martes, 8 de febrero de 2011

Encuentro telepático e intergaláctico de individuos elegidos al azar

Cuando cuente hasta diez, estarán en Europa.
Concretamente, en Rumanía, deportados por Sarkozy. Pero enseguida nos marchamos, antes de que nos roben todo lo que llevamos (aunque seamos sólo ectoplasmas). Cerramos los ojos, golpeamos los botines de rubíes y estamos en la Luna. Eso de la derecha es el universo. Eso de la izquierda es un cráter. Si avanzamos unos metros, nos encontramos un monolito negro. Es una señal. Una señal de tráfico. Circulen con cuidado. No queremos accidentes. No queremos problemas con el seguro.
Ahora estamos en lo oscuro, como en los bares. Pueden aprovechar para intimar. Eso sí, piensen que están siendo observados por la inmensidad del infinito. Y por los emisarios de Xenu, que no se pierden nada. Ahora mismo nos están viendo en lejanas civilizaciones. En horario de máxima audiencia. En alta definición. Con subtítulos. Somos como Belenes Esteban interplanetarias.
Pero nos marchamos antes de que traigan sondas anales.
Viajamos ahora a la velocidad de la luz. Recuerden que tenemos bolsas para el mareo. Si miran a la derecha, no verán nada. Si miran a la izquierda, tampoco verán nada. Pero nos detenemos un momento junto a trece millones de naves. Esto es el centro del universo. De ahí el atasco de tráfico. El gobierno no hace nada. La culpa es de ZP.
Ahora somos uno con el universo. Eso que sienten no es ardor de estómago: son supernovas. Ya hemos llegado. Fin de trayecto. Disfruten de su estancia. Procuren no tocar nada.

lunes, 7 de febrero de 2011

Cosas mientras María fuma

De: Míchel Noguera
Para: Míchel Noguera
Fecha: 14 de enero de 2010 04:25
Asunto: Cosas mientras María fuma

María y sus andares felinos (que no gatunos, que suena peor). Su cuerpo de bailarina, que viene muy bien tenerlo cerca en noches frías, como tantas vividas sin ella (y otras cursilerías). Claro que ella permanece ajena a todo esto que escribo, pues lee ahora a Vila-Matas mientras fuma con su elegancia característica (y eso que a mí no me gustan las chicas que fuman).

domingo, 6 de febrero de 2011

Sonia

Mario conoció a Sonia en una panadería. Ella había pedido una hogaza de pan moreno y llevaba una falda roja. Enseguida, Mario supo que estaba en un momento fundacional de su existencia. Aquello era el amor, se dijo. Henchido de este nuevo sentimiento, se acercó a ella y le preguntó su nombre. Ella, muy educada, se lo dijo. Acto seguido, Mario le declaró el amor sincero que es propio de los locos. Ella, no obstante, mantuvo la educación y le indicó que su historia era imposible, pues no se conocían de nada; luego abandonó la panadería, llevándose con ella la hogaza de pan moreno, la falda roja y el corazón de Mario, que, desolado, la vio marchar, quizá para siempre.
Mario se encerró en la soledad de su casa y en unos recuerdos que fue inventando del amor que pudo haber sido. Como terapia, decidió poner por escrito sus sentimientos. Así nació Una vida sin Sonia, libro que pronto se convirtió en fenómeno literario y social. Quién era Sonia, se preguntaban los críticos. ¿Era real o era una metáfora de la ilusión por vivir? Dónde estaba ella, debatían los tertulianos en programas de televisión. Falsas Sonias aparecían de tanto en tanto en portadas de revistas, pero nunca lograban convencer al público. «Todas somos Sonia», estuvo a punto de ser el lema de una campaña publicitaria de compresas, pero Mario lo evitó con una demanda.
Finalmente, un periodista dio con Sonia. Llevaba la falda roja, aunque esta vez iba sin hogaza de pan bajo el brazo. «Sonia, ¿por qué no quieres a Mario?», fue la pregunta que el periodista le hizo a la atónita muchacha. Pronto, su casa estuvo asediada por decenas de periodistas que la abordaban cada vez que intentaba salir. También se reunieron cientos de manifestantes frente a su hogar para pedir que le diera una oportunidad a Mario. «Sonia, ¿cómo puedes permanecer impasible frente a un amor así», decía una pancarta. «¿No has leído el libro, Sonia?», decía otra. «Sonia y Mario forever and ever», decía otra más.
No fue la presión popular la que directamente hizo que Sonia le diera una oportunidad a Mario, sino la familiar. Su padre sufría del corazón y todo aquel revuelo le venía fatal, así que Sonia anunció ante los medios que quería verse con Mario en un restaurante romántico, para cenar. La noticia abrió todos los telediarios de aquel día y la Bolsa registró una importante subida. Aquella noche, cuando Sonia y Mario entraron en el restaurante, los presentes se pusieron de pie y empezaron a aplaudir. Como en las películas, pensó Sonia. Durante la cena, todas las miradas estaban clavadas en ellos, que se derramaban la sopa constantemente, nerviosos ante tal escrutinio. La experiencia fue un desastre para Sonia, pero no sólo por esto: resultó que no tenían nada en común. A él le gustaban los perros, ella era de gatos; él era dualista, mientras que ella creía que el hombre está compuesto de una única sustancia; a Mario le gustaba veranear en la playa, Sonia prefería pasar el verano en el campo, en el pueblo de sus abuelos. Cuando salieron del restaurante, Sonia tenía planeado decirle a Mario que era mejor que fueran sólo amigos, pero en ese momento se acercaron unas chicas que, con lágrimas de emoción, les dijeron: «gracias a los dos por este amor». Sonia decidió que la ruptura tendría que esperar.
Pero nunca pudo romper con Mario. Había tanta fe puesta en ellos, en ella. Su amor era un ejemplo para todos los demás, una prueba de que el cinismo no se había apoderado de todo. Hay esperanza para todos nosotros, decía la gente. Sonia se guardó su infelicidad, su absoluta incompatibilidad con Mario. Se dijo que tenía que intentarlo. Por la presión de la sociedad. Tenía que honrar ese amor por todo el romanticismo del mundo.

sábado, 5 de febrero de 2011

La experiencia

Hay una verdad en todo esto, una lección vital, pero siempre se me escapa.

viernes, 4 de febrero de 2011

Un poeta

Ya está a la venta el nuevo poemario de Jimbo S. Fuller, poeta de Wisconsin que llamó la atención de la modernidad con su primera obra: Stalingrado está entre tus muslos. El nuevo poemario, editado por la Asociación Literaria de Pinares de Entretiempo, en Murcia, se titula: No me llames a casa, que he salido. Se trata de una obra de rebeldía juvenil, de rabioso inconformismo, de versos inconclusos porque «tenía algo mejor que hacer», como confiesa el autor en la nota a pie de página del poema Ya sé que estoy borracho. El poeta, que a sus cincuenta años se declara un romántico vocacional, desgrana el idealismo amoroso en versos como: «Y no te digo que no / ni que sí / pero me voy a la cama». En las mejores librerías, sólo siete euros.

jueves, 3 de febrero de 2011

Suena el teléfono

Suena el teléfono, pero el señor López no contesta. Esto es algo que ha decidido hoy, de forma repentina, para proteger su intimidad. No contestar el teléfono, que bien podría estar pinchado por su ex mujer o por agentes de un refundado KGB. No quiere revelar detalles de su vida privada, aunque tiene que reconocer en la soledad de su casa que su vida privada es bastante aburrida. De hecho, tendría que inventarse una vida privada que contar. Y a lo mejor quien llama no quiere escucharla. Es por eso que no contesta el teléfono, decide finalmente.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Facebook

Sí, te vi en una fiesta. Estabas en otra ciudad, con otra gente.

martes, 1 de febrero de 2011

MálagaCrea

MálagaCrea es como esa chica que siempre te rechaza y a la que sigues tirando los tejos porque... bueno, porque te aburres, para qué nos vamos a engañar.

lunes, 31 de enero de 2011

B.

Ya, ya lo sé: estoy mal de la cabeza. Pero, en realidad, mis planes nunca fueron más allá de volver a verte. Ya improvisaría después. La idea era liarte de alguna manera. Con hipnosis, drogas o síndrome de Estocolmo. No sé, esto del amor siempre se me ha dado fatal.

domingo, 30 de enero de 2011

Souvenirs del pasado (2)

Escarbando en el pasado, he encontrado una nota que contiene una especie de advertencia: «No esperes. Ella no volverá esta noche. Ni las que vengan». Y se me ocurre que con lo último podría referirme tanto a las noches como a las mujeres.

sábado, 29 de enero de 2011

Souvenirs del pasado

Tengo en un anaquel una caja que me regaló una novia y que he usado para almacenar recuerdos. No recuerdos etéreos, claro, eso sería una tontería, sino objetos tangibles con algún significado para mí. Hace un rato me ha dado por abrirla (bueno, no es que me haya dado por abrirla sin más, en realidad buscaba algo en concreto: un billete de tren). No sé cuánto llevaba sin abrir la caja, pero la tapa estaba llena de polvo. Dentro me he encontrado billetes de avión, de tren, de autobús, de metro (me ha faltado de barco), entradas de cine, de conciertos, papeles con cosas garabateadas, planos de ciudades, etcétera. Ciertas cosas las había olvidado y he recordado su significado al verlas de nuevo. Bien. El problema es que con alguna cosa me he preguntado: ¿y esto qué significa? ¿A quién pertenecía? ¿De cuándo es? Eran como intrusos. Objetos sin significado. Ya no son recuerdos, sino objetos que conservo arbitrariamente. Vale, sí, los guardé por algún motivo. ¿Pero cuál? ¿Volveré a recordarlo? Quizá no era tan importante y por eso lo he olvidado. Quizá me equivoqué al guardarlo en su día. Quizá tendría que deshacerme de lo que ya no significa nada.
Por cierto, no he encontrado el billete de tren que buscaba.

viernes, 28 de enero de 2011

Algo así

Qué bonito es el sonido del teclado cuando uno está escribiendo con convicción. Es casi musical. Como el galope de los Jinetes del Apocalipsis. Como unas salvas de fusilería. Algo así.

jueves, 27 de enero de 2011

Astronomía fácil

El espacio exterior. Entra un ASTRONAUTA. Bracea en la negrura mientras tararea Space Oddity. De pronto, repara en el público.
ASTRONAUTA: Buenos días.
El público no dice nada.
ASTRONAUTA: ¿Es que no me oyen? He dicho que buenos días.
El público saluda tímidamente, entre murmullos de asombro. «Estas obras modernas», se queja un señor con bigote.
ASTRONAUTA: ¿Han visto pasar el cometa de las seis y media? Creo que era por aquí, pero uno se desorienta en tanta inmensidad.
El público guarda silencio.
ASTRONAUTA: No importa, ya pasará otro.
Entra un extraterrestre. Braceando. Saluda al público con un tentáculo.
EXTRATERRESTRE: Buenos días.
El público se remueve en sus asientos, incómodo.
ASTRONAUTA: Buenos días.
EXTRATERRESTRE: ¿Ha pasado ya la nave nodriza de las ocho?
ASTRONAUTA: No es tan tarde.
EXTRATERRESTRE: Según la hora de Sirio, sí.
ASTRONAUTA: Ah. Yo es que espero un cometa.
EXTRATERRESTE: No tiene usted pinta de Rey Mago.
ASTRONAUTA: ¿Cómo conoce usted eso?
EXTRATERRESTRE: He trabajado muchos años en la Tierra. Ya sabe, en platillos volantes. Sé un montón de las costumbres humanas; las sondas anales nos dan mucha información.
ASTRONAUTA: Mi primo fue abducido una vez.
EXTRATERRESTRE: ¿Sí? ¿Cómo se llama su primo?
ASTRONAUTA: Paul Jenkins. Es neurocirujano en Boston.
EXTRATERRESTRE: Ah, no, imposible. Nosotros tenemos una política muy estricta: sólo abducimos a borrachos y tontos del pueblo, para ocultar nuestra existencia.
ASTRONAUTA: Bueno, mi primo venía de una boda.
EXTRATERRESTRE: Eso es otra cosa. Sí, es posible que lo abdujéramos, pero esa información es confidencial.
Se escucha un tintineo a lo lejos.
ASTRONAUTA: Creo que por fin llega el cometa.
EXTRATERRESTRE: A mí me parece que es la nave nodriza.
Entra un SEÑOR EN BICICLETA, tocando el timbre.
SEÑOR EN BICICLETA: Buenos días. Soy el cometa de las ocho.
EXTRATERRESTRE: Tiene que tratarse de un error. O es la nave nodriza de las ocho o el cometa de las seis y media.
SEÑOR EN BICICLETA: Soy las dos cosas. Es una manera de ahorrar.
El público empieza a abuchear. «¿Pero qué clase de burla es esta obra?», pregunta a voz en grito el señor con bigote de antes.
SEÑOR EN BICICLETA: Damas y caballeros, entiéndanlo: ésta es una obra modesta y no hay presupuesto para cometas o naves nodrizas, pero mi sobrino me ha dejado su bicicleta. Échenle un poco de imaginación.
El público no da por buena esta explicación y comienza a lanzar al escenario lo que tiene a mano, asientos arrancados de su sitio incluidos. El ASTRONAUTA y el EXTRATERRESTRE se montan como pueden en la bicicleta del SEÑOR EN BICICLETA y salen.

miércoles, 26 de enero de 2011

La ironía de todo esto

Siempre me cegaron las ganas. Las ganas de verte.

martes, 25 de enero de 2011

Je me souviens (4)

Recuerdo que maté una cucaracha en tu terraza y luego te daba miedo salir a ella, como si la cucaracha fuera a resucitar para atacarte o algo así. Y me pregunté cómo te tomarías una declaración de amor como: Oye, quiero matarte siempre las cucarachas.

lunes, 24 de enero de 2011

Fallo de raccord

Me desperté y ya no estabas en mi vida.

domingo, 23 de enero de 2011

Nada

No puedo hacerme cargo de los recuerdos de quien ya no soy.

sábado, 22 de enero de 2011

El otro

Ella no contesta, no se acuerda de él. Pero es natural. El otro sólo existe cuando lo queremos en nuestra vida. Mientras tanto, es sólo otro actor que ha salido del escenario. Deja de importar para la historia. No es por maldad que dejemos de pensar en él, es por coherencia argumental.

viernes, 21 de enero de 2011

La identidad

Sonó el móvil y en la pantalla apareció un número desconocido. Contesté. «Hola, Pedro, soy yo», dijo una voz femenina. Una voz preciosa. Confuso, sólo atiné a decir: «¿quién?». «Silvia», respondió la bonita voz. Durante unos segundos me planteé decirle a la tal Silvia que, en efecto, yo era Pedro. Por seguir escuchando su voz, nada más. Vale, y por preguntarle qué llevaba puesto. Pero, ¿y si Pedro era el hermano de Silvia? Por ejemplo. Qué conflicto más tonto se podía provocar por asumir la identidad de un desconocido. Una familia rota por un momento lúbrico de un desaprensivo. Así que, con el corazón encogido, le dije que se había equivocado de número y colgué.

jueves, 20 de enero de 2011

Capítulo 2304

No, todavía no lo he conseguido. Pero estoy en ello. Tan sólo hay que tratar de no pensar en los años y las ausencias.

miércoles, 19 de enero de 2011

Ráfagas

Tomar algo en un bar. Preguntarse cómo será follar con ella. Su cuerpo. La intimidad. El secreto.

martes, 18 de enero de 2011

El bronceado

Un hombre en la aduana, donde un policía le pregunta si tiene algo que declarar. Sólo este fabuloso bronceado, responde el hombre, que vuelve de unas estupendas vacaciones en algún destino turístico. ¿Tiene los papeles del bronceado?, le pregunta entonces el policía. El hombre, estupefacto, no sabe qué responder. El policía pregunta dónde ha adquirido el bronceado y cuánto pagó por él. El hombre responde que lo consiguió en la playa y que le sería difícil determinar el precio, pues supone que todo va en el paquete: el billete de avión, la estancia en el hotel, las propinas al camarero que le traía los daiquiris a la tumbona, etc. Me temo que no puedo dejarle entrar en el país, dice el policía, podría haber disturbios si se permitiera que paseara libremente por las calles un bronceado ilegal. Dicho esto, conduce al hombre a una habitación sin ventanas, dejándole encerrado con varios hombres en proceso de perder el bronceado.

lunes, 17 de enero de 2011

A todo esto

Tú y yo nos debemos una historia.

domingo, 16 de enero de 2011

La prisa

Podría ser cualquiera de ellas, pero no lo sé. Como no lo sé, no hay apremio alguno. No siento que tenga que darme prisa. Ya llegará. Ya llegará el fin de la calma. El vértigo.

sábado, 15 de enero de 2011

La mitología sentimental

Estoy escribiendo una carta. La escribo durante la noche y borro lo escrito al día siguiente. Un poco como Penélope cuando tejía, pero yo hago esto para despedirme y no despedirme. Para ganar tiempo. Para perderlo. Aunque ya estoy muy lejos, como Ulises al principio de la travesía.

viernes, 14 de enero de 2011

Disonancias

Creo que llamaré un día a tu puerta, cuando sea tarde. No tarde por la noche, sino tarde para nosotros. Porque tú ya no vivirás allí. Aunque yo habré llamado a tu puerta con la intención de despedirme de ti finalmente, después de tantos años sin vernos. Creo que todo será algo así.

jueves, 13 de enero de 2011

Entresueño

Sueño que he escrito un libro. Es más, sueño que he escrito un libro muy bueno, por lo visto, porque en el sueño me alaban unos cuantos desconocidos. Qué bueno es su libro, cómo redefine la literatura moderna. Es usted un genio de las letras españolas. Cosas así. Y yo no sé qué he escrito. Hay un pequeño montón de ejemplares en una mesa, pero no me dejan echarle un vistazo. Siempre hay alguna mano que estrechar o alguna foto que sacarse. Con lo mal que llevo yo hablar con gente a la que no conozco de nada. Así que sólo respondo tonterías cuando me preguntan por la obra. «Sí, estaba en un momento importante de mi vida», digo. «Nunca he creído en escribir con las entrañas, porque sólo sale mierda», que es algo que le decía a una novia y ahora lo aprovecho. De pronto veo que también está B, que se acerca y me felicita. Qué es lo que más te ha gustado, le pregunto. Creo que es una gran obra del dolor, me dice ella. Y pienso que parte del mérito es mío, añade. Y cómo es eso, le pregunto. Porque he sido tu musa en esto, está claro: ha sido gracias al desamor que has escrito este libro. Oye, eso parece un comentario de A, no tuyo, contesto yo. Ella se ríe. Yo me indigno un poco e improviso un discurso reivindicativo e iracundo: no creas que el mérito lo tienes tú por no hacerme caso; lo de convertirlo en algo «soportable», literario, fue cosa mía. Sí me hubieras amado, habría escrito otra cosa, posiblemente mucho mejor. Sí, es verdad, responde ella, conciliadora, porque eres muy bueno, siempre lo has sido. Los dos sonreímos. Entonces le digo: Esto de hacerme la pelota significa que no vamos a follar, ¿verdad? Y ella se ríe de nuevo.

miércoles, 12 de enero de 2011

La antología sentimental

Dando consejos a un amigo al que le ha dejado la novia. Como si fuera fácil, ahora que estoy en la ruina económica, literaria y sentimental. Pero siempre hay algún topicazo a mano. Ah, la primera novia, sí, qué mal se pasa cuando se termina, qué cantidad tan grande de tonterías se comete; ahora ya no haría nada de eso, que los años me han dado sabiduría. Bueno, más o menos. Pero no te preocupes, no es el fin del mundo, el tiempo lo arreglará todo. El tiempo. El tiempo. Claro que esto no te sirve de nada ahora, que el tiempo se ha detenido. Pero verás en unos años.

martes, 11 de enero de 2011

El hombre que se esconde

El poeta es el hombre que se esconde, escribe Tasio Benavente, autor secreto. El hombre que se esconde entre las sombras, podría añadir, pero lo descarta mientras acecha en silencio a su vecina, la sin par Mercedes, apostado frente a la mercería en la que trabaja, observándola a través del escaparate, arrebujado entre las sombras y el impermeable, que bien podría ser una sombra más.

lunes, 10 de enero de 2011

La alegría de vivir

«Ya no encuentro la alegría de vivir», reza la pintada que ve el señor Benvenuti al coger el metro para llegar al trabajo. Esto, claro, le lleva a preguntarse dónde está la alegría de vivir. Quizá en el escote de esa señorita que, sentada frente a él, lee con avidez el último éxito de ventas literario. O quizá la alegría de vivir esté en la cuenta bancaria del escritor, piensa. Cómo saberlo. Luego se le ocurre que la alegría de vivir está en la memoria, pero enseguida tiene que admitir que no recuerda en qué momento concreto. Él tampoco encuentra ya la alegría de vivir, es evidente. Y maldice en silencio al autor de la pintada.

domingo, 9 de enero de 2011

Las noches perdidas

Éstas son las noches perdidas al filo del poema. O algo así, no sé. Cada noche que no paso contigo, que diría yo si fuera el de antaño. Pero he hipotecado todo en sueños de esto y aquello, que también decía yo antes. Bah, yo qué sé.

sábado, 8 de enero de 2011

Colapsos

Me llama un amigo para contarme que está roto. Bueno, esto lo infiero yo cuando se echa a llorar. Es bastante duro oír llorar a un amigo. Y bastante incómodo, también, por aquello de la masculinidad que nos han inculcado desde niños. Curiosamente, unas horas antes había estado oyendo llorar a una ex. Y no es la primera chica que se acuerda de mí en tales circunstancias, como si lo natural al estar triste fuera llamarme. Todo es muy extraño. No sé si es que mi voz es relajante, que juraría que no. Podría preguntarles, supongo, pero igual me contestaban que soy un experto en el sufrimiento, o algo así. A veces es mejor no saber los motivos.

viernes, 7 de enero de 2011

Historias de blog

—Me gustó la parte de tu entrada de fin de año de «mirando al espejo para no volverme loco de tanto desearla». Cito de memoria, claro.
—Sí. Lo malo es que no era literatura.
—Ya.
—Ella se giró un par de veces para saber a qué miraba yo. Creo que me tomó por un narcisista.

jueves, 6 de enero de 2011

Un poco de muerte

Muero y me dirijo a la luz mientras suena música de mariachis, como si la muerte fuera una fiesta mexicana. Ando hacia la luz, que es como un foco gigante de la Gestapo dirigido a mi cara, y me pregunto cuánto costará esto ahora que el precio de la electricidad ha subido, y la luz comienza a parpadear como si me dijera algo en morse, pero no es eso, sino que de pronto gira a la derecha y desaparece de mi vista.

miércoles, 5 de enero de 2011

Un campo de batalla

Un campo de batalla. Dos soldados parapetados tras unos sacos de arena.
SOLDADO1: ¿Qué hora es?
SOLDADO2: Las seis.
SOLDADO1: ¿Y el enemigo?
SOLDADO2: Se retrasa.
SOLDADO1: ¿Es que acaso no saben que eso es de mala educación?
SOLDADO2: Yo creo que les da igual; del enemigo no se puede esperar nada bueno.
SOLDADO1: Cuanto antes vengan, antes terminaremos.
SOLDADO2: ¿Es que tienes prisa?
SOLDADO1: He quedado luego con una chica.
SOLDADO2: ¿Es guapa?
SOLDADO1: Mucho. Me espera bajo una farola.
SOLDADO2: ¿Es prostituta?
SOLDADO1: ¿Qué pasa, es que no puede ser como Lili Marleen?
SOLDADO2: ¿Es como Lili Marleen?
SOLDADO1: No. Es prostituta.
SOLDADO2: Ah.
Entra el SARGENTO.
SARGENTO: ¡Soldados! ¿Y el enemigo?
SOLDADO1: Se niega a presentarse, mi sargento.
SOLDADO2: A lo mejor es que hemos ganado la guerra, señor.
SARGENTO: O a lo mejor hemos sido copados y no lo sabemos. Soldado1, eres voluntario para ir a explorar.
SOLDADO1: Perdone el atrevimiento, mi sargento, ¿pero cómo que «Soldado1»? ¿Es que no tengo nombre?
SARGENTO: No, no hay presupuesto.
SOLDADO1: ¿No hay presupuesto para que tenga nombre?
SARGENTO: Correcto. Habría que pagarle al autor para que te pusiera un nombre y eso cuesta dinero.
SOLDADO2: Un momento, ¿significa eso que yo tampoco tengo nombre?
SARGENTO: Claro que lo tienes: eres el Soldado2.
SOLDADO2: Eso no es un nombre de verdad.
SARGENTO: Pues no hay otra cosa.
SOLDADO1: ¿Y si nos inventamos nosotros unos nombres?
SOLDADO2: Yo siempre he querido llamarme Torcuato.
SOLDADO1: No suena demasiado heroico.
SOLDADO2: ¿Acaso se te ocurre uno mejor?
SOLDADO1: Wenceslao.
SARGENTO: ¡Basta! Soldado1, sal a explorar.
WENCESLAO: Llámeme Wenceslao, mi sargento.
SARGENTO: Como quieras, pero sal a explorar.
WENCESLAO: Es que he quedado luego, mi sargento. Creo que Soldado2 sería mejor voluntario para explorar.
TORCUATO: Torcuato.
WENCESLAO: Perdón: Torcuato.
SARGENTO: ¿Qué es eso de que has quedado? ¿Es con un familiar?
WENCESLAO: Prácticamente.
TORCUATO: Pues como no sea tu madre… Ha quedado con una prostituta, mi sargento.
WENCESLAO: ¡Traidor!
SARGENTO: Eso cambia la cosa, está en juego el honor del ejército: un soldado nunca falta a su cita con una prostituta.
WENCESLAO: ¡Ja!
TORCUATO: Mierda. Entonces me toca explorar a mí, ¿no?
SARGENTO: En efecto.
El SOLDADO2 (o TORCUATO) sale.
WENCESLAO: Gracias, mi sargento.
SARGENTO: Era mi obligación, no podemos permitir que la guerra nos haga olvidar los valores que nos conforman como sociedad.
WENCESLAO: Cierto, que la guerra desune a los hombres.
SARGENTO: Sobre todo si te cae un obús encima, que te desune en pedazos.
Entra TORCUATO (o el SOLDADO2) llevando como prisionero a un SOLDADO RUSO.
TORCUATO: ¡Mirad lo que he encontrado!
WENCESLAO: ¡Un soldado enemigo!
SARGENTO: Lleva uniforme ruso. ¿Estamos en guerra con Rusia? No lo recuerdo.
TORCUATO: A mí no me pregunte, que soy un soldado raso. Pero el caso es que estaba en una trinchera durmiendo de forma sospechosa.
WENCESLAO: ¿Cómo se duerme de forma sospechosa?
TORCUATO: Dormía mal, como si no tuviera la conciencia tranquila.
SARGENTO: Bien hecho, soldado: seguro que es un criminal de guerra, no hay más que verle la cara.
SOLDADO RUSO: Oiga, sin faltar.
SARGENTO: Calla y responde sólo cuando se te pregunte, prisionero. ¿Dónde está tu unidad?
SOLDADO RUSO: Eso quisiera saber yo ahora.
SARGENTO: ¿Es que has desertado?
SOLDADO RUSO: Creo que han desertado ellos. Quería echar una cabezadita y he despertado abandonado por mis compañeros y encañonado por Torcuato.
SARGENTO: ¿Cómo que por Torcuato? Torcuato, ¿es que ahora le dices tu nombre al enemigo?
TORCUATO: Perdón, mi sargento, ha sido por la alegría de estrenar nombre. Además, me pareció de buena educación.
WENCESLAO: Muy mal, hombre, al enemigo no se le puede contar nada; son las normas.
SOLDADO RUSO: ¿Puedo yo acogerme a esas normas y guardar silencio?
SARGENTO: Podrías, pero entonces nosotros tendríamos que acogernos a las normas de sacarte la información a golpes.
SOLDADO RUSO: En ese caso, hablaré, que estamos entre caballeros.
SARGENTO: Bien. ¿Qué es eso de que han desertado tus compañeros?
SOLDADO RUSO: Se hablaba algo de una revolución en la patria. Yo creo que no han querido perdérsela.
SARGENTO: Eso es muy poco profesional.
SOLDADO RUSO: Bueno, es sólo una teoría.
TORCUATO: A lo mejor han quedado todos con la prostituta de Wenceslao.
WENCESLAO: ¡Eh!
TORCUATO: Es sólo otra teoría.
SARGENTO: Creo que vale la pena investigarlo. Wenceslao, iré yo en tu lugar a ver a la prostituta.
WENCESLAO: ¿Qué? ¿Cómo? Pero…
SARGENTO: Vosotros dos quedaos aquí, por si se trata de una maniobra de diversión del enemigo.
WENCESLAO: Sí, diversión es la que va a tener usted, a mi costa.
SARGENTO: Y vigilad al prisionero.
Sale el SARGENTO. WENCESLAO se sienta en el suelo, abatido.
TORCUATO: ¿Cómo te llamas, prisionero?
SOLDADO RUSO: Boris.
WENCESLAO: Bah, qué nombre tan típico.
Telón.

martes, 4 de enero de 2011

Esto

Esto es como conducir hacia el abismo con la mirada clavada en el retrovisor.

lunes, 3 de enero de 2011

La doble vida

Me dice un amigo: «Te vi con ella en la estación, cuando os estabais despidiendo; parecíais enamorados». Y esto me hace pensar que uno vive dos vidas: la de verdad y la que se inventan los demás.

domingo, 2 de enero de 2011

Empezar de nuevo

Dejar el bagaje atrás, viajar siempre ligero, empezar de nuevo. Pero no suele funcionar: se vuelve atrás con cualquier excusa. Uno dice, por ejemplo: «dejadme recuperar aquella idea, que creo que puedo sacarle partido ahora». O bien: «no, en serio, sólo quiero darle otro enfoque, pero ya me he curado». Pero es hacer trampa. Siempre.

sábado, 1 de enero de 2011

Día uno

El sujeto está despierto, aunque no podemos responder por su lucidez. Deambula por calles desoladas mientras repite: «la vida empieza dentro de un momento». Hay algunas palomas y gaviotas insomnes, pero no le prestan mucha atención.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Dance me to the end of love

No voy a hacer balance, ignoro el déficit o superávit. No voy a hablar de los propósitos cumplidos e incumplidos. No recuerdo casi ninguno, la verdad. Creo que ya los había olvidado en verano. No, en la cabeza tengo otras imágenes, momentos importantes. Qué sé yo.
Me acuerdo de una tarde con María por las calles de Granada, bajo una tenue lluvia. De una librería en la que entramos para guarecernos un poco. De un libro que le regalé. Recuerdo que luego estuvimos en un bar y en un momento dado me dijo: «qué guapo te pones cuando sonríes», y yo pensé: «menos mal que es alcohólica». Me acuerdo también de una madrugada en la que, cuando terminamos de follar, se veía ya claridad en el cielo a través de la ventana empañada y me dio por pensar la cursilada de que había estado otras veces en Granada, pero nunca me había parecido tan bonita antes de esa mañana con María. Y despertar con ella y verla medio dormida, despeinada, farfullando vete a saber qué y yo recordaba entonces el largo camino hasta su cama desde aquella presentación literaria en la que la vi por primera vez. Y me decía: esta chica podría ser importante en mi vida. Me acuerdo también de una vez que me dibujó un corazón en el lado derecho del pecho. Un corazón lógico, razonable, para que hiciera de contrapeso del otro. Quizá no funcionó porque ella, como buena zurda, lo dibujó con la mano izquierda.
Recuerdo también la noche en la que me llamó Alba para decirme que me quería. Yo ya entonces sabía que no era cierto, pero de todos modos era bonito. Y aquel beso cuando hacíamos cola frente al cajero. Un beso perfecto: como si lo hubiéramos ensayado, aunque era todo lo contrario. Un impulso perfecto. Y era como si nunca hubiera pasado nada malo entre nosotros, como si lo natural fuéramos ella y yo juntos. Y aquella tarde en Cómpeta, que era como viajar a lo que podría haber sido.
Me acuerdo también de una vez con Babeth, en la Plaza del Dos de Mayo. Vestida de negro, con su abrigo rojo. Me parecía que nunca la había visto más guapa (era mentira: siempre me parece más guapa cuando está desnuda). Y la recuerdo riéndose: «es que me miras mucho». Hubo un momento en que se quejó en broma de los hombres diciendo: «es que lo queréis todo», y yo estuve rápido de reflejos y le contesté: «claro que lo quiero todo; por eso te quiero a ti». Pero no fue la última vez que la vi, eso fue en una pizzería en la que yo desviaba la mirada al espejo que había detrás de ella para no volverme loco de tanto observarla y desearla.
Me acuerdo también de Susana y el concierto de Sonic Youth. Del cascabel que llevaba en el tobillo. De aquella noche en la playa. De lo mucho que le tomaba el pelo por la homeopatía. De la mañana en la Oficina de Objetos Perdidos (de aquel beso repentino e irónico por acordarme de sus apellidos) y el desayuno bajo aviones de maniobras.
Eso es lo que recuerdo del año. No sé, creo que eso ha sido lo importante.

jueves, 30 de diciembre de 2010

El insomnio

La otra noche, a eso de las cinco de la mañana, estoy en la cama en una lucha a muerte. Es el insomnio o yo. Y gana el insomnio. Me siento en la cama, enciendo la luz y me digo: bueno, intentemos aprovechar el tiempo. Cojo una libreta y escribo. Sería bonito contar que descubro la cura del cáncer, pero me parece feo mentir a estas alturas. No, lo que hago es terapia. Hagamos una lista de las cosas que nos afectan, pienso (sin preguntarme por qué uso el plural mayestático). Empiezo con algo sencillo: el cambio climático. La verdad es que esto no es muy serio, porque, admitámoslo, no se puede decir que el cambio climático sea de las cosas que me quitan el sueño. Ya lo arreglarán los políticos, o me moriré antes, o qué sé yo. No es que vaya a solucionar el tema sentado en la cama, vamos. Así que paso a otra cosa: las ballenas. Pero las ballenas están pasadas de moda, me digo. ¿Cuándo estaban de moda? ¿En los ochenta? ¿De verdad soy tan viejo? No, no lo eres, volvamos a las ballenas. Y al Amazonas. ¿Y qué hay de la lluvia radiactiva? ¿No se ocupará Bob Geldof de todo esto? Y Bono, claro. Así que tachemos también estas cosas. Qué lista tan lamentable llevo. ¿Y para esto me he dejado vencer por el insomnio? Oye, no te hagas el machote, no te has dejado ganar: el insomnio te ha dado una paliza. Vale, sí, pero era una forma de hablar. Ya, ya, una forma de hablar, a mí me vas a engañar. Cállate y sugiéreme algo, que no me ayudas en nada. ¿Por qué no escribes su nombre? ¿Su nombre? No te hagas el tonto. No, si no me lo hago, ¿pero es totalmente necesario? Yo diría que sí, por eso te cuesta tanto hacerlo. No es eso, es superstición, magia negra, qué sé yo. No me seas irracional ahora, hombre. No sé, ¿y si la dibujo desnuda? Sí, eso podría servir. Bien. Pues no te quedes ahí parado y empieza de una vez. Vale, vale, espera un momento... mira, ¿qué te parece? No, ella tiene las tetas más grandes.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Cavalleria rusticana

Escucho el Intermezzo de Cavalleria rusticana, como si esto fuera una peli de Scorsese, que no lo es. Vendría muy bien que en determinadas situaciones sonara una música épica de fondo; sobre todo a la hora de perder, que perder con música épica haría que la derrota fuera más dulce. Porque no es lo mismo silbar, no.

martes, 28 de diciembre de 2010

Obviedades

—La verdad es que me gustabas más como novia que como ex.
—¿Sí?
—Sí. Como ex resultas algo fría y distante.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Los amores envenenados

Una casa de la alta burguesía. En el sofá está sentado el SEÑOR PASCUAL. Entra el señor PICAPORTE.
PICAPORTE: Buenas tardes, señor Pascual.
SEÑOR PASCUAL: Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?
PICAPORTE: Soy Picaporte Pretaporter y he venido a pedir la mano de su hija Ana.
SEÑOR PASCUAL: ¿Cuál es Ana? Tengo tres hijas y mi memoria ya no es la que era.
PICAPORTE: Es la más joven y pizpireta.
SEÑOR PASCUAL: Ah, sí, buena elección. ¿A qué se dedica usted, caballero?
PICAPORTE: Soy francés.
SEÑOR PASCUAL: ¿Eso está bien pagado?
PICAPORTE: Más que ser español, pero menos que ser alemán.
SEÑOR PASCUAL: ¿Y hay posibilidades de ascenso?
PICAPORTE: No tengo parientes alemanes.
SEÑOR PASCUAL: Vaya. Entenderá usted que no puedo dejar que mi hija se case con el primer buscavidas que llama a la puerta, ¿verdad? Tengo un imperio que proteger aquí: el negocio familiar que levantó mi abuelo, que era ebanista. Mire qué muebles. Un hombre se define por los muebles que tiene, decía mi abuelo.
PICAPORTE: La verdad es que no entiendo mucho de muebles.
SEÑOR PASCUAL: Muy mal: un hombre sin muebles es un hombre sin raíces, siempre a la fuga. Hacen falta muebles para asentarse.
PICAPORTE: Me compraré un armario ropero hoy mismo.
SEÑOR PASCUAL: Los tenemos a muy buen precio. Siéntese aquí, que voy a traer el catálogo.
El SEÑOR PASCUAL sale, PICAPORTE se sienta en el sofá. Entra ANA.
ANA: ¡Picaporte!
PICAPORTE: ¡Ana!
Se miran, sin saber qué más decirse. Pasan cinco minutos. El público se impacienta.
ANA: ¿Qué haces aquí?
PICAPORTE: Voy a comprarle un armario a tu padre.
ANA: ¿De verdad has venido para eso?
PICAPORTE: Y para pedir tu mano.
ANA: Eres un machista, le das más importancia a la adquisición de un objeto que a mí.
PICAPORTE: Es tu padre, que me pone nervioso.
ANA: No le hagas caso, sólo piensa en muebles y en casarnos con potentados a las tres.
PICAPORTE: ¿A las tres de la tarde?
ANA: ¡A las tres hermanas!
PICAPORTE: Ah, ya decía yo. Le he contado que soy francés, pero creo que no le ha impresionado.
ANA: Mi padre sabe que no es una profesión seria. ¿Y si Alemania os invade de nuevo? Demasiados riesgos. ¿Por qué no le has dicho, por ejemplo, que eres suizo?
PICAPORTE: Me he dejado llevar por el patriotismo.
ANA: Un momento de patriotismo y me quedo soltera de por vida.
PICAPORTE: No dramatices, algo se podrá hacer. Seguro que puedo convencer a tu padre con mi magnetismo natural.
ANA: Mi padre no cree en el mesmerismo.
PICAPORTE: ¿Y si huimos juntos?
ANA: Sería inútil, mi padre nos perseguiría por todo el mundo como si fuéramos muebles fugados. No, la única alternativa que tenemos es asesinarlo.
PICAPORTE: ¿Seguro que es la única? Me parece algo drástico.
ANA: ¿Es que acaso no me amas?
PICAPORTE: Claro que te amo.
ANA: ¿No matarías por mí?
PICAPORTE: Supongo que sí...
ANA: Bien, está decidido. Lo haremos así: os traeré unos cafés. No te eches azúcar, que estará envenenado.
PICAPORTE: Te pones muy guapa cuando conspiras.
Sale ANA. Entra el SEÑOR PASCUAL, con el catálogo en la mano.
SEÑOR PASCUAL: Creo que tengo justo lo que necesita: un armario elegante a la par que urbano. Madera de fresno. Huele al Canadá.
PICAPORTE: ¿Urbano y canadiense?
SEÑOR PASCUAL: ¿Ve? Será como tener Montreal en casa. O mejor: cada vez que abra el armario, será como asomarse a Montreal. Seguro que le gusta. Ya sabe, allí también hablan francés.
PICAPORTE: ¿Y es muy caro?
SEÑOR PASCUAL: Seguro que podemos llegar a un acuerdo. Ya me entiende.
Entra ANA, con una bandeja. En ella lleva dos humeantes tazas de café y un azucarero. Deja la bandeja sobre la mesita y sale.
SEÑOR PASCUAL: ¿Cuántas cucharadas de azúcar?
PICAPORTE: Ninguna, gracias, me gustan las cosas amargas.
SEÑOR PASCUAL: Claro, como mayo y junio de 1940. No sea soso, ¿cuántas cucharadas quiere?
PICAPORTE: Es que soy diabético.
SEÑOR PASCUAL: Francés y diabético, ¿no? Perdone mi insolencia, ¿pero qué pensaba usted aportar al matrimonio con mi hija Ana?
PICAPORTE: Enséñeme cómo toma el café un verdadero hombre, por favor.
El SEÑOR PASCUAL se echa siete cucharadas de azúcar, para impresionar a PICAPORTE. Ambos beben con cara de asco, pero no dicen nada.
SEÑOR PASCUAL (hablando con dificultad): Yo necesito... que mi hija se case... con alguien que sepa... llevar el negocio. Un sueco... por ejemplo... que también... entienden de muebles.
El SEÑOR PASCUAL intenta levantarse del sofá, pero se desploma en la mesa, muerto. Entra ANA.
ANA: ¡La bruja ha muerto!
PICAPORTE: ¿Qué?
ANA: Perdona, siempre he querido decir eso, desde niña.
PICAPORTE: No importa. El plan ha funcionado, querida, somos libres.
ANA: Libres y con un negocio boyante de fabricación y exportación de muebles.
PICAPORTE: Yo no entiendo nada de muebles.
ANA: Ya aprenderás, mi amor, ya aprenderás.
El telón empieza a bajar, pero se queda a medio camino. Entra un GUARDIA CIVIL.
GUARDIA CIVIL: ¡Quieto todo el mundo!
PICAPORTE: ¿Qué sucede?
GUARDIA CIVIL: Quedan ustedes detenidos por asesinato.
ANA: Tiene que ser un error. ¡No hemos cometido ningún crimen!
GUARDIA CIVIL: Ahí hay un cadáver.
ANA: Sí, mi pobre padre. Estaba mal del corazón y le ha dado un ataque.
GUARDIA CIVIL: No me mienta, lo hemos escuchado todo. Tenemos micrófonos por todo el teatro. Hemos venido lo antes posible, pero hemos llegado tarde, está claro.
ANA: ¡Ha sido Picaporte, él me obligó!
PICAPORTE: ¡Ana!
ANA: ¡Y además es extranjero!
GUARDIA CIVIL: Todo eso díganselo al juez.
Entran dos guardias civiles y se llevan a ANA y PICAPORTE. El GUARDIA CIVIL habla ahora al público.
GUARDIA CIVIL: En cuanto a ustedes, lo han visto todo y no han hecho nada para evitarlo. Se han limitado a estar ahí sentados en silencio. Son cómplices de asesinato.
Entran más agentes de la Guardia Civil y detienen al público.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Je ne sais pas

Y me voy inventando los motivos. Improviso. Lo mismo con las instrucciones para entenderme. Instrucciones para ser Míchel Noguera. Insomnio. Sarcasmo. Desesperación. Este descreimiento general. Yo qué sé. Por qué vendrán a preguntarme cosas a mí. Si yo quería ser atracador de bancos y no autor secreto. Seguro que se vive mejor.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Cuento de navidad

Llevo ya un rato esperando para entrar en el servicio de este bar. Me pregunto si se habrá muerto el que ha entrado. O si se estará metiendo coca. O si tendrá problemas de próstata, que esto no es normal. Una pareja espera a mi lado y la chica entra en el de mujeres aprovechando que lo dejan libre. El chico me da conversación; me parece que es homosexual, así que la chica será una amiga. Luego sale ella y entra en el de mujeres él. Ahora es la chica la que me da conversación. Es muy guapa. Sería bonito que fuera el espíritu de las navidades futuras, pienso.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Pop

Y sigo persiguiendo la sombra de una ausencia. Persiguiéndote. Cuando nunca estás. Cuando nunca estás aquí.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Estas líneas

Digamos que fuera está el mundo, con todos sus problemas. Fuera de estas líneas, están la navidad y las calles decoradas con luces (la otra noche seguí las luces, pero no me llevaron a ninguna parte). Está también Assange. La lotería. Los controladores aéreos. El fútbol. La televisión. Obama. No hay sitio en estas líneas para nada de eso. Sólo para ti. Y no te estoy llamando gorda.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La literatura sentimental

Me escribe una editorial para decirme que mi obra es muy interesante, pero no. Y, de pronto, la literatura me recuerda bastante a alguna mujer.

martes, 21 de diciembre de 2010

Las voces

—Doctor, a veces oigo voces.
—¿No será la radio?
—No me toma usted en serio.
—Perdone, no he podido evitarlo. Me ha parecido una réplica tan ingeniosa...
—No sé yo si en el Juramento Hipocrático entran las réplicas ingeniosas, pero en fin. Como le decía, a veces oigo voces.
—¿Cómo son?
—Suele ser una voz masculina.
—¿Bajo, barítono o tenor?
—Pues no lo sé, no entiendo de esas cosas. Además, no me canta nada.
—Si no le canta, creo que podemos descartar definitivamente la radio.
—¿No la habíamos descartado ya?
—Nunca se sabe. Veamos: dice que suele ser una voz masculina, ¿no? Eso significa que, en ocasiones, escucha una voz femenina.
—En efecto.
—¿No serán los vecinos?
—¡Doctor, escucho las voces en mi cabeza!
—Vale, vale, era sólo para estar seguro. ¿Qué le dicen las voces?
—Cosas como que llevo la bragueta abierta. O los cordones desatados. O la corbata mal anudada.
—¿Y es verdad o no?
—A veces es verdad. Otras, no. Es como si lo hicieran para reírse de mí.
—¿Por qué? Si le avisan, es que tienen buena intención. Y cuando no es cierto lo que dicen, ¿se le ha ocurrido pensar que quizá simplemente se hayan equivocado? En un exceso de celo, ya sabe.
—No se me ha ocurrido verlo así, no.
—Por lo que a mí respecta, no tiene un problema psiquiátrico. Es más, tiene asesores de imagen invisibles que se preocupan por usted. Ah, qué no daría yo por una voz que se preocupara por si voy bien peinado, me señalara una mancha en la camisa o me avisara cuando no me pongo calcetines del mismo color. Uno va tan distraído...

lunes, 20 de diciembre de 2010

La política

Voy en el autobús intentando leer, pero no me dejan. Me distraen un venezolano y un argentino que discuten de política. Concretamente, no se ponen de acuerdo en qué políticos son los más ladrones: cada uno dice que los de su país. Se me ocurre que es otra forma de patriotismo.

domingo, 19 de diciembre de 2010

La ilusión

Todo lo que tú tocaste, yo lo convertí en magia.

sábado, 18 de diciembre de 2010

La herida

Que soy una herida abierta ya lo sabemos, pero llega un momento en el que no sientes nada. Es como la muerte, supongo. La muerte tras la larga agonía del anhelo. O algo así. Yo ahora estoy aprendiendo. Así que cierro la puerta y te dejo dormir.

viernes, 17 de diciembre de 2010

La máquina del tiempo

—Así que quiere usted viajar en el tiempo.
—Qué comienzo tan abrupto.
—Es para ir directamente al meollo del asunto, a la acción.
—Pero es descortés. Podríamos presentarnos antes, al menos.
—No es importante para el relato.
—Es importante para la sociedad. La educación, las buenas maneras. Se están perdiendo los valores, ya lo decía el padre Edelmiro. Era el cura de mi pueblo, ¿sabe? Un pueblo pequeño, de los que también están desapareciendo. Éramos cien habitantes, si la memoria no me engaña.
—Está usted dando información irrelevante para los lectores. Así no avanza el relato.
—Que le den al relato. ¿Tan importante es? ¿Acaso tenemos que deshumanizarnos por el bien del relato? Yo quiero presentarme y hablar de mi pueblo si me apetece.
—Vale, vale. Me llamo Tobías y me dedico al negocio de los viajes en el tiempo.
—Tobías es nombre de perro.
—Interesante y amable observación. ¿No será Toby?
—Una vecina mía tenía un perro llamado Tobías. Era un perro moteado, de mirada triste. Se parecía a usted.
—Le aseguro que no soy el perro de su vecina.
—Bien, porque no me gusta hablar con perros. Yo me llamo Antonio.
—Encantado. Ahora que ya nos hemos presentado: está usted interesado en viajar en el tiempo, ¿no es así?
—En efecto. Soy una persona llena de inquietudes y esta mañana, al mirarme en el espejo, me he dicho: de hoy no pasa, tienes que viajar al pasado.
—Muy loable. ¿Y a qué época le gustaría viajar?
—Al vigésimo cumpleaños de mi prima Margarita.
—¿En serio? ¿No preferiría, qué sé yo, viajar a la Roma de Julio César?
—No. Quiero viajar al vigésimo cumpleaños de mi prima Margarita.
—¿Puedo preguntarle por qué?
—Porque quiero acostarme con ella. Aquella tarde, en la fiesta de cumpleaños, todos bebimos mucho, ¿sabe? Y ella acabó en la cama con el tío Alberto. Siempre he lamentado no haber intentado nada aquel día.
—Así que quiere ir atrás en el tiempo para follarse a su prima.
—Eso es.
—Bien. Aquí tiene una magdalena.
—No, gracias, no tengo hambre.
—Le estoy dando la máquina del tiempo, hombre.
—¿Una magdalena proustiana? Qué típico.
—No empiece de nuevo a quejarse del relato. Será una magdalena proustiana, pero funciona. Sólo tiene que mojarla en el café y se verá transportado al pasado.
—¿No era en el té?
—No, era café.
—¿Seguro?
—Bueno, el líquido es lo de menos. Como si quiere mojarla en leche.
—¿Puede ser de soja?
—Qué asco.
—Oiga, que es muy sana.
—Podría remojarla en brandy, que además ayudaría a meterle en situación, pero usted verá.
—¿Me la tomo en ayunas o durante las comidas?
—Cuando usted quiera. Lo esencial es mojar.
—Desde luego, ésa es la idea.
—Vaya final atroz. Y pensar que era usted quien se quejaba del relato.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Teletipo

Me cansan las niñas que aman a Bukowski.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La foto

El otro día recorté de una revista la foto de una mujer desnuda, que es algo que no hacía desde la adolescencia. Ni siquiera lo hice con la idea de masturbarme después. Era un reportaje en el que diversos fotógrafos hablaban de sus cámaras preferidas. Y allí estaba ella: la chica, sentada en la cama, mirando a la cámara con ojos retadores (y pechos también retadores), bajando con una mano el ínfimo tanga que cubría su pubis. Por alguna extraña razón, debajo de la foto había un texto del fotógrafo explayándose en las virtudes técnicas de la cámara, pero ni una palabra de la modelo. El mundo no tiene sentido, pensé. Y la chica de la foto me miraba. Y yo la miraba a ella. Creo que su cuerpo me recordó a una antigua amante. Ahora la foto está en la mesa de noche y la miro siempre antes de acostarme. Es como si nos dijéramos algo, aunque no se me ocurre qué.

martes, 14 de diciembre de 2010

Gente feliz

Estoy viendo un videoclip de gente feliz. Los videoclips de gente feliz parecen anuncios de algo, como si quisieran venderte pantalones o coches o bebidas. El caso es que la canción es pegadiza. Así es como se meten en tu cerebro, claro. Casi dan ganas de adoptar la sonrisa impostada y bailar espasmódicamente sin motivo aparente. Uno llega a la conclusión de que si los nazis no ganaron la guerra fue por falta de videoclips de gente feliz.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El futuro es sólo una promesa

Estaba yo el otro día en casa de unos amigos emborrachándome convenientemente cuando llegó una pareja amiga del anfitrión. Él tenía aspecto de vendedor de seguros o de biblias, ella parecía una chica intelectual razonablemente estable. Quizá era por las neuronas que iba perdiendo mientras trasegaba la cerveza, pero me dije: esto es lo que te vendría bien a ti, Míchel; una buena chica. ¿Cuánto hace que no estás con una buena chica? Es más, ¿alguna vez ha sucedido eso? Sí, las locas que te recitan poesía francesa están muy bien, sobre todo cuando tienen tetas grandes y firmes y un culo que resiste impactos directos de misiles nucleares, pero tienes que empezar a pensar ya como un economista. La economía sentimental, hombre. Una chica como la que está sentada en el sofá es un valor seguro. No te rompería el corazón y luego alegaría condición de musa. No. Seguro que incluso censura actitudes así. Por qué no, al fin y al cabo estoy inventándome todo esto mientras bebo. Aunque quizá el sexo con ella sería algo soso, porque hay que reconocer que las locas follan mejor que nadie y... no, hombre, no empieces de nuevo. Siempre igual.

domingo, 12 de diciembre de 2010

El vagón de metro

Frente a la estación de tren, viendo desde lejos el vagón de metro que han puesto de exposición para que la gente se haga una idea de lo que tendrá cuando finalmente llegue el metro a la ciudad. Y la gente entra en ese vagón que no va a ninguna parte y yo pienso que es una metáfora perfecta.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Alba

Hoy Alba y yo haríamos diez años. Esto de las efemérides es un poco idiota, que nos quedamos con ciertas cifras por significativas cuando en realidad es un convencionalismo. ¿Por qué es más importante diez años que nueve? O que once. Cifras redondas para aceptar el paso del tiempo. Para llevarte la mano a la frente de forma efectista y decir: es increíble. Efemérides como memento mori.
Pero es cierto que es muchísimo tiempo. Es como si hubiera pasado en la vida de otro. O como si fuera una novela que leí hace mucho y que no recuerdo bien. No consigo recordar quién era yo entonces, cómo era la vida con menos cinismo. No recuerdo quién era yo, pero sí me acuerdo de muchas cosas con ella. Esa sensación tonta de felicidad sólo de verla, por ejemplo. Esas conversaciones delirantes en el tren. Esas tardes en la playa. Escribir para ella. Cuando íbamos al laboratorio de su facultad a revelar fotos y yo sólo quería meterle mano. Que empezara a leer En busca del tiempo perdido porque escribí un relato en el que una chica leía a Proust en el desayuno. Aquello de «yo ladro». Cuando le decía que me enseñara las bragas. Cuando cumplió veinte años, que se quejaba en broma de que los atentados del 11 de septiembre le habían robado protagonismo. Aquellas veces que follamos sin que se quitara el sujetador porque le había dejado los pezones irritados y no se fiaba de mí.
A veces también me acuerdo de cuando me porté mal con ella. De veces que hice que llorara por tonterías. Como una vez, al principio, cuando ella acababa de cortar con su anterior novio (para estar conmigo) y lo nuestro lo manteníamos en secreto. Recuerdo que estábamos hablando por teléfono y me dijo que al día siguiente iría con su madre a no sé dónde, a lo que le propuse vernos justo después para ir juntos a la universidad. Ella me dijo que no por temor a ser descubierta por su madre y yo me enfadé por orgullo idiota y me mostré muy frío el resto de la conversación. Luego me arrepentí, la llamé de nuevo y estaba llorando (aunque al final quedamos al día siguiente a la hora que yo quería, así que la moraleja es que hay que tratar mal a las mujeres). Discusiones idiotas que uno ahora no entiende.
En realidad, la presencia de Alba en mi vida es menos importante que su ausencia. Al fin y al cabo, sólo estuvimos juntos dos años y pico. Luego decidió irse siete años con otro y tener un hijo con él. Yo con ella sólo tuve esos dos años y la mitología que construí en soledad. Mitología de la que forman parte cosas como la primera vez que la vi: llevaba una falda ajustada con la que se veía obligada a subir los peldaños a saltitos (creo que ella tenía quince años). O las conversaciones de película de Woody Allen después de la ruptura, como aquella vez que íbamos por la calle y me dijo: «aunque ahora esté con otro, tengo muy claro que voy a acabar contigo». Y yo le contesté: «no, si yo también tengo claro que vas a acabar conmigo, guapa».
Qué sé yo. Madurar es aprender. Aprender que el pasado es una historia que ya no te sirve para nada.

viernes, 10 de diciembre de 2010

La voz

La voz, que bien podría ser Dios o Satanás, le ordena al hombre que se levante de la cama y se enfrente a la vida, que le está esperando. Esto no es justo, piensa el hombre, que la vida está armada y es peligrosa y él sólo es oficinista. La voz lee los pensamientos del hombre y le acusa de cobardía y desacato. Él se pregunta si no podría haberle tocado una voz más simpática, aunque le ordenara asesinar a sus familiares o algo por el estilo.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Las alucinaciones visuales

—Perdona, pero tu escote lleva mirándome toda la noche.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Las alucinaciones auditivas

Voy caminando por la calle y me detengo de vez en cuando, pues tengo la impresión de que alguien me llama. Y no cualquiera, sino una mujer bonita, como tiene que ser. Escucho claramente que pronuncia mi nombre con el deseo propio de estos casos (de las alucinaciones auditivas, se entiende). Así que me detengo, como digo, y miro en derredor, pero no hay nadie, lo he soñado; o quizá no era a mí, sino a cualquier otro que andaba por la misma calle.

martes, 7 de diciembre de 2010

Inventarse el amor está demodé

Ya no tengo edad para estar enamorado así. No es serio. Ya está bien de inventarse el amor a partir de retazos. Ya sé que ninguna chica me gusta más que tú, pero uno no puede mantenerse con sarcasmo, aunque sea divertido decirte que me obligas a ir de cama en cama y preguntarte cuándo vas a hacer de mí un hombre decente. Y es cierto que las otras sólo son metadona —con algo tendré que combatir el síndrome de desamor—, por eso no consigo olvidar que no puedo volver a las noches pasadas contigo. Pero ya está bien de todo esto, que no voy a llegar a viejo si sigo de esta manera, con este día a día de fabulaciones para sobrellevar el vacío, cuando yo lo que quería era sentarme al final del camino y declararme feliz por haber vivido tanto junto a ti.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Petulancias

Si te tiro los tejos es sólo porque quiero lo mejor para ti.

domingo, 5 de diciembre de 2010

El yeti

Un relato que he escrito para el número de diciembre de la revista Pezespada:

http://www.revistapezespada.com/2010/12/el-yeti-por-m-noguera.html

sábado, 4 de diciembre de 2010

Como un amor adolescente

Estoy mirando ahora una foto de una época en la que yo aún no sabía que ella existía. Y no sé qué siento, pero es muy extraña la vida.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Ministerio de Literatura

Ministerio de Literatura. Un escritorio y una SECRETARIA sentada ante el ordenador. Entra un ESCRITOR.
ESCRITOR: Buenos días.
SECRETARIA: Buenos días. ¿Tiene usted cita?
ESCRITOR: Hace meses que no, pero si usted quiere... Vayamos a tomar algo.
SECRETARIA: Lo que quiero decir es si tiene usted cita para ser recibido hoy.
ESCRITOR: Ah, ya me parecía raro. Pues tampoco. ¿Es necesario tenerla?
SECRETARIA: No, pero desgrava. No importa, hoy es un día muy tranquilo y el ministro puede recibirle. Pase.
El ESCRITOR pasa al despacho del MINISTRO, en la otra mitad del escenario.
MINISTRO: Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?
ESCRITOR: ¿Buenas tardes? Hace un momento era «buenos días».
MINISTRO: Me temo que no puedo ayudarle en eso: vaya al Ministerio del Tiempo. Pero no del tiempo meteorológico, sino del otro. Cierre la puerta al salir.
ESCRITOR: ¿Qué? No, no, mi problema es otro.
MINISTRO: Vaya, normalmente el ardid de las buenas tardes funciona. En fin, ¿qué quiere entonces?
ESCRITOR: Venía a pedir una subvención.
MINISTRO: Acabáramos. Nunca entran sobornadores por esta puerta, siempre escritores en busca de subvención.
ESCRITOR: Creo que podría desarrollar mi obra si se me apoyara desde las instituciones.
MINISTRO: Ya, claro. ¿Y qué hace usted? ¿Es poeta maldito?
ESCRITOR: El que más.
MINISTRO: ¿Sí? ¿Cuántas veces se emborracha a la semana?
ESCRITOR: Hum. Siempre. Ahora mismo estoy ebrio.
MINISTRO: No vaya de farol conmigo.
ESCRITOR: Está bien, estoy sobrio, pero es por falta de apoyo. Si el estado me respaldara, yo podría pasarme el día bebiendo y montando grescas. En estos momentos me veo obligado a llevar un malditismo a tiempo parcial.
MINISTRO: Ya tenemos muchos malditos, creo que no hay presupuesto para más.
ESCRITOR: Vaya. ¿Entonces no puede ayudarme de ninguna manera?
MINISTRO: ¿Qué le parecería ser escritor secreto? Es una subvención menor, pero también tendrá menos gastos que como maldito.
ESCRITOR: Pero es que yo quiero llamar la atención.
MINISTRO: Y la llamará. Después de muerto, claro.
ESCRITOR: No es lo mismo.
MINISTRO: ¿Y usted qué sabe? ¿Acaso ha estado muerto antes?
ESCRITOR: No. Pero es que esperar...
MINISTRO: Amigo, son tiempos difíciles. Para todos. Yo le recomiendo que acepte la oferta. Quién sabe, quizá el año que viene algún maldito se haya muerto; piense que no tienen una larga esperanza de vida. Sea secreto un año. O dos.
ESCRITOR: Vale, creo que le haré caso.
MINISTRO: Así me gusta. Hable con mi secretaria, que le dará unos formularios.
El ESCRITOR sale. El MINISTRO coge un palo y unas pelotas de golf, las deposita en el suelo y amenaza al público con golpearlas en su dirección, consiguiendo desalojar la sala en cuestión de segundos.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Al margen

No se puede vivir al margen del mundo. Yo lo intento, pero siempre acaban embarcándome en alguna situación que habría sido mejor evitar. No importa: es material, pienso. Material para qué. Material del que no escribir, quizá. Recuerdo ahora a los hombres hechos y derechos que he visto arrastrarse por ti. Y yo esperando mi turno, cuando me consideraba mejor que todos ellos. Pero conozco la norma: sentir siempre el amor como una pena, nunca como una alegría.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Hay cosas que no me apetecen nada

Hay cosas que no me apetecen nada. Como este silencio. Como estas leyes Jim Crow contra mí. Como este exilio. Pero... Pero algo, que ahora no se me ocurre nada. Quizá mañana.

martes, 30 de noviembre de 2010

Flechazos

Me enamoré de ti porque nadie dice «fóllame» mejor que tú.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Vodevil

—No hay sitio en este silencio para los dos.
—¿Por qué no?
—¿Lo ves? Acabas de hablar.
—Tú lo has hecho antes.
—No seas rencoroso.
—Oye, eres cruel e injusta.
—Soy mujer, no es culpa mía.
—Excusas.
—¿Pero no me quieres?
—Sí, pero porque soy hombre, no es por elección.
—Bueno. Pero somos felices.
—¿Lo somos?
—Sí. A mi manera.
—Ah.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Los problemas del humor

Esto de estar deprimido viene fatal para escribir humor, porque al releer lo escrito no sabes si es que no tiene gracia o si simplemente no te ríes porque estás deprimido.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Una declaración de amor

—Oye, tengo que decirte algo.
—Dime.
—Me gusta verte, pero se me hace muy duro.
—¿El pene?
—¿Qué?
—Que si lo que se te hace muy duro es el pene. Al verme.
—No, no es eso.
—¿Entonces no se te pone duro? ¿No te excito?
—Sí me excitas, joder, pero no me refiero a eso. Te estoy hablando de amor.
—Ah, ¿pero tú crees en esas cosas?
—Claro. Estoy enamorado de ti. Y no te tengo. Por eso se me hace tan duro verte.
—¿De verdad no me estás hablando de tu pene?
—Te estoy hablando de una presión en el pecho que no me deja ni respirar.
—Una presión en la entrepierna, será.
—Te estoy diciendo que te quiero.
—¿Pero quieres follarme o no?
—Eh, claro, sí que quiero.
—¿Entonces? ¿Por qué no hablas de forma clara? ¿Qué es todo eso del amor y las presiones en el pecho? No me hables de entelequias e imponderables. Dime algo que pueda entender, algo que podamos compartir. ¿Qué puedo contestar yo a una declaración de amor? Eso es algo personal, algo íntimo que sientes tú, pero que de ninguna manera puedes transmitirme. Nadie puede entender el amor de otra persona. Pero dime que quieres arrancarme el vestido y reventarme a pollazos. Dime que quieres ponerme a cuatro patas y clavármela de un golpe. Dime que no vas a dejarme dormir en toda la noche, que vas a follarme hasta que salga el sol. Eso puedo entenderlo, eso puedo imaginarlo.
—Pero yo…
—Por favor, calla ya. Y fóllame.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Ante la nada

Últimamente le tengo aversión a la página en blanco, así que voy postergando el enfrentamiento con ella. Y sé por qué le tengo aversión: porque pelearse con ella no soluciona nada. Antes tampoco lo solucionaba, pero creía que sí. Pensaba que era una forma de enmendar la vida. Un rato. Un trozo de la vida. No sé, quizá no se pueda explicar de forma adecuada, pero digamos que era una sensación que funcionaba.

jueves, 25 de noviembre de 2010

En este momento

En este momento puedo decir que me he vuelto loco. Bueno, eso puedo decirlo en cualquier momento, pero ahora sería verdad. O puede que no. No sé, esto de la locura es algo muy confuso y nunca sabes qué pensar.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El amor en los tiempos de internet (3)

—¿Qué llevas puesto?
—Una camiseta rosa y un pantalón corto verde.
—Ajá.
—La verdad es que estos colores no combinan mucho.
—Pues desnúdate.

martes, 23 de noviembre de 2010

Recuerdos

Y recordar se parece a estar vivo, pero es mejor, porque puedes añadir notas a pie de página en las que de alguna manera te justificas. O bien en ellas desmientes el recuerdo. O directamente aprovechas para contar algo que no tiene nada que ver con el asunto.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Un momento perfecto

Ah, pues es verdad que es una laguna, dice ella cuando por fin llegamos. Pues claro, ya te dije que no era un estanque, contesto yo. Y nos sentamos en los escalones de madera para poder admirar el paisaje, aunque yo estoy más pendiente de ella, que esto ya lo tengo muy visto. Ella, que lleva poca ropa porque hace bastante calor (acaba de empezar septiembre), se sienta en mi regazo. Yo la beso y pienso en que podríamos follar ahí, pero no sólo hay patos en la laguna, también hay alrededor de ésta algunas familias que podrían no tomarse bien un espectáculo porno. Y el sol va bajando en el cielo, se va oscureciendo el lugar y se nos va acabando la cerveza. Y ella me habla de ir juntos a Santander o a Perú, que son sus lugares preferidos en el mundo. Y es un momento perfecto, pienso, pero sé que en realidad esto no significa nada, pues los momentos perfectos sólo sirven para guardarlos en el recuerdo, no para el futuro.

domingo, 21 de noviembre de 2010

La costumbre

Lo cierto es que ya no quiero conocer a nadie. No quiero volver a contar la misma anécdota. No. Ya la he contado muchas veces. Ya no la voy a contar mejor que aquella vez. O quizá sí, pero me aburre. Ya conozco muy bien mi vida, estoy harto de escucharla. Es agotador demostrar por enésima vez que soy un tipo genial. Háblame de ti. O mejor follemos directamente y conozcámonos luego, que ya habrá tiempo para que nos aburramos el uno del otro.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Salvoconductos

Un paso fronterizo para entrar en el recuerdo. Un soldado. Un turista.
SOLDADO: Alto, ¿se puede saber adónde va?
TURISTA: Quería visitar el país.
SOLDADO: ¿Tiene salvoconducto?
TURISTA: ¿Vale uno falso?
SOLDADO: Si es bueno, sí.
TURISTA: Échele un vistazo, me ha costado bastante.
SOLDADO: Es de buena calidad, lo ha hecho un experto falsificador, sin duda.
TURISTA: Ya le digo, me ha costado tres meses de sueldo.
SOLDADO: Pues le vale para estar tres días en el recuerdo.
TURISTA: No es mucho.
SOLDADO: ¿Viene por negocios o por placer?
TURISTA: Por placer. Para encontrarme con una mujer que he olvidado.
SOLDADO: ¿Es guapa?
TURISTA: No me acuerdo, pero espero que sí, para que valga la pena el esfuerzo.
SOLDADO: Bueno, siempre puede aprovechar para ver a los amigos de la infancia.
TURISTA: Eran todos unos cabrones. Mi infancia fue un infierno.
SOLDADO: Todos decimos lo mismo, pero no es verdad. Se era tan feliz de niño. Todo era un juego. No como ahora, que me paso el día en la garita, vigilando que no entre nadie ilegalmente para recordar.
TURISTA: ¿Vienen muchos?
SOLDADO: Demasiados. Y con las excusas más estúpidas. «Déjeme pasar un rato, que me he dejado algo en el recuerdo». Claro, claro. «Sólo voy a pasar a saludar, enseguida vuelvo». ¿Es que acaso tengo cara de tonto?
TURISTA: Claro que no, tiene usted una mirada despierta.
SOLDADO: No me haga la pelota, que ya le he dicho que puede pasar.
TURISTA: Ah, perdone. La costumbre.
SOLDADO: Tres días, ni uno más. No vaya a decir luego que se le olvidó, que la policía secreta no tiene sentido del humor.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Ante la tiranía

Me gusta eso que dices de que el olvido es un golpe de estado al individuo, aunque podría contestarte, únicamente por joder, que el olvido es sólo un golpe de estado a la memoria. Y que la memoria es una dictadura, así que el olvido es una revolución. Una revolución íntima y silenciosa.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Dimes y diretes

Después de una noche de amor. Nos levantamos tarde y almorzamos aún más tarde, como si la vida no nos esperase. De pronto, dice ella:
—Recuerdo que la noche en la que nos conocimos hubo un momento en el que tú y yo estábamos hablando... y no me acuerdo de lo que te dije, pero me miraste como si hubiera sido una tontería muy grande, giraste la cabeza y te pusiste a hablar con mi prima.
—¿Yo hice eso? —le pregunto.
—Sí —y se ríe.
Y por eso hay que tratar mal a las mujeres, niños.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Capítulo 2240

Te diré que no entiendo ni la mitad de las tradiciones. No son lo mío, no veo qué tienen de importante o especial, no respeto ninguna. Salvo la de pensar en ti, claro, que es una tradición que sigo de manera natural, sin pretenderlo, como si la llevara escrita en los genes.

martes, 16 de noviembre de 2010

Ante el recuerdo

Llamaron a la puerta. Era una señora vestida de negro que se presentó como el recuerdo. Un recuerdo triste, me dije enseguida. Un recuerdo de luto. La dejé pasar, que estaba siendo una tarde muy aburrida. Se sentó en el sofá y sacó un pañuelo con el que empezó a secarse las lágrimas. Me preguntó por mis planes de pasado. Me encogí de hombros. Me preguntó luego si ya no pensaba en ella. Me encogí de hombros. Me preguntó entonces si es que no sabía hacer nada más que encogerme de hombros. Yo, en un alarde de originalidad, me encogí de hombros. Ella respondió a esto lanzándome una mirada fulminante y llamándome nihilista. Ahora tendrías que estar haciendo algo de provecho, dijo, como escribir tus memorias. Yo le contesté que estaba esperando a tener Alzheimer, pues así tendría menos que escribir y sería una tarea más cómoda.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Revisionismo

Pensándolo bien, querida, si recuerdo a la perfección la lencería que llevabas en cada uno de nuestros encuentros tiene que ser porque hemos follado muy pocas veces.

domingo, 14 de noviembre de 2010

La infinitud

El soldado entra en su casa, que en realidad es un decorado. Su mujer, que en realidad es una actriz, le besa con pasión. Él le toca el culo, aunque en realidad no estaba en el guión. El tramoyista, que en realidad es el novio de la actriz, en venganza ilumina mal al soldado a partir de este momento.
SOLDADO: Cariño, traigo un hambre atroz.
Abre el macuto, saca el hambre y la deposita en la mesa.
MUJER: ¿Qué demonios es esto?
SOLDADO: Un hambre atroz.
El hambre lanza dentelladas a diestro y siniestro. La mujer, temerosa, se aparta de la mesa.
MUJER: Enseguida traigo algo de comer.
El soldado, en una demostración gratuita de los hábitos machistas, se repantiga en una silla mientras su mujer se afana en la cocina. Fuma tres cigarrillos en cada mano. Pone las botas embarradas sobre la mesa (pero lejos del hambre, que sigue mordiendo el aire). Canta a eructos la Marsellesa. Por fin, antes de que el público abandone la sala, viene la mujer con una olla, que pone ante él.
SOLDADO: ¿Qué es?
MUJER: Es un estofado infinito, como en los cuentos.
SOLDADO: Eso no puede ser, va contra las leyes de la física.
MUJER: Te equivocas. La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. En este caso, se transforma en estofado.
SOLDADO: Eso es una tontería.
MUJER: Calla y come.
El soldado come a dos carrillos. El hambre va encogiéndose cada vez más en la mesa, boqueando con dificultad, hasta desaparecer cuando el soldado queda saciado.
SOLDADO: Mujer, es increíble: sigue habiendo la misma cantidad de estofado. Es un milagro.
MUJER: No, es pura física.
Por un agujero en el espacio-tiempo, entra un funcionario.
FUNCIONARIO: Buenas tardes. ¿Qué contiene esa olla?
SOLDADO: Estofado.
MUJER: Nada.
FUNCIONARIO: ¿En qué quedamos? ¿Estofado o nada? Tiene que ser una cosa u otra. A no ser que se trate de un delicioso estofado de nada, como el que preparaba mi difunta madre.
MUJER: Qué miedo.
FUNCIONARIO: Lo preparaba antes de ser difunta.
MUJER: Ah.
FUNCIONARIO: No intenten liarme. ¿Qué hay en la olla?
SOLDADO: Es un delicioso estofado. Mire.
FUNCIONARIO: Ya veo. No será un estofado infinito, ¿verdad?
MUJER: Por supuesto que no; somos gente sencilla.
FUNCIONARIO: Eso está bien. Porque saben ustedes que está prohibido usar alimentos infinitos, ¿no? Sólo está permitido en los cuentos.
SOLDADO: No conocemos las leyes, pero las obedecemos.
FUNCIONARIO: Bien. Supongo entonces que no les importará que pruebe el estofado. Sólo para cerciorarme.
El soldado y su mujer se miran, nerviosos.
SOLDADO: Claro, siéntese, está usted en su casa.
El funcionario se sienta a la mesa, saca una cuchara del bolsillo y prueba el estofado. De pronto, se le ilumina el rostro (mérito del tramoyista).
FUNCIONARIO: Sabe... sabe a infinito.
Se levanta y vuelca la olla, vertiendo su contenido en el suelo. Como se trata de un estofado infinito, pronto la habitación se llena de caldo, patatas, carne, verduras. Los personajes desaparecen para siempre en el estofado, pero antes se escucha de nuevo la voz ominosa del funcionario.
FUNCIONARIO: Esto es un uso ilegal de la ficción.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Ante el amor

No voy a decir las palabras malditas. No voy a decir que te quiero. No es conveniente. Pero creo que eres la chica más bonita del mundo y que la vida vale la pena porque tú te estás paseando por ella con aire distraído, deteniéndote sólo para mirarte en los escaparates (lo que explica que tardes tanto en llegar a los sitios).

viernes, 12 de noviembre de 2010

Ante el espejo

Leo cosas que escribí en el pasado y me descubro de nuevo. Qué bueno es este tipo, me digo. Y enseguida sé que no puedo igualarme. Mi antiguo yo es mejor. Es más joven y, por lo tanto, más ingenuo. Cree en cosas de las que yo me río. Que el esfuerzo tiene recompensa. Que van a reconocer sus méritos. Que la felicidad es posible. Qué idiota. Una energía envidiable, una prosa cojonuda, pero qué poco sabe de la vida.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Rabia

Estoy lleno de odio, lo que es un problema. En los noventa era todo más fácil, que estábamos llenos de desesperación adolescente, algo mucho más manejable y que además estaba de moda entonces. El instinto homicida, por el contrario, nunca ha estado bien visto (salvo, quizá, en los años treinta).

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Noviembre (2)

Las chicas van muy tapadas, es normal que haya más suicidios en esta época del año. Y todavía no ha llegado el invierno.

martes, 9 de noviembre de 2010

Noviembre

Es noviembre y el cielo está gris y pixelado. O eso o me falla la vista, que también podría ser. Estoy aquí para decir que tuve un accidente. No hubo daños personales, pero sí materiales: perdí cosas escritas y por escribir. No recuerdo casi nada. Supongo que es mejor así. Soy un señor zen en las afueras del desierto. El desierto de tu amor, que suena a canción pop. Me gustaría decir que esto —perderlo todo— me ha enseñado a ser mejor persona, pero sería mentir. No he aprendido nada. Las lecciones vitales me las invento sobre la marcha, como siempre, pero yo también sé que son mentira.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Nota para mis plagiarios

Mis textos no os van a servir para follar. Creedme, lo sé bien.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Ray Bradbury

Estoy sentado en el tren junto a una anciana inglesa que es clavada a Ray Bradbury. Si no fuera porque lleva falda y lee una novela barata de amoríos, pensaría que es él. Aunque podría ir de incógnito, se me ocurre de pronto. Quizá está documentándose para su próxima novela, que irá de extraterrestres que invaden la Tierra adoptando el aspecto de autores de ciencia ficción que se visten de mujer y leen novelas rosas en el transporte público. Pero qué tontería, me digo de pronto, si Ray Bradbury tiene noventa años; seguro que ya no escribe nada más.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Gente desconocida

Ayer tenía una llamada perdida en el móvil. El número era de un teléfono fijo, de Burgos. A quién conozco yo en Burgos, pensé, pero no se me ocurría nadie. Igual un amigo está de viaje y en Burgos se ha acordado de mí, me dije. Pero quién. Y por qué se acordaba de mí en Burgos. Qué había en Burgos que hacía pensar en mí. «En las calles oscuras y terribles de Burgos me acordé de ti». Aunque vete a saber cómo son las calles de Burgos, pues nunca he estado. Luego empecé a fantasear con que había sido una atractiva burgalesa que se dedicaba a llamar a números aleatorios en busca del amor. Bueno, amor u oferta equivalente. Y yo no había contestado. Había dejado pasar esa oportunidad. Esa oportunidad que ya no volvería, puesto que la chica luego habría llamado al siguiente número aleatorio. Ya no pasearía por las calles oscuras y terribles de Burgos junto a ella. Ya no sería yo el elegido. Pensé en llamar al número que aparecía en la pantalla del móvil y salir de dudas, pero me dio miedo que al final todo fuera más vulgar que lo imaginado, así que lo dejé estar.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Y el tocomocho sentimental

—Era una chica tan guapa, ¿sabes? Pero tenía una costumbre muy molesta.
—¿Cuál?
—Siempre se enamoraba de cualquiera que no fuera yo.
—Vaya, yo conocí a otra que hacía lo mismo.
—¿No enamorarse de mí?
—No, de ti se habría enamorado, seguro, pero por joderme a mí.
—Ah, si me la hubieras presentado...
—Ya.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Por estas cosas no me contratan

FORMULARIO A RELLENAR POR EL ASPIRANTE

Capacidades y competencias sociales: Mis habilidades sociales, como las de Atila, son recordadas durante generaciones.

Capacidades y competencias organizativas: Me rijo por las leyes matemáticas e inmutables del Universo.

Capacidades y competencias técnicas: Como todo chaval que creció viendo MacGyver y El Equipo A, tengo una gran facilidad para adaptarme al medio o adaptar el medio a mí.

Capacidades y competencias informáticas: Partí de un Spectrum y desde entonces sólo he ascendido.

Capacidades y competencias artísticas: «Oye, nena, yo soy un artista», que cantaban los Siniestro Total. Años de experiencia en el uso de la coma de Oscar Wilde.

Otras capacidades y competencias: Todas.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Me acuerdo

Me acuerdo de un San Valentín en el que una intensa lluvia nos pilló a Alba y a mí sin paraguas. Llegamos empapados a su casa, nos quitamos la ropa y nos metimos en la cama. A lo nuestro le quedaba poco más de un mes.

Me acuerdo de estar en la biblioteca de la Universidad de Castellón, leyendo mientras esperaba a que Babeth saliera del trabajo. Y las horas se me hacían eternas.

Me acuerdo de María hablando medio dormida por la mañana y no recordando luego lo dicho. Y acusándome, entre risas, de inventarlo todo.

Me acuerdo de una noche con Susana en la playa, con gaviotas amenazantes. Y un desayuno al día siguiente con el estruendo de cazas de combate sobre nuestras cabezas.

Me acuerdo de cosas así de vez en cuando, no sé muy bien por qué.

martes, 2 de noviembre de 2010

Recaer

De pronto te imagino de espaldas, levantándote la falda. Y sé que me voy a enamorar como si fuera la primera vez. O la última, no lo tengo claro.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Las horas perdidas

Y me acuerdo de algo que había decidido olvidar, pero es que al final el recuerdo siempre se impone, sobre todo si es un recuerdo que puede derribar el precario equilibrio que uno se había dedicado a construir cuidadosamente. Y ya es imposible dormir.