lunes, 11 de junio de 2012

El traductor

—Buenos días, soy su traductor.
—¿Qué?
—Vengo a traducirle a otras lenguas.
—¿Y yo para qué quiero eso?
—Pues para que le entiendan otros, claro. Personas extranjeras, concretamente. El mundo está lleno de ellas, ¿sabe? Algunos partidos políticos incluso aseguran que hay demasiadas.
—No me interesa, la verdad es que ya hay bastante gente en mi vida.
—Qué falta de ambición, hombre. ¿De verdad se conforma con sus conocidos? Siempre la misma gente, cuando yo podría ir traduciendo a diestro y siniestro todo lo que usted dice. Imagine qué práctico que le entienda todo el mundo. Podría ampliar su círculo de amistades de forma radical y para ello sólo tendría que permitir que yo le acompañara a todas partes.
—¿Y qué pasa con mi intimidad?
—Es lo que mejor se me da traducir.

3 comentarios:

Marc Verlén dijo...

Inmenso sistema comercial-capitalista. Inmensa la literatura del traductor, inmensa dramaturgia a lo Nothomb.

Un saludo.

Capitán Placenta dijo...

Si pudiese, nunca dejaría que me tradujesen, y por extensión, que hablasen por mí. Dónde quedarían los puntos suspensivos, las pausas, la entonación o los matices... Nadie recita un poema como su propio autor. Me despiertas una sonrisa, siempre. Besos!

Microalgo dijo...

No le dé la espalda. No me fío de ese tipo. Traduttore, tradittore, ya lo sabe.