Seis años sin escribir una novela. Más de dos mil días. La vida se impone, podría alegar, pero no puedo evitar pensar en las diferentes posibilidades. Podría haber escrito seis, una al año, si fuera un excelente profesional de la literatura. O tres, al menos. O dos, dedicándole tres años a cada una, novelas bien trabajadas. O una, un acuerdo de mínimos, encontrando algún momento libre que otro en el ajetreo de lo cotidiano. Pero no, ni siquiera eso. De todos modos, tampoco es que hubiera una legión de lectores esperando (aunque es agradable mirarse al espejo y creerse escritor).
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