viernes, 30 de mayo de 2008

12 de marzo, miércoles

Me llamó Alba. Eran las diez y media de la mañana, creo. Me dijo: "te llamo porque hace mucho tiempo que no hablamos". Yo le di la razón, pero esta vez tampoco hablamos demasiado, menos de dos minutos. Todo porque su hijo empezó a llorar, a berrear cada vez más alto, como si fuera consciente de que yo en el pasado me acostaba con su madre y quisiera interrumpir lo antes posible la conversación. Te tengo que dejar, mi hijo está llorando, dijo. Ya, lo oigo, lo oigo, contesté yo. Se llama Max, dijo de pronto, pero me pareció no haber entendido bien con tanto llanto de bebé. ¿Cómo has dicho?, pregunté. Que se llama Max. ¿Max? Eso ni siquiera es un nombre. Ya, dijo ella, tendría que ser Maximiliano, pero el nombre lo eligió José (aunque ella dijo "Jose"). Yo lo elegía si era niña, añadió, le habría puesto Adela. Maximiliano o Máximo, contesté yo, pero no le dije que lo de Adela me lo habría tomado como una traición. Un beso, Míchel, me dijo aunque casi no lo escuché, pues el niño lloraba con mucha fuerza. Adiós, Alba, dije yo y colgué.