domingo, 31 de agosto de 2008

Una noche

Estaba en un bar (no recuerdo cuál, pues el alcohol y la orientación no se llevan demasiado bien), bailando tan tranquilamente (aunque yo no suelo bailar, pero es que había bebido), cuando se me acercó R, que se supone que es amigo de D, y me dijo: «Tío, molas un montón». Yo le di las gracias, aunque sigo sin saber si era burla, solidaridad alcohólica, homosexualidad o qué.

sábado, 30 de agosto de 2008

El circo

—Papá, papá, ¿me llevas al circo?
—¿Al circo? Si eso está demodé. ¿No prefieres ir al cine y ver la nueva de Batman?
—No, yo quiero ir al circo, a ver sufrir a los artistas. ¿Los tienen en jaulas, papá?
—¿A verlos sufrir? ¿Qué clase de circo quieres ver tú?
—Mamá dice que los artistas sufren mucho. Y en el circo hay artistas, ¿no? Artistas de circo. Pues yo quiero ver si sufren o no. Si lloran y por qué. ¿Se les puede echar cacahuetes, papá? A lo mejor sufren porque tienen hambre.
—Mira, hijo, tu madre se refería a otra cosa, ella hablaba de otros artistas, de otro arte. Pero me gusta tu manera de pensar. Porque tú a tu edad no lees a Kafka, ¿verdad?

viernes, 29 de agosto de 2008

Una llamada telefónica importante

Es una llamada telefónica importante, los dos nos damos cuenta y nos cuesta disimular que estamos nerviosos. Ella me dice: «¿Sabes? Hoy Silvia le ha dicho a mi madre que nunca había visto a un chico mirarme como tú lo haces». «Sí, disimulo fatal, ya lo sé», contesto yo, y me viene a la cabeza lo que pasó un par de días antes, cuando empezaron las jornadas sobre Luis Buñuel y estábamos solos esperando que comenzara la primera conferencia. Estábamos tonteando, lo que últimamente es una costumbre, tonteando de una forma muy física, como si estuviéramos pensando en empujarnos contra la pared y comernos la boca. Entonces aparecieron de la nada, se materializaron, unas amigas de su novio. Porque sí, tiene novio, esto es así. Una de ellas casi la llamó al orden, pronunciando su nombre en un gritito y mirándola con los ojos muy abiertos, escandalizada por lo que estaba viendo. Nosotros enseguida nos separamos, claro, lo que nos inculpaba aún más. Luego, cuando se marcharon las amigas, me echó la culpa a mí, «que no sabes disimular la cara de "hiperenamorado"», dijo entre risas. Como si a ella no le gustara tenerme cerca, pienso yo. Después nos sentamos lejos de las amigas cotillas en el pequeño salón de actos donde se celebran las conferencias. Vida y milagros de Luis Buñuel. Un señor de Calanda dice que en pueblos como el suyo el bestialismo es bastante común y otro de los conferenciantes le pregunta si lo sabe por experiencia propia, lo que es celebrado con risas del público. El primero se defiende fatal, se ruboriza y tartamudea. Vamos, que sí lo sabe por experiencia propia, le susurro yo a ella. En un momento de la noche llegan su hermano y la novia de éste y se sientan con nosotros. Menos intimidad, pero tampoco es que estuviéramos haciendo nada. Luego, no sé por qué, le toco la mano y ella me devuelve la caricia. Y digo que no sé por qué porque ha sido un impulso totalmente repentino y nada juicioso, que estamos sentados al lado de su hermano y su cuñada en un sitio público y nosotros no somos pareja, ni siquiera amantes. No sé por qué lo he hecho, pero la respuesta es positiva (y no la esperaba del todo). Y nos acariciamos las manos durante el resto de la conferencia con el peligro de que nos pillen en cualquier momento y la pongan de puta para arriba aunque esto realmente sea bastante inocente, incluso infantil. Pero sigue siendo una traición. Es también muy erótico, aunque sean sólo nuestras manos las que se están tocando. Es por lo prohibido, me digo, y me acomodo disimuladamente la erección con la otra mano, que los vaqueros me están haciendo daño. Termina la conferencia y no decimos nada, pero nos miramos con repentina timidez mientras Roberto y Silvia (su hermano y la novia) comentan esto y aquello. «Sí, ha estado muy bien, Román Gubern es un tipo ameno, no como el hombre de Calanda, que sólo sabía hablar de su pueblo». «Te acercamos a casa», me dicen al salir, y yo acepto, vamos ella y yo en el asiento de atrás, esta vez sin tocarnos en ningún momento. Hacemos una parada frente al piso de Silvia, que tiene que recoger unas cosas. Sube Roberto con ésta. Estamos solos en el coche. Yo la miro, ella me mira, no sabemos muy bien qué decirnos, yo me siento Woody Allen en cualquiera de sus películas, pero pienso que éste sería un buen momento para besarla de una vez, que ya está bien de tanta tortura e indecisión, que hay que ponerle el broche perfecto a la noche, pero finalmente me frena el miedo, pues no sé cuánto van a tardar en regresar Roberto y Silvia. Lo cual es una excusa pésima y yo mismo me doy cuenta de ello, tarden lo que tarden me da tiempo de sobra para besarla y decirle que ya era hora, que vale que ella sea rubia y con los ojos verdes y yo moreno y con los ojos marrones, que vale que ella haya sido siempre la chica más bonita del mundo mientras que yo tuve una infancia surrealista en la que, para insultarme, los demás niños me acusaban de pertenecer a todas las etnias del planeta, pues para ellos era chino, moro, gitano, negro, indio y a saber qué más, todo a la vez, una etnicidad dudosa, un tipo raro en todo, incluso en algo así, que vale, en fin, todo lo anterior, pero que hacemos buena pareja, joder, y que quién te va a hacer reír como yo, que veo las mismas cosas que Rimbaud antes de volverse mezquino y pensar sólo en el dinero, que los otros no te van a querer como te quiero yo y no porque no lo valgas, que lo vales, sino porque ellos no son yo. Pero no le digo nada y nos limitamos a intercambiar obviedades, dos autistas en un coche, y enseguida vuelven Roberto y Silvia, reemprendemos la marcha y antes de darme cuenta ya estoy en casa y en mi habitación aprovecho para golpear la cabeza contra la pared y llamarme imbécil quizás un millón de veces. Pero esto fue el otro día, ahora estamos hablando por teléfono y la conversación orbita alrededor del tema verdaderamente importante, que es: «¿qué pasa con nosotros, cuándo va a ser?». «Así que Silvia se ha dado cuenta de la forma en que te miro, ¿qué opina tu madre?». «Pues le ha parecido adorable, además dice que eres muy guapo». «Vaya, tenía que haberle tirado los tejos a tu madre, no a ti, que no me haces ni caso». «Qué tonto eres». «¿Por qué?». «Porque me gustas, ¿cómo no te das cuenta?». «Bueno, eso es ser descreído, no necesariamente tonto». Y es bonito hacer reír a la chica a la que quieres.

jueves, 28 de agosto de 2008

Pensamientos en la playa

Chicas guapas en biquini. Ya podrían incluirme en sus sencillas vidas.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Spirit desire

Arena caliente entre los dedos de los pies. El sol en el rostro. La sal en la piel. El pelo largo con casi treinta años. Quién me lo iba a decir. Tendría que celebrar la treintena con dos chicas en la cama. Bueno, quizás pueda hacerlo cuando celebre los cuarenta. Si llegamos. Que llegaremos, no hay muchas más alternativas. Si yo me inventara mi biografía diría que fui elegido por los Boston Celtics en el draft de 1996, pero que no jugué por lesión. La rodilla y el corazón rotos. Aunque el corazón todavía lo tenía bien y nunca me he roto ninguna rodilla. Por suerte ya no me resulta extraña la desvergüenza en el mentir. De todas formas, los recuerdos que tengo parecen inventados. Una película que el paso del tiempo ha borrado. Pero casi mejor. Todos estamos ridículos en el pasado, con peinados estúpidos y ropas horrendas. Mejor no reconocernos. Eran otros, unos que apenas se nos parecían. Yo soy esto, este cuerpo frágil que dejará de ser mío para ser un recuerdo y entonces seré otro, más frágil aún. Pasarse la vida corriendo para morir de un ataque al corazón o bien de cáncer, el cuerpo que decide suicidarse a mi pesar. Pero ahora mismo el futuro parece tan lejano como el pasado. Vuelvo a meterme en el agua y me dejo mecer por las olas. Podría dejar que me arrastraran las corrientes hasta África. O quizás atravesar las Columnas de Hércules y desaparecer en el Atlántico.

martes, 26 de agosto de 2008

Un verano

Era verano. Dormía solo en el pequeño estudio de la familia de L, pero ella venía todas las mañanas a verme. Me gustaba despertarme temprano, con el amanecer, y esperar tranquilamente leyendo La insoportable levedad del ser. Cuando llegaba, enseguida nos íbamos a la cama a follar. Siempre sin condón, practicando la marcha atrás. «De todos modos, seguro que soy estéril», le decía yo, y ella se reía. En cualquier caso, tuvimos suerte y no llegamos a lamentar la inconsciencia. Pasábamos el día entero en la cama y sólo salíamos de ella para comer algo. Era una vida agradable, cómoda.

lunes, 25 de agosto de 2008

Parejas

Ella llora y él se desprecia. Él llora y ella le desprecia.

domingo, 24 de agosto de 2008

Mascaradas

Yo siempre he pensado que la vida me esperará, que estará ahí cuando me dé por regresar. Y si no regreso, tampoco importa.

sábado, 23 de agosto de 2008

La vida está en cualquier parte

Un perro ladra, yo le respondo. La vida está en cualquier parte, sólo es cuestión de encontrarla. Pero yo sé que esperará por mí, ¿qué otra cosa puede hacer? La vida sin mí no tiene sentido, repito mientras atravieso calles vacías. Ningún coche aparece de la nada para atropellarme y demostrar que estoy equivocado. Buena señal. Una prostituta me pregunta si quiero pasar un buen rato. Pues verá, señora puta, sí que me gustaría pasar un buen rato, pero me temo que usted considera imprescindible cobrarme, lo que está muy mal, es traicionar la vieja hermandad entre putas y poetas, pues yo, aquí donde me ve, melenudo y bastante borracho, soy el poeta más grande de mi generación. Ya, ya sé que las putas nunca han dejado de cobrar a los poetas excepto cuando se enamoraban de alguno y es ahí donde yo quería llegar: si a uno no le ama ni una puta, ¿qué le queda? De todos modos, no se ofenda, pero la encuentro bastante ajada, ¿no será usted la Muerte? Precisamente hace un momento estaba pensando en usted. Consideraciones acerca de la Muerte. La Muerte es una prostituta con acento del Este en una esquina de Málaga. La Muerte tenía que ser rusa, estaba claro desde el principio. Ya, ya sé que estoy borracho, pero es mejor que estar sobrio y loco. «Dasvidania» y todo eso, señora Muerte, no será esta noche, todavía me quedan cosas que decir. Todavía me quedan cosas que repetir. Un perro ladra, yo le respondo. Existimos, pese a todo.

viernes, 22 de agosto de 2008

Capítulo 1461

Llegar a casa en un estado de embriaguez absoluta y sentarse en la terraza a escuchar el sonido que producen los neumáticos de los coches (los pocos que pasan a esta hora) al deslizarse sobre el asfalto. Como quien se sienta a escuchar las olas del mar.

jueves, 21 de agosto de 2008

En directo

Señora, ¿cómo se encuentra? No es necesario que intente aparentar entereza, sabemos que sus hijos han muerto carbonizados en el accidente. Llore sin miedo, no se corte, la audiencia comprende su dolor. Piense en toda la gente que nos está viendo en este momento, millones de personas que simpatizan con usted. Mire a la cámara y cuéntenos lo que siente, el público quiere saber. Dicen que es terrible sobrevivir a los hijos, ¿usted qué opina ahora? ¿Está de acuerdo? ¿Qué habría querido decirles y nunca pudo? Es terrible que una madre entierre a sus hijos. Arroparlos con tierra. Terrible. Señora, no se ponga así, yo sólo hago mi trabajo. Ante todo está el derecho a la información.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Citas

Ella finalmente no vino,
pero llamó para avisar.
«Oye, que no», dijo.
«Vale», contesté yo.
Colgué.
Encendí la tele.
Iba a ser una tarde muy larga.

martes, 19 de agosto de 2008

La niñera

—¿Ya estabas otra vez espiando a la niñera?
—Marta, te repito que esas tetas no son normales.
—Me da lo mismo, quiero que dejes de hacerlo o tú y yo vamos a tener problemas.
—Pero si es ella, que me provoca.
—No te provoca, lo que pasa es que eres un pervertido.
—Es que está por toda la casa con sus tetas.
—¿Y qué quieres, que las deje en el armario?
—No estaría mal, así podría examinarlas detenidamente cuando saliera a dar una vuelta.
—Eres asqueroso. Si ya me lo decía mi madre, no sé por qué no le hice caso.
—No seas injusta, Marta. Aquí no estamos hablando de unas tetas corrientes, no puedes acusarme de viejo verde. Lo que tenemos aquí, y perdona mi franqueza, es el paradigma de las tetas perfectas. Pechos que desafían toda lógica y que ponen en duda la ley de la gravedad. Tetas como zepelines orgullosos que surcan los cielos de nuestras vidas.
—La verdad es que a mí también me llaman la atención. Es muy joven para haberse operado, ¿no? ¿Tú crees que unas tetas así pueden ser naturales?
—Pueden y deben. En cualquier caso, ya he quitado el pestillo del cuarto de baño. Podemos entrar cuando se esté duchando.
—Bueno, pero sólo esta vez. Por curiosidad sana.

lunes, 18 de agosto de 2008

Absolutos

Últimamente apenas me alimento. Llevo una vida frugal, como un monje zen. Desaparezco poco a poco, entre silencios.

domingo, 17 de agosto de 2008

Los paraísos tardíos

Sucede que la vida se va quedando pequeña y cuesta moverse en ella. Cómo estirar las extremidades en estas estrecheces, se pregunta uno. Y cómo librarse de este anhelo que consume hasta dejarte en los huesos, ya que nos hacemos preguntas. Porque las canciones siempre dan respuestas equivocadas, de nada sirve estar enamorado de la moda juvenil o que Sheena sea una punk rocker. Tampoco están las respuestas en la literatura; empezamos con las lecturas equivocadas, demasiadas novelas rusas. Las respuestas tendrían que estar en las mujeres, claro, pero se empeñan en exigir mi suicidio en vez de reclamar mi cuerpo. Mais non, para morir siempre hay tiempo, para el amor y sus sucedáneos hay cierta urgencia. Pues todavía me queda algo de juventud y apostura que malgastar en hacer reír a mujeres a las que quiero hacer llorar.

sábado, 16 de agosto de 2008

Cine iraní

Era una tarde más en la filmoteca. Apenas había gente, como siempre. La película era iraní. El protagonista era un periodista al que se le moría la mujer, lo que lo empujaba a un suicidio que nunca terminaba de consumar. Era un lento suicidio, como las tardes en la filmoteca. Entre suicidios inconclusos conocía a una chica, estudiante universitaria, con la que iniciaba un romance que, sin embargo, no le quitaba la idea de suicidio de la cabeza, lo que sin duda era injusto, pues la chica bien merecía una vida o dos. Ella a pesar de todo no le reprochaba que siguiera queriendo morir. Un encanto de chica. Finalmente acababan los dos sentados frente al mar, contemplando el Estrecho de Ormuz. Ella le decía: «yo te digo que sí a todo». Él, que ya no confiaba en nada ni nadie, le contestaba: «ya, pero como a los locos». Ella reía y lo besaba con ternura. Él la miraba con incredulidad y luego desviaba la vista al mar. El viento azotaba los cabellos de ambos. Fundido en negro. Títulos de crédito. En la filmoteca encendieron las luces.

viernes, 15 de agosto de 2008

Esa melodía del infortunio

Mírenme. Aquí donde me ven, yo no he sido siempre así. Yo estaba enamorado. Bueno, más o menos. Pero bien es cierto que pagué mis deudas. De juego, de amor, todas ellas. Y sin embargo me muevo por la vida como un intruso. Como un fugitivo. Como si me estuvieran buscando. Qué tontería, ¿verdad? Ya podría estar buscándome aquella rubia de allí.

jueves, 14 de agosto de 2008

La épica y la hípica

—Oye, Gaston.
—Dime, Pierre.
—¿Tú crees en Dios?
—¿Qué es eso?
—Un señor malhumorado que pretende que lo adoremos.
—¿El Presidente de la República?
—Algo así.
—No creo en él, es un tipo de mentira, con botones en lugar de ojos y sonrisa cosida a la cara. Como un oso de peluche.
—Como Teddy Roosevelt.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Recuerdo que había llegado el verano

Recuerdo que había llegado el verano. O quizás no, tal vez lo soñé. Recuerdo que ninguna chica era más guapa que tú y que la vida no parecía tan corta.

martes, 12 de agosto de 2008

Nos recuerdan los engaños

Querida Laura:

Nos recuerdan los engaños. Mi mujer, por ejemplo, lo ha hecho esta mañana, cuando me la he encontrado desayunando en la cocina. Me ha preguntado por ti, claro: si te sigo viendo, si mantengo el contacto contigo. Yo he mentido, pero no sé si muy bien, pues me miraba con sumo odio por encima de sus cereales bajos en calorías. Cariño, eso es agua pasada y agua pasada no mueve molino, le he dicho, que sabes que soy muy aficionado a los refranes, esas pequeñas perlas de sabiduría de ancianos de pueblo español. Ella me ha contestado que no son molinos, sino gigantes. No he sabido qué responder a eso, pero he pensado en tus pechos. Creo que ella también.

Un beso.

lunes, 11 de agosto de 2008

C'est la guerre

—Pierre, me han dicho que había tanques sobrevolando Montmartre y abriendo fuego contra los viandantes.
—¿No serían zepelines, Gaston?
—A mí me han dicho que tanques.
—Será un arma secreta del Káiser.
—Dicen también que sus soldados amenazan con follarse a todas las parisinas.
—Habrá que fusilar a nuestras mujeres entonces, por si acaso.
—Eso, que aprendan lo que pasa por follar con alemanes.
—Traidoras.
—Quintacolumnistas.

domingo, 10 de agosto de 2008

Empezar de nuevo

—Sí, empezar de nuevo, ¿por qué no? Yo siempre empiezo de cero. Cada día.
—Qué derrotista es usted.
—Es la costumbre, nada más.
—Y exagerado.
—Tal vez. Pero a mí me gustaría pasarme la vida exagerándole al oído, señorita.
—Ahora le ha salido el galán que lleva dentro.
—Un galán derrotista, uno que bebe en todas las fiestas hasta perder el sentido. Uno que siempre tiene una cita preparada en el bolsillo.
—Me lo imagino.
—No se lo imagine: acompáñeme esta noche.
—Lo sigue intentando a pesar del derrotismo.
—Por supuesto. Derrotista siempre, pero nunca desertor.

sábado, 9 de agosto de 2008

Dobles

Le enseñé una carta de una antigua novia. La leyó y me dijo: no te ofendas, pero se nota tu mano. ¿A qué te refieres?, pregunté. Pues que la carta la has escrito tú, ¿no?, respondió ella. Yo la miré con incredulidad y durante un momento me pregunté si no sería cierto, si quizás me había inventado una novia, una especie de Goliadkin femenino que había intentado acabar conmigo. Pues no lo sé, contesté.

viernes, 8 de agosto de 2008

Soledades

Primero se lo pedí a H. Le dije: oye, que me voy a quedar solo una semana, podrías venir a hacerme compañía, lo pasaremos bien, ya verás. De mi estado suicida no le dije nada, que estas cosas viene bien ocultarlas. Ella me dijo que le encantaría, pero que no tenía dinero para venir y que además yo la había dejado tirada anteriormente. Sí, es cierto, lo reconozco, pero yo quería verte, contesté, es que se complicó todo. Luego se lo pedí a P. No se lo habrás pedido a H antes, espero, me dijo. ¿Yo? ¿Por quién me has tomado?, mentí. Por ti, contestó ella. Mira, si me dices que no, sí se lo pediré a ella, repuse yo. Entonces me vino con excusas baratas, cada una peor que la anterior y yo me cansé y le dije que sí a todo, que ya habría otra ocasión. No se lo pedí a ninguna más, aunque acabé escribiéndole a A cosas como: Pásate una tarde por aquí, que hace mucho calor y estoy hablando con las plantas y el perro. Sin respuesta, claro. Y cocinar para uno y dormir solo y beber también solo y las mañanas atroces y las tardes terribles y las noches insomnes.

jueves, 7 de agosto de 2008

Fama

Una vez una chica me dijo: «yo me casaría contigo, pero te gastarías todo nuestro dinero en alcohol y libros». «Llevaríamos una vida sencilla», contesté. No la convencí.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Pero ya no más amor

—Don Camilo, su mujer.
—¿Qué quiere?
—Dice que el divorcio.
—No puede ser, deme el teléfono. Carmen, que me dicen que quieres el divorcio.
—Y así es.
—Será una broma.
—Sí, a ti siempre te ha costado tomarme en serio.
—No empieces con los reproches, Carmen. ¿No podemos hablarlo?
—No hay nada que hablar, ya no te quiero.
—¿Así, de repente?
—Así, de repente.
—Carmen, puedo cambiar.
—Por mí como si te haces tirabuzones.
—Eres cruel de manera gratuita.
—Pues no te acostumbres, que es lo único que te va a salir gratis; ya hablará contigo mi abogado.
—Carmen, yo…
—Adiós.
—¿Qué, jefe? ¿Se ha solucionado?
—Se va a divorciar de mí. Tiene un abogado.
—Qué putada. Yo siempre he pensado que mejor viudo que divorciado.
—¿Está sugiriendo que mate a mi mujer?
—No, hombre, no sea bruto, era una forma de hablar. Otra cosa es que su mujer tuviera un accidente, pero lo malo de los accidentes es que no se pueden prever, por eso son accidentales, claro.
—Ya.
—Si fueran esenciales ya sería otra cosa. Pero la vida sería entonces invivible. O quizás no, que entenderíamos la vida como una sucesión de catástrofes y estaríamos acostumbrados. La normalidad es una mera cuestión de costumbre.
—Eso me pasa a mí, que estoy acostumbrado a una vida con Carmen.
—Bueno, la normalidad está sobrevalorada. Aquí donde me ve, yo no soy normal.
—¿No?
—No, soy de Nebulón 7.
—¿Cómo ha dicho?
—Que no soy un simple oficinista, soy un oficinista intergaláctico. Si yo he podido acostumbrarme a la vida en la Tierra, usted podrá acostumbrarse a una vida sin Carmen. Aunque le garantizo que a Carmen la va a tener presente todos los meses en forma de pensión económica.
—Lorenzo, ¿ha bebido?
—Claro que no, don Camilo. Nunca en horas de trabajo. ¿Por qué lo dice?
—Porque eso que me está contando es una locura.
—Bueno, ya sé que no es fácil de creer, pero es que le falta perspectiva. Usted no ha nacido en Nebulón 7.
—Por suerte.
—Ya veo, está usted lleno de prejuicios. ¿Qué tiene en contra de mi pueblo?
—¿A qué pueblo se refiere? ¿A los dementes?
—Me sigue usted insultando a pesar de que le estoy apoyando en este duro trance. Porque no me negará que con toda esta charla ha dejado de pensar en su mujer.
—Claro, ahora me preocupa usted.
—Mejor eso que estar deprimido, ¿no?
—No sé, supongo.
—Pues ya está. ¿Quiere que le cuente cómo son los divorcios en mi planeta?

martes, 5 de agosto de 2008

El terror

Yo me metí en esto del terrorismo con la idea de ligar y hacer amigos, pues siempre me ha costado relacionarme con la gente. Al principio encajé muy bien, me recordaba mis tiempos de jugador de rol, salvo que esta vez no nos salíamos del papel en ningún momento. Se podría pensar que una banda terrorista es como una familia, pero nada más alejado de la realidad, lo cierto es que dentro había diversas facciones y camarillas. En un primer momento me pareció que lo mejor era juntarme con los dogmáticos, que eran los que llevaban el cotarro. Me dije que sin duda ser dogmático atraería a las mujeres guapas, pero resultó que no. Para empezar, las dogmáticas no eran lo que se dice las mujeres más atractivas del mundo, de hecho tenía problemas para diferenciarlas de los dogmáticos varones, lo cual siempre resultaba molesto para todos. Iba de malentendido en malentendido. Por otra parte, un dogmático no puede dudar en ningún momento y me miraban mal si preguntaba si no habíamos quedado demasiado pronto para mañana. Además, la facción dogmática era profundamente endogámica, por lo que no había posibilidad de intimar con alguna compañera de ideas no tan firmes.
Así que reculé, me fui con los reformistas, que estaban siempre en desacuerdo con la postura oficial, fuera la que fuera, aunque la semana anterior la hubieran presentado ellos. Este dadaísmo iba más con mi carácter, que al fin y al cabo me había hecho terrorista para conocer mujeres, lo que en palabras de mis padres era una insensatez.
En las filas reformistas conocí a Martha, que el primer día desconfió de mí por ex dogmático, o eso deduje cuando me llamó «cerdo del Aparato». Al día siguiente estuvo más amable conmigo, tanto que se despidió de mí con un suave beso en los labios, lo que consideré mi primera victoria contra el Sistema. Sin embargo, a la tarde siguiente se mostró fría y distante, como si no me conociera, pero pasadas otras veinticuatro horas volvía a mostrarse amistosa. Es ciclotímica, me dije, tendría que medicarse, pero me equivocaba, simplemente era reformista, escéptica, no podía mantener siempre la misma postura, que eso conducía al inmovilismo. Intenté adaptarme a esta situación, pero a este ritmo me iba a volver loco.
Me fui entonces con los ideólogos, que se consideraban el alma del movimiento. Pero aquí no entendía nada. ¿La represión, camarada, es monista o pluralista?, me preguntaba un barbudo. ¿Te parece que la lucha armada es una acción epistemológica?, me preguntaba luego una chica de aspecto intelectual. Yo contestaba según lo que me sonara mejor, pero por las miradas que me dedicaban estaba claro que no les convencía del todo. En resumidas cuentas, tampoco aquí conseguía ligar. En un acceso de desesperación, le pregunté a uno de los ideólogos qué era lo que había que hacer para follar aquí. Él me miró muy serio y me contestó que el sexo era una actividad dialéctica sobrevalorada. Cansado de ligar sólo en el plano teórico, abandoné a los ideólogos en busca de algo de acción y me presenté voluntario a formar parte de un comando.
Entre atentado y atentado era difícil ligar, fue lo primero que aprendí. No había tiempo, la policía nos estaba buscando, etcétera. Para colmo de males en nuestro comando sólo había una mujer y estaba casada con un compañero. Era la experta en explosivos, se quedaba en el piso franco preparando las bombas y los biberones, pues tenía un niño de corta edad. Yo fantaseaba con la posibilidad de empezar una relación clandestina con ella y así no tener que esconderme sólo de la policía y el Estado, sino también del marido de mi compañera, pero ella opinaba de forma distinta, pues me rechazaba una y otra vez.
Así estábamos cuando un día la policía derribó la puerta del piso franco. La verdad es que lo esperábamos desde hacía un par de semanas, por lo que habíamos tomado la precaución de deshacernos de todo lo que pudiera incriminarnos. La policía no encontró nada en el registro, claro, pero aún así nos llevaron a comisaría para interrogarnos. Yo adopté una actitud mansa y no protesté ante el atropello que suponía aquello. Iba con la idea de mantenerme firme en el interrogatorio, pero entre los agentes que me preguntaban esto y aquello había una policía muy guapa de la que de pronto me sentí enamorado. No pude negarle nada, empecé a hablarle de todo, le dije dónde habíamos escondido las armas y nuestros próximos objetivos. Ella me dijo que si colaboraba con la policía como «topo» podría librarme de la cárcel. Yo la miré y le pregunté si convertirme en un soplón significaría verla a menudo. Ella sonrió y dijo que sí.

lunes, 4 de agosto de 2008

Una de esas mañanas de suicidio

El café frío.
El cielo gris de la ciudad.
La mirada ausente.
Nada que hacer.

domingo, 3 de agosto de 2008

Cortejo por sms

Jueves:

Ven a mi casa, que no hay nadie. Aprovechamos para hablar de lo del libro.


Viernes:

Vente, que estoy solo. No te pases todo el día pensándolo como ayer, sólo ven.


Sábado:

Hoy tampoco vengas a mi casa, que he quedado.

sábado, 2 de agosto de 2008

Pero ya no más literatura

—En realidad yo nunca te he dicho directamente que te quiero.
—No hacía falta.
—Ya, pero es extraño. Sólo lo he sugerido. Entre líneas, que no entre las sábanas.
—Siempre lidiando con palabras.
—Sí.
—Complicando las cosas.
—Sí.
—Cuando todo puede ser bastante más sencillo.
—Sí. ¿Llevas algo bajo el vestido?
—Pensaba que no lo ibas a preguntar nunca.

viernes, 1 de agosto de 2008

Poètes

Soñé que era el hijo bastardo de Jacques Rigaut y que mi ex mujer estaba al teléfono.
—Te has vuelto a retrasar con la pensión —me dijo.
—Lo sé, es que ha sido un mes difícil.
—¿Y qué le digo a Justine?
—Dile que papá la quiere mucho.
—Sí, la quiere y deja que se muera de hambre.
—No seas injusta, sabes que si pudiera te daría el dinero.
—Podrías, si buscaras un trabajo de verdad. Si dejaras de perder el tiempo con poemas y jovencitas. La otra noche te llamé a casa y no lo cogiste. Seguro que estabas por ahí con Boris, como siempre.
—No empieces, Sabine.
—Como si no te conociera. Seguro que estuviste en algún club de jazz de mala muerte. Y tu hija viviendo como si fuera huérfana. ¿Dónde estaba su padre? Con putas, gastándose con putas el dinero de su hija. ¿Y cómo le explico yo que su padre es un putero que no piensa en nadie que no sea él?
—No hay nada que explicar, no dramatices.
—Si le pusiste Justine a tu propia hija, degenerado. ¿Qué clase de persona haría eso?
—Justine es un nombre precioso. Y Los infortunios de la virtud es un clásico de la literatura.
—Un clásico de los rompeculos, que es lo que eres. Como tu amigo Boris. ¿Y todo por qué? Porque dices que eres hijo de un poeta al que ni siquiera te pareces.
—Tengo su nariz.
—Tienes una nariz de lo más vulgar, no digas tonterías.
—Pues tú tienes la nariz de la Bruja del Oeste.
—Seré una bruja, pero al menos no soy un rompeculos. Podrías hacer como tu supuesto padre y pegarte un tiro. Cabrón.