domingo, 15 de mayo de 2011

Antes de los blogs

En los servicios del aeropuerto de Málaga leo un mensaje que alguien escribió con rotulador negro en la pared. Por la altura a la que está situado el texto, uno diría que el autor estaba sentado en la taza o bien era un enano. Se queja del amor, que es un engaño. Dice que puso su corazón en una empresa que sólo podía fracasar. Usa otras palabras, pero el mensaje es ése. Qué amargo es el amor, sobre todo cuando uno escribe de él mientras caga en un aeropuerto. Algo así.

sábado, 14 de mayo de 2011

Capítulo 2414

—Yo sólo soy una aventura más para ti. Te marcharás y no volverás, los dos lo sabemos perfectamente.
Cómo decirle que lo que no quiero es marcharme.

viernes, 13 de mayo de 2011

El último poeta búlgaro

Luboslav Petrov se define como el último poeta búlgaro, aunque en realidad sea extremeño. «Pero yo soy búlgaro por vocación», afirma. Y no cualquier búlgaro, sino búlgaro de finales de los ochenta y principios de los noventa: con mullet y bigote. Los motivos de esta identidad son también un enigma para él, enigma que intenta resolver en su poesía, pues ya en su primer poemario, Por qué soy búlgaro (Ediciones Guacamole, 2001), se preguntaba por la Bulgaria interior. Su nuevo poemario se llama La soledad es un perro solitario y es la lucha de un hombre por entender un mundo absurdo o viceversa. El autor habla de la insondable angustia de la soledad del outsider en versos como «Hay té / en la alacena / y un cuerpo / en el sofá». Porque no hay salida a todo esto, defiende apasionadamente Petrov cuando dice: «La soledad es un perro solitario / que ladra a un árbol / que no le responde / y se queda quieto / como un árbol». Ya en las mejores librerías.

jueves, 12 de mayo de 2011

El perro

Pasamos por delante de un perro que nos ladra con desgana, como obligado por las circunstancias. Como si no estuviera convencido del todo de esta parte de ser perro. Parafraseando a Lenin: Ladrar, ¿para qué? Es un perro filósofo, un perro que duda y que si ladra es porque quizá el amo esté vigilando que lleve a cabo su labor, aunque esta labor sea, es evidente, una pérdida de tiempo.

miércoles, 11 de mayo de 2011

El subsuelo literario (2)

Y el momento de sentirse Fonollosa, de pensar que uno tendría que estar en los anaqueles de las librerías y no paseando por la ciudad con las manos en los bolsillos y la mirada perdida.

martes, 10 de mayo de 2011

El subsuelo literario

—Nos interesa publicar su obra: Las marasmas cotidianas.
—Los marasmos. «Marasmas» ni siquiera es una palabra.
—Ah, sí. Es que estoy distraído.
—No sé, me parece raro que un editor se invente palabras.
—Un lapsus de nada. Como le decía, lo importante es que su novela puede tener éxito.
—Pero si son relatos.
—Bueno, bueno, ya sabe, los géneros literarios son una cosa un tanto difusa en estos tiempos. No nos encorsetemos.
—De acuerdo, no quiero ser un autor tiquismiquis. Lo importante es que quieren ustedes publicarme.
—Así es. Usted sólo tendría que aportar cinco mil euros.
—¿Cómo dice?
—Cinco mil. Euros.
—¿Pero qué sentido tiene eso?
—Entiéndalo: es usted un autor desconocido, no podemos arriesgar nuestro dinero. Ahora, si usted financia la obra...
—¿Pero cinco mil euros?
—Así es. ¿Es mucho?
—No tengo ese dinero.
—¿En serio?
—Soy escritor; todo el mundo sabe que los escritores somos pobres. Y más si somos secretos.
—Pero es una inversión. Hay que apostar para ganar.
—¿Y por qué no apuestan ustedes?
—La crisis, la situación económica actual...
—¿Y eso no me afecta a mí?
—Tal vez, pero usted es un autor desconocido, no una empresa seria y respetable como nosotros.

lunes, 9 de mayo de 2011

De lo que no se puede hablar es mejor callar

Amanece en un parque de Francia (en París, que es la única Francia que conoce el público). Un espléndido sol pintado brilla en el decorado. Hay un señor con sombrero de copa en un banco. A pesar del sombrero de copa, no es un millonario, sino un VAGABUNDO. Entra una chica: es CHARLOTTE.
CHARLOTTE: Perdone que le interrumpa la borrachera, pero está sentado en mi banco.
VAGABUNDO: No estoy borracho.
CHARLOTTE: Como quiera. Pero es mi banco.
VAGABUNDO: No, señorita. Los bancos no son de propiedad privada.
CHARLOTTE: Qué poco sabe usted de economía; no me extraña que sea vagabundo.
VAGABUNDO: Ah, no. Yo soy vagabundo por tradición familiar.
CHARLOTTE: ¿Y cómo es eso? ¿Toda su familia es vagabunda?
VAGABUNDO: No exactamente, pero ser vagabundo es una forma de desaire a la sociedad, que es tradición en mi familia. Mi padre era verdugo, que siempre está mal visto. Todo el día matando gente y no por gusto. Porque un asesino lo hace por romanticismo. Un verdugo no es más que un artesano de la muerte, mientras que un asesino es un artista. Por eso el verdugo es un incomprendido.
CHARLOTTE: No creo que sea sólo por eso.
VAGABUNDO: No, pero influye. Es algo que está ahí, en la mente, aunque no se exprese en voz alta.
CHARLOTTE: «De lo que no se puede hablar es mejor callar».
VAGABUNDO: Vaya perogrullada.
CHARLOTTE: Oiga, que es de Wittgenstein.
VAGABUNDO: ¿Así se llama usted?
CHARLOTTE: No, yo me llamo Charlotte.
VAGABUNDO: Como Chaplin.
CHARLOTTE: Casi.
VAGABUNDO: Chaplin también era vagabundo, ¿sabe?
CHARLOTTE: Sólo en las películas.
VAGABUNDO: Es verdad, qué injusticia. A mí también me gustaría ser vagabundo sólo en las películas, pero ya ve: tengo que serlo las veinticuatro horas del día.
CHARLOTTE: A mí también me gustaría que fuera vagabundo sólo en las películas. Así estaría en la pantalla en vez de en mi banco.
VAGABUNDO: Le repito que el banco no es suyo.
CHARLOTTE: Puede que no, pero tiene un inestimable valor sentimental para mí.
VAGABUNDO: ¿Y eso por qué?
CHARLOTTE: En él me enamoré.
VAGABUNDO: ¿De quién?
CHARLOTTE: De un hombre.
VAGABUNDO: ¿Y qué ocurrió?
CHARLOTTE: Pues que se me pasó el enamoramiento al levantarme del banco y marcharme a casa.
VAGABUNDO: Eso que me cuenta es muy raro.
CHARLOTTE: Lo sé, pero es la verdad. Así que a veces vuelvo al banco, a ver si siento amor de nuevo. Pero no.
VAGABUNDO: ¿No?
CHARLOTTE: No. A lo sumo, siento cierta incomodidad, sobre todo cuando llevo mucho tiempo sentada. La verdad es que es un banco bastante duro.
VAGABUNDO: Dígamelo a mí, que tengo que dormir en él.
CHARLOTTE: ¿Y nunca ha sentido usted amor en él?
VAGABUNDO: Alguna vez me he excitado, pero porque paseaba por el parque alguna mujer bonita.
CHARLOTTE: No sea guarro. A ver, déjeme sitio.
VAGABUNDO: Sí, perdone.
CHARLOTTE: Nada, no siento amor.
VAGABUNDO: Yo tengo algo de hambre.
CHARLOTTE: Pues yo también, pero no es lo mismo.
VAGABUNDO: A veces se parece.
CHARLOTTE: Sí. Pero sólo a veces.

domingo, 8 de mayo de 2011

De tu voz de niña y otras heridas

Qué mentiroso eres, me dice ella. ¿Por qué, cuándo te he mentido?, le pregunto yo. Y me contesta: ahora, cuando has dicho que estás muerto por dentro. Y no sé qué contestarle. Porque tengo que callarme que su dulzura puede más que yo. «De tu voz de niña y otras heridas», le he escrito antes en un billete de autobús, como recuerdo. Porque me está matando tener que irme, pero también me callo esto.

jueves, 5 de mayo de 2011

Olvidarte me ha costado la vida

«Olvidarte me ha costado la vida», le escribe a la chica, pero de pronto se lo piensa: ¿Es esto cierto? La verdad es que todavía respira; si no fuera así, no podría estar escribiendo esta carta. Pero es que no lo dice de forma literal, se justifica: es una forma de hablar, quizá algo exagerada. Lo cierto es que antes, cuando no podía olvidarla, sí que no tenía vida. Aquello era un suplicio insufrible. Por eso se dijo entonces: o la olvido o me muero. Y no puede ser que le haya costado la vida igualmente, si la idea era olvidarla para seguir viviendo. Hay que ser coherente. Además, ¿cómo puede decir que la ha olvidado cuando se ha sentado ahora a escribirle una carta? Así que coge la carta y la tira a la papelera, sintiendo que la vida le ha costado la cordura. O la locura le ha costado la vida. O vaya usted a saber.

miércoles, 4 de mayo de 2011

La ciudad

Me cuenta un amigo que será muy raro cuando vuelva a la ciudad en la que vivió tantas cosas con su ahora ex novia. Ya no será la misma ciudad, dice. Yo le contesto que eso es porque toda ciudad tiene dos realidades: la física y la sentimental. Y a esa ciudad de tu pasado ya no podrás volver, le digo. Será ahora una ciudad ajena, una ciudad nueva, aunque en alguna calle pueda asaltarte un déjà vu. Nada más que recuerdos fantasmales en una ciudad de otros. De todos modos, tú tampoco eres ya aquel del pasado.

martes, 3 de mayo de 2011

Fantasmas de los bichos

Me cuenta que no puede dormir, que se levanta de la cama y va al cuarto de baño (no dice para qué, pero imagino que para mear, no para mirarse en el espejo como una coqueta y reconocerse en el reflejo). Allí ve un bicho, un bicho que corre, como si llegara tarde a algún sitio, aunque no lleva reloj (y es que esto sólo lo hacen los conejos). Ella ante esto reacciona con decisión: tiene que matar al bicho. Porque es muy feo y la vida va a tratarlo muy mal. Es un acto de caridad, es por su bien. Eutanasia, casi. Aunque no le pregunta al bicho su opinión y decide ejecutarlo sin un juicio justo, pero también es cierto que no son horas para mantener conversaciones con insectos y no digamos ya celebrar juicios (¿dónde iba a encontrar un abogado competente?). Así que coge papel higiénico, que tampoco es cuestión de mancharse, y lo aplasta de forma expeditiva, inmisericorde. Tanto, que parece que lo ha desintegrado, pues al querer regodearse con la visión del cadáver descubre con sorpresa que no hay nada. Como si el bicho sólo hubiera existido en su imaginación o, peor aún, fuera el fantasma de un bicho que mató en el pasado y se presentara ahora para atormentarla. Pero esto no tiene sentido alguno. Si fuera el fantasma de un mamífero, sería otra cosa. El fantasma de un perro, por ejemplo. O incluso de un ratón. ¿Pero dónde se han visto fantasmas de insectos? Interrumpe sus pensamientos el bicho, que vuelve a aparecer. Le ha gustado y quiere repetir, piensa ella. Ha resucitado para morir de nuevo. Y esta vez no falla, que en el papel higiénico queda la prueba del delito. Pero sólo brevemente, pues ella comete un error: tira el papel al retrete. Como si ignorara algo que te enseñan en primero de Derecho: si no hay cuerpo, no hay asesinato. Y es cuando le digo esto que le entran las dudas. Tenía que haber pedido la autopsia, se lamenta. Porque esto es terrible: si no hay asesinato, quiere decir que no ha muerto. Metafísicamente es posible, sí, le digo yo.

lunes, 2 de mayo de 2011

El Caribe

La primera noche fuimos a cenar al bar Caribe, que estaba cerca de su piso. Cuando llegamos parecía que estaba cerrado, pues estaba a oscuras. Resultó que estaba abierto, pero había un problema con el suministro eléctrico, así que cenamos a la luz de las velas, circunstancia que aprovechó ella para subrayar que la primera noche era romántica y que era mérito suyo. Esto fue en invierno. Pasaron los meses y seguíamos prometiéndonos volver a vernos, aunque yo había dejado de creer en ello. Una noche me dijo: en el Caribe han sacado ya las mesas a la calle. Qué pena, ya no pasaremos frío en el Caribe, contesté yo. Bueno, pues pasaremos calor, respondió ella. Y jugábamos con esa ambigüedad, pero, en cualquier caso, el Caribe quedaba muy lejos de nosotros.

domingo, 1 de mayo de 2011

El exilio

Lejos de ella, entiende perfectamente que «errar» signifique tanto vagar como equivocarse.

sábado, 30 de abril de 2011

Beirut en primavera

Porque lo nuestro se parece a Stalingrado, le dice él, pero ella le rectifica, le dice que eso es falso y, además, muy típico: Stalingrado, Vietnam, Auschwitz, siempre lo mismo. No, es como Beirut en primavera, aunque es consciente de que ya no hay guerra en el Líbano. Flores entre los escombros, asegura con determinación. Y él no discute, porque uno siempre vuelve a ser quien era, a la primera oportunidad. Porque el amor no es más que pensamiento mágico, y es tan fácil creer contra toda evidencia si uno encuentra el estímulo adecuado.

viernes, 29 de abril de 2011

Los dos cafés en la estación de autobuses

Es uno de esos detalles que no se olvidan. Los dos cafés en la estación de autobuses. Porque el camarero tardaba y cuando llegó con ellos ya no quedaba casi nada para que saliera mi autobús. Y ella dijo: no importa, me tomo yo los dos. Y yo quería decir algo significativo para despedirme —aunque entonces no sabía que era la última vez que la vería—, pero ella no me dejó, se adelantó a mi intento y me dijo que me marchara ya, rápido, que se le daban fatal las despedidas. Y prácticamente me empujó hacia el autobús mientras repetía que me diera prisa, que lo iba a perder. Y así no dije nada y la dejé allí con sus dos cafés.

jueves, 28 de abril de 2011

La mente

Cuando llega a casa, descubre que no lleva encima el cuaderno en el que apunta las ideas. Se palpa cuidadosamente por todo el cuerpo, como si el cuaderno hubiera podido desplazarse desde el bolsillo de la chaqueta hasta algún lugar indeterminado de su anatomía, pero es inútil: no lo tiene. Lo ha perdido. Peor aún: se lo han robado. ¿Porque de qué manera podría haberlo perdido? No lo ha sacado en ningún momento del bolsillo, puesto que hoy no se le ha ocurrido nada que apuntar (hoy apenas ha pensado, podría decir). Así que se lo ha robado alguien, alguien que ha pensado que era la cartera y que en lugar de un botín económico se ha llevado lo más valioso que tenía: sus pensamientos. Un completo desconocido tiene acceso a sus reflexiones más íntimas, a sus ideas sobre esto y aquello. Un desconocido que quizá ahora mismo le lee la mente en el metro o en el autobús. «Alguien va por ahí con mis pensamientos», murmura. «Y con mi novia, que siempre está en ellos», añade en un acceso de celos bastante absurdo.

miércoles, 27 de abril de 2011

La paz

Volvió la paz al país, para felicidad de todos (excepto fabricantes de armas y futuristas). Altavoz fue por fin licenciado y con gran alegría regresó a casa, donde descubrió que Ernestina, su amante desde tiempos remotos, se había casado con un importador ruso y había concebido hijos y planes con él. Este hecho, admisible sólo para simpatizantes del ruso y Ernestina, azoró grandemente a Altavoz, que le echó en cara a la traidora su falta de fe, porque ella aducía que le creía muerto o proyecto de muerto (cosa que por cierto había repetido siempre el capellán de la compañía a todos los soldados). «¡Desgraciada, cómo te has atrevido a gestar los hijos de otro!», le espetó Altavoz entre los berreos de los infantes que abarrotaban la habitación. «No sólo gesto sus hijos, también gestiono su fortuna, entiéndeme», replicó ella. El ruso intervino entonces para decir algo que ninguno de los dos entendió, pues no hablaban su idioma, pero Altavoz, hombre orgulloso, le golpeó en la rótula por si acaso se trataba de un insulto, ya que no podía permitir que el honor de un valiente soldado fuera mancillado.
«¡Qué infortunio!», se dijo mientras salía de casa de su traicionera amante. «¿Ésta es mi recompensa a los sacrificios que he arrostrado por la patria? ¿Y ahora qué? Sólo se me dan bien el amor y la guerra, y ahora reinan el desamor y la paz». Meditando todo esto entró en un burdel en el que ya le conocían y que hacía descuentos a los héroes, pero sólo durante la primera semana de paz. Allí pasó una velada de ensueño con dos hermanas hispano-suizas, como la marca de automóviles, con las que practicó diversos acoplamientos sexuales con gran aprovechamiento.
A la mañana siguiente era de día, lo cual le pareció un excelente presagio. Se dirigió a casa de su buen amigo Clochard, que no había servido en el ejército debido a que era tartamudo. Clochard le abrió la puerta en pijama, puesto que le gustaba dormir hasta tarde, ya que no tenía que trabajar porque la pensión que recibía del gobierno por su invalidez era generosa.
—¡Mi buen Clochard! —dijo Altavoz abrazando a su sorprendido amigo—. Y, dime, ¿no tienes algo de vino?
Antes de que su amigo respondiera —lo que les podría llevar toda la tarde—, fue él mismo a la alacena, de la cual sacó una botella de buen burdeos que sirvió en dos vasos, pues decidió que era descortés beber en soledad el vino del anfitrión. Clochard, cariacontecido, se sentó a la mesa frente al inesperado invitado y empezó a trasegar el vino en pequeños sorbos. Altavoz, más desmedido, bebía como un cosaco y relataba sus hazañas guerreras, de las que se han escrito muchos cuentos y varias canciones francesas.
Una vez convenientemente borracho, Clochard podía hablar con normalidad, pues el alcohol le soltaba la lengua, aspecto que ocultó cuando lo llamaron a filas, aunque no por cobardía como se podría pensar, sino porque el honor militar exige que los soldados permanezcan sobrios en batalla (podría haber servido en la marina, pero no sabía nadar). Informó a Altavoz de las últimas novedades en moda urbana y, más importante aún, de que esa misma noche el conde Vantard organizaba un baile en su palacete para celebrar la llegada de la paz, «la más hermosa de las damiselas, por eso tan frecuentemente es vejada», en palabras del propio conde.
«¡La historia exige que asistamos!», exclamó Altavoz levantándose de un salto, cosa que es mejor no hacer cuando se está borracho, como rápidamente comprendió al desplomarse sobre la silla y destrozarla con su caída. Clochard, más prudente, evidenció su acuerdo limitándose a asentir, que las sillas estaban muy caras en esa época del año.
Salieron de casa al atardecer. Habían pensado coger el coche, pero pesaba demasiado para dos personas, así que finalmente decidieron ir a pie. Era una hermosa tarde de aires venecianos, pero sin canales, aunque con algún gondolero que otro en los arcenes de la carretera. Cuando llegaron al palacete del conde Vantard, profusamente decorado con motivos ferroviarios, se presentaron como «Benvenuti y señora», que Clochard con su bigote bien podía pasar por italiana. Benvenuti era el nombre del embajador italiano y se daba la circunstancia de que había fallecido el día anterior, pero al mayordomo le pareció indecoroso decirle al invitado que estaba muerto —al fin y al cabo, ésa es una tarea de la familia o los médicos—, así que los dejó pasar.
Bailaban las más hermosas damas del país en el gran salón de actos del conde Vantard. Bailaban al ritmo del vals de moda con la esperanza de cazar marido o amante de fortuna considerable. Los caballeros vestían sus mejores galas y parecían prestarse a esto que pretendían las damas, pero en secreto rumiaban la manera de acostarse con tan bellas señoritas sin comprometer en nada su situación económica o su estado civil. Era como la guerra, se dijo Altavoz, que aunque era pobre también quería descargar su fusil aquella noche en alguna trinchera. Se ajustó el monóculo, por tener un aspecto más distinguido y adinerado, y se acercó a su primer objetivo: una preciosa princesa eslava de rizos dorados que sujetaba con candor y donaire una copa de champán.
—Buenas noches, señorita. Permítame que me presente: soy Claudio Benvenuti, del Piamonte.
—¿Benvenuti? ¿Pero no había muerto?
—Me encuentro mucho mejor. Dígame, ¿no será usted por un casual la zarevna?
—Ya me gustaría, no paso de baronesa búlgara. Bueno, el barón es mi padre, pero algún día heredaré yo el título.
—Mejor, así no podrá decir que mi amor no es puro. Pues me he enamorado perdidamente de usted en el instante en que me golpeó con sus larguísimas pestañas.
—Es usted un adulador, seguro que tiene ensayada esa frase.
—Por supuesto que no, estoy en contra de Stanislavski, incluso he financiado un par de atentados contra él. Mi cortejo es del todo improvisado y, por lo tanto, sincero.
—Tendría usted que darme una estimación de su fortuna, no estoy segura de amarle todavía.
—Mi fortuna es inconmensurable, querida mía. Ahora, ¿qué le parece si nos retiramos a una habitación y contemplamos los tapices?
—Estaré encantada de hacerlo.
Entretanto, Clochard se debatía con viejos nobles polacos que encontraban irresistibles sus encantos impostados de madura italiana. «No, gracias», decía mientras se sacaba la enésima mano decrépita del escote, «estoy de luto, comprendan mi situación». «¿Y si cambiamos de situación y buscamos una más propicia, como la alcoba?», replicó un nonagenario antes de que se le cayera al suelo la dentadura, rompiéndose con gran estrépito. Entonces la Gran Duquesa de Oriente gritó «¡mis perlas!» y varios caballeros empezaron a recoger los dientes, dándoselos después a la Gran Duquesa, que los engarzó en una cadena que enseguida se puso al cuello. El nonagenario no dijo nada (su título era menor). Este revuelo lo aprovechó Clochard para salir subrepticiamente de la sala.
Altavoz, en el papel de Benvenuti, disfrutaba nuevamente de los placeres de la carne con el mismo arrojo que mostraba en el campo de batalla. La joven baronesa, que también era experta en estas lides, deleitó a nuestro héroe con algunas artimañas bien pagadas en ciertos prostíbulos asiáticos. Finalizado el acto amoroso, los contendientes comentaban la jugada cuando, sin anunciarse, entró en el cuarto el prometido de la joven búlgara, porque prometida estaba, aunque no lo había mencionado en ningún momento. El prometido no era otro que el conde Vantard, lo que era todavía peor, ya que el acto de Altavoz iba contra todas las normas de hospitalidad, excepto, quizás, las esquimales.
—¡Pero qué es esto! —gritó el conde—. Mi amada en brazos de otro. ¡En brazos de Benvenuti, nada menos! ¡Me engañas con un cadáver aprovechando la celebración de la paz! ¡Qué felonía, qué ultraje! ¿Es que no respetas nada, Katerina?
—Cariño, no es lo que parece. El embajador me estaba ayudando con el vestido, que se había atascado un broche.
—Claro, y eso requería desnudarse en la cama, ¿verdad? Y fornicar, porque eso es lo que habéis hecho, se escuchaban vuestros gritos infames sobre la música.
—He sido débil, Benvenuti me ha engañado —exclamó Katerina arrojándose a los pies del conde, espléndida en su desnudez—. Castígame, me lo merezco, azótame con la fusta en las nalgas. Soy sólo tuya.
El conde vaciló, ya que era un hombre y por tanto presa fácil para una mujer hermosa.
—Te perdono, querida, y te daré el castigo que mereces y que tanto te gusta. Pero esta ignominia hay que lavarla con sangre. Y puesto que Benvenuti se ha aprovechado de tu inocencia y de mi amabilidad, justo es que me dé la satisfacción de batirnos en duelo. Y más justo aún será que muera —otra vez— por mi mano.
Altavoz no dijo nada, pues consideró que desnudo no hay quien lo tome en serio a uno y, además, explicar que no era el difunto Benvenuti, sino un soldado recién licenciado, sólo podía empeorarlo todo más. Y como buen caballero no iba a acusar a la joven Katerina de haberle engañado con malas artes, puesto que él tampoco había sido el paradigma de la sinceridad (aunque ciertamente su fortuna era inconmensurable, que no se puede medir lo que no existe).
Se decidió que el duelo se celebraría, si es que los duelos son algo que puedan celebrarse, el primer día de primavera, para simbolizar el renacer de la vida (la del superviviente). Se mandaron telegramas a lo largo y ancho de Europa para que asistieran las más importantes personalidades, agotándose enseguida las entradas, que alcanzaron un precio altísimo en la reventa.
Altavoz se levantó de la cama el día de autos como si fuera un día cualquiera. No tenía miedo, se había enfrentado a cosas peores. Como aquella vez en la que, armándose de valor (y de granadas de mano, por si el valor no era suficiente), tomó sin ayuda de nadie un nido de ametralladoras, hazaña por la que fue condecorado, pues el Alto Mando sabe que las ametralladoras son muy agresivas cuando están anidando y cuidando a los polluelos. Se afeitó tranquilamente mientras aguardaban en otra habitación sus padrinos, que eran Clochard y una de las prostitutas hispano-suizas, como la marca de automóviles, que para amenizar la espera se dedicaba a comprobar el aguante de Clochard en el terreno sexual.
Llegaron poco antes del mediodía. La multitud se agolpaba en los graderíos levantados para la ocasión y una gran cantidad de vendedores ambulantes intentaba colocar sus productos a los turistas. Familias enteras habían decidido pasar el día en el campo y disfrutar de la naturaleza y los duelos a muerte. Con pompa y boato llegó entonces el conde Vantard, acompañado de Katerina —que rehuía la mirada de Altavoz—, sus padrinos, músicos y simpatizantes.
Altavoz y Vantard se saludaron fríamente, cogieron las pistolas y se colocaron espalda contra espalda en el punto designado para que comenzara el duelo. El público rugió de emoción, algunas mujeres se desmayaron. Los duelistas dieron sólo diez pasos, que era lo acordado, giraron sobre sí mismos y dispararon. Las pistolas eran Smith & Wesson, que en su publicidad de aquellos años decía: «nuestras balas son infalibles, sólo fallaría una entre un millón». Resultó que la bala del conde Vantard era una entre un millón y la pistola le explotó en la mano, seguida por la cabeza, que también le estalló al penetrar en ella la bala que había disparado Altavoz, que era un proyectil vulgar. El verde de la hierba se tiñó del rojo de la sangre y la gente prorrumpió en aplausos. Katerina, emocionada, corrió hacia Altavoz y, levantándose la falda, le ofreció sus nalgas desnudas. «Son tuyas, Benvenuti», le dijo. Altavoz alargó la mano y acarició la cálida y tentadora piel.

martes, 26 de abril de 2011

Historiadores de lo posible

Somos una nación joven, sin historia, pues no hace ni veinte años que por fin alcanzamos la independencia. Es por este motivo que se creó la Academia de la Historia Ucrónica: para investigar los acontecimientos que pudieron haber ocurrido, para tapar ese vacío, para ocupar ese lugar en la historia universal que nos fue negado por unas circunstancias adversas. Desarrollar cuál habría sido nuestro papel en la Guerra de los Treinta Años, por ejemplo. El colonialismo. La Primera Guerra Mundial. Inventar movimientos fascistas propios. Quiénes habrían sido nuestros presidentes a lo largo de los años; nuestros generales en las guerras. Hay tantas posibilidades. Todo lo que pudo haber sido, pero no fue.

lunes, 25 de abril de 2011

El miedo

—Me da miedo la gente.
—¿Por qué?
—Son seres extraños.
—¿A qué te refieres?
—No les conozco, no sé quiénes son.
—¿Y? ¿Significa eso que sean malos?
—A mí de pequeña me dijeron que no confiara en los desconocidos.
—Pero no hasta ese extremo.
—Yo creo que nunca se es lo bastante cuidadosa. Mejor prevenir que curar.
—Así que no sales a la calle.
—Sí que salgo, pero de madrugada, cuando están las calles vacías.
—Muy sano, sí.
—Y seguro.

domingo, 24 de abril de 2011

La dismnesia

Porque yo necesito algo eterno. Porque no confío en mis recuerdos. Porque siempre me pierdo en mis recuerdos. Porque no hay fin en mis recuerdos. Porque no hay significado en mis recuerdos. Porque estoy solo en mis recuerdos. Porque estoy sólo en mis recuerdos.

sábado, 23 de abril de 2011

Las ocasiones perdidas

Uno al final piensa que las ocasiones perdidas habrían conducido a una vida mejor que la que se tuvo en realidad, pero esto es así sólo porque la imaginación siempre deja en mal lugar a la vida.

viernes, 22 de abril de 2011

Los suelos

A las seis de la mañana, apurando el paso por las calles de Málaga. Con cuidado, que está el suelo mojado de la lluvia y puede uno resbalar. Y me acuerdo de pronto de Susana y sus críticas a los suelos de esta ciudad. Que quién ha puesto estas baldosas, decía. Que si no se mata la gente aquí cuando llueve, preguntaba. Y yo le decía que era una quejica y que nadie se fija en esas cosas.

jueves, 21 de abril de 2011

El insomnio sempiterno

Hace tiempo que es imposible dormir y parece que el tiempo se detiene. Como si la vida se estancara en el insomnio. Y la noche parece eterna, pero es un espejismo. De tanto andar en la vigilia, al final te encuentras el amanecer de frente. Y no has dormido. Pero entonces ya no importa, decides dejarlo para la noche siguiente, aunque sabes que será como la anterior. Como si todas las noches fueran la misma.

miércoles, 20 de abril de 2011

El Ministerio de la Realidad

El Ministerio de la Realidad está emplazado en un edificio existente, pues de lo contrario la oposición podría alegar que el Gobierno no es serio. En el Ministerio se encargan básicamente de problemas tridimensionales, aunque sin despreciar la cuarta dimensión en la que todos viajamos hacia el futuro (la oposición dice que de forma muy lenta). Últimamente se ha publicado en ciertos medios que algunos funcionarios se mueven por el hiperespacio, pero no es verdad: todo el mundo sabe que los funcionarios no destacan por su velocidad.

martes, 19 de abril de 2011

La ficción correcta

Las películas del Holocausto no son respetuosas con el dolor de las víctimas, decían ciertas asociaciones que pretendían que la industria del cine se autocensurase. «¿Qué es eso de sacar beneficio económico con el dolor de las víctimas?», decían, «es inmoral». Tanto presionaron que al final se salieron con la suya, pero no se detuvieron allí. Las películas bélicas también explotaban el dolor y el sufrimiento. Igual que las películas de catástrofes. Como también lo hacían las películas en las que moría alguien, pues quién no ha perdido un familiar o conocido. No, el cine no podía lucrarse con los traumas de la gente. El cine lo que tenía que hacer era trasladarnos a un mundo de fantasía donde todo era maravilloso y nada podía salir mal. Un mundo de celuloide libre de dolor. El paraíso a veinticuatro fotogramas por segundo. Y en 3D en algunas salas.

lunes, 18 de abril de 2011

El desatino manifiesto

Porque yo necesito romper la baraja. Porque no soporto este marasmo cotidiano, esta lentitud desesperante, el aburrimiento de todo esto. Prefiero quemar las naves (aunque realmente no hubiera naves). Porque nadie se despide mejor que yo. Porque no hay calma en este punto en medio de la nada. Y no sé qué solución hay. Si hubiera una forma de combinar vida y locura. Pero no puede ser, es una u otra.

domingo, 17 de abril de 2011

El destino manifiesto

No hay que fiarse de los impulsos, sobre todo cuando toda pulsión erótica esconde una pulsión de muerte. Claro que la gente normal no tiene este problema. Las personas normales no tienen que contenerse, ya vienen civilizados de casa. Yo en cambio estoy majareta y tengo que pararme a analizar si lo que quiero hacer va a alguna parte o es ese instinto suicida animándome de nuevo.

sábado, 16 de abril de 2011

La vida es ese ruido de fondo

La vida es ese ruido de fondo, le escribe a una chica, pero luego no se lo manda. Y no se lo manda porque estas cosas ella no las entiende ni las necesita. Es un problema esta imposibilidad de comunicación, piensa. Aunque todo esto es en realidad una excusa. Si no se lo manda es porque teme que le conteste: no, ese ruido de fondo eres tú.

viernes, 15 de abril de 2011

El juego romántico

Ella: Siempre pienso en ti cuando estoy triste.
Él: Me gustaría más que te acordaras de mí cuando estés cachonda.

jueves, 14 de abril de 2011

Y el sueño irrecuperable

Porque yo ya no me creo nada de esto, pero es lo que se me da mejor. La tragedia cotidiana. El desastre como excusa (o una excusa para el desastre). El apocalipsis sostenible. Porque la vida tenía que haber sido contigo.

miércoles, 13 de abril de 2011

Te quiero

—Te quie...
—No, no lo digas.
—¿Por qué no?
—Porque hay cosas que es mejor no decirlas.
—Ni que fuera un conjuro de magia negra.
—Ciertas frases sólo sirven para arrepentirse después. Un «te quiero» es una declaración de intenciones, no es algo baladí. Es una forma de estar en el mundo.
—Precisamente. Si es lo que siento...
—No es cuestión sólo de sentirlo. Es un compromiso que adquieres con el universo. ¿Y si mañana no me quieres? ¿De qué valdría entonces haberlo dicho? No, hay que ser fiel a la palabra dada. Si no puedes, entonces es mejor que calles.
—Pero si vosotras os desdecís continuamente.
—¿Cómo que «vosotras»?
—Ya sabes: las mujeres.
—¿Qué? Eres un machista.
—No lo soy. Además, te quiero.
—Vete a la mierda.

martes, 12 de abril de 2011

Del correcto erotismo

—Yo siempre me compro bragas de niña, ¿no te gustan? ¿No te parecen eróticas?
—Mira, si quisiera follarme niñas, iría a Tailandia.

lunes, 11 de abril de 2011

Los mensajes intempestivos

No, no es que vaya a empezar de nuevo a perseguirte, es sólo que me dejé algunas cosas en el tintero.

domingo, 10 de abril de 2011

Tareas pendientes

Aprender a decir «qué bonito» sin que parezca sarcástico.

sábado, 9 de abril de 2011

Mala praxis

—Usted dirá —dice el psiquiatra.
—Verá, mi problema es que soy el diablo.
—¿Sí? ¿Por qué se considera mala persona?
—No, quiero decir que soy el diablo, literalmente. Satanás en carne y hueso.
—Entiendo —anota algo en su cuaderno—; ¿desde hace mucho?
—Llevo toda la eternidad siéndolo.
—Eso es mucho tiempo, yo todavía no había abierto mi consulta.
—Creo que no me está tomando en serio usted. No es que me crea el diablo, sino que lo soy. Es algo que me causa muchos problemas en mi vida diaria.
—Seguro que no resulta sencillo ser el Príncipe de las Tinieblas —dice el psiquiatra.
—Se burla usted de mí.
—Perdone, no era mi intención. Continúe. ¿Entonces siempre ha sabido que era el diablo?
—Desde pequeño. Mi madre me lo decía a menudo: «este niño parece el mismo demonio». Era sólo una forma de hablar, claro, pero había dado en el clavo. Aunque por suerte para ella, murió sin saber la verdad, sólo llegó a sospecharlo.
—Todos hemos sido rebeldes de niños, eso no nos convierte en seres demoníacos. ¿Se culpa por la muerte de su madre?
—Es que fue culpa mía.
—No sea tan duro con usted. ¿De qué murió?
—La empujé por las escaleras.
—Ah. ¿Por qué motivo?
—Para matarla.
—Pero habría algún motivo para ello, no la mataría sin más, ¿no? —insiste el psiquiatra.
—No sé qué decirle, piense que soy el mal encarnado.
—Eso sólo es una forma de justificar sus actos.
—¿Cómo dice?
—Es muy sencillo. Usted dice ser el diablo y así tiene patente de corso para actuar como le venga en gana. Es una forma de situarse por encima de toda norma moral.
—No estoy de acuerdo. Según lo veo yo, tengo que ser fiel a mi naturaleza. Además, ¿qué pasa con mi reputación?
—¿Se siente presionado socialmente?
—No exactamente. Más bien es el juicio histórico lo que me preocupa. El diablo no puede ablandarse, ¿comprende? Sería perder.
—Entiendo. Volviendo a su madre: la mató por pura maldad, ¿no es eso?
—Vi la oportunidad y la aproveché. ¿No recogería usted del suelo un billete de quinientos euros? Digamos que yo vi un billete de iniquidad.
—¿Y no tuvo problemas con la policía? ¿No descubrieron su crimen?
—No. Mentí, que es otra maldad.
—No siempre. A veces mentimos para no hacer daño, para proteger a una persona querida —matiza el psiquiatra.
—Pues entonces quizá hice el bien, que mentí para no hacerme daño, para protegerme.
—No es lo mismo y lo sabe. Pero no nos desviemos del tema: entonces la policía creyó que su madre había tenido un accidente, ¿verdad?
—No exactamente. Acusé a mi padre del crimen.
—Otra maldad, claro.
—Sí, pero poco original, ¿no le parece? Admito que ahí estuve un tanto vulgar, pero tengo que decir en mi defensa que era muy joven.
—Pensaba que llevaba toda la eternidad siendo el diablo —aduce el doctor.
—Sí, es cierto, pero yo entonces estaba recordando ser quien soy. No es fácil, se lo aseguro. Uno se levanta a veces de la cama sabiéndose Satanás pero sin tener muy claro cómo proceder ese día. Es especialmente difícil para un niño. ¿A quién le pides consejo? No vas a decirle a tu padre que eres el diablo, no lo comprendería. Te mandaría a un internado o algo así, para quitarte esas ideas satánicas a base de disciplina.
—Hábleme de los otros niños. ¿Sabían que era usted el diablo?
—Algo intuían. «Aquí huele a azufre», decían a veces en clase, pero sabían que era peligroso enfadarme.
—Así que no tuvo muchos amigos, ¿verdad?
—No me interesaba su amistad, sólo sus almas.
—¿A qué se refiere?
—Me interesaba que pecaran, que cometieran tropelías, que hicieran el mal en todas sus vertientes. Resulta complicado en según qué casos, claro. En el parvulario, por ejemplo, el nivel de crímenes que se puede conseguir no es muy alto.
—Dejemos su infancia. ¿Qué me dice del amor?
—¿El qué?
—¿Nunca se ha enamorado?
—Hubo una chica. Se llamaba Marta, era florista. Se reía como si fuera la primera persona del mundo en hacerlo.
—¿Qué sucedió?
—Me acosté con ella un par de veces y me cansé. La muy imbécil se reía como si ella hubiera inventado la risa, ¿no le parece ridículo?
—Entiendo. Permítame una pregunta: ¿qué espera obtener con terapia? ¿Para qué ha venido?
—Verá, doctor, el mal es algo muy solitario. A veces uno desea la posibilidad de contarle a alguien lo que ha hecho, lo que siente. ¿De qué vale ser alguien perverso si no se lo puedes contar a nadie? ¿De qué sirve hacer el mal si nadie reconoce tu trabajo? Porque la gente siempre culpa a la mala suerte, nadie aplaude mis esfuerzos. Yo sólo quiero algo de reconocimiento; la gente es muy desagradecida.

viernes, 8 de abril de 2011

Capítulo 2380

Me acuerdo de una noche con María en la que nos paró un vagabundo en la calle, pero no estoy seguro, puede que me haya inventado esto, pues no recuerdo la conversación, ni si volvíamos a su piso o íbamos a aquel restaurante chino en el que le dio por ponerse a fumar a pesar de estar prohibido. Creo que el vagabundo le preguntó a María su nombre. Puede que también preguntara el mío. Y me parece que me invento de pronto que el vagabundo era extranjero, pero no lo sé, no tengo ni idea. Entre los detalles que pierde la memoria y los que añade la imaginación, es muy complicado recordar.

jueves, 7 de abril de 2011

La novela de moda

Rumpel Stilzchen lo ha vuelto a hacer. El joven autor, que ya deslumbró con xD xD xD, su primera novela, acaba de publicar la que puede considerarse su obra de consagración: Norman Bates, la historia de amor entre un chaval con problemas para expresar sus emociones y un bot de internet que sólo contesta cosas aleatorias. Durante noventa trepidantes páginas, el autor nos hace partícipes de un test de Turing en el que acabamos dudando de la inteligencia de todos los implicados, autor y lector incluidos. La novela de la que hablan todas las revistas de tendencias, no se la pierdan.

miércoles, 6 de abril de 2011

No escribir (2)

Porque la quise con todo mi dolor.

martes, 5 de abril de 2011

No escribir

Cada vez menos palabras. Limarlo más y más. Eliminar lo superfluo. La perfección. La antiliteratura. No escribir.

lunes, 4 de abril de 2011

Málaga me da sueño

Málaga me da sueño. Esto, claro, es una manera de decir que me aburre, pues ya me gustaría a mí que me diera sueño de forma literal. Una ciudad en la que dormir. Pero no. Málaga, en realidad, me da insomnio. O no me lo quita, al menos.

domingo, 3 de abril de 2011

Encontrarse

Siguiendo una recomendación, viajé a la India para encontrarme a mí mismo. Tuve suerte en la búsqueda, pues descubrí que vivía en Calcuta, donde un lugareño me contó que se me solía ver los jueves por la noche en el Gandhi, un bar de mala reputación. Aquel jueves por la noche me presenté en el local y, efectivamente, ahí estaba yo: tomando algo en la barra y charlando con una mujer (una prostituta, posiblemente). Henchido de emoción, me acerqué y me di un efusivo saludo. Respondí con frialdad; tantos años escondiéndome para nada.

sábado, 2 de abril de 2011

El tiempo prestado

Como si llevaras un traje que no es tuyo y se notara. El tiempo prestado, la vida prestada. La impostura. El intrusismo existencial.

viernes, 1 de abril de 2011

La espera

Un hombre sentado en un banco. Esperando, pero no a Godot, sino a la vida. ¿Cuándo pasará la vida por aquí?, se pregunta. Y pasan un chaval en bicicleta, un cura, un señor con bastón, el autobús, algún perro, etc. Pero no la vida, piensa, y se pregunta si se habrá equivocado de calle.

jueves, 31 de marzo de 2011

Hay un agujero en la pared

—Hay un agujero en la pared y por él veo mi vida entera.
—Qué práctico, ¿no? Así no necesita recordar nada, puesto que está todo en el agujero.
—Bueno, no funciona así. Yo no controlo lo que veo: me limito a mirar por el agujero y entonces sucede algo. Algo de mi vida.
—¿Pero algo interesante?
—A veces, sí. A veces veo mi infancia. En otras ocasiones, veo el cuerpo de una antigua amante. Es de lo más erótico, pues me siento voyeur de mi pasado.
—Suena bien.
—Muchas veces sólo veo negrura.
—¿El futuro? ¿La muerte?
—Creo que no. Me parece que es mi vida mientras dormía.
—Sí, tiene sentido.

miércoles, 30 de marzo de 2011

La chica de la terraza

Hay una chica sentada en la terraza. Está leyendo. Nosotros estamos en la calle, sólo a unos metros de ella, y bebemos como si no le prestáramos atención, pero en realidad la estamos mirando a cada momento. Lleva unos pantalones cortos de color rosa. Lee con cara de suma concentración, como si no consiguiéramos distraerla con nuestra conversación. No hay nada más bonito que una mujer, pienso. Y no sé qué pensarán mis amigos, pero para mí la tarde se estropea cuando me vuelvo por enésima vez y descubro que la chica finalmente ha desistido de leer bajo el sol de marzo y ha entrado en casa, cerrando tras ella la puerta de la terraza.

martes, 29 de marzo de 2011

Lenocinio

La calle (esto se consigue con una boca de incendios y un par de farolas). Entra una PUTA, que es más corto de escribir que «prostituta». Gira su bolso como si fuera el martillo de Thor. Entra un NOVELISTA.
NOVELISTA: Buenas noches, señorita.
PUTA: Buenas noches.
NOVELISTA: Perdone mi atrevimiento, ¿pero es usted una lumi?
PUTA: ¿Se sigue usando esa palabra? ¿De dónde sale usted?
NOVELISTA: Es que soy escritor, ¿sabe? Tengo querencia por el habla demodé.
PUTA: Ah. Pues está usted de suerte, sí: soy puta.
NOVELISTA: Me pareció que lo era por los movimientos que hacía con el bolso.
PUTA: Es un código milenario, como las señales de humo.
NOVELISTA: Sin duda. Me alegro de estar versado en él.
PUTA: Bien. Son cincuenta y la cama, cariño.
NOVELISTA: ¿Hace descuento por familia numerosa?
PUTA: No. De hecho, cobro un plus a grupos.
NOVELISTA: No, si sería sólo yo. Mi familia está en casa.
PUTA: Ah. ¿Entonces ni siquiera van a mirar?
NOVELISTA: Creo que eso me daría problemas.
PUTA: ¿Eres tímido? Tengo pastillas para que no te arrugues, tranquilo. Aunque eso hay que pagarlo también.
NOVELISTA: No, no es eso. No es que me ponga nervioso que me miren mientras follo, sino que mi mujer se lo tomaría mal. Y mis hijos.
PUTA: Entiendo. Será entonces un polvo clandestino, ¿no? En la intimidad, sin público que nos jalee.
NOVELISTA: De lo más íntimo, salvo por la gente que está sentada en el teatro. Como ese señor de ahí, que tiene pinta de pervertido.
Un foco se enciende e ilumina a un señor que ha venido con sus familiares a ver la obra.
PUTA: Sí que tiene cara de guarro, sí. Diría que es cliente mío y todo.
Se escuchan golpes e improperios entre el público.

lunes, 28 de marzo de 2011

De nuestro gobierno en el exilio

Es una carta de amor. Una muy extensa, trescientas páginas escritas en tres años, lo que nos da una media de escribirte cien veces al año. No está todo, en realidad, pero creo que está lo importante. Lo esencial, lo que conforma una historia con humor, dolor, sinceridad, reproches, arrebatos románticos y otros desmanes de tipo trasnochado. Empieza con las primeras cosas que escribí de ti cuando todavía no te conocía y bromeaba sobre amor y otros demonios. Sigue con todo aquello que decía cuando me dedicaba a disimular el amor para no ahuyentarte. Termina con lo que comenté ayer o hace un momento, aunque podría decir que esto es como una novela de Kafka y nunca termina. Porque estoy siempre pensando en ti, constantemente. Claro que nada de esta narración sucede nunca en la realidad, pues forma parte sólo del imaginario sentimental del autor. Es, definitivamente, como una novela kafkiana.

domingo, 27 de marzo de 2011

Epílogo

Yo quería ser Rimbaud
y ya me han cortado una pierna.

sábado, 26 de marzo de 2011

En la mirada

«¿Qué letra ve aquí?», pregunta el oculista, y el paciente responde: «una teta». El oculista menea la cabeza, aunque no está seguro de que el paciente pueda verlo, y le explica que es la letra a. Apunta a la siguiente letra y repite la pregunta, a lo que contesta el paciente: «un culo». Es la letra o, pero el oculista se limita a suspirar. «Ahora voy a hacerle una revisión ocular», le informa, «apoye la barbilla aquí y mire al frente». El paciente obedece y se coloca con cuidado para que se asome a sus ojos el oculista. Éste examina primero el ojo derecho y lo que ve le deja sin habla, pues ve a una mujer desnuda. Una mujer en la ducha, concretamente. El oculista se frota los ojos (aunque se lo desaconseja siempre a sus pacientes) y le echa un vistazo ahora al izquierdo. En éste no hay una mujer, sino dos. Juguetean en la cama, se besan, se tocan con lascivia irresistible. Cómo explicar todo esto, se pregunta el oculista. Y encima con una erección, lo que no es nada profesional.

viernes, 25 de marzo de 2011

Auschwitz en hora punta

Con nuestras cabinas para viajar en el tiempo por fin podrá usted contemplar en vivo y en directo las grandes desgracias de la humanidad. Visite los campos de exterminio. Sea espectador de la explosión atómica en Hiroshima (nuestras cabinas, además de totalmente invisibles, son a prueba de radiaciones). Estremézcase ante los estragos de la peste negra. Vea de cerca la muerte y el sufrimiento.
Recuerde que, en cumplimiento de la legalidad concerniente a los viajes en el tiempo, no nos está permitido intervenir, sólo mirar.

jueves, 24 de marzo de 2011

Haiku

La luz eléctrica
llega por la mañana
antes que el sol.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Las tres de la mañana

—Y no hay manera de volver a casa.
—¿Te has perdido?
—Es una forma de hablar, una metáfora: no hay manera de volver a casa. No hay manera de volver a ti.
—Ah.
—Lo pienso en este bar en el que apuro la vida mientras oigo el canto de las sirenas en la noche. Pero no las de Ulises, sino las policiales.
—Qué exagerado eres.
—Lo digo en serio: es un barrio peligroso.
—Me refería a lo de apurar la vida.
—Pero es que es verdad. Y oigo también al pasado que llama. Gritando el nombre de otro.
—Tanto malditismo no puede ser bueno para la salud. La verdad es que se te ve bastante desmejorado.
—Y me digo que he perdido el rumbo de nuevo, que doy tumbos en esta ciudad que sin ti no me pertenece. Siempre buscando la forma de dar contigo fuera de este largo monólogo interior que es el desamor.
—Pero si estoy aquí.
—Sí, durante un rato. Pero luego te marchas y yo desconozco el camino a ti. Me perdí, dejé mi voz olvidada.
—¿Dónde? ¿En algún contestador?
—Es posible.
—Pues hablas mucho. ¿Seguro que has olvidado la voz en alguna parte?
—Hablo y bebo. Bebo para olvidar que no te tengo. Bebo para ahogar a los perros que ladran en mi corazón. Bebo para revocar el pasado, el presente, el futuro. Bebo para olvidar ser historiador de mi soledad.
—¿No tendrías que olvidar los motivos por los que bebes?
—Sí, pero no funciona. Porque es tan triste, querida, enmendar la vida en un bar y no en tu cama.
—Ah, vale. Haber empezado por ahí.

martes, 22 de marzo de 2011

Las diez de la mañana

La cama vacía. Una hoja quemada en el cenicero (el tiempo). Un despertador que suena con insistencia, anunciando que ya no es ayer. Y el sabor tan amargo de estas palabras de despedida que ya no son de nadie.

lunes, 21 de marzo de 2011

El sinsentido sentimental

¿Pero cómo acercarse y decirle que eres alguien especial? «Hola, yo no soy como los otros». Cuando en realidad no sirve, porque nadie busca algo especial, aunque digan que sí. Buscan algo normal a lo que llamar especial.

domingo, 20 de marzo de 2011

La ausencia

Nunca se me quitan las ganas de ti. Por suerte, te veo en mis fantasías más depravadas. Es decir, a diario.

sábado, 19 de marzo de 2011

Esto es un recuerdo

Esto es un recuerdo, pienso mientras está sucediendo. Porque sé que es un momento importante y que volveré a él cuando todo haya pasado. Lo recordaré de vez en cuando, aunque parecerá enterrado a veces. Y es un poco como no vivirlo ahora, como ser sólo espectador. Porque es un momento que parece existir únicamente para ser recordado, como si ya estuviera escrito y yo no pudiera intervenir. Un momento que ya he perdido y que sólo podré rememorar de vez en cuando.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Nada más

Hay una luz en la oscuridad, pero no es la esperanza: es el recuerdo.

martes, 15 de marzo de 2011

Una mirada a mi ombligo

Una mirada a mi ombligo, así se llama la última exposición del artista conceptual Kurt Kinder. 365 fotografías del ombligo del artista, una por cada día del año, con reflexiones como «mi ombligo como maelstrom», «mi ombligo como ojo del huracán», «mi ombligo como centro del universo». Una obra que nos enfrenta al abismo del solipsismo y hace que nos replanteemos tantas cosas. En el Centro de Arte Contemporáneo, hasta final de mes.

lunes, 14 de marzo de 2011

Microrrelato

La sociedad de suicidas siempre se quedaba sin miembros.

domingo, 13 de marzo de 2011

La imprevisión

Desnuda, me dice: «Aráñame». Y se lleva mi mano al vientre. «Y yo que me he cortado las uñas esta mañana», pienso.

sábado, 12 de marzo de 2011

El gesto herético de decir adiós

Como si el camino que lleva a ti pasara por Siberia y estas fueran mis memorias de la casa muerta. Sigo buscando nuevas formas de decir lo de siempre.

viernes, 11 de marzo de 2011

El gesto heroico de decir adiós

ÉL: Porque ya hace mucho que he renunciado al sueño.
ELLA: Pensaba que te lo quitaba yo.
ÉL: Sí.
ELLA: Entonces no has renunciado tú, déjate de orgullos.
ÉL: De acuerdo, digamos entonces que he renunciado a intentarlo. He renunciado a intentar el sueño.
ELLA: Qué bonito suena eso.
ÉL: Como mis ojeras, que las llevo como si fueran pinturas de guerra. Y los indios siempre pierden.
ELLA: ¿Estás diciendo que soy el Séptimo de Caballería?
ÉL: Ya quisiera yo, que entonces te prepararía una emboscada en Little Big Horn.
ELLA: ¿Y me rodearías y acabarías conmigo?
ÉL: Es una forma de decirlo.

jueves, 10 de marzo de 2011

El gesto erótico de decir adiós

—A veces, cierro los ojos intentando recordarte y me parece escuchar el susurro de tu voz.
—Muy bonito, pero ahora dime la verdad.
—Vale, en realidad me parece escuchar el quedo roce de tu ropa interior al deslizarse por tus piernas.

miércoles, 9 de marzo de 2011

El gesto extático de decir adiós

He probado a repetir tu nombre como si fuera un mantra, pero sólo me quita la calma.

martes, 8 de marzo de 2011

El gesto estático de decir adiós

—Qué bonita es esa estatua que dice adiós con la mano.
—A lo mejor está diciendo hola.
—No creo, tiene expresión de tristeza.
—Quizá es que se ha encontrado con alguien que le cae mal.
—Disimularía mejor.
—¿Y si no está saludando a nadie? Puede que esté pidiendo la cuenta en un restaurante. A lo mejor la expresión de tristeza la tiene porque le ha sentado mal la comida. Igual necesita bicarbonato.
—¿Y pide la cuenta de pie, con un paraguas en la otra mano y la gabardina puesta?
—Claro. Tiene que marcharse urgentemente porque la comida le ha sentado mal, ya te lo he dicho. O tal vez sea un excéntrico y tenga frío.
—No. Se está despidiendo de alguien.
—También podría estar llamando un taxi.

lunes, 7 de marzo de 2011

El gesto estético de decir adiós

Porque el tiempo sólo colabora con la condena y me acuerdo de ti. De tu «yo no soy el mundo, pero también puedo complicarte la vida», en nuestra primera conversación por teléfono. De tus desayunos a deshoras y las naranjas de Bandini. De tu imitación del habla de las focas y de que te obligué a repetirlo frente a unas palomas una de las escasas veces que pisamos la calle. De tu vestido de criada (según tu hermana). De que caminé contigo de la mano por la ciudad más fea del mundo.
Todo tiene bastante menos gracia sin ti.

domingo, 6 de marzo de 2011

Y perderte a todas horas

Por ejemplo, en este momento, mientras escribo esto.

sábado, 5 de marzo de 2011

Es todo tan idiota

En 1815, derrotado Napoleón, se celebró el Congreso de Viena. El objetivo de las potencias europeas era detener el curso de la historia, volver a la situación anterior a la Revolución Francesa. Como si pretendieran decir: aquí no ha pasado nada, sigamos como antes. Pero no se puede luchar contra la historia, aunque ésta sea una lección que nunca aprendemos. Siglo y medio después, las potencias europeas volvieron a cometer el mismo error cuando intentaron evitar la descolonización. Hay cambios que cuesta asumir. Es lo que le pasa por ejemplo a la derecha, que no entiende que la historia es imparable, y por eso se dedica a luchar en vano contra todos los cambios que no acepta: el divorcio, el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, etc.
En una escala menor, todos funcionamos de manera parecida. Es el viejo sueño de detener el curso de los acontecimientos, de anular la historia y volver a un pasado más grato. Todos lo intentamos alguna que otra vez en nuestras vidas, aunque sea con pequeñas cosas. Pero no hay manera de volver atrás, no hay manera de regresar a una Arcadia feliz e incontaminada de los acontecimientos posteriores que tanto nos disgustaron. La Arcadia ya sólo existe en el recuerdo, y a veces ni siquiera eso, sino sólo en la imaginación, pues nunca fue real.
Pero siempre se vuelve al primer amor, como dice el tango.
Años después de algún momento importante, estoy en un bar. Es de noche. Es viernes. Es invierno. Estas son formas de acotar la vida, de situarnos en ella y en el mundo. En realidad, no significan nada; son convenciones que nos damos para otorgarle sentido a la existencia. Miro el reloj y éste me indica cuándo estoy, ya que no dónde. He bebido demasiado, pero ya es una costumbre. Hay que embriagarse de vino, poesía o virtud, que dijera Baudelaire. Pero el vino es más barato. Hay que beber para revocar el pasado. No se puede volver atrás, pero sí olvidar. Durante un rato, al menos.
Es todo tan idiota. Esta soledad que jamás termina. Este monólogo interior infinito.
Este largo exilio.
Idea para un relato: acodado en la barra de un bar, un hombre va olvidando el pasado con cada copa. Cuando finalmente sale del bar, ya es otro y puede empezar de nuevo. No hay traumas, no está encadenado a ningún recuerdo. El debe está en blanco. Todo es posible de repente. Claro que a la mañana siguiente las cosas vuelven a ser como siempre. La resaca trae de vuelta la realidad, que sólo se ausentó por una noche. Era una tregua, no un tratado de paz. No una nueva vida, sino sólo un receso en la condena.
Y vuelta a empezar.
Es todo tan idiota.

viernes, 4 de marzo de 2011

Spam

A mí me gustaría que me mandaras spam tú. Que me enviaras un correo electrónico cuyo asunto fuera «Para aumentar el tamaño de tu pene» y que dentro hubiera una foto de ti desnuda.

jueves, 3 de marzo de 2011

De la dificultad de levantarse de la cama

De la dificultad de levantarse de la cama es una novela existencialista de Bonifacio Serengueti. El protagonista es un asesino a sueldo que, tras ver un documental en la tele, decide hacerse vegetariano, lo que le crea conflictos en el trabajo, ya que si matar animales para comérselos está mal, matar gente por dinero tiene que ser peor. Por suerte, conoce a una astróloga (que antes tenía un videoclub, pero ya nadie alquila películas) que le explica que él es géminis y, por tanto, prácticamente bipolar, lo que le capacita para rebanarle el pescuezo a un señor y luego tomar soja sin que haya ningún dilema moral. Ya en librerías.

miércoles, 2 de marzo de 2011

La autodestrucción personal

Leo una cosa que escribí hace tiempo para una chica y de pronto es como estar viviéndolo todo de nuevo. Yo quería esto, pienso. Yo quería esto y nunca pudo ser. Y se apodera de mí una angustia tal que acabo derrumbándome y lloro como si se me hubiera muerto alguien (algo se me ha muerto, eso sí). Estando así, de repente pienso: vamos a ver, la idea era que lloraran ellas, no tú. Y empiezo a reírme. Y lloro y río y me digo que sin duda es esto la locura.

martes, 1 de marzo de 2011

El anhelo

Me gustaba tanto pensar en ti como una posibilidad.

lunes, 28 de febrero de 2011

La esperanza es para quien se la puede permitir

Esto es un esfuerzo individual. Un esfuerzo individual encaminado a nada. No tiene objetivo. Se justifica por sí solo. Como el arte, pero sin serlo. Existe para existir. No hay más motivos.

domingo, 27 de febrero de 2011

Tetas y culos

París, 1944. El despacho de ALBERT PUEL, editor de la revista Tetas y culos. PUEL se masturba vigorosamente mirando una foto que sujeta con la otra mano. De pronto, llaman a la puerta.
PUEL: Adelante.
Entra SANDRINE, una bella muchacha. PUEL deja de masturbarse, aunque parezca contradictorio esto.
SANDRINE: Buenos días. Venía a hablar con usted.
PUEL: No me digas más: eres una pobre chica recién llegada a París. Vienes de un pueblo de Bretaña y la vida en la gran ciudad es muy difícil. Por eso has decidido probar suerte en el maravilloso mundo del desnudo. Apoyo tu idea, chica. De hecho, habría que reprocharte que no lo hayas pensado antes. ¡Qué piernas! ¡Qué nalgas! ¡Qué pechos! Y eso que estás vestida.
SANDRINE: Gracias, creo. Pero no he venido para eso.
PUEL: No seas tímida, aquí estás entre pornógrafos.
SANDRINE: No he venido a posar desnuda. Soy de la Resistencia.
PUEL: ¿Eso qué es? ¿Feminismo avant la lettre?
SANDRINE: ¿Es que no lee los periódicos?
PUEL: Yo sólo leo pornografía, querida.
SANDRINE: Sabrá al menos que estamos ocupados por los alemanes, espero.
PUEL: Por supuesto, son mis mejores clientes. Unos auténticos degenerados, como tiene que ser.
SANDRINE: Precisamente de eso quería hablarle. La pornografía que usted publica es antipatriótica.
PUEL: ¿Qué? Eso es mentira. Todas mis modelos son chicas francesas.
SANDRINE: Sí, pero aparecen confraternizando con el enemigo. Mire, en el último número.
SANDRINE saca una revista del bolso y le muestra las páginas centrales.
PUEL: ¿Qué problema hay? Una chica guapa; normanda, si no recuerdo mal. Con tetas como obuses. Obuses franceses, naturalmente.
SANDRINE: Tiene el vello púbico recortado en forma de esvástica.
PUEL: Ah, eso. Un pequeño detalle sin importancia. Fue una petición de los lectores de la Gestapo, y la pornografía consiste en cumplir fantasías.
SANDRINE: No queremos ver esvásticas en los pubis de las mujeres francesas, sino cruces de Lorena o flores de lis.
PUEL: Eso sería pornografía subversiva y yo soy un pornógrafo decente. Además, la chica se llama Marianne, ¿eso no cuenta?
SANDRINE: Eso lo hace peor. Este desnudo es un acto de traición y la traición se castiga con la muerte.
PUEL: Me parece exagerado fusilar a la pobre chica: sólo tiene dieciocho años.
SANDRINE: Le fusilaríamos a usted, no a ella.
PUEL: ¿A mí? Esto es censura de la peor clase. ¡Ejecutado por publicar pornografía!
SANDRINE: ¡Pornografía colaboracionista!
PUEL: También eleva el ánimo de los franceses. Te lo digo yo, que soy francés.
SANDRINE: Usted se refiere a los penes franceses, aunque dudo que esta basura fascista los levante. Lo cierto es que desmoraliza a nuestros hombres y ofende a nuestras mujeres.
PUEL: Vale, está bien, me rindo. Rectificaremos la línea editorial, ¿te parece bien?
SANDRINE: Qué menos.
PUEL: Bien. Ven el miércoles y te haremos unas fotos.
SANDRINE: ¿Qué? ¿Cómo dice?
PUEL: Es la mejor solución, ¿no crees? Una chica patriótica, de la Resistencia. Eso elevará el ánimo de los franceses, ¿no?
SANDRINE: Pero yo...
PUEL: Piensa que es por Francia.
SANDRINE: Por Francia...
PUEL: Eso es. Ya que estás aquí, podrías desnudarte. Así vemos el material.
SANDRINE duda unos instantes, pero acaba quitándose el vestido. Cae el telón, lo que provoca las protestas del público.

sábado, 26 de febrero de 2011

Jaculatoria

Creo en ti, que existes y la chupas bastante mejor que Dios.

viernes, 25 de febrero de 2011

La desmemoria sentimental

Contigo siempre empiezo de cero, pues nunca te acuerdas de nada.

jueves, 24 de febrero de 2011

La renuncia

En realidad, renunciar a algo que no se puede tener es un gesto absurdo. Digamos que renuncio a la Luna. Digamos que renuncio a ser campeón olímpico. Digamos que renuncio a vivir mil años. La diferencia, por supuesto, es que uno a veces cree en ello y se aferra a la idea. Como me pasaba contigo. Porque estaba loco, supongo. Así que renunciar a la idea de ti es renunciar a la locura.

miércoles, 23 de febrero de 2011

El golpe

Sesión en el Parlamento. Tiene la palabra un DIPUTADO.
DIPUTADO: Por eso considero que los productos lácteos han de ser consumidos sólo en septiembre. Delenda est Carthago.
Entra un CORONEL seguido de varios SOLDADOS.
CORONEL: ¡Quieto todo el mundo!
Los diputados levantan las manos. El PRESIDENTE DEL CONGRESO habla por el micrófono.
PRESIDENTE DEL CONGRESO: ¿Es un atraco?
CORONEL: No, un golpe de Estado.
PRESIDENTE DEL CONGRESO: Ah, perdone, es la costumbre. Ya sabe, después de «quieto todo el mundo» suele ir: «esto es un atraco» Y el caso es que me he dejado la cartera en casa.
SOLDADO1: ¿Mato al Presidente, mi coronel?
CORONEL: No seas animal.
DIPUTADO: Oiga, que tenía yo el turno de palabra.
SOLDADO1: ¿Mato al diputado, mi coronel?
CORONEL: A lo mejor luego.
DIPUTADO: Bueno, bueno, cedo la palabra. Ya había terminado, en realidad.
CORONEL: Bien, escuchen atentamente, pues sólo lo diré una vez. Esto es un golpe de Estado. No se preocupen, lo hemos planeado todo al detalle, aquí no se improvisa nada. Es por eso que han de permanecer en silencio: para que no improvisen, ya que no se saben ustedes sus papeles.
SOLDADO2: Yo sugerí que ensayáramos con ustedes, pero el coronel opinó con buen criterio que eso haría que el golpe peligrara.
CORONEL: Efectivamente. Así que van a estar ustedes tranquilos y nos van a dejar actuar a nosotros, ¿de acuerdo?
DIPUTADO CON BIGOTE: Yo hice teatro en la universidad, ¿no puedo participar?
CORONEL: Si no tuviera usted bigote, ahora mismo le haría fusilar.
El DIPUTADO CON BIGOTE se sienta, amedrentado. Un DIPUTADO COMUNISTA se levanta y va hacia la salida.
CORONEL: ¡Usted! ¿Dónde cree que va?
DIPUTADO COMUNISTA: Hago mutis, para añadir dramatismo a la escena.
CORONEL: Ya lo ha estropeado al hablar, así que vuelva a su escaño.
El DIPUTADO COMUNISTA vuelve a sentarse.
CORONEL: Ahora vamos a esperar a que se presente la autoridad competente.
PRESIDENTE DEL CONGRESO: Autoridad militar, supongo.
CORONEL: En parte. Esperamos a la autoridad divina.
PRESIDENTE DEL CONGRESO: ¿Cómo dice?
CORONEL: Obedecemos la voluntad del Señor, que no quiere que el país esté en manos de filibusteros, maoístas, sodomitas, paganos, antitaurinos y demás gente de mal vivir.
PRESIDENTE DEL CONGRESO: ¿Entonces vamos a esperar a Dios o qué?
CORONEL: Esperamos la Segunda Venida de Cristo, eso es.
El PRESIDENTE DEL CONGRESO se vuelve hacia uno de los secretarios.
PRESIDENTE DEL CONGRESO: Martínez, haga café.

martes, 22 de febrero de 2011

Los amores disfuncionales

Me escribe una chica de mi pasado para que la eche de menos a ella y no a otra. Es otra forma de tener una relación, pienso.

lunes, 21 de febrero de 2011

Lao-Tsé y su fabuloso búfalo

Me despierto tarde, agotado por el insomnio. Tendido todavía en la cama, me acuerdo de pronto de una cosa. Me acuerdo de un día que me levanté tarde con ella, y es un recuerdo claro, como si hubiera pasado ayer y no hace tres años. Ella llevaba sólo un camisón negro, nos tumbamos en el sofá después de comer y cogí un libro que había sobre la mesa. Era el Tao Te Ching (de uno de sus compañeros de piso). Me puse a leer en voz alta varias cosas del prólogo y ella se reía, sobre todo con una frase que hablaba de «Lao-Tsé y su fabuloso búfalo». Y no sé por qué me acuerdo de repente de todo esto. ¿Será la falta de sueño, que me devuelve recuerdos? Porque luego me acuerdo con nitidez de un beso que me dio cerca de su casa. Ella, que siempre alegaba no saber besar bien. Y me levanto de la cama porque pensar en todo esto me está haciendo un daño terrible.
Luego, por la tarde, me empiezan a llegar mensajes al móvil. Son de ella, pero los mensajes están en blanco. Su móvil se ha vuelto loco, pienso. O será que el Tao trata de decirme algo.

domingo, 20 de febrero de 2011

Lo tangible

Escribo para escapar de todo esto, pero no funciona. Daba mejor resultado tu cuerpo.

sábado, 19 de febrero de 2011

Y no es amor

Y no es amor, me digo, pero tendría que serlo. Por todo lo que escribiré de ella. Y no es amor, repito, aunque podría serlo. Por los pasos de baile que dimos en la cocina. Por su forma de abrazarme «por el frío». Por todo.

viernes, 18 de febrero de 2011

Mamadas

HOMBRE1: Me encanta que me la chupen.
HOMBRE2: Se creerá usted muy original.
HOMBRE1: ¿A usted también le gusta?
HOMBRE2: Naturalmente.
HOMBRE1: Sí, el francés natural es lo mejor.
HOMBRE2: Bueno, sí, también.
HOMBRE1: ¿Sabe usted algo que no soporto?
HOMBRE2: Dígame.
HOMBRE1: Cuando una mujer se las da de experta en las artes de la felación, llegando a afirmar que le encanta hacerlo, y luego, a la hora de la verdad, te dice que nada de correrte en su boca, que le da mucho asco.
HOMBRE2: Vaya. Es una desilusión importante, claro.
HOMBRE1: Más que eso: es incoherente. Es como afirmar que eres un gran director de cine y descuidar siempre el final de la película.
HOMBRE2: Entiendo.
HOMBRE1: No todo es técnica, también es importante la actitud. El mensaje. La felación es un arte complicado.
HOMBRE2: ¿El mensaje de la mamada?
HOMBRE1: Claro, hay un mensaje: «me encanta tu polla». Es lo que quiere ver uno en la mirada de la mujer. «Me encanta tu polla, sin condiciones». Es como el amor, pero mejor.
HOMBRE2: Es usted un romántico.
HOMBRE1: Un poco.

jueves, 17 de febrero de 2011

El día de los desenamorados (y 4)

Una chica y un chico en un sofá. Son VIOLETA y DEMETRIO.
VIOLETA: Demetrio...
DEMETRIO: Ya, ya lo sé: que ya no me quieres.
VIOLETA: Exacto, eso es.
DEMETRIO: Siempre igual.

miércoles, 16 de febrero de 2011

El día de los desenamorados (3)

Una chica y un chico en un sofá. Son VIOLETA y DEMETRIO.
VIOLETA: Demetrio, ya no te quiero.
DEMETRIO: ¿Así, de repente?
VIOLETA: No exactamente. He encontrado la solución al problema hoy, pero me ha costado años.
DEMETRIO: ¿Qué?
VIOLETA: Cariño, si me matriculé en matemáticas fue precisamente para determinar de forma objetiva cosas como nuestro amor. Y resulta que no te quiero.
DEMETRIO: ¿Y no podrías estar equivocada?
VIOLETA: Compruébalo tú mismo; las matemáticas no mienten.
VIOLETA saca de detrás del sofá una pizarra y se la da a DEMETRIO, que la mira durante unos segundos. Luego la muestra al público. Está llena de fórmulas matemáticas.
DEMETRIO: ¿Ustedes entienden algo?

martes, 15 de febrero de 2011

El día de los desenamorados (2)

Una chica y un chico en un sofá. Son VIOLETA y DEMETRIO.
VIOLETA: Demetrio, ya no te quiero.
DEMETRIO: ¿Así, de repente?
VIOLETA: Sí, me he dado cuenta hace un momento.
DEMETRIO: Igual es por algo que has comido.
VIOLETA: No creo. El desamor me ha golpeado, sin más.
DEMETRIO: Me parece que es a mí a quien golpea, la verdad.
VIOLETA: Lo siento.
DEMETRIO: Ya. ¿Y ahora qué?
VIOLETA: No sé, ¿cuál es el protocolo de ruptura?
DEMETRIO: Creo que tenemos que dejar de hablarnos. Y de vernos.
VIOLETA: Qué triste, ¿no?
DEMETRIO: Sí.
VIOLETA: ¿Y si celebramos el día de los desenamorados?
DEMETRIO: ¿Eso qué es?
VIOLETA: Una compensación. Porque quiero que me recuerdes siempre con una sonrisa.
VIOLETA se arrodilla ante DEMETRIO y le abre la bragueta. Se escuchan murmullos entre el público. VIOLETA saca el pene de DEMETRIO y le hace una mamada. La policía detiene la obra.

lunes, 14 de febrero de 2011

El día de los desenamorados

Una chica y un chico en un sofá. Son VIOLETA y DEMETRIO.
VIOLETA: Demetrio, ya no te quiero.
DEMETRIO: ¿Así, de repente?
VIOLETA: Más o menos. En algún momento inicié el proceso de dejar de quererte, pero no recuerdo cuándo fue.
DEMETRIO: Inténtalo; quizá pueda arreglarlo entonces.
VIOLETA: Ya no tiene remedio. No se puede volver atrás.
DEMETRIO: ¿Y si invento una máquina del tiempo?
VIOLETA: Bueno, entonces sí.
DEMETRIO: Pues dime el momento en que empezó a estropearse todo.
VIOLETA: Creo que era jueves.

domingo, 13 de febrero de 2011

El desamor

Querida:
Me interesaba la posibilidad.
Besos.

sábado, 12 de febrero de 2011

El espejismo

A veces, cuando voy por la calle, creo que voy a encontrarme contigo. Por suerte, se me pasa enseguida.

viernes, 11 de febrero de 2011

Capítulo 2326

Siempre me como mi dolor solo. Es lo que hago. Quizá porque es lo que nos enseñan a los hombres desde pequeños: hay que ser fuerte, hay que aguantar, hay que superar las cosas. La vida es una competición de largo recorrido. No sé. Pero yo a veces no puedo con esto. No sé cómo solucionarlo. Apretar los dientes y mirar a otro lado. A veces funciona. A veces no. Siempre está la herida ahí, latente. Y duele cuando va a llover o algo así. Es una herida mal curada, nunca se cierra. Pero hay que hacer como que no importa. Disimular. Intentar engañarse. Autohipnosis.

jueves, 10 de febrero de 2011

Last days of pottery

París (esto se sabe porque en el decorado está dibujada la Torre Eiffel). Hay un banco en el centro del escenario; en él están sentados el POETA y el ENTERRADOR. El poeta lleva una boina francesa y fuma compulsivamente. El humo es una metáfora del desarrollo salvaje de la sociedad occidental y la consiguiente polución, aunque esto es algo que ignora el público. Sin embargo, la subvención fue concedida a la obra porque este aspecto ecologista se desarrollaba profusamente en el dossier presentado al Ministerio. Una vez dicho todo esto (que el público sigue ignorando), empieza la acción.
POETA: La vida es como un perro que me muerde los tobillos... cuando voy a pasearlo.
ENTERRADOR: Un poco flojo, ¿no?
POETA: Todavía estoy trabajando el poema. El poema es como una mujer: puede no ser la cosa más bonita del mundo, pero si se maquilla bien...
ENTERRADOR: Qué romántico.
POETA: El romanticismo está demodé, amigo. Ahora hay que deconstruir el poema. Sumo un verbo y resto seis adjetivos. Me como un verso y cuento veinte. Y un treinta por ciento más de referencias al pene del autor.
ENTERRADOR: No sé si yo, como lector, quiero saber de la polla del autor.
POETA: Ah, pero el lector sólo existe para molestar. El lector está ahí fuera y se niega a comprar los libros del autor. Hay que hipnotizarlo. Hay que conquistarlo. Hay que violarlo, si se pone farruco.
ENTERRADOR: Es usted muy violento.
POETA: No es culpa mía, el lector es el enemigo. Es una lucha entre ellos y nosotros por su dinero. Bueno, y por su atención. ¿Qué hacen viendo la tele, por ejemplo? Que me vean a mí, que estoy fumándome un cigarrillo con este aire de perdición tan interesante y, sin embargo, no me mira nadie.
ENTERRADOR: Si usted lo dice.
POETA: Efectivamente, si yo lo digo, que para algo soy poeta. ¿A qué se dedica usted? Tiene también aspecto de derrota, como si no durmiera bien por las noches.
ENTERRADOR: Me paso el día en el cementerio.
POETA: ¿Como Edgar Allan Poe?
ENTERRADOR: No, soy enterrador.
POETA: Menos mal, que le repito que el romanticismo ya no se lleva. Ahora el poema ha de ser urbano. Ha de ser un perro callejero. Un perro callejero que me muerde los tobillos... cuando voy a patearlo.
ENTERRADOR: Sigue siendo bastante flojo.
POETA: Todavía no lo he terminado. Dígame, ¿entierra usted mucho?
ENTERRADOR: Todos los días muere alguien.
POETA: Sí, es una pena. Cada muerto es un lector menos. Ah, si los muertos leyeran. Si los muertos acudieran a lecturas de poesía... serían un público muy educado, escuchando en completo silencio.
ENTERRADOR: Pero no aplaudirían.
POETA: Uno podría convencerse de que es porque la emoción les embarga.
ENTERRADOR: Como Hacienda.
POETA: ¿Seguro que no es usted poeta?
ENTERRADOR: Yo no sé nada de versos.
POETA: No hace falta, todo es pura actitud. Yo me levanté una mañana y decidí que sería poeta. Mi padre quería que fuera ingeniero, imagínese. Y qué pasa con la gloria, le dije yo. Él entonces me habló de facturas o algo así. Facturas. No las fracturas del alma, sino las facturas. El poema es una factura, contesté yo, una factura que le muerde los tobillos a la sociedad y...
ENTERRADOR: Está usted obsesionado con tobillos que son mordidos.
POETA: Es la idea central del poemario que estoy escribiendo: Last days of pottery.
ENTERRADOR: Será poetry.
POETA: Sí, eso acabo de decir. Me gusta escribir de perros. Y de tobillos. Y de perros que muerden los tobillos. Y de los tobillos de los perros, aunque algo menos. Nadie se fija en los tobillos de los perros, como si no existieran. Yo estoy en el mundo para solucionar esto.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Síntesis

Escribo sin esperar nada. Lo mismo me pasa con el amor.

martes, 8 de febrero de 2011

Encuentro telepático e intergaláctico de individuos elegidos al azar

Cuando cuente hasta diez, estarán en Europa.
Concretamente, en Rumanía, deportados por Sarkozy. Pero enseguida nos marchamos, antes de que nos roben todo lo que llevamos (aunque seamos sólo ectoplasmas). Cerramos los ojos, golpeamos los botines de rubíes y estamos en la Luna. Eso de la derecha es el universo. Eso de la izquierda es un cráter. Si avanzamos unos metros, nos encontramos un monolito negro. Es una señal. Una señal de tráfico. Circulen con cuidado. No queremos accidentes. No queremos problemas con el seguro.
Ahora estamos en lo oscuro, como en los bares. Pueden aprovechar para intimar. Eso sí, piensen que están siendo observados por la inmensidad del infinito. Y por los emisarios de Xenu, que no se pierden nada. Ahora mismo nos están viendo en lejanas civilizaciones. En horario de máxima audiencia. En alta definición. Con subtítulos. Somos como Belenes Esteban interplanetarias.
Pero nos marchamos antes de que traigan sondas anales.
Viajamos ahora a la velocidad de la luz. Recuerden que tenemos bolsas para el mareo. Si miran a la derecha, no verán nada. Si miran a la izquierda, tampoco verán nada. Pero nos detenemos un momento junto a trece millones de naves. Esto es el centro del universo. De ahí el atasco de tráfico. El gobierno no hace nada. La culpa es de ZP.
Ahora somos uno con el universo. Eso que sienten no es ardor de estómago: son supernovas. Ya hemos llegado. Fin de trayecto. Disfruten de su estancia. Procuren no tocar nada.

lunes, 7 de febrero de 2011

Cosas mientras María fuma

De: Míchel Noguera
Para: Míchel Noguera
Fecha: 14 de enero de 2010 04:25
Asunto: Cosas mientras María fuma

María y sus andares felinos (que no gatunos, que suena peor). Su cuerpo de bailarina, que viene muy bien tenerlo cerca en noches frías, como tantas vividas sin ella (y otras cursilerías). Claro que ella permanece ajena a todo esto que escribo, pues lee ahora a Vila-Matas mientras fuma con su elegancia característica (y eso que a mí no me gustan las chicas que fuman).

domingo, 6 de febrero de 2011

Sonia

Mario conoció a Sonia en una panadería. Ella había pedido una hogaza de pan moreno y llevaba una falda roja. Enseguida, Mario supo que estaba en un momento fundacional de su existencia. Aquello era el amor, se dijo. Henchido de este nuevo sentimiento, se acercó a ella y le preguntó su nombre. Ella, muy educada, se lo dijo. Acto seguido, Mario le declaró el amor sincero que es propio de los locos. Ella, no obstante, mantuvo la educación y le indicó que su historia era imposible, pues no se conocían de nada; luego abandonó la panadería, llevándose con ella la hogaza de pan moreno, la falda roja y el corazón de Mario, que, desolado, la vio marchar, quizá para siempre.
Mario se encerró en la soledad de su casa y en unos recuerdos que fue inventando del amor que pudo haber sido. Como terapia, decidió poner por escrito sus sentimientos. Así nació Una vida sin Sonia, libro que pronto se convirtió en fenómeno literario y social. Quién era Sonia, se preguntaban los críticos. ¿Era real o era una metáfora de la ilusión por vivir? Dónde estaba ella, debatían los tertulianos en programas de televisión. Falsas Sonias aparecían de tanto en tanto en portadas de revistas, pero nunca lograban convencer al público. «Todas somos Sonia», estuvo a punto de ser el lema de una campaña publicitaria de compresas, pero Mario lo evitó con una demanda.
Finalmente, un periodista dio con Sonia. Llevaba la falda roja, aunque esta vez iba sin hogaza de pan bajo el brazo. «Sonia, ¿por qué no quieres a Mario?», fue la pregunta que el periodista le hizo a la atónita muchacha. Pronto, su casa estuvo asediada por decenas de periodistas que la abordaban cada vez que intentaba salir. También se reunieron cientos de manifestantes frente a su hogar para pedir que le diera una oportunidad a Mario. «Sonia, ¿cómo puedes permanecer impasible frente a un amor así», decía una pancarta. «¿No has leído el libro, Sonia?», decía otra. «Sonia y Mario forever and ever», decía otra más.
No fue la presión popular la que directamente hizo que Sonia le diera una oportunidad a Mario, sino la familiar. Su padre sufría del corazón y todo aquel revuelo le venía fatal, así que Sonia anunció ante los medios que quería verse con Mario en un restaurante romántico, para cenar. La noticia abrió todos los telediarios de aquel día y la Bolsa registró una importante subida. Aquella noche, cuando Sonia y Mario entraron en el restaurante, los presentes se pusieron de pie y empezaron a aplaudir. Como en las películas, pensó Sonia. Durante la cena, todas las miradas estaban clavadas en ellos, que se derramaban la sopa constantemente, nerviosos ante tal escrutinio. La experiencia fue un desastre para Sonia, pero no sólo por esto: resultó que no tenían nada en común. A él le gustaban los perros, ella era de gatos; él era dualista, mientras que ella creía que el hombre está compuesto de una única sustancia; a Mario le gustaba veranear en la playa, Sonia prefería pasar el verano en el campo, en el pueblo de sus abuelos. Cuando salieron del restaurante, Sonia tenía planeado decirle a Mario que era mejor que fueran sólo amigos, pero en ese momento se acercaron unas chicas que, con lágrimas de emoción, les dijeron: «gracias a los dos por este amor». Sonia decidió que la ruptura tendría que esperar.
Pero nunca pudo romper con Mario. Había tanta fe puesta en ellos, en ella. Su amor era un ejemplo para todos los demás, una prueba de que el cinismo no se había apoderado de todo. Hay esperanza para todos nosotros, decía la gente. Sonia se guardó su infelicidad, su absoluta incompatibilidad con Mario. Se dijo que tenía que intentarlo. Por la presión de la sociedad. Tenía que honrar ese amor por todo el romanticismo del mundo.

sábado, 5 de febrero de 2011

La experiencia

Hay una verdad en todo esto, una lección vital, pero siempre se me escapa.

viernes, 4 de febrero de 2011

Un poeta

Ya está a la venta el nuevo poemario de Jimbo S. Fuller, poeta de Wisconsin que llamó la atención de la modernidad con su primera obra: Stalingrado está entre tus muslos. El nuevo poemario, editado por la Asociación Literaria de Pinares de Entretiempo, en Murcia, se titula: No me llames a casa, que he salido. Se trata de una obra de rebeldía juvenil, de rabioso inconformismo, de versos inconclusos porque «tenía algo mejor que hacer», como confiesa el autor en la nota a pie de página del poema Ya sé que estoy borracho. El poeta, que a sus cincuenta años se declara un romántico vocacional, desgrana el idealismo amoroso en versos como: «Y no te digo que no / ni que sí / pero me voy a la cama». En las mejores librerías, sólo siete euros.

jueves, 3 de febrero de 2011

Suena el teléfono

Suena el teléfono, pero el señor López no contesta. Esto es algo que ha decidido hoy, de forma repentina, para proteger su intimidad. No contestar el teléfono, que bien podría estar pinchado por su ex mujer o por agentes de un refundado KGB. No quiere revelar detalles de su vida privada, aunque tiene que reconocer en la soledad de su casa que su vida privada es bastante aburrida. De hecho, tendría que inventarse una vida privada que contar. Y a lo mejor quien llama no quiere escucharla. Es por eso que no contesta el teléfono, decide finalmente.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Facebook

Sí, te vi en una fiesta. Estabas en otra ciudad, con otra gente.

martes, 1 de febrero de 2011

MálagaCrea

MálagaCrea es como esa chica que siempre te rechaza y a la que sigues tirando los tejos porque... bueno, porque te aburres, para qué nos vamos a engañar.