Hay algo liberador, a la vez que triste, en comprender que nada de lo que hagas servirá para enamorarla. No depende de ti, escapa a tus actos. O le gustas o no. Del mismo modo, tampoco hay nada meritorio en gustarle a alguien, pues no dependía en absoluto de tu voluntad. Como personajes de un mito griego, somos meros juguetes de los dioses de la atracción.
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