—Te quiero y te lo repito como si no lo supieras.
—O como si fuera una maldición.
—También.
De joven, es muy sencillo confundir deseo y esfuerzo. Tampoco es que el esfuerzo te garantice nada, pero eso lo aprendes con el tiempo.
Me gustaría que mi hijo fuera buena persona, pero también quiero que sea feliz, objetivos a priori irreconciliables.