La gente te dice que tu hijo es muy guapo y sientes un orgullo absurdo, como si fuera producto de tu habilidad sacar un seis doble en los dados o encontrarte cincuenta euros en la puerta de tu casa.
El otro día comentaba aquí que ya he cumplido el imperativo biológico de reproducirme, pero mi tarea todavía no ha terminado: aún tengo que defender a mi cría de los tigres de dientes de sable.