lunes, 15 de junio de 2015

Tribulaciones madrileñas del escritor tercermundista

Viernes. Seis horas en un autobús en dirección a Madrid, que nos recibe con una temperatura bastante fresca para esta época del año. Pero no importa, estoy lleno de entusiasmo adolescente: vamos a presentar mi novela y también el libro de Obituario. Oh, Madrid, que te ofreces llena de posibilidades. Habría que determinar qué tipo de posibilidades, claro, pero dejemos eso, hay preguntas más importantes. ¿Sabrá mi editor que soy pobre? ¿Sabrá mi editor que estoy pasando hambre en Madrid? ¿Sabrá mi editor que existo? Vemos la feria del libro, pero de lejos. Por un momento fantaseo que soy un escritor estrella y que mi editor me repite: «eres grande, Noguera, los lectores te adoran, la crítica te admira, las mujeres quieren engendrar tus hijos. ¿Cuál es tu secreto? Noguera, suena tu nombre en el Cervantes, en el Nobel. Noguera, te traduciremos a lenguas que aún no se han inventado». Pero esta ingente masa que se agolpa en el Retiro no sabe que existe mi libro. Qué indiferente es la realidad. Es una mujer desdeñosa que ni siquiera te dedica chistes crueles (eso requeriría atención).
Dejamos el Retiro y vamos a un bar donde Sonia presenta con Almudena Inmune ante bastante público, aunque nada comparado con lo que sucede después, cuando Amarna Miller aparece para presentar un libro que ha publicado. Incluso está allí Nacho Vigalondo, que le ha escrito el prólogo. Ah, siempre supiste que ahí estaba el dinero, Noguera. Haberte metido en el porno como consumidor no bastaba. Habrías conocido mundo, Noguera. Habrías conocido gente. Pero preferiste el lado pajillero de la vida. El camino fácil y licencioso. Te faltó siempre disciplina para todo, tío.
Sábado. Despertamos en Las Tablas, en casa de un amigo. Tenemos un largo día por delante, habría sido mejor poner la presentación de Fuera de trama y Obituario por la mañana. Es misericordioso adelantar las ejecuciones. Pero aguantamos. A través del frío y el cansancio conseguimos llegar vivos a Arrebato a las ocho de la tarde. Asisten varias colaboradoras de Obituario. Como Sonia, son guapas y talentosas, lo que hace que me plantee mi talento. Hablo sobre mi novela. Digo tonterías, pero breves. Pienso que Tonterías breves sería un buen nombre para un libro de relatos. Quizá para el próximo. Me pregunto si tendré que volver pronto a la autopublicación. Ninguna de mis ex amantes de Madrid aparece en la librería para comprarme un mísero libro. Ah, ingratas. Yo que os dediqué tanta tinta y lágrimas (por no hablar de otros fluidos) en las largas noches de insomnio. ¿Qué son quince euros? Veinte si te llevas también Obituario. Apenas nada y, sin embargo, tanto: un gesto de grandeza. Algo que compensara tantos desvelos pasados. Además, puede que nunca publique nada más. Hazlo ahora, que decía aquel poema de Goytisolo. Pero es inútil, estos pensamientos no convencen a nadie.
Después de la presentación, volvemos al bar de la noche anterior. Emily Roberts le habla a la velocidad de la luz a Sonia; Claudia, Pedro y Alejandra discuten opciones didácticas; yo miro la pared y sujeto la cerveza como si fuera mi tabla de salvación.

3 comentarios:

Ana C. dijo...

Genial

Ficticia m dijo...

No te rindas Noguera, no te rindas.
(Mensaje de groupie para compensar a tu tembile voz en off).

Microalgo dijo...

Si lo encuentro, le mando un relato (en realidad una columna en un diario) de Félix J. Palma, vía correo electrónico. Viene al caso.