miércoles, 9 de febrero de 2011
martes, 8 de febrero de 2011
Encuentro telepático e intergaláctico de individuos elegidos al azar
Cuando cuente hasta diez, estarán en Europa.
Concretamente, en Rumanía, deportados por Sarkozy. Pero enseguida nos marchamos, antes de que nos roben todo lo que llevamos (aunque seamos sólo ectoplasmas). Cerramos los ojos, golpeamos los botines de rubíes y estamos en la Luna. Eso de la derecha es el universo. Eso de la izquierda es un cráter. Si avanzamos unos metros, nos encontramos un monolito negro. Es una señal. Una señal de tráfico. Circulen con cuidado. No queremos accidentes. No queremos problemas con el seguro.
Ahora estamos en lo oscuro, como en los bares. Pueden aprovechar para intimar. Eso sí, piensen que están siendo observados por la inmensidad del infinito. Y por los emisarios de Xenu, que no se pierden nada. Ahora mismo nos están viendo en lejanas civilizaciones. En horario de máxima audiencia. En alta definición. Con subtítulos. Somos como Belenes Esteban interplanetarias.
Pero nos marchamos antes de que traigan sondas anales.
Viajamos ahora a la velocidad de la luz. Recuerden que tenemos bolsas para el mareo. Si miran a la derecha, no verán nada. Si miran a la izquierda, tampoco verán nada. Pero nos detenemos un momento junto a trece millones de naves. Esto es el centro del universo. De ahí el atasco de tráfico. El gobierno no hace nada. La culpa es de ZP.
Ahora somos uno con el universo. Eso que sienten no es ardor de estómago: son supernovas. Ya hemos llegado. Fin de trayecto. Disfruten de su estancia. Procuren no tocar nada.
Concretamente, en Rumanía, deportados por Sarkozy. Pero enseguida nos marchamos, antes de que nos roben todo lo que llevamos (aunque seamos sólo ectoplasmas). Cerramos los ojos, golpeamos los botines de rubíes y estamos en la Luna. Eso de la derecha es el universo. Eso de la izquierda es un cráter. Si avanzamos unos metros, nos encontramos un monolito negro. Es una señal. Una señal de tráfico. Circulen con cuidado. No queremos accidentes. No queremos problemas con el seguro.
Ahora estamos en lo oscuro, como en los bares. Pueden aprovechar para intimar. Eso sí, piensen que están siendo observados por la inmensidad del infinito. Y por los emisarios de Xenu, que no se pierden nada. Ahora mismo nos están viendo en lejanas civilizaciones. En horario de máxima audiencia. En alta definición. Con subtítulos. Somos como Belenes Esteban interplanetarias.
Pero nos marchamos antes de que traigan sondas anales.
Viajamos ahora a la velocidad de la luz. Recuerden que tenemos bolsas para el mareo. Si miran a la derecha, no verán nada. Si miran a la izquierda, tampoco verán nada. Pero nos detenemos un momento junto a trece millones de naves. Esto es el centro del universo. De ahí el atasco de tráfico. El gobierno no hace nada. La culpa es de ZP.
Ahora somos uno con el universo. Eso que sienten no es ardor de estómago: son supernovas. Ya hemos llegado. Fin de trayecto. Disfruten de su estancia. Procuren no tocar nada.
lunes, 7 de febrero de 2011
Cosas mientras María fuma
De: Míchel Noguera
Para: Míchel Noguera
Fecha: 14 de enero de 2010 04:25
Asunto: Cosas mientras María fuma
María y sus andares felinos (que no gatunos, que suena peor). Su cuerpo de bailarina, que viene muy bien tenerlo cerca en noches frías, como tantas vividas sin ella (y otras cursilerías). Claro que ella permanece ajena a todo esto que escribo, pues lee ahora a Vila-Matas mientras fuma con su elegancia característica (y eso que a mí no me gustan las chicas que fuman).
Para: Míchel Noguera
Fecha: 14 de enero de 2010 04:25
Asunto: Cosas mientras María fuma
María y sus andares felinos (que no gatunos, que suena peor). Su cuerpo de bailarina, que viene muy bien tenerlo cerca en noches frías, como tantas vividas sin ella (y otras cursilerías). Claro que ella permanece ajena a todo esto que escribo, pues lee ahora a Vila-Matas mientras fuma con su elegancia característica (y eso que a mí no me gustan las chicas que fuman).
domingo, 6 de febrero de 2011
Sonia
Mario conoció a Sonia en una panadería. Ella había pedido una hogaza de pan moreno y llevaba una falda roja. Enseguida, Mario supo que estaba en un momento fundacional de su existencia. Aquello era el amor, se dijo. Henchido de este nuevo sentimiento, se acercó a ella y le preguntó su nombre. Ella, muy educada, se lo dijo. Acto seguido, Mario le declaró el amor sincero que es propio de los locos. Ella, no obstante, mantuvo la educación y le indicó que su historia era imposible, pues no se conocían de nada; luego abandonó la panadería, llevándose con ella la hogaza de pan moreno, la falda roja y el corazón de Mario, que, desolado, la vio marchar, quizá para siempre.
Mario se encerró en la soledad de su casa y en unos recuerdos que fue inventando del amor que pudo haber sido. Como terapia, decidió poner por escrito sus sentimientos. Así nació Una vida sin Sonia, libro que pronto se convirtió en fenómeno literario y social. Quién era Sonia, se preguntaban los críticos. ¿Era real o era una metáfora de la ilusión por vivir? Dónde estaba ella, debatían los tertulianos en programas de televisión. Falsas Sonias aparecían de tanto en tanto en portadas de revistas, pero nunca lograban convencer al público. «Todas somos Sonia», estuvo a punto de ser el lema de una campaña publicitaria de compresas, pero Mario lo evitó con una demanda.
Finalmente, un periodista dio con Sonia. Llevaba la falda roja, aunque esta vez iba sin hogaza de pan bajo el brazo. «Sonia, ¿por qué no quieres a Mario?», fue la pregunta que el periodista le hizo a la atónita muchacha. Pronto, su casa estuvo asediada por decenas de periodistas que la abordaban cada vez que intentaba salir. También se reunieron cientos de manifestantes frente a su hogar para pedir que le diera una oportunidad a Mario. «Sonia, ¿cómo puedes permanecer impasible frente a un amor así», decía una pancarta. «¿No has leído el libro, Sonia?», decía otra. «Sonia y Mario forever and ever», decía otra más.
No fue la presión popular la que directamente hizo que Sonia le diera una oportunidad a Mario, sino la familiar. Su padre sufría del corazón y todo aquel revuelo le venía fatal, así que Sonia anunció ante los medios que quería verse con Mario en un restaurante romántico, para cenar. La noticia abrió todos los telediarios de aquel día y la Bolsa registró una importante subida. Aquella noche, cuando Sonia y Mario entraron en el restaurante, los presentes se pusieron de pie y empezaron a aplaudir. Como en las películas, pensó Sonia. Durante la cena, todas las miradas estaban clavadas en ellos, que se derramaban la sopa constantemente, nerviosos ante tal escrutinio. La experiencia fue un desastre para Sonia, pero no sólo por esto: resultó que no tenían nada en común. A él le gustaban los perros, ella era de gatos; él era dualista, mientras que ella creía que el hombre está compuesto de una única sustancia; a Mario le gustaba veranear en la playa, Sonia prefería pasar el verano en el campo, en el pueblo de sus abuelos. Cuando salieron del restaurante, Sonia tenía planeado decirle a Mario que era mejor que fueran sólo amigos, pero en ese momento se acercaron unas chicas que, con lágrimas de emoción, les dijeron: «gracias a los dos por este amor». Sonia decidió que la ruptura tendría que esperar.
Pero nunca pudo romper con Mario. Había tanta fe puesta en ellos, en ella. Su amor era un ejemplo para todos los demás, una prueba de que el cinismo no se había apoderado de todo. Hay esperanza para todos nosotros, decía la gente. Sonia se guardó su infelicidad, su absoluta incompatibilidad con Mario. Se dijo que tenía que intentarlo. Por la presión de la sociedad. Tenía que honrar ese amor por todo el romanticismo del mundo.
Mario se encerró en la soledad de su casa y en unos recuerdos que fue inventando del amor que pudo haber sido. Como terapia, decidió poner por escrito sus sentimientos. Así nació Una vida sin Sonia, libro que pronto se convirtió en fenómeno literario y social. Quién era Sonia, se preguntaban los críticos. ¿Era real o era una metáfora de la ilusión por vivir? Dónde estaba ella, debatían los tertulianos en programas de televisión. Falsas Sonias aparecían de tanto en tanto en portadas de revistas, pero nunca lograban convencer al público. «Todas somos Sonia», estuvo a punto de ser el lema de una campaña publicitaria de compresas, pero Mario lo evitó con una demanda.
Finalmente, un periodista dio con Sonia. Llevaba la falda roja, aunque esta vez iba sin hogaza de pan bajo el brazo. «Sonia, ¿por qué no quieres a Mario?», fue la pregunta que el periodista le hizo a la atónita muchacha. Pronto, su casa estuvo asediada por decenas de periodistas que la abordaban cada vez que intentaba salir. También se reunieron cientos de manifestantes frente a su hogar para pedir que le diera una oportunidad a Mario. «Sonia, ¿cómo puedes permanecer impasible frente a un amor así», decía una pancarta. «¿No has leído el libro, Sonia?», decía otra. «Sonia y Mario forever and ever», decía otra más.
No fue la presión popular la que directamente hizo que Sonia le diera una oportunidad a Mario, sino la familiar. Su padre sufría del corazón y todo aquel revuelo le venía fatal, así que Sonia anunció ante los medios que quería verse con Mario en un restaurante romántico, para cenar. La noticia abrió todos los telediarios de aquel día y la Bolsa registró una importante subida. Aquella noche, cuando Sonia y Mario entraron en el restaurante, los presentes se pusieron de pie y empezaron a aplaudir. Como en las películas, pensó Sonia. Durante la cena, todas las miradas estaban clavadas en ellos, que se derramaban la sopa constantemente, nerviosos ante tal escrutinio. La experiencia fue un desastre para Sonia, pero no sólo por esto: resultó que no tenían nada en común. A él le gustaban los perros, ella era de gatos; él era dualista, mientras que ella creía que el hombre está compuesto de una única sustancia; a Mario le gustaba veranear en la playa, Sonia prefería pasar el verano en el campo, en el pueblo de sus abuelos. Cuando salieron del restaurante, Sonia tenía planeado decirle a Mario que era mejor que fueran sólo amigos, pero en ese momento se acercaron unas chicas que, con lágrimas de emoción, les dijeron: «gracias a los dos por este amor». Sonia decidió que la ruptura tendría que esperar.
Pero nunca pudo romper con Mario. Había tanta fe puesta en ellos, en ella. Su amor era un ejemplo para todos los demás, una prueba de que el cinismo no se había apoderado de todo. Hay esperanza para todos nosotros, decía la gente. Sonia se guardó su infelicidad, su absoluta incompatibilidad con Mario. Se dijo que tenía que intentarlo. Por la presión de la sociedad. Tenía que honrar ese amor por todo el romanticismo del mundo.
sábado, 5 de febrero de 2011
viernes, 4 de febrero de 2011
Un poeta
Ya está a la venta el nuevo poemario de Jimbo S. Fuller, poeta de Wisconsin que llamó la atención de la modernidad con su primera obra: Stalingrado está entre tus muslos. El nuevo poemario, editado por la Asociación Literaria de Pinares de Entretiempo, en Murcia, se titula: No me llames a casa, que he salido. Se trata de una obra de rebeldía juvenil, de rabioso inconformismo, de versos inconclusos porque «tenía algo mejor que hacer», como confiesa el autor en la nota a pie de página del poema Ya sé que estoy borracho. El poeta, que a sus cincuenta años se declara un romántico vocacional, desgrana el idealismo amoroso en versos como: «Y no te digo que no / ni que sí / pero me voy a la cama». En las mejores librerías, sólo siete euros.
jueves, 3 de febrero de 2011
Suena el teléfono
Suena el teléfono, pero el señor López no contesta. Esto es algo que ha decidido hoy, de forma repentina, para proteger su intimidad. No contestar el teléfono, que bien podría estar pinchado por su ex mujer o por agentes de un refundado KGB. No quiere revelar detalles de su vida privada, aunque tiene que reconocer en la soledad de su casa que su vida privada es bastante aburrida. De hecho, tendría que inventarse una vida privada que contar. Y a lo mejor quien llama no quiere escucharla. Es por eso que no contesta el teléfono, decide finalmente.
miércoles, 2 de febrero de 2011
martes, 1 de febrero de 2011
MálagaCrea
MálagaCrea es como esa chica que siempre te rechaza y a la que sigues tirando los tejos porque... bueno, porque te aburres, para qué nos vamos a engañar.
lunes, 31 de enero de 2011
B.
Ya, ya lo sé: estoy mal de la cabeza. Pero, en realidad, mis planes nunca fueron más allá de volver a verte. Ya improvisaría después. La idea era liarte de alguna manera. Con hipnosis, drogas o síndrome de Estocolmo. No sé, esto del amor siempre se me ha dado fatal.
domingo, 30 de enero de 2011
Souvenirs del pasado (2)
Escarbando en el pasado, he encontrado una nota que contiene una especie de advertencia: «No esperes. Ella no volverá esta noche. Ni las que vengan». Y se me ocurre que con lo último podría referirme tanto a las noches como a las mujeres.
sábado, 29 de enero de 2011
Souvenirs del pasado
Tengo en un anaquel una caja que me regaló una novia y que he usado para almacenar recuerdos. No recuerdos etéreos, claro, eso sería una tontería, sino objetos tangibles con algún significado para mí. Hace un rato me ha dado por abrirla (bueno, no es que me haya dado por abrirla sin más, en realidad buscaba algo en concreto: un billete de tren). No sé cuánto llevaba sin abrir la caja, pero la tapa estaba llena de polvo. Dentro me he encontrado billetes de avión, de tren, de autobús, de metro (me ha faltado de barco), entradas de cine, de conciertos, papeles con cosas garabateadas, planos de ciudades, etcétera. Ciertas cosas las había olvidado y he recordado su significado al verlas de nuevo. Bien. El problema es que con alguna cosa me he preguntado: ¿y esto qué significa? ¿A quién pertenecía? ¿De cuándo es? Eran como intrusos. Objetos sin significado. Ya no son recuerdos, sino objetos que conservo arbitrariamente. Vale, sí, los guardé por algún motivo. ¿Pero cuál? ¿Volveré a recordarlo? Quizá no era tan importante y por eso lo he olvidado. Quizá me equivoqué al guardarlo en su día. Quizá tendría que deshacerme de lo que ya no significa nada.
Por cierto, no he encontrado el billete de tren que buscaba.
Por cierto, no he encontrado el billete de tren que buscaba.
viernes, 28 de enero de 2011
Algo así
Qué bonito es el sonido del teclado cuando uno está escribiendo con convicción. Es casi musical. Como el galope de los Jinetes del Apocalipsis. Como unas salvas de fusilería. Algo así.
jueves, 27 de enero de 2011
Astronomía fácil
El espacio exterior. Entra un ASTRONAUTA. Bracea en la negrura mientras tararea Space Oddity. De pronto, repara en el público.
ASTRONAUTA: Buenos días.
El público no dice nada.
ASTRONAUTA: ¿Es que no me oyen? He dicho que buenos días.
El público saluda tímidamente, entre murmullos de asombro. «Estas obras modernas», se queja un señor con bigote.
ASTRONAUTA: ¿Han visto pasar el cometa de las seis y media? Creo que era por aquí, pero uno se desorienta en tanta inmensidad.
El público guarda silencio.
ASTRONAUTA: No importa, ya pasará otro.
Entra un extraterrestre. Braceando. Saluda al público con un tentáculo.
EXTRATERRESTRE: Buenos días.
El público se remueve en sus asientos, incómodo.
ASTRONAUTA: Buenos días.
EXTRATERRESTRE: ¿Ha pasado ya la nave nodriza de las ocho?
ASTRONAUTA: No es tan tarde.
EXTRATERRESTRE: Según la hora de Sirio, sí.
ASTRONAUTA: Ah. Yo es que espero un cometa.
EXTRATERRESTE: No tiene usted pinta de Rey Mago.
ASTRONAUTA: ¿Cómo conoce usted eso?
EXTRATERRESTRE: He trabajado muchos años en la Tierra. Ya sabe, en platillos volantes. Sé un montón de las costumbres humanas; las sondas anales nos dan mucha información.
ASTRONAUTA: Mi primo fue abducido una vez.
EXTRATERRESTRE: ¿Sí? ¿Cómo se llama su primo?
ASTRONAUTA: Paul Jenkins. Es neurocirujano en Boston.
EXTRATERRESTRE: Ah, no, imposible. Nosotros tenemos una política muy estricta: sólo abducimos a borrachos y tontos del pueblo, para ocultar nuestra existencia.
ASTRONAUTA: Bueno, mi primo venía de una boda.
EXTRATERRESTRE: Eso es otra cosa. Sí, es posible que lo abdujéramos, pero esa información es confidencial.
Se escucha un tintineo a lo lejos.
ASTRONAUTA: Creo que por fin llega el cometa.
EXTRATERRESTRE: A mí me parece que es la nave nodriza.
Entra un SEÑOR EN BICICLETA, tocando el timbre.
SEÑOR EN BICICLETA: Buenos días. Soy el cometa de las ocho.
EXTRATERRESTRE: Tiene que tratarse de un error. O es la nave nodriza de las ocho o el cometa de las seis y media.
SEÑOR EN BICICLETA: Soy las dos cosas. Es una manera de ahorrar.
El público empieza a abuchear. «¿Pero qué clase de burla es esta obra?», pregunta a voz en grito el señor con bigote de antes.
SEÑOR EN BICICLETA: Damas y caballeros, entiéndanlo: ésta es una obra modesta y no hay presupuesto para cometas o naves nodrizas, pero mi sobrino me ha dejado su bicicleta. Échenle un poco de imaginación.
El público no da por buena esta explicación y comienza a lanzar al escenario lo que tiene a mano, asientos arrancados de su sitio incluidos. El ASTRONAUTA y el EXTRATERRESTRE se montan como pueden en la bicicleta del SEÑOR EN BICICLETA y salen.
ASTRONAUTA: Buenos días.
El público no dice nada.
ASTRONAUTA: ¿Es que no me oyen? He dicho que buenos días.
El público saluda tímidamente, entre murmullos de asombro. «Estas obras modernas», se queja un señor con bigote.
ASTRONAUTA: ¿Han visto pasar el cometa de las seis y media? Creo que era por aquí, pero uno se desorienta en tanta inmensidad.
El público guarda silencio.
ASTRONAUTA: No importa, ya pasará otro.
Entra un extraterrestre. Braceando. Saluda al público con un tentáculo.
EXTRATERRESTRE: Buenos días.
El público se remueve en sus asientos, incómodo.
ASTRONAUTA: Buenos días.
EXTRATERRESTRE: ¿Ha pasado ya la nave nodriza de las ocho?
ASTRONAUTA: No es tan tarde.
EXTRATERRESTRE: Según la hora de Sirio, sí.
ASTRONAUTA: Ah. Yo es que espero un cometa.
EXTRATERRESTE: No tiene usted pinta de Rey Mago.
ASTRONAUTA: ¿Cómo conoce usted eso?
EXTRATERRESTRE: He trabajado muchos años en la Tierra. Ya sabe, en platillos volantes. Sé un montón de las costumbres humanas; las sondas anales nos dan mucha información.
ASTRONAUTA: Mi primo fue abducido una vez.
EXTRATERRESTRE: ¿Sí? ¿Cómo se llama su primo?
ASTRONAUTA: Paul Jenkins. Es neurocirujano en Boston.
EXTRATERRESTRE: Ah, no, imposible. Nosotros tenemos una política muy estricta: sólo abducimos a borrachos y tontos del pueblo, para ocultar nuestra existencia.
ASTRONAUTA: Bueno, mi primo venía de una boda.
EXTRATERRESTRE: Eso es otra cosa. Sí, es posible que lo abdujéramos, pero esa información es confidencial.
Se escucha un tintineo a lo lejos.
ASTRONAUTA: Creo que por fin llega el cometa.
EXTRATERRESTRE: A mí me parece que es la nave nodriza.
Entra un SEÑOR EN BICICLETA, tocando el timbre.
SEÑOR EN BICICLETA: Buenos días. Soy el cometa de las ocho.
EXTRATERRESTRE: Tiene que tratarse de un error. O es la nave nodriza de las ocho o el cometa de las seis y media.
SEÑOR EN BICICLETA: Soy las dos cosas. Es una manera de ahorrar.
El público empieza a abuchear. «¿Pero qué clase de burla es esta obra?», pregunta a voz en grito el señor con bigote de antes.
SEÑOR EN BICICLETA: Damas y caballeros, entiéndanlo: ésta es una obra modesta y no hay presupuesto para cometas o naves nodrizas, pero mi sobrino me ha dejado su bicicleta. Échenle un poco de imaginación.
El público no da por buena esta explicación y comienza a lanzar al escenario lo que tiene a mano, asientos arrancados de su sitio incluidos. El ASTRONAUTA y el EXTRATERRESTRE se montan como pueden en la bicicleta del SEÑOR EN BICICLETA y salen.
miércoles, 26 de enero de 2011
martes, 25 de enero de 2011
Je me souviens (4)
Recuerdo que maté una cucaracha en tu terraza y luego te daba miedo salir a ella, como si la cucaracha fuera a resucitar para atacarte o algo así. Y me pregunté cómo te tomarías una declaración de amor como: Oye, quiero matarte siempre las cucarachas.
lunes, 24 de enero de 2011
domingo, 23 de enero de 2011
sábado, 22 de enero de 2011
El otro
Ella no contesta, no se acuerda de él. Pero es natural. El otro sólo existe cuando lo queremos en nuestra vida. Mientras tanto, es sólo otro actor que ha salido del escenario. Deja de importar para la historia. No es por maldad que dejemos de pensar en él, es por coherencia argumental.
viernes, 21 de enero de 2011
La identidad
Sonó el móvil y en la pantalla apareció un número desconocido. Contesté. «Hola, Pedro, soy yo», dijo una voz femenina. Una voz preciosa. Confuso, sólo atiné a decir: «¿quién?». «Silvia», respondió la bonita voz. Durante unos segundos me planteé decirle a la tal Silvia que, en efecto, yo era Pedro. Por seguir escuchando su voz, nada más. Vale, y por preguntarle qué llevaba puesto. Pero, ¿y si Pedro era el hermano de Silvia? Por ejemplo. Qué conflicto más tonto se podía provocar por asumir la identidad de un desconocido. Una familia rota por un momento lúbrico de un desaprensivo. Así que, con el corazón encogido, le dije que se había equivocado de número y colgué.
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