viernes, 6 de junio de 2014

El objeto vida

La vida es un objeto siempre decepcionante y, sin embargo, es habitual que el ser humano solicite más. Más cantidad, más variedad, más calidad. Vista de cerca, sus defectos son más que evidentes, pero en la lejanía es muy sencillo imaginarle virtudes disparatadas y, no obstante, convincentes. En general, podemos dividir la vida —un tanto arbitrariamente, es cierto— en tres etapas claras: infancia, edad adulta y ancianidad. Los expertos (sean quienes sean estas personas) coinciden en afirmar que la mejor etapa de todas es la infancia, por lo que conlleva de inocencia y esperanza infinitas, aunque la falta de sexo podría disuadir a algunos de instalarse en ella si se presentara la oportunidad. Entre la infancia y la edad adulta existe un periodo de transición conocido como adolescencia, periodo que suele caracterizarse por la gran cantidad de experiencias traumáticas acumuladas (por fortuna, el tiempo se encarga de difuminarlas en la memoria, aunque no siempre con el mismo éxito). En la edad adulta, la vida consiste en una renuncia constante a los sueños e ilusiones que se adquirieron previamente. Se conoce a este proceso con el término de «madurar». Normalmente, aunque esta tendencia está en los últimos años en peligro, el propietario de vida dedica estos años a trabajar para poder costearse ciertos bienes materiales que son necesarios para un correcto aprovechamiento de la experiencia vital. Llegado por fin a la ancianidad, el usuario dedica su tiempo a quejarse constantemente y a hablar del objeto que conocemos como muerte.

3 comentarios:

JUAN CARLOS Perez dijo...

ERES UN CRACK

Microalgo dijo...

Y luego va uno y se muere, como decía Benedetti...

Javier dijo...

Muy bueno.