miércoles, 31 de diciembre de 2008

Contemplando paisajes imaginarios

Sí, ha sido un año raro. Mejor que los dos anteriores (el listón tampoco estaba demasiado alto), pero raro. A tuvo un hijo, me enamoré, gané un primer premio en un concurso de relatos (y otra mención especial en Málagacrea), tuve una crisis vital importantísima (que todavía me dura), vi a Neil Young y a Leonard Cohen, cumplí treinta años (que son muchos más de los que esperaba cumplir en un primer momento), escribí un libro, me lié de nuevo con A y ya son dos años seguidos (en 2009 nos toca de nuevo), estuve en la cama con una chica mientras su ex amante musulmán aporreaba la puerta y, en fin, alguna cosa más y sobreviví a todo ello.
Así se resume un año entero en unas pocas líneas. Podría extenderme, pero, parafraseando a Gorgias, ciertas experiencias son incomunicables. El amor, por ejemplo. No tiene sentido intentar explicar, por ejemplo, que fui más feliz en cinco días con ella que en los cinco años anteriores. O el momento terrorífico, no exento de humor, de pensar: me gusta tanto que está claro que no puede salir bien. O contar aquella vez que se puso a hablar en francés por teléfono con su madre y yo me excité pero me dije: cómo le vas a meter mano mientras habla con su madre, qué clase de pervertido estás hecho. O aquella vez que le dije ma petite cochonne y se hizo la ofendida. O blablablá. No importa. Nadie puede entenderlo.
Por otra parte, el amor no correspondido tiene siempre algo de ridículo.
Y ya está, eso es todo, aquí no hay nada que mirar, apaguen la luz al salir, no hagan ruido, no murmuren a espaldas del autor, que es un autor consagrado (a la tarea de perder). Recuerden que todavía no me ha vencido del todo la vida. Puede que tenga treinta años, pero no estoy calvo, no tengo barriga, no me sale pelo de las orejas (aunque creo que esto último es a edades más avanzadas). Me tumbarán mil veces, que lo harán, y mil veces me levantaré, aunque cada vez más maltrecho y con menos dientes en la sonrisa. Y amaré a mujeres que amarán a otros, pero yo les diré que soy Míchel Noguera, que qué me van a contar a mí, si yo he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser...

martes, 30 de diciembre de 2008

Wille zum Leben

Qué cansado estoy de la vida, le digo a un amigo. Yo estoy hecho para otra cosa, todavía no sé para qué, pero cualquier día lo descubro, ya lo verás. El otro día, por ejemplo, me tumbé en la cama un rato a esperar que pasara algo, cualquier cosa, pero no pasó nada. O sí. Estaba escuchando a Leonard Cohen, qué novedad, y cuando cantó aquello de «she says: "my body is the light, my body is the way"», me puse a pensar en una chica que perdí no sé muy bien cómo. Sí, su cuerpo era la luz y el camino, me dije, para mí no había más religión que esa. Así que lo que pasó es que tuve una revelación de algo que ya sabía, lo que no es una gran revelación. Pero estuvo bien pararse a pensar en ello, como si se tratara de un momento importante de mi vida. Claro que estas cosas funcionan mejor en la literatura que en la realidad, pues la vida sigue siendo la misma.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Modas

La gente que vive en casas redondas se queja amargamente. Viva en una casa redonda y libre de esquinas. Diga adiós a los ángulos rectos. Tenga esferas semiindependientes como habitaciones. El mundo como burbuja y viceversa. Cosas así decía la propaganda, pero luego llegó el choque con la realidad, pues resulta bastante difícil encajar muebles de líneas rectas en paredes curvas. Por no hablar de esos suelos tan poco prácticos.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Incisiones

Ella me dice: «¿Sabes? Todas esas cosas que tanto te gustaban de mí, él las detesta». Y yo vuelvo a sentir ese viejo dolor.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Ciudades hundidas

Entra mi mujer. Como si esto fuera una obra de teatro, que creo que no lo es. Qué haces, me pregunta. Pienso, le contesto con lo que me parece un gesto sombrío, aunque la iluminación del cuarto es excesiva. En qué, me interroga. Ya me gustaría a mí saberlo, ya, pero no puedo contestar eso, pensaría que le estoy ocultando la verdad, así que miento. En la muerte, respondo. Siempre estás con lo mismo, se queja ella. Yo asiento.

viernes, 26 de diciembre de 2008

En el banco

Yo estaba haciendo cola en el banco. Era verano, creo. Cansado de mirar la coronilla de la vieja que tenía delante, reparé en un cartel que decía: «Estamos todo el tiempo pensando en ti». Es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo, pensé yo.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Algo así

Yo reiría si hubiera motivos para reír y amaría si hubiera motivos para amar. Pero no los hay, no hay nada, sólo un lento pasar de los días y las noches hasta que por fin se apagan las luces de una sala de cine vacía.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Hipocondrías

Cada vez que leo los síntomas de alguna enfermedad mental, pienso: la tengo. Quizás hacen como con los horóscopos, que los redactan de forma que sirvan para cualquiera.

martes, 23 de diciembre de 2008

Las navidades del señor Belvedere

Al señor Belvedere le importaba mucho su vecina, le importaba productos exóticos que no podía conseguir por vías normales. Este comercio estraperlista pasaba desapercibido para las autoridades, que estaban demasiado ocupadas dirigiendo el país hacia el siglo XX (había todavía un retraso considerable, se esperaba llegar al siglo XXI a mediados del XXII). Entre los productos exóticos que importaba para Belvedere se encontraban artículos como perlas de lluvia venidas de países donde nunca llueve —que es de una canción de Jacques Brel, pero como está muerto no puede demandar al autor de este relato—, sellos corintios, distintas especies de especias (pólvora, azufre, arsénico), popes ortodoxos, hotentotes hugonotes, balalaicas para ambidextros, bulas papales que permitían infringir los diez mandamientos, lencería francesa, chocolate suizo y un sinfín de cosas necesarias para una buena vida.
Sucedió que ese año se adelantó la navidad debido al cambio climático. El 16 de octubre era Nochebuena y Belvedere esperaba un pedido importante para la semana anterior a esa fecha, ya que se había propuesto colmar de regalos a sus familiares como si de un príncipe de cuento se tratara. Pero los días iban pasando y el pedido no llegaba, lo que naturalmente preocupaba a Belvedere, que era un tipo paciente sólo hasta cierto punto, pues esperar eternamente puede ser muy elevado para el espíritu, pero no es nada práctico. Armándose de valor (y de granadas de mano, por si el valor no era suficiente), fue a hablar con su vecina. Ninguna precaución estaba de más, ya que se decía que Virtudes, que así se llamaba la vecina, tenía negocios con diversas mafias internacionales y murcianas. Golpeó la puerta de su apartamento quedamente, como con timidez y esperó durante lo que le pareció una eternidad (recuérdese que era paciente sólo hasta cierto punto). Finalmente se abrió la puerta y en el umbral apareció una nube de humo y rulos. Era Virtudes, que tenía un grave problema de tabaquismo.
—¿Qué te trae por aquí, Belvedere? —preguntó con la voz de ultratumba resultante de tantos cigarrillos.
—¿Qué hay de lo mío? —balbució el interpelado.
—El horror, el horror —contestó ella imitando a Marlon Brando, con quien tenía un extraordinario parecido físico.
Lo que había sucedido, según le explicó, era que unos piratas somalíes habían interceptado el barco que transportaba la mercancía solicitada y ésta, por tanto, no llegaría jamás. ¡Qué desastre!, se lamentó Belvedere. Adiós a la Navidad, no habrá regalos este año, navidades negras. Virtudes, viéndolo tan abatido, intentó consolarlo devolviéndole el dinero, aunque no tenía ninguna obligación legal puesto que no habían firmado ningún contrato, y es que el mercado negro está muy mal regulado. Belvedere le agradeció de corazón tan bello gesto y se despidió de ella. ¿Qué hacer?, se preguntaba mientras volvía a su piso. No podía quedar mal delante de la familia, tendría que improvisar unos regalos aceptables con lo que pudiera encontrar. Se encerró en su piso dispuesto a resolver el problema o morir en el intento.
Como es natural e inevitable, pasaron los días, de forma que por fin llegó Nochebuena. La ciudad estaba engalanada para la ocasión y llena del espíritu navideño propio de una obra de Dickens: pedigüeños famélicos solicitaban limosna, jovencitas se prostituían, niños lisiados morían en las calles. El gobierno no había reparado en gastos este año para conseguir lo que todos deseaban: una navidad de cuento. Belvedere, imbuido del mismo espíritu navideño que inundaba las calles, decidió ir bailando sobre la nieve (que había sido comprada en Finlandia) todo el camino hasta casa de su tío Víctor Hugo. Al llegar a ella, le abrió la puerta la mujer de su tío, Influenza.
—Hola, Belvedere —dijo ella.
—Hola, Influenza —contestó él.
Conscientes de la poca originalidad de sus saludos, decidieron no decirse nada más.
¿Qué me has traído?, gritó de pronto la voz infantil de un niño (los niños suelen tener voces infantiles, pero no está de más insistir en ello). El niño era Tñz, un pequeño indígena que Víctor Hugo había adoptado en uno de sus viajes al Amazonas, pues había aceptado la jubilación aventurera que ofrecía el gobierno para deshacerse de los ancianos que se empeñaban en cobrar sus pensiones (hasta ahora Víctor Hugo había conseguido sobrevivir, lo que resultaba perjudicial para los presupuestos estatales).
—No te lo puedo decir todavía —le explicó Belvedere al pequeño saltimbanqui—, tienes que esperar a la mañana de Navidad, es la tradición.
—Qué rollo —dijo el niño en un ejercicio de precoz heterodoxia.
El tío Víctor Hugo, que a pesar de su nombre se parecía a Tolstoi, bajó las escaleras y dijo algo en polaco, idioma que estudiaba por telepatía. Luego le dio un afectuoso abrazo a su sobrino intentando robarle la cartera, que era una costumbre familiar. Belvedere le abofeteó un par de veces e Influenza anunció que la cena estaba lista. Se sentaron a la mesa y esperaron a que la bendijera uno de los popes que Belvedere había importado ese año, después cenaron excelentes viandas. Influenza dijo que había kiwi de postre. No, gracias, nunca como aves, respondió Belvedere. Todos eran mis hijos, dijo de pronto Víctor Hugo, que gustaba de hacerse el enigmático. Influenza comenzó a sollozar quedamente al recordar que Jesucristo estaba muerto. Tñz preguntó si podían abrir ya los regalos. Decidieron que era buena idea.
Víctor Hugo miró a su mujer a los ojos y le regaló un consejo: nunca consumas alimentos caducados, cariño. Ella le contestó que era un hombre horrible y que ya se lo había advertido su madre, luego le dio el jersey que había tejido para él. Tñz recibió de Influenza un patinete, aunque el niño esperaba una videoconsola. Víctor Hugo dijo: yo te regalo el futuro, hijo mío, es todo tuyo, disfrútalo. A Belvedere le dieron unos calcetines y las gracias por venir.
—¿Y tú qué regalos traes, sobrino? —preguntó Víctor Hugo con su característica voz de barítono.
—Ahora lo veréis —contestó Belvedere.
A su tío le entregó una corbata, pero no una corbata cualquiera, sino una corbata-espada muy práctica (y elegante) para defenderse de maleantes. La había confeccionado cosiendo dos corbatas de manera que ocultaran un machete entre ellas. A Tñz le dio unos ojos de cristal de su colección para que jugara a las canicas (los diferentes iris entusiasmaron al niño). A Influenza le dio la vacuna contra la gripe, matándola al instante. Ante esto, el tío Víctor Hugo encogió los hombros. Tñz, que era jíbaro, encogió la cabeza de la muerta.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Amores locos

No es una loca, no te confundas, hablar así sería decir que es un caso excepcional cuando en realidad es otra loca. Me las regalan, se podría decir. Es como si encontraran mi rastro nada más salir del manicomio y lo siguieran, con la mirada perdida, hasta dar conmigo. Me las imagino asistiendo a sus terapias de grupo con carpetas forradas con mis fotos. Da que pensar este impacto entre la población demente, ¿no te parece? Me gustaría creer que ven en mí la solución a su locura, que para ellas soy una especie de psiquiatra sentimental, pero no me engaño, imagino que la verdadera explicación será aún más absurda, porque quién sabe cómo piensan las locas. Ni ellas. Quizás lo de perseguirme no sea algo inherente a su condición de locas, tal vez se han puesto de acuerdo, como en aquella canción de Kortatu en la que los locos decidían en asamblea que al día siguiente luciría el sol y haría buen tiempo.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Imaginería

Colgaré de un árbol del jardín, como una piñata, como un farol chino. Mis pies, quizás, rozarán las briznas de hierba. Me balancearé suavemente, como un niño al que mece con amor su madre, y mi cuerpo será un péndulo que señala dónde crece la mandrágora. Los cuervos se posarán en mi cabeza y picotearán mis ojos. O no, seguro que los vecinos impiden todo esto.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Al teléfono

—Hola, cuánto tiempo, ya pensaba que estabas muerta. He estado mirando la sección de sucesos y todo.
—Pues bastaba con llamarme.
—Ya, lo pensé, pero luego me dije: bah, si está muerta no tiene sentido que la llame.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Aerobic con Hanoi Jane

He pasado la tarde mirando libros que no puedo comprarme. Me vendría bien un trabajo (o ganar un concurso de macramé). Ya podría contratarme alguna revista de tendencias para que escribiera una columna de actualidad. Se lleva la vida, está demodé la muerte. La televisión, qué ver: nada, salvo algunas series yanquis. Música: hablar del enésimo disco que suena igual que un millón de discos anteriores. Criticar a la chica joven con talento que deja el rollo folkie para grabar una mierda de canción con un moderno que no sabe si llevar barba o patillas. O hablar de política. El gobierno: hay que derribarlo siempre. La oposición: hay que derribarla siempre. Escribir de cuando Nietzsche embadurnaba de heces las paredes del manicomio de Basilea. Bueno, eso no es muy actual. Hablar de la destrucción del amor, del cambio climático, de enfermedades venéreas, de campañas subnormales para jóvenes, de la crisis económica, de crucifijos, de zapatazos al presidente de Estados Unidos, de fútbol, de violencia doméstica.
Pasar de puta del Vietcong a vender vídeos de aerobic, ahí está la clave. Hay que saber venderse y yo eso puedo hacerlo muy bien, que ya no creo en nada. El nihilismo es un humanismo y blablablá. Renunciar, al final todo se reduce a eso. Lo cierto es que yo tengo muy poco de zen, aunque me deje convencer por Marina cuando me dice que vaya con ella a meditar a Barcelona. No aguantarás ni un día, me dice, y tiene razón, que yo soy de discutir a los cinco minutos con el líder de la secta. Pero digamos que no, digamos que puedo ser otro, que uno puede y debe crearse como una obra de arte, ya lo decía Foucault, creo. Una obra de arte controvertida y que atente contra las buenas costumbres. O todo lo contrario y recibir subvenciones.
En otro orden de cosas, las calles están llenas de chicas guapas, pero todas van del brazo de otro. Qué extraño es todo.

jueves, 18 de diciembre de 2008

La vida novelada

Yo no sé nada de la vida, por eso me la invento, pero la verdad es que me ha ido muy bien así. Ya son diez años de fabulaciones y todavía no se ha quejado nadie. Es irónico ganarse la vida inventándosela, pero los lectores quieren aventuras exóticas, no una rutina gris como la que también viven ellos. ¿Serían mis novelas un éxito si el protagonista deambulara por las páginas realizando las actividades más aburridas del mundo? Con un horario estricto de tedio, siempre haciendo todo a la misma hora. Esperando a la muerte sin esperarla, porque no va a llegar mañana, ni la semana que viene. ¿Quién querría leer eso?

miércoles, 17 de diciembre de 2008

This time tomorrow

Me abordó en un bar. Me pareció demasiado bonita para ser prostituta, pero no iba a discutir mi buena suerte. Como era de esperar, acabamos en un hotel de mala muerte. Me encendía que fingiera ser tímida y dispuse de su cuerpo con la vehemencia de las grandes ocasiones. «Es la primera vez que hago esto», me dijo luego. «Quería engañar a mi marido, pero pensé que sería mejor hacerlo con un desconocido». «¿Y lo de presentarte como prostituta?», dije yo. «Pensé que agilizaría las cosas. Además, así sacaba algo de provecho, algo más que la simple venganza». «¿Qué te ha hecho tu marido?», le pregunté. «Se acuesta con su secretaria, el muy idiota cree que no lo sé», me contestó. Yo pensé en decirle que era la primera vez que iba de putas, pero me habría notado en la cara que mentía. Nos despedimos frente a la entrada del hotel con un apretón de manos, como si no nos hubiéramos estado revolcando desnudos un momento antes. No le pregunté si nos veríamos de nuevo, algo me decía que no. Pero seguí yendo a aquel bar, por si acaso.

martes, 16 de diciembre de 2008

Cuentos navideños

En estas fechas tan entrañables lo más navideño que hago es acostarme con Belén. A Belén, pastores, dice el villancico. Y eso hago yo, que tengo aspecto de pastor de cabras afgano (la nacionalidad de las cabras es irrelevante, aunque se las supone afganas también por pura coherencia argumental). Entro y salgo de Belén todas las noches, aunque no a ritmo de villancico, que sería un poco aburrido. Así, con cada nuevo encuentro celebramos habernos encontrado y nos decimos que la nuestra es sin duda una bella tradición.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Más aventuras en el país de la psicopatía

Ebrio por las calles de la ciudad llamo a cierta chica, que me dice que vaya a verla. Me presento en su piso y en la cama me cuenta que un compañero del trabajo está obsesionado con ella y que quizás venga más tarde, que la noche anterior lo hizo para contarle su vida. «Es un tipo muy violento, machista y celoso», me cuenta. «Es marroquí y se llama Abdul». «Vaya, ¿no podría ser menos estereotipado?», pregunto yo. A eso de las tres y pico de la mañana llaman al portal. Es él, claro. Antes de que pueda protestar, ella se levanta y va a decirle no sé qué. Vuelve y me cuenta lo que ha pasado. Le ha dicho que no puede dejarle pasar, que su compañera de piso está dormida y que no son horas. Él ha contestado que eso no puede ser, que acaba de pasar por el bar donde trabaja la compañera de piso de marras y estaba allí. Ella se ve obligada a improvisar: «sí, pero no se encontraba bien y ha venido». Él no parece nada convencido, pero se marcha. «Imagina que entra aquí y te ve», me dice ella. «Encima está borracho».
Un par de minutos después, vuelve a llamar. Ella comete de nuevo la imprudencia de ir a ver qué quiere. «Lo vas a pagar», es básicamente todo lo que dice el tal Abdul. Ella vuelve a la cama y ya es hora, que empieza a dolerme la cabeza y lo que me apetece es dormir; es tarde y ya no tengo edad para chorradas de Otelo, el moro de Venecia.
A las cinco de la mañana, o a las cinco y media, vuelve a sonar el timbre del portal. «Que le den por culo, ya se cansará», digo yo. Pero no se cansa, no. Llama insistentemente durante más de media hora, en un alarde de estabilidad mental. Entonces un vecino decide intervenir y lo hace... abriéndole la puerta. En esta parte de la ciudad no hay ni una sola persona cuerda, por lo visto. ¿O acaso es normal abrirle a un psicópata que llama al portal durante cuarenta y cinco minutos? Imagino que el vecino habrá pensado: que la mate ya, pero sin despertar a todo el edificio. Bien, el caso es que ahora tenemos al psicópata en la puerta del piso, llamando al timbre y no tocando alegres melodías, no, sino tocando todo el rato la misma, la sonata del loco, una y otra vez, una y otra vez, como descargando su furia homicida en el timbre. Yo con resaca y un marroquí furioso en la puerta, menuda noche. Empiezo a cabrearme, lo que no es nada juicioso, que me lo imagino de dos metros, de rostro patibulario, con los ojos inyectados en sangre. Da igual, qué cojones, la razón me asiste y me duele la cabeza. Pero como sueño con una muerte mejor, le digo a la chica que llame a la policía, al fin y al cabo sigo midiendo 1,70 y lo único que sé de boxeo es Ali, bomaye.
Afortunadamente para todos, la autoridad competente resuelve la situación a eso de las siete de la mañana.
«¿Escribirás de esto?», me pregunta ella por la tarde. «Sí, supongo que sí», respondo. «¿Ves cómo soy tu musa?», dice con una sonrisa, «te sirvo de inspiración». «Bueno, no sé si tú o el moro», contesto yo.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Centro de gravedad permanente

Sólo había estado enamorado una vez, ¿sabes? Al principio pensaba que no volvería a amar porque aquella era una mujer extraordinaria y no encontraría otra igual. Luego cambié de opinión y pasé a pensar que aquel amor era fruto de la juventud, de la ingenuidad, y que ya nunca volvería a sentir nada parecido porque me había convertido en un descreído. Luego te conocí a ti y me complicaste tremendamente la vida, porque me enamoré de ti sin pretenderlo, sabiendo que no me convenías en absoluto. Ahora ya es tarde, el mal está hecho. Lo mejor que podrías hacer es venirte a la cama conmigo.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Muerte y estética

Hay una mancha de sangre en el suelo de la cocina. Es de mi mujer. No ha sido un accidente ni un asesinato, sino un suicidio. Se ha cortado el cuello esta mañana. Hoy es lunes y soy viudo. Miro la mancha como si pudiera entender algo observando su superficie. A ratos hablo con ella, como si pudiera responderme. Virginia, le digo, que así se llama mi mujer, como la prima de Edgar Allan Poe. Pero a mi mujer le gustaba más Sylvia Plath que Poe, decía que había algo muy poético en meter la cabeza en el horno como si ésta fuera el pavo de navidad y las ideas fueran el relleno. Supongo que eso era un aviso, pero no supe verlo. Mañana será martes.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Una vez en Madrid

Recuerdo que en Madrid las prostitutas me invitaban con la mirada, aunque luego seguro que cobraban. No fue el único tipo de prostitución que encontré, pues vi a un hombre frente a la Casa del Libro con un cartel anunciando que escribía poemas por la voluntad. Y no por la voluntad de poder, que diría Nietzsche, sino por unos céntimos. Me pregunté qué tipos de poemas serían, si serían como esos que ofertan para el móvil a eso de las tres de la mañana en la televisión, poemas para retrasados mentales, o si había perfeccionado su técnica de tal manera que, manejando siempre los mismos conceptos, podía pergeñar un poema personalizado en un momento. Poemas como caricaturas o algo así. Pero no sé, no me imagino a nadie yendo a casa y diciendo: mira lo que me ha escrito un señor por veinte céntimos. Aunque quién sabe, la gente es muy rara.

jueves, 11 de diciembre de 2008

El té

—¿Muchos clientes, cariño?
—No, lo de siempre. Tres o cuatro borrachos.
—¿Quieres un té?
—Sí, por favor.
—Así te quitas el sabor de la boca.
—Ya, sé que no te gusta besarme cuando llego del trabajo.
—Lo decía por ti.
—Pues entonces bésame.
—Enseguida, espera que prepare el té.
—Si ya lo sabía yo.
—Entiéndelo, a saber dónde han estado esas pollas antes.
—Te puedo decir dónde han estado hace un momento.
—No, déjalo.
—Sí, mejor. No queremos dañar tu sensibilidad, ¿verdad?
—Sabes perfectamente que es mejor que no me cuentes nada. ¿Cómo voy a escribir cuentos para niños si pienso en las cosas que te hacen cada noche?
—Si al menos te publicaran alguno. El único dinero que entra en esta casa lo gana mi cuerpo.
—Te he dicho un millón de veces que es mal momento para la literatura infantil, yo no tengo la culpa.
—Pues escribe otra cosa, joder.
—No puedo, no se me da bien la literatura adulta.
—Porque te niegas a crecer. Por eso no quieres que te cuente nada, para seguir viviendo en tu fantasía. Toda tu vida es un cuento infantil.
—Sí, casado con una puta, menudo cuento.
—Una actualización de la princesa.
—O de la bruja, más bien.
—Podrían ser las dos a la vez.
—Sí, toda mujer es en el fondo las tres cosas.
—Ten cuidado, te van a salir unos cuentos muy cínicos.
—Cállate de una vez. ¿Cómo quieres el té?
—Sin azúcar.
—Vaya, así terminaría esto si fuera un cuento. Resumiendo lo que es la vida.
—Vete a la mierda.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Siempre con problemas

Aparece de tanto en tanto y no me dice con quién ha estado, aunque no es necesario, yo sé que ha estado con otros y eso basta. Ella actúa, sin embargo, como si me hubiera sido fiel todo este tiempo. Me dice que me ha echado mucho de menos, que ojalá me hubiera tenido cerca para consolarla. Y yo me pregunto a cuántos les dirá lo mismo.

martes, 9 de diciembre de 2008

Cantan las gaviotas mi muerte y otros sueños de grandeza

Dicen que he cavado mi propia tumba, pero qué sabrán ellos. Yo, pueden ustedes creerlo, no estoy muerto, aunque es verdad que a veces lo parezco. Una vez, sin embargo, me encontré a la muerte en un bar. Era morena, de rasgos delicados. Estaba sola. ¿Esperas a alguien?, le pregunté. Puede que a ti, me contestó con una bella sonrisa. Le dije que tenía los ojos de Constance Dowling y me respondió que se lo decían a menudo. ¿No me invitas a una copa?, me preguntó. Claro, ¿qué quieres?, dije. Lo mismo que tú, contestó. Bien, yo quería sexo, así que me lo tomé como una propuesta indecente. Me acerqué a la barra y me di cuenta de que el camarero estaba muerto, aunque él no lo sabía. Boqueaba como un pez globo en busca de un oxígeno que ya no podía respirar y me miraba sin entender nada. Hice lo que habría hecho cualquiera: pedí dos cervezas.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Noches negras

A la destrucción de la vida, a eso me dedico, le digo como quien habla del tiempo. Ella sonríe y me contesta que ya está bien de tanto malditismo barato, que a quién pretendo engañar, si yo en realidad soy un soñador y un romántico. Sí, claro, me defiendo yo, pero es que los cínicos en el fondo somos unos románticos. O viceversa, a estas horas de la noche nunca me acuerdo.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Pequeño museo

El amor nace de la admiración, me dijo un amigo. A mí me han admirado unas cuantas, pero no me ha amado ninguna. Amores abortados que conservo en botes de formol. Pequeño museo de los horrores. Pequeño museo de los errores. A esta de aquí la conocí en una estación de autobuses y en realidad estaba enamorada de su primo. La de la estantería de arriba estaba enamorada de su padre, lo que es bastante común. Pequeño museo de los clichés. La otra no podía querer a nadie, que era una sociópata. Pequeño museo de los trastornos mentales. Esa otra no sé quién era, pero seguro que está ahí por una buena razón.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Hombres y mujeres

—Siempre temo pasarme contigo.
—No te preocupes, nunca te pasas.
—Ah, pues muy mal.

viernes, 5 de diciembre de 2008

El padre (idea para una película)

Gregorio es un cura de pueblo que lleva una existencia anodina y tranquila hasta que es nombrado Papa en un estudiado movimiento publicitario del cónclave para conectar con la sociedad. La tranquilidad del papado de Gregorio XVII se ve perturbada con la aparición repentina de Alberto, que dice ser su hijo y le exige dinero a cambio de no revelar este dato. Gregorio cede al chantaje, pero éste continúa, por lo que asesina a Alberto y arroja su cadáver al Tíber. Pero Justino, un turista español en la Ciudad Eterna, casualmente lo graba todo con su cámara, lo que le conduce a una crisis de fe. Su mujer intenta convencerle de que destruya la cinta, pues el Papa es infalible y por tanto no puede cometer un crimen imperfecto; Lorena, su hija, le anima a hacer lo correcto: denunciar al Papa. Justino hace caso a su hija, pero en ninguna comisaría romana le toman en serio. Todo esto llega a oídos de Gregorio, que de incógnito busca a Justino para destruir la grabación y acabar con éste si es necesario. Tras muchas penalidades, Justino y su hija toman al asalto los estudios de la RAI y emiten el vídeo en horario de máxima audiencia. Gregorio irrumpe en el plató demasiado tarde y lo único que puede hacer es excomulgar a los televidentes.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Y otras lecciones vitales

No hay diferencia entre estar despierto y ser sonámbulo, pienso cuando me descubro haciendo la enésima cosa que no me interesa lo más mínimo.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

La última noche

Anoche llovía mucho y yo no estaba de humor para diluvios. Encendí la radio para sentirme acompañado o quizás para imaginar que era un ejecutivo que estaba reunido y que los locutores hablaban sólo para mí. Solipsismos radiofónicos. Me dijeron que España se rompía, lo habitual. Qué fea es España, que seguro que lo dijo alguien antes que yo. Busqué una emisora de canciones para suicidas, pero no encontré nada. Una voz dijo que Jesucristo era un extraterrestre, que no era una forma de vida basada en el carbono, sino quizás en el silicio, y si podía caminar sobre las aguas era porque llevaba en la sangre la gravedad de su planeta de origen. Jesús era de Krypton o algo así. La teología a lo von Däniken es más divertida que la tradicional, pero aún así sigue siendo un auténtico coñazo. Apagué la radio y escuché la lluvia hasta que finalmente me dormí, ya de madrugada.

martes, 2 de diciembre de 2008

La mujer como excusa para la creación artística

Yo te he querido siempre, pero me he negado a decirlo hasta ahora, pues no es agradable que a uno le arrojen su amor a la cara. Yo, como digo, siempre te he querido, y tú, como ya sospecharás a estas alturas, nunca me has querido. No creo que esta falta de amor hacia mi persona te quitara el sueño, aunque nunca se sabe, pero sí afectaba a la calidad del mío, que era claramente tercermundista. Me he dedicado todos estos años de insomnio a quererte sin decirte apenas nada, pero es que tampoco había mucho que decir. Al fin y al cabo, pronto comprendí que tú no eras mi público, eran otros, otros que podrían imaginarte a través de mí. Tú eras una musa severa y silenciosa, yo un escritorzuelo con ínfulas que te utilizaba para ganarme el aplauso de otros. Y la admiración de otras, por qué no decirlo, aunque en secreto yo las despreciaba por no ser capaces de emocionarme como tú. Sólo a Verónica le perdoné no ser tú, no sé si la recordarás, era la chica de la bufanda amarilla. Se reía todo el tiempo, como si estuviera loca.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Just a perfect day

Me pide que vaya yo solo a por los shawarmas, que no le apetece salir de casa. «Junto al Centro Cultural hay unos moros que venden», me dice dándome diez euros. Me siento un poco chico de los recados (y prostituto), pero no digo nada. La dejo desmontando un mueble y me dirijo hacia el local de comida turca con la tranquilidad de saberme escritor desconocido. No me asaltarán admiradoras por el camino, ninguna groupie me arrastrará a un callejón para que la folle contra la pared. Ah, qué paz. De pronto, unos adolescentes que surgen de la nada empiezan a gritarme cosas. Melenas, me llama uno. Yo les ignoro, que ya estoy mayor para estas chorradas y además me superan en número, que tres siempre es más que uno. Me digo que es mejor no abandonar el anonimato apareciendo en internet apaleado. Dejo atrás a los niñatos pendencieros y llego al local de comida turca. Cerrado. Fabuloso. Bueno, no importa, por esta zona hay cientos. Pero todos cerrados, como compruebo enseguida pateándome las calles. No entiendo nada, si es domingo, ¿no se supone que el día festivo para los musulmanes es el viernes? Afortunadamente, encuentro uno abierto a la altura del quinto coño. Durante un instante sopeso la opción de olvidarme de todo y desaparecer con el dinero, seguro que sería divertido, pero al final dejo los experimentos para otro día y compro los shawarmas, aunque me digo que un descuento por lo de Bizancio no estaría mal, no.