jueves, 18 de abril de 2013

La guerra del teatro

Altavoz y Clochard estaban de nuevo desempleados, pues el país había abandonado el provechoso belicismo para dejarse llevar por esas modas pacifistas que tanto perjudican a los héroes de guerra. Así, se pasaban el día en casa cazando cucarachas con el arcabuz, deporte que no era todavía olímpico. Un día, sin embargo (de bienes), se presentó en casa un emisario del gobierno. Quería encargarles una misión peligrosa, lo que de inmediato interesó a ambos amigos (más a Altavoz, que disfrutaba arriesgando el pellejo): tenían que infiltrarse en un país enemigo y espiar las diversas actividades que allí se cometieran. Para ello, se enrolarían en una compañía de actores itinerante.
—Pero Clochard es tartamudo —adujo Altavoz—; ¿cómo va a hacerse pasar por actor?
—Podría hacer papeles mudos —contestó el enviado del gobierno—. O bien ser figurante.
Decidieron finalmente que sería mejor tapadera que Clochard fuera maquillador y bebieron toda la noche para celebrar el acuerdo. Al día siguiente, fueron contratados por la compañía teatral Luces de Bohemia y Moravia, que tenía una larga tradición admitiendo borrachos en sus filas, y partieron enseguida al extranjero. Entre ensayo y ensayo, Altavoz se enamoró de una bellísima actriz. Se llamaba Violeta, lo que le fascinaba. Tiene el nombre de un color, pensó. Luego se preguntó por qué no habrá chicas que se llamen Azul, por ejemplo. Aunque sí las hay llamadas Blanca. Chicas de colores, pero no las suficientes.
Mientras Altavoz se dedicaba a seducir a Violeta, Clochard redactaba detallados informes de las actividades de la ciudadanía enemiga. Era gente extraña, sin duda. Se empeñaban en hablar en otro idioma, en tener otras costumbres (muy raras), en rendir homenaje a otra bandera. A toda esta gente habrá que fusilarla algún día por traidora, apuntaba.
Un día, cuando preparaban la representación de El pato silvestre en la capital enemiga, estalló la guerra. Altavoz fue informado de esto en la cama de Violeta y de inmediato salió de entre las sábanas dispuesto a batirse contra el enemigo, con su pene como única arma si era necesario. Pero Clochard pidió calma, lo que siempre era muy efectivo, pues el tiempo que tardaba en pedirla ya sosegaba los ánimos. Había que actuar con cautela y regresar a su país con toda la información recopilada y, si era posible, con la compañía de actores en perfecto estado. Pero cómo regresar. Este debate fue interrumpido por la llegada de un alto funcionario del gobierno enemigo, que impuso un cambio en la función de esa noche: representarían una obra patriótica, explicó, para elevar el espíritu de la nación en estos momentos terribles en que nuestros jóvenes pierden la salud en el campo de batalla. Se cuadró y les dejó con el nuevo libreto, que era inadmisible: en él se hacía mofa y escarnio del país de Altavoz y Clochard. No podemos representar esto, dijo con firmeza Altavoz. Entonces seremos fusilados, gimió Violeta. Mejor fusilados que traidores, afirmó Altavoz, aunque Clochard meneó la cabeza en señal de desaprobación, ya que tenía planes para el futuro.
Finalmente, acordaron representar la obra patriótica, pero con matices. Salieron al escenario y llevaron a cabo un remedo de Romeo y Julieta en el que Altavoz pertenecía a un país y Violeta al otro. Al final, ambos morían trágicamente por culpa de una guerra absurda que, seguramente, era cosa de judíos, masones y comunistas. ¡Podíamos haber sido felices juntos, pero se impuso la conspiración judía mundial!, clamó Altavoz antes de expirar en brazos de Violeta. Bajó el telón, pero el público sólo murmuraba. De pronto, se levantó el Káiser en su palco y, con lágrimas en los ojos, empezó a aplaudir con fuerza. Todo el público se apresuró a imitar a su monarca. Los actores salieron a saludar y enseguida se firmó la paz entre las dos naciones, recibiendo Altavoz, Violeta y Clochard varias condecoraciones militares, así como importantes premios teatrales.

2 comentarios:

rrozaba dijo...

Lo malo que al final ambos países la acabarían tomando contra los judíos, para variar.

Microalgo dijo...

Ciencia-fricción. Por lo de Altavoz y Violeta, digo.

Ahora bien, si quiere vender el argumento, tiene que describir con más detalle las curvas de Violeta, su inocencia corrompida y varios capítulos describiendo humillaciones y sometimiento por parte del farandulero, que debe sacarle bastantes años de edad y toda la ropa que pueda. Nada, es lo que vende. A joderse, nunca mejor dicho.