miércoles, 9 de julio de 2008

La chica levemente pelirroja

¿Cómo era aquello que escribiste de ti?, le pregunto. ¿Que eras levemente pelirroja y casi te podías tocar el alma con la punta de los pies? Sí, algo así, no me lo recuerdes, contesta ella haciéndose la avergonzada. Es enero, estoy en la cama con una chica de diecinueve años. Yo tengo diez más, pero se me olvida siempre cuando hablo con ella. Lo recuerdo cuando follamos, eso sí, lo que quizás suena bastante mal, pero es la verdad.

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Hace frío en la habitación y procuramos salir lo menos posible de la cama. Me gusta tenerla cerca, acariciar su cuerpo perfecto, besarla cuando se deja. Me encantan sus cejas (sí, de nuevo los detalles originales) y ese gesto irónico que hace con la boca. Me gusta cuando se busca defectos que no tiene. Creo que no se puede ser más bonita. Me parece que se lo digo.

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Te has acostado conmigo porque te faltaba el perdedor en tu colección, ¿verdad?, le pregunto. No, me he acostado contigo porque me faltaba el escritor de culto, contesta ella. Yo me pregunto si sería precipitado pedirle matrimonio. Si algún día publico un libro te lo voy a dedicar a ti, digo de una forma muy ingenua pero sincera. Ella sonríe.

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Es ciertamente imposible tenerla desnuda al lado y no follársela. Una noche la despiertan mis manos ávidas sobre su cuerpo. Después de follar me dice: gracias por despertarme.

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Yo te trataría con dulzura siempre. Menos en la cama, tengo que admitir que ahí no me sale. Lo que quiero entonces es poseerte como si llevara deseándote toda la vida, lo que quizá sea cierto de alguna manera. Escucharte gritar de placer tiene un efecto reparador en mí. Me olvido de todo cuando dejas que libere mis demonios, que son más de lo que me gustaría reconocer.

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Me gusta porque lo ha leído todo y escribe como nadie. Me gusta su sentido del humor de chica guapa. Esa forma deliciosa que tiene de burlarse de todo. Esa forma de moverse en la vida. Como si supiera algo que los demás desconocemos. Como si no supiera lo peligrosa que es. O quizás precisamente como si lo supiera. Como si supiera que causa hecatombes suavemente.

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Por la calle, de repente, me coge la mano. Yo parpadeo tres o cuatro veces (no las cuento), asombrado. Qué bonito, pienso, que soy un romántico de la vieja escuela. Vamos de la mano por la ciudad, como dos enamorados. Luego pienso que sodomizarla la noche anterior también era muy bonito, aunque las pelis de Hollywood no lo aprueben. Seguramente nunca pueda escribir de ello, a la gente no le parecería bien.

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Si yo no me quiero ir. Si yo quiero pasar frío con ella en el salón y verla comer naranjas. Si yo quiero recitarle poemas y que me cante Le tourbillon de la vie. Si yo quiero que me hable en ruso mientras me mira a los ojos. Si yo quiero verla todas las mañanas. Y pese a todo subo al tren y me marcho.

martes, 8 de julio de 2008

La chica rubia (2)

Estoy en el Balneario con una chica rubia. Hace calor, el sol pega fuerte, ella se resguarda como puede porque tiene la piel delicada, el sol me da en los ojos, lagrimeo, ella sonríe, creo, me parece verlo a través de la ceguera que me estoy provocando con todo esto. Me doy cuenta de que tiene unos pies muy bonitos, pero no le digo nada, que me saldría con aquello de la golfería y lo de los detalles en los que otros hombres no reparan. Al fin y al cabo, ya me ha estado analizando un buen rato: que si se nota que a ti te gustan las chicas con el pelo largo; que si te gusta que no se maquillen; que si estás en contra de la mentira; que si te gustan todas (puede que sea verdad, pero el amor lo reservo para unas pocas). Que si eres un obseso sexual (bueno, eso me lo dirá unos días después). En un momento dado me pilla mirándole las tetas y admito que llevo toda la tarde mirándoselas. Ella ríe. Me gusta su risa, pero tampoco se lo digo. La observo atentamente cuando se levanta a comprar un helado. Me pregunto en qué categoría de boxeo pelearía, que yo siempre calculo los pesos de la gente así. ¿Peso mosca, tal vez? Vuelve con el helado. Es verano de 2008, se hace lentamente de noche, estoy sentado en un bar con una chica guapa e interesante. Nada puede salir mal.

lunes, 7 de julio de 2008

La chica rubia

Quedo con una chica rubia, lo que parece escrito por Ray Loriga, y eso que a mí no me pega nada ser escritor moderno, que lo mío es lo decimonónico. Quedo, como digo, con una chica rubia junto al mar, lo que es una agradable novedad. Trasiego cerveza mientras admiro su belleza trigueña y fantaseo con la posibilidad de que ella esté extasiada ante mi encanto afgano, aunque probablemente no ha bebido lo suficiente. Tienes cara de buena persona, me dice, y en ese momento sé que no se acostará conmigo. Yo que había ensayado las expresiones más canallas antes de salir de casa, yo que me paso toda la tarde con el ceño fruncido como si fuera el difunto Fernando Fernán Gómez, pero nada, me traiciona que la cara sea el espejo del alma. Oye, que puedo ser muy hijo de puta, estoy tentado de decirle, pero sé que no sonaría creíble. Y no me parece elegante contar que una chica me dijo una vez: "me encanta que, siendo tan bueno, puedas llegar a ser tan malo". Henry Miller se lo montaba bastante mejor que yo, pienso. Miro al mar. Todo sale mal. Nuevamente.

domingo, 6 de julio de 2008

Fútbol (3)

La realidad es opinable, la decidimos nosotros. Me suelen preguntar si fue gol o no aquella célebre parada mía en la final del 68. Yo contesto que por supuesto que no fue gol, que fue una parada de portero excepcional, lo que siempre provoca aplausos del público. Pero el caso es que fue gol. Entró, pero me apresuré a sacarla. Nadie se dio cuenta, aunque el equipo rival protestó, pero es que hay que protestar siempre, es algo que nos enseñan de juveniles. El partido lo ganamos nosotros y a la mañana siguiente se hablaba de mi parada, pues existían dudas sobre si la pelota había entrado finalmente o no, pero no había ninguna imagen concluyente. Como es lógico, los aficionados rivales decidieron que fue gol y que el árbitro les había robado el partido. Mi afición lo vio justo al revés y me encumbró como el héroe de la final. Elegimos la realidad. Incluso yo, que todos estos años he estado convencido de que soy el único que conoce la verdad. Porque quizás no fue gol, quizás el miedo me engañó y me hizo ver que había entrado. Todo pasó muy deprisa. Tal vez sí fue una parada de mérito, después de todo. Pero cómo saber la verdad.

sábado, 5 de julio de 2008

Noches

Hablar de las noches solitarias es una decisión estética, pues la soledad está presente a cualquier hora del día, pero así se puede hablar de las luces de neón, de las farolas inquietas (como si las farolas se inquietaran), de la ciudad que duerme. De tonterías, en definitiva.

viernes, 4 de julio de 2008

Conceptos, procedimientos, actitudes

El tribunal me mira, yo no miro al tribunal. Me dan ganas de dar pasos de baile, de defender la programación didáctica cantando como si esto fuera un musical. Pero no lo hago. El tribunal me mira, yo miro el techo. Suspiro. Realmente, no tengo nada que decir, pienso. Otra metáfora de mi vida.

jueves, 3 de julio de 2008

J'ai perdu ma plume dans le jardin de ma tante

Yo siempre quise ser poeta francés. Y maldito, además. Pero el destino tenía otros planes para mí y nací en un pequeño pueblo de Murcia, Pinares de Entretiempo, lo que tiene considerablemente menos glamour y dificultaba la consecución de mi objetivo. No obstante, lejos de desanimarme por esto, me esforcé con mayor ahínco aún en cumplir mi sueño. Ya en la escuela destaqué por mi perfecta dicción gala y, aunque nadie entendía lo que decía, yo me movía por la infancia con la satisfacción de quien tiene valores republicanos.
Cuando entré en la edad adulta comencé a frecuentar la tasca del pueblo, puesto que consideraba que un poeta francés maldito que se precie ha de estar al menos la mitad del día ebrio. Pedía siempre absenta, lo que provocaba que los mozos se rieran de mí y me preguntaran qué “ausencia” era ésa de la que hablaba, si es que alguien me había roto el corazón. Otras veces me servían una copa vacía diciéndome que ahí tenía la “ausencia de bebida”. Yo no me dejaba amilanar por esto y apuraba mi copa vacía con la elegancia del que se sabe más elevado que el resto de los mortales.
Un día decidí enamorarme de una chica del pueblo que, desgraciadamente, compartía con mis vecinos el defecto de no ser francesa. Se llamaba Paqui, pero yo prefería llamarla Sophie, lo que causaba que siempre estuviéramos discutiendo, pues le parecía mal que me refiriera a ella por el nombre de otra, “y además extranjera”. Lo encontraba especialmente molesto cuando estábamos en la cama en plena actividad sexual. Debido a este conflicto de nomenclaturas, rompíamos a menudo, cosa que me venía muy bien, pues siempre he pensado que la melancolía es algo muy francés. Aprovechaba esos momentos de tristeza y soledad para encerrarme en mi buhardilla de aires parisinos y escribir versos brillantes sobre las prostitutas mulatas con las que me acostaba (afortunadamente, el pueblo no tenía nada que envidiar a París en este aspecto).
En lo laboral no me iba todo lo bien que se podría desear. Intenté ganarme la vida con la poesía, pero el director del periódico local era un francófobo que se negaba a publicar una sola línea en la lengua de Molière aduciendo que nadie en el pueblo hablaba francés y que yo no era nada más que un majadero. Este aparente fracaso en realidad era favorable a mis intereses, pues todo el mundo sabe que para ser maldito no basta con acostarse con prostitutas sifilíticas, sino que es preciso también morirse de hambre. No obstante, fallecer antes de tener una obra lírica que legar a la posteridad era claramente un error, así que me obligué a subsistir en trabajos temporales, aunque siempre encontraba dificultades para que me contrataran, pues en las entrevistas de trabajo solían mirarme con suspicacia cuando llegaban a la parte de mi currículum en la que decía “poeta francés durante los últimos siete años”. Tampoco ayudaba precisamente que respondiera “en Abisinia traficando con armas” cuando me preguntaban dónde me veía en diez años.
Los años fueron pasando, mis padres fallecieron y heredé el dinero suficiente para no tener que volver a trabajar. Paqui, la Sophie de mi corazón, finalmente se casó con otro, concretamente con un primo mío, lo que me hizo muy feliz porque me permitió escribir muchos poemas de desamor. Hay quien dice que lo de ser poeta francés era una empresa descabellada desde el principio y que no estoy ahora más cerca de serlo que cuando empecé, pero yo contesto siempre que al menos es indudable que soy el más francés de los murcianos.

miércoles, 2 de julio de 2008

Apariciones

Estaba yo, como cada noche, intentando dormir y no consiguiéndolo cuando de pronto reparé en la presencia de un extraño en la habitación. Bueno, no era exactamente un extraño, había algo familiar en él. Y algo translúcido y etéreo también, pues muy corpóreo no parecía. Un fantasma, estaba claro, pues era demasiado masculino para tratarse de una aparición mariana.
-¿Quién es usted? –inquirí reuniendo el poco valor que se tiene a oscuras.
-Soy el Espíritu Nacional.
- ¿Y se puede saber qué hace en mi habitación? Yo no le he invitado, no es usted mi tipo.
-Perdone, es que España ha ganado la Eurocopa y me ha parecido un buen momento para manifestarme.
-Pues manifiéstese en la calle, como las personas de bien.
-Ya lo hago. ¿No ha visto las banderas, el colorido? Soy yo, que inflamo los corazones. Pero no es suficiente, tengo que manifestarme también en la intimidad de cada hogar.
-¿Y tiene que ser a estas horas?
-Es que le veía sufrir con el insomnio y me he dicho: si no puede dormir, que al menos tenga Espíritu Nacional. Que sus noches en vela tengan algún sentido patriótico.
-Qué tontería, ¿no?
-No sea tan duro conmigo, usted no sabe lo triste que es manifestarse sólo de tanto en tanto, cuando algún nostálgico del régimen anterior te invoca. Es muy molesto que te invoquen cuando estás ocupado haciendo otra cosa, y encima para aparecer en el hogar de unos fanáticos. Yo me entiendo de una forma más lúdica. ¿No ha visto a los borrachos con las banderas? Así es como me veo yo. Un griterío absurdo, relajación de las costumbres, litros de alcohol corren por mis venas, mujer.
-¿Eso último no lo cantaba Ramoncín?
-Sí, es intertextualidad. Intertextualidad Nacional.
-Ya. ¿Y por qué no se va de una vez a la mierda? Mierda Nacional, claro.
-Es usted un grosero, ¿lo sabe? Ya querrá usted que venga cuando se sienta solo, ya. Pero no vendré, apátrida, que es usted un apátrida. Languidecerá en el ostracismo más absoluto y ni siquiera le servirá la idea de Nación en sus noches solitarias. Me buscará entonces y no me encontrará.
-Bueno, hay otras patrias.
-Pero peores, créame, sé de lo que hablo. Míreme a mí, soy todo alegría de vivir, sol y playa. Paella y toros. Flamenco y siesta. Si hay otra vida, yo ciertamente no quiero conocerla. Soy el Espíritu Nacional, sin mí nada merece la pena. Fíjese en usted, por ejemplo, con ese insomnio suyo que ni es Nacional ni es nada. Un insomnio particular que no se puede compartir salvo para molestar a quien duerma a su lado. Tendría que darle vergüenza.
Y desapareció.

martes, 1 de julio de 2008

Tout le monde

El mayordomo, que es Jean-Luc Godard, abre la puerta. Entra Carla Bruni. Parece alterada. Le tiembla la mano que lleva al cigarrillo que sostiene entre los labios y se toca el pelo continuamente. Se sienta en el sofá, pero enseguida vuelve a levantarse. El mayordomo la mira con cierta aprensión y sale de la habitación. Al rato vuelve acompañado de Marcel Marceau, que parece ignorar que está muerto. Godard se marcha, Marceau toma asiento y con gestos le indica a Carla Bruni que se siente junto a él. Ella le hace caso, pero comienza a sollozar quedamente, con el rostro oculto entre las manos. Todo ha salido mal, repite. Marcel Marceau le ofrece un pañuelo, ella se tranquiliza un poco, abre el bolso y saca a Sarkozy de él. L'État, c'est moi, dice Sarkozy. Marcel Marceau se encoge de hombros para hacer ver que no entiende qué sucede. La Revolución, contesta Bruni, la gente ha tomado las calles de París, el Elíseo está en manos de la turba, se acabó Francia. Marceau, como mimo genial, adopta expresión de suma tristeza, seguida por una de reflexión y, después, de firme determinación. Su mirada parece decir: Venceremos, pese a todo. Entonces vuelve a entrar Godard, con té y pastas que sirve diligentemente antes de tomar la palabra: Amigos, camaradas, Francia es una idea que no puede ser pervertida por el populacho adocenado por películas burguesas, Francia es la verdad veinticuatro veces por segundo. Rojo, musita Sarkozy, pero necesita toda la ayuda que pueda conseguir, así que aplaude el discurso de Godard. Marcel Marceau, entretanto, hace como que está encerrado en una caja, lo que provoca las risas de Carla Bruni. Una vez relajado el ambiente, es más fácil trazar un plan de acción. Hay que recuperar el control del país, dice Sarkozy, al que Carla Bruni acuna amorosamente. La contrarrevolución la dirigirá Godard, añade, y la protagonizará Marcel Marceau, será una contrarrevolución silenciosa. Silenciosa y televisiva, pues quien controla la televisión controla el país. Yo podría ponerle banda sonora a la contrarrevolución, dice Bruni. Entonces no sería silenciosa, contesta Godard. Carla Bruni hace un mohín de disgusto y mira a Sarkozy, que no tiene más remedio que ceder y para contentar a todos afirma: La contrarrevolución será silenciosa, televisiva y con banda sonora; que no nos importen nuestras contradicciones, pues creemos en ellas más que el enemigo en su coherencia. Sigues siendo el hombre del que me enamoré, suspira Carla Bruni con lágrimas en los ojos. Se besan. Godard empieza a rodarlo todo mentalmente. Marcel Marceau anda hacia la puerta como si se enfrentara a un viento furioso.

lunes, 30 de junio de 2008

Qué raro es todo

Qué raro es todo, pienso de pronto ante un paso de peatones. Si yo quería una vida contigo. Si ni siquiera soy capaz de recordar cómo he llegado a esta situación. Vaya manera de despistarse. Y por seguir con la costumbre, cruzo la calle sin mirar.

domingo, 29 de junio de 2008

Historias de amor

Ella le dijo: "yo te dejaré siempre notas de amor en el bolsillo del abrigo, ya lo verás, lo nuestro será sublime sin interrupción, como le hubiera gustado a Baudelaire". Pasó el tiempo, se casaron. Él solía leer en el metro las notas que ella le escribía. Pero una mañana lo que leyó fue lo siguiente:
Tomates
Azúcar
Mantequilla
Huevos
Leche
Y unos cuantos alimentos más. Él se dijo: un poema dadaísta. Y con un suspiro de sincero enamorado volvió a meter la nota en el bolsillo del abrigo.

sábado, 28 de junio de 2008

Abajo la cultura malagueña

Esto es lo más cerca que estaré de ganar un Oscar o el galardón al actor porno de la década, pienso mientras miro el premio que tengo en la mano, una escultura que claramente es una mierda pinchada en un palo (concretamente, una boñiga). Luego recuerdo que Muhammad Ali tiró una medalla de oro al río Ohio, una medalla de oro, ¿por qué no tendré dignidad? Porque como reclamo de mujeres esto no sirve, está claro, que no se me acerca ninguna, sólo hombres, como el que me ha preguntado hace un rato si soy Guevara y al que he contestado que sí, que el Che Guevara, aunque resulta que me había confundido con otro, que enseguida me pongo a la defensiva, soy terrible. O ese que se sabe mi vida al dedillo, lo que me acojona bastante, sobre todo cuando se niega a decirme quién es. Todo esto es un error, me digo, incluso un fraude. Todas las chicas guapas están ocupadas hablando con otros y yo ni siquiera estoy borracho.

viernes, 27 de junio de 2008

Obsesión

Querida, merodeo por los alrededores de tu vida, pero nunca notas mi presencia. Te observo en el metro, invisible entre el resto de viajeros. En el supermercado, mientras simulo estar haciendo la compra. Todas las mañanas vigilo tu puerta desde el bar que está frente a tu piso; yo hago como que leo el periódico, pero en realidad estoy pendiente de todos los movimientos que se producen en la entrada de tu edificio, esperando a que salgas para seguirte al trabajo, pues te sigo a diario por las calles de esta ciudad tan absurda, también por la tarde, cuando regresas a casa después de una dura jornada laboral. Por las noches hago guardia bajo tu ventana, para que nadie se atreva a turbar tu sueño. No duermo. No como. No lo necesito.

jueves, 26 de junio de 2008

Deus ex machina

-Buenos días, le llamaba para hablarle de una fabulosa lavadora.
-No me interesa, gracias, ya tengo una.
-No cuelgue, no se trata de una lavadora como las demás.
-¿Y qué tiene de especial?
-Nuestra lavadora es la Dios 3000, es el mejor electrodoméstico que existe. Centrifuga como ninguna, crea universos en una semana, el Cielo y la Tierra, el día y la noche. En vez de eliminar el barro de su ropa lo convierte en una pareja de seres humanos. ¿No le parece maravilloso?
-¿Y yo para qué quiero todo eso?
-¿Y para qué queremos ipods? Piense en la envidia de sus vecinos: tendrá usted en la cocina al Creador y éste le lavará calcetines y calzoncillos. ¿No es eso la felicidad? ¿No es eso el paraíso terrenal?
-Bueno, se parece un poco.
-Hablemos entonces de modos de pago.

miércoles, 25 de junio de 2008

Calor

Por el calor, es por el calor que practico nudismo en casa, no por exhibirme ante mi persona, que yo no soy de admirarme desnudo, prefiero admirarlas a ellas, pero el caso es que acabo mirándome y me encuentro una cana en el vello púbico. ¿Pero cómo vas a tener canas ahí?, me digo. ¿Eso no es a los cincuenta años o así? Si tú ni siquiera has cumplido los treinta, aunque poco te falta. Si no tienes canas en la cabeza (bueno, sí, algunas, aunque te empeñes en ignorarlas). ¿Pero lo de acostarte con chicas tan jóvenes no era precisamente para evitar esto? Robarles la juventud por ósmosis, había un principio científico ahí. No, no puede ser una cana, te estás preocupando por nada, hombre, será que te estás volviendo albino. Que ganas premios de literatura joven, que eres todavía un chaval.

martes, 24 de junio de 2008

Ideas revolucionarias y veraniegas

Para acabar con el hambre en el mundo sólo habría que alimentarse de cucarachas, que nunca escasean.

lunes, 23 de junio de 2008

Caos

Hay un impulso destructivo en el hombre. Este impulso se libera con la menor excusa, incluso aprovechando una ocasión alegre, me digo mientras paseo por las calles de esta ciudad arrasada por las victorias futbolísticas.

domingo, 22 de junio de 2008

La dura vida del opositor

Crítica de la razón pura. Crítica de la razón práctica. Estudio los juicios sintéticos, los juicios analíticos, el deber, la buena voluntad. Noto que tengo una erección, aunque no sé por qué. A priori esto que estoy leyendo no parece demasiado excitante, pero a posteriori uno tiene sus dudas, a las pruebas me remito, a las erecciones kantianas. Quizás es porque Kant se llamaba Immanuel, que suena a Emmanuelle y sonrisas verticales. O porque Kant suena parecido a cunt, que es coño en inglés. No sé si me gusta más la crítica de la razón pura o la práctica, las dos tienen su atractivo. La pura es un desafío porque ha de mantenerse casta hasta el matrimonio, la práctica va a lo que va, que para algo es práctica. Pero dejo de pensar estas chorradas y procedo a masturbarme, a ver si puedo concentrarme de una vez.

sábado, 21 de junio de 2008

Llamadas telefónicas

-Hola.
-Hola, P.
-Oye, no puedo dormir. ¿Me cuentas un cuento?
-¿Te has fijado en que "me cuentas un cuento" no nos suena mal? Pero piensa si dijeras "pregúntame una pregunta".
-No sé. Bueno, ¿me lo cuentas?
-Claro, ahí va uno cortito: te quiero.
-Oh, sí, qué gracioso. Me estoy arrepintiendo de haberte llamado.
-Vale, vale. ¿Quieres que te cuente El enebro? Tiene asesinatos y canibalismo, como todo buen cuento infantil.
-Creo que no tengo el cuerpo para eso ahora.
-Te contaré entonces el de Feldespato, el chico de las piedras.
-¿Seguro que es un cuento? Parece una gilipollez de las tuyas.
-Calla y escucha. Feldespato era hijo de geólogos, de ahí su nombre, pues sus padres decidieron que querían mostrar al mundo no sólo el amor que había entre ellos, sino también el que sentían hacia las rocas, amor éste tan profundo como el magma. Feldespato creció sano y fuerte y obsesionado con los adoquines de su calle, ya que había heredado la afición de sus padres, aunque con bastante desacierto, pues llevaba una y otra vez a casa un adoquín y preguntaba: ¿Qué es esto? Un adoquín, Feldespato, le contestaban. A lo que él respondía: ¿Un adoquín o feldespato? Y se reía, que no sé si te he dicho que era un poco idiota.
-A mí lo que me parece idiota es el cuento.
-Si quieres, lo dejo aquí.
-No, venga, sigue.
-Vale. Feldespato siguió creciendo como se empeñan en hacerlo los niños y pronto entró en la adolescencia. Bueno, pronto no entró, entró al mismo tiempo que los chicos de su edad, pero ya me entiendes. Entonces empezó a relacionarse con chicas, que eran más interesantes que las piedras, aunque parecidas en lo que respecta a sentimientos humanos. Las chicas eran espeleólogas, lo comprendió enseguida, pues se interesaban por cuerpos cavernosos, cosa que le hacía muy feliz. Un día conoció a una chica especial, aunque se dice que todas las que nos gustan lo son, pero ésta ciertamente lo era. Era una chica que acababa de llegar al pueblo, se llamaba Antracita, y entre ambos surgió una pasión incontenible, una pasión que los llevaba a estar todo el santo día encamándose, y es que era natural, que los encantos de Antracita eran evidentes con esos escotes y minifaldas y Feldespato no era de piedra, aunque una parte de su anatomía sí lo parecía cuando Antracita estaba cerca. Este desenfreno en sus cuerpos juveniles parecía positivo, sobre todo para coleccionar orgasmos, que también eran más interesantes que las rocas que tanto apasionaban a los padres geólogos de Feldespato, pero resultó que éste enfermó de súbito, tan de súbito que falleció de la noche a la mañana, causando una gran consternación en el pueblo, pues Feldespato era querido por todos como buen personaje singular. La que más lloraba era Antracita, aunque algunas personas insidiosas afirmaban que era porque sabía que después de eso le iba a costar volver a tener novio, que los chicos iban a tener miedo de ella, de su vagina insaciable y mortífera. El pobre Feldespato, como buen difunto, fue sepultado bajo una losa del más fino mármol que se podía encontrar, seleccionado por sus padres. Pero fue justo en el funeral cuando se reveló la verdad de lo acontecido. Los padres de Antracita explicaron que en el pasado habían sido bacteriólogos y que en el transcurso de sus experimentos habían resultado infectados por una rara variedad de bacilo, pero que no desarrollaban la enfermedad. Esto les había sucedido estando la madre de Antracita embarazada, por lo que la chica había nacido portadora. Este bacilo, explicaron, pertenecía a la familia del "Bacillus Anthracis", que causa el carbunco, que suena a carbón pero no lo es, también conocido como ántrax. Era por eso que su hija se llamaba Antraxita, que no Antracita, se trataba todo de un error de pronunciación, un error producto de las diferencias culturales entre el pueblo y la ciudad. Esta explicación, lejos de calmar los ánimos, hizo que los asistentes al funeral reaccionaran con violencia y, a pedradas, mataran a la familia de Antracita-Antraxita, lo que se puede considerar una victoria moral de los geólogos sobre los bacteriólogos. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. ¿Oye, sigues ahí?
No contesta, pero la oigo respirar rítmicamente. Está dormida. No cuelgo y dejo el teléfono junto a la almohada, por si se despierta en mitad de la noche. Al fin y al cabo, la llamada la paga ella.

viernes, 20 de junio de 2008

Vigilia

Es de noche. Verano. Estoy sentado en la terraza contemplando las luces de la ciudad, fumando un cigarrillo imaginario, pues no fumo, pero nos han enseñado que fumar es algo cinematográfico o literario, y a mí me habría gustado llevar una vida literaria, una sin atascos a las tres de la tarde, una en la que las chicas sólo tienen ropa interior excitante (como E), una en la que, en fin, todas las noches son decisivas. Yo esta noche la dedico a fumar cigarrillos imaginarios, como si fuera idiota, que quizás lo sea, y a pensar en literatura y mujeres, como dice M que siempre hago. "Literatura y mujeres, no escribes de otra cosa", me dice. Por seguir con la tradición pienso en un poema de Leonard Cohen que empezaba así: "Me gustaría leer / uno de los poemas / que me arrastraron a la poesía. / No recuerdo ni una sola línea, / ni siquiera sé dónde buscar". Yo tampoco puedo recordar ninguno mío, me digo, pero enseguida tengo que reconocer que es mentira, que recuerdo uno que le escribí a A. Era: "Soy muy injusto contigo. / Siempre te doy / más de lo que mereces". Como poema no era gran cosa, pero como declaración de intenciones estaba bastante bien.
Pienso luego en E y se me ocurre que estoy enamorado de ella, aunque no me guste admitirlo. Y que lo supe incluso antes de despedirme de ella en el andén de la estación. A pesar de todas mis precauciones. Quizás sí tengo algo de kamikaze, pero tal vez no sea tan grave enamorarse. O tal vez sí. En cualquier caso, la vida sería muy aburrida sin todo esto. Además, lo verdaderamente raro, incluso absurdo, sería no estar enamorado de ella, aunque nunca le diré algo así. Tengo ganas de escuchar tu voz, me escribió la última vez, pero me temo que las probabilidades de volver a verla son nulas. Quizás no se puede luchar contra el orden del mundo, tal vez lo único que uno puede hacer es sentarse en la terraza como un idiota y divagar (sí, también como un idiota). Y yo de idiota tengo bastante, al igual que de kamikaze. Pero la vida está para vivirla y otras frases estúpidas como "hay que vivir como se escribe". O quizás era al revés, quizás hay que escribir como se vive. No sé, ahora no me acuerdo, son ya las cinco y media de la mañana.
A estas horas no hay tráfico, pero de vez en cuando aparece en la carretera un coche solitario y me pregunto si su ocupante tendrá pensamientos como los míos. Seguramente no, aunque me gusta pensar que es un insomne que conduce en busca del sueño, como si el sueño fuera una prostituta junto a una farola o algo así. Qué tonterías pienso, yo tendría que estar pensando ahora en algo serio. En unidades didácticas, por ejemplo. En Descartes, Hegel, Kant. Tendría que llamar a E y decirle: mira, ya sé que eres una mocosa, pero estoy enamorado de ti, ¿por qué no haces algo realmente original y te fugas conmigo?
Se está bien aquí, con este silencio, disfrutando de una brisa agradable que viene del mar. Dentro de un rato me iré a la cama, aunque sé que no podré dormir. "¿Sabes?", murmuro como si no estuviera solo, "creo que, aparte de follando contigo, verte dormir es la mejor manera de pasar el insomnio".