«Todas mis historias te pertenecen», le dijo, «aunque no sean más que una bruma nostálgica en la que se entremezclan los detalles y no se entiende nada».
Una vez puse en duda la profesionalidad de un repartidor (intentaba hacerme luz de gas con que había estado varias veces en mi piso para entregar el paquete que yo reclamaba) y, enfadadísimo, dijo que vendría a pegarme. «Hombre, pues muy profesional no me parece», contesté yo.