martes, 31 de marzo de 2009

Marzo por la noche

Hay un gato maullando en el tejado. No sé qué querrá. Subiría a preguntarle, pero no tengo edad para estar paseándome por encima de las casas, y menos cuando ni siquiera hay una mujer por medio. Ah, si hubiera una mujer maullando en el tejado, amigos, entonces sería otra historia.

lunes, 30 de marzo de 2009

Destinos cruzados

Mi avión iba a Barcelona, pero acabé en Tombuctú. Tenía que haber sospechado cuando vi a los catalanes tan morenos, pero pensé que sería cosa de la capa de ozono, que ya no es lo que era. Que el taxista me condujera a una casa de adobe donde me quitaron todo el dinero, cuando yo le había dicho que quería ver la Sagrada Familia, lo achaqué a un revés del destino. Me ha tocado el taxista criminal, nada más, me dije. Lo definitivo fue que no tuvieran mi reserva en el hotel. Claro, no era mi hotel, era otro, el Hilton Tombuctú o algo así, que no está en Barcelona. Llamé a la aerolínea, que me explicó que todo había sido un error de un empleado disléxico. «Es una nueva política que tenemos», me dijeron, «apoyamos a los discapacitados de toda índole; en Air Hurricane creemos en la igualdad de oportunidades».

domingo, 29 de marzo de 2009

Filias y fobias

Toda la vida ha tenido pánico a las arañas. «Tú siempre vendrás a matarme las arañas como hacía Woody Allen en Annie Hall, ¿verdad?», me preguntaba cuando éramos pareja, hace muchos años.
Ahora estoy sentado en un sofá con ella y me doy cuenta de que hay una pequeña araña cerca de su hombro. Yo la aplasto con un dedo, pero no digo nada.

sábado, 28 de marzo de 2009

Ajustes

Él vuelve de otras guerras con el rostro surcado de heridas. Has cambiado tanto, le dicen.

viernes, 27 de marzo de 2009

Sistemas

«Voy a salir a fotografiar a todas las chicas bonitas de esta ciudad. Si me dicen algo, les contestaré que soy periodista, que estoy haciendo un reportaje sobre la belleza, o que soy un cazatalentos en busca de la modelo de la década. No sé, ya improvisaré algo. Luego haré un mural con las fotos. En mi habitación. Tendré a todas las chicas guapas de la ciudad en mi habitación».
«No sé, yo prefiero follármelas», contestó su amigo.

jueves, 26 de marzo de 2009

Los amantes

Llamaron a la puerta. Él pensó que sería ella, por lo que abrió enseguida. No era ella, pero se le parecía, y eso, en estos tiempos de crisis, ya es mucho. Hola, vecino, dijo ella, me preguntaba si tendrías algo de faisán y caviar, que todavía no he preparado la cena. Pasa, has tardado mucho, contestó él. Ella entendió que era una invitación sexual, le miró y se dijo: no es muy guapo, pero en estos tiempos de crisis...
Se sentaron en el sofá. Me gusta el papel de la pared, dijo ella. Gracias, lo eligió mi madre, contestó él. Una mosca sobrevoló la escena. Él se rascó el mentón, que siempre le había parecido algo muy literario. Ella se preguntó si su blusa no era lo bastante escotada.
Bueno, ¿a qué te dedicas?, preguntó ella para romper la interpretación de 4'33", de John Cage, que estaban llevando a cabo. Diseño barcos de vapor, contestó él. Vaya, ¿y eso está bien pagado?, dijo ella. Todavía no lo sé, respondió él, no me contratan en ningún sitio. Yo hoy he perdido la audición de un ojo, dijo ella. Será la visión, repuso él. No, no, la audición, era un papel en una obra de teatro: La Señora de las Anillas. Todo en clave feminista. Soy actriz, ¿sabes? De las buenas. Si fueras productor, te haría una demostración. O si fueras director.
Él tragó saliva y le confesó algo que ocultaba a sus más íntimos amigos: bueno, mi padre era el director de mi escuela, no sé si te servirá. Eso depende, contestó ella, ¿tu padre está vivo? No, falleció hace dos años, dijo él. Entonces se puede decir que has heredado el cargo de director, deberías presentarte algún día allí y dar órdenes; por lo pronto, me las puedes dar a mí. Tú dime qué quieres que interprete; se me dan muy bien las fulanas, lo dice todo el mundo.
Dicho esto, puso las manos en la mesita de café e hizo el pino. Como puedes ver, estoy en forma y soy muy elástica, dijo abriendo bien sus torneadas piernas.
Él sonrió con nerviosismo, siempre le habían intimidado las mujeres que hacían el pino sobre la mesita de café sin previo aviso.
Ella volvió a sentarse, frustrada. Después de un momento de silencio, dijo: hace calor, ¿no? Lo normal en esta época del año, contestó él. ¿Y si me desnudo?, dijo ella. No me opongo. Pues yo ya no sé cómo ponerte, se quejó ella. No, no, digo que no estoy en contra. Esa postura no la conozco, pero me la puedes enseñar, respondió ella quitándose la ropa en un abrir y cerrar de ojos, aunque él mantuvo los suyos abiertos en todo momento, por no perderse detalle.
Señorita, es usted un monumento, dijo él en un alarde de españolismo. Mira, contestó ella, no me importa que de pronto me trates de usted, pero métemela de una vez. Él decidió que sería de mal anfitrión desoír la petición de su invitada, así que se desnudó y la penetró muy satisfactoriamente para ambos, procediendo después a efectuar rítmicos movimientos pélvicos acompañados de gemidos y jadeos. Qué bella parece la vida entre los muslos de una mujer hermosa, pensaba él. Qué bella parece la vida cuando tienes dentro una buena polla, pensaba ella.
De pronto, golpearon en la puerta. ¡Cielos, mi marido!, dijo ella. Por qué tienes que decir ese cliché, se quejó él, por qué no puedes decir, por ejemplo, que es tu hermana gemela y ninfómana. Eso también sería un cliché, argumentó ella, un cliché de película porno. No lo niego, pero son más divertidos, dijo él. No es momento de discutir, respondió ella, tienes que esconderte, mi marido te matará si te encuentra conmigo, es profesor de autoescuela. Pero si esta es mi casa, dijo él. Da igual, no se dará cuenta, tú escóndete, dijo ella.
Le metió a empujones en un armario, lo que también era un cliché, pero cerró la puerta antes de que él pudiera decir nada. Desnuda como estaba, fue a abrir a su marido.

miércoles, 25 de marzo de 2009

La guerra nuclear y otras cosas que llevo en los bolsillos

En realidad, después de tantos años, ella no sabe nada de mí. No me conoce. Y esto es porque en el fondo no le interesa, simplemente se acostumbró a mi presencia como si pensara que formo parte del paisaje. Nadie se pregunta qué piensa el árbol que ve por la ventana. Y si se lo pregunta es que está loco o se ha pasado de new age. Pero no importa, yo se lo perdono porque es la única que llorará cuando me muera. Aunque quizá lo haga por motivos equivocados, pero algo es algo.

martes, 24 de marzo de 2009

En el tren

En el tren. Borracho (yo, no el tren, que es una cosa, algo inanimado). Se acerca el revisor y, con expresión adusta, como si fuera un juez implacable o un agente de la policía política de un régimen dictatorial, me pide el billete. Yo sonrío intentando ocultar una embriaguez más que evidente, me meto la mano en el bolsillo y saco lo que en un primer momento me parece que es el billete, pero que resulta no serlo. Es un círculo dentro de un cuadrado, y por un breve instante recuerdo lo bella que es la geometría. Vamos, que le ofrezco un condón y me quedo mirándole como si le estuviera tendiendo un salvoconducto que me permite viajar en transporte público. He sobrestimado las virtudes de los preservativos, diría cualquiera. El revisor me mira con desprecio, como ofendido, y le hace un gesto al de seguridad. Toda la culpa es del Papa, pienso yo.

lunes, 23 de marzo de 2009

La posmodernidad

«Lindo», me dice ella cuando nos despedimos, y me abraza con fuerza. «Qué bien te huele el pelo», dice después. «No dejes de pensar en mí», susurra, y me da un beso.
Yo le doy una palmada en el culo, le digo «hasta luego» y me marcho.

domingo, 22 de marzo de 2009

Ningún amor

«Los tres sois iguales», me dice ella, «vais de posmodernos, de punkis, con ese rollo de que no os importa nada ni nadie, que os da igual que os odien, incluso os gusta».
Yo podría contestarle que echo de menos la posibilidad. Que quisiera que la vida me hubiera llevado por otro camino, pero yo no elegí nada. Que, sin embargo, no tengo nada que ver con nadie, aunque pensaría que le estoy dando la razón. He llegado aquí solo. También podría ponerme sarcástico y decirle que se deje de tonterías y que colabore con la causa. Ayúdame a creer, ¿no? Pero me callo todo esto porque, claro, no serviría de nada.

sábado, 21 de marzo de 2009

Las cosas

Qué poco soporto a esta mujer. Pero están los niños, claro, que digo yo que serán míos aunque no hayan salido albinos como su padre. An albino, a mosquito, que cantaba Nirvana cuando era joven y todo parecía más fácil, cuando nos poníamos camisas a cuadros y creíamos que no había futuro, que era algo que ya habían pensando antes los punkis y no les salió nada bien. Pero tenía veinte años, qué iba a saber yo, me creía más listo que los demás. Yo esquivaré al destino, pensaba, no habrá idus de marzo para mí.
Una mañana me desperté y ya no tenía veinte años.
Bah, seguro que es una broma, esto no me puede estar pasando a mí, pensaba al principio. ¿Que me he casado con Elena? Imposible, si es una chica tontísima, si lo primero que me dijo al conocerme fue que le encantaba lo bien que me había decolorado el pelo. En su defensa hay que decir que iba bastante drogada cuando dijo eso, pero yo también lo estaba y aún así me pareció una tontería como una catedral. En cualquier caso, acabé en la cama con ella y luego nos fuimos juntos a Londres y unos cuantos años después yo estaba casado con una tonta y ella con un albino.
A veces las cosas simplemente suceden, sin explicación alguna.
«Me tratas como si fuera idiota», sigue diciendo ella desde el dormitorio. Yo termino de anudarme los cordones pensando: «es que lo eres, joder», pero contesto: «qué cosas tienes, cariño». Cuánto detesto a esta mujer, pero hay que disimularlo todo. Por los niños, me digo, que lo harán mejor que yo.

viernes, 20 de marzo de 2009

Tryptizol

«Nunca había deseado tanto la felicidad», va pensando Soledad de camino a la farmacia. «Sólo se es verdaderamente desgraciada cuando se quiere ser feliz», poetiza. «Si yo me conformara con esta gris existencia, si yo aceptara de buen grado esta soledad homónima y no me fijara en otros homínidos». Pero la resignación cristiana nunca fue lo suyo. Suspirando, aprieta el paso.
En la farmacia, un anciano compra condones. «Para las enfermeras», dice con sonrisa de Casanova moribundo y sale por la puerta cuando entra Soledad, que saluda con timidez al farmacéutico. El farmacéutico se llama Francisco, pero se parece a Paul Newman. «Ojalá Francisco me hiciera cisco», se dice Soledad en un pareado que sería improvisado si no fuera porque lleva pensándolo todo el día.
—Hola, Soledad. ¿Lo de siempre?
—Sí, sí —responde ella intentando parecer vitalista y alegre aunque viene a comprar antidepresivos.
Le da la receta y Francisco desaparece en la trastienda. Una metáfora de mi vida, piensa Soledad, que se pregunta qué hace Francisco en su tiempo libre, cuando no está dispensando medicamentos y drogas detrás de un mostrador. Se lo imagina pintando, un artista farmacéutico, o cuidando de su anciana madre, que seguro que fue la generosidad de espíritu la que le llevó a dedicarse a esto. «Esperando, fantaseo; enmiendo la realidad», se dice. «Yo necesito casarme con un guapo farmacéutico que quiera darme medicamentos toda la vida. Sin receta».
Francisco vuelve con la caja de antidepresivos en la mano y saca de su ensueño a Soledad, que paga diligentemente. «Hasta el mes que viene», se despide él y ella se pregunta si lo que ha comprado hará que se sienta menos tonta.

jueves, 19 de marzo de 2009

Ça commence aujourd'hui

Ella me manda fotos de la vida que no tuvimos. Todos esos momentos que no vivimos. Yo sonrío con amargura al contemplar esas instantáneas que no me pertenecen y vuelvo a mi testamento amoroso. Lego un montón de nada, supongo. Palabras que sólo me importaron a mí. Cosas que nadie más supo. Etcétera.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Paseos junto al río

—Oye, ¿me acabas de tocar el culo?
—No, te he dado con la cartera. Pero si hubiera sabido que te lo ibas a tomar tan bien, sí que te lo habría tocado.

martes, 17 de marzo de 2009

Las cosas pequeñas

Me dice que la felicidad está en cada uno de nosotros. Yo busco en mis bolsillos, pero no la llevo encima. Sólo un par de condones, un cepillo de dientes portátil, pañuelos de papel, un plano del metro de Madrid, el teléfono móvil, unos guantes.
Me la habré dejado en la otra chaqueta, quizá.

lunes, 16 de marzo de 2009

Sexo y literatura

—¿Cuándo me vas a escribir un libro de poemas?
—Cuando te acuestes conmigo.
—Oye, que yo me he acostado contigo más veces que nadie.
—Vaya, triste pero cierto.
—Pues eso.
—Da igual, ha pasado mucho tiempo, ya no me acuerdo. Quizá si me refrescas la memoria...

domingo, 15 de marzo de 2009

Polonesas y mazurcas

Ella no era una mujer como las demás, que es algo que dicen todas y suele ser mentira, como en este caso. Pero cuando se levantaba de la cama y se enfrentaba a un nuevo día gris, se decía a sí misma que era especial, que la vida valía la pena porque cada día era una pequeña aventura. Llenaba sus pensamientos, si podemos llamarlos así, de sencillos y fáciles sofismas, de refranes de abuelas, aunque ella no tuvo más abuelas que las cinematográficas. No importaba, la memoria no es más que un lastre cuando es real, es mucho mejor tener una memoria ligera de recuerdos inventados, recuerdos cincelados a golpe de imaginación (o de plagio, que siempre es más útil).
Una mañana llamaron a la puerta. Era Pedro, que nunca llamaba. Así que ella decidió, tras mirar por la mirilla, que no era Pedro y se negó a abrir. De nada le valieron las protestas a él.
Voy a escribir una novela, se dijo otro día, aunque ella no dijo «novela», sino «libro». Voy a escribir un libro, pues. Hizo cuentas de cuánto tiempo le llevaría y llegó a la conclusión de que sería una tarea titánica (y tiránica) y sumamente aburrida. Tendré que economizar palabras, pensó. Decidió eliminar los verbos. Escribió: «Noche oscura. Hombre joven en calle sucia. Chica guapa con paraguas rojo». Le pareció que seguía siendo demasiado largo todo. Decidió eliminar los sustantivos. Escribió: «Oscura. Joven sucia. Guapa rojo». No lo bastante corto todavía. Prescindiré de las vocales, dijo. «Scr. Jvn sc. Gp rj». Escribió toda la tarde.
Unos días después, salió a comprar pan con el libro bajo el brazo. Era domingo por la tarde y las panaderías estaban cerradas, así que se acercó a un local regentado por simpáticos chinos que ponían su mercancía a disposición del público a un precio muy razonable. Hola, Dolores, dijo el chino tras el mostrador. No me llames Dolores, llámame Lola, dijo ella intentando seducirlo. Muy bonita canción, contestó él, aunque ella no sabía de lo que le hablaba, pues vivía en un pequeño mundo compuesto de su apartamento y donde la televisión y la radio carecían de relevancia. Dame una barra de pan, pidió ella en un ejercicio de imaginación. Enseguida, Dolores, contestó el simpático oriental, ¿pero qué es eso que llevas debajo del brazo? ¿Esto? —preguntó ella haciéndose la interesante como cualquier autor que se precie—, es mi libro, lo he escrito en tres tardes. Él puso los ojos como platos, lo que no es fácil para un chino, y preguntó si podía echarle un vistazo. Claro que sí, respondió ella. El tendero chino leyó unas páginas con atención y empezó a sollozar quedamente. Esto es maravilloso, dijo.

sábado, 14 de marzo de 2009

Promociones

Aprovecho la coyuntura para hacerme publicidad descarada y no decir nada más, aunque tendré que vengarme del fotógrafo y volver a salir en el periódico (en la sección de sucesos).


http://medias.laopiniondemalaga.es/suplementos/2009-04-04_SUP_2009-03-14_00_11_11_libros.pdf

(En la penúltima página, como los señores).

viernes, 13 de marzo de 2009

Invenciones

—Oye, ¿y de mí vas a decir la verdad o te lo vas a inventar todo?
—Me lo iré inventando sobre la marcha, como siempre. Diré que eres rubia, por ejemplo, que vende más.
—Pues no me parece bien.
—Ya ves tú lo que me importa.
—Eso en la realidad no te atreverías a decírmelo.
—Es verdad, ya me lo estoy inventando.
—Tú es que te crees muy duro y no sé por qué.
—Tienes que hacerte duro cuando de adolescente te pareces a Prince en la portada de su disco homónimo. Eso curte mucho.
—También te crees muy gracioso.

jueves, 12 de marzo de 2009

Desmemoria

Si yo escribo mi vida es para poder olvidarla. Para decirme: está ahí guardada por si algún día la necesitas, pero ahora pensemos en otra cosa.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Mal de altura

Siempre es tarde, pero hay que sonreír. Que no se diga, que no te señalen.
Me asomo a la terraza de un noveno piso. La ciudad entera a mis pies, me digo, y pienso en hacer el salto del ángel. «Se arrojó de un noveno», dirían, lo que suena bastante bien. Muertes estéticas. Hacer de tu muerte una obra de arte, ya que la vida se resiste. Que el asfalto sea el lienzo y te confundan con un cuadro de Pollock.
Hay que buscar los escenarios naturales de las tragedias. No vale cualquier cosa, no vale tirarse de cabeza de un primero. Tampoco vale tomar carrera y arremeter contra una pared. Aunque sería muy original.
Me aparto de la barandilla y vuelvo dentro. Me he dejado las ganas de todo esto en otra parte.

martes, 10 de marzo de 2009

La retrocausalidad

Sonó el teléfono. La voz de un desconocido:
—Perdone que le moleste. Bueno, sé que es difícil de creer, pero le llamo desde el futuro; soy un viajero del tiempo y me he dejado las llaves de casa en su piso.
—¿Cómo dice?
—Podría volver al pasado a por ellas, sí, pero las normas son claras: sólo un viaje temporal al mes. Supongo que entiende la dimensión del problema, no voy a esperar un mes para entrar en mi casa. Y cambiar la cerradura tampoco es precisamente barato.
—¿Pero de qué me está hablando? ¿Cómo van a estar sus llaves aquí?
—Sí, verá, su piso está situado en lo que ahora son nuestras oficinas, por eso he aparecido en él esta mañana. Puede que se haya dado cuenta de que hay menos leche en la nevera, es que he ido al trabajo sin desayunar y tenía hambre. También tiene menos cereales. El caso es que creo que me he dejado las llaves en su cocina, pero no estoy seguro. ¿Podría hacerme el favor de echar un vistazo?
—¡Esto es un atropello! —le grité—. Está bien, voy a buscarlas, pero no le prometo nada.
Dejé el auricular en el sofá y, efectivamente, bajo la mesa de la cocina encontré unas llaves que no eran mías. «Si es una broma, se han esforzado bastante», pensé mientras volvía al salón.
—He encontrado sus llaves —le dije al hombre del teléfono—. ¿Ahora qué?
—Bien, usted tiene un estúpido cuadro en casa. El del payaso. Nosotros también lo tenemos. Quiero que pegue las llaves a la parte posterior del cuadro. Con un poco de suerte, seguirán ahí en mi época.
—Está bien.
Dejé una vez más el auricular en el sofá y fui en busca de pegamento. Cuando me disponía a hacer lo que me había pedido, decidí pegar un cromo de Zubizarreta en vez de las llaves. Volví al teléfono.
—Ya está hecho.
—Muchas gracias, voy a ver si están. Oiga —dijo después de un breve momento de silencio—, aquí sólo hay una foto de un portero de fútbol.
—Sí, perdone, era sólo un experimento. Ahora mismo pongo sus llaves detrás del cuadro.
Iba a hacerlo, de verdad, pero en el último momento se me ocurrió que podía sacar partido de la situación.
—Si quiere recibir sus llaves tendrá que darme información a cambio —dije.
—¿Cómo? ¿A qué se refiere?
—Es muy sencillo. Quiero que me diga los números de lotería que van a salir premiados este año. Y quiero también que me dé resultados deportivos, para que pueda apostar a caballo ganador.
—Pero eso no puede ser, afectaría al futuro. A mi presente.
—No es mi problema, haber tenido más cuidado con las llaves, amigo. ¿Tenemos trato o no? Yo ahora dejaré las llaves en el cuadro para que pueda volver a casa, pero piense que si no cumple su parte puedo quitarlas en cualquier momento y, por lo tanto, no estarán en el futuro para que usted pueda recogerlas por primera vez. No soy un experto, pero quizás se produzca una paradoja temporal y se vaya a la mierda el universo por una tontería.
Entonces apareció frente a mí un tipo apuntándome con una pistola. Me gritó:
—¡Maldito cabrón, me ha estado extorsionando durante un mes entero! ¡Y por venir aquí para matarle me ha hecho perder el viaje temporal de este mes!
Este giro de los acontecimientos no me lo esperaba, me había pasado de listo. Levanté las manos y empecé a suplicar por mi vida.
—Entiéndalo, con mi sueldo apenas puedo llegar a fin de mes. ¿No habría intentado usted algo parecido de encontrarse en mi situación? No quería causarle molestias. Tome sus llaves, lléveselas.
—Ya es tarde, rece lo que sepa.
Me veía ya fulminado cuando apareció más gente en el salón de mi casa. Unos tipos uniformados y armados.
—¡Alto! —dijeron—. Suelte el arma, Quark, esto es un crimen temporal.
—No, es un crimen definitivo —respondió el tal Quark—. Dejen que acabe con la vida de este miserable.
—Conoce las normas: no se puede alterar el pasado. Y el asesinato es una alteración grave.
—Nadie tiene porqué saberlo, pueden hacer la vista gorda —repuso él.
—No podemos aunque quisiéramos. Nadie sabe las consecuencias que podría tener este acto. Por favor, suelte el arma.
—Está bien —dijo Quark bajando la pistola—. Esta vez ha tenido suerte, amigo. Espero que haya aprendido la lección.
Acto seguido desaparecieron como si nunca hubieran estado aquí. Me quedé sentado unos instantes, un tanto aturdido, intentando asimilar todo lo que había pasado. Después me levanté del sofá, cogí un bolígrafo, descolgué el cuadro, escribí «Quark es idiota» en la parte posterior y lo volví a colocar en su sitio.

lunes, 9 de marzo de 2009

Anonimatos

Pensé que nevaba, pero llovían dientes. Ella daba pequeños sorbos a su café y miraba por la ventana. Me dijo:
—Durante un tiempo, sopesé la posibilidad de trabajar en el teléfono erótico; se gana mucho dinero, ¿sabes? Pero un día se me ocurrió: ¿y si llama mi padre? No me aterraba tanto la idea de reconocerle como la de no hacerlo. Imagínate: yo diciéndole guarradas a mi padre sin saberlo, él excitándose sin sospechar que es su hija la que le está susurrando obscenidades por teléfono. Ya, ya, ojos que no ven... pero sólo la idea me quitaba el sueño. Nunca estaría tranquila, me obsesionaría intentando reconocer voces. Demasiado estrés, hay formas más tranquilas de ganarse la vida.

domingo, 8 de marzo de 2009

Economía de guerra

Invertir en mí es de lo más rentable: dadme cinco días y escribiré durante un año.

sábado, 7 de marzo de 2009

El bibliotecario

El bibliotecario se despierta cada mañana en una habitación de paredes blancas que bien podrían ser las páginas de alguna novela aún no escrita, pero que no lo son. Son argamasa, yeso, ladrillos, poco más. Tras asearse en el cuarto de baño, desayuna tranquilamente en la cocina, donde toma un café negro como la tinta de la pluma de algún escritor apegado a las viejas costumbres.
Sale de casa hecho un pincel, que no tiene nada que ver con la literatura a no ser que hablemos de algún autor oriental.
Pasa todo el día rodeado de libros escritos por otros. Tanta literatura en mi vida, piensa él. Un chico se le acerca y le pregunta si tiene el Necronomicón, de Adbul Alhazred. El bibliotecario le responde que ese libro no existe, que es una invención de Lovecraft, al igual que Cthulhu. ¿Cómo que Cthulhu no existe?, dice el joven con indignación.
Luego una chica le pide Los cantos de Maldoror, de Lautréamont. En la sección de poesía francesa, dice el bibliotecario. No está, responde ella, ya he mirado. Entonces lo habremos puesto en la latinoamericana, por nacer en Montevideo, contesta el bibliotecario. ¿Y de Hugo Dannenberg no tenéis nada?, pregunta la chica. Poesía francesa y ciencia ficción, piensa el bibliotecario, curiosa muchacha. Sí, responde, tenemos Vientos de Saturno y Dios habla en estéreo. Ella le da las gracias y se marcha a buscar los libros, él piensa que sería bonito estar con una chica así, aunque sabe que no puede ser. Tal vez en las páginas de alguna novela, pero no en la vida real.

viernes, 6 de marzo de 2009

A los cuarenta

Me miro en el espejo al salir de la ducha y me maravillo de lo bien que estoy. Estoy en forma, se me marcan músculos que ni siquiera sabía que tenía. Buscaría a todas las chicas que me rechazaron en la adolescencia, aunque seguro que me dirían que ahora piensan en otras cosas. En hipotecas, por ejemplo. Da igual, buscaría entonces a sus hijas.

jueves, 5 de marzo de 2009

Autorretrato

Me explota el corazón, que es negrero, esclavista, insaciable capitalista de desengaños. Escribe más, me dice, practica un estajanovismo poético, aunque esto no sea capitalista, sino estalinista; es lo que tienen las dictaduras, que al final la ideología es lo de menos, lo importante es la opresión, perpetuarse en el poder, la imposición de la soledad.

miércoles, 4 de marzo de 2009

La educación sentimental

La culpa fue del chachachá, que cantaba Gabinete Caligari, y esto se puede aplicar a todo, incluida mi educación sentimental, que fue vaga e incompleta. En realidad, todo lo que sé lo aprendí del porno, que siempre estaba a mano y nunca mejor dicho. Quizá de ahí vienen todos mis fracasos, los tempranos y los tardíos, porque era aceptar la fantasía como una posible realidad (aunque alguna satisfacción pornográfica sí que he tenido a lo largo de mi vida). Claro que esto no es serio, y es que yo no lo soy, pero escuchemos a quienes sí lo son y me dicen: tu problema es que sólo te fijas en las locas. No, no es verdad, es que las locas suelen ser las más guapas, eso es lo que pasa, y yo siento una especial predilección por la belleza. Ya de pequeñito me pasaba, que me quedaba extasiado ante las señoras de cuerpos firmes, de nalgas pétreas y senos exuberantes. Sabrina, Samantha Fox, aquellas mujeres de la prepubertad que nos iniciaron en un camino que sólo podía conducir a la perdición. Pero qué bonita es la perdición cuando incluye estar entre las piernas de alguna chica que tiene que morderse la mano para no gritar (lo que está mal hecho, pues nada cura tanto el ego como escuchar a una mujer hermosa gritar tu nombre mientras la penetras en alguna postura inverosímil).

martes, 3 de marzo de 2009

La vida práctica

¿De qué sirve este sufrimiento? Si el sufrimiento fuera energía. Si pudiera iluminar esta ciudad con mi dolor. El país entero. Si las farolas se encendieran a una señal de mi desesperanza, si mi angustia sirviera para calentar las casas durante el frío invierno, si los trenes llegaran a su hora empujados por cada decepción. Quizás entonces valdría la pena todo esto.

lunes, 2 de marzo de 2009

A medianoche

—Te iba a decir algo bonito, pero me has colgado.
—Ah, vale, dime.
—Que si te ataco tanto es porque eres tan brillante que me siento amenazada y tengo que compensar.
—Gracias, sí que es bonito. Poco práctico, pero bonito.

domingo, 1 de marzo de 2009

La vida literaria

«Enhorabuena», me dice el recepcionista, «siempre es una satisfacción publicar un nuevo libro, ¿no?». Yo le doy la razón como a los locos, aunque me parece que en realidad está intentando ligar conmigo. Como no es mi tipo, principalmente porque es un hombre, me quito mérito diciendo que es una obra menor, que hay que ir paso a paso, que ya nadie lee y menos a autores que al levantarse de la cama se parecen a Fernando León de Aranoa. Él sonríe comprensivo y dice que entiende que para el Planeta todavía habrá que esperar un poco. Yo asiento y no le cuento las veces que he soñado que el premio Nobel me lo entregaba Miss Suecia.