Culpabas a la esperanza como si fuera una cosa externa a ti, una enfermedad de la que te hubieras contagiado. Porque tú conocías la verdad y fue simplemente la debilidad que te aquejaba la que te hizo caer en el engaño.
Recorriendo España de noche, como un escalofrío (aunque es mal símil, pues nadie lo sabe). Da lo mismo que vaya más gente en el tren o bus, no podrías sentirte más solo.