequeño país centroeuropeo enclavado entre las montañas: Silvonia. Por otra parte, su parentesco con la Reina Victoria era bastante lejano, pues era sobrino de una prima segunda (o tercera, no estaba claro) de aquella. Nada de esto desanimaba al joven príncipe, que era un firme voluntarista y que al subir al trono se había prometido a sí mismo que cambiaría el estado de las cosas durante su reinado.
Lo primero que hizo fue convocar a palacio al viejo canciller, Telhefunken, para comunicarle que el principado se convertía en imperio de forma inmediata. Telhefunken se alarmó al escuchar esto y arguyó que difícilmente podía ser Silvonia un imperio cuando su extensión era tan reducida. Helmut contraatacó afirmando que la grandeza de una nación no se mide por su extensión territorial, sino por el carácter de sus gentes y, sobre todo, el de sus gobernantes. Silvonia debía ser un imperio o bien no ser en absoluto, concluyó el príncipe, y el viejo Telhefunken tuvo que claudicar y disponerlo todo de manera que, al cabo de una semana, se proclamó el nuevo Imperio de Silvonia.
El pueblo aceptó de buen grado el nuevo estatus de la nación cuando se confirmó que pasar a ser un imperio no acarreaba una subida de impuestos. Las potencias europeas no reaccionaron con hostilidad como temía Telhefunken, sino más bien con indisimulada chufla. «Si Silvonia quiere ser un imperio, que lo sea; ahora pasemos a asuntos serios», parecía ser la actitud general. Un importante periódico de Londres afirmó que Silvonia era, junto a Liliput y el país de Oz, una de las mayores amenazas para la estabilidad mundial.
Nada de esto pasó desapercibido para Su Alteza Serenísima, el emperador Helmut, que hervía de rabia e indignación. Cómo hacer que le tomaran en serio, se preguntaba. Cómo hacer que Silvonia y su emperador ocuparan el lugar que merecían en el mundo.
La respuesta se la dio la Conferencia Naval que se celebró en Londres en 1908. El carácter de una nación no se puede pesar en una balanza ni medir con un metro, entendió; se necesita algo mensurable: una marina de guerra poderosa. El peso de una nación se mide concretamente con los acorazados, explicó al atribulado Telhefunken antes de enviarlo a Londres con la tarea de notificar al mundo que Silvonia se disponía a construir su primer acorazado. Esta idea fue acogida con gran jolgorio en la Conferencia Naval, pues no deja de ser bastante hilarante que una nación sin acceso al mar se dedique a tener una marina de guerra. Por tanto, nadie se opuso a la estrafalaria intención del emperador de Silvonia, a la que se le concedió permiso para construir un acorazado de cuantas toneladas quisiera.
La nación se puso enseguida manos a la obra, aunque no sin algunas protestas, pues la construcción del acorazado sí acarreaba una subida de impuestos considerable para poder costearlo. Pero de inmediato se presentó la cuestión que tan divertida había parecido en Londres: dónde ubicar el acorazado. Silvonia no tenía costa y parecía ridículo que el buque quedara fondeado en las aguas territoriales de algún país vecino. El emperador no se amilanó ante esto y declaró que la solución era muy sencilla: el río. «Pero el río no tiene caudal suficiente», adujeron los ingenieros navales contratados para la empresa. «Pues lo ampliaremos», contestó sencillamente Helmut. La voluntad del emperador se impuso de nuevo y las excavadoras no tardaron en comenzar a trabajar en el cauce del río, importándose también del extranjero, de forma continuada, cantidades ingentes de agua para llenarlo como era debido, convirtiéndose así el río prácticamente en un canal artificial.
Finalmente, después de tres años de arduos trabajos, se concluyeron el entrenamiento de la marinería, el acondicionamiento del río y la construcción del acorazado. Para su botadura solemne, fueron invitados periodistas y estadistas de toda Europa, que llegaron a Silvonia atónitos y expectantes a partes iguales. Helmut presidía la ceremonia ataviado con su uniforme de Gran Almirante, el primero de la historia gloriosa de Silvonia. Anunció al mundo que éste era sólo el primer paso hacia un nuevo orden europeo y mundial y que por fin Silvonia estaba en situación de reclamar el puesto que por derecho merecía entre las potencias. Tronaron entonces los poderosos cañones del monstruo metálico en una salva que aplaudió el pueblo de Silvonia, al que el emperador se dirigió directamente para terminar su discurso: «Aquí, delante de esta maravilla de la ingeniería y con el mundo entero de testigo, os prometo, súbditos míos, que jamás un ejército enemigo podrá desembarcar en nuestro país».
Lo primero que hizo fue convocar a palacio al viejo canciller, Telhefunken, para comunicarle que el principado se convertía en imperio de forma inmediata. Telhefunken se alarmó al escuchar esto y arguyó que difícilmente podía ser Silvonia un imperio cuando su extensión era tan reducida. Helmut contraatacó afirmando que la grandeza de una nación no se mide por su extensión territorial, sino por el carácter de sus gentes y, sobre todo, el de sus gobernantes. Silvonia debía ser un imperio o bien no ser en absoluto, concluyó el príncipe, y el viejo Telhefunken tuvo que claudicar y disponerlo todo de manera que, al cabo de una semana, se proclamó el nuevo Imperio de Silvonia.
El pueblo aceptó de buen grado el nuevo estatus de la nación cuando se confirmó que pasar a ser un imperio no acarreaba una subida de impuestos. Las potencias europeas no reaccionaron con hostilidad como temía Telhefunken, sino más bien con indisimulada chufla. «Si Silvonia quiere ser un imperio, que lo sea; ahora pasemos a asuntos serios», parecía ser la actitud general. Un importante periódico de Londres afirmó que Silvonia era, junto a Liliput y el país de Oz, una de las mayores amenazas para la estabilidad mundial.
Nada de esto pasó desapercibido para Su Alteza Serenísima, el emperador Helmut, que hervía de rabia e indignación. Cómo hacer que le tomaran en serio, se preguntaba. Cómo hacer que Silvonia y su emperador ocuparan el lugar que merecían en el mundo.
La respuesta se la dio la Conferencia Naval que se celebró en Londres en 1908. El carácter de una nación no se puede pesar en una balanza ni medir con un metro, entendió; se necesita algo mensurable: una marina de guerra poderosa. El peso de una nación se mide concretamente con los acorazados, explicó al atribulado Telhefunken antes de enviarlo a Londres con la tarea de notificar al mundo que Silvonia se disponía a construir su primer acorazado. Esta idea fue acogida con gran jolgorio en la Conferencia Naval, pues no deja de ser bastante hilarante que una nación sin acceso al mar se dedique a tener una marina de guerra. Por tanto, nadie se opuso a la estrafalaria intención del emperador de Silvonia, a la que se le concedió permiso para construir un acorazado de cuantas toneladas quisiera.
La nación se puso enseguida manos a la obra, aunque no sin algunas protestas, pues la construcción del acorazado sí acarreaba una subida de impuestos considerable para poder costearlo. Pero de inmediato se presentó la cuestión que tan divertida había parecido en Londres: dónde ubicar el acorazado. Silvonia no tenía costa y parecía ridículo que el buque quedara fondeado en las aguas territoriales de algún país vecino. El emperador no se amilanó ante esto y declaró que la solución era muy sencilla: el río. «Pero el río no tiene caudal suficiente», adujeron los ingenieros navales contratados para la empresa. «Pues lo ampliaremos», contestó sencillamente Helmut. La voluntad del emperador se impuso de nuevo y las excavadoras no tardaron en comenzar a trabajar en el cauce del río, importándose también del extranjero, de forma continuada, cantidades ingentes de agua para llenarlo como era debido, convirtiéndose así el río prácticamente en un canal artificial.
Finalmente, después de tres años de arduos trabajos, se concluyeron el entrenamiento de la marinería, el acondicionamiento del río y la construcción del acorazado. Para su botadura solemne, fueron invitados periodistas y estadistas de toda Europa, que llegaron a Silvonia atónitos y expectantes a partes iguales. Helmut presidía la ceremonia ataviado con su uniforme de Gran Almirante, el primero de la historia gloriosa de Silvonia. Anunció al mundo que éste era sólo el primer paso hacia un nuevo orden europeo y mundial y que por fin Silvonia estaba en situación de reclamar el puesto que por derecho merecía entre las potencias. Tronaron entonces los poderosos cañones del monstruo metálico en una salva que aplaudió el pueblo de Silvonia, al que el emperador se dirigió directamente para terminar su discurso: «Aquí, delante de esta maravilla de la ingeniería y con el mundo entero de testigo, os prometo, súbditos míos, que jamás un ejército enemigo podrá desembarcar en nuestro país».
viernes, 4 de junio de 2010
jueves, 3 de junio de 2010
La aurora
He estado viendo amanecer por la tele. En la tele se hacía de día, pero aquí seguía siendo de noche. Me he preguntado de pronto si será romántico ver amanecer por la tele. Seguramente no. O quizá sí. Quizá vale más un amanecer en alta definición que uno en el horizonte. Al fin y al cabo, la polución estropea lo bonito de la realidad.
miércoles, 2 de junio de 2010
Todos esos treintañeros que quieren follarse a la hija de Kurt Cobain
Frances Bean Cobain va a cumplir dieciocho años en agosto. Esto lo sé porque lo pone en el periódico. Viene una foto suya y la encuentro extrañamente atractiva. Una persona normal quizá se pondría a pensar en cosas como que Kurt Cobain murió con veintisiete años y que para su hija su padre siempre será un tipo joven. Una persona normal pensaría cosas así. Yo en cambio me la estoy imaginando desnuda. Y no sé por qué, pues en esta foto no sale muy favorecida. Qué diría Freud de todo esto, me pregunto. Quizá que se trata de una atracción homosexual y necrófila hacia el ídolo muerto. Estar con la hija para sentirse cerca del padre. Alguna cosa así, supongo. Pero el caso es que nunca me ha gustado Courtney Love. A lo mejor es todo mucho más sencillo y sólo me gusta la hija porque tiene diecisiete años.
martes, 1 de junio de 2010
La lucha por la vida
Fui al cuarto de baño. Me puse a mear y de pronto una cucaracha empezó a escalar por la bañera. Miré a la cucaracha. La cucaracha me miró a mí (creo). Miré luego el dorado y continuado chorro. Qué indefenso está un hombre cuando mea. Qué inútil es. No puede ni matar a una cucaracha. Mientras yo filosofaba de esta manera, la cucaracha seguía su lento ascenso por el exterior de la bañera. Sopesé durante unos segundos la idea de mearla, pero aunque fuera un bicho asqueroso, quizá no se merecía tal humillación.
lunes, 31 de mayo de 2010
Lencería
—Me encantan las bragas que llevabas; tú venías preparada por si pasaba algo, ¿eh?
—¡Oye, no! —simula escandalizarse—. Simplemente, me gusta ir decente.
—Venías indecente, que es como me gusta a mí.
—¡Oye, no! —simula escandalizarse—. Simplemente, me gusta ir decente.
—Venías indecente, que es como me gusta a mí.
domingo, 30 de mayo de 2010
Negociando
—¿Y si después de acostarme contigo no quiero volver a follar con mi marido?
—A ver, ¿en serio estás usando eso como argumento para que me parezca mala idea que follemos?
—A ver, ¿en serio estás usando eso como argumento para que me parezca mala idea que follemos?
sábado, 29 de mayo de 2010
La nocturnidad y la alevosía
Escapando de la Noche en Blanco y de otros desatinos. Sentado a las puertas de una iglesia a las cuatro de la mañana. Bebiendo cerveza. Pensando que el tiempo lo cura todo, pero a mí me duele ahora. Escribiendo horas antes una declaración de amor en la pared. Un «te quiero» que es un adiós, una bofetada, un agravio. Te quiero, pero no puede ser. Te quiero, pero estoy solo en esto. Esto es lo que me mata, pasemos ahora a otra cosa. «¿Pero esto es para Babeth o para mí?», preguntó Alba al leerlo. Es para mí, pensé yo.
viernes, 28 de mayo de 2010
Autosuficiencia
«En tu mano está ser feliz», le habían dicho.
Él decidió masturbarse de manera compulsiva.
Él decidió masturbarse de manera compulsiva.
jueves, 27 de mayo de 2010
miércoles, 26 de mayo de 2010
Todos los poetas están muertos
Y mi salud ya no es la que era. Y no hay ningún pasado al que volver, pues la única constante ha sido tu ausencia. Y dejo mi vida enterrada bajo una capa arenosa de recuerdos mientras atravieso la noche. Y no hay nostalgia; también está enterrada.
martes, 25 de mayo de 2010
Principio
Frente a un banco, hablando con ella, que tiene que pagar alguna cosa. Le pregunto si ha ido ya al cine a ver El gran Lebowski. Es 1998. Todavía no he cumplido veinte años. Ella no ha cumplido los diecisiete. Me dice que sí, que le ha gustado mucho. Fue a verla con su novio, claro: un tipo de veintidós años bastante facha, aunque ella prefiere decir que es «de mentalidad clásica». Las mujeres y sus justificaciones, aunque todavía me queda mucho por aprender. Todavía no sé nada.
Intercambiamos algunas frases banales más y nos despedimos. Ya nos veremos por ahí, dice antes de entrar en el banco.
Está empezando el verano.
Intercambiamos algunas frases banales más y nos despedimos. Ya nos veremos por ahí, dice antes de entrar en el banco.
Está empezando el verano.
lunes, 24 de mayo de 2010
El vals
Y ella baila como si la vida se detuviera en los vericuetos de su danza, en los pliegues de su vestido ondulante, en sus pies danzarines, constantes en lo eterno.
domingo, 23 de mayo de 2010
Nueva crítica literaria
«Pescuezo» no puede ir en un poema, no es bello, hay que usar otras palabras más elevadas, me dice una noche que estamos leyendo en la cama. Debe de ser que esto no es un poema, pienso al día siguiente, cuando, sentados contra una pared, esperando a que llegue el autobús, me dice de pronto: tócame el coño.
sábado, 22 de mayo de 2010
Horror vacui
Forzarse a escribir y otros actos de autodisciplina para no volver a pensar en ti.
Mierda.
Mierda.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)