viernes, 31 de diciembre de 2010

Dance me to the end of love

No voy a hacer balance, ignoro el déficit o superávit. No voy a hablar de los propósitos cumplidos e incumplidos. No recuerdo casi ninguno, la verdad. Creo que ya los había olvidado en verano. No, en la cabeza tengo otras imágenes, momentos importantes. Qué sé yo.
Me acuerdo de una tarde con María por las calles de Granada, bajo una tenue lluvia. De una librería en la que entramos para guarecernos un poco. De un libro que le regalé. Recuerdo que luego estuvimos en un bar y en un momento dado me dijo: «qué guapo te pones cuando sonríes», y yo pensé: «menos mal que es alcohólica». Me acuerdo también de una madrugada en la que, cuando terminamos de follar, se veía ya claridad en el cielo a través de la ventana empañada y me dio por pensar la cursilada de que había estado otras veces en Granada, pero nunca me había parecido tan bonita antes de esa mañana con María. Y despertar con ella y verla medio dormida, despeinada, farfullando vete a saber qué y yo recordaba entonces el largo camino hasta su cama desde aquella presentación literaria en la que la vi por primera vez. Y me decía: esta chica podría ser importante en mi vida. Me acuerdo también de una vez que me dibujó un corazón en el lado derecho del pecho. Un corazón lógico, razonable, para que hiciera de contrapeso del otro. Quizá no funcionó porque ella, como buena zurda, lo dibujó con la mano izquierda.
Recuerdo también la noche en la que me llamó Alba para decirme que me quería. Yo ya entonces sabía que no era cierto, pero de todos modos era bonito. Y aquel beso cuando hacíamos cola frente al cajero. Un beso perfecto: como si lo hubiéramos ensayado, aunque era todo lo contrario. Un impulso perfecto. Y era como si nunca hubiera pasado nada malo entre nosotros, como si lo natural fuéramos ella y yo juntos. Y aquella tarde en Cómpeta, que era como viajar a lo que podría haber sido.
Me acuerdo también de una vez con Babeth, en la Plaza del Dos de Mayo. Vestida de negro, con su abrigo rojo. Me parecía que nunca la había visto más guapa (era mentira: siempre me parece más guapa cuando está desnuda). Y la recuerdo riéndose: «es que me miras mucho». Hubo un momento en que se quejó en broma de los hombres diciendo: «es que lo queréis todo», y yo estuve rápido de reflejos y le contesté: «claro que lo quiero todo; por eso te quiero a ti». Pero no fue la última vez que la vi, eso fue en una pizzería en la que yo desviaba la mirada al espejo que había detrás de ella para no volverme loco de tanto observarla y desearla.
Me acuerdo también de Susana y el concierto de Sonic Youth. Del cascabel que llevaba en el tobillo. De aquella noche en la playa. De lo mucho que le tomaba el pelo por la homeopatía. De la mañana en la Oficina de Objetos Perdidos (de aquel beso repentino e irónico por acordarme de sus apellidos) y el desayuno bajo aviones de maniobras.
Eso es lo que recuerdo del año. No sé, creo que eso ha sido lo importante.

4 comentarios:

A. Sanabria dijo...

Es que es usted un romántico incurable...

José Antonio Fernández dijo...

Efectivamente, detalles. Ahí radica la importancia.
Muy buen texto.

Lenina Libre dijo...

Que bonitas palabras (recuerdos)

principito dijo...

Mis recuerdos han sido similares. No es broma.