jueves, 6 de marzo de 2014

Las tiendas de lencería

Yo, que soy un enfermo mental, considero las tiendas de lencería templos de verdadera fe en los que encontrar consuelo. Es una época maravillosa la que vivimos, con lencería sexy; no sé qué habría sido de mí en tiempos de enaguas y cosas por el estilo. Supongo que un psicoanalista encontraría los motivos subyacentes a esta obsesión mía. «Todo viene de aquella experiencia que tuvo de tierno infante, cuando se agachó repetidas veces durante la clase para verle las bragas a la niña que se sentaba frente a usted», diría. «Aunque los dos estaban en EGB y la chica llevaba unas simples bragas blancas propias de su edad, pero para usted fue un momento fundacional. Tanta luz en los ojos, que pensó ante la blancura. Las puertas de la percepción. Algo así. Luego creció usted y descubrió que la ropa interior podía ser todavía más interesante. De bellos colores. Con encajes y transparencias. De reducidas dimensiones. Como los tangas, claramente su predilección (babea usted ante las nalgas desnudas por un atavismo del mono no superado, es evidente)».

2 comentarios:

Microalgo dijo...

Calle, calle. Más de una vez me he pasado de largo cierto banco porque enfrente hay una tienda de esas (las subvenciona el Demoño, segurísimo), y siempre voy mirando a donde no debo, Virgencica perdóname.

Raichely dijo...

Es evidente!