domingo, 12 de abril de 2009
Femina homini lupus
¿Pero cómo puedes decir que eres misógino cuando luego escribes esas cosas de las mujeres?, me pregunta una amiga. Yo no digo nada, puede que sea verdad. Igual que un cínico es en realidad un romántico, un misógino ama a la mujer a pesar de todo (a pesar de ella). Luego pienso en una cosa que decía Groucho Marx en Sopa de ganso: «Recordad que estamos luchando por el honor de esta mujer, lo que posiblemente es más de lo que ella hizo jamás». Lo del misógino romántico es algo así.
sábado, 11 de abril de 2009
En la consulta del psiquiatra
—Me da miedo morirme ahora, dejando tantas cosas inacabadas. La estantería de ikea que compré el mes pasado, por ejemplo. Ya debería haberla montado para colocar en ella los libros que no tengo. Sin embargo, sigue dentro del embalaje: el ataúd de un mueble que no vuelve a la vida.
—Se preocupa usted demasiado. Haga como yo, estudie la mente humana. Es fascinante. ¿Sabe que tenemos interruptores dentro que no funcionan? Pero es normal, Dios no era electricista, sino carpintero.
—Seguro que haría buenos muebles.
—Pero no como los de ikea, que tiene que montarlos uno. Los muebles divinos se montarían solos.
—Es la vida, que está mal construida. Habría que tirar un par de tabiques y poner baldosas nuevas, por ejemplo.
—Perdone que me ponga muy freudiano, pero eso suena a insatisfacción sexual. Romper barreras y pisar un suelo que hemos elegido nosotros. Miedo al compromiso si no es con nuestras condiciones.
—También podría ser transvaloración de todos los valores, que decía Nietzsche. Filosofía del martillo.
—Nietzsche hablaba de acostarse con su hermana, no sea ingenuo. El superhombre es un hombre que se entrega al incesto con una sonrisa en la boca.
—Yo no tengo hermanas.
—Me temo entonces que tendrá que conformarse con ser un hombre corriente y aprender a convivir con el mundo. No tire las paredes, píntelas de vivos colores. La vida es una cárcel mental. Dibuje en las paredes ventanas que den a patios interiores imaginarios. Asómese a su inconsciente cada noche, antes de dormir, y salude a sus vecinos. Todos ellos son usted, algún aspecto de usted. Tiene que vivir con ellos, no hay mudanza que valga aquí. Aunque no los soporte. Ponga buena cara. Sea hipócrita. No es tan difícil.
—Se preocupa usted demasiado. Haga como yo, estudie la mente humana. Es fascinante. ¿Sabe que tenemos interruptores dentro que no funcionan? Pero es normal, Dios no era electricista, sino carpintero.
—Seguro que haría buenos muebles.
—Pero no como los de ikea, que tiene que montarlos uno. Los muebles divinos se montarían solos.
—Es la vida, que está mal construida. Habría que tirar un par de tabiques y poner baldosas nuevas, por ejemplo.
—Perdone que me ponga muy freudiano, pero eso suena a insatisfacción sexual. Romper barreras y pisar un suelo que hemos elegido nosotros. Miedo al compromiso si no es con nuestras condiciones.
—También podría ser transvaloración de todos los valores, que decía Nietzsche. Filosofía del martillo.
—Nietzsche hablaba de acostarse con su hermana, no sea ingenuo. El superhombre es un hombre que se entrega al incesto con una sonrisa en la boca.
—Yo no tengo hermanas.
—Me temo entonces que tendrá que conformarse con ser un hombre corriente y aprender a convivir con el mundo. No tire las paredes, píntelas de vivos colores. La vida es una cárcel mental. Dibuje en las paredes ventanas que den a patios interiores imaginarios. Asómese a su inconsciente cada noche, antes de dormir, y salude a sus vecinos. Todos ellos son usted, algún aspecto de usted. Tiene que vivir con ellos, no hay mudanza que valga aquí. Aunque no los soporte. Ponga buena cara. Sea hipócrita. No es tan difícil.
viernes, 10 de abril de 2009
Piden muerte desde la tercera fila
Me voy a dar al suicidio, que la bebida ya la tengo muy vista.
Pavese me dice desde los rincones que el talento no puede salvar a nadie.
La pierna amputada de Rimbaud mueve los dedos como si fueran las cinco cabezas de una hidra que asiente a lo que dice el italiano.
Y no poder contarle a nadie todo esto, me digo.
De todos modos, yo no escribo para nadie. Lo mismo se puede decir de todo lo demás.
Pavese me dice desde los rincones que el talento no puede salvar a nadie.
La pierna amputada de Rimbaud mueve los dedos como si fueran las cinco cabezas de una hidra que asiente a lo que dice el italiano.
Y no poder contarle a nadie todo esto, me digo.
De todos modos, yo no escribo para nadie. Lo mismo se puede decir de todo lo demás.
jueves, 9 de abril de 2009
miércoles, 8 de abril de 2009
Televisión
Hace tiempo me preguntó una amiga si los apartamentos que ganaban los concursantes del «Un, dos, tres» estaban en Torremolinos. No, en Torrevieja, le contesté yo. A ella le pareció una pena, le habría gustado que mis vecinos fueran ex concursantes. Estaría bien eso, pensé yo, barriadas enteras de ex concursantes del «Un, dos, tres» recordando la gloria perdida. Un drama humano. Juguetes rotos. Descamisados, que decía Eva Perón. Parias de la tierra, famélica legión y todo eso. A las barricadas catódicas, no pasarán. O que pasen sólo los reporteros de «Callejeros».
martes, 7 de abril de 2009
Los amantes (2)
—¿Qué haces desnuda? —le espetó su marido al entrar.
—Hace calor, cariño.
—Sí, claro. Seguro que estabas puteando, puta.
—No seas redundante —dijo ella—. La cena estará lista en un momento, en cuanto llegue la pizza.
—Otra vez pizza, no hay manera de comer de forma decente en esta casa. Por cierto, ¿qué has hecho en la casa? Parece otra.
—¿Verdad que sí? Soy una decoradora fabulosa. He seguido las enseñanzas de Strindberg.
—Oye, ¿quién es esta gente de las fotos?
—Modelos. Las fotos venían con los marcos, ¿te gustan?
—Son un poco feos. Tanto los marcos como los modelos.
—Estás de mal humor, eso es lo que pasa. ¿Un día duro en el trabajo?
—Sí. Los suicidas, que se agazapan tras los semáforos y saltan sobre los coches. Hoy hemos atropellado a siete. Claro, los alumnos están en una crisis nerviosa permanente. Me preguntan qué deben hacer si les pasa en el examen. Yo les contesto que en caso de pánico hay que pisar el acelerador, siempre, pero sonriendo, como si no pasara nada. Ante todo, naturalidad.
—Es un buen consejo, casi de sabiduría zen —dijo ella.
—La culpa es del gobierno, que no detiene a los suicidas.
—Tendrían que ejecutarlos, ¿verdad?
—No, que eso es lo que quieren esos viciosos. Mejor que les obliguen a ser felices. Tanto nihilismo no es bueno, ya lo decía mi padre.
—¿Pero tu padre no se suicidó?
—No, fue un terrible accidente.
—¿No se ahorcó?
—Estaba practicando puenting. Quería volver a sentirse joven.
—Bueno, no te preocupes, tengo algo que es mejor que el autoengaño. Una mamada, ¿te apetece? —dijo ella arrodillándose.
—Vale, mientras llega la pizza. Por cierto, ¿cuánto te has gastado en ese armario?
—Hace calor, cariño.
—Sí, claro. Seguro que estabas puteando, puta.
—No seas redundante —dijo ella—. La cena estará lista en un momento, en cuanto llegue la pizza.
—Otra vez pizza, no hay manera de comer de forma decente en esta casa. Por cierto, ¿qué has hecho en la casa? Parece otra.
—¿Verdad que sí? Soy una decoradora fabulosa. He seguido las enseñanzas de Strindberg.
—Oye, ¿quién es esta gente de las fotos?
—Modelos. Las fotos venían con los marcos, ¿te gustan?
—Son un poco feos. Tanto los marcos como los modelos.
—Estás de mal humor, eso es lo que pasa. ¿Un día duro en el trabajo?
—Sí. Los suicidas, que se agazapan tras los semáforos y saltan sobre los coches. Hoy hemos atropellado a siete. Claro, los alumnos están en una crisis nerviosa permanente. Me preguntan qué deben hacer si les pasa en el examen. Yo les contesto que en caso de pánico hay que pisar el acelerador, siempre, pero sonriendo, como si no pasara nada. Ante todo, naturalidad.
—Es un buen consejo, casi de sabiduría zen —dijo ella.
—La culpa es del gobierno, que no detiene a los suicidas.
—Tendrían que ejecutarlos, ¿verdad?
—No, que eso es lo que quieren esos viciosos. Mejor que les obliguen a ser felices. Tanto nihilismo no es bueno, ya lo decía mi padre.
—¿Pero tu padre no se suicidó?
—No, fue un terrible accidente.
—¿No se ahorcó?
—Estaba practicando puenting. Quería volver a sentirse joven.
—Bueno, no te preocupes, tengo algo que es mejor que el autoengaño. Una mamada, ¿te apetece? —dijo ella arrodillándose.
—Vale, mientras llega la pizza. Por cierto, ¿cuánto te has gastado en ese armario?
lunes, 6 de abril de 2009
Lencería y bancos del parque
—Qué calor. Y no me puedo quitar el chaleco porque no llevo sujetador y esta camisa se transparenta.
—Pues habértelo puesto.
—No podía hacerlo. Con esta camisa tengo que llevar sujetador blanco.
—Y hoy no puedes llevar sujetador blanco porque...
—Porque no iría conjuntada con las bragas que llevo.
—Oye, cuando salías conmigo ibas sin conjuntar un montón de veces.
—Porque no tenía tanta lencería como ahora. Tengo una lencería preciosa.
—Menos mal, que antes tenías algunas bragas feísimas.
—¿Yo? ¿Cuándo?
—Ya sabes. Bragas de regla, que decías tú. Unas bragas muy feas.
—¿Feas? ¿Con este culo? Imposible.
—Sí, vale, tu culo está de puta madre, pero las bragas que te ponías a veces eran muy feas. Por cierto, enséñame las que llevas puestas.
—No puedo, este pantalón tiene la cintura muy alta.
—Claro que puedes, déjame a mí... Vale, no se puede, me rindo.
—Espera, ya lo hago yo. Mira.
—Muy bonitas. Recuerdo que, una vez, cuando todavía no salíamos juntos, te dije: «te quiero porque eres la única chica que me enseña las bragas». Te reíste un montón.
—Ahora te las enseñan muchas.
—Sí, algunas.
—Pues habértelo puesto.
—No podía hacerlo. Con esta camisa tengo que llevar sujetador blanco.
—Y hoy no puedes llevar sujetador blanco porque...
—Porque no iría conjuntada con las bragas que llevo.
—Oye, cuando salías conmigo ibas sin conjuntar un montón de veces.
—Porque no tenía tanta lencería como ahora. Tengo una lencería preciosa.
—Menos mal, que antes tenías algunas bragas feísimas.
—¿Yo? ¿Cuándo?
—Ya sabes. Bragas de regla, que decías tú. Unas bragas muy feas.
—¿Feas? ¿Con este culo? Imposible.
—Sí, vale, tu culo está de puta madre, pero las bragas que te ponías a veces eran muy feas. Por cierto, enséñame las que llevas puestas.
—No puedo, este pantalón tiene la cintura muy alta.
—Claro que puedes, déjame a mí... Vale, no se puede, me rindo.
—Espera, ya lo hago yo. Mira.
—Muy bonitas. Recuerdo que, una vez, cuando todavía no salíamos juntos, te dije: «te quiero porque eres la única chica que me enseña las bragas». Te reíste un montón.
—Ahora te las enseñan muchas.
—Sí, algunas.
domingo, 5 de abril de 2009
Desacuerdos
—Preferiría que también quisieras otras cosas. Por ejemplo, comerte un gofre conmigo en la terraza sin que pensaras: «podría follármela aquí mismo».
—Nena, yo eso lo voy a pensar siempre.
—Nena, yo eso lo voy a pensar siempre.
sábado, 4 de abril de 2009
We're only in it for the money
Ha ganado usted el segundo premio del certamen de cartas de amor, le dicen por la mañana al autor, que, con expresión ausente a causa de la falta de sueño, pues ha recuperado el insomnio y la mirada trágica para ciertos asuntos, piensa: nunca hubiera imaginado que se puede sacar dinero del desamor. Luego viaja con la memoria a aquella noche en la que escribió la carta: una guapa brasileña quería quedar con él, pero él dijo que no, que tenía que escribir una cosa para un concurso. Ella le dijo: pero si no vas a ganar. Da igual, contestó él, inasequible a la tentación: es el concepto, hay que competir para poder quejarse luego.
Se pasó la noche pensando que podría estar emborrachando a una chica en vez de estar en casa desnudándose emocionalmente.
Se pasó la noche pensando que podría estar emborrachando a una chica en vez de estar en casa desnudándose emocionalmente.
viernes, 3 de abril de 2009
Por la mañana
Cuesta levantarse de la cama y no debería ser así, debería ser justo al revés, pues qué me ata a la cama. Nada. Nadie. Sólo están las sábanas. Y ácaros que no veo, supongo, que no son la compañía más sensual que se me ocurre. Hay tantas mujeres, dice una voz que sale de un cajón. La conciencia, pienso yo. Pepito Grillo. Hay tantas mujeres, pero por ahí, que aquí ahora mismo no hay ninguna, remata la voz. Es verdad, contesto yo, que a estas alturas ya doy por perdida mi cordura. ¿Qué estarán haciendo? Seguro que algo mejor que hablar solas, responde la voz. Bah, digo yo, y hago un gesto amenazador con el puño, qué sabrás tú, si no existes; yo al menos existo fuera de mi cabeza, que ya es bastante. Sí, sí, ya veo lo bien que existes: ahí hablando con las voces de los cajones y buscando ácaros en las sábanas; por cierto, muy elegante lo de pasearte en calzoncillos.
jueves, 2 de abril de 2009
Para una nueva metafísica
Del verdadero olvido no ha escrito nadie. Básicamente porque resulta imposible recordarlo.
miércoles, 1 de abril de 2009
29,5 kilómetros por segundo
Yo quería ser el último de los soldados en rendirse. Quería ser el primero que lo traicionara todo por ti. Quería escribir las nuevas leyes del mundo. Pero ya no soy capaz de recordar tu cuerpo. El tamaño de tus pezones. La forma de tus tetas. El contorno de tus caderas. El dibujo de tus nalgas.
Arrojo las armas lejos y me entrego a la innoble tarea de olvidarte.
Arrojo las armas lejos y me entrego a la innoble tarea de olvidarte.
martes, 31 de marzo de 2009
Marzo por la noche
Hay un gato maullando en el tejado. No sé qué querrá. Subiría a preguntarle, pero no tengo edad para estar paseándome por encima de las casas, y menos cuando ni siquiera hay una mujer por medio. Ah, si hubiera una mujer maullando en el tejado, amigos, entonces sería otra historia.
lunes, 30 de marzo de 2009
Destinos cruzados
Mi avión iba a Barcelona, pero acabé en Tombuctú. Tenía que haber sospechado cuando vi a los catalanes tan morenos, pero pensé que sería cosa de la capa de ozono, que ya no es lo que era. Que el taxista me condujera a una casa de adobe donde me quitaron todo el dinero, cuando yo le había dicho que quería ver la Sagrada Familia, lo achaqué a un revés del destino. Me ha tocado el taxista criminal, nada más, me dije. Lo definitivo fue que no tuvieran mi reserva en el hotel. Claro, no era mi hotel, era otro, el Hilton Tombuctú o algo así, que no está en Barcelona. Llamé a la aerolínea, que me explicó que todo había sido un error de un empleado disléxico. «Es una nueva política que tenemos», me dijeron, «apoyamos a los discapacitados de toda índole; en Air Hurricane creemos en la igualdad de oportunidades».
domingo, 29 de marzo de 2009
Filias y fobias
Toda la vida ha tenido pánico a las arañas. «Tú siempre vendrás a matarme las arañas como hacía Woody Allen en Annie Hall, ¿verdad?», me preguntaba cuando éramos pareja, hace muchos años.
Ahora estoy sentado en un sofá con ella y me doy cuenta de que hay una pequeña araña cerca de su hombro. Yo la aplasto con un dedo, pero no digo nada.
Ahora estoy sentado en un sofá con ella y me doy cuenta de que hay una pequeña araña cerca de su hombro. Yo la aplasto con un dedo, pero no digo nada.
sábado, 28 de marzo de 2009
viernes, 27 de marzo de 2009
Sistemas
«Voy a salir a fotografiar a todas las chicas bonitas de esta ciudad. Si me dicen algo, les contestaré que soy periodista, que estoy haciendo un reportaje sobre la belleza, o que soy un cazatalentos en busca de la modelo de la década. No sé, ya improvisaré algo. Luego haré un mural con las fotos. En mi habitación. Tendré a todas las chicas guapas de la ciudad en mi habitación».
«No sé, yo prefiero follármelas», contestó su amigo.
«No sé, yo prefiero follármelas», contestó su amigo.
jueves, 26 de marzo de 2009
Los amantes
Llamaron a la puerta. Él pensó que sería ella, por lo que abrió enseguida. No era ella, pero se le parecía, y eso, en estos tiempos de crisis, ya es mucho. Hola, vecino, dijo ella, me preguntaba si tendrías algo de faisán y caviar, que todavía no he preparado la cena. Pasa, has tardado mucho, contestó él. Ella entendió que era una invitación sexual, le miró y se dijo: no es muy guapo, pero en estos tiempos de crisis...
Se sentaron en el sofá. Me gusta el papel de la pared, dijo ella. Gracias, lo eligió mi madre, contestó él. Una mosca sobrevoló la escena. Él se rascó el mentón, que siempre le había parecido algo muy literario. Ella se preguntó si su blusa no era lo bastante escotada.
Bueno, ¿a qué te dedicas?, preguntó ella para romper la interpretación de 4'33", de John Cage, que estaban llevando a cabo. Diseño barcos de vapor, contestó él. Vaya, ¿y eso está bien pagado?, dijo ella. Todavía no lo sé, respondió él, no me contratan en ningún sitio. Yo hoy he perdido la audición de un ojo, dijo ella. Será la visión, repuso él. No, no, la audición, era un papel en una obra de teatro: La Señora de las Anillas. Todo en clave feminista. Soy actriz, ¿sabes? De las buenas. Si fueras productor, te haría una demostración. O si fueras director.
Él tragó saliva y le confesó algo que ocultaba a sus más íntimos amigos: bueno, mi padre era el director de mi escuela, no sé si te servirá. Eso depende, contestó ella, ¿tu padre está vivo? No, falleció hace dos años, dijo él. Entonces se puede decir que has heredado el cargo de director, deberías presentarte algún día allí y dar órdenes; por lo pronto, me las puedes dar a mí. Tú dime qué quieres que interprete; se me dan muy bien las fulanas, lo dice todo el mundo.
Dicho esto, puso las manos en la mesita de café e hizo el pino. Como puedes ver, estoy en forma y soy muy elástica, dijo abriendo bien sus torneadas piernas.
Él sonrió con nerviosismo, siempre le habían intimidado las mujeres que hacían el pino sobre la mesita de café sin previo aviso.
Ella volvió a sentarse, frustrada. Después de un momento de silencio, dijo: hace calor, ¿no? Lo normal en esta época del año, contestó él. ¿Y si me desnudo?, dijo ella. No me opongo. Pues yo ya no sé cómo ponerte, se quejó ella. No, no, digo que no estoy en contra. Esa postura no la conozco, pero me la puedes enseñar, respondió ella quitándose la ropa en un abrir y cerrar de ojos, aunque él mantuvo los suyos abiertos en todo momento, por no perderse detalle.
Señorita, es usted un monumento, dijo él en un alarde de españolismo. Mira, contestó ella, no me importa que de pronto me trates de usted, pero métemela de una vez. Él decidió que sería de mal anfitrión desoír la petición de su invitada, así que se desnudó y la penetró muy satisfactoriamente para ambos, procediendo después a efectuar rítmicos movimientos pélvicos acompañados de gemidos y jadeos. Qué bella parece la vida entre los muslos de una mujer hermosa, pensaba él. Qué bella parece la vida cuando tienes dentro una buena polla, pensaba ella.
De pronto, golpearon en la puerta. ¡Cielos, mi marido!, dijo ella. Por qué tienes que decir ese cliché, se quejó él, por qué no puedes decir, por ejemplo, que es tu hermana gemela y ninfómana. Eso también sería un cliché, argumentó ella, un cliché de película porno. No lo niego, pero son más divertidos, dijo él. No es momento de discutir, respondió ella, tienes que esconderte, mi marido te matará si te encuentra conmigo, es profesor de autoescuela. Pero si esta es mi casa, dijo él. Da igual, no se dará cuenta, tú escóndete, dijo ella.
Le metió a empujones en un armario, lo que también era un cliché, pero cerró la puerta antes de que él pudiera decir nada. Desnuda como estaba, fue a abrir a su marido.
Se sentaron en el sofá. Me gusta el papel de la pared, dijo ella. Gracias, lo eligió mi madre, contestó él. Una mosca sobrevoló la escena. Él se rascó el mentón, que siempre le había parecido algo muy literario. Ella se preguntó si su blusa no era lo bastante escotada.
Bueno, ¿a qué te dedicas?, preguntó ella para romper la interpretación de 4'33", de John Cage, que estaban llevando a cabo. Diseño barcos de vapor, contestó él. Vaya, ¿y eso está bien pagado?, dijo ella. Todavía no lo sé, respondió él, no me contratan en ningún sitio. Yo hoy he perdido la audición de un ojo, dijo ella. Será la visión, repuso él. No, no, la audición, era un papel en una obra de teatro: La Señora de las Anillas. Todo en clave feminista. Soy actriz, ¿sabes? De las buenas. Si fueras productor, te haría una demostración. O si fueras director.
Él tragó saliva y le confesó algo que ocultaba a sus más íntimos amigos: bueno, mi padre era el director de mi escuela, no sé si te servirá. Eso depende, contestó ella, ¿tu padre está vivo? No, falleció hace dos años, dijo él. Entonces se puede decir que has heredado el cargo de director, deberías presentarte algún día allí y dar órdenes; por lo pronto, me las puedes dar a mí. Tú dime qué quieres que interprete; se me dan muy bien las fulanas, lo dice todo el mundo.
Dicho esto, puso las manos en la mesita de café e hizo el pino. Como puedes ver, estoy en forma y soy muy elástica, dijo abriendo bien sus torneadas piernas.
Él sonrió con nerviosismo, siempre le habían intimidado las mujeres que hacían el pino sobre la mesita de café sin previo aviso.
Ella volvió a sentarse, frustrada. Después de un momento de silencio, dijo: hace calor, ¿no? Lo normal en esta época del año, contestó él. ¿Y si me desnudo?, dijo ella. No me opongo. Pues yo ya no sé cómo ponerte, se quejó ella. No, no, digo que no estoy en contra. Esa postura no la conozco, pero me la puedes enseñar, respondió ella quitándose la ropa en un abrir y cerrar de ojos, aunque él mantuvo los suyos abiertos en todo momento, por no perderse detalle.
Señorita, es usted un monumento, dijo él en un alarde de españolismo. Mira, contestó ella, no me importa que de pronto me trates de usted, pero métemela de una vez. Él decidió que sería de mal anfitrión desoír la petición de su invitada, así que se desnudó y la penetró muy satisfactoriamente para ambos, procediendo después a efectuar rítmicos movimientos pélvicos acompañados de gemidos y jadeos. Qué bella parece la vida entre los muslos de una mujer hermosa, pensaba él. Qué bella parece la vida cuando tienes dentro una buena polla, pensaba ella.
De pronto, golpearon en la puerta. ¡Cielos, mi marido!, dijo ella. Por qué tienes que decir ese cliché, se quejó él, por qué no puedes decir, por ejemplo, que es tu hermana gemela y ninfómana. Eso también sería un cliché, argumentó ella, un cliché de película porno. No lo niego, pero son más divertidos, dijo él. No es momento de discutir, respondió ella, tienes que esconderte, mi marido te matará si te encuentra conmigo, es profesor de autoescuela. Pero si esta es mi casa, dijo él. Da igual, no se dará cuenta, tú escóndete, dijo ella.
Le metió a empujones en un armario, lo que también era un cliché, pero cerró la puerta antes de que él pudiera decir nada. Desnuda como estaba, fue a abrir a su marido.
miércoles, 25 de marzo de 2009
La guerra nuclear y otras cosas que llevo en los bolsillos
En realidad, después de tantos años, ella no sabe nada de mí. No me conoce. Y esto es porque en el fondo no le interesa, simplemente se acostumbró a mi presencia como si pensara que formo parte del paisaje. Nadie se pregunta qué piensa el árbol que ve por la ventana. Y si se lo pregunta es que está loco o se ha pasado de new age. Pero no importa, yo se lo perdono porque es la única que llorará cuando me muera. Aunque quizá lo haga por motivos equivocados, pero algo es algo.
martes, 24 de marzo de 2009
En el tren
En el tren. Borracho (yo, no el tren, que es una cosa, algo inanimado). Se acerca el revisor y, con expresión adusta, como si fuera un juez implacable o un agente de la policía política de un régimen dictatorial, me pide el billete. Yo sonrío intentando ocultar una embriaguez más que evidente, me meto la mano en el bolsillo y saco lo que en un primer momento me parece que es el billete, pero que resulta no serlo. Es un círculo dentro de un cuadrado, y por un breve instante recuerdo lo bella que es la geometría. Vamos, que le ofrezco un condón y me quedo mirándole como si le estuviera tendiendo un salvoconducto que me permite viajar en transporte público. He sobrestimado las virtudes de los preservativos, diría cualquiera. El revisor me mira con desprecio, como ofendido, y le hace un gesto al de seguridad. Toda la culpa es del Papa, pienso yo.
lunes, 23 de marzo de 2009
La posmodernidad
«Lindo», me dice ella cuando nos despedimos, y me abraza con fuerza. «Qué bien te huele el pelo», dice después. «No dejes de pensar en mí», susurra, y me da un beso.
Yo le doy una palmada en el culo, le digo «hasta luego» y me marcho.
Yo le doy una palmada en el culo, le digo «hasta luego» y me marcho.
domingo, 22 de marzo de 2009
Ningún amor
«Los tres sois iguales», me dice ella, «vais de posmodernos, de punkis, con ese rollo de que no os importa nada ni nadie, que os da igual que os odien, incluso os gusta».
Yo podría contestarle que echo de menos la posibilidad. Que quisiera que la vida me hubiera llevado por otro camino, pero yo no elegí nada. Que, sin embargo, no tengo nada que ver con nadie, aunque pensaría que le estoy dando la razón. He llegado aquí solo. También podría ponerme sarcástico y decirle que se deje de tonterías y que colabore con la causa. Ayúdame a creer, ¿no? Pero me callo todo esto porque, claro, no serviría de nada.
Yo podría contestarle que echo de menos la posibilidad. Que quisiera que la vida me hubiera llevado por otro camino, pero yo no elegí nada. Que, sin embargo, no tengo nada que ver con nadie, aunque pensaría que le estoy dando la razón. He llegado aquí solo. También podría ponerme sarcástico y decirle que se deje de tonterías y que colabore con la causa. Ayúdame a creer, ¿no? Pero me callo todo esto porque, claro, no serviría de nada.
sábado, 21 de marzo de 2009
Las cosas
Qué poco soporto a esta mujer. Pero están los niños, claro, que digo yo que serán míos aunque no hayan salido albinos como su padre. An albino, a mosquito, que cantaba Nirvana cuando era joven y todo parecía más fácil, cuando nos poníamos camisas a cuadros y creíamos que no había futuro, que era algo que ya habían pensando antes los punkis y no les salió nada bien. Pero tenía veinte años, qué iba a saber yo, me creía más listo que los demás. Yo esquivaré al destino, pensaba, no habrá idus de marzo para mí.
Una mañana me desperté y ya no tenía veinte años.
Bah, seguro que es una broma, esto no me puede estar pasando a mí, pensaba al principio. ¿Que me he casado con Elena? Imposible, si es una chica tontísima, si lo primero que me dijo al conocerme fue que le encantaba lo bien que me había decolorado el pelo. En su defensa hay que decir que iba bastante drogada cuando dijo eso, pero yo también lo estaba y aun así me pareció una tontería como una catedral. En cualquier caso, acabé en la cama con ella y luego nos fuimos juntos a Londres y unos cuantos años después yo estaba casado con una tonta y ella con un albino.
A veces las cosas simplemente suceden, sin explicación alguna.
«Me tratas como si fuera idiota», sigue diciendo ella desde el dormitorio. Yo termino de anudarme los cordones pensando: «es que lo eres, joder», pero contesto: «qué cosas tienes, cariño». Cuánto detesto a esta mujer, pero hay que disimularlo todo. Por los niños, me digo, que lo harán mejor que yo.
Una mañana me desperté y ya no tenía veinte años.
Bah, seguro que es una broma, esto no me puede estar pasando a mí, pensaba al principio. ¿Que me he casado con Elena? Imposible, si es una chica tontísima, si lo primero que me dijo al conocerme fue que le encantaba lo bien que me había decolorado el pelo. En su defensa hay que decir que iba bastante drogada cuando dijo eso, pero yo también lo estaba y aun así me pareció una tontería como una catedral. En cualquier caso, acabé en la cama con ella y luego nos fuimos juntos a Londres y unos cuantos años después yo estaba casado con una tonta y ella con un albino.
A veces las cosas simplemente suceden, sin explicación alguna.
«Me tratas como si fuera idiota», sigue diciendo ella desde el dormitorio. Yo termino de anudarme los cordones pensando: «es que lo eres, joder», pero contesto: «qué cosas tienes, cariño». Cuánto detesto a esta mujer, pero hay que disimularlo todo. Por los niños, me digo, que lo harán mejor que yo.
viernes, 20 de marzo de 2009
Tryptizol
«Nunca había deseado tanto la felicidad», va pensando Soledad de camino a la farmacia. «Sólo se es verdaderamente desgraciada cuando se quiere ser feliz», poetiza. «Si yo me conformara con esta gris existencia, si yo aceptara de buen grado esta soledad homónima y no me fijara en otros homínidos». Pero la resignación cristiana nunca fue lo suyo. Suspirando, aprieta el paso.
En la farmacia, un anciano compra condones. «Para las enfermeras», dice con sonrisa de Casanova moribundo y sale por la puerta cuando entra Soledad, que saluda con timidez al farmacéutico. El farmacéutico se llama Francisco, pero se parece a Paul Newman. «Ojalá Francisco me hiciera cisco», se dice Soledad en un pareado que sería improvisado si no fuera porque lleva pensándolo todo el día.
—Hola, Soledad. ¿Lo de siempre?
—Sí, sí —responde ella intentando parecer vitalista y alegre aunque viene a comprar antidepresivos.
Le da la receta y Francisco desaparece en la trastienda. Una metáfora de mi vida, piensa Soledad, que se pregunta qué hace Francisco en su tiempo libre, cuando no está dispensando medicamentos y drogas detrás de un mostrador. Se lo imagina pintando, un artista farmacéutico, o cuidando de su anciana madre, que seguro que fue la generosidad de espíritu la que le llevó a dedicarse a esto. «Esperando, fantaseo; enmiendo la realidad», se dice. «Yo necesito casarme con un guapo farmacéutico que quiera darme medicamentos toda la vida. Sin receta».
Francisco vuelve con la caja de antidepresivos en la mano y saca de su ensueño a Soledad, que paga diligentemente. «Hasta el mes que viene», se despide él y ella se pregunta si lo que ha comprado hará que se sienta menos tonta.
En la farmacia, un anciano compra condones. «Para las enfermeras», dice con sonrisa de Casanova moribundo y sale por la puerta cuando entra Soledad, que saluda con timidez al farmacéutico. El farmacéutico se llama Francisco, pero se parece a Paul Newman. «Ojalá Francisco me hiciera cisco», se dice Soledad en un pareado que sería improvisado si no fuera porque lleva pensándolo todo el día.
—Hola, Soledad. ¿Lo de siempre?
—Sí, sí —responde ella intentando parecer vitalista y alegre aunque viene a comprar antidepresivos.
Le da la receta y Francisco desaparece en la trastienda. Una metáfora de mi vida, piensa Soledad, que se pregunta qué hace Francisco en su tiempo libre, cuando no está dispensando medicamentos y drogas detrás de un mostrador. Se lo imagina pintando, un artista farmacéutico, o cuidando de su anciana madre, que seguro que fue la generosidad de espíritu la que le llevó a dedicarse a esto. «Esperando, fantaseo; enmiendo la realidad», se dice. «Yo necesito casarme con un guapo farmacéutico que quiera darme medicamentos toda la vida. Sin receta».
Francisco vuelve con la caja de antidepresivos en la mano y saca de su ensueño a Soledad, que paga diligentemente. «Hasta el mes que viene», se despide él y ella se pregunta si lo que ha comprado hará que se sienta menos tonta.
jueves, 19 de marzo de 2009
Ça commence aujourd'hui
Ella me manda fotos de la vida que no tuvimos. Todos esos momentos que no vivimos. Yo sonrío con amargura al contemplar esas instantáneas que no me pertenecen y vuelvo a mi testamento amoroso. Lego un montón de nada, supongo. Palabras que sólo me importaron a mí. Cosas que nadie más supo. Etcétera.
miércoles, 18 de marzo de 2009
Paseos junto al río
—Oye, ¿me acabas de tocar el culo?
—No, te he dado con la cartera. Pero si hubiera sabido que te lo ibas a tomar tan bien, sí que te lo habría tocado.
—No, te he dado con la cartera. Pero si hubiera sabido que te lo ibas a tomar tan bien, sí que te lo habría tocado.
martes, 17 de marzo de 2009
Las cosas pequeñas
Me dice que la felicidad está en cada uno de nosotros. Yo busco en mis bolsillos, pero no la llevo encima. Sólo un par de condones, un cepillo de dientes portátil, pañuelos de papel, un plano del metro de Madrid, el teléfono móvil, unos guantes.
Me la habré dejado en la otra chaqueta, quizá.
Me la habré dejado en la otra chaqueta, quizá.
lunes, 16 de marzo de 2009
Sexo y literatura
—¿Cuándo me vas a escribir un libro de poemas?
—Cuando te acuestes conmigo.
—Oye, que yo me he acostado contigo más veces que nadie.
—Vaya, triste pero cierto.
—Pues eso.
—Da igual, ha pasado mucho tiempo, ya no me acuerdo. Quizá si me refrescas la memoria...
—Cuando te acuestes conmigo.
—Oye, que yo me he acostado contigo más veces que nadie.
—Vaya, triste pero cierto.
—Pues eso.
—Da igual, ha pasado mucho tiempo, ya no me acuerdo. Quizá si me refrescas la memoria...
domingo, 15 de marzo de 2009
Polonesas y mazurcas
Ella no era una mujer como las demás, que es algo que dicen todas y suele ser mentira, como en este caso. Pero cuando se levantaba de la cama y se enfrentaba a un nuevo día gris, se decía a sí misma que era especial, que la vida valía la pena porque cada día era una pequeña aventura. Llenaba sus pensamientos, si podemos llamarlos así, de sencillos y fáciles sofismas, de refranes de abuelas, aunque ella no tuvo más abuelas que las cinematográficas. No importaba, la memoria no es más que un lastre cuando es real, es mucho mejor tener una memoria ligera de recuerdos inventados, recuerdos cincelados a golpe de imaginación (o de plagio, que siempre es más útil).
Una mañana llamaron a la puerta. Era Pedro, que nunca llamaba. Así que ella decidió, tras mirar por la mirilla, que no era Pedro y se negó a abrir. De nada le valieron las protestas a él.
Voy a escribir una novela, se dijo otro día, aunque ella no dijo «novela», sino «libro». Voy a escribir un libro, pues. Hizo cuentas de cuánto tiempo le llevaría y llegó a la conclusión de que sería una tarea titánica (y tiránica) y sumamente aburrida. Tendré que economizar palabras, pensó. Decidió eliminar los verbos. Escribió: «Noche oscura. Hombre joven en calle sucia. Chica guapa con paraguas rojo». Le pareció que seguía siendo demasiado largo todo. Decidió eliminar los sustantivos. Escribió: «Oscura. Joven sucia. Guapa rojo». No lo bastante corto todavía. Prescindiré de las vocales, dijo. «Scr. Jvn sc. Gp rj». Escribió toda la tarde.
Unos días después, salió a comprar pan con el libro bajo el brazo. Era domingo por la tarde y las panaderías estaban cerradas, así que se acercó a un local regentado por simpáticos chinos que ponían su mercancía a disposición del público a un precio muy razonable. Hola, Dolores, dijo el chino tras el mostrador. No me llames Dolores, llámame Lola, dijo ella intentando seducirlo. Muy bonita canción, contestó él, aunque ella no sabía de lo que le hablaba, pues vivía en un pequeño mundo compuesto de su apartamento y donde la televisión y la radio carecían de relevancia. Dame una barra de pan, pidió ella en un ejercicio de imaginación. Enseguida, Dolores, contestó el simpático oriental, ¿pero qué es eso que llevas debajo del brazo? ¿Esto? —preguntó ella haciéndose la interesante como cualquier autor que se precie—, es mi libro, lo he escrito en tres tardes. Él puso los ojos como platos, lo que no es fácil para un chino, y preguntó si podía echarle un vistazo. Claro que sí, respondió ella. El tendero chino leyó unas páginas con atención y empezó a sollozar quedamente. Esto es maravilloso, dijo.
Una mañana llamaron a la puerta. Era Pedro, que nunca llamaba. Así que ella decidió, tras mirar por la mirilla, que no era Pedro y se negó a abrir. De nada le valieron las protestas a él.
Voy a escribir una novela, se dijo otro día, aunque ella no dijo «novela», sino «libro». Voy a escribir un libro, pues. Hizo cuentas de cuánto tiempo le llevaría y llegó a la conclusión de que sería una tarea titánica (y tiránica) y sumamente aburrida. Tendré que economizar palabras, pensó. Decidió eliminar los verbos. Escribió: «Noche oscura. Hombre joven en calle sucia. Chica guapa con paraguas rojo». Le pareció que seguía siendo demasiado largo todo. Decidió eliminar los sustantivos. Escribió: «Oscura. Joven sucia. Guapa rojo». No lo bastante corto todavía. Prescindiré de las vocales, dijo. «Scr. Jvn sc. Gp rj». Escribió toda la tarde.
Unos días después, salió a comprar pan con el libro bajo el brazo. Era domingo por la tarde y las panaderías estaban cerradas, así que se acercó a un local regentado por simpáticos chinos que ponían su mercancía a disposición del público a un precio muy razonable. Hola, Dolores, dijo el chino tras el mostrador. No me llames Dolores, llámame Lola, dijo ella intentando seducirlo. Muy bonita canción, contestó él, aunque ella no sabía de lo que le hablaba, pues vivía en un pequeño mundo compuesto de su apartamento y donde la televisión y la radio carecían de relevancia. Dame una barra de pan, pidió ella en un ejercicio de imaginación. Enseguida, Dolores, contestó el simpático oriental, ¿pero qué es eso que llevas debajo del brazo? ¿Esto? —preguntó ella haciéndose la interesante como cualquier autor que se precie—, es mi libro, lo he escrito en tres tardes. Él puso los ojos como platos, lo que no es fácil para un chino, y preguntó si podía echarle un vistazo. Claro que sí, respondió ella. El tendero chino leyó unas páginas con atención y empezó a sollozar quedamente. Esto es maravilloso, dijo.
sábado, 14 de marzo de 2009
Promociones
Aprovecho la coyuntura para hacerme publicidad descarada y no decir nada más, aunque tendré que vengarme del fotógrafo y volver a salir en el periódico (en la sección de sucesos).
http://medias.laopiniondemalaga.es/suplementos/2009-04-04_SUP_2009-03-14_00_11_11_libros.pdf
(En la penúltima página, como los señores).
http://medias.laopiniondemalaga.es/suplementos/2009-04-04_SUP_2009-03-14_00_11_11_libros.pdf
(En la penúltima página, como los señores).
viernes, 13 de marzo de 2009
Invenciones
—Oye, ¿y de mí vas a decir la verdad o te lo vas a inventar todo?
—Me lo iré inventando sobre la marcha, como siempre. Diré que eres rubia, por ejemplo, que vende más.
—Pues no me parece bien.
—Ya ves tú lo que me importa.
—Eso en la realidad no te atreverías a decírmelo.
—Es verdad, ya me lo estoy inventando.
—Tú es que te crees muy duro y no sé por qué.
—Tienes que hacerte duro cuando de adolescente te pareces a Prince en la portada de su disco homónimo. Eso curte mucho.
—También te crees muy gracioso.
—Me lo iré inventando sobre la marcha, como siempre. Diré que eres rubia, por ejemplo, que vende más.
—Pues no me parece bien.
—Ya ves tú lo que me importa.
—Eso en la realidad no te atreverías a decírmelo.
—Es verdad, ya me lo estoy inventando.
—Tú es que te crees muy duro y no sé por qué.
—Tienes que hacerte duro cuando de adolescente te pareces a Prince en la portada de su disco homónimo. Eso curte mucho.
—También te crees muy gracioso.
jueves, 12 de marzo de 2009
Desmemoria
Si yo escribo mi vida es para poder olvidarla. Para decirme: está ahí guardada por si algún día la necesitas, pero ahora pensemos en otra cosa.
miércoles, 11 de marzo de 2009
Mal de altura
Siempre es tarde, pero hay que sonreír. Que no se diga, que no te señalen.
Me asomo a la terraza de un noveno piso. La ciudad entera a mis pies, me digo, y pienso en hacer el salto del ángel. «Se arrojó de un noveno», dirían, lo que suena bastante bien. Muertes estéticas. Hacer de tu muerte una obra de arte, ya que la vida se resiste. Que el asfalto sea el lienzo y te confundan con un cuadro de Pollock.
Hay que buscar los escenarios naturales de las tragedias. No vale cualquier cosa, no vale tirarse de cabeza de un primero. Tampoco vale tomar carrera y arremeter contra una pared. Aunque sería muy original.
Me aparto de la barandilla y vuelvo dentro. Me he dejado las ganas de todo esto en otra parte.
Me asomo a la terraza de un noveno piso. La ciudad entera a mis pies, me digo, y pienso en hacer el salto del ángel. «Se arrojó de un noveno», dirían, lo que suena bastante bien. Muertes estéticas. Hacer de tu muerte una obra de arte, ya que la vida se resiste. Que el asfalto sea el lienzo y te confundan con un cuadro de Pollock.
Hay que buscar los escenarios naturales de las tragedias. No vale cualquier cosa, no vale tirarse de cabeza de un primero. Tampoco vale tomar carrera y arremeter contra una pared. Aunque sería muy original.
Me aparto de la barandilla y vuelvo dentro. Me he dejado las ganas de todo esto en otra parte.
martes, 10 de marzo de 2009
La retrocausalidad
Sonó el teléfono. La voz de un desconocido:
—Perdone que le moleste. Bueno, sé que es difícil de creer, pero le llamo desde el futuro; soy un viajero del tiempo y me he dejado las llaves de casa en su piso.
—¿Cómo dice?
—Podría volver al pasado a por ellas, sí, pero las normas son claras: sólo un viaje temporal al mes. Supongo que entiende la dimensión del problema, no voy a esperar un mes para entrar en mi casa. Y cambiar la cerradura tampoco es precisamente barato.
—¿Pero de qué me está hablando? ¿Cómo van a estar sus llaves aquí?
—Sí, verá, su piso está situado en lo que ahora son nuestras oficinas, por eso he aparecido en él esta mañana. Puede que se haya dado cuenta de que hay menos leche en la nevera, es que he ido al trabajo sin desayunar y tenía hambre. También tiene menos cereales. El caso es que creo que me he dejado las llaves en su cocina, pero no estoy seguro. ¿Podría hacerme el favor de echar un vistazo?
—¡Esto es un atropello! —le grité—. Está bien, voy a buscarlas, pero no le prometo nada.
Dejé el auricular en el sofá y, efectivamente, bajo la mesa de la cocina encontré unas llaves que no eran mías. «Si es una broma, se han esforzado bastante», pensé mientras volvía al salón.
—He encontrado sus llaves —le dije al hombre del teléfono—. ¿Ahora qué?
—Bien, usted tiene un estúpido cuadro en casa. El del payaso. Nosotros también lo tenemos. Quiero que pegue las llaves a la parte posterior del cuadro. Con un poco de suerte, seguirán ahí en mi época.
—Está bien.
Dejé una vez más el auricular en el sofá y fui en busca de pegamento. Cuando me disponía a hacer lo que me había pedido, decidí pegar un cromo de Zubizarreta en vez de las llaves. Volví al teléfono.
—Ya está hecho.
—Muchas gracias, voy a ver si están. Oiga —dijo después de un breve momento de silencio—, aquí sólo hay una foto de un portero de fútbol.
—Sí, perdone, era sólo un experimento. Ahora mismo pongo sus llaves detrás del cuadro.
Iba a hacerlo, de verdad, pero en el último momento se me ocurrió que podía sacar partido de la situación.
—Si quiere recibir sus llaves tendrá que darme información a cambio —dije.
—¿Cómo? ¿A qué se refiere?
—Es muy sencillo. Quiero que me diga los números de lotería que van a salir premiados este año. Y quiero también que me dé resultados deportivos, para que pueda apostar a caballo ganador.
—Pero eso no puede ser, afectaría al futuro. A mi presente.
—No es mi problema, haber tenido más cuidado con las llaves, amigo. ¿Tenemos trato o no? Yo ahora dejaré las llaves en el cuadro para que pueda volver a casa, pero piense que si no cumple su parte puedo quitarlas en cualquier momento y, por lo tanto, no estarán en el futuro para que usted pueda recogerlas por primera vez. No soy un experto, pero quizás se produzca una paradoja temporal y se vaya a la mierda el universo por una tontería.
Entonces apareció frente a mí un tipo apuntándome con una pistola. Me gritó:
—¡Maldito cabrón, me ha estado extorsionando durante un mes entero! ¡Y por venir aquí para matarle me ha hecho perder el viaje temporal de este mes!
Este giro de los acontecimientos no me lo esperaba, me había pasado de listo. Levanté las manos y empecé a suplicar por mi vida.
—Entiéndalo, con mi sueldo apenas puedo llegar a fin de mes. ¿No habría intentado usted algo parecido de encontrarse en mi situación? No quería causarle molestias. Tome sus llaves, lléveselas.
—Ya es tarde, rece lo que sepa.
Me veía ya fulminado cuando apareció más gente en el salón de mi casa. Unos tipos uniformados y armados.
—¡Alto! —dijeron—. Suelte el arma, Quark, esto es un crimen temporal.
—No, es un crimen definitivo —respondió el tal Quark—. Dejen que acabe con la vida de este miserable.
—Conoce las normas: no se puede alterar el pasado. Y el asesinato es una alteración grave.
—Nadie tiene porqué saberlo, pueden hacer la vista gorda —repuso él.
—No podemos aunque quisiéramos. Nadie sabe las consecuencias que podría tener este acto. Por favor, suelte el arma.
—Está bien —dijo Quark bajando la pistola—. Esta vez ha tenido suerte, amigo. Espero que haya aprendido la lección.
Acto seguido desaparecieron como si nunca hubieran estado aquí. Me quedé sentado unos instantes, un tanto aturdido, intentando asimilar todo lo que había pasado. Después me levanté del sofá, cogí un bolígrafo, descolgué el cuadro, escribí «Quark es idiota» en la parte posterior y lo volví a colocar en su sitio.
—Perdone que le moleste. Bueno, sé que es difícil de creer, pero le llamo desde el futuro; soy un viajero del tiempo y me he dejado las llaves de casa en su piso.
—¿Cómo dice?
—Podría volver al pasado a por ellas, sí, pero las normas son claras: sólo un viaje temporal al mes. Supongo que entiende la dimensión del problema, no voy a esperar un mes para entrar en mi casa. Y cambiar la cerradura tampoco es precisamente barato.
—¿Pero de qué me está hablando? ¿Cómo van a estar sus llaves aquí?
—Sí, verá, su piso está situado en lo que ahora son nuestras oficinas, por eso he aparecido en él esta mañana. Puede que se haya dado cuenta de que hay menos leche en la nevera, es que he ido al trabajo sin desayunar y tenía hambre. También tiene menos cereales. El caso es que creo que me he dejado las llaves en su cocina, pero no estoy seguro. ¿Podría hacerme el favor de echar un vistazo?
—¡Esto es un atropello! —le grité—. Está bien, voy a buscarlas, pero no le prometo nada.
Dejé el auricular en el sofá y, efectivamente, bajo la mesa de la cocina encontré unas llaves que no eran mías. «Si es una broma, se han esforzado bastante», pensé mientras volvía al salón.
—He encontrado sus llaves —le dije al hombre del teléfono—. ¿Ahora qué?
—Bien, usted tiene un estúpido cuadro en casa. El del payaso. Nosotros también lo tenemos. Quiero que pegue las llaves a la parte posterior del cuadro. Con un poco de suerte, seguirán ahí en mi época.
—Está bien.
Dejé una vez más el auricular en el sofá y fui en busca de pegamento. Cuando me disponía a hacer lo que me había pedido, decidí pegar un cromo de Zubizarreta en vez de las llaves. Volví al teléfono.
—Ya está hecho.
—Muchas gracias, voy a ver si están. Oiga —dijo después de un breve momento de silencio—, aquí sólo hay una foto de un portero de fútbol.
—Sí, perdone, era sólo un experimento. Ahora mismo pongo sus llaves detrás del cuadro.
Iba a hacerlo, de verdad, pero en el último momento se me ocurrió que podía sacar partido de la situación.
—Si quiere recibir sus llaves tendrá que darme información a cambio —dije.
—¿Cómo? ¿A qué se refiere?
—Es muy sencillo. Quiero que me diga los números de lotería que van a salir premiados este año. Y quiero también que me dé resultados deportivos, para que pueda apostar a caballo ganador.
—Pero eso no puede ser, afectaría al futuro. A mi presente.
—No es mi problema, haber tenido más cuidado con las llaves, amigo. ¿Tenemos trato o no? Yo ahora dejaré las llaves en el cuadro para que pueda volver a casa, pero piense que si no cumple su parte puedo quitarlas en cualquier momento y, por lo tanto, no estarán en el futuro para que usted pueda recogerlas por primera vez. No soy un experto, pero quizás se produzca una paradoja temporal y se vaya a la mierda el universo por una tontería.
Entonces apareció frente a mí un tipo apuntándome con una pistola. Me gritó:
—¡Maldito cabrón, me ha estado extorsionando durante un mes entero! ¡Y por venir aquí para matarle me ha hecho perder el viaje temporal de este mes!
Este giro de los acontecimientos no me lo esperaba, me había pasado de listo. Levanté las manos y empecé a suplicar por mi vida.
—Entiéndalo, con mi sueldo apenas puedo llegar a fin de mes. ¿No habría intentado usted algo parecido de encontrarse en mi situación? No quería causarle molestias. Tome sus llaves, lléveselas.
—Ya es tarde, rece lo que sepa.
Me veía ya fulminado cuando apareció más gente en el salón de mi casa. Unos tipos uniformados y armados.
—¡Alto! —dijeron—. Suelte el arma, Quark, esto es un crimen temporal.
—No, es un crimen definitivo —respondió el tal Quark—. Dejen que acabe con la vida de este miserable.
—Conoce las normas: no se puede alterar el pasado. Y el asesinato es una alteración grave.
—Nadie tiene porqué saberlo, pueden hacer la vista gorda —repuso él.
—No podemos aunque quisiéramos. Nadie sabe las consecuencias que podría tener este acto. Por favor, suelte el arma.
—Está bien —dijo Quark bajando la pistola—. Esta vez ha tenido suerte, amigo. Espero que haya aprendido la lección.
Acto seguido desaparecieron como si nunca hubieran estado aquí. Me quedé sentado unos instantes, un tanto aturdido, intentando asimilar todo lo que había pasado. Después me levanté del sofá, cogí un bolígrafo, descolgué el cuadro, escribí «Quark es idiota» en la parte posterior y lo volví a colocar en su sitio.
lunes, 9 de marzo de 2009
Anonimatos
Pensé que nevaba, pero llovían dientes. Ella daba pequeños sorbos a su café y miraba por la ventana. Me dijo:
—Durante un tiempo, sopesé la posibilidad de trabajar en el teléfono erótico; se gana mucho dinero, ¿sabes? Pero un día se me ocurrió: ¿y si llama mi padre? No me aterraba tanto la idea de reconocerle como la de no hacerlo. Imagínate: yo diciéndole guarradas a mi padre sin saberlo, él excitándose sin sospechar que es su hija la que le está susurrando obscenidades por teléfono. Ya, ya, ojos que no ven... pero sólo la idea me quitaba el sueño. Nunca estaría tranquila, me obsesionaría intentando reconocer voces. Demasiado estrés, hay formas más tranquilas de ganarse la vida.
—Durante un tiempo, sopesé la posibilidad de trabajar en el teléfono erótico; se gana mucho dinero, ¿sabes? Pero un día se me ocurrió: ¿y si llama mi padre? No me aterraba tanto la idea de reconocerle como la de no hacerlo. Imagínate: yo diciéndole guarradas a mi padre sin saberlo, él excitándose sin sospechar que es su hija la que le está susurrando obscenidades por teléfono. Ya, ya, ojos que no ven... pero sólo la idea me quitaba el sueño. Nunca estaría tranquila, me obsesionaría intentando reconocer voces. Demasiado estrés, hay formas más tranquilas de ganarse la vida.
domingo, 8 de marzo de 2009
Economía de guerra
Invertir en mí es de lo más rentable: dadme cinco días y escribiré durante un año.
sábado, 7 de marzo de 2009
El bibliotecario
El bibliotecario se despierta cada mañana en una habitación de paredes blancas que bien podrían ser las páginas de alguna novela aún no escrita, pero que no lo son. Son argamasa, yeso, ladrillos, poco más. Tras asearse en el cuarto de baño, desayuna tranquilamente en la cocina, donde toma un café negro como la tinta de la pluma de algún escritor apegado a las viejas costumbres.
Sale de casa hecho un pincel, que no tiene nada que ver con la literatura a no ser que hablemos de algún autor oriental.
Pasa todo el día rodeado de libros escritos por otros. Tanta literatura en mi vida, piensa él. Un chico se le acerca y le pregunta si tiene el Necronomicón, de Adbul Alhazred. El bibliotecario le responde que ese libro no existe, que es una invención de Lovecraft, al igual que Cthulhu. ¿Cómo que Cthulhu no existe?, dice el joven con indignación.
Luego una chica le pide Los cantos de Maldoror, de Lautréamont. En la sección de poesía francesa, dice el bibliotecario. No está, responde ella, ya he mirado. Entonces lo habremos puesto en la latinoamericana, por nacer en Montevideo, contesta el bibliotecario. ¿Y de Hugo Dannenberg no tenéis nada?, pregunta la chica. Poesía francesa y ciencia ficción, piensa el bibliotecario, curiosa muchacha. Sí, responde, tenemos Vientos de Saturno y Dios habla en estéreo. Ella le da las gracias y se marcha a buscar los libros, él piensa que sería bonito estar con una chica así, aunque sabe que no puede ser. Tal vez en las páginas de alguna novela, pero no en la vida real.
Sale de casa hecho un pincel, que no tiene nada que ver con la literatura a no ser que hablemos de algún autor oriental.
Pasa todo el día rodeado de libros escritos por otros. Tanta literatura en mi vida, piensa él. Un chico se le acerca y le pregunta si tiene el Necronomicón, de Adbul Alhazred. El bibliotecario le responde que ese libro no existe, que es una invención de Lovecraft, al igual que Cthulhu. ¿Cómo que Cthulhu no existe?, dice el joven con indignación.
Luego una chica le pide Los cantos de Maldoror, de Lautréamont. En la sección de poesía francesa, dice el bibliotecario. No está, responde ella, ya he mirado. Entonces lo habremos puesto en la latinoamericana, por nacer en Montevideo, contesta el bibliotecario. ¿Y de Hugo Dannenberg no tenéis nada?, pregunta la chica. Poesía francesa y ciencia ficción, piensa el bibliotecario, curiosa muchacha. Sí, responde, tenemos Vientos de Saturno y Dios habla en estéreo. Ella le da las gracias y se marcha a buscar los libros, él piensa que sería bonito estar con una chica así, aunque sabe que no puede ser. Tal vez en las páginas de alguna novela, pero no en la vida real.
viernes, 6 de marzo de 2009
A los cuarenta
Me miro en el espejo al salir de la ducha y me maravillo de lo bien que estoy. Estoy en forma, se me marcan músculos que ni siquiera sabía que tenía. Buscaría a todas las chicas que me rechazaron en la adolescencia, aunque seguro que me dirían que ahora piensan en otras cosas. En hipotecas, por ejemplo. Da igual, buscaría entonces a sus hijas.
jueves, 5 de marzo de 2009
Autorretrato
Me explota el corazón, que es negrero, esclavista, insaciable capitalista de desengaños. Escribe más, me dice, practica un estajanovismo poético, aunque esto no sea capitalista, sino estalinista; es lo que tienen las dictaduras, que al final la ideología es lo de menos, lo importante es la opresión, perpetuarse en el poder, la imposición de la soledad.
miércoles, 4 de marzo de 2009
La educación sentimental
La culpa fue del chachachá, que cantaba Gabinete Caligari, y esto se puede aplicar a todo, incluida mi educación sentimental, que fue vaga e incompleta. En realidad, todo lo que sé lo aprendí del porno, que siempre estaba a mano y nunca mejor dicho. Quizá de ahí vienen todos mis fracasos, los tempranos y los tardíos, porque era aceptar la fantasía como una posible realidad (aunque alguna satisfacción pornográfica sí que he tenido a lo largo de mi vida). Claro que esto no es serio, y es que yo no lo soy, pero escuchemos a quienes sí lo son y me dicen: tu problema es que sólo te fijas en las locas. No, no es verdad, es que las locas suelen ser las más guapas, eso es lo que pasa, y yo siento una especial predilección por la belleza. Ya de pequeñito me pasaba, que me quedaba extasiado ante las señoras de cuerpos firmes, de nalgas pétreas y senos exuberantes. Sabrina, Samantha Fox, aquellas mujeres de la prepubertad que nos iniciaron en un camino que sólo podía conducir a la perdición. Pero qué bonita es la perdición cuando incluye estar entre las piernas de alguna chica que tiene que morderse la mano para no gritar (lo que está mal hecho, pues nada cura tanto el ego como escuchar a una mujer hermosa gritar tu nombre mientras la penetras en alguna postura inverosímil).
martes, 3 de marzo de 2009
La vida práctica
¿De qué sirve este sufrimiento? Si el sufrimiento fuera energía. Si pudiera iluminar esta ciudad con mi dolor. El país entero. Si las farolas se encendieran a una señal de mi desesperanza, si mi angustia sirviera para calentar las casas durante el frío invierno, si los trenes llegaran a su hora empujados por cada decepción. Quizás entonces valdría la pena todo esto.
lunes, 2 de marzo de 2009
A medianoche
—Te iba a decir algo bonito, pero me has colgado.
—Ah, vale, dime.
—Que si te ataco tanto es porque eres tan brillante que me siento amenazada y tengo que compensar.
—Gracias, sí que es bonito. Poco práctico, pero bonito.
—Ah, vale, dime.
—Que si te ataco tanto es porque eres tan brillante que me siento amenazada y tengo que compensar.
—Gracias, sí que es bonito. Poco práctico, pero bonito.
domingo, 1 de marzo de 2009
La vida literaria
«Enhorabuena», me dice el recepcionista, «siempre es una satisfacción publicar un nuevo libro, ¿no?». Yo le doy la razón como a los locos, aunque me parece que en realidad está intentando ligar conmigo. Como no es mi tipo, principalmente porque es un hombre, me quito mérito diciendo que es una obra menor, que hay que ir paso a paso, que ya nadie lee y menos a autores que al levantarse de la cama se parecen a Fernando León de Aranoa. Él sonríe comprensivo y dice que entiende que para el Planeta todavía habrá que esperar un poco. Yo asiento y no le cuento las veces que he soñado que el premio Nobel me lo entregaba Miss Suecia.
sábado, 28 de febrero de 2009
Una microperspectiva
Qué guapa es. Siempre. La conocí cuando era una chiquilla de dieciséis años, ahora es madre y todo, pero sigue siendo absolutamente preciosa. Habrá hecho un pacto con el diablo o algo así. En fin, nos detenemos cerca de su casa, la miro, sonrío, no digo nada. Ella me pide que no la mire así y baja la vista. Vaya, es la segunda vez que me dicen eso esta semana, ¿de qué forma miro a las chicas? Imagino que como un psicópata, tendré que pedir a alguien que me grabe y estudiarme luego en casa.
Luego me dice: «olvídate de mí; no soy buen asunto». «Lo sé», contesto yo. «Y olvídate también de esa chica, que tampoco es buen asunto», añade. «Bueno, para mí ninguna lo es, no hay más que fijarse en mis antecedentes», y le doy dos besos castos como haría un hermano, aunque realmente no hay nada inocente en lo que hacemos. «Qué raro», susurra ella como invitándome a besarla, pero no es el lugar adecuado.
Me marcho pensando que tendría que decirle: «quedemos en un hostal barato, será divertido, como si estuviéramos en alguna película europea de los setenta», pero la conozco bien, sólo la idea ya le daría miedo. Además, me diría que no le encuentra el lado romántico a follar en sitios de mala muerte.
Luego me dice: «olvídate de mí; no soy buen asunto». «Lo sé», contesto yo. «Y olvídate también de esa chica, que tampoco es buen asunto», añade. «Bueno, para mí ninguna lo es, no hay más que fijarse en mis antecedentes», y le doy dos besos castos como haría un hermano, aunque realmente no hay nada inocente en lo que hacemos. «Qué raro», susurra ella como invitándome a besarla, pero no es el lugar adecuado.
Me marcho pensando que tendría que decirle: «quedemos en un hostal barato, será divertido, como si estuviéramos en alguna película europea de los setenta», pero la conozco bien, sólo la idea ya le daría miedo. Además, me diría que no le encuentra el lado romántico a follar en sitios de mala muerte.
viernes, 27 de febrero de 2009
La posibilidad
La miro. Mucho. Está muy deseable en ese vestido, aunque se pinte demasiado los ojos. «Tú no sabes lo que es el amor», me dice con algo de rabia, y tiene que controlarse para no llorar. Yo le acaricio el pelo, pero no digo nada. Vale, estoy roto. Soy el primero en admitirlo. Pero podría escribir un montón de enmiendas a la constitución de todo esto. Luego estamos riendo por algo que no recuerdo. La miro. «No me mires así», me dice, y baja la cabeza. La posibilidad.
jueves, 26 de febrero de 2009
Carnaval
En una plaza me encuentro a un yonqui de cincuenta años (quizá menos, es que la droga envejece) disfrazado de Superman. Por fin un auténtico héroe crepuscular, me digo.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Secuencias
Recuerdo un día de otoño. Estábamos en la ducha y nos abrazábamos para combatir el frío, pues no había agua caliente. Yo la enjabonaba a ella, ella me enjabonaba a mí. A mí se me puso dura con tanto roce, ella se arrodilló y empezó a chupármela dulcemente, como sólo lo hace una chica que te quiere. Luego nos secamos el uno al otro y fuimos a la cama. Después del sexo, estábamos besándonos y acariciándonos cuando de pronto se echó a llorar. Su explicación fue: «es que eres muy cariñoso conmigo». Puede que la vida fuera todo eso.
martes, 24 de febrero de 2009
En el parque
—Mira que ponerle Max a tu hijo. Se llama como Max Immelmann, un piloto alemán de la Primera Guerra Mundial.
—Max, no le escuches, que es un friki.
—Immelmann era un as, consiguió quince victorias antes de ser derribado. Aunque tampoco son tantas, claro, sobre todo si las comparamos con las ochenta de Richthofen.
—¿Ves? Friki del todo.
—Max, no le escuches, que es un friki.
—Immelmann era un as, consiguió quince victorias antes de ser derribado. Aunque tampoco son tantas, claro, sobre todo si las comparamos con las ochenta de Richthofen.
—¿Ves? Friki del todo.
lunes, 23 de febrero de 2009
Convenciones sociales
No se me da bien la gente, no sé lo que quiere todo el mundo. Hablar, supongo. De qué, me pregunto yo. De cosas normales, por lo visto. Política, cotilleos y tal. Si yo lo que quiero es hablar de mí, me dan ganas de gritar. Aunque esto tampoco es cierto del todo, ya me tengo muy contado, a mí lo que me interesa de verdad es follarme a la chica aquella que está sola en una mesa. O a la morena esa de pelo corto que está junto a la puerta. O a esa que bailaba tan bien. Pero en vez de eso estoy aquí sentado escuchando no sé qué de un programa de la tele, algo de granjeros que buscan esposa. Se habla demasiado, pienso.
domingo, 22 de febrero de 2009
Madres
—A mí madre le gusta mucho tu libro, aunque todavía no ha leído el último texto, no sé cómo se lo tomará.
—Bueno, puedes decirle que eres tú y ya está.
—No, si ya me preguntó quién era la chica de la dedicatoria.
—¿Y qué le dijiste?
—Pues lo que me contaste tú. Que si tenía diecinueve años, que si era brillante, guapísima, que si era una chica cinematográfica... Todo eso.
—¿Y qué le pareció?
—Me dijo: «da igual; él está enamorado de ti».
—Vaya, tu madre se llevaría bien con la mía. De hecho, seguro que se llevarían mejor que nosotros. Porque cada vez que le cuento algo de ti, que si vives con un cuarentón, que si has tenido un hijo con él, siempre me responde: «no importa; ella te quiere a ti».
—Podrían ser buenas amigas.
—Sí. Las dos creen que están en una comedia romántica de Hollywood.
—Bueno, puedes decirle que eres tú y ya está.
—No, si ya me preguntó quién era la chica de la dedicatoria.
—¿Y qué le dijiste?
—Pues lo que me contaste tú. Que si tenía diecinueve años, que si era brillante, guapísima, que si era una chica cinematográfica... Todo eso.
—¿Y qué le pareció?
—Me dijo: «da igual; él está enamorado de ti».
—Vaya, tu madre se llevaría bien con la mía. De hecho, seguro que se llevarían mejor que nosotros. Porque cada vez que le cuento algo de ti, que si vives con un cuarentón, que si has tenido un hijo con él, siempre me responde: «no importa; ella te quiere a ti».
—Podrían ser buenas amigas.
—Sí. Las dos creen que están en una comedia romántica de Hollywood.
sábado, 21 de febrero de 2009
Conversaciones de bar (3)
Tú no sabes lo que es el amor, me dice, algo enfadada, una chica. Puede, pero no será por falta de ganas, pienso yo.
viernes, 20 de febrero de 2009
Excusas
Siempre tienen alguna excusa para no estar conmigo. «Es que te gustan demasiadas mujeres»; «es que te gastarías nuestro dinero en alcohol y libros»; «es que tengo un hijo»; «es que no me fío de ti»; «es que me debo a mi cónyuge»; «es que te pareces a Rasputín»; «es que no te convengo». Blablablá. Ya está bien, quisiera que me dieran excusas para estar conmigo. A ser posible, excusas malas. Cosas como: «es que me apetecía un masaje y nadie los da tan bien como tú, por eso he viajado quinientos kilómetros para verte; me quito toda la ropa, ¿verdad?».
jueves, 19 de febrero de 2009
A grandes males
—¿Y ya tienes terminado el libro?
—No, todavía no. Además, después tengo que suicidarme o el libro carecerá de sentido.
—¡Entonces no te hago la portada!
—No, todavía no. Además, después tengo que suicidarme o el libro carecerá de sentido.
—¡Entonces no te hago la portada!
miércoles, 18 de febrero de 2009
Salud
El médico me receta ocho horas de sueño, pero en la farmacia no me pueden vender tiempo. No lo tienen en cómodas pastillas, tampoco en cremas o jarabes, y me sorprende que ni siquiera lo vendan en supositorios, cuando sería de lo más lógico.
martes, 17 de febrero de 2009
lunes, 16 de febrero de 2009
Conversaciones de bar (2)
Estoy en un bar con dos chicas y dos noruegos que se nos han acoplado, quizá pensando que eran muchas mujeres para un solo melenudo. Como las chicas no les hacen demasiado caso, empiezan a darme conversación a mí, que con alguien tendrán que ligar. En inglés, uno de ellos me pregunta mi nombre. Se lo digo. Me dice que me parezco a John Lennon. Sí qué está borracho este hombre, pienso, mucho más que yo, que ya es decir. Le respondo que no, que no me parezco en nada. Parece decepcionado. Me presenta a su amigo, creo entender que se llama Jonah. Y le dice: Jonah, este es Míchel y no se parece a John Lennon.
domingo, 15 de febrero de 2009
Conversaciones de bar
—Antes lo habrías tenido mucho más fácil conmigo; yo era «telemamada».
—Mira que no tener tu número entonces...
—Mira que no tener tu número entonces...
sábado, 14 de febrero de 2009
viernes, 13 de febrero de 2009
La justa medida
Nunca pasa nada, de ahí la sensación de urgencia. Tanto invierno en los ojos, me digo peinándome frente al espejo, y suelto una carcajada. Hay que escribir con cierta tristeza, no demasiada. La justa medida. Demasiada tristeza hace que te tires de un puente. Esto es una ciencia. Bueno, más bien es alquimia, pero tiene sus fórmulas, hay que seguir el manual. No queremos accidentes.
jueves, 12 de febrero de 2009
Horario de oficina
Proyectos. Cientos de proyectos se amontonan en mi escritorio imaginario. Pero no hay tiempo, no hay ganas, no hay motivos, que seguramente es lo más importante de todo. Cientos de proyectos que nunca llevaré a cabo se acumulan en mi papelera imaginaria. Y no hay bellas secretarias de escotes interminables y minifaldas mínimas con las que distraer la vista.
miércoles, 11 de febrero de 2009
Soliloquios
Nada de esto significa nada; tampoco esta frase, claro. Lo pienso borracho en una esquina, lo que no es demasiado digno. Me incorporo (a la vida, quizá) y echo a andar en alguna dirección. Me he perdido, que podría decirlo en cualquier otro momento y valdría también. Me he perdido persiguiendo imposibles, o algún otro pensamiento estúpido similar. Si yo supiera hablar con la voz que atruena en mi corazón. Y todo eso. Me digo que en esta ciudad hay cientos de chicas que lloran por mí ahora en sus habitaciones. A oscuras, que es como mejor se llora. Todo esto es mentira, claro, pero es bonito pensarlo. La vida conmigo sería muy divertida, pero ninguna lo sabe. O ninguna quiere saberlo (al final va a ser cierto que siempre meto comentarios a pie de página cuando hablo). Aunque qué sé yo del amor, si tengo que fabularlo siempre. «Si estuvieras con ella, no os pasaríais el día comiendo naranjas y recitando a Boris Vian», me dijo el otro día M. Y qué, lo sé perfectamente, pero es que simplemente mirarla me hace feliz. Oír su respiración. Las pausas que hace al hablar por teléfono. Cuando te mira con los ojos muy abiertos. Porque nadie ríe mejor que ella y nadie llora con tanta elegancia. Pero todo esto es hablar demasiado. Es mejor mirar para otro lado, hacer como si nada, en realidad todos somos despreciables.
martes, 10 de febrero de 2009
Odontología aplicada
Voy al dentista. Mi dentista de antes murió trágicamente de un infarto, pero su hijo ha heredado los pacientes. La enfermera (o asistente dental, en el caso de que exista algo así) se empeña en llamarme «Grabiel», pero yo sonrío como si ese fuera mi nombre. Mi dentista es argentino, lo que no es demasiado sorprendente teniendo en cuenta que su padre también lo era. Sin conocernos de nada, me mete los dedos en la boca y empieza a tocarme la dentadura, como si yo fuera un esclavo y quisiera comprobar que valgo lo que piden por mí. Me fijo en que la enfermera, una chica de ojos tristes y algo entrada en carnes, le mira continuamente; enseguida me imagino que está enamorada de él y que es un amor no correspondido, aunque en cierta ocasión echaron un polvo en la consulta, ella se hizo ilusiones y él le rompió el corazón, porque «no fue más que un calentón, cariño, además, yo estoy casado». Como si quisieran confirmarme todo esto, él le pregunta: «¿Está bien mi Dulcinea?». Ella responde con cierta brusquedad: «supongo que sí; no ha llamado». Luego me parece oír a la enfermera sollozar quedamente hasta que él dice, no sé si con segundas: «Lourdes, necesito succión». Y yo asisto a todo esto con la boca abierta, como si fuera gilipollas.
lunes, 9 de febrero de 2009
Rayos gamma a través de las persianas
Un hombre sale de casa. Este acto tan cotidiano no despierta las sospechas de nadie, pues resulta imposible advertir a simple vista que el hombre es un peligroso espía intergaláctico. Responde al nombre de Juan, pero sólo en la Tierra. En Nebulón 7 se llama Antonio.
Juan toma el autobús con naturalidad, como si no estuviera acostumbrado a desplazarse a la velocidad de la luz por el universo. Lee el periódico atentamente, en busca de la información que requieren sus superiores. Después la transmite telepáticamente mientras se rasca la oreja, un gesto que no alarmaría a nadie, salvo a alguna que otra anciana dispuesta a quejarse de cualquier cosa. Juan, como todo buen funcionario, falsea los informes. Así, transmite las necrológicas como si fueran bajas del bando terráqueo producidas por sus acciones terroristas, que hasta ahora no van más allá de negarse a ceder el asiento a ancianos y embarazadas.
Juan va al supermercado para adquirir alimentos con dinero terrícola. Una lata de mejillones en salsa de vieira por un euro y pico. Horchata. Merluza. Pizza cuatro estaciones («de Vivaldi», murmura). Pimientos. Juan sopesa una naranja, que le recuerda a su planeta natal. Quién habrá ganado la liga, se pregunta con nostalgia.
Juan toma el autobús con naturalidad, como si no estuviera acostumbrado a desplazarse a la velocidad de la luz por el universo. Lee el periódico atentamente, en busca de la información que requieren sus superiores. Después la transmite telepáticamente mientras se rasca la oreja, un gesto que no alarmaría a nadie, salvo a alguna que otra anciana dispuesta a quejarse de cualquier cosa. Juan, como todo buen funcionario, falsea los informes. Así, transmite las necrológicas como si fueran bajas del bando terráqueo producidas por sus acciones terroristas, que hasta ahora no van más allá de negarse a ceder el asiento a ancianos y embarazadas.
Juan va al supermercado para adquirir alimentos con dinero terrícola. Una lata de mejillones en salsa de vieira por un euro y pico. Horchata. Merluza. Pizza cuatro estaciones («de Vivaldi», murmura). Pimientos. Juan sopesa una naranja, que le recuerda a su planeta natal. Quién habrá ganado la liga, se pregunta con nostalgia.
domingo, 8 de febrero de 2009
Vidas ajenas
Esto es el dolor, leer su nombre junto al de otro hombre en un buzón. Seguro que en la entrada del infierno uno se encuentra el mismo buzón, varias veces. Sí, ella vive con otro, ella duerme con otro, ella desayuna cada mañana con otro, ella se desnuda para otro, ella tiene esas conversaciones intrascendentales con otro. De nada sirve intentar no pensar en ello. Supongo que el amor es eso, todas esas pequeñas cosas cotidianas, no escribir textos desgarradores al respecto. Qué sabré yo de nada.
sábado, 7 de febrero de 2009
Pequeña comedia
Una calle cualquiera, por la noche. Un chico y una chica van hablando. Son el ESCRITOR DE CULTO y la MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA.
ESCRITOR DE CULTO. — Ya hasta se me ha pasado la «malura».
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — ¿Sí? Entonces todos contentos. (Un BORRACHO ENTROMETIDO con el que se cruzan oye esto.)
BORRACHO ENTROMETIDO. — Yo no.
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Deteniéndose.) ¿No?
BORRACHO ENTROMETIDO. — Necesito una mujer.
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Sarcástica.) Oh, pobrecito.
ESCRITOR DE CULTO. — (En voz baja.) Pues búscate otra.
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Al ESCRITOR DE CULTO, con falsa indignación.) ¡Oye!
ESCRITOR DE CULTO. — (Con desprecio.) Bah, que le den por culo. (La MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA se ríe. Siguen su camino.) Oye, voy a hacer una cosa, que seguro que está mirando. (La coge por la cintura y la atrae hacia él.)MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Bromeando.) Te tomas muchas libertades tú, ¿no?
ESCRITOR DE CULTO. — No las suficientes, lo sabes perfectamente. (Y le da una palmada en el culo.)
ESCRITOR DE CULTO. — Ya hasta se me ha pasado la «malura».
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — ¿Sí? Entonces todos contentos. (Un BORRACHO ENTROMETIDO con el que se cruzan oye esto.)
BORRACHO ENTROMETIDO. — Yo no.
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Deteniéndose.) ¿No?
BORRACHO ENTROMETIDO. — Necesito una mujer.
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Sarcástica.) Oh, pobrecito.
ESCRITOR DE CULTO. — (En voz baja.) Pues búscate otra.
MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Al ESCRITOR DE CULTO, con falsa indignación.) ¡Oye!
ESCRITOR DE CULTO. — (Con desprecio.) Bah, que le den por culo. (La MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA se ríe. Siguen su camino.) Oye, voy a hacer una cosa, que seguro que está mirando. (La coge por la cintura y la atrae hacia él.)MUSA DE INOLVIDABLE BELLEZA. — (Bromeando.) Te tomas muchas libertades tú, ¿no?
ESCRITOR DE CULTO. — No las suficientes, lo sabes perfectamente. (Y le da una palmada en el culo.)
viernes, 6 de febrero de 2009
La vida como telecomedia (3)
—Sólo somos amigos. Como a mí me dan miedo las tías que están demasiado buenas, nunca le he tirado los tejos.
—A mí es que me dan miedo todas, por eso les tiro los tejos a las que están demasiado buenas.
—A mí es que me dan miedo todas, por eso les tiro los tejos a las que están demasiado buenas.
jueves, 5 de febrero de 2009
El tiempo recobrado
Llaman a la puerta. Abro y me encuentro a un bebé fumando. «Buenos días», me dice, y entra cargando un maletín casi tan grande como él. El bebé se sienta en mi sofá italiano y dice: «soy la infancia que nunca tuvo». «Qué tontería», respondo yo, «si tuve una infancia de lo más feliz». Allí en el campo, con mis tíos, las cabras, las vacas, la fiebre del heno. «Todo mentira», me interrumpe él con gesto severo. «Usted no tuvo infancia, hubo un error y se la dimos a un niño de Singapur, que tuvo dos. Ha sido su psicoanalista quien le ha convencido de que todo aquello pasó, pero sólo ha sucedido en su imaginación. De hecho, ni siquiera tiene usted tíos. ¿Y qué es eso de los animalitos en el campo? Ni que se creyera usted Heidi». Yo disimulo las lágrimas, que no es varonil que a un hombre hecho y derecho le haga llorar un bebé. Aunque sea un hombre sin infancia. El bebé entonces saca unos papeles de su maletín y me hace firmarlos asegurándome que es un contrato de cesión de niñez, que todos los fines de semana tendré un par de horas de la infancia que nunca tuve. «Perdone las molestias causadas», me dice mientras lo acompaño a la puerta, donde nos encontramos a un chaval con un maletín y un grave problema de acné. La adolescencia que nunca tuve, supongo.
miércoles, 4 de febrero de 2009
La chica
La miro y me digo que se ha puesto ese escote por mí. La miro y le digo que siempre nos quedará la ciudad más fea de España. La miro y pienso que estuvimos cinco días en la cama como si pidiéramos la paz en el mundo, aunque lo que queríamos era que el mundo nos dejara en paz a nosotros. La miro y, en fin, pienso en todo lo que me gustaba hacerle a esta chica y todo lo que me gustaría hacerle. If I could hold on to just one thought for long enough to know why my mind is moving so fast and the conversation is slow, que cantaba Neil Young.
martes, 3 de febrero de 2009
Tanta luz en los ojos
Escribir y escribir luego un poco más. Estas mañanas en las que me dedico a buscar humedad en las esquinas y no entre tus piernas. Tanta luz en los ojos, que decía yo un día de resaca. Tanta luz en tus ojos, que me decía yo la otra noche para no mirarte todo el rato el escote. Tanto pasear por la calle con la mirada perdida y que nadie me la devuelva. Tantas noches que no son mías. Tantas chicas que podrían ser ella y que sin embargo no lo son. Tantas insensateces. Y que me hagas temblar tanto, sólo tú, cuando me vanaglorio de lo poco que me importa todo el mundo.
lunes, 2 de febrero de 2009
Death of a lady's man
En una calle solitaria intento besarla. Ella aparta la cara. Bueno, nuestros besos siempre han sido un poco así.
domingo, 1 de febrero de 2009
Death of a ladies' man
—Iba a quedar con la chica más bonita de Málaga, pero lo he cancelado para verte a ti. Aunque tú eres la chica más bonita del mundo, así que podrías decirme que no tiene mérito.
sábado, 31 de enero de 2009
Amanecer
Este es el estado de ánimo con el que se levantan los suicidas, pienso mientras me visto con parsimonia en una habitación de hotel decorada al estilo de los años cincuenta (españoles, no estadounidenses). Hay una silla en la habitación, pero no tengo ninguna cuerda. De todos modos, la silla es demasiado endeble como para subirse a ella. Si tuviera una cuerda, y suponiendo que pudiera colgarla de la viga sin necesidad de una silla, tendría que tomar carrerilla e intentar meter la cabeza en el lazo de un salto. Suicidios olímpicos.
Pero supongo que morir aquí sería apropiado.
Cojo mi equipaje y salgo de la historia.
Pero supongo que morir aquí sería apropiado.
Cojo mi equipaje y salgo de la historia.
miércoles, 28 de enero de 2009
Étiquette
Hay que levantarse un día más a perseguir la quimera. Hoy sí, tal vez, puede que sea hoy. Seguro, es fácil. Fíjate bien en los otros, imítalos. Átate bien los cordones, no andes encorvado. Sonríe, pero no demasiado, no asustes a nadie. Copia los sonidos que hacen cuando hablan. Sigue a los que se apresuran, si tienen tanta prisa será porque algo bueno les espera al final de su caminar. No te rindas hoy ni mañana. Tú también puedes fingir que estás vivo, como todos los demás.
La corbata es opcional.
La corbata es opcional.
martes, 27 de enero de 2009
La distancia
Estoy cansado de tener que alejarme siempre. Pues no te alejes, quédate cerca, me diría ella medio en broma. Pero no es alejarse, sino tener que hacerlo. Cuando ni siquiera es la cura. No es más que un remedio medieval, un remedio que tan sólo asegura la muerte del paciente (que también es segura sin tratamiento). Tampoco sé si así acelero o freno la enfermedad. De esto, como de tantas cosas, apenas sé nada.
lunes, 26 de enero de 2009
Demonios
«Quiero que te pongas las medias de mi difunta esposa», le pide con ojos llorosos a la prostituta. Vaya, otro cliente raro, se dice ésta antes de ponérselas. «María», dice el cliente cuando la ve pasearse por la habitación. Después se abalanza contra ella, la tira en la cama, la sujeta, la penetra violentamente, empieza a golpearla, rodea su cuello con las manos y aprieta hasta que la prostituta muere por asfixia. Hecho esto, se aparta los cabellos ralos de la cara, se sube los pantalones, le quita las medias a la muerta y se marcha. Exactamente como las seis veces anteriores.
domingo, 25 de enero de 2009
Aniversarios
Quizás hace falta poco para corromperme, querida. O quizás no me dejo corromper por cualquiera. Quién sabe. Podríamos tener una larga luna de miel en el exilio e intentar averiguarlo.
sábado, 24 de enero de 2009
Liturgia
Yo creía en muchas cosas, pero ya no. Y como es lógico, no me importa. Pero todavía podría fundar una religión sobre tu cuerpo y el mío. Te haría comulgar todos los días.
viernes, 23 de enero de 2009
Onirismos
Doctor, dedico un tiempo que no tengo a recordar una vida que no he vivido. Me paso el día entero perdido por los pasillos de mi imaginación, entrando de vez en cuando en habitaciones ocupadas por chicas que no recuerdo. Ellas, sin embargo, sonríen como si me conocieran, o quizás como si no me conocieran pero me amaran igualmente. Siempre hay un plato de sopa en la mesa, lluvia en la ventana, fuego en la chimenea, palabras de amor junto al oído.
jueves, 22 de enero de 2009
Ciertas bondades
Me dice Alba que soy mala persona. En realidad, me lo dice de otra manera: dice que soy un cabrón. Teniendo en cuenta que hace once años que nos conocemos, me molesta oír eso. Ante mis quejas, matiza un poco: «creo que en el fondo eres bueno, pero te portas bastante mal». Luego añade: «estoy segura de que todas las chicas con las que has estado te querían más que tú a ellas». Qué injusticia, pienso yo, pero reacciono enseguida. Como he dicho, son ya muchos años, y por eso sé que sólo lo dice para enfadarme, así que no le hago caso. Sonrío y asiento, lo que es un poco tonto, pues estamos hablando por teléfono.
Un rato después, recuerdo que Adriana me dijo que se me nota en la cara la maldad. «Pues cuando nos conocimos, me dijiste que tengo cara de buena persona», me defendí yo. «Ya, pero te mentí», contestó ella.
Un rato después, recuerdo que Adriana me dijo que se me nota en la cara la maldad. «Pues cuando nos conocimos, me dijiste que tengo cara de buena persona», me defendí yo. «Ya, pero te mentí», contestó ella.
miércoles, 21 de enero de 2009
Ligando (o algo parecido)
Me dice que ya está bien, que si sigue bebiendo va a follarme en alguna esquina. «Casualmente tengo algo de dinero, te invito a otra cerveza», le digo yo, pero ella no acepta.
martes, 20 de enero de 2009
Decadencias
He quedado hoy con unos amigos para jugar al pádel. Quizás ya va siendo hora de buscarme una cuarta ex novia.
lunes, 19 de enero de 2009
Contra la soledad
Qué triste es todo esto si ignoramos los matices, que de hecho no sé muy bien cuáles son. La salud, supongo, sería uno de ellos. Tengo una excelente salud, aunque no puedo dedicarla a nada. Escale usted el Everest, me dice un señor que surge de la nada o quizás de la imaginación. Es que no se me ha perdido nada ahí arriba, le contesto yo. Bah, es usted un quejica, en la cima del mundo los problemas son otros, responde él. Claro que sí. La falta de oxígeno, por ejemplo. Los aludes. El abominable hombre de las nieves. La imposibilidad de mantener una conversación coherente con alguien. Bueno, ese último ya lo tengo aquí.
domingo, 18 de enero de 2009
Contra la vida
Uno escribe para cambiar el mundo, dice alguien que se parece a mí y que no puede escapar del espejo. Yo le respondo que uno escribe para una chica, y cuando la chica no te contesta, empiezas a escribir para ti. Te da entonces por hablar solo, te embarcas en un soliloquio bastante triste y aburrido. Es algo que pensé este verano, cuando empecé a hablarle al arroz con pollo que estaba preparando. Supongo que le estaba hablando más al pollo que al arroz, claro. En cualquier caso, esto último tampoco es una locura tan grande, que escribir un diario también es hablar solo (todavía no ha contestado ningún diario, por suerte). Querido diario, no hay nadie aquí, salvo la sombra de una vida. Aunque yo a ratos veo desde mi ventana la vida entera. Y qué pocas mujeres desnudas pasan por ella.
sábado, 17 de enero de 2009
Saudade
Qué fría mañana. No sabes lo que echo de menos entrar en calor azotándote ese inmaculado culo. Claro que, por otra parte, nosotros no sabíamos lo que eran las mañanas.
viernes, 16 de enero de 2009
Huesos de color canela
Hoy han desenterrado a los abuelos para hacer sitio en el cementerio a los nuevos muertos. La juventud desplaza a los ancianos incluso en la muerte, he pensado. Los últimos modelos de muertos sustituyen a los antiguos. En cualquier caso, mis abuelos estaban irreconocibles, podrían haber pasado por los abuelos de otros. Sólo eran harapos y huesos de color canela. «Pobre Yorick; yo lo conocí, Horacio», le he susurrado a mi hermana, que ha respondido a esto dándome un codazo. Luego le han preguntado a mi madre si queríamos un nicho o si preferíamos incinerar los huesos. A mí me gustan los muertos poco hechos, he pensado yo.
jueves, 15 de enero de 2009
Personas de celuloide
Hay que respirar despacio, el pecho puede reventar de felicidad. Mas esto seguramente sea falso.
miércoles, 14 de enero de 2009
Les amants réguliers
—Estoy anotando en una libreta mensajes que me has mandado al móvil. Este es de noviembre.
—¿Y qué te digo?
—Cosas muy fuertes.
—¿El qué? ¿Que te quiero follar?
—Que me echas de menos.
—Bah, vete a la mierda.
—¿Y qué te digo?
—Cosas muy fuertes.
—¿El qué? ¿Que te quiero follar?
—Que me echas de menos.
—Bah, vete a la mierda.
martes, 13 de enero de 2009
La fama (a ratos)
Un periodista me hace una entrevista, es una sensación extraña. Cada vez que apunta algo en la libreta, me pregunto si no habré dicho una tontería.
lunes, 12 de enero de 2009
La vejez en bicicleta
Ahora que estoy jubilado, ahora que estoy en el otoño de la vida, me entretengo por las tardes dando largos paseos en bicicleta. La verdad es que también me lo ha aconsejado el médico, pero eso es lo de menos, yo lo hago para sentir una velocidad que ya no siento en la vida, para disfrutar de la suave caricia de la brisa en mi cabellera cana mientras atravieso como una exhalación el tráfico rugiente. Bueno, exagero un poco, en realidad me tomo con calma el pedaleo, soy un ciclista paciente. Paciente y crepuscular. Me dedico por tanto a circular a una velocidad prudente y sólo me detengo para observar a las muchachas en flor. Me gusta verlas sonreír, pues ya no me relaciono con mujeres que tengan todos los dientes. Si yo tuviera cuarenta años menos, me digo. Pero no es así, abuelo, parecen decirme con la mirada. Así que suspiro, me seco el sudor de la frente, echo una última mirada en su dirección y sigo pedaleando.
domingo, 11 de enero de 2009
El señor Belvedere sale de casa
El señor Belvedere sale de casa, lo que en principio no es demasiado relevante, pero así comienza nuestra historia. El señor Belvedere lleva un bombín en la cabeza y un bastón en la mano, aunque sería más original al revés. El señor Belvedere se parece a Hércules Poirot, pero sólo los jueves y hoy es lunes. El señor Belvedere se detiene en un kiosco y le pide al kiosquero, que por cierto es tuerto, un periódico con buenas noticias. El señor Belvedere lee el titular: War is over (if you want it). El señor Belvedere le pregunta al kiosquero «¿por qué es usted tuerto?» y éste responde «porque me falta un ojo». El señor Belvedere, como ya se dijo en otra ocasión, es anticuario y tiene su tienda de antigüedades en la otra parte de la ciudad. El señor Belvedere viaja en metro junto al narrador y se queja de que cada frase empiece con «el señor Belvedere», como si se tratara de un cuento infantil. El señor Belvedere sale del metro y cruza la calle nevada; la señorita Rottenmeier le abre la puerta de la tienda.
sábado, 10 de enero de 2009
Frío
Si tiemblo es por frío, no te equivoques. Un frío en los huesos que quisiera quitarme contigo, que siempre rehúyes mi compañía. Me obliga este deseo de vivir que me acompaña a todas partes. Pero puede que sepa desde hace mucho que esta enfermedad de días sin ti no va a desaparecer. Deliro y agonizo en mi febril estado. Quizás por eso me parece que tus pezones no han dejado de mirarme en toda la noche.
viernes, 9 de enero de 2009
La vida como telecomedia (2)
—A lo mejor te liaste con él por masoquismo, nena. ¿No lo has pensado?
—¿Me acabas de llamar «nena»?
—¿Yo? Habrá sido otro.
—¿Me acabas de llamar «nena»?
—¿Yo? Habrá sido otro.
jueves, 8 de enero de 2009
La vida como telecomedia
—Yo entiendo perfectamente que el amor se transforma. Sé que la atracción que siento ahora por mi novia no será la misma dentro de treinta años y que me fijaré en otras cosas.
—Sí, en las chicas jóvenes por la calle.
—Sí, en las chicas jóvenes por la calle.
miércoles, 7 de enero de 2009
Alone again or
Le decía yo hace poco a una chica que el amor no correspondido es el que tiene que justificarse siempre, el que se ve obligado a responder a preguntas como «¿por qué me quieres?» y presentar alegatos a afirmaciones como «no me conoces». Si dos personas se gustan al poco de conocerse, ninguna esgrimirá el «no me conoces» para neutralizar el amor del otro. No es conveniente. Por el contrario, pobre del que se encuentre solo en su deseo, pues tendrá que explicarse y justificarse continuamente. «Me gustas por esto, querida, todas mis razones son válidas». Como si fuera una fórmula matemática que hay que demostrar. Se dan incluso casos de extremo ridículo en los que hay que narrar el momento exacto en el que el acusado se enamoró de la demandante. «Sí, fue cuando te tocaste el pelo por tercera vez, entonces me enamoré de ti».
Claro que a veces uno sólo quiere saber. Yo a una chica le pregunté en cierta ocasión: «¿por qué te gusto?». No porque no fuera mutuo, que ya entonces estaba yo rendido a sus encantos (de hecho, esto fue en la cama), ni por poca autoestima, sino porque nunca me había dicho nada al respecto, así que me daba la impresión de que le gustaba porque sí, y a mí los porque sí y los porque no nunca me han gustado nada, que bastante arbitraria es ya la vida como para que colaboremos con ella. Así que después de follar le pregunté. Recuerdo que me miró con sincero asombro y me preguntó si lo decía en serio. Contesté que sí. Ella sonrió y me dijo todo lo que le gustaba de mí, un montón de cosas que sentaban fabulosamente bien al ego. Como era de esperar, no consigo recordar ni una palabra.
Claro que a veces uno sólo quiere saber. Yo a una chica le pregunté en cierta ocasión: «¿por qué te gusto?». No porque no fuera mutuo, que ya entonces estaba yo rendido a sus encantos (de hecho, esto fue en la cama), ni por poca autoestima, sino porque nunca me había dicho nada al respecto, así que me daba la impresión de que le gustaba porque sí, y a mí los porque sí y los porque no nunca me han gustado nada, que bastante arbitraria es ya la vida como para que colaboremos con ella. Así que después de follar le pregunté. Recuerdo que me miró con sincero asombro y me preguntó si lo decía en serio. Contesté que sí. Ella sonrió y me dijo todo lo que le gustaba de mí, un montón de cosas que sentaban fabulosamente bien al ego. Como era de esperar, no consigo recordar ni una palabra.
martes, 6 de enero de 2009
Diario
Por la tarde, una chica me dijo que soy orgulloso, grosero, injusto y cruel. Por la noche, quedamos.
lunes, 5 de enero de 2009
La otra vida
Hoy ha sido el funeral de la tía Virtudes. El padre Anselmo ha hablado de la inmortalidad del alma en su sermón y yo he pensado que tiene que ser un gran consuelo creer que todos estos fracasos vitales en realidad no significan nada, que no importan en absoluto, que la vida es tan sólo una enorme broma y que lo importante viene después. He pensado luego en la tía Virtudes, en todos esos tics que tenía, esos guiños incontrolables. ¿Conservará el alma los tics en la otra vida?, me he preguntado. Se lo he dicho a Martín, que se ha reído de mí y me ha contestado que el alma no puede tener tics de ningún tipo, pues no es corpórea. «El alma es como vapor», me ha asegurado. He aquí una teoría interesante, me he dicho, la muerte no es más que evaporación. «Claro», le he contestado, «las almas son las nubes que surcan el cielo». «Bueno, no exactamente, pero sí, el alma es como un gas», ha respondido él. Se me ha ocurrido entonces que estaría bien que alguien pusiera a la venta refrescos carbonatados con almas. A eso sí podríamos llamarlo bebidas espirituosas.
domingo, 4 de enero de 2009
Favores
Podríamos dormir juntos esta noche, le digo yo. Pero ella me contesta que no puede hacerme eso, que el fracaso hace juego con mis ojos y me hace parecer más delgado, que mi piel resplandece de derrota y que, en fin, los ganadores, admitámoslo, no tienen tanta gracia.
sábado, 3 de enero de 2009
La vida
Me digo que esas náuseas con las que me levanto cada mañana me las provoca la vida. O eso o estoy embarazado, claro, pero ambas opciones son bastante tontas. No importa; la vida, al fin y al cabo, es una mentira que se han inventado otros. Las chicas entran al cuarto de baño a meterse coca y yo estoy en otra parte.
Se me ocurre de pronto que se nos han ido los mejores años de nuestra vida en no estar juntos.
Se me ocurre de pronto que se nos han ido los mejores años de nuestra vida en no estar juntos.
viernes, 2 de enero de 2009
Reuniendo los pedazos
Aquí es donde termina nuestra historia, en este punto geográfico, en este día de la semana, en esta hora de la noche. Vivo aquí, donde nadie me espera. Mi amor me lo guardo como me guardo tantas cosas. Lo olvido todo con facilidad. Yo escribo para molestar.
jueves, 1 de enero de 2009
Año nuevo, vida nueva
—Tendrías que verme ahora, te iba a gustar mucho. Estoy muy guapa, de hecho no creo que hayas visto en tu vida una chica tan guapa. Te iba a encantar.
—¿Y cómo estás tan segura?
—Porque te conozco.
—A ver, imagino que llevas un vestido y el pelo suelto.
—Sí. Y un tanga rojo muy bonito.
—Así me gusta. Pero seguro que te has maquillado.
—No, sólo me he pintado los labios.
—¿Seguro?
—En serio. Oye, tengo que dejarte, que este va a pensar que estoy tardando mucho.
—Vale, cuídate.
—Un beso.
—¿Y cómo estás tan segura?
—Porque te conozco.
—A ver, imagino que llevas un vestido y el pelo suelto.
—Sí. Y un tanga rojo muy bonito.
—Así me gusta. Pero seguro que te has maquillado.
—No, sólo me he pintado los labios.
—¿Seguro?
—En serio. Oye, tengo que dejarte, que este va a pensar que estoy tardando mucho.
—Vale, cuídate.
—Un beso.
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