En un café parisino, me entrevisto con una anciana que afirma ser la princesa Anastasia.
—A Lenin le olía el aliento, ¿sabe? Claro que yo nunca llegué a verlo en persona, pero me lo contó un apuesto bolchevique al que seduje en mi cautiverio. Yo era muy bonita, aparte de princesa, que es algo que siempre gusta mucho. No era mi primer amante. El bolchevique, digo. El primer hombre con el que estuve fue Rasputín, que olía un poco mal, pero tenía una polla que no se acababa nunca. Como París. Recuerdo que sangré mucho cuando me desvirgó y me asusté porque me dio por pensar que era hemofílica como mi hermano. Tiene usted que entender que yo era una chiquilla entonces y me impresionaba fácilmente.
—¿Cómo logró escapar? —interrumpo.
—Fue cosa de mi bolchevique, que no quería perderme. A mí me habían educado desde la cuna para mantener una actitud regia siempre y no me asustaba demasiado ser ejecutada por unos revolucionarios. Desde la Revolución francesa, todos los que somos de sangre azul esperamos que nos pase en cualquier momento. Usted mismo podría ser un anarquista, sacar un revólver ahora y volarme la tapa de los sesos, pero yo ni siquiera pestañearía. El caso es que, como le digo, mi bolchevique me vino un día con la loca historia de escaparnos a Brasil, que me sonaba a país legendario. Aunque no era muy ducha en materialismo histórico, aquello me pareció muy poco comunista, la verdad. Le expuse mis dudas al respecto, pero él se envalentonó y me volvió a penetrar, que era algo que hacía a menudo. Los orgasmos hicieron que flaqueara mi voluntad y pronto estábamos cruzando la frontera.
—¿Adónde fueron finalmente?
—A Holanda. Acabamos viviendo en Ámsterdam, pero el clima le sentó fatal a mi bello marxista, que cogió unas fiebres malignas y se murió en una semana. Me quedé compuesta y sin amante en una ciudad desconocida e hice lo que cualquier mujer con mi formación: empecé a prostituirme en los muelles. Era una vida tan sencilla. Me follaban y ni siquiera tenía que aguantar sus conversaciones, pues no entendía ni una palabra de holandés, aunque algunos marineros del este chapurreaban ruso. En esos casos, me hacía la sordomuda.
—¿Cuándo dejó la prostitución?
—En 1932. Conocí a un importador francés, se llamaba Pierre y era masón y con bigote. A mí todas esas cualidades me cautivaron y acepté su propuesta de matrimonio. Nos vinimos a vivir a París. No le voy a mentir, también influyó su fortuna en mi decisión de casarme con él. Además, una no puede ser puta toda la vida, hay un momento en el que te falla el físico y tienes que bajar los precios, y una Romanova es una Romanova. Aunque yo estaba de muy buen ver todavía, pues sólo tenía treinta y un años, pero una retirada a tiempo es una victoria.
—¿Fue un matrimonio feliz?
—Las primeras semanas. Como usted entenderá, no le había contado a mi marido nada de mi pasado. Y no me refiero a lo de ser Anastasia, sino a lo de ser puta. Inadvertidamente, le pegué la sífilis, lo que no es beneficioso para la concordia de una pareja. Pero como era católico, no quiso divorciarse de mí. Es más, se le metió en la cabeza que Dios le castigaba conmigo (y con plagas en forma de enfermedades venéreas), así que donó una importante cantidad de dinero a caridad y aceptó la penitencia de mi compañía. Yo pensé que de perdidos al Sena y me busqué amantes discretos en la conversación pero desaforados en la cama.
—Y en 1940 llegaron los nazis.
—Sí. Con mi marido las cosas estaban muy mal ya. Yo le decía: «desde que no me quieres, estás insoportable». Pero no se reía. Y que los alemanes ocuparan el país le agrió todavía más el carácter. Decía que era una afrenta al orgullo francés encontrarse alemanes en Montmartre. Yo pensaba que era una afrenta a mi orgullo encontrármelo a él en la cama, pero me callaba. Además, comencé a verme con un oficial de la Gestapo y lo último que me apetecía era discutir con mi marido. Se llamaba Gunther. El oficial de la Gestapo, no mi marido, que seguía llamándose Pierre. Con el alemán tuve una relación de pasión salvaje, pasión que sospechaban algunas vecinas, que me miraban mal. Yo no lo entendía, pues no estaba traicionando a nadie (salvo a mi marido), que al fin y al cabo era rusa, no francesa.
—¿Qué sintió cuando los alemanes invadieron la Unión Soviética?
—Al principio, me alegré. Seguro que a Stalin también le huele mal el aliento bajo ese bigote, pensé. Durante un tiempo incluso sopesé la idea de escribirle a Hitler y contarle que yo era Anastasia, por si querían formar un gobierno títere en Rusia, que también nos enseñan en las familias reales a pactar con dictadores a cambio del trono. Pero luego conocí a un miembro de la Resistencia y todo cambió. Lo conocí en una frutería. Tenía barba y gafas de intelectual. Me miró y susurró: tienes cara de revolucionaria. Yo me pregunté si no sería por haberme acostado con uno, quizá por ósmosis se me había pegado algo.
—¿Colaboró con la Resistencia?
—Bueno, en parte. Me iba a la cama con el intelectual, eso tiene que contar. Se llamaba François y era panadero. O maestro de escuela, no me acuerdo bien. Se parecen tanto los niños y los panes. Creo que mandaba los mensajes cifrados dentro de panes. O de niños. El caso es que al final empecé a pasarle información que le sacaba a Gunther. Como me sentía un poco culpable, a éste empecé a pasarle información que le sacaba a François. Hasta que lo descubrieron todo.
—¿La Resistencia o la Gestapo?
—Cada uno por su parte. Yo lo negué todo y supe incriminar a mi marido. La Gestapo lo detuvo para interrogarlo; yo a François le dije que era por unas multas de tráfico. Para evitar que revelara algún secreto más a los alemanes, lo eliminaron haciendo llegar a su celda una bomba que iba dentro de una barra de pan. O de un niño, no estoy segura. Y entonces me enteré de que estaba embarazada. Exiliada, cuarentona, viuda y embarazada, vaya panorama.
—¿De quién era el niño?
—Ah, si lo hubiera sabido. Podía ser de mi difunto marido, del oficial de la Gestapo o del miembro de la Resistencia. O del chaval que me subía los recados de la tienda. O del sastre de la esquina. O de un tramoyista. En cualquier caso, el niño era un Romanov y eso era lo único importante. Aunque a Gunther le dije que era suyo y lo mismo a François. Los dos me colmaban de regalos, estaban exultantes. El Reich necesita soldados, decía Gunther; Francia necesita ciudadanos libres, decía François. Luego desembarcaron los Aliados en Normandía y poco después liberaron París. No volví a ver a Gunther, creo que escapó a Alemania, donde le esperaba su mujer. A François lo fusilaron por estraperlista, quién lo hubiera imaginado. Así que me quedé sin un padre para mi hijo. Pensé en presentarme en el cuartel general aliado para seducir a Eisenhower o de Gaulle, hombres dignos de mi alcurnia, pero las medidas de seguridad eran excelentes y no pude acercarme a ninguno de ellos. Así que me casé con el tramoyista.
—¿Cómo se llamaba?
—Ataúlfo. Es un nombre visigodo, por lo visto. Era un español republicano y autor frustrado. Decía que toda la culpa la tenía Franco, que él en España había sido un autor de éxito, pero aquí en Francia se veía obligado a trabajar como un vulgar tramoyista. Yo creo que se lo inventaba todo, porque me leía las obras que escribía en los ratos libres y eran bastante malas. Aunque no soy ninguna experta, qué sé yo de teatro o de la idiosincrasia española; quizá era un genio y yo no sabía verlo. En cualquier caso, en la cama también era muy buen tramoyista, no sé si me entiende usted.
—¿Fue buen padre para su hijo?
—Quería a mi hijo como si fuera suyo, estaba claro, pero era un tipo muy excéntrico. Se empeñó en que teníamos que ponerle al niño un nombre romano, no bíblico. No es que fuera antisemita, era una cuestión de ateísmo. Le parecían bien nombres como Mario o Julio, pero nada de David o José. Yo quería ponerle Iván, por el Terrible, pero Ataúlfo decía que eso era la versión rusa de Juan. Al final llegamos a un compromiso y le pusimos Iván Julio, que a mí me sonaba fatal. Iván Julio Fernández Romanov, zarévich de todas las Rusias.
—¿Le dijo a su marido quién era usted?
—Sólo le conté que yo también era una exiliada (para estrechar el vínculo entre los dos), pero no que era Anastasia. Se lo habría tomado fatal: un republicano casado con una zarevna. Como él era del POUM, le dije que había huido de la Unión Soviética porque era trotskista. La base de un matrimonio feliz es la mentira sistemática y me encargué de que fuéramos muy felices.
—¿Y a su hijo? ¿Le contó que era el heredero de la corona rusa?
—Esperé a que fuera lo bastante mayor para entenderlo, pero tal vez tardé mucho en hacerlo. Los chicos se rebelan siempre contra sus padres; quizá por eso, por haber crecido en un ambiente izquierdista, Iván Julio se volvió un reaccionario. No me di cuenta, supongo que eso me convierte en una mala madre. No lo descubrí hasta mayo del 68, cuando me dijo que toda esa chusma que se manifestaba tendría que ser fusilada por tratarse de un hatajo de alborotadores y descamisados. No me malinterprete, yo me sentí orgullosa: era la sangre Romanov que corría por sus venas. Claro que esto propició una serie de enfrentamientos con Ataúlfo, que estaba delicado de salud. Tantos disgustos lo llevaron a la tumba en 1970. Mi hijo hizo como que no le afectaba demasiado, pero empezó a tener episodios místicos. En una ocasión me confió que había hablado por teléfono con Juana de Arco y que ésta le había rogado que salvara a Francia. Yo entonces le pregunté si no le había dicho que salvara también a Rusia. Él me miró sin comprender y fue en ese momento cuando le revelé la verdad. Se lo tomó muy mal. Me dijo que él era francés, no ruso, y que yo era una inmigrante ilegal a la que había que denunciar a las autoridades. Menos mal que no le conté lo de la prostitución, pensé yo.
—Y ésa fue la última vez que vio a su hijo, ¿no es así?
—Me dijo que no quería saber nada más de mí. Fíjese qué crueldad, decirle eso a su propia madre. Yo pensé que sólo era un acceso de furia y que recapacitaría, pero, ya ve, seguimos sin tener contacto de ningún tipo, después de tantos años. A estas alturas pensará que he muerto, supongo. Yo sé por la prensa que es alcalde de un pueblo del sur, no recuerdo cómo se llama el sitio. Le reconocí por las fotos, pues se ha cambiado el nombre a Jean Jules. Pertenece al Frente Nacional.
—Ha tenido usted una vida muy dura.
—No me quejo, he tenido una vida plena. Puede que ahora esté sola y me dedique únicamente a envejecer y arrugarme un poco más cada día, pero he visto tantas cosas. He visto la revolución, la guerra, las revueltas estudiantiles. He sobrevivido a los bolcheviques y a los nazis. He conocido el amor, o algo parecido, muchas veces. He visto caer a los que derribaron el imperio ruso. Y los Romanov hemos prevalecido a pesar de todas las tribulaciones. No, sería injusto quejarme cuando el nieto de Nicolás II es el zar de un pequeño pueblo francés de derechas. La vida es algo extraordinario, ¿no le parece?
1 comentarios:
Qué ratito más güeno.
Da placer, leerlo.
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