—Sí, empezar de nuevo, ¿por qué no? Yo siempre empiezo de cero. Cada día.
—Qué derrotista es usted.
—Es la costumbre, nada más.
—Y exagerado.
—Tal vez. Pero a mí me gustaría pasarme la vida exagerándole al oído, señorita.
—Ahora le ha salido el galán que lleva dentro.
—Un galán derrotista, uno que bebe en todas las fiestas hasta perder el sentido. Uno que siempre tiene una cita preparada en el bolsillo.
—Me lo imagino.
—No se lo imagine: acompáñeme esta noche.
—Lo sigue intentando a pesar del derrotismo.
—Por supuesto. Derrotista siempre, pero nunca desertor.
domingo, 10 de agosto de 2008
sábado, 9 de agosto de 2008
Dobles
Le enseñé una carta de una antigua novia. La leyó y me dijo: no te ofendas, pero se nota tu mano. ¿A qué te refieres?, pregunté. Pues que la carta la has escrito tú, ¿no?, respondió ella. Yo la miré con incredulidad y durante un momento me pregunté si no sería cierto, si quizás me había inventado una novia, una especie de Goliadkin femenino que había intentado acabar conmigo. Pues no lo sé, contesté.
viernes, 8 de agosto de 2008
Soledades
Primero se lo pedí a H. Le dije: oye, que me voy a quedar solo una semana, podrías venir a hacerme compañía, lo pasaremos bien, ya verás. De mi estado suicida no le dije nada, que estas cosas viene bien ocultarlas. Ella me dijo que le encantaría, pero que no tenía dinero para venir y que además yo la había dejado tirada anteriormente. Sí, es cierto, lo reconozco, pero yo quería verte, contesté, es que se complicó todo. Luego se lo pedí a P. No se lo habrás pedido a H antes, espero, me dijo. ¿Yo? ¿Por quién me has tomado?, mentí. Por ti, contestó ella. Mira, si me dices que no, sí se lo pediré a ella, repuse yo. Entonces me vino con excusas baratas, cada una peor que la anterior y yo me cansé y le dije que sí a todo, que ya habría otra ocasión. No se lo pedí a ninguna más, aunque acabé escribiéndole a A cosas como: Pásate una tarde por aquí, que hace mucho calor y estoy hablando con las plantas y el perro. Sin respuesta, claro. Y cocinar para uno y dormir solo y beber también solo y las mañanas atroces y las tardes terribles y las noches insomnes.
jueves, 7 de agosto de 2008
Fama
Una vez una chica me dijo: «yo me casaría contigo, pero te gastarías todo nuestro dinero en alcohol y libros». «Llevaríamos una vida sencilla», contesté. No la convencí.
miércoles, 6 de agosto de 2008
Pero ya no más amor
—Don Camilo, su mujer.
—¿Qué quiere?
—Dice que el divorcio.
—No puede ser, deme el teléfono. Carmen, que me dicen que quieres el divorcio.
—Y así es.
—Será una broma.
—Sí, a ti siempre te ha costado tomarme en serio.
—No empieces con los reproches, Carmen. ¿No podemos hablarlo?
—No hay nada que hablar, ya no te quiero.
—¿Así, de repente?
—Así, de repente.
—Carmen, puedo cambiar.
—Por mí como si te haces tirabuzones.
—Eres cruel de manera gratuita.
—Pues no te acostumbres, que es lo único que te va a salir gratis; ya hablará contigo mi abogado.
—Carmen, yo…
—Adiós.
—¿Qué, jefe? ¿Se ha solucionado?
—Se va a divorciar de mí. Tiene un abogado.
—Qué putada. Yo siempre he pensado que mejor viudo que divorciado.
—¿Está sugiriendo que mate a mi mujer?
—No, hombre, no sea bruto, era una forma de hablar. Otra cosa es que su mujer tuviera un accidente, pero lo malo de los accidentes es que no se pueden prever, por eso son accidentales, claro.
—Ya.
—Si fueran esenciales ya sería otra cosa. Pero la vida sería entonces invivible. O quizás no, que entenderíamos la vida como una sucesión de catástrofes y estaríamos acostumbrados. La normalidad es una mera cuestión de costumbre.
—Eso me pasa a mí, que estoy acostumbrado a una vida con Carmen.
—Bueno, la normalidad está sobrevalorada. Aquí donde me ve, yo no soy normal.
—¿No?
—No, soy de Nebulón 7.
—¿Cómo ha dicho?
—Que no soy un simple oficinista, soy un oficinista intergaláctico. Si yo he podido acostumbrarme a la vida en la Tierra, usted podrá acostumbrarse a una vida sin Carmen. Aunque le garantizo que a Carmen la va a tener presente todos los meses en forma de pensión económica.
—Lorenzo, ¿ha bebido?
—Claro que no, don Camilo. Nunca en horas de trabajo. ¿Por qué lo dice?
—Porque eso que me está contando es una locura.
—Bueno, ya sé que no es fácil de creer, pero es que le falta perspectiva. Usted no ha nacido en Nebulón 7.
—Por suerte.
—Ya veo, está usted lleno de prejuicios. ¿Qué tiene en contra de mi pueblo?
—¿A qué pueblo se refiere? ¿A los dementes?
—Me sigue usted insultando a pesar de que le estoy apoyando en este duro trance. Porque no me negará que con toda esta charla ha dejado de pensar en su mujer.
—Claro, ahora me preocupa usted.
—Mejor eso que estar deprimido, ¿no?
—No sé, supongo.
—Pues ya está. ¿Quiere que le cuente cómo son los divorcios en mi planeta?
—¿Qué quiere?
—Dice que el divorcio.
—No puede ser, deme el teléfono. Carmen, que me dicen que quieres el divorcio.
—Y así es.
—Será una broma.
—Sí, a ti siempre te ha costado tomarme en serio.
—No empieces con los reproches, Carmen. ¿No podemos hablarlo?
—No hay nada que hablar, ya no te quiero.
—¿Así, de repente?
—Así, de repente.
—Carmen, puedo cambiar.
—Por mí como si te haces tirabuzones.
—Eres cruel de manera gratuita.
—Pues no te acostumbres, que es lo único que te va a salir gratis; ya hablará contigo mi abogado.
—Carmen, yo…
—Adiós.
—¿Qué, jefe? ¿Se ha solucionado?
—Se va a divorciar de mí. Tiene un abogado.
—Qué putada. Yo siempre he pensado que mejor viudo que divorciado.
—¿Está sugiriendo que mate a mi mujer?
—No, hombre, no sea bruto, era una forma de hablar. Otra cosa es que su mujer tuviera un accidente, pero lo malo de los accidentes es que no se pueden prever, por eso son accidentales, claro.
—Ya.
—Si fueran esenciales ya sería otra cosa. Pero la vida sería entonces invivible. O quizás no, que entenderíamos la vida como una sucesión de catástrofes y estaríamos acostumbrados. La normalidad es una mera cuestión de costumbre.
—Eso me pasa a mí, que estoy acostumbrado a una vida con Carmen.
—Bueno, la normalidad está sobrevalorada. Aquí donde me ve, yo no soy normal.
—¿No?
—No, soy de Nebulón 7.
—¿Cómo ha dicho?
—Que no soy un simple oficinista, soy un oficinista intergaláctico. Si yo he podido acostumbrarme a la vida en la Tierra, usted podrá acostumbrarse a una vida sin Carmen. Aunque le garantizo que a Carmen la va a tener presente todos los meses en forma de pensión económica.
—Lorenzo, ¿ha bebido?
—Claro que no, don Camilo. Nunca en horas de trabajo. ¿Por qué lo dice?
—Porque eso que me está contando es una locura.
—Bueno, ya sé que no es fácil de creer, pero es que le falta perspectiva. Usted no ha nacido en Nebulón 7.
—Por suerte.
—Ya veo, está usted lleno de prejuicios. ¿Qué tiene en contra de mi pueblo?
—¿A qué pueblo se refiere? ¿A los dementes?
—Me sigue usted insultando a pesar de que le estoy apoyando en este duro trance. Porque no me negará que con toda esta charla ha dejado de pensar en su mujer.
—Claro, ahora me preocupa usted.
—Mejor eso que estar deprimido, ¿no?
—No sé, supongo.
—Pues ya está. ¿Quiere que le cuente cómo son los divorcios en mi planeta?
martes, 5 de agosto de 2008
El terror
Yo me metí en esto del terrorismo con la idea de ligar y hacer amigos, pues siempre me ha costado relacionarme con la gente. Al principio encajé muy bien, me recordaba mis tiempos de jugador de rol, salvo que esta vez no nos salíamos del papel en ningún momento. Se podría pensar que una banda terrorista es como una familia, pero nada más alejado de la realidad, lo cierto es que dentro había diversas facciones y camarillas. En un primer momento me pareció que lo mejor era juntarme con los dogmáticos, que eran los que llevaban el cotarro. Me dije que sin duda ser dogmático atraería a las mujeres guapas, pero resultó que no. Para empezar, las dogmáticas no eran lo que se dice las mujeres más atractivas del mundo, de hecho tenía problemas para diferenciarlas de los dogmáticos varones, lo cual siempre resultaba molesto para todos. Iba de malentendido en malentendido. Por otra parte, un dogmático no puede dudar en ningún momento y me miraban mal si preguntaba si no habíamos quedado demasiado pronto para mañana. Además, la facción dogmática era profundamente endogámica, por lo que no había posibilidad de intimar con alguna compañera de ideas no tan firmes.
Así que reculé, me fui con los reformistas, que estaban siempre en desacuerdo con la postura oficial, fuera la que fuera, aunque la semana anterior la hubieran presentado ellos. Este dadaísmo iba más con mi carácter, que al fin y al cabo me había hecho terrorista para conocer mujeres, lo que en palabras de mis padres era una insensatez.
En las filas reformistas conocí a Martha, que el primer día desconfió de mí por ex dogmático, o eso deduje cuando me llamó «cerdo del Aparato». Al día siguiente estuvo más amable conmigo, tanto que se despidió de mí con un suave beso en los labios, lo que consideré mi primera victoria contra el Sistema. Sin embargo, a la tarde siguiente se mostró fría y distante, como si no me conociera, pero pasadas otras veinticuatro horas volvía a mostrarse amistosa. Es ciclotímica, me dije, tendría que medicarse, pero me equivocaba, simplemente era reformista, escéptica, no podía mantener siempre la misma postura, que eso conducía al inmovilismo. Intenté adaptarme a esta situación, pero a este ritmo me iba a volver loco.
Me fui entonces con los ideólogos, que se consideraban el alma del movimiento. Pero aquí no entendía nada. ¿La represión, camarada, es monista o pluralista?, me preguntaba un barbudo. ¿Te parece que la lucha armada es una acción epistemológica?, me preguntaba luego una chica de aspecto intelectual. Yo contestaba según lo que me sonara mejor, pero por las miradas que me dedicaban estaba claro que no les convencía del todo. En resumidas cuentas, tampoco aquí conseguía ligar. En un acceso de desesperación, le pregunté a uno de los ideólogos qué era lo que había que hacer para follar aquí. Él me miró muy serio y me contestó que el sexo era una actividad dialéctica sobrevalorada. Cansado de ligar sólo en el plano teórico, abandoné a los ideólogos en busca de algo de acción y me presenté voluntario a formar parte de un comando.
Entre atentado y atentado era difícil ligar, fue lo primero que aprendí. No había tiempo, la policía nos estaba buscando, etcétera. Para colmo de males en nuestro comando sólo había una mujer y estaba casada con un compañero. Era la experta en explosivos, se quedaba en el piso franco preparando las bombas y los biberones, pues tenía un niño de corta edad. Yo fantaseaba con la posibilidad de empezar una relación clandestina con ella y así no tener que esconderme sólo de la policía y el Estado, sino también del marido de mi compañera, pero ella opinaba de forma distinta, pues me rechazaba una y otra vez.
Así estábamos cuando un día la policía derribó la puerta del piso franco. La verdad es que lo esperábamos desde hacía un par de semanas, por lo que habíamos tomado la precaución de deshacernos de todo lo que pudiera incriminarnos. La policía no encontró nada en el registro, claro, pero aun así nos llevaron a comisaría para interrogarnos. Yo adopté una actitud mansa y no protesté ante el atropello que suponía aquello. Iba con la idea de mantenerme firme en el interrogatorio, pero entre los agentes que me preguntaban esto y aquello había una policía muy guapa de la que de pronto me sentí enamorado. No pude negarle nada, empecé a hablarle de todo, le dije dónde habíamos escondido las armas y nuestros próximos objetivos. Ella me dijo que si colaboraba con la policía como «topo» podría librarme de la cárcel. Yo la miré y le pregunté si convertirme en un soplón significaría verla a menudo. Ella sonrió y dijo que sí.
Así que reculé, me fui con los reformistas, que estaban siempre en desacuerdo con la postura oficial, fuera la que fuera, aunque la semana anterior la hubieran presentado ellos. Este dadaísmo iba más con mi carácter, que al fin y al cabo me había hecho terrorista para conocer mujeres, lo que en palabras de mis padres era una insensatez.
En las filas reformistas conocí a Martha, que el primer día desconfió de mí por ex dogmático, o eso deduje cuando me llamó «cerdo del Aparato». Al día siguiente estuvo más amable conmigo, tanto que se despidió de mí con un suave beso en los labios, lo que consideré mi primera victoria contra el Sistema. Sin embargo, a la tarde siguiente se mostró fría y distante, como si no me conociera, pero pasadas otras veinticuatro horas volvía a mostrarse amistosa. Es ciclotímica, me dije, tendría que medicarse, pero me equivocaba, simplemente era reformista, escéptica, no podía mantener siempre la misma postura, que eso conducía al inmovilismo. Intenté adaptarme a esta situación, pero a este ritmo me iba a volver loco.
Me fui entonces con los ideólogos, que se consideraban el alma del movimiento. Pero aquí no entendía nada. ¿La represión, camarada, es monista o pluralista?, me preguntaba un barbudo. ¿Te parece que la lucha armada es una acción epistemológica?, me preguntaba luego una chica de aspecto intelectual. Yo contestaba según lo que me sonara mejor, pero por las miradas que me dedicaban estaba claro que no les convencía del todo. En resumidas cuentas, tampoco aquí conseguía ligar. En un acceso de desesperación, le pregunté a uno de los ideólogos qué era lo que había que hacer para follar aquí. Él me miró muy serio y me contestó que el sexo era una actividad dialéctica sobrevalorada. Cansado de ligar sólo en el plano teórico, abandoné a los ideólogos en busca de algo de acción y me presenté voluntario a formar parte de un comando.
Entre atentado y atentado era difícil ligar, fue lo primero que aprendí. No había tiempo, la policía nos estaba buscando, etcétera. Para colmo de males en nuestro comando sólo había una mujer y estaba casada con un compañero. Era la experta en explosivos, se quedaba en el piso franco preparando las bombas y los biberones, pues tenía un niño de corta edad. Yo fantaseaba con la posibilidad de empezar una relación clandestina con ella y así no tener que esconderme sólo de la policía y el Estado, sino también del marido de mi compañera, pero ella opinaba de forma distinta, pues me rechazaba una y otra vez.
Así estábamos cuando un día la policía derribó la puerta del piso franco. La verdad es que lo esperábamos desde hacía un par de semanas, por lo que habíamos tomado la precaución de deshacernos de todo lo que pudiera incriminarnos. La policía no encontró nada en el registro, claro, pero aun así nos llevaron a comisaría para interrogarnos. Yo adopté una actitud mansa y no protesté ante el atropello que suponía aquello. Iba con la idea de mantenerme firme en el interrogatorio, pero entre los agentes que me preguntaban esto y aquello había una policía muy guapa de la que de pronto me sentí enamorado. No pude negarle nada, empecé a hablarle de todo, le dije dónde habíamos escondido las armas y nuestros próximos objetivos. Ella me dijo que si colaboraba con la policía como «topo» podría librarme de la cárcel. Yo la miré y le pregunté si convertirme en un soplón significaría verla a menudo. Ella sonrió y dijo que sí.
lunes, 4 de agosto de 2008
Una de esas mañanas de suicidio
El café frío.
El cielo gris de la ciudad.
La mirada ausente.
Nada que hacer.
El cielo gris de la ciudad.
La mirada ausente.
Nada que hacer.
domingo, 3 de agosto de 2008
Cortejo por sms
Jueves:
Ven a mi casa, que no hay nadie. Aprovechamos para hablar de lo del libro.
Viernes:
Vente, que estoy solo. No te pases todo el día pensándolo como ayer, sólo ven.
Sábado:
Hoy tampoco vengas a mi casa, que he quedado.
Ven a mi casa, que no hay nadie. Aprovechamos para hablar de lo del libro.
Viernes:
Vente, que estoy solo. No te pases todo el día pensándolo como ayer, sólo ven.
Sábado:
Hoy tampoco vengas a mi casa, que he quedado.
sábado, 2 de agosto de 2008
Pero ya no más literatura
—En realidad yo nunca te he dicho directamente que te quiero.
—No hacía falta.
—Ya, pero es extraño. Sólo lo he sugerido. Entre líneas, que no entre las sábanas.
—Siempre lidiando con palabras.
—Sí.
—Complicando las cosas.
—Sí.
—Cuando todo puede ser bastante más sencillo.
—Sí. ¿Llevas algo bajo el vestido?
—Pensaba que no lo ibas a preguntar nunca.
—No hacía falta.
—Ya, pero es extraño. Sólo lo he sugerido. Entre líneas, que no entre las sábanas.
—Siempre lidiando con palabras.
—Sí.
—Complicando las cosas.
—Sí.
—Cuando todo puede ser bastante más sencillo.
—Sí. ¿Llevas algo bajo el vestido?
—Pensaba que no lo ibas a preguntar nunca.
viernes, 1 de agosto de 2008
Poètes
Soñé que era el hijo bastardo de Jacques Rigaut y que mi ex mujer estaba al teléfono.
—Te has vuelto a retrasar con la pensión —me dijo.
—Lo sé, es que ha sido un mes difícil.
—¿Y qué le digo a Justine?
—Dile que papá la quiere mucho.
—Sí, la quiere y deja que se muera de hambre.
—No seas injusta, sabes que si pudiera te daría el dinero.
—Podrías, si buscaras un trabajo de verdad. Si dejaras de perder el tiempo con poemas y jovencitas. La otra noche te llamé a casa y no lo cogiste. Seguro que estabas por ahí con Boris, como siempre.
—No empieces, Sabine.
—Como si no te conociera. Seguro que estuviste en algún club de jazz de mala muerte. Y tu hija viviendo como si fuera huérfana. ¿Dónde estaba su padre? Con putas, gastándose con putas el dinero de su hija. ¿Y cómo le explico yo que su padre es un putero que no piensa en nadie que no sea él?
—No hay nada que explicar, no dramatices.
—Si le pusiste Justine a tu propia hija, degenerado. ¿Qué clase de persona haría eso?
—Justine es un nombre precioso. Y Los infortunios de la virtud es un clásico de la literatura.
—Un clásico de los rompeculos, que es lo que eres. Como tu amigo Boris. ¿Y todo por qué? Porque dices que eres hijo de un poeta al que ni siquiera te pareces.
—Tengo su nariz.
—Tienes una nariz de lo más vulgar, no digas tonterías.
—Pues tú tienes la nariz de la Bruja del Oeste.
—Seré una bruja, pero al menos no soy un rompeculos. Podrías hacer como tu supuesto padre y pegarte un tiro. Cabrón.
—Te has vuelto a retrasar con la pensión —me dijo.
—Lo sé, es que ha sido un mes difícil.
—¿Y qué le digo a Justine?
—Dile que papá la quiere mucho.
—Sí, la quiere y deja que se muera de hambre.
—No seas injusta, sabes que si pudiera te daría el dinero.
—Podrías, si buscaras un trabajo de verdad. Si dejaras de perder el tiempo con poemas y jovencitas. La otra noche te llamé a casa y no lo cogiste. Seguro que estabas por ahí con Boris, como siempre.
—No empieces, Sabine.
—Como si no te conociera. Seguro que estuviste en algún club de jazz de mala muerte. Y tu hija viviendo como si fuera huérfana. ¿Dónde estaba su padre? Con putas, gastándose con putas el dinero de su hija. ¿Y cómo le explico yo que su padre es un putero que no piensa en nadie que no sea él?
—No hay nada que explicar, no dramatices.
—Si le pusiste Justine a tu propia hija, degenerado. ¿Qué clase de persona haría eso?
—Justine es un nombre precioso. Y Los infortunios de la virtud es un clásico de la literatura.
—Un clásico de los rompeculos, que es lo que eres. Como tu amigo Boris. ¿Y todo por qué? Porque dices que eres hijo de un poeta al que ni siquiera te pareces.
—Tengo su nariz.
—Tienes una nariz de lo más vulgar, no digas tonterías.
—Pues tú tienes la nariz de la Bruja del Oeste.
—Seré una bruja, pero al menos no soy un rompeculos. Podrías hacer como tu supuesto padre y pegarte un tiro. Cabrón.
jueves, 31 de julio de 2008
El oficio de escribir
«Por mi mala cabeza / yo me puse a escribir», que dijera José Agustín Goytisolo. Lo mío fue parecido, damas y caballeros, por mala cabeza, empujado por la necesidad de epatar y seducir a bellas señoritas. Pues inopinadamente decidí que las mujeres se sentían atraídas por hombres con aires literarios: bigotes proustianos, sífilis baudelaireanas, sodomías varias. Mi conversión literaria comenzó por los complementos, sí. No había escrito todavía una sola línea, pero cualquiera que me mirase no podía hacer otra cosa que pensar que se encontraba ante un verdadero autor, pues cumplía con todos los requerimientos externos. Así, era el más bullanguero de todos y un noctívago impenitente, competía en alcoholismo con el mismo Dylan Thomas y mis gustos sexuales eran tan depravados que hubieran escandalizado a Henry Miller. Fue también entonces cuando inicié el camino que conduce a la politoxicomanía, por parecerme a Burroughs, lo que era problemático, pues todo el dinero se me iba en drogas y no me llegaba para las prostitutas o el juego dostoievskiano. Por llamar la atención, por escandalizar aún más, mojaba los croissants en los charcos y luego me los comía, en imitación de Leopoldo María Panero. Nadie me había leído (principalmente porque no había escrito nada), pero la opinión popular era que mi obra tenía que ser gloriosa, pues ningún otro autor parecía tan auténtico.
miércoles, 30 de julio de 2008
Una pensión lisboeta
La pensión de la rusa no estaba mal del todo. Nuestras habitaciones daban justo a la sala de estar, donde había un televisor, unos sofás, una mesa y revistas del corazón francesas y portuguesas. El televisor estaba las veinticuatro horas del día encendido, siempre emitiendo vídeos musicales. Por las noches veía la tele con la botella de vino cerca y leía por encima las revistas (por lo visto el 45% de las francesas consideran que el sexo anal no es agradable y Sienna Miller tiene nuevo novio). Luego me iba a la cama a leer un rato a Camus, que uno es multidisciplinar.
La rusa era simpática o al menos lo parecía, aunque nos hablaba en un extraño inglés con tintes portugueses y con frases como «the open is door». Además nos daba las gracias en italiano. Tenía un jefe al que nunca llegamos a ver, aunque habló por teléfono con él delante de nosotros y por la voz parecía un tipo siniestro. Enseguida me puse a pensar que era de la mafia rusa y que esa noche entrarían en nuestros cuartos a extirparnos los órganos para venderlos a buen precio a ancianos ricachones que morían lentamente en sus yates de gran eslora. Aguardé un rato aquella noche, pero no pasó nada y finalmente me dormí.
Frente a la pensión había un templo evangelista con las puertas siempre cerradas. De vez en cuando, un borracho se sentaba junto a la puerta como si esperase que abrieran. Quizás se sentía el vigilante.
La rusa era simpática o al menos lo parecía, aunque nos hablaba en un extraño inglés con tintes portugueses y con frases como «the open is door». Además nos daba las gracias en italiano. Tenía un jefe al que nunca llegamos a ver, aunque habló por teléfono con él delante de nosotros y por la voz parecía un tipo siniestro. Enseguida me puse a pensar que era de la mafia rusa y que esa noche entrarían en nuestros cuartos a extirparnos los órganos para venderlos a buen precio a ancianos ricachones que morían lentamente en sus yates de gran eslora. Aguardé un rato aquella noche, pero no pasó nada y finalmente me dormí.
Frente a la pensión había un templo evangelista con las puertas siempre cerradas. De vez en cuando, un borracho se sentaba junto a la puerta como si esperase que abrieran. Quizás se sentía el vigilante.
martes, 29 de julio de 2008
Brescia
Recuerdo que la habitación de hotel era barata, pero acogedora. Recuerdo la seguridad con que se desnudó, plenamente consciente de su belleza. Recuerdo que tenía un coño precioso y que se adaptaba a la perfección a mi polla, un coño dúctil que parecía responder a cada uno de mis movimientos de la forma precisa. Recuerdo que se corrió con los ojos muy abiertos, casi con expresión de sorpresa. Recuerdo que los dos temblábamos. Recuerdo que luego estuvimos hablando y riéndonos de tonterías durante una breve eternidad. Recuerdo que hizo un alegato contra el piano y que dijo que su tipo de hombre era Jesucristo «por la escualidez», y me pareció que no se podía pronunciar esa palabra —escualidez— de una forma más bonita. Recuerdo que me dio sus medias y me dijo: «así tendré unas medias de más cuando vaya a verte». Recuerdo estar luego en la calle con su regalo en el bolsillo de la chaqueta y pensar: «tengo unas medias tuyas que no vendrás a reclamar». No recuerdo nada más.
lunes, 28 de julio de 2008
Tribulaciones
Pienso en L'homme qui aimait les femmes, de Truffaut, que aquí se llamó El amante del amor. En una escena de la película el protagonista se encierra en el cuarto de baño para aislarse por completo del mundo y poder escribir sus experiencias con las mujeres. Eso tendría que hacer yo: encerrarme en el cuarto de baño, con las cucarachas. Pero no escribiría de mis experiencias con las mujeres, no, yo aprovecharía para escribir esa novela que pienso cada sábado por la noche, cuando vuelvo a casa, bastante borracho, en el último autobús. Si no lo hago es porque escribir es un poco como casarse, que se carga el amor. La idea del amor. Claro que eso no lo sabe el lector, que no imagina cuál era la idea original del autor, pero cómo puede escapar este último de los libros que le observan desde las estanterías como hijos contrahechos, experimentos fallidos de científico loco, la isla del doctor Moreau.
domingo, 27 de julio de 2008
Time warp (2)
-Hola, abuelo.
-Perdona, ¿qué me has llamado?
-Abuelo. Soy Pablo, tu nieto.
-Oye, chaval, que tengo treinta años, ¿cómo vas a ser mi nieto?
-Es muy sencillo, vengo del futuro. He viajado cincuenta años atrás en el tiempo para verte.
-Eso parece harto improbable.
-Te estoy diciendo la verdad, lo puedo demostrar fácilmente. Mira, te traigo un periódico del futuro.
-Esto no prueba nada, podría ser una falsificación.
-A ver: naciste en Zamora y de pequeño te rompiste una pierna jugando al fútbol. Te casaste con Carmen, mi abuela, cuando terminaste la mili. Por cierto, que cuando murió nos confesaste que le fuiste infiel muchas veces, pero siempre con profesionales.
-¿Cómo sabes todo eso?
-Porque soy tu nieto, ya te lo he dicho.
-Mira, ahora Carmen no está, ha salido a hacer la compra, pero no le digas nada de lo de las putas, ¿vale?
-No te preocupes, sólo vengo para ver cómo estás. Me han mandado mis padres. Tu hijo y su mujer, vaya.
-Venga, siéntate y cuéntamelo todo.
Más tarde, en la calle:
-Hombre, Pablo, ¿de dónde vienes?
-De la residencia de ancianos, de ver a mi abuelo. El pobre ya no reconoce a nadie y cree que vive en la década de los cincuenta; si supieras las tonterías que tengo que decirle para que no me tome por un extraño.
-Perdona, ¿qué me has llamado?
-Abuelo. Soy Pablo, tu nieto.
-Oye, chaval, que tengo treinta años, ¿cómo vas a ser mi nieto?
-Es muy sencillo, vengo del futuro. He viajado cincuenta años atrás en el tiempo para verte.
-Eso parece harto improbable.
-Te estoy diciendo la verdad, lo puedo demostrar fácilmente. Mira, te traigo un periódico del futuro.
-Esto no prueba nada, podría ser una falsificación.
-A ver: naciste en Zamora y de pequeño te rompiste una pierna jugando al fútbol. Te casaste con Carmen, mi abuela, cuando terminaste la mili. Por cierto, que cuando murió nos confesaste que le fuiste infiel muchas veces, pero siempre con profesionales.
-¿Cómo sabes todo eso?
-Porque soy tu nieto, ya te lo he dicho.
-Mira, ahora Carmen no está, ha salido a hacer la compra, pero no le digas nada de lo de las putas, ¿vale?
-No te preocupes, sólo vengo para ver cómo estás. Me han mandado mis padres. Tu hijo y su mujer, vaya.
-Venga, siéntate y cuéntamelo todo.
Más tarde, en la calle:
-Hombre, Pablo, ¿de dónde vienes?
-De la residencia de ancianos, de ver a mi abuelo. El pobre ya no reconoce a nadie y cree que vive en la década de los cincuenta; si supieras las tonterías que tengo que decirle para que no me tome por un extraño.
sábado, 26 de julio de 2008
Time warp
-Hola, Pablo.
-¿Nos conocemos?
-¿No me reconoces? ¿No te parecen familiares mis facciones?
-La verdad es que no.
-Soy tu abuelo.
-Perdone, pero mi abuelo es un señor de ochenta años y usted a lo sumo tiene treinta.
-No lo has entendido; soy tu abuelo, pero del pasado. He viajado cincuenta años en el tiempo para verte.
-Eso suena bastante improbable. Mi abuelo nunca nos ha hablado de esa vez que viajó al futuro...
-Es lo que os pasa siempre a los jóvenes: que no escucháis. ¿Y cuándo te vas a cortar el pelo? Así pareces una chica. Y búscate un trabajo ya, vago, más que vago.
-Vaya, ahora sí se parece a mi abuelo.
-¿Nos conocemos?
-¿No me reconoces? ¿No te parecen familiares mis facciones?
-La verdad es que no.
-Soy tu abuelo.
-Perdone, pero mi abuelo es un señor de ochenta años y usted a lo sumo tiene treinta.
-No lo has entendido; soy tu abuelo, pero del pasado. He viajado cincuenta años en el tiempo para verte.
-Eso suena bastante improbable. Mi abuelo nunca nos ha hablado de esa vez que viajó al futuro...
-Es lo que os pasa siempre a los jóvenes: que no escucháis. ¿Y cuándo te vas a cortar el pelo? Así pareces una chica. Y búscate un trabajo ya, vago, más que vago.
-Vaya, ahora sí se parece a mi abuelo.
viernes, 25 de julio de 2008
Disturbios
Ella me avisó de lo que pasaría, es la verdad. No estés conmigo, me dijo, que hago daño, eso es lo que hago. Pero yo era joven y necesitaba el amor. No me importa, contesté, las profecías están para incumplirlas. Luego pasó un año, o dos, o tres, no estoy seguro, administramos fatal el tiempo cuando somos felices, y empecé a notarla distante, distinta. ¿Qué te pasa, amor? Nada, es el trabajo, estoy un poco agobiada. ¿Qué tienes, nena? Nada, mi madre, que he discutido con ella. No, venga, dime la verdad. Vale, pasa algo. ¿El qué? Que ya no estoy enamorada de ti. ¿Y cómo ha sido eso? No sé, la rutina. Vaya un motivo, guapa. Bueno, es que he conocido a alguien. Pero qué es eso de conocer a alguien mientras estoy distraído, te parecerá bonito. Ni bonito ni feo, es lo que ha pasado. ¿Y quién es él? ¿Importa acaso? Claro que sí, tendré que odiar a alguien, digo yo. Pues ódiame a mí, que soy la que te deja. Ya, pero es que eres muy bonita, es difícil odiarte. ¿Ves?, eres algo demasiado seguro para mí, se ha perdido la incertidumbre. Pues para mí está comenzando ahora mismo. Lo siento, yo nunca quise hacerte daño, pero te avisé. Sí, eso es verdad, pero pensé que te hacías la interesante. Te arriesgaste y has perdido, a veces pasa. No sé, a mí me pasa casi todo el rato.
jueves, 24 de julio de 2008
Un plagiario se declara a su amada
-Lo que siento por ti es lo que otro tipo ha escrito sobre otra chica.
miércoles, 23 de julio de 2008
Lisboa
Paseando ebrio por las calles de Lisboa, las mismas que recorría Pessoa. "Pessoando" por las calles de Lisboa. De la Praça do Comércio subimos hasta Chiado. Pasamos por A Brasileira, en Rua Garrett, el café que solía frecuentar Pessoa. Yo me acerco a su estatua, pues tienen una estatua suya frente al local, y le digo: "¿Tú entiendes algo? Porque yo no". Miramos los precios, que están imposibles estos días, y seguimos hasta la Praça de Luís de Camões, que también era escritor, donde nos sentamos. En medio de la plaza, en el suelo, que poco nos importa lo que piensen de nosotros. Yo me pregunto si sería conveniente pedir limosna, que no nos vendría nada mal. Y pronto se hace de noche, la gente nos mira, pasan tranvías de vez en cuando, habrá que ir pensando en volver a la pensión de la rusa.
martes, 22 de julio de 2008
Volver
Con la frente marchita, como dice el tango. Volver, ¿para qué? Valdría más vagar siempre, como el Judío Errante, sin detenerse nunca, que tampoco se detiene el tiempo. Valdría más no quitarse nunca las botas viejas y gastadas y caminar hasta perderse.
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