En el pueblo hay un mercado secreto de pisos en alquiler. Me hablan de ellos, pero luego nunca existen cuando inquiero a los supuestos dueños. Quizá no les guste mi aspecto (virtual, pues nunca llegamos a vernos en persona) de autor trasnochado o me tomen por un inspector de vivienda y por eso se hacen los locos. Pasan los años, pero nunca desaparece la sensación de que hay una vida que desconozco.
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