jueves, 26 de diciembre de 2013

Cuento de navidad

—¡Quieto, insensato! He venido para evitar que te suicides.
—¿Yo? Pero si no tengo ninguna intención de quitarme la vida.
—¿Ah, no? Con la crisis que hay. Ya hace mucho que estás en paro y las deudas se te acumulan.
—Ya, pero me parece un cliché suicidarse en navidad. He pensado que voy a esperar a marzo. Suicidarse en primavera es más bonito y, si lo hago justo al principio, además me ahorro la alergia.
—Pero yo no podré venir a evitarlo, que sólo actúo en navidad.
—Motivo de más.

3 comentarios:

Santiago González Sacristán dijo...

No es un cuento de navidad, es una aproximación equivocada a un tema, el del suicidio, que jamás debe ser tomado a cachondeo ni jaleado literariamente ni expuesto a pública contemplación. Suicidarse jamás, y si Casona se refirió a ello, lo hizo de forma insensata. El suicidio es la culminación de una vida derrotada, sin sentido, estúpida y delirante. Y, lo que es peor, es el resultado de una enfermedad cerebral, como puede ser cualquiera de las conocidas (esquizofrenia, paranoia, tartamudez, etc). En mi blog hablo de ello y trato de buscar soluciones y tratamiento médico para quienes, instalados en un callejón con muchísimas salidas, optan por la peor de la peor, la que les conduce a la nada. Nuestro instinto de supervivencia nace con nosotros y nos controla, hasta que el cerebro enferma. Quien se suicida es un enfermo. Igual que no se hacen bromas ni literatura con oligofrénicos, artríticos, cancerosos o epilépticos, tampoco debe hacerse con suicidas. Ya te digo, bromas con el tema, ni una. Es demasiado serio el asunto (hay una vida en juego) como para frivolizar con ellos. Te agradezco tu hospitalidad y te ofrezco mi blog para que, si te interesa el tema, amplíes más datos. Ayudo a mis semejantes que no "viven" por culpa de esas enfermedades cerebrales. Un cordial saludo y feliz 2014

Gabriel Noguera dijo...

No, gracias.

Microalgo dijo...

El primer comentario es una invitación al suicidio...

Ya en serio, creo que ese tabú es de origen judeocristiano y muy particular. Yo me veo más grecorromanojaponés y, en ciertas circunstancias, no lo descartaría.

Eso sí, con elegancia. Ponerme un pararrayos en la cocorota un día de tormenta, por ejemplo (el rayo lo manda Dios, por si le sirve de consuelo).

Ah, y bromas, con todo. No existe nada sobre lo que yo no pueda hacer una broma. La Constitución me ampara.